martes, 22 de noviembre de 2011
Cómo sacar pecho
La función de estos músculos se nota mejor cuando debes cargar cosas, ya que te permite acomodarlas sin necesidad de amortiguarlas con algo.
Ya entrando a los terrenos de la vanidad, el tener buenos pectorales favorece el uso de polos (T-shirts), en especial los ceñidos, pero si te faltan brazos y hombros, reconsidéralo.
El pectoral no es un músculo entero, aunque sí uno de los más grandes del cuerpo humano. Los instructores separan su entrenamiento en el pectoral superior, o el que se extiende justo por debajo de las clavículas, y el pectoral propiamente dicho, que le da la forma al conjunto con la famosa hendidura sobre el esternón, que sirve para unir a las costillas, por delante.
Si lo vas a trabajar cuando estás en casa o de viaje, de nuevo debes hacer planchas, sólo que esta vez las manos deben estar algo desalineadas hacia afuera con relación a tus hombros, pero a la altura de tus pezones.
Si lo viéramos por delante, haríamos un trapecio donde los lados paralelos son tus clavículas y el piso, y los diagonales son tus brazos.
Sólo apoyándote sobre tus manos y la punta de tus pies, baja tu cuerpo hasta el suelo sin tocarlo, regresa, y eso completa una repetición. No olvides apretar el pecho cuando subas.
Para los pectorales superiores, hay un ejercicio algo complicado, que es hacer la misma plancha, pero poniendo los pies en altura, al nivel de tu cabeza. Tu cama o un sofá puede serte de ayuda para ello. Haces el mismo movimiento, sin tocar el suelo, y tienes una repetición.
Comienza haciendo 4 series de 12 a 15 repeticiones, y cuando ya no sientas el efecto, aumenta primero las repeticiones, y luego las series, hasta que sientas que tu pecho está congestionado.
Se dice que un músculo está congestionado cuando su irrigación sanguínea llega al tope, y eso se consigue por el movimiento repetitivo de estiramiento/contracción.
La señal inequívoca del congestionamiento es la hinchazón temporal, cierto dolor (también temporal) y el enrojecimiento del grupo muscular. A veces se siente más caliente o más vascularizado (o sea, con las venas marcadas). Todo eso es normal.
En el gym, la cosa es más especializada, y casi todo –por no decir todo- ocurre sobre una banca especial con una perchita para poner una barra, y dividida en tres segmentos, donde los dos externos pueden inclinarse desde los 0 grados hasta casi los 75 para aumentar el nivel de resistencia, o ejercitar un sector en particular.
El movimiento no tiene nada de complicado: coges la barra o la mancuerna, la colocas sobre tu pecho, con los brazos extendidos, y la bajas apretando el músculo.
Estos son los famosos press barra o mancuerna. Los de banca plana atacan los pectorales para darles masa, y los inclinados favorecen a la parte superior para lo mismo.
Los movimientos son repetitivos.
Para incrementar la definición de la hendidura central del pecho, tenemos las aperturas, y su variante, los cristos. En la primera, te acuestas sobre la banca, haces una “L” con ambos brazos, que sostienen una mancuerna cada uno, y lo elevas tan alto como puedas por encima de tu pecho, apretando al cerrar; los segundos se hacen apoyando la espalda superior contra el filo de la banca, extendiendo los brazos hacia los costados, como si estuvieras crucificado (por eso se llaman “cristos”), y cerrándolos con la misma intensidad que las aperturas.
El pec-deck es una silla donde hay dos almohadillas conectadas a un sistema de poleas y pesos, que se trabajan con el antebrazo, cerrándolas ante tus ojos. Con eso se consigue mejorar la definición de la hendidura al medio de ambos músculos.
El pull-over, que lo comentamos en el entrenamiento de hombros, consiste en trasladar ambos brazos hacia atrás, lo más que puedas. Sosteniendo una mancuerna o una barra con pesos (los principiantes no usan pesos). Esta banca tiene la característica de tener una parte plana para que te sientes, y una jiba para que descanses tu espalda.
La fórmula usualmente seguida por los instructores para todos los ejercicios es de 4 series de 12 repeticiones; pero no aplica a todos los casos.
¿Pechos famosos (de hombre, pues)? Sin duda, el de Eduardo Verástegui en “Ain’t not funny” de J.Lo, disponible en YouTube. Lástima que el patín fue ganado por el ‘lado oscuro’. No te asustes, no por las fuerzas del mal, sino por la de la ropa excesiva.
Su ¿amigo? Ricky Martin también es un buen ejemplo… y William Levy (aunque la gente dice que hay otra cosa que la tiene grande), Bobby Larios, T.T.Boy, Billy Herrington, Christian Domínguez, o los modelos del noventero programa “El Baúl de la Felicidad” (disponible también en YouTube)
Del “calátogo” Hunks4Adults de Hunks of Piura, tenemos a Freddy, o nuestro modelo de la foto de perfil, cuyo detalle lo puedes ver cuando nos escribes por primera vez a hunks.piura@gmail.comm, donde seguimos recibiendo tus comentarios, o si no, aquí mismo.
lunes, 9 de diciembre de 2019
Los misioneros: El ojo en la paja ajena
Vio su GPS. El convento debía estar un par de kilómetros camino arriba. Avanzó por el lado de un canal. Era casi mediodía y el calor comenzaba a sentirse fuerte, así que no tenía que extrañarle ver cómo un joven de cuerpo marcado, trigueño oscuro, emergía del agua y lo saludaba. En el campo es costumbre saludar a todo el mundo aunque no lo conozcas. No era un adonis quien salió pero le causó cierta curiosidad, especialmente por la pinga que le colgaba encima de unos huevos grandes y un tupido vello púbico. ¿Serán así todos los patas aquí?
Al llegar al convento, el hermano Félix lo recibió. En contraste con el metro 75 y los 25 años de Ángelo, este era más agarrado aunque algo subidito de peso, metro 63, barba algo crecida, 37 años.
-Bienvenido,, hermano Ángelo - le dijo Félix.
el recién llegado sonrió, apagó la moto y bajó para meterse a la casa de material noble, limpia como un anís, el jardín externo e interno bien cuidados, fresca.
- éste es su dormitorio. - le dijo su compañero.
- ¿Cuántos cuartos hay aquí? -
- Cuatro en total, hermano Ángelo. Escoja el que desee. -
el religioso pensó en tener uno con vista al bosque de algarrobos y los campos decultivo, pues Valle Lindo es una comunidad agrícola.
- Perfecto. - dijo el hermano Félix y le abrió la puerta.
La habitación no era muy grande aunque sí larga. El hermano Ángelo entró, dejó su mochila, abrió la ventana y respiró el aire puro del campo.
Poco después, durante el almuerzo, los dos religiosos se pusieron al día con las tareas a realizar.
- Los niños del campo son mayormente bien educados, así que su experiencia en el curso de Religión será muy llevadera. - comenta Félix.
- ¿Y qué tal son los de secundaria? - inquiere Ángelo.
- Comienzan a perder el interés en estos temas, pero es propio de la edad; más que ponerme a revisar Historia de la Salvación, con ellos prefiero hablar de cómo aplicar las Escrituras en su vida diaria.
- Especialmente con el despertar sexual, hermano Félix.
- ¿Qué trata de decir, hermano Ángelo?
- Ya sabe que el programa de Educación promueve la promiscuidad y estimula a los varoncitos a que experimenten sexualmente entre ellos.
- ¿Tiene algún problema con éso?
- No exactamente; lo que digo es que el programa educativo peruano quiere más gente gay para controlar la población. Como sabe que su programa de Planificación Familiar es un fracaso, entonces ahora apelan a éso.
el hermano Félix no sabía si reírse a carcajadas o si tirarle el plato a su joven compañero ante tal disparate. Decidió que debía llevar la fiesta en paz.
Ya le habían dicho al hermano Ángelo que la hora de la siesta era tan sagrada como la oración de las seis, las doce, las dieciocho o la que se dice antes de dormir. En efecto, comenzó a sentir un inexplicable sopor y se fue a su cuarto. Se quitó el polo: dos hermosos pectorales bien formados, espalda en V, cinturita delgadísima, vientre plano aunque no como tabla de lavar era lo que quien quiera verlo se hubiese podido ganar. Se tiró sobre la cama y trató de dejarse llevar por la modorra. Se dio vueltas. No podía quedarse dormido. Entendió que la verdad era que el resto de su ropa le incomodaba. Se resistió a quitárselo, pero era el sueño o estar de mal humor el resto de la tarde. Se levantó otra vez, se sacó el jean, cerró la puerta. Debajo de su bóxer habían dos pronunciadas y redondas nalgas, como dos suspiros dulces, firmes y blancos, como para meterles lengua; inmediatamente, dos bien trabajadas piernas. Volvió a costarse, y escuchó que alguien caminaba en el corredor de afuera. Se asomó. Vio al hermano Félix acomodar una hamaca en dos parantes del cobertizo en la entrada y, sin roche alguno, quedarse totalmente desnudo: hombros redondos, pectorales levantados, espalda amplia, cintura acon algo de guatita pero sin rollos, culo como globos salvavidas, piernotas. Velludo por todas partes. El hermano Félix se subió a la hamaca, se meció un par de veces y pareció quedar dormido. El hermano Ángelo se sorprendió, pero le restó importancia. Con ese calor de mierda, él haría lo mismo, pero algo lo cohibía. Alejó ciertos pensamientos impropios y se tiró a la cama. Logró conciliar el sueño.
Habría pasado media hora cuando escuchó una especie de jadeo afuera. Se alarmó un poquito. ¿Le estará pasando algo al hermano Félix? Volvió a asomarse... ¡Se quedó helado! Su compañero en el convento sí estaba jadeando, pero se había colocado en la hamaca de tal manera que tenía las piernas abiertas, flexionadas, metiéndose un dedo en el culo y pajeando su pinga con la otra mano. Su miembro era cabezón y sus bolas eran grandes, pero bien velludas. El hermano Félix retiró el dedo de su ano, se lo llevó a su boca, lo chupó bien y volvió a metérselo. La pinga del hermano Ángelo también comenzaba a crecer., a crecer y a lubricar al punto que en solo segundos sintió su bóxer húmedo.
El hermano no sabía qué hacer: o tomar la moto y escapar de ahí, o pensar que era un raro sueño, o seguir viendo, o rezar pidiendo no caer en el pecado solitario. Ángelo no tomó ninguna de esas opciones; se tiró otra vez a su cama, vio el techo con preocupación, sudó frío, revisó toda su vida, se cuestionó su vocación, pidió perdón... y se sacó el bóxer. Su pinga recta de 16 centímetros estaba durísima y mojadita. La miró debajo de su colchón negro de vello púbico. Finalmente decidió pajearse también. ¡Qué sensación la de su mano masajeando su pene! ¿Desde cuándo no lo hacía? Qué mierda. Solo disfrutó. Con la otra mano se acariciaba sus lampiñas y grandes bolas. ¿el dedo al culo? Ni cagando.
Se arrodilló, se asomó a la ventana. el hermano Félix seguía empecinado en seguirse autocomplaciendo hasta que dio un suspiro profundo y ráfagas de semen saltaron de su glande hasta su vientre peludo. el religioso resppiró hondo y se esparció el blanco fluído por sus inexistentes abdominales. Ángelo se volvió a acostar boca arriba sobre su cama, se sobó más fuerte, cerró los ojos, apretó los dientes, sintió cómo su leche caliente se regaba hasta sus pectorales. Respiró hondo de puro alivio y satisfacción. También se esparció su lefa.
Sintió que el hermano Félix entraba a su cuarto y salía otra vez; entnces, buscó su toalla, se cubrió sus partes y fue directo a las duchas. Apenas entró, se chocó con su hermano. Parte del semen aún no estaba seco y sintió cómo amenazaba con pegarse al cuerpo del otro hombre.
- ¿Qué tal su siesta, hermano Ángelo?
- Excelente, hermano Félix - dijo nervioso, - Excelente.
Si se demoró media hora en la ducha fue poco, pidió perdón, ideó alguna penitencia, recordó qué método de mortificación podía funcionar. Decidió que lo mejor era pedir a su superior que lo traslade a otra parte...
Inspirado en un cuento de Giovanni Bocaccio.
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Los abominables abdominales
Casi de inmediato se quitó el polo y se hizo dos fotos sexys: rostro simpatiquísimo (aún cuando en una se puso lentes de sol)hombros redondeados, pectorales prominentes, brazos fuertes y –algo complicado- abdominales marcados con cuadritos y todo.
La foto era la sensación en su cuenta de Messenger y en la comunidad de contactos por fotos sexymetro.
El año pasado, y luego de pensarlo mucho, unos publicistas en Sullana, lo llamaron para que sea la imagen de una constructora. No tenía que quitarse el polo, sino lucir la ropa oficial de la empresa.
Para resumirlo violentamente, el editor gráfico tuvo que usar mucho PhotoShop debido a su prominente panza.
Los abdominales son los músculos más complicados de forjar y mantener, y los más sencillos de perder, debido a malos hábitos de alimentación (mucho combo) y falta de ejercicio.
En el cuerpo de un varón, los cuadritos junto con los pectorales son lo que más se aprecia; dicho sea de paso, permiten que la espalda masculina tenga la típica forma de “V”, debido a que afirma la cintura (ver “Estas proporciones nos interesan”).
Si es que no parecen tabla de lavar, por lo menos se tolera que le den una consistencia plana al vientre.
¿Es fácil ejercitarlos o sólo hay unos cuantos elegidos que lo pueden lograr? La respuesta en ambos casos es “no”, y te lo demostraremos.
Los abdominales son como bisagras para el cuerpo. Permiten que podamos inclinar o elevar el tórax hacia el eje de tu rostro, y le dan flexibilidad a la pelvis, algo especialmente apreciado cuando cachas o bailas reggaeton.
Como casi todos los músculos, se ejercitan mediante movimientos intensos de estiramiento y contracción; pero a diferencia de todos ellos, en vez de ganar masa, se pegan al cuerpo, logrando la delgadez.
Los abdominales se dividen en los superiores, justo debajo del esternón, los medios, que rodean al onbligo, y los inferiores, que terminan prácticamente en el pubis, donde se expande el vello, si es que eres lampiño. Además tenemos los oblícuos, que algunos llaman los laterales, y que cuando no se trabajan dan esa ‘falsa cintura femeninna’, pero que, en realidad, es un depósito de grasa dañina para el cuerpo.
Si entrenas en casa, forzosamente requerirás una colchoneta para evitar lesiones en la espalda, la baja en particular.
Si entrenas en gym, debería, ¡debería!, tener bancas especiales de inclinación graduable para tener menor resistencia (horizontal) o mayor (casi 60°), debidamente acolchadas.
La menor resistencia es para principiantes o quienes reinician entrenamiento después de mucho tiempo; la mayor es para avanzados, que están entrenando constantemente.
* Los abdominales superiores siempre se entrenan estirando y comprimiendo el tórax contra éstos, y logrando impacto en los medios. En términos sencillos, el reto es llevar tu pecho hacia tus muslos. Ten en cuenta que este sub-grupo en particular es más complicado de trabajar, por lo que sería mejor que comiences por ellos.
* Los medios se forjan mejor aferrando tus brazos a algo estable y sólido, y elevando tus piernas abiertas a la altura de tus hombros hasta prácticamente tocar tu pecho con tus rodillas, o la parte inferior de tus muslos. Sí, es cierto, al inicio no sale, pero si lo practicas, la haces.
* Los inferiores se trabajan elevando tu tórax hasta hacer una especie de ángulo obtuso (> 90°)con tus piernas, donde el eje horizontal son éstas. Un ejercicio complementario es agarrarte como cuando entrenas los medios, sólo que esta vez las piernas se levantan juntas hasta formar un ángulo recto con tu tronco, donde éste es el eje horizontal (elevaciones en “L”).
* Los oblícuos casi siempre se trabajan de pie, casi, porque hay una variante acostado que consiste en recoger tus piernas, poner tus manos detrás de la cabeza, y hacer que el codo derecho toque la rodilla izquierda, y luego que el codo izquierdo toque la rodilla derecha.
Pero, si te quedas a medio camino, lo mejor será que te pongas de pie, tomes un bastón de 1.20 m y lo ubiques en paralelo a ti extendiendo uno de tus brazos, pero afirmado al suelo. Entonces, junta tus piernas, y haz que la mano que queda libre pase por encima de tu cabeza, como intentando alcanzar la mano que sujeta el bastón. Hazlo primero de un lado y luego del otro, y lo repites unas cuatro veces por cada lado.
Conforme vayas bajando, si estás en casa, puedes pasar al de codo derecho-rodilla izquierda y codo izquierdo-rodilla derecha. Si vas al gym, el disco es una excelente opción.
Por supuesto, para lograr resultados no basta un movimiento. Comienza con tres series de diez repeticiones (o las que te salgan al inicio), y según cómo vayas sintiendo el impacto, las vas aumentando.
En el caso de los oblícuos, cuando acabes las repeticiones de un lado, comienza con el otro, y regresas al anterior. No cometas el error de ir uno, uno, porque el efecto será más lento. Eso sí, la misma cantidad que le das a un lado, debes darle al otro por criterios de simetría.
Por supuesto que los dos primeros días, el abdomen te dolerá como mierda, especialmente, si te ríes o estornudas, pero debes superar el dolor y continuar. Algunos masajes hechos por especialistas previenen y anulan esa incomodidad.
Queremos aclarar que estos ejercicios no son los únicos para esta zona, pero son los más difundidos, efectivos y los puedes hacer incluso si viajas. En este caso, si no puedes llevar tu colchoneta, varias toallas pueden amortiguarte, y si te falta bastón, puedes tomar como referencia la cabecera de una cama alta, o el marco de una ventana.
No importa si quieres bajar o subir de peso, el entrenamiento de abdominales es imprescindible, incluso si no haces gimnasia en casa o en el gym, ya que hagas lo que hagas necesitas la fortaleza y flexibilidad de esta parte de tu cuerpo. Cinco días a la semana es el mínimo ideal.
El entrenamiento de abdominales, además, activa los movimientos digestivos y evita el estreñimiento; eso sí, debes acompañarlo con una dieta que active las funciones de esta región, que no consiste en otra cosa, que comer más frutas, verduras, alimentos ricos en fibra y los lácteos y sus derivados (si no los toleras, la soya es una buena alternativa). No olvides tomar mucha agua.
No se ha comprobado que el tabaco ayude a reducir peso, pero sí te aumenta los riesgos de cáncer. El alcohol, como te dijimos antes, con una copa, ya, sufi.
Si te han detectado hernias abdominales, en especial del ombligo, probablemente no puedas hacer mucho. Mejor consulta con tu médico.
No tenemos reportes independientes sobre la efectividad de los aparatos y productos para reducir o mantener el abdomen, como los que se anuncian en la tele; entonces, preferimos no sugerirlos. Pero tampoco dejes de ver los comerciales, porque los modelos están buenazos.
Y hablando de modelos, ¿qué le pasó al que te contábamos al inicio? Sabemos que va al gym, sea en Piura o en Sullana, muy de vez en cuando, porque está terminando su carrera en la universidad, y anda viendo a quién le pica plata para chupar el fin de semana.
Pero aquella cinturita sexy, es probable que no regrese. No al menos en los próximos doce meses, si es que quiere entrenar en serio.
Escríbenos: hunks.piura@gmail.com o déjanos tu comentario.
domingo, 20 de octubre de 2013
Sexo Mandamiento (1)
Siempre he sido deportista, y mi gran pasión ha sido desde que tengo uso de razón, la natación, así que ya pueden imaginar el cuerpo que tengo.
Mido 1.78, peso 73 kilos, soy marcado del cuerpo, piel blanca y lampiña, ojos verdes y cabello castaño oscuro. Nunca me fue difícil conseguir puntos.
Una noche, caminaba temeroso, sintiendo el viento frío azotar mi cara. No podía creer que estaba a punto de volverme a acostar con un huevón. Había jurado en mi última confesión que no lo haría más.
Tenía dentro de mí una lucha de sentimientos: por un lado estaba mi aferrado catolicismo, por otro lado me encontraba a mí mismo preso de mis pasiones.
Quería follar. Cuando veía a un chico como el que me iba a encontrar a continuación, mi cuerpo, simplemente no entendía de razones, simplemente pedía y yo accedía a sus pedidos.
Al fin llegué a la dirección indicada. Era una conocida y exclusiva urbanización piurana. No me fue difícil encontrar el edificio en el que me había citado con Adrián, un huevón que había conocido en una página de contactos gay. Toqué el timbre del intercomunicador, e inmediatamente una voz gruesa me contestó. Hola, quedamos de vernos, le dije, ah, sí, sí, pasa, me contestó.
Entré, el huevón me saludó atentamente. Me pidió disculpas por el desorden del pequeño departamento, pero francamente no entendí porque se disculpaba si yo alcanzaba a ver todo en su lugar. Si así es de desordenado, ¿cómo diablos será cuando en realidad pone en orden las cosas? ¡Wow!, exclamé para mis adentros.
Me invitó un vaso de cerveza; conversamos un poco. Me comentaba que no era de Piura, que pese a haber venido en muchas de sus vacaciones para acá por motivos familiares, nunca había pensado en quedarse a vivir.
La conversación se hizo muy amena, pero yo no había ido, precisamente hasta ahí, para tener una charla. Sutilmente le indiqué que estábamos perdiendo el tiempo solo hablando cuando podíamos disfrutarlo de mejor manera.
Aproveché un momento de silencio en la conversación, aquellos que se dan cuando el tema se ha agotado. Me levanté del sillón, me dirigí hacia donde él se encontraba sentado, lo besé suavemente en los labios, y le dije: “ya papi, no perdamos tiempo, entremos en acción “. Le volví a besar.
Lo que había empezado en la sala tuvo su continuación en la ducha.
Él se desnudó y me quedé impresionado con lo que estaba ante mis ojos: Adrián tenía un cuerpo casi perfecto, caja ancha, pectorales, brazos, abdominales y piernas trabajados en las maquinas del gym; todo su cuerpo se encontraba cubierto por una capa densa de fino vello, que empezaba en toda el área de los pectorales y descendía en undelgado hilo por el abdomen hasta volverse a ampliar en la zona del ombligo y seguir bajando hasta confundirse con su abundante, pero delicado vello púbico, bajo el cual yacía aún dormido su miembro viril, que, hasta entonces, era normal.
Me quedé petrificado por un instante. ¡Santa mierda, todo ésto me voy a comer!, dije para mis adentros. Nos besamos apasionadamente bajo el tibio chorro de agua. “Que rico besas, huevón”, me dijo separándose y volviendo a besarme. “¡tú también! ¡Besas genial pendejo!”, le respondí invadido por una arrechura que solo despertaba en mí, cuando me encontraba con un huevón que de verdad me gustaba.
Sus manos, fuertes, rudas y ásperas, acariciaban la suavidad de mi espalda, descendiendo, de cuando en cuando, a mi culo. Mis manos recorrían su velludo torso y descendían por sus brazos.
Sabía que me hacía tarde, y que no me quedaba mucho tiempo para disfrutar tal banquete, así que decidí acelerar un poco las cosas.
Suavemente llevé sus brazos hacia atrás, lo empujé sutilmente contra la pared de la ducha, y conducido por un deseo indescriptible, lamí sus axilas. El olor que manaba de ellas, era demasiado para mí: una mezcla entre el halo de perfume masculino, típico del desodorante, y el olor propio de su sudoración. Era un olor a macho.
Poco a poco descendí a sus tetillas. Fue impresionante el gemido y la fuerte respiración que tuvo Adrián cuando toqué con mis labios esa zona. Esa actitud me arrechó a un más.
Por fin, tenía ante mi su miembro. “¡Wow!”, exclamé en cuanto lo tuve delante. No podía creer cómo es que había podido crecer tanto. Si inactivo era tan pequeño.
“¿Te gusta?”, me preguntó.
“¿bromeas?”, le respondí.
Introduje dentro de mi boca tan rica verga., Era como de unos 19 o 20 centímetros, no lo sé, gruesa.
Jugué lentamente con mi lengua en su glande, y me deslizaba por el tronco hasta llegar a sus bolas.
Me sentía a punto de estallar. El rítmico movimiento de sus caderas era sensacional,las cosas calientes que me decía, Mis manos recorriendo su masculino cuerpo, sus manos aferradas con fuerza a mis cabellos jalándome hacia sí. ¡Todo era perfecto en ese huevón! Sin duda, el mejor polvo que había tenido hasta entonces.
De la ducha nos trasladamos a la cama, sin secarnos y olvidando cerrarla. Nos arrojamos a las sabanas, su cuerpo sobre el mío, mis piernas abiertas, su rostro áspero por la barba no afeitada, su enorme verga rozando mi lampiño culo, sus labios besando los míos.
El momento decisivo había llegado. Era hora que uno se someta al otro.
Recuerdo que me preguntó por mi rol en la cama, y solo respondí: “contigo me da igual”, y como resulta casi obvio, en un chico así, me tocó a mí.
“con esa respuesta, ¡ya perdiste!” me dijo, con una sonrisa pícara y malévola en los labios.
Me volteó, coloqué mi pecho sobre el colchón y levanté mi culo. El bajó hasta allí, recorriendo toda mi espalda. La humedad de su lengua y la aspereza de su barba se combinaban en una sensación magnífica.
En la entrada de mi culo sentía cómo su lengua se movía en círculos, para después moverse desordenadamente, y finalmente ingresar.
Mientras jugaba con su lengua no paraba de preguntarme si me gustaba, a lo que yo extasiado y entre gemidos respondía que sí. Mi cuerpo experimentaba un placer grandísimo, no comparable a ninguno que ya había sentido.
¡Chúpamela! Me ordenó y se levantó de la cama, colocándose al filo de ésta, mientras con un gesto sádico me miraba mientras yo me introducía un dedo al culo sin perder contacto visual. Me lancé hacia él en busca de su miembro, mi cuerpo quedó tendido en su cama mientras mi cabeza sobresalía de ella, y se hizo una con su cuerpo cuando introduje su miembro denuevo en mi boca.
Me jaló con fuerza hacia sí fuertemente. ¡suave, huevón! ¿Qué chucha, tengo garganta de lata? Reímos. Es que la chupas tan rico, que por mí te quedaras todo el día ahí, me dijo. Me relajé, volvió con el juego de su lengua en mi ano, pero ahora ya había introducido un dedo.
Era hora de culminar, así que armándome de valor, le dije: “ya huevón, ¡cáchame!, te quiero sentir adentro”.
Adrián sonrió y fue en busca de un condón y una botella diminuta de lubricante. Se lo colocó. Yo me preparaba psicológicamente para aguantar semejante huevada. Todo va a estar bien, todo va a estar bien, me repetía, mientras mi mente imaginaba el placer que iba a sentir.
Él empezó. Su pene rozaba la entrada de mi ano. Cuando empujaba, ejercía presión sobre él, y me provocaba un intenso dolor. Yo solo respiraba profundamente, frunciendo el ceño y ahogando gritos o quejas de dolor. ¡Puta madre, si así duele sin entrar, cómo mierda dolerá ya adentro!, me sermoneaba a mí mismo.
Tranquilo bebe, tranquilo, sólo relájate. Dolerá al principio, pero luego te gustará, me calmó Adrián.
Al fin introdujo la puntita. Me dolía mucho aún. ¡Para! Me decía una voz en mi interior. ¡sigue, aguanta! Pugnaba otra.
No paré. Decidí aguantar.
Adrián tenía mucha paciencia, y así entre temores, dolores, gritos ahogados y un inusual placer, tuve dentro de mí todo su inmenso miembro. Sus movimientos empezaron lentos, con la finalidad de no lastimarme y de que poco a poco me adapte a su sexo.
¡Qué rico culo tienes! Repetía constantemente, mientras movía sus caderas. Sus manos, se trasladaban de arriba abajo por mi cintura y de ella se trasladaban a mis piernas.
Yo que aún en el sometimiento quería tener el control, le sugerí que cambiemos de pose: “déjame cabalgarte”, le dije. “Como gustes, bebito”, me respondió.
Él se recostó en la cama, y yo, aunque con dificultad, me senté sobre Adrián, introduciéndome la totalidad de su inmenso miembro. Sentía cómo su pene se abría paso dentro de mí, cómo mi culo se abría, cómo me dolía el arito y la parte en la que chocaba su inmensidad.
Me dolía pero me gustaba, y yo quería disfrutar.
Adrián tomaba fuertemente mi cintura y yo de cuando en cuando bajaba a besarlo. Sus caderas tenían un ritmo espectacular, pasaban de lo suave a lo violento y de lo violento descendían a un movimiento lentísimo. El cambio de ritmos, me tenía enloquecido, sentía cómo es que mi ano se adaptaba a los cambios.
Adrián se sentó, pero yo aún permanecía sobre el. Su destreza en la cama me tenía impresionado.
Sus labios empezaron a lamer mis tetillas. Las besaba con devoción, como si de un culto antiguo y olvidado se tratase. De cuando en cuando, las mordía ligeramente.
Su cuerpo moviéndose bajo el mio, la fuerza con la que sujetaba mi cintura. Nuestros cuerpos unidos mediante mis manos tomando su cuello mientras besaba mi pecho, y sus fuertes manos, moviendo mi cintura e indicándome el modo en que debía moverme.
¡que rico te dejas cachar, colorado!, me repetía a cada instante. Él al igual que yo la estaba gozando de maravilla.
Él volvió a tirarse en la cama y yo me di vuelta, dejando mi espalda a su disposición. Él se deleitaba mirando mi cintura moverse para el, y yo me deleitaba con el reflejo del espejo de la cómoda que estaba frente a la cama.
Lograba ver cómo su miembro entraba y salía de mis entrañas, lograba ver mi rostro desfigurado por el placer, mis labios siendo mordidos por mí mismo. En segundo plano observaba a un Adrián extasiado, que retorcía su cuerpo a cada movimiento y se mordía los labios, mientras recorría mi espalda.
De repente, sentí en mi cuerpo una corriente eléctrica, que empezando en mi vientre, recorrió todo mi ser. Sentí que era arrojado al vacío, y ese vértigo invadió mi abdomen. La presión en mi erecto miembro aumentaba.
¡Me vengo!, grité.
Vente, vente, ¡vente!, me exigió.
Di media vuelta. El chorro de semen impactó en su pecho. Él, extasiado, lo esparció en todo su torso.
Me levanté. Él se quitó el preservativo y empezó a masturbarse mientras azotaba mi cara. Yo sentía las cachetadas de su húmedo y caliente miembro en mis mejillas.
Finalmente, y dando un fuerte gruñido, Adrián derramó su líquido masculino en mi rostro.
Lo besé y tomé una ducha.
Mientras el agua caliente caía sobre mí, mi mente no paraba de pensar. Las imágenes de lo que había hecho, unos minutos atrás, aparecían una tras otra. Sentía placer.
“nuestro cuerpo debe ser casto; es templo del Espíritu de Dios” . La frase del Cura, en una charla a la que me llevó un compañero de clase, vino a mi mente y el placer se deshizo.
Una fuerte confusión se apoderó de mí, y un calor como el que se siente con un bochorno, incendió mi cuerpo.
Salí de la ducha furioso, tomé mi ropa, me la puse y Me fui corriendo del departamento, sin tan siquiera despedirme de Adrián, a quien vi de reojo: me miraba moviendo la cabeza y frunciendo el ceño, sin poder entender mi reacción después de lo rico que la habíamos pasado.
(CONTINUARÁ)
© 2013 Gonzalo Martínez. © 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.
viernes, 26 de noviembre de 2021
Proyecto Lujuria 1.1: Casting en la ducha
En el baño, César resiste un poco más la sensación de usar el retrete para orinar. Delante suyo hay un trípode pequeño sobre la que está engarzada una cámara pequeña de televisión.
“Ya estoy
listo”, dice por el intercomunicador sujeto a su cabeza.
“Dame un
segundo”, le responde Escalante en su oreja. “Estoy tomando datos”.
César sabe
que llenar la ficha tomará unos minutos más, así que aprovecha, avanza con
cuidado de no tumbar el trípode, se baja la cremallera, saca su trigueña picha,
apunta y dispara. ¡Qué alivio! Entonces, la puerta se abre y César se asusta.
Un joven
alto, atlético sin ser tan musculado, guapo, cabello negro lacio con un raro
ensortijado como copete, ojos marrón claro, pectorales, axilas y abdomen sin un
solo pelo, todo en un tono blanco pálido lo mira a los ojos primero y luego
mira su miembro en plena micción.
“Disculpa,
pensé…”, le dice con un acento caribeño.
César no
puede articular palabra.
“el modelo ya
está contigo”, le avisan por el auricular.
César termina
de orinar, carraspea.
El chico se
saca la toalla, la cuelga y se mete a la ducha que en lugar de cortina tiene
una mampara transparente.
A su vista
queda un culo redondo, como si debajo de la piel se hubieran inflado un par de
globos que están a punto de reventar, unas piernas mejor formadas que las de
futbolista, lampiñas, y al girar un poco, el pene dormido sobre un par de
grandes testículos.
César,
avergonzado, sacude su picha y la mete de inmediato, casi choca con el lavabo.
“¿Ya estás
listo?”, le insisten por el intercomunicador.
“Sí, dame un
toque”, responde el camarógrafo mientras se lava y seca las manos y las lleva a
la cámara. “¿Cuál es tu nombre?”, le pregunta al fin al chico desnudo bajo la
ducha aún sin abrir.
“Osmar… Osmar
Rivero”.
“Soy… César…
¿ya te dijo Escalante en qué consiste la escena?”
“Sí”, sonríe
Osmar.
“Espera mi
señal”.
César enfoca
la cámara, hace un acercamiento a los abdominales de tabla de lavar en medio de
una delgadísima cintura y luego mueve el anillo de zoom hasta tener un plano
general del modelo.
“Listo”, dice
por el intercomunicador.
“Dale
acción”, le confirma Escalante.
César levanta
la mano y hace cuenta regresiva con sus dedos. Al formar puño la baja y pone el
ojo al visor de la cámara.
Osmar abre la
ducha y deja que el agua moje todo su cuerpo, menos la cara y el cabello; toma
la pastilla de jabón que ya estaba allí, recién abierta, y comienza a pasárselo
suavemente, mirando sensualmente a la cámara, por sus pectorales, sus
abdominales, sus axilas levantando los brazos y a lo largo de éstos, una de sus
nalgas y a lo largo de su enorme muslo. Y su rostro con esa expresión de quien
disfruta como ningún otro momento del día ese tiempo que uno le dedica a la
higiene personal.
Luego, Osmar
se pone de espaldas a César y se unta los dos grandes glúteos, en medio de
ellos, voltea al otro costado y repite la operación del inicio. A continuación,
se pone en frontal y asea sus genitales brevemente, siempre sonriendo a la
cámara. Abre la llave de la ducha de nuevo, se enjuaga por completo con la
misma sensualidad como se enjabonó todo el cuerpo, se seca y sale.
“¿qué tal lo
hice?”, pregunta.
“ehhh… bien…
creo”.
El
camarógrafo sonríe mientras dentro de su cremallera, su picha está como roca y
su calzoncillo mojadito de líquido preseminal.
Cuando Osmar
regresa a la habitación contigua, que en realidad es un dormitorio matrimonial
y busca su ropa para vestirse, Escalante está revisando unos apuntes en su
tableta. Voltea a ver al modelo.
“¿Cómo te
sentiste?”
“Bien. Ya te
dije que el desnudo es natural para mí”.
Escalante
sonríe.
“De todos
modos, espera mi llamada, solo mi llamada, y si eres seleccionado, negociamos…
¿me dijiste que tienes tu permiso temporal en regla, no?”
“expira en
dos meses, pero sí”.
“Listo”,
vuelve a sonreír Escalante, un hombre de rostro agradable ya en sus cuarenta.
Osmar se
termina de poner la ropa, se arregla la bufanda, agradece y se despide.
Escalante lo acompaña hasta la puerta y la cierra, luego camina al baño.
En la ducha,
ahora es César quien se refresca: cuerpo más o menos trabajado, lampiño, rico
culo, verga semierecta bajo un vello púbico algo crecido.
“A ti no te
haré casting”, sonríe Escalante.
“Ese
venezolano que entró último me puso a mil, huevón”, confiesa el camarógrafo.
“¿Y a mí qué
crees?”
Escalante se
desnuda por completo, tira su ropa a la alfombra del dormitorio y se mete a la
ducha con su compañero.
“Yo me
inclino por el venezolano”, dice César cogiendo la cintura del otro hombre,
delgado formado, blanco, lampiño, vello púbico recortado, a quien se aproxima y
da un beso en la boca.
“Yo también”,
dice Escalante. “Pero veamos qué dice el cliente”.
“Tengo ganas
de ccacharte”.
“Vamos a la
cama”.
Escalante se
arrodilla, toma la picha de César y la mama con fruición hasta ponerla completamente
dura mientras sus manos se afirman en las dos redondas nalgas de su compañero,
luego se unta jabón en todo el ojo del culo, coge el cipote del camarógrafo y
se lo mete como si nada. César jadea.
“qué rico tu
ano calentito”.
“Dame pinga”,
ruega el director de talento.
César logra meter
sus diecisiete centímetros y bombea como condenado. Al mismo tiempo, Escalante
masajea sus dieciocho centímetros que ya se pusieron duros. César no resiste
más y dispara toda su leche dentro del recto de su jefe mientras éste dispara
la suya en la blanca mayólica de la
ducha. César siente cómo el esfínter anal estrangula su aún dura picha.
“Rico”,
suspira. “Mejor que mi mujer”.
domingo, 21 de noviembre de 2021
ASS (04): Muéstrame tu pinga erecta
Alejo posa en una sesión de fotos al desnudo y al palo.
A las 9:30 de ese
domingo por la mañana, el atlético Alejo llega a una de las casas de Los
Ejidos. Toca el timbre. Viste un polo, short y unas zapatillas de tela. El polo
y el short disimulan mal el simétrico trabajo que las pesas han forjado en su
cuerpo: espalda ancha, pectorales y brazos hinchados y formados, cintura
estrechita, buen par de nalgas y buen paquete, grandes y formados muslos y ni
qué hablar de sus pantorrillas. Hermoso ejemplar de varón en sus 22 años, quien
además tiene un rostro muy agradable y un cabello negro ensortijado algo
desordenado. Saca su celular del bolsillo delantero y comienza a escribir un
mensaje cuando la puerta se abre y un hombre en sus 30 le sonríe.
“Pensé que ya no
ibas a venir, cabrón”.
“Hay poca
movilidad”.
Enrique le da la
mano y lo invita a entrar. Tiene rostro agradable, ojos algo claros, un poco
alto, y ese polo y esa bermuda que se puso esa mañana también disimula mal un
físico típico de gimnasio. Cruzan el jardín que rodea una casa de dos
pisos.
Al ingresar a la
amplia sala, en la escalera un hermoso y atlético chico, totalmente desnudo, lo
ve llegar. Avanza un poco más y al pie de las gradas, un pata aparentemente
flaco y formado, vestido con polo y buzola, manipula una cámara fotográfica
profesional.
“Te presento a Willy”,
le indica Enrique.
“Mucho gusto”,
intercambian ambos.
“Y ese cuate allá
arriba es el gran Flavio”.
Alejo le lanza un
tímido hola que el modelo le responde con una amplia y seductora sonrisa.
“Acompáñame”,
indica el anfitrión hastallevarlo a unos modulares donde hay unos papeles.
“Tómalos y fírmalos con tu nombre y DNI. Uno es el contrato y el otro es la
autorización de uso. ¿Sí tienes claro qqué vamos a hacer hoy, no?”
“Posar desnudo”,
responde Alejo con mucha seguridad.
“Y mostrando la
verga erecta”, agrega enrique.
“Sí, normal.
¿Tienes lapicero?”
“¿No vas a leerlo
antes?”
“No vas a
ratearte, ¿o sí? Ya me dijiste que las fotos son para México, ¡no?”
“Sí. Para una
revista que publica desnudo masculino erótico”.
“Normal”, reitera
Alejo, y firma.
“encuérate que
voy a ponerte el óleo. Apenas Willy termine de trabajar con Flavio, comienza a
trabajar contigo; luego con ambos”.
Alejo se quita el
polo y las zapatillas. Ya descalzo, se para sobre la alfombra de la sala y se
quita el sshort. Queda calato.
“Uff. Te ves más
mamey que en las fotos que me mandaste, cabrón”, le comenta enrique.
El muchacho
sonríe.
Enrique toma un
frasco de un aceite oscuro y comienza a pasárselo por todo el cuerpo, desde la
cara, luego el cuello, los pectorales, los brazos, los costados, el abdomen, la
cintura.
“Voltéate.
¿entrenas duro, no?”
“Eso y el trabajo
en la chacra”.
“Sí, me
contaste”, menciona enrique, quien está untando toda la espalda y se arrodilla
para hacer lo mismo con las nalgas. Entre ellas, asoma uno que otro vello.
“Me estás
metiendo la mano al culo”, sonríe alejo medio en son de reclamo.
“Tranquilo,
cabrón. No quiero que salgan zonas claras”.
Continúa con las
piernas y pantorrillas.
“Voltéate”, pide.
Alejo gira, y
ahora enrique le pasa el aceite por el pubis y la ingle incluyendo el pene y
los testículos. El pene comienza a reaccionar y crecer.
“Te pones erecto de
plano”.
Alejo sonríe.
Enrique termina
de untarlo.
“Que se absorba
un poco y te traigo el vestuario… debiste podarte un poco el arbusto”.
“No tengo tijera
para los pendejos”.
“Ahora traigo
una”, sonríe enrique.
“Necesito ayuda
con el pene de Flavio”, llama Willy desde la escalera.
“Voy”, responde
Enrique. “Ya vengo”, le dice a Alejo.
El anfitrión va
hasta donde está el otro modelo, se arrodilla en una grada y evidentemente
comienza a chuparle la pinga a Flavio, quien mira la escena, igual que Alejo,
pero a la distancia. Su pinga también se pone dura y recta: 18 centímetros,
gruesa, botando líquido preseminal ya en la punta.
Enrique saca un
frasquito de su bolsillo y echa un líquido transparente, como gel, sobre el
miembro de Flavio.
“espárcelo”.
Flavio distribuye
el lubricante por su pene y reanuda la sesión de fotos. Enrique regresa donde
Alejo, y se percata de su pene erecto.
“Chinga tu madre,
cabrón. Qué buena verga tienes”.
Alejo sonríe y
distribuye su líquido preseminal por toda su pieza a manera de lubricante.
Cuando Willy
acaba la sesión con Flavio, el aceite ya se ha absorbido sobre la piel de Alejo
dándole un tono bronceado uniforme y natural y Enrique ya le ha recortado el
vello púbico para que se luzca mucho más su pinga y sus grandes bolas.
“Contigo vamos a
trabajar en la columna que está en el jardín”, indica el fotógrafo, a la vez
que apunta el dedo a una rara y solitaria decoración de mármol blanco de
contorno acanalado.
Alejo camina y
coloca en su marca; no se pone nervioso frente a la cámara. Ejecuta todas las
poses que le piden. Su cuerpo hermoso no solo se luce bien en las fotos que
aparecen chiquitas en el visor. También llama la atención de Enrique, y
especialmente de Flavio.
”¿De dónde
sacaste a ese churro?”
“De un rancho”.
“Qué rico”.
“enrique, ya
sabes qué hacer”, pide Willy, quien está arrodillado sobre el piso del jardín
al lado de la piscina y con la cámara en ristre.
“Si quieres lo
hago yo”, murmura Flavio.
”Ya tendrás tu
turno”, sonríe el anfitrión. “No me asustes al morro”.
Enrique va hasta
donde Alejo se arrodilla y comienza a mamarle la verga hasta ponérsela dura.
Repite la aplicación del lubricante. Con eso, Alejo tiene lo necesario para
seguir haciendo la sesión con el pene erecto.
“No vayas a
eyacular”, pide Willy.
“Demoro mucho”,
presume Alejo.
“Qué bueno,
peoncito”, susurra Flavio a la distancia, cuya pinga vuelve a ponerse al palo.
martes, 19 de noviembre de 2013
Anselmo (7)
ACONSEJAMOS DISCRESIÓN DEL LECTOR: Algunas escenas que presentamos a continuación son inapropiadas.
Por: N-Azz
Esa noche hubo un banquete en casa de Agapito. Claro, comparado al menú del último medio año, cualquier cosa lo era.
Mucho de lo que comieron nubca se había visto por San Jerónimo, excepto el atún en lata, o algunas marcas de galletas.
En meses, nunca una cena los había dejado satisfechos. En efecto, la última que Anselmo recordaba era cuando cumplió 16, y la finada Santos le preparó las papas sancochadas con gallina guisada y crema de huacatay que tanto le fascinaba. Jamás olvidaría que su madre, a pesar de sus dolencias, lo agasajó con esa irrepetible sazón.
Los dos anfitriones y los dos convidados -¿cuál era cuál?- terminaron de cenar.
Zack impidió que Anselmo se levantara de la mesa. “Yo recojo todo”.
Agapito sonreía de manera distinta mientras conversaba con el padrino Martín.
Se conocían desde chibolos, cuando sirvieron juntos en el Batallón de Ingeniería de Las Lomas. ¿Y recuerdas a Torres, a Sánchez, a García? Demasiada información que mantenía desconcertado y entretenido a Anselmo.
Se rió con la historia de Ramos, que, a diferencia de sus promociones que lo hacían en ropa interior, solía bañarse desnudo, y tuvo que entrar calato al cuartel luego que el pendejo de su padrino le escondiera el uniforme en uno de los totorales del Chipillico. Esa noche, el comandante lo metióa su casa, y no se supo nada hasta el día siguiente, cuando amaneció con uniforme nuevo, y órdenes de no contar nada. Los pendejos de sus compañeros, unos días después, hicieron un muñeco con paja, al que vistieron con el uniforme extraviado y lo pusieron a la entrada de la cuadra. Ese fin de semana, todos se quedaron castigados, menos Ramos, que sí pudo salir de franco.
“Dicen que el comandante le entraba…, y que ese huevón era su macho”
Agapito eructó y tosió.
“Puta, compadre, sé lo que necesitas. Pero esta vez se te va a caer el paladar del gusto”.
Martín salió luciendo su ajustado bóxer, pues, desde la hora del baño no se puso ropa. Igual, agapito seguía en su viejo calzoncillo. Zack regresó a la mesa.
“No sé cómo no se muere de frío”.
Agapito sonrió mirando a los ojos del citadino. En ese momento, el padrino volvió a entrar con una botella de líquido rojo, se paró frente a Agapito, y se puso la base del pomo contra su miembro. Lo agitó.
“¿La quieres?”
Martínse carcajeó, seguido por zaqck. Anselmo, por más que quería, tuvo que controlarse. Agapito quiso fruncirse, pero entró a la chacota.
“Depende, si no te l’as metido po’l culo, sí”.
Todos rieron.
Martín descordchó el vino, y lo sirvió en las tazas de aluminio blanco que Anselmo halló de milagro.
“¿Qué’s?”
Martín alargó la taza a Agapito, previo salud. El rostro del pueblerino se coloreó distinto. Miró a Martín, quien le levantó las cejas en tono de victoria.
“Está‘la puta ma’re”.
Zack brindó con Anselmo.
“Tómalo despacio, ¿OK?... Salud”.
Amargo y dulce. Fuerte. Esto era novísimo para el adolescente. ¿Será alcohol? Parece que no. Por lo menos, no sabía como el cañazo, la cerveza, o la mezcla de sus amigos. Y por último, ¿afectará su promesa tomar un sorbito?
“Despacio, hijo. No es agua”.
Anselmo soltó la taza, y miró a todos. Un calorcillo empezava a recorrerlo, y se le subía a la cara. Sólo sentía eso cuando Elías se le acercaba. Pero, pero, esto está completamente distinto.
“¿estás bien?”
Anselmo no se percató quién le hablaba, pero hizo sí con la cabeza. Todavía quedaba algo de vino en la taza. Lo tomó despacio, como le dijeron. Estaba en otro mundo. Lo acabó. Expiró desde lo más profundo, como si se liberara de una gran carga. Se relajó. ¿Y este néctar? “Tengo calor”.
Zack le sonrió. se acercó y comenzó a desabotonarle la camisa. Anselmo se avergonzó y miró a su padre. Pero Agapito estaba en calzoncillo, y no sentía vergüenza; su padrino tenía ese pantaloncillo que le marcaba todo. El único friolento era Zack, que vestía pantalón largo y chompa.
“Tranquilo. Estarás cómodo, ¿OK?”.
Anselmo se dejó descubrir sus pectorales y abdominales lampiños. Zack se quitó la chompa, y se quedó en una remera ceñida, que dejaba ver dos pequeños pero firmes pectorales y un vientre plano; además, los brazos no eran anchos, pero esbeltos, y en las muñecas seguían las cintas de colores.
“Hijo. Quédate como nosotros”.
Anselmo sólo se sacó la camisa, y dejó descubrir sus brazos fuertes y un tronco digno de escultura.
“Carajo, sácate todo, ¿o ya no’res hombre?”
Agapito comenzaba a sonar distinto. Zack apuraba otra taza de vino, y se agitó un poco, a la vez que resoplaba. Se desavrochó el pantalón, se quitó la remera y las zapatillas, y se quedó en una prenda similar a la de Martín, pero de color blanco. Resopló de nuevo, y alzó la taza como acabando todo el contenido.
“¿Hay más¡”
Martín le señaló una caja naranja con tapa blanca. Seguía haciendo memoria con Agapito de cosas que Anselmo, simplemente, no entendía. ¿Qué estaba pasando en casa?
Zack se inclinó a abrir la tapa de la caja. Un trasero redondeado a sólo cinco metros del adolescente. No pudo evitar verlo con algo de lascivia.
Por ratos, ráfagas con la cara de Elías venían a su mente, y, por más que trataba de aferrarse a ellas, siempre terminaban desvaneciéndose.
largo y grueso miembro.
(CONTINUARÁ…)
© 2012, 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres o situaciones es pura coincidencia. Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí. SIEMPRE PRACTICA SEXO SEGURO.
Texto producido con el Método Writting Fitness. Más información aquí.
sábado, 10 de diciembre de 2011
El chico de la tribuna
La rutina de todas las noches era ir como a las diez, ver algo de tele, y meterme en la cama.
Pero esa noche de sábado no pude dormir. Por más que vi tele, me revolqué en la cama, y traté de relajarme para descansar, no pude.
Fui a la biblioteca de la casa, y cuál sería mi sorpresa al encontrar una vieja revista porno entre los libros. Porno hetero, pero porno al fin y al cabo.
La comencé a hojear, y a enfocarme en las fotos de páginas completas, donde sementales metían sus grandes vergas en las chuchas de las modelos.
Supondrán que, lejos de poder dormir, me desperté aún más, y no sólo mi cabeza, sino adentro de mi pantaloneta.
Decidí no masturbarme, y mas bien, subí al techo de la casa, con la esperanza de que el viento fresco me relajara.
Al llegar al descanso y poder ver a la calle, me di cuenta que estaba vacía. Al fondo, la plataforma deportiva estaba casi oscura y sin la gente que pelotea todos los días.
De pronto, me llamó la atención algo en la tribuna: dos personas en arrumacos. afinando más mi visión, pude percatarme que eran un pata y una jerma. Ambos se besaban, abrazaban. Una cita romántica, me dije, y regresé a tratar de dormir.
Prendí la tele de nuevo, revisé la porno y la dejé en la mesita de noche... una hora y nada de pegar los ojos.
Probé de nuevo con el viento fresco, y regresé al descanso de la escalera. La calle seguía vacía, la plataforma también. En la tribuna ya no estaba la pareja, pero sí un bulto raro, como acostado.
Era un poco mas de la medianoche, y me quedé viendo a aquel bulto. No se movía. Me preocupé, y creí que debía ir a investigar. Claro que me arriesgaba a cualquier cosa, pero, más pudo mi curiosidad.
Tomé la llave, un cortauñas (por sí las moscas), y salí. En cinco minutos estaba junto a la tribuna. Se trataba de un hombre que parecía dormido. Me acerqué más y lo toqué para verificar que de veras estuviera dormido. El pata se despertó asustado.
"¿qué haces aquí?", le dije.
"Nada. Duermo".
"¿Aquí? ¿Y si te pasa algo?"
"Siempre me he quedado dormido acá y no me ha pasado nada".
Connversando, me enteré que él vivía del otro lado de la ciudad, pero se había hecho tarde y ninguna mototaxi pasaba por ese sitio.
"¿Por qué no vienes a la casa que estoy cuidando? Hay espacio para que te quedes dormido, además el frío te puede joder".
Lo pensó un rato, y aceptó de mala gana.
Al ponerse de pie, me di cuenta que era un poco más alto que yo, de rostro agradable, y voz afable. Estudiaba Educación Secundaria, y su especialidad es la Química.
Llegamos a la jato, entró. Mi plan era acomodarlo en el mueble que estaba cerca a mi, pero era muy chico para su estatura.
"Mas bien vente a la cama".
"Pero tú estabas durmiendo allí".
"Puedo acomodarme en el mueble".
Quedamos en que se quedaría hasta antes de amanecer, cuando las primeras mototaxis llegan por ese barrio, y se pueda ir a casa.
Caminó hasta la cama, y se encontró con la revista porno.
"¿Y esto?"
"No sé. Lo encontré en la biblioteca".
La hojeó.
"¿Estás seguro que me fuiste a buscar porque creías que necesitaba un lugar abrigado?"
"Bueno, sí.
La verdad me sentí descubierto, porque una de las razones que me animó a buscarle era la posibilidad de aventura, y el pata no estaba nada mal.
"¿Bueno, si te ofendo, disculpa".
"Oye, dime la verdad: tú quieres otra cosa, ¿no?"
"¿Otra cosa?"
"Claro... como lo que pasa en esta revista".
"Como te dije, no era mi inten..."
"Normal. No te paltees".
Se acercó a mi, y me tomó de los brazos. Comencé a sudar frío. Me los acarició entonces.
"Abrázame", me dijo.
Me estreché contra su pecho fuertemente. Él aprovechó para acariciarme la espalda, me levantó la barbilla y me besó en la boca. Fue un beso dulce, diferente. Su lengua y la mía luchaban sin violencia, como si danzaran juntas.
Pude sentir que, debajo de su jean, tenía su palo duro, pero no podía precisar cuánto. El mío estaba latiendo a mil.
Me sacó el polo; hice lo mismo: él tenía un grandioso torso, no masivo, pero sí muy bien formado, con unos pectorales prominentes, brazos marcados, cuadritos en el abdomen, y un vello muy ralo.
Me siguió besando y me sacó el polo, dejando mi cuerpo marcado algo velludo frente a él.
No esperé más. Le desaflojé la correa, el botón del jean, le bajé el cierre, y empujé su pantalón hacia abajo. Él me dejó que mis manos exploraran sus firmes glúteos, mientras metía sus manos dentro de mi pantaloneta, y la hacían bajar.
Vestidos sólo con nuestra ropa interior, nos echamos en la cama. Él estaba encima mío, y no paraba de besarme en los labios y el cuello.
Se revolcó conmigo hasta quedar bajo mi piel.
"Explórame". susurró.
Con mi boca, le besé el cuello, el medio del pecho, los pectorales, le chupé sus tetillas, sentí su estremecimiento en su abdomen, y llegué a su pinga, que seguía cubierta debajo de su calzoncillo. Usando mis labios se lo quité, y una verga de buen tamaño (unos 17 a 18 cm) saltó.
Sin que me lo pidiera, se la chupé a fondo. Hacía que su trozo de carne entrara y saliera de mi boca como el mejor manjar, mientras él gemía despacio.
Le lamí las bolas, y aprisioné en mi boca cada testículo.
No me dejó bajar más, porque su culo era grandioso.
Regresé con mi boca hasta encontrar sus labios. Volvió a revolcarse hasta yo quedar debajo suyo, se arrodilló y me quitó mi calzoncillo. Se acostó sobre mi, y progresivamente me fue levantando las piernas hasta que su miembro punteaba mi ano suavemente. sentía su cabecita húmeda, y me preguntaba si me aguantaría su pájaro.
La respuesta vino en los minutos siguientes, cuando poquito a poco comenzó a metérmela. Por alguna extraña razón no me dolía.
Él no dejaba de besarme, e indicarme que si sentía dolor, sólo me concentrara en sus besos y que respirara profundo. Creo que eso impidió el dolor.
Acostado sobre mi, se meció tan rápido como pudo y por largo tiempo. Sus manos no dejaban de explorarme, y las mias menos.
Jadeó con fuerza, hasta que cerró los ojos, levantó su cabeza, e hizo el gesto más arrechante que vi en la cara de un pata. Dejó de mecerse, y, al mismo tiempo, mi leche se proyectaba sobre mi pecho.
Volvió a besarme.
Pasamos el resto de la madrugada juntos, desnudos, yo durmiendo sobre su pecho.
A eso de las 5, se duchó, y le abrí la puerta para que se fuera.
admito que averigüé sobre él hasta saber cómo se recurseaba, dónde estudiaba, y llegamos a hacernos patas, pero nunca más volvimos a irnos a la cama.
Las últimas veces que lo vi, nos cruzamos en un cine porno, y ahora sé que anda ejerciendo su profesión por Lima, luego de haberlo hecho por acá.
Sé también que lo hizo con varios chicos, incluso de pasivo. Bueno, eso es lo de menos, pues en lo que a mi concierne, ha sido el mejor amante que tuve, aquel chico que encontré en una tribuna.
© 2011 Hunks of Piura Entertainment. ¿quieres contarnos tu relato? escríbenos: hunks.piura@gmail.com. Recuerda siempre practicar sexo seguro.
martes, 27 de diciembre de 2022
Ser Rafael 19.2: Despedida de soltero
A diferencia de otras ocasiones, hicimos todo el trayecto en silencio. Mi pecho chocaba contra su espalda cada vez que debía frenar.
Llegamos.
Josué me dejó en la
vereda fuera de mi block. No había un alma en la calle.
Me dio la mano con
fuerza.
“Rafo, no hay nada qué
pensar: no seré tu testigo. No me pidas algo que me hará sufrir”.
Sentí su voz
quebrarse. Yo sentí que mi corazón se encogía.
“Solo dímelo, y soy
capaz de…”
“Rafo, ya lo sabes… Lo
mejor será que dejemos de vernos hasta que regreses de tu viaje de bodas”.
“No me pidas eso. ¡Me
necesitas!”
Josué ya estaba
llorando.
“No. No lo hagas por
mí. Hazlo por ti, por ti, por ti”.
Se calmó un poco.
“Josué, no me pidas
que deje de verte. No tú”.
“Te amo, Rafo. Te amo
con todo lo que soy y lo que tengo. Confío en ti”.
Arrancó la moto y se
fue.
Comencé a llorar en
plena calle. Presentía lo peor.
Toda esa semana, Josué no respondió mis llamadas, ni me contestó en redes sociales, ni fue a esperarme para ir juntos al gimnasio (se cambió de turno a la mañana, para no coincidir, según deduje).
En lo que a ese
domingo correspondió, fue difícil conciliar el sueño.
El resto de la semana
no tuve otra opción que respetar su decisión, aunque me doliera en el alma. Y
me estaba doliendo mucho en el alma; pero, ¿por qué?.
Igual, esa semana se
hizo llevadera pues Laura se encargó de mantenerme absorbido. Apenas salíamos
del gimnasio, ella tenía mil pendientes para hacer, lo que me dejaba agotado y
me mandaba directo a la cama.
El viernes, víspera de
la boda, mis compañeros de trabajo me llevaron directamente a un local donde
nos encontramos con los compañeros de trabajo de Laura, algunos amigos –menos
Josué-, y… Eduardo. Quiero decir, Eduardo estuvo allí invitado por Laura. Me
esforcé para no toparme con él durante toda la celebración.
Laura se las había
ingeniado para que las fiestas de despedida de soltero y de soltera se hicieran
en el mismo lugar, a la misma hora y con la misma gente.
Hubo los juegos de
siempre, comida, trago, y como broche de fondo, un stripper y una stripper, que
nos deleitaron con un espectáculo erótico convencional, esto es, se quedaron en
hilo dental, se acariciaron, hicieron la finta de tener relaciones pero de pie
y listo. Lo único rescatable era la espalda, los pectorales, las piernas y el
trasero del bailarín. Obviamente, como la gente estaba más o menos bebida, le
dio lo mismo si eran bonitos o feos.
La reunión finalizó
casi a medianoche, cuando Laura, medio bebida, se me acercó con Eduardo.
“Rafo, le pedí a
nuestro amigo que se asegure de que irás directo a tu camita”.
¿Nuestro amigo? Si
algo tengo que reconocerle a Eduardo es su camaleónica manera de relacionarse
con mi entorno, generar tamaños desbarajustes y salir ileso. Fui un tonto al no
pedirle cátedra de eso.
“¿Ah sí?” Me lo quedé
mirando.
“Sí, Rafito, como
Eduardo no ha tomado casi nada, que te lleve en el carro”.
Al fondo salían los
dos strippers.
“OK. Que me lleve a
casa, entonces”.
Me retiré con Eduardo.
“Menos mal que mañana
estaré casado”, le dije rezongando.
Fuimos hasta el auto.
Lo abordamos. Enfrente nuestro, el chico y la chica que habían actuado para
todos nosotros tomaban un taxi.
“Estuvo misio el show
de los strippers, ¿cierto?”, me comentó.
“Sí, medio monse”, le
respondí.
“Sé que Laura me
encargó algo, pero… si deseas, puedo llevarte a un lugar donde sí tendrás una
verdadera despedida de soltero”.
“¿Una disco de
ambiente? No, gracias. Prefiero ir a casa”.
“Mejor que eso”.
Eduardo hizo una
llamada y fuimos a un edificio cerca de unas residencias militares; subimos a
un departamento.
Nos recibió un chico
blanco simpático, de evidente buen cuerpo, en medio de una sala a media luz,
perfumada y con una música a punta de saxo y piano.
Cruzamos una especie
de cortinas hechas con velos y pasamos a un espacio donde había cojines por
todos lados, botellas con algo que parecía ser vino, lámparas de luz tenue y
difusa. Esperamos unos minutos. La música cesó un segundo y comenzó una melodía
árabe.
El anfitrión había
cambiado su camiseta y su jean por una camisa y pantalón vaporosos. Se puso a
bailar rítmicamente delante nuestro, como si su cuerpo recibiera gentiles
cantidades de electricidad, lo que lucía grácil pero enérgico.
Eduardo me convidó de
una de las botellas. Era un licor dulce, parecido al vino.
Lo caté y encontré
agradable.
El muchacho ya se
había despojado de la camisa, revelando pectorales y abdominales finamente
labrados. Invitó a que Eduardo se ponga de pie, y lo hizo bailar.
El chico me pidió la
botella y tomó el licor directamente del envase, se acercó a la cabeza de
Eduardo y lo besó con la boca bien abierta, a medida que le quitaba la camisa.
Volvió a probar otro poco de trago, a repetir el beso, y a intentar sacarle los
jeans.
Un cuarto de botella
después, Eduardo solo vestía calcetines, y el bailarín le estaba practicando
sexo oral, primero por adelante; luego hundió su cabeza entre las nalgas de
quien supuestamente tenía que asegurarse de que ya estuviera en cama.
Yo, obviamente, nada
de sueño; estaba más que excitado.
El bailarín se
levantó, se quitó el pantalón y se quedó sin nada de ropa. Hizo que Eduardo le
hiciera lo mismo que él le había practicado.
Como era de suponerse,
la performance se repitió.
“Desnúdate”, me dijo
el chico. “Deja toda tu ropa a ese costado”.
No esperé más. Me
quedé como Dios me trajo al mundo, y puse mi ropa donde me dijo. Allí había
otra botella de licor.
“Tómala”, me dijo.
La agarré, la abrí y
la bebí sin usar copa ni vaso.
“Ven”, me invitó.
Eduardo nos hizo sexo
oral a los dos. Luego, ambos se arrodillaron como si estuvieran adorando al
dios de la fornicación; dejaron que regara licor entre sus trabajadas nalgas, y
que lo probara.
El bailarín sacó unos
condones de entre los cojines, y el resto de la faena consistió en penetrarlos
indistintamente y en todas las posiciones que la embriaguez y la flexibilidad
nos permitieran. El chico también penetró a Eduardo, y Eduardo hizo lo propio.
Nuestros jadeos y gemidos, y uno que otro gruñido, se confundían con la música árabe que parecía no cesar.
sábado, 17 de diciembre de 2022
ASS (57): ¿No crees que es…. Pecado?
Santos es enviado
a recoger unas cosas en el cuarto de Marcano, donde tendrá la oportunidad sde
ver y probar su enorme taladro.
A eso de las nueve menos cuarto, el guapo Santos está revisando unas listas que el Padre David le encargó. En el Centro de Acogida a Migrantes, también conocido como CAMI, no solo se los registra; también se trata de conocer sus historias y se busca darles un techo dónde guarecerse, servicios higiénicos decentes y tres comidas básicas. Para santos esto no es nuevo. Antes de iniciar su noviciado, trabajó largo tiempo como voluntario en las organizaciones de acogida de migrantes que llegaban a España por cuanto medio fuese posible. Allí creyó sentir su vocación religiosa.
“Hola”.
Santos se
sobresalta, levanta la mirada. ¡qué tal sorpresa! Un chico trigueño moreno,
fornido, vestido en mono o mameluco azul y con un pequeño maletín metálico
aparece en la puerta de la recepción. La cara le es familiar.
“¡Hola!”,
reacciona el novicio. “Anoche te vi…”
“Cuando salía de
ducharme en el AS”, contesta el joven muy sonriente. “Vine porque el Padre
David me mandó llamar”.
“Ah, cierto. Tú
eres el electricista, ¿no?”
“Handy-man, más
bien”, guiña un ojo. “Me llamo Marcano”.
El chico da la
mano y guapo rubio se la corresponde:
“Santos, mucho
gusto. Ahora lo busco y…”
“¡Marcano!
Llegaste, che”, se oye desde el pasadizo. “Vení a ver la conexión”.
“Permiso”, pide
Marcano a Santos, quien se queda medio ensoñado. Ese mameluco cubre demasiado
el hermoso cuerpo bien esculpido que vio la noche anterior. Lo que no recuerda
si llegó a ver sus genitales. Quizás sí, pero en medio del desconcierto es
complicado tener memoria clara. Al menos, sí nota que lo ancho de la prenda no
disimula su enorme culo.
En poco tiempo,
el Padre David regresa a la oficina:
“Che, necesito
que vos vayás con Marcano a recoger unas cosas para la instalación que falta”.
“¿Yo, Padre?”
“Sí, vos. Creo
que hay cosas pesadas y tú eres algo fornido. Andá con él”.
A Santos le
parece un sueño estar sentado en la misma motocicleta tras el portentoso cuerpo
de Marcano recorriendo las soleadas calles de San Sebastián. Queriendo y no
queriendo, choca sus grandes pectorales contra la amplia espalda del Handy-man.
“¿Así que vienes
de España?”
“De Barcelona”,
responde Santos.
“Interesante”.
Ambos llegan a la
pensión y suben al cuarto de Marcano donde tiene un mini almacén con accesorios
eléctricos: alambre, interruptores, tomacorrientes. El venezolano se baja la
cremallera y se quita la mitad superior del mameluco; debajo tiene una camiseta
ceñida al cuerpo que no deja mucho a la imaginación. Voltea a ver a Santos y se
ssonríe al notar su cara de asombro:
“Perdona, vale.
Suelo estar solo aquí, así que cuando hago mis cosas, incluso me quedo
desnudo”.
“No tienes que
disculparte. Yo también estoy en pelotas cuando me encierro en mi recámara”.
“¡en serio? Si
tuviera más confianza contigo, me quedaría en pelotas, como dices”.
“yo no tendría
problemas… de hecho, anoche… te vi en pelotas”.
Marcano se
detiene, recuerda en segundos y cae en la cuenta:
“¡Naguará, chamo!
¿Tienes toda la razón!”
Santos se sonríe
ya menos tenso. Entonces, Marcano se detiene en su búsqueda:
“¿Te incomoda si
me desnudo?”
“ya te dije: no.
Si te apetece, yo también puedo desnudarme”.
“No suena mala
idea”.
Marcano se quita los
zapatos y los calcetines, se baja el mameluco, luego se retira la camiseta (con
cierta dificultad), y está a punto de quitarse el bóxer:
“Tú también,
pana”.
Santos, siempre
sonriendo entre nervioso y excitado, se quita la camisa, los zapatos, los calcetines,
el jean y también se queda en un colorido bóxer.
Marcano le
sonríe:
“¿Desnudos del
todo?”
“Desnudos del
todo”, responde Santos.
“A la cuenta de
tres… uno, dos, tres”.
Ambos se retiran
la ropa interior y se quedan en pelotas.
“La tienes parada”,
le observa Marcano señalando la entrepierna de Santos con la mirada.
El novicio se
pone rojo de vergüenza.
“Perdona”,
susurra.
“No… no hay nada
que perdonar”.
Marcano gira un
poco y muestra su largo pene aún dormido:
“Tu polla parece
grande”, comenta Santos.
“y eso que está
dormida aún”.
“¿Quieres decir
que cuando te empalmas…?”
Marcano se sonríe
más con cariño que con picardía como leyendo los narvios del otro mancebo:
“¿Me lo pongo
duro, me lo pones duro? ¿Cómo prefieres?”
Santos se
sorprende ante el ofrecimiento.
“Estamos solos tú
y yo, agrega Marcano. “Nadie va a enterarse, vale”.
“Pero… sería…
pecado”.
“Si me dices que
es pecado hacer el amor… ¿no estás contradiciendo tu fe?”
Santos se queda
ahí, inmóvil, con su pene erecto bajo su abundante vello púbico rubio. Los 23
ccentímetros de masculinidad de Marcano también comienzan a erguirse y
engrosarse.
Entonces, Santos
se olvida de todo. Se acerca a Marcano, le toca el pene semi-erecto con una
mano mientras la otra es posada en uno de los grandes pectorales; le acerca su
cara y lo besa en la boca. Marcano lo toca de la cadera y luego lleva sus manos
hacia las velludas nalgas para acariciárselas. Se separan.
“¿La puedo
chupar?”, consulta tímidamente.
“Todo lo que
quieras”, le responde Marcano igual.
Santos se
arrodilla, mira el falo, lo masajea un poco, se lo mete a la boca. Comienza a
succionarlo. Poco a poco sus labios, su lengua y su paladar se van adaptando a
la gruesa forma y sabor de ese pene caribeño.
Entonces, suena
un celular.
