jueves, 3 de noviembre de 2022

Ser Rafael 11.1: Al's bubble butt


    


 Conversar en línea –chatear- con alguien que no habla tu idioma puede ser divertido, o puede ser el mayor papelón que puedes hacer en tu vida… a menos que tengas un buen traductor en línea.

Desde que Al me aceptó en sus contactos, conversábamos una media hora ya tarde en la noche, justo a unas treinta horas de haber regresado de ese asueto de cumpleaños.

Todo comenzó cuando compartí la foto que nos había tomado a Laura y a mí en la playa, y le avisé que la tenía en línea. Entonces, comenzamos a hablar de la playa, de lo tranquila que es esta parte del planeta (como si yo hubiera viajado a otras partes del mundo, je), de los cuidados bajo la luz del sol, del cáncer de piel, de cómo cuidar la piel, y de cuánto de eso lo aplicábamos en nuestras vidas. ¡Justo donde yo lo quería!

Resulta que Al tenía un aparente arsenal de cremas para la piel, pues la suya, no adecuada a la radiación tropical, necesitaba más cuidado.

Mientras leía eso, me alucinaba untándole la crema por su nuca, su espalda, sus redondas nalgas –sus bubble buts-, sus redondas nalgas, sus redondas nalgas. ¡Por Dios, tenía dentro de la sábana todo un largo y rígido apéndice a punto de estallar con la pura imaginación.

Claro que buena parte fue alimentada por esas fotos que él compartía en línea, y donde, aparentemente, no le incomodaba verse en diminutos bañadores y en diferentes lugares del mundo.

La parte nada caliente era seleccionar, copiar, pegar, traducir, seleccionar, copiar y pegar de nuevo con tal de mantener fluida la conversación.

Bendito inglés, ¿por qué no eres mi fuerte?


A la mañana siguiente, viernes, estaba tomando desayuno con mamá, quien no dejaba de alabar el tiempo que había pasado con Laura –en realidad alababa a Laura- y lo feliz que le hacía el hecho de que yo estuviera sentando cabeza.

ese repetitivo canturreo ya me estaba malogrando la mañana.

“Algo más, Rafito”.

Oh, oh. Cuando mi madre dice ‘Rafito’ no pueden ser buenas noticias. Si son antecedidas por la expresión ‘algo más’, eh, pueden significar un cataclismo diluviano.

“¿Sí, mamá?”, repliqué casi renegando.

“Después de almuerzo, iré a ver a tu tío que está enfermo. Estaré todo el fin de semana, así que el domingo me recoges a las cuatro en la agencia. ¿Puedes?”

De acuerdo. Retiro lo dicho. Mi mami es lo máximo.

“Claro, vieja”.

Mamá sonrió.


Esa mañana me comuniqué con Laura. Teníamos que hablar sí o sí. Si la casa se quedaba técnicamente sola (Carmen trabajaba sábados solo medio día), era imperdonable que no la aprovecháramos. De paso que me dejaba de tanta charla cachonda con el gringo Al.

Llegó la hora de almuerzo, y más rápido que volando, salí de mi cubículo, en dirección a la puerta. Nada iba en curso de colisión conmigo. Nada… excepto mi jefa.

“Rafael, la próxima semana, no te comprometas a nada porque tendremos capacitación en una nueva herramienta de gestión para el servidor”.

Honestamente, yo quería salir con urgencia. ¿Por qué no me lo decía después?

“Normal. Mi inconveniente era solo por esta semana… Un momento, ¿de qué herramienta hablamos?”

“EasyFlow. Después de todas las quejas de personas en todas las agencias con ciertos procesos que se trababan desde las cajas, el banco decidió invertir en implementar esa herramienta, así que trajeron a un especialista para que nos capacite”.

Mi bocota y yo. Si estaba apurado, ¿por qué no le dije que sí, que lo entendía, y salía?

“De acuerdo. Debo ver a Laura. Nos vemos de aquí”.

Mi jefa dejó de hablar.

Cuando llegué al restaurante donde había quedado encontrarme con mi enamorada, ella ya me estaba esperando.

“Disculpa, amorcito. Me dieron un aviso de última hora”.

“Tranquilo, Rafo. Yo tampoco casi vengo. Para variar, a mi jefe se le ocurrió meternos trabajo acumulado, y he estado echando chispas, de no ser por Eduardo”.

La miré.

“¿Qué te hizo Eduardo?”

“Ay, nada, Rafo. Se portó como un ángel. Se sentó a mi costado y se puso a dictarme todos los códigos de los expedientes, que eran un cerro así de grande. Si no me hubiera ayudado, tranquilamente pedía delivery”.

Al final acordamos que, luego del gimnasio, como a las diez, iría a verla a su casa y nos vendríamos a la mía, veríamos alguna película y nos acostaríamos juntitos y bien abrazaditos… o como diga ese merengue imbécil que tenía que bailar de vez en cuando.

Como a las tres y media de la tarde estaba concentrado en mi trabajo, cuando sonó la alarma de mensaje de texto en mi celular.

“Debo darte gracias por llamar anoche… si puedes sería chévere conversar otra vez… quiero que estés bien”.

Obviamente, era Eduardo. Lo ignoré y seguí trabajando.

No había transcurrido ni un minuto, cuando mi aparato timbró. ¡Eduardo de mierda!, pensé. Maldije el momento en que dejé que me tocara aquella vez, durante la serenata a Laura.

“¿Sí?”, contesté hoscamente.

“Rafo, amor, perdona”. Era Laura. Se escuchaba compungida. “Acaban de llamar de mi casa. Mi abuelita… la mamá de mi papi… acaba de fallecer”.

¡Dios! Exhalé aire con fuerza.

“Mi amor, ¡cuánto lo siento! ¿Te voy a ver?”

“No, Rafito. Tranquilo. Estoy yendo a la casa, de urgencia. Apenas llegue nos vamos con toda mi familia a su pueblo. Regresaré el domingo”.

En ese momento no tuve claro qué me entristecía más: si el llanto de Laura en mi oído, o el frustrado plan de todo ese fin de semana.


miércoles, 2 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 11.3: Conozco ese culo


Ya cerca de la medianoche, Darío termina de trabajar en su laptop, gozoso por la tarde que había pasado. Cierra el aparato, se frota la nuca, se levanta de su mesa de comedor y gana su sofá, toma el control, prende el LED. Sigue en el canal de videos musicales. Tras unos comerciales, se anuncia un estreno. Darío se arrellana esperando alguna novedad. ¡Y vaya que sí! Cuando la música comienza a sonar, la silueta a contraluz de un hombre y una mujer, aparentemente desnudos, gana la pantalla. El supermodelo sonríe pensando en la osadía de la producción. Entonces, algo le llama la atención en los créditos –Director: Roberth Peña—y le toma mayor interés.

“¿Y qué milagro no me contó de este proyecto?”, susurra.

Entonces, el rostro de Luna Estrella llena la pantalla.

“Ay, esa puta”, murmura.

Darío busca el control remoto, pero, como nunca, se esconde entre los cojines del sofá. Se da por rendido. En la pantalla, aparece la escena de la bañera, en la que la cantante es abrazada desde detrás por un amante que oculta su rostro, y, en medio del movimiento de Dolly, hay un efecto de fundido que cambia a otro hombre metido con esa mujer. Entonces, el ojo clínico del televidente nota algo en el brazo del modelo. No logra identificarlo del todo hasta que llega al coro y la cantante hace el amor con quien parece ser el mismo hombre sobre lo que parece ser el porche de una casa.

“¡Ay Dios!”, exclama Darío. “el otro puto de Rico Durán”.

Nuevamente el efecto de fundido, y ahora Luna Estrella es poseída por quien evidentemente es un segundo hombre. Y es cuando solo basta un parpadeo, un solo parpadeo, para ver un mentón y una boca que le son familiares. Darío abre sus ojos tanto como puede, hace rápida memoria mental, intenta hacer un poco de antropometría a puro ojo de buen cubero. Espera otra imagen.

“No puede ser”, comienza a ponerse ansioso.

Entra la escena de la cama donde no hay duda que uno de los modelos es Rico. El mismo Rico que hace un año despreció una carrera de pasarela y revistas de ‘buena’ reputación para explotar un mercado donde se sentía más a gusto y que a Darío le incomodaba: el entretenimiento para adultos. El mismo Rico que ahora se gana la vida haciendo taxi en un carro que el propio Darío financió.

“entonces, si uno es el putazo… ¿el otro es…?”

Darío niega con la cabeza y la ansiedad se acrecienta. Recuerda la noche del lunes anterior cuando fue buscando un acercamiento y se encontró respuestas evasivas y un ex amante hostil.

“No puede ser, ¡no puede ser!”

Darío halla su celular mientras un segundo cuerpo aparece de espaldas en pantalla y muestra su bien desarrollado trasero. Marca, timbra, nadie responde, nadie excepto una grabación indicando que el usuario del teléfono no está disponible. Insiste. El segundo hombre se acuesta sobre una excitada Luna Estrella, a quien le hace el amor de una manera vigorosa, solo azucarada por el efecto de slow motion, cuando en un segundo se hacen correr quince cuadros o menos como si fuesen treinta o veinticuatro. Y esa anatomía en pantalla, tanto como la del otro hombre yacente, la conoce de sobra. ¡Claro que la conoce de sobra!

 Darío no obtiene respuesta y no espera a que el videoclip acabe. Mientras va a la cocina, marca al director de la pieza. “Deje su mensaje”, le dice una grabación. Llama a un tercer número. Le cortan. Abre la refrigeradora. No está. ¡Maldita sea! ¿Dónde la pusieron? Se hiperventila. ¡Al diablo con todo!

 


Apenas pasada la medianoche, el ascensor en el piso tres se abre y un Darío fuera de sí camina hasta la sala de reuniones, abre la puerta como puede, entra, va a un pequeño almacén.

“Aquí estabas, mierda”, le dice mientras la toma de la tapa y la abre a la fuerza; la huele. La bebe olvidando toda su formación en etiqueta social.

“Me las van a pagar los tres”, se repite mientras gasta el licor. “¡Me la van a pagar los tres!”, se jura mientras otro sorbo de vodka ingresa a su boca, a puro pico de botella. Cuando despierta, está en lo que parece ser la habitación de una clínica y solo viste una bata de hospital. Tiene un suero conectado por vía endovenosa. Una enfermera ingresa, lo mira y lo saluda muy afable.

“¿qué día es hoy?”, pregunta el supermodelo.

“Miércoles, joven”.

“¿qué hago aquí?”

“Tranquilo. Te encontraron desmayado. Aparentemente, te intoxicaste”. 

martes, 1 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 11.2: Mi primera vez


“Si, hermano, la primera vez uno se siente raro”, confía Rico mientras va a dejar a Leandro a su casa, en el Distrito Norte. “Pero uno no deja de ser más hombre, no pasa a ser menos hombre, no deja de ser hombre por saltar entre cada rol… La hombría es otra cosa: asumir retos, cumplirlos, crecer sin remordimientos. Ésa es la clave, hermano”.

“No sé si me hubiera pasado con otra persona”, se desahoga Leandro con serenidad.

“Bueno, ese Madero es muy respetuoso, te diré; otros no serían tan pacientes ni tan comprensivos en esas situaciones”.

“Creo que tú me diste más confianza mas bien”.

Rico sonríe:

“Confianza parece ser la palabra clave, hermano”.

“Pensé que ambos iban a metérmela”.

“¿Qué es eso, hermano? Yo sé cuán jodido se siente, así que jamás haría algo que le incomodara a la otra persona, mucho más si es mi pana del alma”. El conductor palmea el enorme muslo a Leandro.

“¿Cómo fue tu primera vez por atrás, Rico?”

“A ver… Estaba en el liceo y era un viaje que hicimos a una zona al este que le decimos el Delta. Habíamos tomado ron, mucho ron, y estábamos conversando algunos panas en el dormitorio. Había uno de ellos, que estaba en la selección de béisbol que me gustaba mucho pero casi nunca le hablaba, y esa noche me habló como nunca antes. Cuando se nos acabó el ron, cada quien se fue a su habitación. Como la mía era la última, fui caminando con él. Cuando llegamos me dijo si tenía ganas de dormir y le dije que no; me invitó a pasar, seguimos conversando, hablamos de sexo, nos excitamos con la conversación, nos empezamos a tocar, pasó lo que tenía que pasar, dejó que yo se lo meta primero y me dijo que cuando sintiera que iba a acabar que lo saque. Así lo hice. Me giró, me estimuló la espalda, el culo; cuando menos me di cuenta, estaba entrando despacio en mí. Era incómodo pero no dolía, y te hablo de que su huevo sí era grande. Cuando iba a acabar se lo sacó, me besó, nos la jalamos juntos, me qedé a dormir con él”.

“¿Fue la única vez con él?”

“No. Pasó otro par de veces hasta que nos fuimos del liceo; pero digamos que me estableció un estándar… ¿Y tú tuviste primera vez por detrás?”

“Casi”.

“Fresco, hermano. Si no quieres, no me lo cuentes”.

“A ti sí te lo contaría. De hecho, serás la primera persona en saberlo”.

“Cuando quiera, caballero. Soy todo oídos”.

“Era el último año de secundaria. Yo estaba en la selección de fútbol del colegio y vivía y moría por correr tras un balón. Había un curso, Historia, que no lo estaba pasando bien. Por más que el profesor me ayudaba, me enseñaba, me hablaba, no me entraba ni con embudo. Una tarde que acabábamos un entrenamiento, fui a tomar agua. No sé si sabes, pero los colegios públicos aquí siempre tienen carencias en sus servicios básicos. En el mío, era el agua. Me moría de calor, quería darme un baño. Justo estaba abriendo las llaves cuando el profesor de Historia pasaba por ahí. Me dijo que necesitaba esforzarme en su curso lo mismo que me esforzaba en el fútbol; le respondí que necesitaba un duchazo en ese momento, porque tampoco en mi casa sobraba el agua. Me dijo que lo siguiera”.

“¿Qué edad tenía tu profesor, Leo?”

“Creo que veintiocho o treinta. No era ni muy joven pero tampoco era tan adulto; aparte que era delgado, así que si tenía más edad, la aparentaba”.

“Entonces, te dijo que lo siguieras. ¿Por qué?”

“Aquí viene lo bueno del asunto. Él no era de acá, no sé de dónde venía, el hecho es que alquilaba un cuarto cerca del colegio. Fuimos hasta ahí, subimos. Era un cuarto pequeño pero bien ordenadito. Me indicó dónde estaba el baño, me sacó una toalla, me dijo que me duchara. Casi nunca utilizaba una ducha, Rico; tú sabes que en mi casa usamos balde y jarrita, así que la sola sensación de la lluvia era lo máximo. Estaba en lo mejor del momento cuando sentí que abrían la cortina: era el profe en pelotas”.

“Hijo de puta. ¿Qué hizo?”

“Se metió a la ducha y me dijo así de frente que si yo lo dejaba, él me podía ayudar con las calificaciones de Historia”.

“¿qué hiciste tú, Leo?”

“Nada. Me comenzó a jabonar todo, en especial mi verga y huevos. Como hizo eso, yo lo dejé hacer”. Luego se puso de espaldas y me pidió que lo jabonara, y le froté bien el culo. Nos fuimos a su cama, me lo clavé”.

“¿Era la primera vez que se lo metías a alguien?”

“No, la verdad no. Por el barrio me clavaba al pata que me cortaba el pelo, a un chico que entrenaba con nosotros, un compañero de la clase, y bueno, a la que era mi enamorada y otra chica que tenía por otro barrio. Nadie más”.

“Entonces, te lo montaste a tu profe. ¿en qué momento él te quiso montar?”

“Después que las di, como no quería que me tocara la pinga, me recosté un rato boca abajo. Él me acarició la espalda y el culo. Yo normal, no me joden esas caricias. Luego me comenzó a besar la espalda y bajó hasta las nalgas, y hasta ahí nada del otro mundo. Donde ya me comencé a sentir incómodo fue cuando quiso hacerme el beso negro. Te soy honesto: fue la primera vez que me lo hicieron y me gustó, pero me jodía el hecho que fuera mi culo, ya sabes… entonces se me echó encima y comenzó a rozarme su pinga entre mis nalgas… ¡Pingota! Comencé a forcejear con él, quiso metérmela a la fuerza, no me dejé.  Hice un movimiento de piernas a lo escorpión y lo quité de encima, me levanté de la cama y le di un puñetazo en la boca. Busqué mi mochila y salí a vestirme al pasillo. Regresé corriendo a mi casa. Mi vieja me preguntaba a cada rato qué me pasaba, le dije que quisieron asaltarme. De ahí me metí a bañarme, y me froté el culo como para sacarle lustre. Me sentía… raro”.

“Hermano, ese hijo de puta quiso violarte, ¡carajo!”

“Al día siguiente pensé que iba a hacer o decir algo en el colegio. No me dio cara. Pensé que iba a joderme con las calificaciones. No hizo nada. Ya no me hablaba, no me pasaba la voz para nada. Nadie se dio cuenta, menos mal. Pero siempre he vivido con la sensación de que si yo no lo hubiese parado antes que entre a la ducha, o peor si yo no hubiese aceptado ir a su cuarto… no sé”.

“Leandro, es probable que hayas sido muy temerario al aceptar todo eso, y de hecho hay responsabilidad en cierto modo; pero no eres culpable de que tu profe haya querido violarte. ¡Para nada, huevón! ¡Para nada! ¿Me oyes?” Nadie puede forzar a nadie a hacer lo que no quiere hacer, y aunque quiera hacerlo, siempre se pregunta antes. Encima que ese imbécil tenía treinta y tu dieciséis. No jodas, hermano”.

“Ni estoy seguro de su edad, Rico”.

“¡ése no es el punto, Hermano! Él era mayor de edad, tú eras menor de edad. ¿entiendes?”

“No, no lo entiendo. Solo sé que, como no hubo problemas luego, yo preferí no darle importancia… hasta ahora que recién lo cuento”.

“Ay, hermano. Hiciste bien en contarlo. Nada más nunca lo repitas”.

“No, Rico, ni loco. Bueno, además, veeámosle el lado positivo: aprobé Historia”.

“¿Cuándo tú no, hermano? ¡Cuándo tú no!”

Ambos ríen. Están a escasas dos cuadras del hogar de Adela.

 

 

lunes, 31 de octubre de 2022

El precio de Leandro 11.1: Olvídate del rol


Cuatro días después, el lunes, Alberto Madero mira en su laptop el videoclip de Luna Estrella en su versión sin censura. Sonríe:

“Ese culo es inconfundible”, comenta y mira a Leandro, que está sentado frente a su escritorio.

“Que mi mami ni lo vea porque me agarra a sartenazos”, bromea el futvolista.

“La producción es excelente; a mi no me gusta la cantante pero el trabajo de Roberth está impecable, y esa escena de la cama luce muy real. ¿Les hizo algún taller de actuación?”

“No”, enrojece Leandro. “A decir verdad… esa escena… fue real”.

Madero suelta una carcajada:

“Suele pasar, ¡tranquilo! Bueno, te diré qué haremos acá: tu trabajo consistirá en ayudarme a llevar cuentas, orden de documentos, verificar los pedidos, cronogramas… ¡Ah! Y vigilar mi caja chica: si me sobregiro, aquí me cuelgan de los huevos; entonces, tienes que advertirme cuando entre a zona roja”.”

“Pan comido”, sonríe Leandro. “En el San Lázaro, los jugadores tenemos como una caja de ahorros y yo manejo el flujo, esas cosas”.

“Sí, Roberth me había contado ese talento oculto tuyo; y  ahora, levanta ese rico culo que tienes porque tenemos una junta ahora mismo”.

 


Leandro fue bien recibido por el equipo de Sparking Advertising, algunos de los que ya lo habían conocido durante la filmación en Playa Norte. Básicamente, el resto de esa jornada fue familiarizarse con los archivos, procedimientos, códigos de acceso, formatos. .

 


Tras salvar el tráfico, a eso de las siete y cuarto de la noche, Madero conduce a Leandro hacia el Distrito Este de la gran ciudad, una zona tan aristocrática como el Centro sur pero con una arquitectura mucho más actual. Se detienen frente a un edificio de cinco pisos.

“Bienvenido al Condominio Las Flores”, anuncia falsamente ceremonioso el director creativo. “¿Seguro que viene tu amigo?”

“Segurísimo”, responde Leandro.

Ambos bajan del auto, caminan hacia la puerta de ingreso donde Madero debe digitar un código de acceso, y cuando consiguen abrir la puerta, un auto se estaciona junto a ellos. Voltean a ver. Leandro sonríe al identificar al conductor: Rico.

“Disculpen la tardanza”.

El departamento dos cero uno es amplio. Cuando las luces se prenden, el estilo es casi casi futurista, aunque sin llegar a los estándares de las casas inteligentes. Diseños asimétricos pero armoniosos en los muebles, las luces, la distribución del espacio.

“¿qué te parece?”, le pregunta a Rico.

“¿Y cada cuánto tu familia viene aquí?”, le replica el muchacho.

“Nunca. Mi mujer no sabe que esto existe”.

“¿Y cómo lo haces?”

“De eso se trata mi trabajo, Ricardo: de hacerte creer que no es lo que sí es y que sí es lo que no es.

“¿Y es fácil de conseguir?”

“Tienes que ser un disonante cognitivo completo: nunca hagas lo que predicas. ¿Te sirve?”.

“Está mejor de lo que pensé, Alberto”.

“Deberíamos probarlo”.

Madero toma de la mano a sus acompañantes, los guía hasta el medio de la sala, comienza a acariciarlos y en poco tiempo los besa en la boca alternadamente. Entre los tres se liberan de chaquetas, camisas o camisetas, pantalones, zapatos, ropa interior (“Esta vez sí traes”, Madero le dice a Leandro “y te queda perfecta”). Allí de rodillas entre ambos muchachos, el anfitrión decide estimularlos con la boca por delante y suavemente con las yemas de sus dedos por detrás, mientras ellos dos juegan mutuamente con sus lenguas. Tras varios minutos de conseguirlo, Madero se pone de pie, besa a Leandro, lo anima:

“¿Quieres probarlas?”

“Soy activo”, dice el chico sin mucha convicción.

“Lo activo o lo pasivo se lleva en la cabeza, brother”, Rico le toma de la cintura. “Solo prueba”.

Leandro se arrodilla con temor, hace el intento comenzando con su amigo.

“No lo haces mal”, jadea. “Sigue, Leo, sigue”.

Prosigue con Madero, quien solo atina a suspirar. De inmediato, sin que se lo pidan, Rico asume el siguiente turno.

El resto del tiempo es alternarse entre el sofá y la alfombra. Quien parece entender mejor la lección es Leandro: la idea es quitarse de la cabeza conceptos como delante o detrás, activo o pasivo, arriba o abajo, dar o recibir; la idea es integrar todo eso y dejarse fluir hasta llegar al clímax. Y lo consigue casi en simultáneo como sus otros dos compañeros.

 


viernes, 28 de octubre de 2022

ASS (50): El secreto erótico del novicio

Mientras Santos entrena culo y piernas, Alejo y Miguel aprovechan para retozar desnudos en la ducha y en la cama hasta que algo aparece en el celular.



 

Esa noche del lunes en el AS de san Sebasstián quedan apenas dos alumnos entrenando, o terminando de entrenar. Alejo mira el reloj de pared: diez para las diez. Es casi la hora de cierre.

Con el poco pudor que le queda, el entrenador viste aquella noche un enterizo tipo luchador grecorromano, pero de licra, color celeste con ribetes plateados; debajo no tiene ropa interior, lo que le marca su gran bulto por delante y hace que de cuando en cuando se le meta la tela entre las nalgas. Ahora calza zapatillas de marca y gruesos calcetines. Revisa nuevamente su celular y termina de alimentar a una aplicación la planilla de ingresos y gastos de aquel día.

“Buenas noches”, le dice alguien vistiendo como él, pero en tono negro satinado.

“Bue-buen… buenas noches”, vacila el fortachón a la par que trata de reponerse de la primera impresión, pues acaba de ingresar un hermoso muchacho blanco, musculoso, rubio muy crespo, ojos azules y con vellos también rubios sobre su pecho y piernas que dan la impresión de que no los llevara,o que tuviera una especie de cubierta acolchada.

“¿Tú eres Alejo, verdad?”

“Claro. Tú…”

“Soy Santos”, alarga la mano el chico, quien habla con evidente acento español. “Vine ayer para ayudar a los Padres Alberto y…”

“Ah, eres el novicio”.

Santos sonríe: “Sí,eso mismo soy”.

Entonces Alejo examina mejor su rostro, pero ya no con embelezo sino con intriga.

“No sé si te mosqueo entrenando a esta hora; lo que pasa es que todas mis tareas…”

“Tranquilo”, interrumpe Alejo. “El AS es todo tuyo. ¿Necesitas que te oriente o ya tienes rutina?”

“Creo que ambas”, responde Santos, siempre con su sonrisa carismática.

En la antesala donde están las máquinas para calentamiento, Alejo toma todas las medidas al nuevo alumno y las ingresa en el aplicativo del celular.

“Qué guay que vosotros estéis tecnificados”.

“recién desde esta tardecita”, sonríe ahora Alejo sin dejar de examinar el rostro del nuevo alumno. “Pareces tener el canon perfecto… ¿Santos?”

“Sí, así me llamo”.

“¿Hace cuánto no entrenas?”

“Hace… 48 horas”.

“Entonces sigue el programa de entrenamiento que seguías, y si necesitas ayuda, me avisas”.

“Genial”, replica el novicio sin renunciar a esa hermosa y blanca sonrisa. Entonces, los dos alumnos que siguen en la gran sala pasan por el lado de ambos y se despiden. Nadie más excepto Alejo y Santos quedan en el AS. Entonces el primero toma nuevamente su celular y busca. Está en eso cuando siente sutilmente una mano tocándole en el medio de su bien formado y duro culo. Alejo se asusta.

“Eras tú”, reacciona suspirando.

“No… el fantasma de Paco nada más”. Miguel sonríe gracioso.

“¿Qué? ¿Ya fue?”

“Nada aún, pero los médicos no le dan esperanzas… Y, oye, vino Santos… Olvidé avisarte”.

“¿Tú lo mandaste?”

“Luego te cuento”.

Miguel se aproxima hasta Santos, quien está haciendo sentadilla libre, y, aprovechando su descanso entre series, lo saluda y conversa brevemente. Ambos se sonríen mucho y parecen bromearse. Entonces,Miguel regresa donde Alejo.

“Voy a ducharme… ¿me acompañas?”

“Pero…”

“Tranquilo. Estudia Educación Física, así que si tú o yo nos vamos, él tranquilamente nos reemplaza”.

Mientras Santos está a mitad de la prensa para piernas, Alejo y Miguel ingresan a la ducha, totalmente desnudos. En tanto el agua comienza a caer recorriendo sus cuerpos, Miguel besa la boca de Alejo. Sus penes no tardan en ponerse erectos conforme se estrujan uno contra el otro.

“Aguanta, huevón”, reacciona seductor Alejo. “Recuerda que tenemos que guardar leche para la porno de esta semana”.

“Tranquilo, mi amor”, responde Miguel. “No quiero que me la metas… quiero que comiences a mimarme ahora”.

Mientras se ponen el jabón mutuamente, las manos de ambos recorren cada centímetro cuadrado de sus físicos de dios griego. Nada queda exceptuado. Ni siquiera la pinga, las bolas, la entrepierna,las nalgas y en medio de ellas. Este momento es aprovechado por Miguel para, de todas maneras, darle una mamada al pene de Alejo. Qué rico sabe su líquido pre-seminal.

“¿Quieres hacerlo tú?”, invita.

Alejo respira hondo. Titubea unos segundos. Trae a su mente el hecho de que ésa no será la primera vez, que, de hecho, aprendió a hacerlo antes. Respira hondo de nuevo. Se arrodilla, abre su boca, cierra sus ojos, deja que Miguel le ponga el glande en su lengua. Poco a poco, Alejo va mamando el falo de su mejor amigo mientras pajea el suyo.

“Así, Ale… así… qué rico la chupas”, susurra Miguel,todo excitado.

Casi a las diez y media de esa noche, Alejo, solo cubierto por la cintura con una toalla y calzando sandalias, se acerca a un sudoroso Santos quien está echado boca abajo sobre la máquina de femorales. Entonces se percata del redondo culo que tiene el novicio. Y parece… que no tiene ropa interior debajo.

“Tranquilo, que solo vine a saber si necesitabas ayuda”, se adelanta el fortachón peruano al ver cierta cara de ansiedad en su colega español.

“Ah, pensé que…”

“Nada. Tú tranquilo. Solo voy a apagar las luces que no necesitamos”.

“me parece perfecto, pues tenemos que ser responsables con el planeta”.

No termina la oración cuando desde el fondo, Miguel también viene al encuentro de ambos caminando vestido solo con ttoalla y en sandalias. Se detiene al lado de Santos, quien ha reanudado su serie. Lo mira y mira la pantalla del celular. El novicio siente que algo raro está pasando allí. Ahora solo quedan las luces de la zona de piernas dentro del AS.

Entonces, Miguel siente que le tocan el culo; se voltea y su toalla está a punto de caer. Logra detenerla mientras mira a Alejo haciéndole un gesto de retirarse.

“Estamos en el cuarto”, le avisan a Santos.

Y en ese cuarto, Alejo y Miguel, ya libres de las toallas, siguen retozando sobre la cama, besándose, acariciándose y revolcándose. Sus penes duros se refriegan en medio de una romántica y sensual batalla.

A eso de las once les tocan la puerta. Con la impudicia que lo caracteriza, Alejo se levantta abrirla así, desnudo y con su pene de 18 centímetros erecto. Santos está con el enterizo bajado hasta la altura de la cintura mostrando su bello torso y parte de su cadera izquierda: efectivamente, parece no tener ropa interior.

“He de irme, regreso mañana, chaval”.

La desnudez y la gran y húmeda erección del entrenador parecen no inmutar al novicio.

“Un momento”, se levanta Miguel, también desnudo y con el pene erecto. “Tenemos una duda y queremos que nos la resuelvas”, le dice a Santos.

El español se turba un poco, especialmente cuando le dan el celular con algo en la pantalla. Lo mira. Abre la boca y se pone evidentemente nervioso.

“¿De-de-de dónde sacaron esto?”

“Eres tú, ¿cierto?”, interpela Miguel.

Un hermoso chico desnudo y con el pene erecto se despliega en la pantalla en una foto aparentemente tomada en una playa.

Y para terminar, te dejamos con un video porno gay.


jueves, 27 de octubre de 2022

Ser Rafael 10.3: Contacto gringo


Al salir, prendí mi celular. Habían los típicos mensajes de la oficina, y algunos de amigos.

“Mira, Laura. El Tuco te manda saludos de cumpleaños”.

Laura tomó el aparato. Se alegró. Movió sus dedos con rapidez.

“¿Y éste? Te lo mandaron de una página web”.

Tomé de vuelta mi celular. Efectivamente. No era un número sino un código, y un mensaje raro: NDNPSQ. Puse cara de ignorancia.

Para fortuna ella no preguntó más; pero fue una jalada de orejas para mí mismo de no soltarle el celular sin verificar qué tengo en pantalla.

Antes de tomar el bus de regreso, volvimos a acercarnos a la playa para ver cómo el sol se ponía. Ambos nos abrazamos.

“Rafo, disculpa por insistirte con lo del matrimonio”.

“Ya, olvídalo. Disfrutemos este paisaje”.

Laura sacó su celular.

“¡Mejor le tomamos fotos!”

“Mejor que nos tomen la foto”.

Busqué quién podía hacernos el favor. Al voltear a mi derecha, sorpresivamente, apareció el chico de la tanga azul acero, aún vestido con su tanga azul acero. Lucía un poco bronceado.

Tragué saliva.

“¡Amigo, un favor!”

El chico se nos acercó.

“Puedes tomarnos una foto?”, le pedí.

Photo? Tu querer Photo?”, replicó.

“Yes!”, reaccionó Laura. “Please, take a picture of us with the sunset at the background”.

El chico asintió. Nos tomó varias fotos, y para mí fue difícil dejar de contemplarlo: ¡qué tal físico!

“Thanks…”, dijo Laura cuando él nos regresaba el celular.

“Al. My name’s Al.”

Entonces, sus ojos verdes me hicieron contacto visual.

Sentí un pequeño estremecimiento.

Perdí la noción del tiempo por varios segundos.

Cuando el bus iba cuesta arriba por el acantilado, me preguntaba cuál de esos puntos móviles cerca al mar sería el tal Al.

“Me dio su e-mail, Rafo”.

“Vaya. alguien estuvo haciendo relaciones internacionales”.

“¿No escuchaste que es especialista en conectividad?”

“¿Dijo eso?”

Laura me enseñó la dirección de correo electrónico del chico, que ella había grabado en su celular.

“Necesitas reforzar tu inglés”.

Regresé a mi casa a la hora de la cena. Estaba muy cansado.

Apenas comí, me fui a mi dormitorio. Me disculpé con mi mamá, y le dije que al día siguiente le contaría todos los detalles del viaje.

Ni bien me eché en mi cama, entré a redes sociales y busqué a Al. Allí estaba. Le mandé solicitud.

Iba a dormirme, cuando volví a tomar mi móvil. Llamé.

“Hola Eduardo, ¿todo bien?”

“Sí… ¿Pasó algo?”

“No mucho. ¿Por qué me enviaste ese mensaje?”

“¿Mensaje? ¿De qué hablas?”

“NDNPSQ. Dime que no fuiste tú”.

“Estás loco, Rafael”.

“No debimos. No pudimos…”

“Rafael, ya basta. Laura es tu enamorada. Respétala”.

“sí quisimos. ¿significa eso?”

“No debiste llamar, Rafael”.

“Pero no pude quedarme con la espina”.

Hubo un breve silencio.

“Rafael… ¿de veras quieres?”

Fui yo quien se quedó en silencio esta vez.

“¿Rafael?”

“Veremos, Eduardo. Veremos”.

Colgué.

Iba a dejar mi celular sobre mi mesa de noche cuando una alarma sonó. Regresé a ver la pantalla.

Al me había aceptado.

ndito inglés, ¿por qué no eres mi fuerte? 

miércoles, 26 de octubre de 2022

Ser Rafael 10.2: ese culito masculino


Tras despertar nos colocamos nuestros trajes de baño: ella vestía un conservador bikini rosado con ribetes blancos; yo, mi bermuda guinda con unos grandes estampados a manera de hojas celeste apagado.

Nos pusimos a caminar a lo largo de la playa poblada de casas de madera y defensas de rocas grandes. Los días de semana casi no hay gente, entonces puedes andar a tus anchas.

Concursamos a ver quién contaba más pelícanos en el horizonte. Tratamos de mantener en pie un castillo de arena que desafiaba toda norma arquitectónica (perdón, somos ingenieros de sistemas). Perseguimos cangrejos. Recolectamos conchas olvidadas en la arena. Imaginamos una casa de playa en una colina cercana (a prueba de tsunamis… otra vez, somos ingenieros de sistemas). Probamos caricias atrevidas entre la arena, el cielo y el sol, con la complicidad de unas gaviotas hambrientas.

Aprovechando una palmera, nos sentamos a ver el mar.

“Rafo, qué lindo cumpleaños estoy pasando”.

“Te dije que era poco”.

“Gracias, amor. Te luciste, especialmente anoche, porque eso de vestirte de superhéroe sabiendo lo machista que eres… ¿y todo por mí?”

“Volvería a hacerlo, pero esta vez el traje lo elijo yo”.

Ambos nos reímos.

La puerta de una casa se abrió.

Dos chicas y dos chicos salieron a disfrutar la playa; es decir, suponía eso. Ambos muchachos tenían un físico inflado con anabólicos en el gimnasio. más que evidente. Uno de ellos vestía un bañador alicrado negro, a manera de un boxer diminuto; el otro tenía una tanga azul acero que apenas le podía contener un pequeño paquete, pero que

difícilmente ocultaba sus redondas nalgas, como si fueran burbujas. En realidad ambos tipos las tenían como burbujas.

“¡Rafo! ¡Ya deja de verlas”.

“¿Qué? Mejores están las mías, más naturales”.

“Oye, ¿de qué hablas? Te dije que dejaras de ver a las chicas”.

“Ay, mi amor. En realidad veía a esos huevones. Tienen que ser bien rosquetes para ponerse eso”.

Laura me quedó mirando, extrañada.

“Ay, qué machista que eres. ¿Y cuando pasemos nuestra luna de miel en Acapulco, Ibiza o Río de Janeiro?”

“No, Laura. Ni loco me pongo esas tangas”. ¿Andar con las nalgas al aire? Prefiero estar calato”.

“¿Y que las gringas o las cariocas locas se ganen contigo y quieran raptarte? ¡Nunca!”

Me reí estruendosamente. La besé otra vez.

De reojo, veía el casi esférico trasero firme del chico de la tanga azul acero que comenzaba a alejarse.

Luego, me negué a meterme al agua por temor a que alguna raya me picara: el centro de salud estaba muy lejos y no había movilidad que nos llevara.

A cambio, propuse disfrutar un fresco y picante cebiche con unas cervezas bien heladas. El sol estaba en su cenit.

Tras almorzar, regresamos al búngalo, compartimos la ducha, y pasamos directo a la cama a repetir la lujuriosa jornada de la mañana, por dos veces consecutivas.

Ya no tenía más condones dicho sea de paso.

Retozamos desnudos, hasta que, como de costumbre, Laura usó mi pectoral como su almohada.

“Rafo, cuando nos casemos, ¿podremos pasar la luna de miel en una playa? Pero una playa para los dos solitos”.

“Claro. Tenemos mucho tiempo para elegir la playa, hacer reservas y ahorrar”.

“¿Siempre quieres casarte cuando cumplamos 30?”

“Por qué el apuro, Laura?”

Ella no respondió.

“¿Aún no estás seguro, Rafo?”

“No es eso. Pero aún tenemos que realizarnos, conseguir logros profesionales”.

“Podemos conseguirlos estando casados”.

“Con hijos será más difícil”.

“Podemos esperar”.

Preferí no contestar.

“Rafo, entiendo que nos estemos cuidando para no tener hijos, y perdóname por pedirte hacerlo sin condón, pero podemos estar casados y realizarnos. Cuando sintamos que es el momento, dejamos de protegernos y tenemos hijos”.

“De acuerdo”.

Ese comentario me trajo a la memoria aquella noche, hacía cuatro meses, cuando Eduardo y yo lo hicimos sin preservativo.

Obviamente, ni loco se lo contaría a Laura. El caso es que el fantasma de la incertidumbre volvió a rondarme.

Eduardo dijo la madrugada en que lo rescaté que había perdido. ¿Y si se refería a otra cosa?

“¿Rafo? ¿ESTÁS BIEN?”

“¿Ah?”, respondí sobresaltado.

“¿Te molestó lo que te dije?”

“No, amor. Quiero ir al baño”.

Me levanté de la cama. Me encerré por un momento. Me vi la cara al espejo… ¡Algo tenía que hacer al respecto! Pero… ¿qué?