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viernes, 23 de diciembre de 2011

Ven a la casa de mis amigos esta Navidad

Hola. Soy un inhgeniero guayaquileño que, desde hace un año, trabajo en la exportación del banano en el Valle del Chira, allá en Piura.
Cuando me mudé fue jodido porque no conocía a nadie, estaba desempleado hasta ese entonces, y no tuve más opción que tomar esta chamba. Claro que en ese momento, me pareció lo menos esperanzador, pero cambié de opinión luego.
Debido a que estaba ahorrando al máximo, tomé una dolorosa decisión: no pasar Navidad con mi familia. En mis 26 años de vida, era la primera vez que no estaría junto a los míos por estas fechas.
La empresa nos había alquilado una casa en un barrio más o menos residencial, la que compartía con otros trabajadores. El día antes de Nochebuena, ellos se fueron para sus hogares, y me quedé solo. Mi plan era ver tele hasta sentir sueño, e irme a dormir.
Esa misma semana, un chico pasó ofreciendo sus servicios como guardián nocturno, o sereno, como le llaman acá. Habló con la gente de la casa, y todos acordamos dar una cuota para que la incluyera en la lista de todas las que tenía que rondar.
Este pelado parecía no tener más de 20 años, pero el físico te engañaba un poco. quiero decir, se le veía robusto, con brazos anchos, pecho prominente, piernas fuertes que comenzaban en un culo redondeadito. Pero su cara de niño te decía otra cosa.
Justo era 23 cuando llegó a ofrecer sus servicios, y lo vi de pasada, puesto que me fui a la oficina, y me quedé trabajando hasta tarde.
Regresé a casa como a las 11 de la noche, luego de pasar un rato en el gym, como era mi costumbre, y quedándome a conversar con algunos de los panas que hice en esta ciudad. Claro que lo hacía para no recordarme de la fecha, y al día siguiente haría lo mismo.
Justo cuando llegaba a casa, él pasaba por la esquina de mi cuadra. Me saludó atentamente.
Uno de mis compañeros, que estaba despierto viendo una película, me explicó lo de la cuota, y que le apenaba que no quisiera regresar a mi casa. La verdad es que sí quería, pero tampoco me motivaba llegar a un sitio donde lo que menos tendría sería una Noche de Paz.
Al día siguiente, como lo programé, trabajé haciendo papeleo, y aproveché para saludar a algunos amigos y familiares por la Internet de la oficina.
Trabajé hasta las cuatro, y luego decidí ir al gym para agotarme lo más que pudiera.
Ustedes se preguntarán cómo era eso de que no iba a casa pero sí al gym. Bueno, un amigo de la empresa me consiguió una beca, así que asistí de gratis. Cuando vivía en Guayaquil, me sucedió casi lo mismo: me hice amigo de un trainer, que era pareja de una amiga mía, y logró que tuviera ese beneficio. Eso me sirvió como terapia para no deprimirme mientras anduviera desempleado. Por ello, mi amigo de acá me decía: "No hay sin suerte", pero no le entendí.
Volví a casa como a las 7, tomé un baño, apenas me puse un boxer, cené y me eché a dormir.
Como a las 11 perdí el sueño. Intenté conciliarlo, sin éxito.
 De pronto, escuché el timbre de la casa.
Como estaba durmiendo desnudo, debido al calor, me puse una toalla y fui a atender. Era el pelado.
"Buenas noches. Disculpe ingeniero. Soy el guardián y vine a ver si había alguien aquí".
"¿Por qué?"
"Es que vi varias luces prendidas".
"Sí. Estoy solo acá".
"¿Solo? Justo ahora". No se preocupe, yo vigilaré que esté seguro".
Le sonreí.
Luego de eso, me quité la toalla, y me puse a ver tele -algo que no hacía mucho- y descubrí que estábamos suscritos al canal adulto. Me acomodé bien, y pensé que a lo mejor una pajeada podría darme el cansancio necesario para irme a dormir.
En la tele, una chica vestida de Mamá Noela chupaba y se comía unas pingas de campeonato.
La mía era más o menos grande... bueno, 17.5, por si les interese. En pocos minutos la tenía a todo su esplendor, y comencé a hacerme la paja.
Eran 10 para las 12, cuando de nnuevo sonó el timbre.
Puse el "Mute" al tele, me arreglé la toalla para que no se me viera mi erección, y fui a atender.
Era el pelado, esta vez, con una vianda.
"Ingeniero, no vaya a pasar solo la Navidad. ¿Qué le parece si compartimos una pobreza?"
Me conmoví. Ese chico, pensando en alguien que no conocía... antes que la nostalgia navideña se me hiciera lágrimas, fui a ver platos, tazas. y puse la mesa.
Cuando le pasé la voz al guardián, me lo encontré concentrado viendo la tele... ¡justo en el canal porno!
"La cena está lista".
Él se puso de pie, y debajo de sus pantalones de camuflaje, una pinga parada no se podía disimular.
Le repetí la invitación. Entonces, él se llevó la mano sobre su sobresaliente bulto, como queriendo disimularlo. Yo me hice el que no le di importancia.
Durante la breve cena, supe que tenía 19 años, que acababa de salir del Ejército, y que una familia de la cuadra le convidó ese pedazo de panetón y un termo de chocolate. Él se había creado ese puesto de trabajo, porque no encontraba nada aún, pero no quería dedicarse a la vida fácil. Por mi parte, le conté toda mi historia. Bueno, en breve.
Esa noche, él vestía una camiseta ceñida de camuflaje, los pantalones que mencioné y sus botas.
Al terminar la cena, nos dimos un abrazo de Navidad, y dos hechos curiosos sucedieron. Primero, la toalla que me cubría se me cayó, y quedé desnudo, mientras me abrazaba. Lo segundo es que su erección era constante en ese momento.
Ambos nos ruborizamos.
"Bueno, yo regresaré a la calle para vigilar".
"Yo veré tele un rato más y espero quedarme dormido".
"Esteeee.... ¿puedo darle una vuelta más tarde? Digo, por si se le ofrezca algo?"
"Claro. Tocas el timbre, y listo".
"Ah, ingeniero. ¿Usted entrena en algún gimnasio?"
"Sí, el del centro. ¿Por qué?"
"Tiene bonito cuerpo".
"Gracias", le dije sonriendo.

A un cuarto para la una, seguía insomne, viendo un show de sexo gay en vivo. Nuevamente tenía mi verga parada, y recibiendo cariño entre mis manos. El timbre sonó. Salí a atender la puerta desnudo, sólo que al abrirla, oculté mi cuerpo tras ella. Era el guardián.
"¿Todo bien ingeniero?"
"Sí, creo que sí".
"Todavía despierto, ¿no?"
"No puedo dormir".
Nos quedamos unos segundos en silencio.
"Bueno, seguiré dando vueltas".
"Oye, y... ¿por qué no pasas?"
Sí, yo sé a lo que me estaba exponiendo, pero no era la primera vez que eso me pasaba, así que si mi experiencia no fallaba, pues, podría haber algo.
Como pensé, él ingresó.
Fuimos a la sala, y lo invité a sentarse a ver tele un rato.
"Si quieres cambiamos de canal".
"No o ingeniero. Normal".
Con la verga semi-parada, , me senté junto a él y nos pusimos a ver el show candente.
Un minuto después, el bulto bajo sus pantalones era nuevamente evidente.
"¿Y eso?", le dije indicándoselo.
"¿Y usted qué me dice de eso?", me la regresó señalando la mía que estaba dura de nuevo.
"Me excita ver éso".
"A mi también".
"¿Te jode si me pajeo?"
"No ingeniero... Normal".
Comencé a masturbarme, y a empujar mi pinga hacia abajo para que, al soltarla, cchocara con mi abdomen.
"Ingeniero... y... ¿yo también puedo corrérmela?"
"Claro. Normal".
Se puso de pie, se quitó la camiseta, se sacó las botas, se quitó los pantalones, y... sólo se quedó vestido con sus calcetas verde olivo... debajo no llevaba underware, y estaba mismo William Levy, pero con pelo negro. Sus nalgas eran lindas, lampiñas y enormes.
Se sentó de nuevo, y comenzó a pajear su verga que era tan grande como la mía, con unos huevos enormes.
De vez en cuando nos mirábamos. Estábamos super excitados.
Entonces, se la agarró de la base y comenzó a menearla.
"Ingeniero, una pregunta, pero no se moleste".
"Dime".
"¿Alguna vez la ha chupado?"
"Un montón de veces".
"¿Podría...?"
Sonreí, me agaché, y comencé a darle una mamada magistral. Sus manos acariciaban mi espalda, mi trasero, y mis piernas. En algunos momentos, sentí el roce de su mano sobre mi miembro.
"Alto", me dijo. "Voltéese". Lo hice. Él se levantó y se arrodilló sobre el sofá donde estábamos.
Tiramos en la posición de perrito. Al inicio, iba despacio, pero luego aumentó la velocidad, y sus caderas hacían un chasquido cuando chocaban contra mi trasero. Luego me puse boca arriba, y él me agarró piernas al hombro, pero manteniéndose de pie sobre el piso de la sala. Esta vez no se anduvo con contemplaciones, y bombeó tan rápido como pudo. Yo aproveché para pajearme.
A los pocos minutos, sacó su verga y me regó su leche sobre mi vientre plano y mi pecho. Yo también me corrí en ese momento.
Tras ducharnos juntos, regresó a la calle. Eran las tres de la mañana.
Quedé dormido en el sofá hasta que el timbre me despertó otra vez. La tele seguía prendida. El resplandor de la mañana entraba entre la cortina. Pensé que era alguno de mis compañeros. Apagué la tele, me puse mi toalla encima, y me fui a abrir la puerta.
Era el pelado de nuevo.
"Ingeniero, vengo a despedirme. No sé si... se le ofrece algo más".
"No sé. Depende de ti".
"¿Puedo pasar?"
Esta vez nos fuimos a mi cuarto. Tras revolcarnos sobre mi cama varias veces, hicimos el 69,.
"Alto", dijo él.
"¿Te vas a correr?"
"No... métamela ingeniero".
Como yo estaba boca arriba, le pedí que se sentara sobre mi pene, el que poco a poco fue introduciéndose en su estrecho y caliente ano, hasta no quedar nada al aire libre.
Me cabalgó con locura, mientras le aferraba y palmeaba sus grandes y duras nalghas. Él se comenzó a pajear.
Le pedí que girara,y se acostó boca arriba apoyando su espalda contra mi torso. Le alzé las piernas, flexioné las mías y comencé a bombearlo, al punto que gemía como condenado.
Tras un gruñido que dio, sentí cómo su ano se hacía super estrecho.
"Las estoy dando ingeniero, las estoy dando".
Bastó que me dijera eso para que mi leche le inundara su gran culo.
Nos pusimos de lado sin perder esa posición, y nos quedamos dormidos.
Nos despertamos como a las dos de la tarde. Él preparó almuerzo, comimos, y me dejó solo toda esa tarde de sábado de Navidad.
Por la noche, dormí como angelito, y a las seis de la mañana del domingo 26, estaba de nuevo en la puerta buscando más sexo.
Hasta que llegó su guardia nocturna, follamos todo el día.
Para el fin de semana de Año Nuevo fue lo mismo.
Con los meses, conseguí hacerlo entrar como seguridad a la empresa, alquilamos un apartamento juntos, y vamos al mismo gym. A veces, él se consigue unos billetes extra trabajando como stripper, cosa que a mi no me jode la verdad. También me comentaron que se prostituye, pero, como somos panas y no otra cosa, a mi me resbala, siempre que me respete... aunque, ya entiendo por qué me está insistiendo para hacer un trío. Yo no me animo. ¿Ustedes qué me recomiendan?
Ah, y este año, tampoco  iré a Guayaquil por Fiestas...

© 2011 Hunks of Piura Entertainment. Siempre practica sexo seguro. ¿quieres compartir tu relato? Escríbenos: hunks.piura@gmail.com

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Ese peón me puso en jaque

Tengo 32 años, soy de Zalapa, Ver., pero desde que comencé a estudiar vivo en el D.F. actualmente me dedico al negocio de los agrofertilizantes, en la división de ventas internacionales, por lo que constantemente debo viajar.
Como desde chavito tenía pasión por la playa, una de las primeras cosas que aprendí es a cuidar mi físico. Ustedes saben, quedarse muy al descubierto en la playa y atraer miradas, como que a cualquiera le parece padre.
Debido a eso, cuando estaba por Acapulco, con unos amigos, un fotógrafo me vio, me dijo que si me animaba a posar encuerado, y le dije que sí, pero bajo cuáles condiciones. Me lo explicó y fuimos a una villa en la playa, y me tomó con el bikini que tenía aquel día, y luego sin nada, para finalizar con varias con mi pene erecto, masturbándome y eyaculando.
Esas fotos fueron a una revista gay que se hace aquí en México, pero que en ese tiempo era de circulación muy restringida.
Yo acepté, porque estaba estudiando y casi no tenía lana para pagarme mis cosas, además vivía solo.
Cuando vi las fotos, me gustaron mucho, bien hechas.
No tengo rostro de modelo; de hecho, mis facciones son lo más común que puedes hallar por acá. Eso sí, soy moreno, alto, bien dotado (19 cm), lampiño, ni tan mamey pero tampoco flaco. Marcado, como dicen, pero de cuerpo agradable, que sigo manteniendo, tú sabes, para dar buena impresión a la clientela, pues mi trabajo consiste en negociar constantemente.
Día con día me fui olvidando de ese tema, a pesar que al inicio tenía miedo que lo viera alguien conocido, y cuando salía a a la calle, tenía la impresión de que me miraban para tener un revolcón en la cama.
La verdad a mi no me interesaba eso; sólo quería lana para vivir. El caso es que lo olvidé por completo hasta hace un par de meses.
La empresa me mandó a Perú a revisar negocios con algunos distribuidores. Uno de ellos se halla en Piura.
Cuando me reuní con ellos y les pregunté sobre el grado de satisfacción de los productos que les vendemos, ellos dijeron que por qué mejor no lo checaba por mi mismo. Me pareció una buena idea, pero exigí que quería ir por mi propio riesgo, y así evitar respuestas condicionadas.
Me dieron indicaciones y terminé llegando a una finca cerca de unas montañas vegetadas. Mi plan era estar un día completo y recoger experiencias de primera mano.
Me puse a pasear por el sembradío de maíz, y hablar con los jornaleros-
Llegué a una esquina donde estaba uno que chambeaba fuerte. Lo saludé y, a diferencia de los otros, se acercó a tenderme la mano, ponerse a mis órdenes… entonces comencé a entrevistarlo.
Claro que lo primero que me llamó la atención de él era un físico fuerte, con una armonía poco usual.
Me miraba fijamente a los ojos, cosa que me desconcentró al inicio, pero que pude superar. Lo que no me explicaba era por qué me pasaba eso.
El hombre era alto como yo, igual de marcado, lampiño (hasta donde pude ver), de brazos, pecho y piernas fuertes… lógico, es labriego.
Conversando me enteré que no es de la zona sino de la selva, que lo llamaron a trabajar debido a que el dueño ya lo conocía de años, y, lo más sorprendente, que tiene 40 años, aunque la pinta y el cuerpo parecían de 30, o de mi edad, en el peor de los casos.

Al terminar esa jornada, decidí quedarme a pasar la noche en aquel lugar.
Me dieron una recámara en una casa de campo donde sólo viven los ingenieros agrónomos.
Me fui a duchar, y, ¡vaya sorpresa!, ese peón estaba allí aún dentro de la regadera.
Volteó a verme, me sonrió.
“¡El ingeniero charro!”, me dijo, mientras yo me sacaba la ropa. La expresión me causó gracia.
Ocupé la regadera de junto, y cuando me volví hacia donde él me miraba, pude sentir que me examinaba con detenimiento. Me incomodé.
“Perdóneme, no quiero ser descortés, pero ¿pasa algo?”
“Es que me pareces conocido”.
“¿En serio? No lo creo, no soy de acá”.
en lo que es yo, fue la primer vez que pude ver más. Definitivamente, tenía un cuerpo extraordinario, similar al mio en las fotos que hice… y un miembro que parecía grande.
Terminamos de tomar el baño, y me entró la curiosidad, porque todo lo dijo con cierta convicción que terminó intrigándome.
Se lo dije, y cuando nos vestimos, me pidió que lo acompañara a una choza donde él vivía tantito cerca de la casa de campo, unos 30 metros quizás.
“Eso sí ingeniero. No se vaya a ofender”, me pidió.
“Descuida”.
Abrió un cajón, y sacó algo que me dejó sin palabras: la revista para la que había posado… abrió la página, me la mostró… estaba sin palabras y sudando frío.
“¿Es usted? Mire, perdone si le ofendo, pero su cara me parecía conocida”.
“Sí… soy yo… ¿Cómo llegó esta revista acá?”
“La compré en Chiclayo. Mire ingeniero, ¿para qué se lo niego? Me gusta ver patas calatos”.
“¿Patas calatos?”
“Hombres sin nada de ropa”.
“¿Eres… gay… o qué?”
“No lo sé. Aunque en mi tierra sí he estado con patas”.
Me sorprendió la naturalidad con la que me contaba detalles, por los que deduje que para él era muy común hacer eso, a pesar que tenía esposa y dos hijos pequeños.
“Ingeniero, y… ¿usted es gay?”
“No. Sólo posé porque necesitaba la lana, es decir, el dinero”.
El peón se quedó callado, me quitó la revista, y me dijo que no me preocupara, que él era un hombre discreto, que nadie sabía de su afición oculta.

Esa noche casi no cené, y me fui a mi recámara con muchas preguntas en mi cabeza, comenzando por la de qué hacía esa revista acá, cuando sólo se vería en México.
Entonces, comenzó una lluvia torrencial.
Para mi es natural eso teniendo en cuenta que viví en una región tropical; pero recordé la choza del peón: tenía muchos agujeros en la unión de la pared con el techo, sin contar las goteras, además de que las paredes eran de barro con paja.
Como estaba en calzones, me puse mis pantalones, busqué una linterna y salí a ver cómo estaba.
Me resbalé dos veces en el barro, y al llegar, actué ante la calamidad de ese hombre.
El agua entraba por las rendijas y estaba mojando sus cosas. Y a diferencia de mi recámara, aquí no había electricidad.
“Véngase conmigo. Acá la pasará mal”, le pedí.
Dudó al inicio, pero casi lo saqué a rastras, y corrimos hasta llegar. Entramos.
Estaba completamente empapado. Corrección: estábamos completamente empapados.
“quitémonos la ropa, si no pescaremos pulmonía”, le dije.
Ambos nos volvimos a ver encuerados.
“¿Y ahora?”
“Ahora a descansar”.
“Bueno, yo me acomodaré por aquí, en un rinconcito”.
“¡No, hombre! Compartiremos la cama”.
Me miró con extrañeza. Abrí la cobija, y otra vez lo traje casi a rastras, lo hice subir y lo cubrí.
De inmediato, seguí yo, que subí a la cama y me cubrí.
Lo que no calculé es que la cama era estrecha, para una sola persona, pero ante una emergencia, ¿qué otra opción tenía?
El caso es que era imposible poder estar sin contacto, así que, aunque nos acomodamos, o nuestras piernas, o nuestros brazos se rozaban.
Apagué la luz, y al ocupar mi espacio, también noté que nuestros miembros se rozaban.
“Perdone, ingeniero”.
“Perdonar ¿qué?”
“Se me está parando”.
“Descuide… a mi también”.
“¿Siente frío?”
“Algo… ojalá y no haga más”.
“Hará más”.
“¿Qué haremos?”
“Tengo una idea, pero espero que no se moleste”.
“Ahora, cualquier idea es buena”.
Se acercó más, me abrazó, y el roce de todo, absolutamente todo, era inevitable. Comencé a sentirme cachondo, y a experimentar la erección más placentera de toda mi vida.
También lo abracé. Y el abrazo se hizo caricia, tímida al inicio, y luego invadiendo espacios impensables, como mi cadera, mis piernas o mis nachas.
No aguanté más, me acosté sobre él, a la vez que lo besaba en la boca. Él se abrió de piernas y me dejó mecer mi cadera.
Invertimos roles y él se puso encima de mí. Comenzó a besarme en el cuello, los pezones, la espalda, y la recorrió hasta besarme las nalgas y hacerme un gran beso negro.
Yo jadeaba, al inicio despacio, pero, como la lluvia hacía tronar el techado, comencé a gemir más fuerte.
Me puso su pene entre las nalgas, y comenzó a frotarlo.
“Métemelo”, le supliqué.
Saqué un condón de mi bolsa de viaje, se lo di. Volvió a lamerme el ano, y lo siguiente que sentí fue su glande presionando y entrando, poco a poco.
Me dolió un poco, ya que era la primera vez que lo hacía. Lo juro. O sea, lo hacía de pasivo, porque siempre era activo, la mayor parte, por necesidad, pero, recuerden, necesitaba la lana.
Luego del perrito, me volteé y me puse con las piernas hacia mi pecho, y abriéndole el culo para que me introdujera su gran pene, quizás 20 ó 21, o no sé: estaba obscuro.
Comenzó a gemir con fuerza, me lo sacó, y lo siguiente que sentí fue su semen caliente sobre mi pecho y abdomen.
Se acostó de nuevo encima, me besó.
“¿Te gustó, charro?”
“Estuvo padrísimo”.
“Te toca”.
Se sentó sobre mi pene, cogí mi último condón, y me lo puse.
Comenzó a metérsela, igual despacio, y luego comenzó a cabalgar primero despacio, luego con fuerza.
Mi semen salió al rato.
Camuflamos los condones en papel de baño, nos acostamos de nuevo juntos, y más tarde hicimos una inigualable guerra de espadas. Nos vinimos luego de buen rato.
La lluvia seguía torrencial.

Cuando desperté, él no estaba en la recámara, tampoco su ropa. Salí a buscarlo. Estaba en su choza.
El agua había echado las paredes a perder, regado lodo sobre su cama, y arruinado parte de su ropa.
Fue a su mesa, abrió el cajón… la revista estaba ilesa.
“Te la compro”.
“¿Por qué?”
“Es una edición muy cara. Tuviste suerte de comprarla barato”.
“¿Cuánto cuesta?”
“Lo suficiente para que arregles esta casa”.
La compré por cien veces lo que costó en México, o algo así.
Dejé la finca, con el trasero algo escocido debido a la penetración que sufrí.
Aprovechando que en otra finca que visité habían hecho una hoguera, la eché.
Sólo quedaron las cenizas, pero del peón, quedó el deseo de otra gran partida. Deseaba con toda mi alma, que me pusiera en jaque de nueva cuenta, o que termináramos tablas…

© 2011 Hunks of Piura Entertainment.
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domingo, 10 de noviembre de 2013

Sexo Mandamiento (4)

No sé si fue mi impresión, pero estaba más guapo que la última vez que nos vimos. Se había cortado el cabello, y la ropa formal que llevaba, ligeramente ceñida a su cuerpo, lo hacían lucir aún más varonil.

“Hola”, me dijo y de inmediato me abrazó, yo de inmediato respondí el abrazo. Por alguna razón, ese abrazo me brindó una sensación de protección y de cariño que, sinceramente, no había sentido hasta ese momento. “¿Cómo has estado? ¿Te pasó el susto?” Me preguntó preocupado. “Sí, ya fue esa huevada. Créeme que si puedes sobrevivir a mi vieja, puedes sobrevivir a cualquier susto”, le dije riendo. “A la mierda, ¿tan jodida es tu vieja?” me preguntó riéndose. “Sí créeme”, le respondí.

Una vez dentro del departamento, conversamos de muchas cosas, me contó cosas de su trabajo. Yo le comenté ciertos problemas en casa, como las peleas con mi vieja, le conté el incidente con la profesora en la mañana. “¡Ta’ huevona esa vieja! Eso solo tiene un nombre: falta de huevo, como no tiene quien se la cache, le jode que el resto del mundo disfrute su vida como se debe”, me dijo y dicho esto se paró y movió sus caderas como loco como si estuviese bailando negroide. Yo me reí, me pareció gracioso. “Sí, yo también creo que es una vieja aguantada que habla así porque no hay quien se la cache”, le dije. “Sí, tienes razón y me parece paja que la hayas puesto en su lugar, a eso yo le llamo tener huevos”, me dijo.

Me pidió que lo esperara, que se iba a duchar porque venía cansado de la chamba. Me dejó en la sala del pequeño departamento y se dirigió a su cuarto. Yo me quedé ahí sentado mirando televisión. Me aburrí y me paré. Comprendí por fin por qué me pidió disculpas, la primera vez que nos vimos, por su “desorden”. Esta vez todo se encontraba mucho más pulcro que la vez anterior. El departamento, parecía sacado de uno de esos comerciales de desinfectantes.

De repente, el silencio producido por la televisión apagada, se vio interrumpido por un, desafinado, pero alegre, canto. Sonreí y dispuesto a tomar la iniciativa esta vez, me dirigí al cuarto. Una vez en él, me desnudé y me dirigí a la ducha. Ahí en la ducha, Adríán se encontraba desnudo y cubierto enteramente por espuma. Me metí a la ducha en silencio aprovechando que se encontraba con los ojos cerrados y  lo abrazé por detrás. Se sobresaltó.

Lentamente empecé a masajear la espuma en su cuerpo. Abrió la ducha y poco a poco su cuerpo empezó a quedar descubierto. Se volteó y puso sus brazos alrededor de mi nuca y yo aproveché para descender las mías hasta su cintura. Me miró, y juntó su nariz a la mía. “Te he extrañado, me susurró”. Yo también, le respondí.

Nos besamos, bajo el chorro tibio de la ducha. Nuestros cuerpos se unieron en un abrazo fuerte. Nuestros miembros chocaban con cada movimiento nuestro. Con rudeza, me tiró contra la pared lateral de la ducha y bajó suavemente por mi cuello, deslizándose por mis tetillas y mi abdomen, jugó un momento en mi ombligo hasta que finalmente llegó a mi miembro. Suavemente, tomó mi miembro en su boca, provocando en mí un leve gemido y una acelerada respiración. El movimiento de su boca introduciéndose mi miembro cada vez más, me estaba volviendo loco, yo solo optaba por gemir y respirar fuerte. Mis manos estaban sujetadas fuertemente a su cabeza. Él se puso de pie y tomó mis hombros jalándolos hacia abajo. Yo bajé a su miembro de inmediato. Me puse de rodillas e introduje su pene en mi boca. Una sensación indescriptible me invadió. Al levantar la mirada, me encontré con la mirada de Adrián, llena de placer. Sus caderas se movían duramente, como si me estuviese “cachando por la boca”. En un momento determinado mientras me enloquecía succionando el miembro de él, se volteó dejando delante de mí su hermoso culo, era algo velludo, pero eran unos vellos preciosamente ordenados, finos, delicados. Mordí suavemente sus nalgas. Él parecía enloquecer, Poco a poco fui introduciéndome entre ellas  hasta tener mi lengua entera lamiendo su ano. Poco a poco y con un deleite jamás experimentado, empecé a introducir mi lengua dentro de su ano. Él por su cuenta, empezó a gemir fuertemente.

Me levanté y lo abrazé por detrás. Nos empezamos a besar locamente, y mientras lo hacíamos, empezé a rozar mi miembro en la entrada de su ano. Él gemía sin control. “Creo que hoy me toca chantarme a mi” me dijo riéndose, “así parece” le dije. Tomé una toalla, me sequé y me dirigí a la cama. Me acosté y unos minutos después salió él. Por su corpulento, cubierto de vellos, aun corrían algunas gotas de agua, lo cual a mí me pareció sexy. Su mirada se clavó en mi erecto miembro. De inmediato se acostó en la cama y con las piernas abiertas, se posó sobre mí. Me besó, sus besos eran apasionados, fuertes, calientes, eran una mezcla perfecta entre lo rudo y lo dulce. Poco a poco, descendió por mi abdomen hasta llegar a mi pene, el cual se tragó en un solo acto. Hizo que me retorciera de placer. Sin duda era la mejor mamada que me habían dado jamás. Subió nuevamente a besarme y luego empezó a rozar su culo con mi durísima verga. Poco a poco el fuego se iba incrementando. Nuestros besos, nuestras lamidas y caricias iban aumentando su intensidad. Hasta que el momento propicio se dio y él exclamó: “¡métemela huevón, métemela!”. Él mismo tomó un preservativo y me lo colocó. Yo estaba extasiado. Yo recostado en la cama y él sentado sobre mí con sus rodillas flexionadas. Me besó, lamió mis orejas, mi cuello, mis axilas. Y fue el mismo quien se introdujo mi miembro, poco a poco, con paciencia. Su cara denotaba dolor y placer. Yo por mi parte, sentía como mi miembro se habría paso en sus entrañas. “¡Estás bien apretadito!” le dije y reí, “Sí, solo hice de pasivo una vez, tu eres la segunda, tienes un no sé qué que me llevó  a animarme” me dijo y me besó. Por fin estuve dentro de él completamente. Me aferré a su cuerpo y él al mío. El determinaba el ritmo. Yo no me movía, pero el sí ¡y de qué manera!

“¡Que rico es cachar contigo!” me dijo, “Tas’ huevón, que rico es hacerlo contigo mierda”, le dije poniendo blancos los ojos de placer. Sin sacarla y en una muestra de flexibilidad, se reclinó y yo me puse sobre él. Ahora quien dirigía el movimiento era yo. “Asu mare, que rico te mueves huevón” exclamó, “y eso que aún estoy calentando” le respondí. Nuestros gemidos y rugidos invadían la habitación entera.

Cambiamos de pose, ahora él se colocó a cuatro patas en el borde de la cama y yo detrás suyo, de pie. Introduje suavemente mi miembro en él. Gimió y se estremeció. Su fuerte espalda quebrándose para mí, y su cintura apretada, que no había visto tanto en la primera cita, me volvían loco. Bombeé con más fuerza, con más rapidez. Tomé su corto cabello y lo jalé fuerte hacia atrás mientras mi otra mano sujetaba fuertemente su cintura. “¡Ah mierda! ¡Qué rico!” exclamé y el solo se limitó a gemir. Era increíble la sensación de placer que sentía al poseerlo, no sé si era su apretado ano, o la sensación de poseer a un machote como él, o los gestos de placer que él tenía. Mis caderas se movían rápidamente, pero alternaban lo rápido con lo lento. Lo sacaba completamente y lo volvía a meter. Adrián se retorcía de placer. Era excitante ver mi miembro entrar y salir de su ano.

Él se acostó suavemente y yo me puse sobre él sin dejar de penetrarlo, sujetando con mi brazo su cuello y con la otra mano, dando nalgadas y amasando sus nalgas. Sentí de repente  que una explosión se expandía en mi cuerpo. “¡Me vengo!”, exclamé. Retiré mi miembro y me quité el preservativo, poniéndome de pie sobre la cama, él se dio vuelta y esperó mi leche. Pronto un chorro de semen salió disparado de mi verga, en dirección al pecho de Adrián.  Descendí hacia él, que me esperaba con las piernas abiertas. Me coloqué sobre él y lo besé. Él se masturbaba, así que metí dos dedos en su dilatado ano, mientras le besaba las tetillas. El no dejó de masturbarse y retorcerse de placer, hasta que finalmente se vino, lanzando contra mi abdomen  sus masculinos fluidos.

Él se recostó a un lado de la cama y yo me recosté sobre su pecho abrazándolo, él también me abrazó. “Wow” me dijo, besándome la frente. “Eres bien rico” le dije y lo besé. Permanecimos abrazados por largo tiempo en la cama. “Me gustaría verte más seguido y no precisamente para tirar. Me gustaría empezar a salir contigo” me dijo. Algo dentro de mí se puso en alerta. Adrián me gustaba y mucho, pero ¿salir? Eso no estaba en mis planes. Me separé de él y me senté en el borde de la cama. Nuevamente ese bochorno se apoderó de mí y mi cabeza empezó a girar como dentro de una licuadora. “¿Qué pasa dije algo malo? Me preguntó algo alarmado, “No, no es nada” le respondí.

 

Continuará…

 

© 2013 Gonzalo Martínez. © 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia.  Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.

Texto producido con el Método Writting Fitness. Más información aquí.

 

martes, 27 de diciembre de 2011

¡Moto!

Siempre he preferido tomar una carrera en moto lineal porque son más rápidas, y porque te permite morbosearte con el culo del conductor.
Siempre acostumbro a montarme con los más culones y apretarle las nalgas con mis muslos. Si no dicen nada, entonces, les pego el pecho y luego les arrimo mi huevo.
así he podido pajearme por unos minutos con algunos patas, ya que mi pinga no es tan imperceptible.
Y ahora que llega el verano, algunos van en shor, así que serán mis próximas presas. Ya me ligó con uno que, de no ser porque no tenía tiempo, me lo huviera llevado al telo, y allí medirle el aceite.
También hubo otro que sí me propuso ir al telo y tomar chelas, y no creo que su intención sea ver canales culturales. Pero tenía un compromiso, y no se concretó.
Pero les voy a contar una verídica que me pasó una noche que salía del Cine Castilla y me iba a mi jato.
Justo en la esquina del Puente Viejo estaban todas las motos lineales llamando gente, y me puse a ver culos.
De pronto, un patita me empezó a seguir con una mirada por demás evidente.
"Llévame a la Urba Piura", le dije.
"Ya, monta".
Ese 'monta' ya me decía mucho. Entonces, medí el terreno.
"¿De dónde sales?"
"Del cine porno".
"¿Y qué tal la ´película?"
"Mostra, huevón".
"Debes estar armadazo".
"Bueno... sí, huevón... ¿se siente?"
"Sí, pero normal".
¡Mierda!, dije yo, y mi verga se puso más dura aún. Para todo esto, ya se la había arrimado, y mi pecho le cubría su espalda.
"¿Y vives solo?"
"No".
"Ah".
"Pero mi familia se fue de viaje".
"¿En serio?"
"Sí... me iré a hacer una paja".
"¿Siempre lo haces?"
"Es que... no conseguí a nadie en el cine".
"¿Nadie para qué?"
"Para metérsela, pues, huevón".
Me arrimó más su culo.
"Y cómo te gustan?"
"Culones".
"Uy. O sea, ya perdí".
"¿Por qué dices eso?"
"Bueno, tengo trasero grande".
"¿Ah sí? No me había dado cuenta"
Lógicamente fue la mentira más descarada que pude decir.
"Entonces, piensas pajearte..."
"Si no hay con quién, sí".
"¿Y... qué te parezco yo?"
El pata era cuerponcito, de rostro agradable, joven como yo, y de buen rabo.
"Estás bien... ¿Quieres cachar, acaso?"
"No sé. Depende de ti".
"Pero, ¿tú quieres?"
"Si tú quieres, ¿por qué no?"
Me sonrió por el retrovisor.
Me lo pensé unos segundos, y acepté. Enrumbamos.
Afortunadamente, mi calle estaba vacía. Abrí la puerta de mi casa, hice que metiera su moto, y nos fuimos a mi cuarto. Lo invité a que nos ducháramos juntos.
Nos calateamos. Cuando me saqué el calzoncillo, mis 16 centímetros de carne saltaron como resorte. Mi prenda estaba mojadísima de adelante.
¿El se sacó su boxer, y realmente tenía dos nalgas de campeonato. Durante el camino, él me comentó que, de vez en cuando, jugaba para un equipo de segunda, y que la moto lineal era su recurseo.
Nos metimos a la ducha, y allí comenzó todo. Le comencé a sobar mi pinga por la raja de su culo, mientras el pata me acariciaba las caderas y el glúteo, cosa que me arrecha como mierda.
Hice que se agachara sobre el borde de la bañera, y le hice un beso negro que le dejé su culo dilatadazo. La sufrí un poquito porque, como sus nalgas eran grandes, me costó trabajo llegar con mi lengua a su ano.
Se volteó, se arrodilló allí en la tina, y comenzó a chupármela, mientras sus gruesas manos seguían acariciándome el poto y las piernas.
Entonces, de nuevo, hice que apoyara sus manos en el borde de la tina, y se la fui metiendo. El pata, fuera de que estaba dilatadazo, tenía el ojete ancho, entonces mi pájaro entró sin mucha dificultad.
Me mecí por algunos minutos y me vine porque la película estaba realmente mostra, y tenía la leche en la punta de mi cabeza.
Él se la corrió y se vino sobre la loseta de la pared.
Nos secamos y nos fuimos a mi cama. Allí hubo un segundo round, esta vez con él sentado sobre mi pincho, haciendo caballito, mientras yo le acariciaba su verga, que era grande como la mía, sus caderas y su pecho. ah, por supuesto, también sus nalgotas, lógico.
El huevón gemía con los ojos cerrados, por lo que me arrechaba más, mientras seguía balanceánddose sobre mis caderas.
De allí rodé con él, hasta quedar en un patitas a mi homro.
Me moví como loco hasta que las volví a dar en su culo y él lo hizo sobre su pecho y abdomen.
Nos bañamos de nuevo, y él se cambió, cogió su moto y se quitó. Eran como la una de la mañana.
Por más que lo busqué en los días siguientes no lo encontré.
Quiero repetir esa faena, y agradecerle otro detalle: jamás me cobró la carrera.

© 2011 Hunks of Piura Entertainment. Siempre practica sexo seguro.
¿Deseas compartir tu relato? hunks.piura@gmail.com

lunes, 27 de febrero de 2023

Lucas: Un ron por ese chibolo

Soy Lucas, vivo en Piura,  y tengo 38 años. Mi obsesión son los chibolos de 22 años, delgados pero formaditos. ¿Por qué?

 


Hace un tiempo yo chambeaba en Chiclayo. Un miércoles me encontré en un grupo de contactos gay a un chibolo de 20 años. Le mandé solicitud, me aceptó, chateamos buen rato, me cayó simpático, quedamos para vernos el sábado. Esa noche y las siguientes hasta el viernes, aluciné follando sin control con él en mi cama, inundando su ano con mi semen.

 

No había momento en que me quedara calato en la cama, pusiera dura mi verga de 15 centímetros y la frotara contra la almohada hasta que se me saliera la leche imaginando que perforaba su sabroso culito. Ni las duchas frías que tomaba me bajaban la calentura. ¡a la mierda! Cuánto esperma me hizo botar ese conchesumare.

 

Llegó el sábado. Como le dije que tenía sitio, organicé mi cuarto para que la cita fuese lo más placentera posible. Me fui bien animado a chambear.

 

A eso del mediodía, el huevón me pasó un mensaje: “No creo que la haga, causa… tengo un culo de trabajos de la universidad por entregar” ¡Carajo!, me dije. ¡Y qué iba hacerme esa noche? Porque si él tenía un culo de trabajos, yo no había dejado de alucinar cómo sería probar su culo mientras le hacía el amor. Ni modo. Me resigné. Algo haría. Quizás… pajearme como loco.

 

Salí de la chamba a eso de las seis y media de la tarde cuando otro mensaje me entró. Era el mismo chibolo. Yo estaba desganado, así que no le di bola. Pero el chico insistió. “Al diablo mis trabajos… ¿dónde nos vemos?” Puta madre. De solo pensarlo, se me fue el cansancio y hasta mi verga se puso dura bajo mi ropa. Y ya sentía el bóxer húmedo porque cuando se me para, lubrico como mierda.

 

Quedamos de vernos en el Paseo de las Musas. A pesar que yo había deseado ese momento, estaba medio nervioso. Me compré un roncito y me puse a tomar un poco como para darme valor. La huevada es que el chibolo no aparecía por ningún lado. Decidí acabarme la chata e irme a joder a otra parte.

 

Ya estaba tomando el último vaso cuando él apareció.

“Disculpa, brother”, me dijo todo humilde. “traté de zafarme, pero una vaina y otra…”

¿De qué vainas habla este huevón? Mejor estaba mi vaina, otra vez al palo, lubricando, especialmente con esa ropa entallada que le marcaba su físico, y ese pitillo que le destacaba su culito bien redondito y sus piernas gruesitas y firmes.

“Practico fútbol”, me contó cuando se sentó a conversar.

Compré otro ron y comenzamos a hablar. Le invité pero no quiso. Nos caímos en gracia. Cuando se acabó la segunda chata, llegó la duda:

“¿Dónde la seguimos?”, le dije, con la esperanza de que ya quisiera que cachemos.

“Vamos a la disco”, me propuso. No era precisamente lo que tenía en mente, primero porque ya le tenía hambre a ese culito y segundo porque no soy bueno bailando. Obvio, no le dije eso.

“OK… vamos”, le dije.

 

La pasamos bien en la disco. Como ya la había comenzado con ron, la seguí con ron. Quizás eso me dio valor para bailar. No sé ni cómo lo hice, o si hice el ridículo, pero el caso fue que también el chibolo aceptó tomar unos vasitos. Aprovechando la penumbra, me le acerqué y mi mano traviesa le acarició una nalga: estaba durita. Imagínense cuando nos tocó perrear, ahora era mi pinga la que se había puesto no durita al rozar su trasero… ¿estaba duraza!

“¿La seguimos en otro lado?”, le consulté.

“¿Dónde?”

 

En veinte minutos ya estábamos en mi cuarto. Apenas cerramos la puerta, nos besamos en la boca como locos. Qué rico sentir su lengua. Me imagino que le excitó mi aliento a ron. Comenzamos a quitarnos la ropa.

 

Ya calatos, nos abrazamos fuerte y dejamos que nuestras pingas duras se frotaran y rozaran. La suya también lubricaba un montón. Mientras nos besábamos, subimos a la cama.

 

Acaricié su culo de futbolista. Obviamente que así sin ropa era más redondito y firme que con ella. Aparte que esas nalgas lampiñas hacían que las caricias fuesen como pasar seda sobre porcelana.

 

Mis labios dejaron los suyos y comencé a besar suavemente su cuello con aroma de rico perfume varonil. ¿Bien!, dije yo. Él comenzó a gemir y jadear con tono de macho. ¿Bien, carajo!, dije yo. Los patas que se comportan como mujeres en la intimidad no me ponen nada.

 

Bajé a chuparle las tetillas. El chibolo se alocó más y acariciaba mi cabello. En realidad, me despeinaba. Seguí bajando. No tuve problema en chuparle su pene. No era largo o grueso, pero estaba ahí, levantado y duro como un gancho del que debía colgar toda mi boca caliente.

“Así, pata… la mamas bien rico”.

Succioné bien su pichula para ordeñarle un poco de precum y luego lo guardé en mi boca para buscar la suya e intercambiarlo junto a nuestras salivas mientras nos besábamos otra vez. Volví a bajar a seguirle chupando su rico pene.

 

Solito se fue acostando sobre mi cama. Abrió sus piernas para que le lama los testículos. ¿Requetebién!, dije yo. Solito levantó las piernas. Obviamente, ambos sabíamos qué queríamos.

 

Separé sus nalgas, saqué mi lengua, y, sin perder tiempo, fui a conquistar su anito cerradito. En mi excitación, quería penetrarlo solo con mi lengua. Él me agarró fuerte del cabello y quería que no deje de hacerle el beso negro. Miré un toque: ya estaba dilatándose. Decidí sopearlo más.

 

Me incorporé. Aprovechando mi saliva y mi líquido preseminal, le fui metiendo mi pene. El chibolo era tan estrecho que incluso para meterle la cabecita fue un poquito trabajoso. Así que me estiré, saqué el condón que había separado para esa noche especial, me lo puse, y luego saqué el lubricante y lo embadurné bien. Puse algo del gel en el ano de ese hermoso chico.

 

Empecé a empujarle mi pinga. Logró entrar todita poco a poco, pero, como era tan estrecho, me apretaba como mierda, y sentía que en cualquier momento ese ano iba a succionar mi falo arrancándolo de mi cuerpo. Comencé a mecerme. ¿Puta madre, por Dios! ¡qué hermosa sensación bombear ese agujero!

¡así,papito”, susurraba el chibolo. “Cáchame rico así”.

Ese pedido con voz de macho me calentó más, por lo tanto le di con todo y me moví como loco. El chibolo se quejaba medio rugiendo, como macho. Eso para mí era combustible. Le di más fuerte aún. Ambos estábamos fuera de nuestros seres entregándonos al sexo más rico que nunca antes nadie haya sentido.

 

Como me lo agarré piernas al hombro, mi pubis y mis bolas azotaban sus nalgas como un castigo placentero, que nunca desearía que acabe.

 

En un momento que tomé aliento para volverlo a cachar fuerte, él puso sus manos en mi pecho y me hizo entender que quería que me acostara. Lo hice. Ese hermoso nene se sentó sobre mi verga, se abrió bien sus nalgas y se dejó clavar por mi herramienta sexual. Comenzó a cabalgar como loco. Ahora era su hermoso culo de futbolista el que azotaba mi piel. Siguió gimiendo y jadeando. Por ratos se inclinaba y me besaba en la boca sin dejar de mover ese fabuloso trasero.

 

Estuvimos buen rato así hasta que…

“Ya las voy a dar”, le dije.

Él me sonrió.

“Quiero quitarme el condón y llenarte el culo con mi leche”, le dije.

Volvió a sonreír y me señaló su boca lo más pendejamente que puedas imaginar.

 

Cuando sentí que ya no iba a aguantar más, le dí unas nalgaditas y él se desconectó de mi pene, se arrodilló sobre mi cama y yo me puse de pie sobre ella. Me hice una paja que era capaz de arrancarme mi pinga y le di toda mi leche en su boca. Él no solo la saboreó; se la ttragó como quien traga el licor más rico del mundo.

 

Me incliné a besarlo en la boca nuevamente.

“La pasé de la puta madre”, le dije.

“Yo igual”, me respondió.

Para entonces, el efecto del ron se nos había pasado. Nos quedamos conversando un rato y cuando nos dimos cuenta, ya casi estaba amaneciendo.

 

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viernes, 15 de junio de 2012

La Parcela (4): Nando y Raúl

En la oficina de la parcela, las manos temblorosas de Jerry habían dejado caer el contenido del envoltorio.
- ¿qué pasa jerry? Mucha paja te estás haciendo.
- Dis-dis-disculpa.
Wilfredo levantó lo caído: una libreta de espiral.
- El joven Alejandro me dijo que la uses para registrar quiénes comen, cuándo, y esas cosas, para que luego te paguen a fin de mes.
- Claro.
Jerry sudaba frío.
- ¿qué pasa Jerrycito?
- Nada.
- ah, ya sé.
Jerry miró a los ojos de Wilfredo, atemorizado. El ´guardián cerró la puerta de la oficina, se aflojó el cordón de su pantaloneta, y se la bajó, junto con su calzoncillo, hasta medio muslo. Comenzó a acariciarse la pinga.
- Esto es lo que te hace falta, ¿no?
- ¿Qué?
- Desde anoche me la estás buscando. Quieres que te cache. aprovechemos.
El miembro de Wilfredo  comenzaba a crecer hacia los famosos 20 centímetros en medio de su pubis velludo. Comenzó a acercarse a un petrificado Jerry.
En el dormitorio de Nando y Raúl, los dos muchhachos seguían desnudos.
Nando se limpiaba el vientre lleno de semen con una considerable cantidad de papel higiénico.
- Asu, huevón, has botado como mierda de leche. ¿Desde cuándo no cachas?
- Hace quince días, después que salimos de la disco.
- ¿Con quién?
- Contigo, pues, huevón. ¿Y tú, desde cuándo no cachas?
- Desde ayer por la tarde.
- ¿Y te ordeñó bien?
- Un par de veces... pero no te preocupes: yo también lo ordeñé bien.
- ¡Ya vas!
- ¡No es floro! ¿De dónde crees que salió lo del pasaje para acá, y las... provisiones?
- Bueno...
- Pero ya quiero dejarme de huevadas. Y ésta es mi oportunidad.
Raúl se acababa de limpiar el blanco fluído.
- Mejor me voy a bañar.
- ¡Nos vamos a bañar! De una vez, que quiero que me ayudes a hacer los cuadros.
Cada uno se puso una toalla acabada de comprar, anudada a la cintura, abrieron la puerta y se fueron a la contigua, donde estaba la ducha.
Ellos ingresaban y Gabo salía. Raúl cruzó su mirada con la del chibolo, quien se fue raudo al cuarto de Wilfredo.
- Parece que le gustas a la bebita, Raulito.
El trigueño se rió, dando un leve puñete en el hombro de Nando.
En la oficina, mientras tanto, Wilfredo se acercaba con su verga erecta a un indeciso Jerry, quien miraba el rostro arrecho del guardián, y el falo babeante que estaba a sólo centímetros de sí.
El teléfono sonó.
Como si alguien lo hubiera visto, Wilfredo se levantó pantaloneta y calzoncillo, se frotó las manos y contestó la llamada.
- ¿Aló?... ¡Joven Alejandro!... Bien, bien... Si, ya están en su cuarto... sí, sí... También, acabo de dárle...
se volteó a buscar a Jerry, pero éste había aprovechado para abrir la puerta de la oficina y escapar hacia la cocina, donde se refugió agitado. No estuvo allí mucho tiempo y salió en dirección al cuarto de Nando y Raúl. Tocó, sin resultado.
En la puerta del costado, apareció Gabo.
- Están bañándose los dos juntos.
- ¿Los dos juntos?
- Sí... parece que son pareja.
Jerry miró a Gabo con cara de asombro.
Al anochecer de ese día, Wilfredo fue a interrumpir el trabajo de Nando y Raúl en la oficina, quienes se liaban entre papeles cuadriculados tamaño oficio y una calculadora científica.
- Ingenieros, ya está la merienda.
- Gracias, don wilfredo. Cuadramosésto último y vamos. Gracias por avisar.
Raúl se asomó a ver al cielo.
- Ya es casi oscuro. ¡Cuatro horas de trabajo!
- si Jano tuviera compu, nos demoraríamos media, a lo mucho.
- ¿Le dijiste eso?
- No sabía que esto no tenía más que un teléfono fuera de moda.
Raúl sonrió.
Terminaron unos diez minutos después. Nando se estiró mostrando su musculatura.
- Ordena los papeles, Raúl. Me adelanto a cenar.
- Ya.
Una vez que el trigueño atlético terminó, y se iba a apagar la luz, jerry se apareció en la puerta.
- Al tiempo, Rulo. ¿Te acuerdas cuando te decíamos Rulo?
- Tenía 15 años, y el pelo más crecido.
- ¿Recuerdas cuando fuimos al canal con los chicos luego de jugar voley?
- Fuimos a concursar a ver quién la daba más lejos; luego los chicos nos dejaron solos, y fue... mi primera vez... contigo...
- Eras el más aventajado de todos... Oye, ¿tú y ese Fernando... son... pareja?
- ¿Por qué dices eso?
- Bueno, llegaron juntos, duermen juntos, trabajan juntos... se duchan juntos.
- No te entiendo.
- No hace falta. Mira, yo quería pedirte algo muy encarecidamente.
- Sí... dime.
- Yo sé que lo que hice con Gabo estuvo mal.
- Normal, Jerry. Es tu vida.
- Por favor, no vayas a comentar nada de eso a nadie.
- Tú sabes que yo no soy chismoso.
- ¿qué quieres decir?
- ¡Nada, huevón!
Raúl palmeó el hombro delgado pero torneado de Jerry, quien evitó como pudo la muestra de afecto.
- Hasta mañana.
Raúl se quedó confuso en la puerta de la oficina.
Al llegar a la cocina, sólo estaba Nando saboreando la cena.
- Oye, desde mañana, planchas, sentadillas, ranas, barras... si seguimos comiendo así, vamos a terminar chanchos.
- Ajá... ¿y el resto?
- se quitaron a jatear. Tú sabes que la gente del campo jatea temprano.
- Pero apenas son las siete.
La luz eléctrica iluminaba la fachada de la casa grande en la parcela. Nando la aprovechó para pasear buscando un lugar donde pudiera hacer sus ejercicios, pero se quedó con el cobertizo de la parte posterior. Encontró una ruma de sacos de polietileno, los sacudió bien, y le colocó una franela que encontró por ahí. se desnudó hasta quedarse en boxer, y comenzó a hacer abdominales, luego planchas, sentadillas, y toda una rutina de isométricos.
Raúl pasó hacia las duchas, y cuando salió de ellas, Nando no llegaba ni a la mitad de su rutina.
Cuando ésta acabó, entró a las duchas, abrió una de las llaves y se quitó el sudor. Tomó un pedazo de jabón que allí dejó esa tarde, y se rodeó de fragante espuma. Pensaba, pensaba y pensaba, mientras sus manos acariciaban su amplio pecho y grandes brazos, su abdomen duro y cuadriculado, su cintura pequeña, sus grandes nalgas, macizos muslos y gordas pantorrillas.
Al secarse, y verse en el espejo con la débil luz, notó que la barba comenzaba a poblar su rostro. Cada dos días tenía que rasurarse. Esta noche no lo haría.
al regresar al cuarto, la luz estaba apagada, pero pudo ver la silueta de Raúl, desnudo, parado en la ventana, viendo hacia el cielo.
- ¿Lloverá?
- No. ¿quieres ver las Tres Marías?
- A ver.
Nando se acercó por la espalda de Raúl y le arrimó su cuerpo.
- ¿Cuáles son?
Raúl le señaló  los tres puntos de luz, pero Nando, en vez de verlos, comenzó a besarle la nuca, y a bajar con sus labios toda la médula espinal, lentamente. Al llegar a la raja del culo, se desvió a cada nalga, y las besó y lamió. Raúl se estremecía y se aferraba fuerte de los fierros de la ventana.
Nando se puso de pie y arrimó sus 17 centímetros en medio del culo de Raúl.
- Gracias por ayudarme. Te pasaste.
- Somos compañeros, ¿verdad?
- Más que eso, Raulito. Tú lo sabes.
El trigueño se removió todo, mientras su pene marcaba sus 18 centímetros de largo y un considerable grosor.
Nando besó sus orejas, y hablaba susurrando.
- ¿Te cacho?
- Sí.
Cuando el blanco musculoso y velludo regresó al asalto de la espalda de Raúl, traía la pija forrada en un condón, y un pomito de lubricante.
- Para el culo.
Raúl le ofreció su trasero, y Nando fue introduciendo su dura verga en el interior del ano de ¿su compañero?, ¿su amigo?, ¿su amante?
Agarrándolo de las caderas, Nando trató de que las suyas danzaran ofreciendo lujurioso placer a un chico que tenía una mezcla de sentimientos en su interior, pero algo clarísimo: ese cuerpón, fantasía de cualquier hombre o mujer con gusto por un 'hunk', le atraía mucho.
Jadeando, Nando incrementó la velocidad en el culo de Raúl, quien sin dejar de mantenerlo parado, y aferrado a los barrotes de la ventana, se cimbraba tratando de sentir la penetración al máximo.
Raúl comenzó a masturbarse su aventajado miembro.
el jadeo se incrementó hasta que su semen se disparó contra la toalla que estaba colgada, secándose en el filo de la ventana. Ahogó un gemido, aviso de su orgasmo.
- ¿qué pasó?
- Ya las di.
- ahora me vengo.
Nando hizo un brusco movimiento, y hundió su pene de golpe en el culo de Raúl.
- Las di.
- sí. Siento cómo late.
- me voy a bañar.
Raúl lo siguió.
Esa noche, los dos durmieron desnudos, compartiendo el mismo colchón, abrazados.
Y así amanecieron, sudorosos.

(CONTINUARÁ)

©2012 Hunks of Piura Entertainment. esta es una obra de ficción: los nombres, situaciones y lugares son pura coincidencia.
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