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jueves, 14 de marzo de 2013

SOT-2013-011: Control de rutina

Recopilado por SOT

 

3MAR2013

8:47

Soy un profesional de 35 años. Trabajo en mi propio negocio todos los días, pero trato de darme tiempo para todo, en especial mi familia y el gimnasio. Entreno todos los días, incluso el sábado, por lo que tengo una forma que varios amigos y compañeros de mi edad envidian.

Como tengo una parcelita en san Lorenzo, los domingos, como hoy, los aprovecho para darle vuelta, y, si puedo, traer algo, no mucho, pues suelo ir en mi propia moto, así que no puedo cargar mucho peso.

Ir en la moto me relaja. Siempre tomo todas las precauciones: casco, documentos, y para que se me haga más sencillo, una ropa algo pegada al cuerpo.

A media hora de llegar a mi destino, junto a lo que parece ser una construcción avandonada al lado de la carretera, me detiene una sirena.

Paro la moto, y viene hacia mí, un policía de unos 30 años, alto, de cuerpo bien formado. No voy a tanta velocidad quedigamos. “Buenos días, ¿documentos?”, me aborda. Se los muestro.

“Disculpe. Me tiene que acompañar”, me dice.

“¿Hay algo mal?”, le pregunto.

“Control de rutina. Acompáñeme, por favor”, insiste.

Avanzo con la moto hasta la patrulla. Allí está otro policía.

El primero de ellos, me pide que me apoye en la pared de la construcción, opuesta a la carretera, y comienza a registrarme. Pero, en vez de darme las palmaditas a lo largo del cuerpo, siento que me lo acaricia.

No puedo evitar sentir cosquillas cuando sus manos pasan por mi costado, mis piernas y el interior de ellas.

“¿Le pasa algo?”, me dice.

“Nada, jefe”.

Repite el procedimiento. No puedo evitar que un suspiro se me escape.

“Tienes el cuerpo duro”, me comenta el policía.

“Voy al gym, jefe”, le replico.

Entonces, siento sus manos por mi espalda y mi trasero.

“Yo también voy al gym”, me dice. “Mire, todo está en orden; pero, me gustaría que me colabore”, prosigue.

“Colaborarle, ¿cómo?”. Sospecho que comenzará a pedirme plata. Sigo apoyado sobre la pared.

“No se preocupe. Sólo confíe en mí”, me dice.

Siento que su cuerpo se aproxima y pega por detrás de mí, en especial su paquete, que lo pone justo sobre mis nalgas. Sus dos manos comienzan a rodear mi cintura, hasta que encuentran mi correa, la que desabrocha. Cuando lo consigue, me desabrocha el pantalón, me baja el cierre, y poco a poco –ya que está apretado- lo tira hacia abajo hasta medio muslo, o algo más abajo.

“Te queda bien ese boxer pegado”, me dice el policía, mientras yo no atino a nada. Escucho el desabrochar de una correa, luego un cierre. Siento algo duro entre mis nalgas, mientras sus manos cogen y acarician mis caderas. Sin decir nada más, el policía comienza a frotar su paquete contra mi trasero. Conforme me sigue frotando, él comienza a suspirar y a jadear. Yo me quedo en silencio.

Entonces, él me baja mi boxer: “¡Mierda! ¡qué rico culo tienes… blanquito… lampiñito”.

De inmediato, siento una humedad en mi ano: el policía me mete lengua y me excita sobremanera. “¿Te gusta, no?”

Se detiene unos segundos. “Te va a doler un poco, pero tranquilo. Si te duele mucho, me avisas”, me recomienda.

Efectivamente, siento que algo grueso comienza a penetrarme por el ano. Trato de relajarme. No sentía eso hace semanas. Poco a poco me introduce su pene –asumo- hasta encajarlo todo. Sospecho que es grande.

Sin soltarme las caderas, comienza a bombearme. Me excito más, y comienzo a mover mi trasero.

“Así, qué rico culo. Eso… así… mueve ese rico culo… Ahhh”.

Sus caderas chocan contra mis nalgas haciendo que la pared de ladrillo genere eco a cada choque.

El policía aumenta la velocidad del bombeo, hasta que siento que jadea fuertemente, a la vez que un latido hace palpitar mi ano. “Las di… qué rico, huevón”, suspira el uniformado.

Cuando volteo un poco, puedo observar, que el policía se saca el condón de su pene semi-erecto. Sí que era largo y grueso.

“Espérate aquí. No te subas el pantalón todavía”, me ordena. Obedezco. Se va.

Un minuto después aparece su colega. Veo que saca un condón de su bolsillo. Vuelvo a escuchar el sonido de la correa, el cierre, la fundita que se rompe. Y de nuevo, el rico dolor del pene entrando en mi ano. Nuevamente el bombeo. Este policía es un poco más brusco que el anterior, pero igual sabe cómo hacerlo… incluso parece que dura más. Dicho sea de paso, gime con más fuerza, y sus chasquidos en mi trasero son más sonoros.

Cuando eyacula, ruge con fuerza. Luego, jadea.

Al fin, me ordena levantarme mi boxer y mi pantalón. No me explico cómo ellos saben que me gusta esto… de hecho, soy bisexual.

Como les dije, tengo familia, y estoy con mi mujer, y algunos compañeros ocasionales.

 

9:39

El primer policía me devuelve mis documentos.

“Gracias por tu colaboración… si vas a la disco de ambiente este sábado, podremos ir a mi cuarto”, me dice el policía.

Lo miro con asombro.

Sonríe: “El sábado pasado fuiste. Podrías ir el que viene”.

Sigo mi camino.

 

9MAR2013

23:05

Estoy en la discoteca, y trato por todos los medios de ubicar a alguno de los dos policías. Nada.

Pregunto a uno de los meseros. A veces suelen tener información. Se los describo.

“Ah… ese cojudo… Lo cambiaron esta semana por coimero”, me informa…

 

©2013 Hunks of Piura Entertainment. Contacta a SOT: hunks.piura@gmail.com

viernes, 20 de mayo de 2022

La hermandad de la luna 10.10

Casi al mismo tiempo, tocan insistentemente la puerta principal de la casa de Tito. Pablo Chira, quien duerme en el sofá, se despierta y se sienta. Frank sale de la habitación más próxima a la sala completamente desnudo.

“Ocúltate en el baño del gimnasio”, le susurra  al visitante acercándosele.

“Tranquilo”, le replica Chira, dándole leves palmaditas en la redonda, velluda y dura nalga. “Ya estoy recagado con ellos”.

El más joven –de la casa de Tito—sonríe. Sigue su camino y asoma su torso por la puerta.

“Perdone, caballero”, le indica un policía. “Orden de detención al señor Owen… Mo-Mo-Mo-gam-bo”.

“No hay nadie con ese nombre acá”, sonríe Frank.

“Señor, no nos haga…”

Frank abre la puerta de par en par (protegiéndose tras ella):

“Pase y verifique”.

El policía duda por un instante, pero decide que es mejor verificar. Su primera sorpresa es encontrar a Chira en la sala.

“Buenos días, Guerrero”.

“Buenos días”, le responde el policía, desconcertado.

“¿Quiere registrar los cuartos? Lo hago pasar al gimnasio”, ofrece Frank.

Al fondo del pasillo, Tito abre la puerta de su dormitorio, ya vestido, y abre la puerta que conecta al AMW.

“Pase, suboficial, porque estamos a punto de abrir”.

Guerrero avanza temiendo por su vida, pero avanza. Desenfunda su arma y la rastrilla para ingresar al salón de máquinas. Le encienden las luces. No hay nadie. Tito lo guía hasta el baño del gimnasio. Entran. Tampoco hay nadie. Le abren la puerta que conecta a la lavandería. Ni allí ni en los pasillos donde están estacionadas las dos bicicletas y la moto de Frank hay nadie. Aunque se extraña de que esos vehículos no estuvieran unas horas antes, prefiere no hacer preguntas.

“Disculpe, don Tito”.

“Pero le falta mi cuarto, la cocina, el baño de la casa y… el cuarto de mi hija”.

“Mejor fírmeme el cargo”, pide Guerrero.

Mira un video aquí.

Hacia las seis y veinte de la mañana, Cristian llega en un taxi al edificio donde vive, en Collique Sur. Lo primero que le llama la atención  es el carro de la Policía estacionado justo en la puerta, y personas con cámaras y celulares hablando y tomando el lugar. Ingresa y se encuentra al portero algo asustado.

“¿Qué pasó?”, le pregunta haciendo una mueca en dirección a la calle.

“Están en el departamento del señor Manolo”.

“¡¿Qué?!”

Christian llega al último piso y se encuentra a un policía resguardando la puerta y a un par de vecinos curioseando. Le muestra su carnet del Colegio de Abogados.

“Soy el doctor Christian Esteves y represento el legado del señor Rodríguez. ¿Qué ha pasado?”

“Orden de allanamiento, doctor. Adentro está el fiscal”.

Christian se congela, entra en pánico, se agita y gira sobre sus pasos rumbo al ascensor. Casi atropellando al portero, sale rápidamente hacia la camioneta, cuya llave siempre estuvo resguardada en el bolsillo del pantalón que viste desde el día anterior. Enciende el vehículo, y por defecto, la radio sintoniza una estación de noticias.

“Lo que sabemos a esta hora”, narra una mujer, “es que también se están allanando dos propiedades en una zona exclusiva del balneario La Santita, provincia de Collique. Uno de ellos había sido comprado recientemente por la corporación Cruz Dorada, y el otro, como les venimos informando desde el inicio de este noticiero, perteneció al recientemente asesinado Manuel Rod…”

Los latidos y la respiración de Christian se hacen más fuertes, al punto que puede oírlos más que cualquier otro sonido alrededor. Se paraliza. Entonces, suena su celular. El abogado regresa en sí y contesta.

“¿Doctora Salvavera? Buenos días”.

“Buenos días, doctor Esteves. Verá: estamos ejecutando una orden de allanamiento en la propiedad de quien fuera su patrocinado”.

“Sí, me acabo de enterar”, interrumpe muy nervioso, temiendo escuchar algo peor.

“Bueno, sí, se filtró. ¿Podría venir, por favor? Queremos verificar cierto hallazgo con usted”.

“Sí… ahora mismo voy”.

Christian corta la llamada, y trata de tomar aire. Los planes que había diseñado tendrán que modificarse radicalmente. Pero tiene que pensar rápido porque algunos pisos arriba, la Policía puede darse cuenta de muchas cosas.

 “Así es, se trata de un cuadernillo de documentos en los que se registran operaciones de compra-venta de bienes raíces, ejecutada por la Corporación Cruz Dorada, y que se habrían ejecutado de forma aparentemente fraudulenta –repetimos, aparentemente fraudulenta—en gran parte del valle de Colliq…”

“¿De qué documentos hablan?”, se pregunta Christian.

Busca rápidamente en su celular. Pasea y pasea sus dedos hasta que lo encuentra, y comienza a hiperventilarse.

“¡No, mierda ¡La carpeta!!”, Christian comienza a llorar. “¡Manolo reconchatumadre!”

Al fin decide acelerar el vehículo y hacer el camino hacia la finca en doce minutos. Lo mismo: un carro de la policía en toda la entrada, un par de policías a ambos lados de la puerta. Christian nota que no hay nadie más, así que decide pisar el acelerador a fondo y seguir de largo hasta Santa Cruz. Se estaciona frente al portón del AMW, que ya está abierto al público, abre la guantera, saca la pistola y se la acomoda en el cinto disimulándola bajo su chaqueta. Toma aire y baja. Su primera sorpresa al ingresar es que Frank y Adán están atendiendo a la concurrencia. El segundo, al percatarse de su presencia, se le aproxima y lo saluda.

“No vengo a verte a ti sino al negro”, le espeta Christian.

“No sé a cuál negro te refieres”, replica el cuerpo de luchador con un cinismo muy mesurado.

Christian repliega levemente su chaqueta y deja ver el arma por unos segundos.

“Dime dónde está, o esto no va a terminar bien”.

Adán se da cuenta del riesgo y clava la mirada fijamente en el abogado.

“Salgamos de aquí y te diré dónde está”

“No, Adán, ese truco no va a funcionar ahora”.

Al fondo, Frank presiente que la situación no es buena pero prefiere no hacer nada para evitar la alarma entre los alumnos que ya están entrenando esa mañana, y quienes tampoco aspiran tranquilidad en el ambiente. Mientras tanto, Adán insiste en concentrar la atención de Christian en sus ojos caramelo.

“No me iré de aquí hasta que me entreguen al negro”, insiste el abogado.

Entonces, un raro prodigio sucede ante los ojos del muchacho: la piel clara y pecosa de Adán comienza a oscurecerse en tanto que su masa muscular aumenta y se marca más; el marrón claro de los ojos se hace amarillo, y la estatura se eleva un poco más. La ropa invernal desaparece del cuerpo. Christian comienza a jadear e hiperventilarse otra vez, pero intenta conservar la calma, o quizás perderla más: saca el arma del cinto y la pone a quemarropa, o a flor de piel, en todo el medio del masivo pecho masculino enfrente suyo.

“What did you do to me?,” el joven comienza a sollozar.

El hombre transformado no le responde; solo le insinúa una sonrisa. De pronto, siente que alguien se aproxima por su espalda.  Christian hace un giro rápido y se topa con Owen , quien entra al gimnasio. Le apunta con el arma.

“End game”, le sentencia el recién llegado.

Y antes de que el abogado dispare, , un agudo dolor siente súbitamente por el medio de su espina, obligándolo a arquearse y baleando una planta de sábila colgada justo sobre el portón, la que comienza a manar un líquido rojo. Una violenta torsión de su muñeca derecha lo obliga a soltar el arma, y prácticamente con el antebrazo derecho roto, tiene que someterse a alguien que lo inmoviliza desde atrás, girando hasta tumbarlo sobre el suelo, sometiéndolo.

“Qué rico culo tienes”, le susurra Adán en su oído. “Lástima que se lo van a cachar los presos”.

Por ambos accesos a la casa, entran Tito y Pablo, quienes atan las manos y los pies de Christian con cuerdas para evitar su escape.

“Ojalá la Policía no tarde en llegar”, comenta el gladiador.

“Testaferro… Solo has sido un puto testaferro”, rezonga Christian en el suelo.

“Ya está en camino”, avisa Pablo.

“Y tú, mi puto cómplice. ¿Ya les dijiste, suboficial Chira, que tú mataste a Manolo Rodríguez?”, sigue espetando el abogado.

“Tienes derecho a guardar silencio”, le recita el joven policía.

Minutos después, la patrulla se lleva a Christian hasta la comisaría de Santa Cruz, donde el capitán Castro lo recibe junto a otros policías. Tiene el brazo entablillado.

“Usted no va a quedar limpio, comisario: ¿ya le dijo a su personal en qué está involucrado?”

“Llévenlo al calabozo”, ordena el oficial.

“”Usted planificó la muerte de Manolo Rodríguez, capitán!”, grita como enajenado el abogado.

Castro, sí, prefiere guardar silencio; mas bien se soba su propio pecho y regresa a su despacho. Allí sentado con su soledad, por primera vez en muchos meses siente que ya no hay camino hacia adelante, excepto a ser compañero de celda de quién sabe qué maleante. Revisa su celular: su nombre aparece en los papeles que ahora son de dominio público, que lo involucran con Cruz Dorada. En la puerta de la comisaría, se trata de regresar a la normalidad. Un vehículo llega y baja una mujer en traje sastre con una medalla colgada al pecho. Se presenta como una fiscal provincial y requiere hablar con el comisario cuando un disparo se oye. Todo el mundo se asusta, algunos se cubren. Solo uno rastrea el sonido y va comisaría adentro.

“¡Traigan una ambulancia urgente!”, comienza a gritar. “¡El capitán está herido!” 

sábado, 3 de diciembre de 2022

ASS (55): Todos tus secretos están seguros

Un policía se ofrece a cubrir las espaldas de Julio.



Solo para relajarse, Julio emplea las últimas horas de ese martes para jugarse un partido de fulbito con algunos amigos de san Sebastián. Sabe que nunca es bueno irse a la cama de mal humor. Mete un par de goles y queda satisfecho. Termina el encuentro. Está sudoroso y más oxigenado.

“50 años y como si nada”, le comenta alguien”.

“¡Damián!”, se regocija Julio al voltear y ver al hombre en sus 30, algo cuerpón pero evidentemente fuera de forma, quien jugó en el equipo opuesto aquella noche. El short que se puso no disimula su redondo culo ni sus gruesotas piernas. “¿Cómo va la comisaría?”, le pregunta.

“Bien, aunque hay una nota que te quiero comentar”.

“Hablemos”, sonríe Julio.

“No aquí”.

En menos de diez minutos, ambos llegan al departamento de Damián, en el centro de san Sebastián.

“¿Agua, jugo, chela?”, ofrece el anfitrión.

“Agüita nada más… Aunque ahorita lo que extraño es la ducha de mi casa”.

“Si quieres, puedes ducharte aquí”, ofrece Damián. “Mi señora no está, por si acaso; recién esta noche regresa de Trujillo”.

Julio se lo piensa: ¿será buena idea ducharse en el departamento del policía? Por otro lado,le incomoda su cuerpo pegajoso debido al sudor.

“espero que no te asustes de verme calato”, bromea como sondeando al efectivo, quien se sonríe.

“No sería mala idea verte calato, así sé qué marcas ocultas tienes si debo identificar tu cadáver”.

“Pues… una vergota”, responde Julio.

Ambos ríen.

Pasan al dormitorio y se quitan toda la ropa.

“La fiscal le tomó declaración al mototaxista que se accidentó el lunes de mañanita y el pata  le dijo que había recogido al tal Paco en tu parcela. Tranquilo. Esto no es un interrogatorio ni quiero sacar provecho, capitán. Simplemente quiero anticiparme  a lo que la fiscal pueda hacer mañana porque quiere investigar la ruta”.

“Y habiendo tanto caso por resolver acá, ¿por qué la fiscal quiere investigar ese caso en particular?”

Damián ya se ha quedado desnudo del todo: su cuerpo tiene un fino tapiz de vellitos en el pecho y el culo; las piernas y en especial la zona púbica sí parecen un bosque sin podar. Julio también ya se ha quedado en cueros, mostrando su cuerpo atlético, aún en forma, y su largo pene dormido descansando sobre sus grandes huevos.

“Ni idea, capi… me dijeron algunos colegas que ella y el tal Paco son amigos pero no me consta”.

Damián entrega una toalla a Julio.

“Tú primero”.

“Y… ¿por qué no los dos juntos? Digo… como que seguimos conversando”.

Damián sonríe:

“Por mí no hay problema”

Revisa aquí qué le pasó a Paco.


 La ducha es estrecha, pero tiene algo que no tiene Julio en casa: agua caliente. Los dos disfrutan el baño con el inevitable roce de pieles como consecuencia. Julio trata de concentrarse en otra cosa para evitar que se le pare el pene; ya intuye en qué va a terminar esa vaina.

“¿Cómo crees que el tal Paco fue a dar a tu parcela?”

“Ni idea, Damián; yo no tengo confianza con él”.

“¿Y no tendrá confianza con el tal edú, que es tu amigo? Para nadie es secreto que Paco tira con todos los patas de San Sebastián y que Edú también ha sido medio promiscuo”.

Julio medio sonríe:

“¿Tú también te has cachado a Paco?”

Damián no se anda con complejos:

“sí, y casi me descubre la mujer. El huevón debe tener las paredes del ano muy débiles porque aguanta bien, disfruta, pero sangra como mierda”.

Esa confesión pone a Julio menos tenso:

“¿en serio sangra por el culo?”

“Pensé que lo había sacado de pito, pero recordé que cuando le sopeé el ano, noté que ya tenía su uso; entonces me dije que yo no le había ‘quitado la virginidad’”.

Ambos ríen.

“¿Qué hiciste?”, pregunta Julio simulando ignorancia.

“Caballero, a lavar la sábana a las doce de la noche y rogar que se secara para la mañana siguiente… pero, no me has respondido: ¿será que conocía al tal edú?”

“No sé… Edú ya no trabaja conmigo; se fue hace un par de semanas; no me dijo por qué, solo que se iba y desde entonces no sé nada de él”.

“Puta madre”, reacciona Damián. “Porque Edú era la mejor explicación de que Paco haya aparecido en tu parcela”.

“¿Seguro que no me estás jalando la lengua, Damián?”

El policía sonríe:

“Nada que ver; ya te dije: quiero minimizar impactos. Como tú pienso que el caso no da para tanto, pero no quiero que esto termine siendo un lío para ti”.

“¿Y por qué tu interés en que no me perjudique?”

Damián suspira, pone su mano en el pene de Julio y comienza a masajearlo.

“Porque no te lo mereces”, responde Damián con seguridad.

Ambos se miran directo a los ojos. Se sonríen. Julio se deja de cosas, estrecha al policía con un abrazo y le aproxima su boca. Se besan. Luego de eso, Damián se las ingenia para arrodillarse en la estrecha ducha y comienza a mamar la verga a Julio. Qué rico es chupar esos 18 centímetros que se vuelven a poner duros como roca.

¿es cierto que el culo de Paco sangra mucho cuandole meten pene?


Sin secarse, ambos se tiran a la cama. Se revuelcan. Julio besa el cuello, las tetillas, levanta las piernas a Damián y revisa entre las nalgas.

“Tampoco eres virgen, carajo”.

“¿Te jode?”

“No… me excita más”.

Julio se agacha y comienza a hacer un beso negro que arranca suspiros viriles a Damián, quien comienza a autocomplacerse masajeando su pinga gorda y venuda, unos 16 centímetros quizás, que elimina líquido preseminal en cantidad.

“¿Tienes condones?”, consulta Julio.

Damián abre como puede un cajón de su mesita de noche, le alcanza un paquetito a Julio, y con esa misma mano, trata de ordeñar un poco de su precum para untarlo en su ano.

Julio, con su pene ya forrado por el látex, comienza a penetrarlo. La entrada es sencilla. Damián sigue gimiendo y gruñendo virilmente mientras siente que se lo cachan por el culo.

Julio se apoya encima del policía y le hace el amor de una forma gentil. Ambos se besan en la boca. El ex futbolista no entiende por qué esta sesión de coito anal parece ser diferente a las otras que ha vivido, siempre como el activo. Así que solo disfruta.

A los cinco minutos cambian de pose: esta vez Damián cabalga a Julio. El policía también es cuidadoso para que su sobrepeso no mate toda la pasión, y se mueve rico, aparte que pone un rostro de arrecho, nada que ver con su gesto duro de policía.

“Tírame tu leche en la cara”, pide Damián.

“Todavía no las voy a dar”, sonríe julio.

“No importa”, suspira el policía, quien comienza a masturbarse cada vez más fuerte, más fuerte, más fuerte. “¡A la mierda!”, ruge. Su semen se dispara sobre el abdomen de Julio.

el ex futbolista siente que el ano de Damián comienza a oprimirle el pene, así que se lo saca y le cumple la fantasía. Se pajea y dispara todo su esperma en el rostro de Damián, quien se lo saborea.

Ambos vuelven a ducharse.

“espero que esto no trascienda de tu depa”, advierte Julio.

“Todos tus secretos están a salvo conmigo”, tranquiliza Damián. “A mí tampoco me conviene que se sepa que recibo pene como si nada”.

Julio sonríe:

“entonces… te contaré toda la historia…”

Y para terminar, te dejamos con una porno gay.


jueves, 19 de julio de 2012

La Parcela (10): Un rostro familiar

Ya en Piura, con mucho esfuerzo, Nando y Jano bajaron el mini-gimnasio de una habitación del segundo piso, lo aseguraron con cuerdas a la olla de la camioneta y lo cubrieron con un trapo. Las barras y las pesas estaban dispuestas sobre el suelo de la cabina del vehículo.
La cincuentona madre de Jano no cesaba de advertir precaución.
-         Tranquila, vieja. Ya hice esto antes.
Nando apenas si abrió la boca para saludar y casi mascullando.
Era como las siete y media de la noche cuando acabaron de hacer todo el embalado.
-         Nando, no te vayas. Mi vieja te está invitando para cenar.
-          Estéee… mira, la verdad te agradezco… pero quisiera ver a mi viejita ahora. ¿A qué hora salen mañana?
-          Quedé con David a las seis. ¿Por dónde te recogemos?
-          Yo te vengo a ver aquí.
-          Pero, puedo pasar por tu jato.
-          ¡No! Es decir, no. No es necesario; además, tienes mucho peso.
-          Bueno, como quieras.
Nando decidió salir por la puerta de servicio hacia una hermosa calle arborizada y pavimentada. Era uno de los barrios residenciales más elegantes de Piura, lleno de arquitectura funcional donde se privilegian los jardines y las cocheras.
Apenas Nando dobló la esquina, cuando se topó con un hombre de unos cuarenta años, vestido con un polo de rasgos étnicos, un jean y unas sandalias.
-         ¡Benny! ¿qué haces por acá? No me digas que… ¿visitando clientes?
-          Nada de eso. Vine a ver a un pata.
-          Vaya. Se nota que has subido de status.
-          Bueno, tengo que irme. Cúidate.
-          Oye. La Lito está buscando alguien para un show en vivo. Ya tú sabes. Su estrella anda por Chiclayo.
-          Ah, qué bien. Ya, yo lo llamo de aquí.
Cortante, Nando dejó a su interlocutor, y caminó hasta el límite de la urbanización, donde ya pasaban mototaxis. Tomó uno.
-         ¡A santa Leticia, brother! ¡Tres luquitas, pe!

A casi 100 kilómetros, Raúl era el último en cenar. Tomó su plato, lo lavó, y se puso a caminar alrededor de la casa. Pancho, Wilfredo y Gabo estaban en sus cuartos, y Jerry, luego de la cachada de ese atardecer, se había quitado al pueblo.
Cuando decidió regresar al cuarto, Pancho estaba sobre su colchón, cubierto de la cintura para abajo, boca abajo, leyendo un libro. Raúl se desnudó, jaló su sábana, se recostó de lado, y se dispuso a dormir. Quería olvidar la impresión que le causó la amplia y musculada espalda de su compañero de cuarto.
-         Raúl, ¿estás molesto por lo que pasó hoy?
El aludido giró.
-         ¿Lo de hoy? Ah, sí. No, la verdad no. Aunque, a decir verdad, me estuve preguntando algo.
-         ¿Como qué¿
-         ¿Tú… eres gay?
-          Sí, lo soy. Moderno.
-          Igual. Y ¿no te da palta… decirlo?
-          No. Mas bien, mira, vamos a convivir juntos, así que te prometo respeto.
-          Igual. Gracias.
Ambos se sonrieron. Entonces, Raúl giró a su posición inicial, y –ahora sí- se dispuso a dormir.
Pancho se quedó contemplando la espalda esbelta de Raúl, y tratando de digerir esa extraña sensación que tenía. Cerró su libro, decidió no darle importancia, y se levantó a apagar la luz. Antes de quedarse a oscuras, volvió a ver a su compañero de trabajo.
Segundos después, se hizo la penumbra. Apenas Pancho se echó, su pene se puso al palo, otra vez.

En una barriada de Piura, en una casa de pared de ladrillo sin enlucir, la puerta sonó, y una mujer cuarentona salió a atender.
-         ¡Nandito!
-          Má, ¿cómo estás?
-          Bien, hijito, ¡entra! . ¿Y tú?
-          Bien, má.
-          ¿Y tu trabajo?
-          Vinimos a dejar unas cosas, y mañana nos vamos tempranito.
En eso salió un chico más joven, pero igual de atlético que él: su primo Paul. La madre de Nando fue corriendo a la cocina a servirle cena.
-         ¿qué tal la chamba?
-          Bien. Todo va como pensé.
-          Oye, no es por preocuparte, y quizás tu vieja no te diga nada, pero ha llegado un recibazo de la luz.
-         ¿Cuánto?
-          No sé, pero es el recibo amarillo. Creo que hay deuda del mes anterior. Ahí está.
Paul le señaló la repisa bajo el espejo que colgaba junto a la puerta. Nando desdobló el papel.
-         Paul, ¿tienes crédito en tu celu?
-          Pa’ mensajes.
-          Ya. Yo te pago a fin de mes. O… de aquí, si todo sale bien.
Nando mensajeó algo.

Al otro lado de la ciudad, en su residencia, Jano y su madre conversaban sobre la parcela.
-         ¿Y ese chico trabaja contigo?
-          Sí. Nando. Estudia Agronomía.
-          ¿Sabes que su cara me es familiar?
Jano la miró extrañado, y por un momento alucinó situaciones nada santas para una mujer fanática de grupos de iglesia y obras de caridad.
-         Tiene la cara de alguien, pero no sabría decirte. Por cierto, los dos tienen los ojos claros.
 Coincidencia, ¿no?

A eso de las diez, el claxon de una moto pitaba fuera de la casa de Nando.
-         Paul, vieja, ya vengo.
-          ¿Adónde vas Nandito?
-          Tranquila. Vengo al toque.
Cuarenta y cinco minutos después, Jano llegaba a una residencia a dos calles atrás de la suya, llevando una botella de vodka.
-         Feliz cumpleaños.
Jano y un chico delgado, algo ebrio, se daban un abrazo.
-         ¡Adelante!
Adentro, otros cuatro hombres departían animadamente, mientras de fondo se oía algo de Fangoria y Cindy Lauper. Jano casi no bebía, pero conversaba muy divertido con ttodos ellos.
Pasaron unos minutos después de las once de la noche, cuando el timbre sonó. Uno de los invitados fue a atender. Y regresó de inmediato con una noticia que puso a todos en alerta.
-         Chicos, estamos en problemas.
Tras de sí, un muchacho alto y fornido con uniforme de policía neoyorkino (gorra y anteojos oscuros incorporados) entraba blandiendo una vara de control, al estilo George Michael. Era blanco, de brazos velludos y cabello teñido de rubio.
-         Los vecinos se están quejando de la bulla. ¡Yo vengo a poner orden!
De pronto, comenzó a sonar música electrónica, y el policía fue paseándose frente a los invitados, golpeándose una de las manos con la vara, hasta que súbitamente comenzó a  ejecutar una performance al estilo Van Damme, mientras se quitaba la camisa, descubriendo su tórax velludo, pero labrado por el gym, además de un par de tatuajes en el pectoral y el hombro izquierdos. Apenas se desanudó la corbata. Luego se aflojó su cinturón, y simuló una autoflagelación.
La concurrencia comenzaba a dar grititos de aliento
De un tirón, se despojó del pantalón, y se quedó en un hilo dental azul, que le resaltaba el paquete y dejaba al descubierto sus enormes nalgas, tan velludas como sus piernas.
Vestido con gorra, anteojos, corbata, interior y botas, se acercó al cumpleañero, le cogió de ambas manos y se las llevó a los extremos de su interior.
-         ¡Jala!
El muchacho delgado lo hizo, y el policía se quedó en pelotas frente a todos.
-         ¡Que la chupe, que la chupe!
El policía lo invitó al centro de la sala, hizo que se arrodillara y comenzó a sobarle su verga por su cara, hasta lograr que se le parara.
-         ¡Chúpamela!
El chico lo miró, miró a los invitados.
-         ¡Chúpala!
Ante tales muestras de aliento, comenzó a saborear el pene de la autoridad, mientras la concurrencia no cesaba en la fanfarria. Jano sólo sonreía, mirando hacia el rostro y los tatuajes del policía, quien, tras un tiempo, puso en pie a su felador, lo hizo dar media vuelta, y comenzó a quitarle el polo, le bajó el jean, le bajó el bikini, y comenzó a sobarle su dura verga entre sus nalgas, a medida que le besaba el cuello y le mordisqueaba las orejas.
-         ¿quieres que te la meta?
-          Sí.
El policía sacó un condón de uno de los bolsillos de su pantalón, que estaba sobre el suelo, se lo puso, hizo que su compañero ocasional se apoyara sobre la mesa de centro de la sala, le escupió en el ano y comenzó a meterle su falo.
El alcohol hizo que los otros invitados gritaran enloquecidos, mientras que Jano no dejaba de sonreír, aunque más que ver la penetración en vivo, observaba el gesto del policía.
El cumpleañero se aisló de su concurrencia y disfrutó el sexo más que la torta de cumpleaños, el trago o el par de tiros de cocaína de más temprano. Los presentes podían ver el miembro que trabajaba como pistón entre las nalgas del homenajeado.
Unos diez minutos después, el policía puso un gesto de máximo placer, sacó su verga, le quitó el condón, y disparó su semen en la espalda del pata.
El respetable aplaudía ruidosamente.
Terminado el coito,  se volteó a ver al complacido chico, le dio un beso en la boca, mientras las gotas de semen resbalaban hacia la raja del culo.
-         ¡Feliz cumpleaños!
Tras ello, hizo una venia, tomó su ropa y se fue, aún con el pene crecido, aunque flácido.
Jano se levantó y fue ttras el policía, pero otro de los invitados lo retuvo para pedirle unos números de celular, que tardó en encontrar.
Cuando ganó la calle, vio a dos patas alejarse en una moto lineal.
El hombre cuarentón lo halló en la puerta.
-         Buenazo el espectáculo del Benny, ¿no?
-          Sí, buenazo. Ya me voy. Me despides de todos.
Jano se fue de inmediato a casa, hablando solo.
-         Era Nando. Juro que era Nando.

(CONTINUARÁ…)

©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 14.3: Persecución


A mitad de esa semana, a vísperas de cumplirse dos desde la última vez que se supo algo de Roberth, Rico va manejando su auto por una atestada avenida del centro a las siete y media de la noche, cuando nota mediante el retrovisor que dos personas en una motocicleta manejan por un carril incorrecto, justo de su lado. El conductor del vehículo parece muy fornido.

“Estos hijos de papá creen que las pistas les pertenecen”, se dice mientras una salsa suena en el equipo de sonido.

Dobla hacia una calle a la derecha, y nota que los dos sujetos siguen tras él en el mismo lado. Su sentido de alerta se activa. Busca espacios libres y maniobra el auto para ponerse en un lugar que considere más seguro.

“¿Por qué mierda no van a derecha?”

Coge su celular, mira a la pista, busca una aplicación, mira al retrovisor.

“Puto GPS, actívate”.

Mira la pantalla: hay una esperanza. Violando la regla de no adelantar, acelera un poco, dobla a la derecha por una calle más estrecha, se quita el cinturón y se estaciona frente a una comisaría. Baja corriendo y entra al precinto, muy azorado:

“Quiero denunciar que alguien me está siguiendo”, dice al policía que casi lo detiene en la entrada.

El efectivo lo reconoce:

“Adelante, señor”.

Rico repite el relato frente  a un segundo policía que toma la denuncia.

“Vamos por partes, señor. Su nombre… real, por favor”.

“Luis Ricardo Durán Rodríguez”.

“edad… real, señor”.

“Veinticuatro”.

“¿Documento de identidad?”

“Estoy tramitando mi carnet de extranjería”.

El policía ingresa los datos en una computadora.

“¿Profesión u ocupación?”

“Modelo”.

“¿Porno?”, sonríe irónico el policía.

El celular de Rico comienza a vibrar, lo saca. Es un alerta de mensaje, pero la ignora.

“Entonces, cuénteme qué pasó”.

“Le acabo de decir que dos sujetos venían siguiéndome en una moto. Iban por un carril prohibido. Vestían traje anti-abrasiones y cascos cerrados”.

“¿Cómo puede asegurar que lo seguían? ¿Pudo identificar a alguno de los sujetos?”

“La verdad no, le soy honesto; pero por la apariencia, uno de ellos podría ser Darío Echenique”.

El policía resopla y se recuesta en el respaldo de su silla:

“Señor… Durán: entenderá que no puedo basarme en… suposiciones”.

“Pero usted me está preguntando…”

“Además, señor, ¿qué no me dice que esto no es más que una maniobra publicitaria, de las que ustedes acostumbran hacer?”

Rico siente que no tiene futuro en esa comisaría:

“Gracias, oficial. Perdone que le haya quitado tiempo”.

Mientras sale, revisa el mensaje que le había entrado. Un muchacho de hermoso cuerpo musculado, desnudo, aparece en su pantalla.

“¿Y ése quién es?”, le pregunta alguien a su costado.

Rico se asusta: es el policía que lo recibió en la puerta.

“Ni idea”, le dice.

“¿Aún estás haciendo audiciones?”, le consulta el uniformado, con disimulo.

“Sí. ¿Conoces a alguien mayor de edad, así como ese chico?”

“Creo que sí. ¿Puedes darme tu número?”

 


Al salir de la comisaría, Rico llama al aspirante a modelo que lo ha contactado. Quedan en encontrarse en un parque a media hora conduciendo, donde va a recogerlo. Mira a ambos lados y da un gran rodeo en la ruta fijándose en los retrovisores, de forma compulsiva. Nadie lo sigue ahora. ¿Pudo ser simple susto? Llega con diez minutos de retraso debido al tráfico, baja de su auto y comienza a caminar por una de las veredas interiores hasta que vea un chico solitario, muy parecido al que vio desnudo en la foto que le enviaron.

“¿Mauricio?”, pregunta Rico.

“Sí”, le contesta el muchacho, sin ocultar sus nervios. “Hola”.

El productor de videos porno se sienta a su costado.

“Respira, Mauricio. Todo va a estar bien”.

Rico pone su mano izquierda en el enorme y firme muslo derecho del aspirante.

“¿es la primera vez que haces casting?”

“Sí. ¿Cuánto tiempo demorará?”

“Media hora, una hora. Depende. ¿Cuántos años tienes?”

“Veinti… cuatro”.

“La edad que me dijiste por mensaje. ¿Te parece si vamos a donde te haré la audición? Tengo el auto cerca”.

“Claro”, le responde Mauricio, todavía nervioso.

Ambos se ponen de pie y comienzan a caminar por la vereda. A los lados el follaje está alto y el alumbrado público no es muy potente. No dan ni cinco pasos cuando algo suena del lado de Mauricio, quien se aleja. Al reaccionar Rico, ve que Darío se le acerca vestido con un traje anti-abrasiones y le apunta con una pistola. Un disparo suena, ahogado por el tráfico circundante. De inmediato, dos personas fugan a toda velocidad montadas en una motocicleta.