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sábado, 9 de abril de 2016

La Agencia (17)

Por Hunk01

 

Tres meses después de ese viaje a Lima, Rodrigo viajó a Miami para asistir a la presentación de la novela. Al mismo tiempo, la sesión de fotos que Raúl hizo desnudo, erecto, masturbándose y eyaculando salió en una revista gay. Fueron casi 30 fotos seguidas de las que hizo Rodrigo, vestido en traje de cowboy, el que se fue quitando de apocos conforme se pasaba las páginas: camisa desabotonada, camisa abierta, sin camisa, quitándose el cinturón, desabrochándose el estrecho jean, bajándoselo, jugando con su cuerda en ropa interior suelta, bajándose la ropa interior, sin ropa interior pero cubriéndose con el sombrero, mostrando el culo, de frente y sin cubrirse con el sombrero, comenzándose a masturbar, excitado, disparando su semen sobre su abdomen de tabla de lavar.

La reunión se hizo en un hotel discreto en Miami Beach, donde Rodrigo fue el centro de atención. Durante la fiesta, se prostituyó con dos mujeres al mismo tiempo y un varón; por eso, casi ni se le vio en la celebración. Cuando terminaba de atender a su último cliente, y mientras se quitaba el condón, recibió una oferta inesperada: hacer un par de escenas porno straight. Se lo contó a Raúl.

-          Si te sientes cómodo con la escena y la oferta, hazlo. Pero si tienes dudas, piénsalo bien.

-           ¿Qué es lo peor que podría pasarme?

-           Bueno, famoso ya eres. En todo caso, que la actriz tenga alguna infección en su vagina o hasta VIH y te lo contagie.

-           Puta. Mi primera escena en la novela fue metérsela a pelo a la vedette.

-           Hazte la prueba. No es complicado. Si quieres te acompaño mañana a una clínica  en Key Biscayne donde tengo un médico de confianza.

Era la primera vez que Rodrigo se practicaba un ELISA. Las palabras del médico, si bien despejaron sus temores, no redujeron su inquietud. Raúl se lo llevó a comer (aunque Rodrigo ni probó bocado), y cuando regresaron… el resultado fue negativo: estaba sano.

Tres días después, viajó hasta Fort Lauderdale donde estaba la locación para sus escenas. La primera la hizo con una chica flaca y rubia que todo el tiempo gritaba “fuc me, fuck me”. A pedido de Rodrigo, se usó condón. Le pagaron menos, pero se sintió más seguro. La segunda escena fue… ¡con su amiga, la vedette! Casi no podían grabar porque se la pasaron riendo a carcajadas por las bromas de la experimentada mujer. Debido a que la mayor parte del equipo no hablaba castellano, ella decía cosas chistosísimas, mientras abría las piernas, que solo eran celebradas por su compañero de escena y algún técnico.

En el mes que Rodrigo se quedó en estados Unidos, visitó también Los Angeles, Boston y Nueva York. En todos los sitios tuvo uno o dos clientes que lo buscaron para prostituírlo y en Hollywood hizo una escena porno straight y otra gay, lo que le permitió tener un contrato por todo ese año para trabajar en un estudio que acababa de lanzarse. Su nombre straigt era Ultimate Juan, y el gay era Latin Jean.

Cuando la novela ya estaba al aire, mejor dicho disponible en el cable y sin censura, regresó al Perú. Tenía dos maletas de más respecto a la única que llevó de viaje. Al abandonar la salida internacional del Jorge Chávez, sintió que algunas miradas se clavaban sobre él. Se puso sus lentes oscuros (a pesar del cielo gris limeño) y salió a buscar un taxi. Al llegar al hotel, tomó una larga ducha y se acostó desnudo mirando al techo para ordenar su vida. No perdió mucho tiempo y fue a un banco a depositar el dinero extra que había traído gracias a la prostitución y la pornografía. Se prometió no cometer el mismo error de unos meses antes. Comenzaría a ahorrar.

Dos días después aterrizaba en Piura. Uno de los controladores de la línea aérea se lo quedó mirando con lascivia. Rodrigo le sonrió y siguió su camino. Obvió a los taxistas y se fue de frente al encuentro de su primo Carlos, a quien había encargado su departamento.

-           ¿Cómo quedó Piura?

-           Piura bien. Cuando se enteren que regresaste, será la jarana completa.

-           ¿A qué te refieres?

-           Hace como cuatro o cinco noches, unas tías fueron a rezar el rosario frente al edificio. Pensé que era una novena o esas huevadas, y no. Estaban rezando contra la perdición de la juventud piurana.

-           Jajaja. No me digas que soy el antihéroe de turno.

-           Opacaste a un alto gerente municipal que está acusado de malversación de fondos.

-           Somos una sociedad bien mierda, Carlos: apedreamos al que se calatea, absolvemos al que se cubre.

Al llegar a la puerta del edificio encontraron varias estampitas de san Judas Tadeo y María Auxiliadora regadas en el suelo. Rodrigo sonrió y subió.

-          La señora que meses antes gritó cuando Rodrigo salió desnudo tras Lugo lo vio y se persignó. Rodrigo no pudo guardarse una sonora carcajada. “Satanás ahbita aquí”, se oyó a lo lejos.

Rodrigo puso las cosas sobre su querida cama. En ese instante, tocaron el timbre de su departamento. Era el casero.

-           Joven, qué tal. Mire, hace unos días vino una pareja de esposos y están buscando departamento. Me ofrecieron una buena cantidad, y me preguntaba si… ahora que usted es famoso… si va a seguir ocupando este departamento.

-           ¿Me está desalojando? Mi contrato vence en cuatro meses aún.

-           Ehhh… no, no… es que…

-           ¿Cuánto le ofrecieron de más? Puedo pagárselo.

-           No, no… no es eso… es que…

-           ¿es que no quieren como vecino a un actor porno? ¿es eso?

-           No, joven… mire, no es por mí, pero los vecinos me dijeron….

-           Entiendo. Mire, déjeme organizar mis cosas y conversamos bien.

-          Cuando Rodrigo cerró la puerta, se fue a sentar tranquilamente en su sofá. Carlos, quien vio toda la escena, le palmeó el masivo bíceps.

-           Lo siento, primo.

-           No. No lo sientas. Me dejaré derrotar para poder vencer.

-           ¿Qué dices?

-           Dejaré el depa. ¿Sabes si algún empresario en quiebra está vendiendo su casa de playa?

-           Pues… tu viejo.

Rodrigo miró extrañado a Carlos.

-           Por favor, averigua a cuánto la vende. Esa casa estará más segura en mis manos que en las de un extraño.

-           Pero tu viejo no te quiere ver. Es más, después de la novela y esas fotos, ya ni sale a la calle. Dice que se irá a Lima.

Rodrigo respiró profundamente y se quedó en silencio largos minutos reflexionando lo que iba a decir y hacer. Tomó su celular y llamó.

-           It is about my contract. I’m wondering if you would be interested in producing the videos here in Peru. I can get a place.

Rodrigo colgó. Carlos ahora era quien miraba extrañado.

-           ¿Qué vas a hacer?

-           ¿es complicado crear una empresa?

-           No mucho; solo necesitas dinero y papeles y…

-           Porfa, necesito armar una empresa que le alquile la casa a mi viejo, con opción a comprarla. Aparte quiero para mí la casa de playa.

-           Rodrigo, pero es una inversión fuerte.

-           Los gringos tienen plata.

-           Pero, ¿y tu viejo?

-           Serás mi testaferro. No me mires así: todo será legal. ¡Quiero que todo sea legal!

-           Bueno, Rodrigo… siendo así… OK… entiendo… Creo…

Rodrigo se levantó y abrazó fuerte a su primo Carlos.

-           He cambiado. Ahora sé cómo orientar mi ambición.

-           Oye, con todo esto, olvidé decirte que me casaré en dos meses.

-           ¿Por qué tan pronto?

-           La cojuda no se cuidó.

-           Los dos cojudos no se cuidaron, je. Ya tengo tu regalo de bodas, entonces.

-           Ay, Rodrigo. Mientras no sea una curvilínea saliendo calata de un pastel…

-           No. Mejor que eso. ¡Mucho mejor que eso! ¡Este departamento!

 

(continuará)

 

© 2016 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares y situaciones es pura coincidencia.

martes, 3 de enero de 2023

Ser Rafael 20.2: Ahora sí se lo que tengo que hacer


No sabía qué hacer.

Elena me abrazó.

“¡Rafo!”

Volteé.

Era… el otro hermano de Josué.

“Mi hermano salió en la moto”.

“¿Sabes a dónde fue?”

“No, pero se fue en la moto. Le dije que no, pero el muy cojudo se fue solo”.

El hermano de Josué me guiñó un ojo y sonrió levemente.

“OK. Gracias”.

Miré a elena en silencio.

Entonces, até cabos.

“¡Al Terminal de Castilla!”

Mi hermana me miró extrañada.

Diez para las dos de la tarde.

Llegamos.

El terminal estaba atestado de gente que salía, esperaba y llegaba.

“Toma esto”.

Me quité el saco del frac y se lo di a elena. Me desaté la pajarita y la guardé en uno de los bolsillos de mi pantalón.

“No, Negro, lleva el saco. Necesitas abrigo”.

“¿Ya sabes lo que tienes que hacer, Zamba?”

“Sí. ¿Tú sabes lo que debes hacer?”

“Sí. Ahora sí lo sé”.

“Listo. Aquí te dejo. Que Dios te proteja”.

Me dio un beso en la frente, y se fue.

“¡Zamba! Perdóname”.

“No, Negrito. Estoy orgullosa de ti”.

Abordé un bus.

Cuatro y media de la tarde.

Por fin llegué a la casa de paredes blancas y tejas rojas, luego de bajarme en la plaza de Canchaque, ir cuesta arriba, esquivar tres o cuatro perros bravos, aguantarme las miradas cuestionadoras de los pobladores, y hallar que la puerta… tenía candado.

Me senté en la vereda.

Miré al cerro Mishawaka.

¿Había decidido correctamente?

No pude más.

Me hice un ovillo, poniendo mi cabeza sobre mis rodillas y lloré amargamente, fuerte, como para que la cordillera circundante me escuchara, como para que la quebrada se detuviera, como para que algún ave bajara a consolarme aunque sea picotazos, como para que… una motocicleta se acercara y detuviera.

Alguien descendió.

Levanté mi mirada.

“Carajo, Rafo. ¿Qué parte de ‘no nos veremos hasta después de tu viaje de bodas’ no se entendió?”

Me recuperé tan pronto como pude. Enjugué mi rostro.

“Ya no habrá viaje de bodas”, dije.

Josué se acercó a mí. Comenzaba a emocionarse (conocía ese gesto a leguas).

“¿Y… Laura?”

“No. No vine por ella. Vine por mí”.

“¿Para qué?”

“Para no cometer el mayor error de mi vida”.

Josué se terminó de sorprender y estuvo a punto de quebrarse.

“Y… ¿éstas son… éstas son formas de venir?”

Sonreí con mi rostro nuevamente bañado en lágrimas.

“¡Yo también te amo, Josué! ¡Yo también te amo!”

Me levanté de un salto, fui hacia él. Lo abracé.

Él también me apretó fuerte con sus brazos.

Lloramos de alegría, juntos.

¡Juntos!

Como siempre debió ser.

Y la cordillera se hizo el más bello paisaje al atardecer, y las aves trinaron como nunca, y la quebrada bailó hermosa entre las rocas como jamás se vio… y la moto casi se saca la mugre por no asegurarla bien.

“Rafo, ¿te parece si tomamos un baño?”

“¿Tan mal huelo?”

Josué se rió.

“Necesitamos remover todo el pasado. Es hora de comenzar algo distinto, juntos”.

“Y luego tendremos que preparar la cena juntos, ¿no? Me muero de hambre”.

Volvimos a reírnos.

Nos besamos con intensidad y ternura.

Ah. Esos primeros planos siempre me han fascinado, aunque los protagonistas sean del mismo sexo.

El sol comenzaba a ocultarse.


domingo, 12 de junio de 2022

ASS (32): ¿Es seguro mamar pinga en un bus?

Bartolo es tan arrecho que puede tener un sexo tan romántico como arriesgado.

    
 

Suena una alarma en la oscuridad de la madrugada y Bartolo se despereza bajo sus cobijas. Al estirarse, siente un calor en su espalda y de inmediato un cuerpo atlético desnudo como el suyo; entre sus nalgas, el gran pene erecto de Marcano.

“Ya son las cuatro: levántate”, le dice en su oreja justo antes de besarle el cuello.

“Cinco minutos más”, ruega Bartolo sintiendo que su pinga también se pone erecta.

“Perderás el bus a Piura, y luego tu bus a Chiclayo… vamos a bañarnos”.

Bartolo gira bajo las cobijas, abraza a Marcano y le da un beso en la boca mientras pega todo su cuerpo desnudo, en especial ambas pijas al palo.

“¿En serio quieres que viaje y perderme un fin de semana cachando contigo?”

“Amo tu boca, tu verga y tu culo, vale; pero el transporte no espera”.

“Cachemos al toque, ¿sí, chamito?”

Marcano sonríe en la oscuridad, besa de nuevo en la boca a Bartolo, se acuesta encima; ambos comienzan a acariciarse. Marcano mueve su cadera estimulando ambos falos al mismo tiempo. La cobija se corre un poco. Le besa el cuello de nuevo, luego le chupa bien ambas tetillas, baja por el lampiño vientre, besa el vello púbico rasurado y comienza a chupar el pene mientras con una mano juega con los testículos y con la otra, aprovechando que Bartolo está abierto de piernas, va hasta la raja entre ambas nalgas duras. Para ayudarlo, bartolo eleva las piernas. Marcano se moja uno de sus índices con saliva y comienza a masajear el ano de su amante, muy suave, muy tierno.

La chupas bien rico, chamito… también te la quiero chupar”.

Marcano sonríe nuevamente, se incorpora por un instante y cuidadosamente se arrodilla en sentido opuesto. Ahora que están haciendo un 69, Bartolo también puede acariciarle testículos, nalgotas y estimular el ano mientras le chupa el pene.

Pero bartolo va un paso más allá. Como sea hace que el ano de Marcano quede a la altura de su boca y le hace un beso negro.

El venezolano comienza a rozar su largo y grueso pene contra el medio de los dos pectorales de Bartolo; adicionalmente, usa una de sus manos para masturbarle el pene como queriendo apurar algo y lo consigue.

“Voy a eyacular, chamito. ¡Se me viene la leche”!

Pero Marcano parece no hacer caso. Siente que el semen le inunda la boca. Se lo traga. Tras la sesión sexual, ambos se bañan juntos.

“Hiciste trampa, chamo. Se supone que los dos debíamos eyacular juntos”.

“Me estoy guardando para esa escena de sexo esta noche: ya sabes que con esa plata, podemos hacer todo lo que habíamos planeado”.

Bartolo sonríe en el estrecho cubículo de mayólica; acaricia la mejilla de Marcano:

“Lo sé, chamito. Solo recuerda que no debes arriesgar tu salud. Ya sabes lo que pasó con…”

“Sí, y el muy estúpido no quiere dar la cara”.

“Pero tú me aseguraste que contigo siempre usó condón, ¿no?”

“Conmigo siempre usó condón porque se lo exigí, pero no sé si con el resto”.

Casi volando y con su mochila de viaje  a la espalda,Bartolo baja las escaleras y se detiene en el pasillo del segundo piso. Toca una puerta. Sale Eliezer ya vestido secundado por Sandro quien se cubre sus genitales con una toalla y se detiene justo debajo del dintel. Saluda coquetamente.

“Pensé que te quedaste dormido”, sonríe Eliezer.

“Perdona”, se sonroja bartolo.

Sandro vuelve a meterse a su cuarto, y así desnudo, a su cama. Toma su celular, marca un número. A los cinco minutos, siente unos toques discretos en su puerta. Salta de su cama y abre. “Más veloz que un rayo”, comenta sonriendo.

Marcano, vistiendo polo y short, ingresa; de inmediato se los quita: queda desnudo otra vez.

Bajo las cobijas, Sandro está acostado boca arriba y con las piernas abiertas mientras Marcano está encima suyo besándole la boca y sobando ambos penes ya erectos. Tras besarle el cuello, Marcano repite la vieja técnica de mamar las tetillas, besar el abdomen (que sí tiene algunos pelitos), llegar al vello púbico algo recortado y mamar el pene, estimular los testículos con la otra mano y la otra meterla por la raja del culo hasta masajear el ano.

“Marcanito… ¿me dejas probar tu anito?”, bromea Sandro.

El venezolano no se hace de rogar. Repite la misma maniobra que con Bartolo y básicamente se sienta en cuclillas sobre la cara de Sandro dándole oportunidad a que goze sus enormes nalgas y su agujero a discreción. Cuidadosamente, Marcano se inclina y vuelve a chupar pija masturbándola al mismo tiempo. Y parece que la técnica combinada vuelve a dar resultado.

“Las quiero dar en tu cara”, pide Sandro extasiado.

Marcano para de chupar la pinga, la pajea rápido, cierra la boca y deja que los chorros de semen se disparen en sus mejillas. Cuidadosamente, se acuesta boca arriba y deja que Sandro se eche ssobre él para lamer su propia leche. Al terminar, lo besa en la boca.

“¿Te ordeño también?”, consulta.

“No es necesario, chico. Pero… ¿qué te parece si te acompaño en la cama hasta que te levantes?”

“Me parece una excelente idea”, sonríe Sandro.

Mientras tanto, el bus rumbo a Piura ya dejó las últimas calles de San Sebastián y la cabina de pasajeros se queda a oscuras. En la última fila viajan Eliezer y Bartolo pegados a la ventana.

“va casi vacío, ¿no?”, comenta Eliezer.

“Debe ser que es sábado o que es muy temprano”, cree Bartolo.

Pasan unos segundos y siente que Eliezer le toma la muñeca y se la lleva evidentemente hacia la bragueta: la pinga que vio y chupó la noche anterior está otra vez libre de cualquier ropa que la oprima.

“Qué pendejo eres”, sonríe.

“Aprovechemos que está oscurito”.

Bartolo duda, pero siente fluir la adrenalina. Se inclina y comienza a mamar la pinga. Eliezer reclina su asiento y pone sus dos manos sobre el fffrondoso cabello de Bartolo. El pedazo de carne no tarda en ponerse duro. Aunque, pensándolo bien, Eliezer usa la mano que tiene libre para recorrer la espalda del otro chico y meter su mano dentro de  la pantaloneta que se puso esa mañana para viajar. Se interna bajo la ropa interior y gana el par de lampiñas, suaves y bien formadas nalgas y luego masajea el ano.

Afuera ya comienza a despuntar el día aunque aún muy débil. Eliezer trata de concentrarse en el sexo oral y se acomoda un poquito, cuando de pronto, con la poca claridad disponible, ve acercarse a alguien. Desconecta a Bartolo de su pene, como puede se lo mete dentro del pantalón. El muchacho se asusta, más al mirar que alguien se aproxima y se sienta a su lado.

“O se bajan con algo, o llamo al cobrador”, dice aquella persona con una voz aguardientosa.

Para finalizar,mira un video porno gay aquí. 

lunes, 12 de diciembre de 2022

Ser Rafael 17.1: Perdón al desnudo


el lunes, justo un día después de regresar del viaje relámpago a la sierra, salí del trabajo poco después de las cinco de la tarde, como era mi costumbre.

Apenas llegué a la calle, lo encontré allí parado como si nada.

“¿Listo, Rafo?”

Me alegré de verlo.

“Claro, Tuco. Pensé… pensé que no ibas a venir”.

No me respondió. Me palmeó en el hombro y caminamos hasta el gimnasio.

No hablamos más que de los planes del negocio y de las cosas del trabajo. No se mencionó más que eso ni al entrenar, ni cuando nos bañamos, y menos cuando regresamos a casa con Laura. Bueno, la razón es obvia.

Esa noche, los tres pusimos en blanco y negro todos los pasos que tomaríamos para que la creación de Josué se fuera concretando.

“Hoy me vieron la taleguita en el trabajo, y por lo menos dos patas se acercaron a preguntarme dónde la había comprado”, relaté.

“Hablas huevadas”, desconfió el Tuco.

“¡Verídico, hermano! Les dije que les podía conseguir, si deseaban”.

“Ay, claro. Ustedes viajan, compran cosas y a mí no me consiguen nada”, reclamó Laura.

Me levanté de la mesa, fui a mi cuarto y regresé con el tapete multicolor. Laura abrió la boca de asombro y se acercó para colgarse de mi cuello y darme muchos besos.

Josué siguió viendo los papeles que había llevado en tanto que mamá salió con tazas de café que trajimos de la sierra. El aroma era deliciosamente penetrante.

Mi madre también se sentó con nosotros, miraba cómo trabajábamos y de vez en cuando nos lanzaba ideas. Buenísimas, por cierto.

Terminamos casi a medianoche.


el resto de esos días, tras el gimnasio, Laura y yo regresábamos a mi casa y nos poníamos a trabajar en el proyecto de automatización del negocio. Decidimos tomarnos, incluso, los fines de semana. Era una curiosa manera de pasarnos el tiempo juntos, sin necesidad de terminar en sexo.

Precisamente, no recuerdo si fue viernes o sábado, cuando estábamos programando en silencio y Laura se levantó, caminó varias veces por la sala. Vio el tapete que mamá puso sobre el sofá, probó algo de café, y me quedó mirando fijamente.

“Piura’s Switzerland”

“¿qué?”

“La suiza piurana, Rafo. ¡el nombre del negocio! ¿Te imaginas? Todos los productos de la sierra de Piura en su hogar, no importa el lugar del mundo dónde esté”.

Realmente mi enamorada estaba inspirada. Llamamos al Tuco, le contamos la idea pero no sonaba muy convencido.

Aún así, seguimos trabajando.

Ese domingo fuimos a jugar pelota en uno de esos recreos campestres con piscina, cerca de la ciudad.

Estaba a punto de meter un gol, cuando nuevamente tuve esa sensación de ser observado por alguien desde algún punto. Me desconcentré, miré a los lados, y recibí un empujón de otro muchacho que jugaba.

“estás boca abierta, Rafo”, me pasó la voz.

Yo sonreí.

Esa noche, mientras estaba en redes sociales, se abrió una ventana de chat. Era al.

“Tus fotos ser muy bonitas”, escribió.

Comencé a explicarle del proyecto que estaba trabajando, y pareció muy interesado.

Al día siguiente, cuando Josué y yo íbamos al gimnasio, se lo conté.

“Al dice que puede ser nuestro concesionario en la Florida”, le anuncié.

“Suena bien. ¿Y qué le gustó más?”

“Los tejidos. Parece que la artesanía podría ser lo máximo allá afuera”.

“Excelente”.

Fuera de eso, aquel día el Tuco estaba mayormente callado.

Tras entrenar, nos duchamos. Justo acababa de cerrar la llave, cuando Josué se puso a la entrada de mi cubículo, e ingresó. Ambos estábamos mojados y desnudos.

“Rafo, sobre lo que pasó esa vez en el viaje, quería pedirte perdón. No debí hacerlo porque somos amigos, porque nos queremos, nos respetamos y porque no me parece, considerando que Laura es tu enamorada, y mi amiga”.

Quedé confundido.

“Pero, no creo que fue culpa tuya solamente. Yo te correspondí, Tuco”.

“Como sea. No debió pasar y no debe pasar de nuevo”.

“¿Crees que pueda pasar de nuevo?”

“Tenemos que evitar que pase, Rafo. Sí podemos”.

“¿quieres decir que?”

“No quiero decir nada, Rafo. Solo quiero que me perdones, y que jamás pasará de nuevo”.

¡Vaya! Un nuevo enfoque para esa rara trilogía –deber, poder, querer- que me pareció lógica, aunque no me dejó del todo satisfecho, ni convencido por lo menos.

“Tuco, no quiero perder tu amistad. ¡eres mi mejor amigo! No quiero que esa huevada nos aleje. Quiero que me trates como siempre lo has hecho”.

“Sí. Perdona. Pero estaba incómodo. Yo sé que me quieres, y precisamente por eso, vamos a hacer las cosas bien”.

“De acuerdo”.

Nos dimos un cordial abrazo, donde fue imposible evitar el contacto de las pieles. Aunque, honestamente, eso fue lo último que me preocupó, pues no quería escatimar mi afecto a esta persona. No es bueno escatimar el afecto. No es bueno guardarse nada especialmente si es verdadero y puro, como la amistad.

Cuando nos separamos, Jaime estaba en el estrecho pasillo entre las dos duchas, mirándonos con rabia.

“Ahora entiendo todo”, espetó con ridículo despecho.

El Tuco y yo lo miramos y nos carcajeamos. Jaime salió muy molesto. 

jueves, 5 de diciembre de 2013

Crónicas de un moderno (5)

ACONSEJAMOS DISCRESIÓN DEL LECTOR: Algunas escenas que presentamos a continuación son inapropiadas.

 

TRACK #5: ¿mismo plato aburre?

 

Yo estaba recontra aburrido, había entrado un rato a la piscina pero luego me retiré de ahí, porque comenzaba a llenarse.

Estuve mirando como en la piscina gritaban, jugaban, y tantas huevadas que hacían, entre tanta gente logré ver a Jefri que estaba en la piscina, me quedó mirando, yo también lo miré y nada mas sonreí, me fui al baño y Jefri llegó detrás mío

Se colocó delante de mí y sin decir palabra alguna me sacó el pene de la trusa, húmeda aún por el agua de la piscina.

Hizo que mi pene se perdiera en el interior de su culo, realmente ese día para mí era tan aburrido, que no tenía ni ganas de clavármelo, y mucho menos que él me penetrara, le seguí la corriente pa’saciarle sus ansias.

Él prosiguió a metérmela, normalon me dejé, pero estaba muy aburrido, no sentía las mismas ganas que antes, a pesar que el pobre hombre me hablaba al oído con voz perdida de la excitación, creo que me porté mal ese día pero le dije:

-Ya chau me voy

Me levanté la trusa y salí de aquel baño. Sería que comer un mismo plato ya me había empachado ¿Quizá? jeje

Al regreso del viaje, subimos al carro y Jefri se sentó a mi costado, todo el camino iba que hablaba cositas pendejitas y yo la verdad no sé si me aburría él o el camino porque finalmente me quedé dormido.

Al llegar a Piura se me acercó despidiéndose y me dijo:

-Espero verte el lunes y ojala se repita algo de lo que pasó hoy.

No le respondí  y me fui con mis demás compañeros

El día lunes me vio y me dijo:

- A la hora de recreo te espero por los baños de primaria

-A ya, bacán- le contesté

Pero nunca fui, después comenzó a reclamarme por el plantón que le di, pensarán que soy botado pero mi vida comenzaba a cambiar, no me importaba ni él ni ningún otro pata, solo  una flaquita, que me gustaba mucho, la conocí en un viaje, nos hicimos amigos y luego me le mandé, me aceptó, y ya se imaginarán, su amigo Frank estaba muy feliz, pero esta felicidad no duró mucho.

El que decía ser mi mejor amigo la conoció y por joda comenzó a florearla, y la que era mi flaca le empezó a hacer caso, pronto se alejó de mí, una vez hablé con ella, solo me dijo:

-Perdóname, pero se acabó este amor, te deseo suerte

La cólera me invadió  al día siguiente cuando su prima me dijo que ella estaba con mi “mejor amigo”

Imaginen me hicieron cornudo jajaj, en ese momento eso me dolía mucho, pero ahora solo me rió, a la mierda pasó un tiempo y así me di cuenta que no era la única, había como mierda de jermas en mi cole, la olvidé también porque llegaron vacaciones y no verla tres largos meses me sirvieron de mucho.

El verano del 2009 mi tía Fernanda, llegó de visita con mis tres 3 primos; Carlos, cuatro años mayor que yo, Luis, dos años mayor que yo, y el último Paúl, era un año mayor que yo, él tenía quince años y yo iba a cumplir los catorce.

Mi primo Paúl estaba muy simpático, sus ojos negritos medio achinados, su sonrisa tan pícara que tenía, bastante cejon, y con un cuerpo que se le había formado muy bien, hace tiempo no lo veía.

No sé como pero le cogí gusto a mi primo, lo único malo que todos ellos eran evangélicos, pero hasta allí, estaban chibolos y no estaban tan metidos en la religión como lo están ahora.

Cada noche con Luis, Paúl, mi hermano y yo nos poníamos a contar disqué nosotros historias de terror, pero más lo hacíamos por joder, su otro hermano de ellos ya no se juntaba con nosotros, porque era mayor y ya tenía que estudiar preparatoria.

Una noche Carlos se fue a una amanecida de estudios en la academia. Como de costumbre Paúl y Luis, se iban a mi cuarto y junto conmigo y mi hermano repetíamos historias o hasta inventábamos.

Esta noche todo fue distinto la cama donde estábamos sentados era grande, al culminar de contar esas historias, Paúl con Luis no querían irse a su cama, así que  juntamos mi cama con la de mi hermano, de esta manera pudimos entrar los cuatro.

El orden en el que nos colocamos fue esta: Luis, Paúl, yo y mi hermano, si justamente mi primo estaba junto a mí.

Esa noche decidí  velar los sueños de mi primo y convertirme en su vigilante.

Mi primo Paúl estaba acostado boca abajo, yo estaba inquieto porque durmiese mirando al techo y toda la parte de su pecho quede mirando hacia arriba para que mis manos puedan actuar.

Eran las 3 de la madrugada y Paúl aún seguía boca abajo, pasando las 4:45, se colocó bocarriba.

Bien ¡ahora solo queda actuar cautelosamente, empezar a recorrer con mis manos el cuerpo de mi primo, pero sabía que tenía que hacerlo rápido; comencé a buscar algún tesoro escondido, y que tal tesoro el que hallé.

Wuao¡¡  si que mi primo para su edad estaba bien, empecé a manosear su pene por encima de su trusa, el que comenzaba a despertarse y a ponerse más grueso, era tanta la excitación que tuve, pues me animé a querer algo mas, quería que me penetrara.

-¿Cómo lo hago?- me decía a mi mismo

Empecé a meter mis manos en su trusa, me topé con un pene bastante duro, y grande, así mismo con el vello púbico, sentir todo eso entre mis manos me excitaba.

Mi primo también se encontraba al palo, sería por lo que había estado durmiendo boca abajo.

Yo no quise desaprovechar el momento, le cogí su pene fuertemente, lo saqué al exterior y entre la oscuridad, no lo podía apreciar muy bien, me mantuve un rato así hasta que mi primo se volteó y...

 

escuchar sus pasos que salían de la sala en dirección a mi cuarto…

 

(CONTINUARÁ…)

 

© 2013 Hunks of Piura Entertainment. Los nombres fueron cambiados. Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí. SIEMPRE PRACTICA SEXO SEGURO.

viernes, 10 de junio de 2022

La hermandad de la luna (epílogo)

En Fogatas, la playa por donde pasa la línea que permite dividir a la Tierra en dos mitades perfectamente iguales, un ansioso Ismael Nava se sienta en una mesa al interior de un restaurante de hamburguesas. Es mediodía, el tiempo está templado, y poco o nada le importa que donde él está sentado es invierno pero saliendo por la puerta principal, a unos diez metros de distancia, es verano. Chiquito se le aproxima y sienta al frente.

“Ya nos traen la orden, inge”.

“No me llames así, carajo”, regaña Nava en voz baja.

“Disculpe, don Mayo. ¿Cuándo tomaremos el vuelo?”

“Una semana todavía porque tienen que arreglarme lo de tu pasaporte: hacerte pasar por ciudadano de acá y sacarte papeles no se hace de un rato al otro como en Collique, pero Latinoamérica es Latinoamérica, donde sobornas a quien sea y… ya sabemos qué pasa”.

Chiquito sonríe.

“¿Y cuándo podré llamar a mi mujer y mi viejita, in… don Mayo?”

“Carajo, huevón, espera a que lleguemos a Londres y ahí nos organizamos. Le has dejado regular cantidad de plata a tu familia, así que no creo que la desaparezcan en una semana”.

De pronto, una hermosa joven vestida con breve blusa de tiritas, short y sandalias entra, observa a los lados y camina hasta sentarse en la misma mesa que los dos varones. Nava mira a Chiquito muy sorprendido; lo mismo el matón.

“Hola, caballeros”, dice con voz muy dulce y coqueta.

“Buenas tardes”, trata de ser cortés Nava. “Perdone, ¿nos conocemos?”

“No creo, pero… podríamos conocernos más”.

Nava y Chiquito vuelven a cruzar miradas. El segundo le mira los senos sin ningún disimulo pero no con afanes pecaminosos, mas bien de seguridad, detectando algún cable oculto, algo fuera de lo común.

“El reloj”, reacciona alarmándose, y levantándose de la mesa. “¡El reloj, inge!”

Todos en el restaurante voltean la cara.

“Siéntate, por favor”, advierte Nava en voz baja.

Chiquito reocupa su asiento con los ojos desorbitados, totalmente jadeante.

“Al grano, señorita”, el ingeniero se pone serio. “Su presencia nos está inquietando”.

La chica mete la mano a su bolsillo y saca un carnet con una foto.

“Prensa. Quiero que me cuente la historia de Cruz Dorada en el valle de Collique, del otro lado de la frontera”.

Chiquito se vuelve a levantar de golpe, tira la silla, se mete la mano a la cintura y saca una pistola: apunta a la chica. Nava se para con rapidez y lo encara.

“No seas imbécil”.

El matón mira con desesperación a la joven audaz y mira a Nava. Gimottea. Al instante, se lleva el cañón del arma a la boca. Los comensales gritan de espanto.

Un disparo se oye.

Todos salen despavoridos, entre ellos Nava, pero su carrera se acaba en la esquina de esa calle cuando alguien lo bloquea de un golpe y lo agarra del pecho.

“¿Pensó abandonarme, ingeniero?”

Ismael abre sus ojos y su boca: el Carnes lo tiene paralizado. A sus costados, la gente huye; la Policía está a punto de llegar.

Mira un video aquí.

Esa noche, el grandulón se cobra la victoria de una forma diferente, al menos nunca antes experimentada en toda su vida pero que nunca dejó de producirle curiosidad: con su no tan largo aunque sí grueso pene erecto metido dentro del ano de otro hombre que es la perfección física andando, o al menos la que él recientemente ha conocido. Cierra los ojos, trata de resistir pero no puede más: eyacula en el interior de ese otro varón.

“Perdona”.

“No hay problema; excelente siendo primera vez”, le dice el amante del momento, mientras su pene erecto pierde firmeza y descansa poco a poco sobre el bajo vientre del cuerpón.

“¿en serio te gustó?”, el Carnes le acaricia los bien formados glúteos, aún sobre su pubis.

“A mí sí”.

“¿Pensaste que no lo iba a lograr?”

“Yo no decir eso. Yo sentir cierta duda, entonces yo decidí reto”.

El Carnes sonríe.

“Ahora sabes que puedes confiar en mí, y tú sabes por qué debes creer en mí”.

“Sí, sí saberlo”.

“¿Y ahora qué, Owen?”

“Tú ser libre. La frontera estar a diez horas en auto. Mañana poder regresar”.

“Mi país ya no es mi casa; no tengo que hacer nada allí”.

“Entonces… mi casa ser tu casa, pero ser viaje muy largo”.

El Carnes palmea una de las nalgas.

“Será la primera vez en mi vida que un viaje tenga sentido para mí”.

Owen sonríe, se inclina y besa los labios del hombre.

“Entonces, ir a casa”.

Una alarma suena en el celular de El Carnes. Lo rescata de la mesa de noche al lado y lo revisa. Ríe.

“Ciento veinte me gusta”.

El Carnes deja el celular en la mesa otra vez, gira con Owen y se le acuesta encima. En la pantalla, brilla la foto de un iracundo Ismael Nava esposado a un poste de energía eléctrica en una calle de Fogatas con el texto: Welcome to the Middle of the World. #WhiteCross #endgame #moonbrotherhood 

viernes, 27 de septiembre de 2013

Cuaderno de Obra (35)

Creado por N-Azz. Escrito por Hunk01 y N-Azz.

 

A las tres de la tarde, en el terminal, Dante espera a Tito, pero no aparece. Tiene los dos pasajes a mano, con destino a Lima. Al fin, llaman por los altavoces para abordar. Nada con Tito. Dante sube al autobús asumiendo que tendrá que viajar solo.

El vehículo comienza a rodar. Dante prefiere cerrar la cortinilla. No vale la pena ver afuera. Pone música en su celular, se aísla mediante sus audífonos, cierra sus ojos.

El autobús se detiene, pues le tienen que abrir el portón del terminal. Entonces, Dante siente que alguien ocupa el asiento vacío del costado. Abre los ojos, incómodo.

-          Disculpa. Mamá me tenía loco dándome recomendaciones.

-          El compañero de viaje es Tito.

 

Al finalizar la jornada de ese lunes, Ya la estructura de la escuela está lista para el techado. Para Juan, ahora sí parece un laberinto completo. Pero, ¿dónde estará escondido el minotauro?

Como es su costumbre, con la poca agua que hay en los tanques, se da un baño, como que evita ocupar el de su casa innecesariamente para no molestar a su mujer. Se desnuda por comppleto, y se deja refrescar por un grueso chorro del líquido.

-          Don Juan.

-          El aludido se voltea. Robin, el obrero joven, está en la puerta. Tiene su camiseta al hombro y sólo viste su short, revelando su esbelto y trigueño cuerpo.

-           ¿Qué hubo?

-           Ya aseguré todo como me lo ordenó… ¿puedo bañarme aquí?

-          Juan duda.

-           ¿Hay alguien por ahí?

-           No. Todos se fueron ya. Estamos… solos.

-          Juan le hace ademán. Robin se quita toda la ropa, y se ubica a pocos centímetros, de quien ahora se echa el jabón.

-           Don Juan, quería agradecerle por haberme aceptado en su cuadrilla.

-           De nada. Trabajas bien. Gracias a ti mas bien.

-           ¿Sabe algo? Hoy será mi último día aquí.

-          Juan se voltea a ver al muchacho, quien ya tiene el cuerpo húmedo, y busca su propio jabón.

-           ¿Pasó algo?

-           Es que se llevan a mi viejita a Lima, porque está mal, y alguien debe cuidarla.

-           Entiendo. ¿Ya hablaste con los ingenieros?

-           Sí, ya arreglaron mi liquidación. ¿sabe? Nunca olvidaré lo que aprendí acá. Tampoco lo olvidaré a usted.

-           Gracias. Me alagas. ¿Y qué aprendiste?

-           Mucho… especialmente esto.

-          Robin se acerca a Juan y lo besa en la boca.

-          El dirigente no sabe cómo reaccionar, se queda estático. Robin no espera y lo vuelve a besar. Juan lo rodea por la cintura. Ahora sí, nada impide que sus cuerpos se estrechen. Sus penes no tardan en ponerse duros y largos.

-          Tiernamente, Robin acaricia la verga de Juan, y besándole las tetillas, se pone en cuclillas. La fellatio es inminente. Juan siente cómo la boca del muchacho le cosquillea su miembro.

-          Robin también le lame las bolas y pasea sus manos por la espalda baja, las nalgas y las piernas de su amante. Entonces se pone en pie, va a buscar algo en su ropa, regresa.

-           Métamela por el culo.

-          Robin le deja un paquetito metálico en la mano a Juan, y de inmediato se apoya en el tanque, parando su culo. Juan está a mil…

 

Lucas entrega los reportes que Renzo espera. Los revisa.

-          Vaya. Todo está en orden. Felicitaciones.

-           Gracias, ingeniero.

-          Lucas sonríe ampliamente, habla con afabilidad. En eso entra Gustavo. Renzo le sonríe, le presenta a su nuevo asistente.

-           Él es Gustavo, mi pareja.

-           Mucho gusto.

 

En el interior de la escuela en construcción, Juan por fin le mete sus 19 centímetros de verga protegida por el condón dentro del culo de Robin. Lo hace poco a poco, dejando que se dilate. Le interesa que su amante goce tanto como él. Logra entrar toda.

Juan se aferra de las caderas de Robin y comienza a cimbrarse. Ambos gimen. Ambos se dicen cosas sucias.

-          Qué rico se mueve… ábrame bien el culito… ahhh…

-           Eso, qué rico… ¿te gusta mi pinga?

-          Varios minutos después, El semen de Juan se esparce por una de las nalgas de Robin, pues le pidió que las dé fuera.

-          Ambos se enjuagan.

-           Jamás lo olvidaré. Cuidese.

-          Robin vuelve a besar a Juan, se viste. Se va.

-          Juan se queda allí, solo, en medio del laberinto sin minotauro… o quizás sí.

 

Dos días después, Eduardo manda a llamar a Juan.

-          Ingeniero, ¿para qué soy bueno?

-           Bueeeno…. Creo que para más de lo que sospechaba. Mire esto.

-          Eduardo coloca un disco en su lap-top, gira la pantalla, cierra la puerta de su oficina.

-          Juan se queda de una pieza. Es él cachando con Robin. Mira al ingeniero, quien está sereno. Cuando al fin se cruzan miradas, le entrega un papel.

-           Llegó con esto.

-          Juan lo lee: “Dígale a su obrero que no se haga el héroe. A mucha gente le gustará ver este video en Internet”.

-           ¿Y esto, ingeniero?

-           Es una amenaza. Y para mí está claro lo que le piden.

-           ¿Qué?

-           Renuncie de inmediato a su puesto en la obra para que esto no se publique.

 

(CONTINUARÁ)

 

© 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.

 

viernes, 14 de octubre de 2022

el precio de Leandro 8.5: El amante olvidado


Darío intenta una nueva jugada, así que a un cuarto para las diez regresa a casa de Leandro y Adela. Algo le dice que la persona deseada está ahí. Toca la puerta y espera pacientemente. No obtiene respuesta (aunque la luz interior está prendida). Toca por segunda vez y tampoco le abren. Se mete al carro nuevamente y decide esperar, y no tiene que esperar mucho tiempo, no al menos si sigue teniendo a Bach en las bocinas del interior. Las luces de un auto lo encandilan por el retrovisor y parecen detenerse justo a sus espaldas. Ve salir a un hombre y dos mujeres, encima que ese auto le parece conocido. Identifica a Adela y Cintia y sale disparado de su vehículo llevando el sobre que había portado esa tarde, y al llegar a la puerta se choca con… Rico. Darío se queda estupefacto.

“Buenas noches”, le sonríe socarronamente el extranjero.

Darío continúa mudo.

“Hola, ¿cómo estás?”, le topa Adela.

“Venía a ver a Leandro”, al fin puede articular el supermodelo.

“Darío, te dije que salió de viaje”, miente la madre.

“¿Pero a dónde, Adela?”

“Lo siento, Darío; me pidió no decirlo”.

“No soy un extraño, y tú lo sabes”.

“¿No has escuchado que no pueden decírtelo?”, interviene Rico.

Cintia mira a los dos chicos muy tensa.

“Discúlpame, yo le pregunté a la señora”, le responde Darío.

“Y ella te dijo que no va a decirte. No te busques problemas”.

“¡Ya!”, al fin interviene Cintia. “Rico, entra con doña Adela a casa; Darío, vete por favor”.

“Al menos pudieran entregarle esto de mi parte”, el supermodelo extiende el sobre hacia Adela.

Ella mira el papel blanco, se adelanta, toca una mejilla al muchacho:

“Darío, gracias por todo, pero te prometo algo: hablaré con Leo y le diré que lo estás buscando, ¿te parece?”

“Dale esto, por favor”, el joven insiste con el sobre.

“Creo que mejor se lo das tú personalmente, cuando regrese”.

Los ojos de Darío comienzan a llenarse de lágrimas:

“¿Él está bien, cierto Adela?”

“Sí, él está bien”, responde la madre con tranquilidad.

 


Son casi las once de la noche y Darío decide que el mejor lugar para estar a esa hora es un viejo lugar conocido del Distrito Centro al que no acude muchas lunas: luces bajas, pequeñas habitaciones con cortinas tupidas en las puertas, música electrónica en el ambiente, una mesa llena de revistas para público adulto gay, una pantalla donde ve a dos hombres teniendo sexo sin ningún disimulo. Un atlético camarero vistiendo una pantaloneta de licra muy corta, zapatillas negras y una corbata de pajarita adherida al cuello entra trayendo un vaso lleno de un líquido de color amarillo, una rodaja de naranja al filo y un par de sorbetes.

“Tu vodka”.

“Gracias”.

“¿Se te ofrece algo más?”

“No, no gracias… O, ¡espera!, quizás sí”.

El camarero se detiene frente a Darío, quien saca su billetera y extrae uno de cincuenta, lo coloca en la pretina de la pantaloneta y acaricia el evidente bulto de la entrepierna.

“¿A qué hora sales?”, pregunta Darío.

“A medianoche acaba mi turno”.

“¿Tienes planes o podemos vernos?”

“Claro, estaré libre desde las doce”.

El camarero mira si alguien lo ve detrás, se inclina hasta la cara de Darío y lo besa en la boca. Tras ello, se va. Darío bebe un sorbo del vodka: está helado. Le gusta.

De pronto, alguien se mete al espacio sorpresivamente, vestido en una camiseta y un jean entallados, es moreno.

“¿No te han dicho que si vas a manejar no bebas?”

“¿qué haces aquí, Pepe?”

“Soy cliente como tú, Darío”.

“Me estuviste espiando estos días en la Torre, te encontraba cada vez que pedía el ascensor y ahora estás acá”.

“¿Cuál espiando, Darío? Trabajo para la Corporación Echenique, ¿lo olvidas?”

“Trabajo que obtuviste gracias a mí, Pepe”.

“Era lo mínimo que me merecía después de cómo me trataste, Darío”.

“Tú me engañaste con esa puta”.

“Oye, oye, oye. ¿Ves cómo siempre estuviste confundido? Yo fui claro contigo: amigos sí, compañeros sí, amantes también; ¿pero novios? No. Y tu nunca aceptaste el trato”.

“¡Ay, ya, por favor! No ando para psicólogos esta noche, ¿quieres?”

“Y hablando de novios, Darío, tu viejo no anda muy contento que digamos con tu nuevo romeo; más aún cuando media ciudad lo está comentando”.

“¿Cuánto dinero quieres, Pepe?”

“¡Un momento!”, sonríe sarcásticamente el muchacho. “No vine a pedirte nada, vine a protegerte porque si algo necesitas ahora mismo, es un amigo de verdad”.

“¡Ya, déjame en paz, Pepe!”

El camarero ingresa otra vez al espacio:

“¿Algún problema?”, consulta.

“No, ninguno, aquí el joven que está liberando tensiones”, contesta el chico moreno.

“No, tranquilo”, sonríe fingidamente Darío. “No pasa nada”.

“Pero… podría pasar”, guiña un ojo Pepe.

Y pasa una hora después en un hostal no tan lejos del establecimiento donde los tres jóvenes se habían encontrado; se despojan de cualquier indicio de vergüenza y se visten de un morbo abigarrado. Lo primero que Darío se da cuenta es que, en tres años, el físico de Pepe se mantiene tal cual y hasta parece haber mejorado. Le sonríe mientras el camarero está sentado en la cama alternando la fellatio entre ambos. Pepe le corresponde. Poco después, Leandro toma el turno del camarero, a quien la Naturaleza parece haberle concedido más escroto que otra cosa. Ya encima de la cama, el supermodelo estimula el esfínter del nuevo amigo con su lengua mientras Pepe hace lo mismo con su amigo de hace unos años. Ya provistos de preservativos, y sin perder la formación, se enganchan en un tren que no avanza a ninguna parte, que mas bien tiene al vagón del medio moviendo la cadera con el frenesí aprendido y perfeccionado en sus clases de baile. Jadeos y gemidos se confunden con los de la televisión sintonizada en el canal para adultos. A continuación, el camarero y Darío intercambian lugares; Pepe no se ha movido de su ubicación en absoluto, y así seguirán hasta que el clímax los vaya tocando indistintamente: primero Darío, luego el camarero, luego Pepe. Tras bañarse y hacerlo de nuevo en la ducha, los tres dejan el hostal pasando las dos y media de la mañana. Acercan al camarero a una avenida donde hay algunos taxistas reunidos.

“Toma”, Leandro le da cien.

“Es mucho”, le dice el camarero.

“El precio porque mantengas la boca cerrada”, le espeta el supermodelo.

El muchachito se baja del auto y va a tomar su taxi.

“Yo sé dónde vive”, apunta Pepe. “Ese chico no dirá nada porque sabe que también se echaría luz”.

“Como si la procedencia determinara la calidad de la persona”, comenta Darío.

“Bueno, en eso sí te doy toda la razón”.

Veinte minutos después llegan a la Torre Echenique y ascienden hasta el penthouse. La faena continuará allá arriba hasta las cuatro de la mañana.

 


Al amanecer del martes, a varias cuadras de la Torre, dos jóvenes despiertan bajo las sábanas y lo primero que hacen tras darse los buenos días es entregarse al placer que se habían postergado varias semanas. Los resortes del colchón crujen, se quejan, gimen, y hasta jadean. El gruñido de uno de ellos anuncia el fin de ese combate matinal.

“Esto sí que es buen sexo”, dice algo agitado el que se quedó debajo.

“Me encantan tus nalguitas comelonas”, le dice seductor el que se quedó arriba.

“¿Ahora sí lo haremos más seguido, no?”

“Habrá que buscar pretextos para quedarme a dormir contigo como anoche”.

“También podemos hacerlo en tu casa, ¿no?”

“No así… podríamos despertar a los vecinos, y ahí sí que seremos historia”.

El que se quedó arriba se destapa y busca las sandalias de su anfitrión:

“Me voy a duchar y luego salimos para el aeropuerto”.

“Claro, Leandro; báñate veloz”.

“Como ordene, sargento Durán”.

El que se quedó abajo por fin gira y se ríe con el futbolista, quien está hermosamente desnudo buscando una toalla en una mesa cercana.

“Te prometo que nos irá mejor a partir de ahora”, ofrece Leandro.

“sí, lo sé”, sonríe el otro joven, quien busca un espejito mientras su amigo entra al baño. Se mira el rostro, le da un beso a su reflejo y se dice: “Claro que nos irá bien a partir de ahora, Ricardo Durán”.