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viernes, 28 de abril de 2023

Me folló rico tras rescatarlo de la lluvia torrencial


Mi nombre es elton, vivo en Fort Lauderdale, Florida, y trabajo como voluntario en una ONG que proporciona ayudas aquí en Piura. Me especializo en zonas de desastre. Fui asignado por mis superiores a trabajar en los apoyos para damnificados por las lluvias.




 

Personalmente gusto de la lluvia. Me encanta sentir las gotas en mi cara y en todo mi cuerpo. Es relajante. Como la casa donde vivo tiene un pequeño patio, cada vez que llovía fuerte, quedaba desnudo y salía con los brazos abiertos a recibir el agua. De vez en cuando el destello de los relámpagos me iluminaba por segundos.

 

Como me gusta hacer deporte, a cada destello se me veía como en una breve fotografía luciendo mi cuerpo bien entrenado cual estatua clásica.

 

Cierta tarde, cuando ya terminaba de trabajar en la oficina, comenzó la lluvia fuerte. De inmediato entendí que duraría mucho tiempo. Terminé de arreglar los papeles que estaba organizando, los guardé, y aseguré todo. Di un último vistazo por la ventana: seguía lloviendo duro. Pero algo más llamó mi atención. En un poste de la esquina, una persona estaba de pie mojándose y mirando a ambos lados.

 

Salí de mi oficina, y me fui hasta esa esquina. El hombre giró su cabeza hacia mí. Se le notaba aturdido, extraviado. Era un chico negro de rostro agradable.

“¿estás bien?”, le pregunté.

“No hablo español”, alcanzó a decirme.

“¿qué tú hablas?”

“Francés”.

Con lo poco que sabía de ese idioma, le dije que entrara a donde yo trabajaba. Él se negó.

“¿Tú policía?”

“¿No! No soy policía”.

“yo sin hogar”.

“Espérame aquí”, le dije.

Saqué mi motocicleta y fui a donde había dejado al chico.

“Sube… te llevaré a casa”.

“No tengo casa”, me repitió.

“No… A mi casa”.

Le hice una seña con la mano para que se siente y le señalé el cielo dándole a entender que el aguacero iba a continuar. Aceptó.





 

Mientras avanzábamos por las calles de Piura hechas un río, cada vez que frenaba en seco, pude sentir su recio cuerpo chocando contra mi espalda.

 

Llegamos a la casa que alquilo. Lo hice pasar de inmediato al mismo tiempo que metía mi motocicleta.

Merci”, me dijo con su voz áspera.

“quítate la ropa”, le aconsejé. “Ponte ropa seca”, proseguí señalando su mochila.

“Oh… ropa sucia”, me respondió.

“Quítate la ropa de todas maneras porque vas a enfermar”.

“Quiero cargar celular”, me dijo más bien.

Le indiqué dónde estaba el tomacorriente. Él sacó su móvil y lo conectó. Me acerqué y tomé su mochila.

“Vamos a lavar tu ropa”.

Vi algunas lágrimas formándose en sus ojos. Me le acerqué y sin más protocolo le di un abrazo.

“Tranquilo, ami. Estarás seguro aquí”.

Merci, ami”, me respondió abrazado y casi sollozando.

Me separé.

“Quitémonos la ropa, nos vamos a enfermar”.

Comencé a desnudarme, y cuando me quedé sin ropa, la sacudí y caminé hacia mi dormitorio. Con la otra mano, cargué su mochila. Fui hasta la lavandería y conecté la lavadora. Recé para que la electricidad no se cortara debido a la tormenta.

“Mi ropa”, escuché que me dijeron a mi espalda. Volteé. El chico estaba desnudo. No podrías imaginar qué hermoso y perfecto cuerpo de ébano estaba frente a mí, tal como Dios lo trajo al mundo: musculoso, lampiño, larga verga, voluminosas bolas. Eso sí, su vello púbico estaba crecido. Tomé su ropa y la metí a la lavadora.

“Vamos adentro… ¿quieres café o vino?”

“Café”, me dijo sin dudar.

Sonreí. Le presté un par de sandalias que le quedaron muy chicas. Preparé café.

“¿Cómo te llamas?”

“Michel”.

“¿De dónde vienes?”

Cafou”.

“¿Dónde está eso?”

Port-au-Prince”.

“Oh, Haití”… ¡Estás migrando solo?”

“No. Con mis amigos, pero mi móvil descargó. No puedo comunicarme”.

“Diles que estás seguro y que pueden buscarte cuando acabe la tormenta”.

“Ropa lavando”, sonrió. “yo… desnudo”.

Sonreí. Nos sentamos a tomar café.

“eres guapo”, me animé a decirle.

Merci, moma mi. Tú también eres guapo… y generoso”.

Merci”, sonreí.

“¿Cómo te pago esto?”

“No tienes que pagarme”.

“Estoy agradecido”.

“eso es suficiente”.

Me abrazó de nuevo y aproveché a ponerle mi mano sobre su enorme muslo. Hizo que me acurrucara en él.

“¿te parezco atractivo, no?”, me susurró.

Me tomó por sorpresa. No supe qué responder.

“Tú también me pareces atractivo”, continuó.

Entonces, Michel comenzó a acariciarme el hombro y luego el brazo. Yo comencé a acariciar más su muslo y rocé sus bolas. Esperaba encontrar su pene flácido, pero ya no estaba allí. Mejor dicho, estaba comenzando a erguirse y ponerse duro. Disfruté viendo cómo ese trozo de carne se hacía gordo, largo y se elevaba a medida que latía. Mi pene también se puso duro y comenzó a surgir mucho precum.

“¿Puedes chupármelo?”, me consultó.

“Por supuesto”, accedí.

Me incliné, abrí mi boca, comencé a succionar su pinga. Obviamente, no me la pude tragar toda completa, pero a Michel pareció importarle poco si yo soy un garganta profunda o no. Me tomó mi rostro, me lo levantó y me besó profundo en la boca, muy apasionado.






 

Continuamos en mi dormitorio. me besó y lamió bien el culo. Yo me sentía en las nubes. Le di un condón y se lo puso. El pedazo de látex no pudo cubrir toda su hombría. Volvió a lamerme bien el ano y fue metiéndome su verga poco a poco. No niego que me dolió, pero el fue muy paciente tratando de que al taladrarme, todo no fuese violento, como dándole tiempo a mi recto para que se expanda.

 

Cuando logró meter toda esa manguera, comenzó a moverse despacio y apasionado. Fue increíble cómo Michel me hacía el amor. Primero hicimos piernas al hombro, luego me puse en perrito. Finalicé cabalgándolo. Cuando estaba en esa posición, él tomó mi pene erecto y comenzó a masturbarme. No resistí más y eyaculé sobre su vientre firme y sus pectorales.

 

Me tiró suavemente sobre la cama, se sacó el pene y el condón y el se pajeó también. Disparó su leche sobre mi atlético cuerpo. Mi leche se deslizaba por sus muslos y tocó los míos. Estábamos sudados al extremo. Se inclinó a darme otro beso largo y profundo en la boca.

Merci”, repitió.

Merci”, le repliqué.








 

Tras bañarnos, saqué su ropa de la lavadora y la colgué en un espacio bajo techo donde puse deshumidificadores. Él se contactó con sus amigos cuando su celular se recargó.

“me estaban buscando”, me dijo. “Les avisé que estoy en lugar seguro”.

“entonces, ¿irás a verlos?”

“No esta noche. Voulez vous couché avec moi?”

Le sonreí. Es un verso de mi canción favorita.

Follamos dos veces más y nos quedamos dormidos.

Temprano al día siguiente se fue. No aceptó que le diera dinero. Sé que está siguiendo su camino y cuando llegue a donde está migrando, me avisará. Quizás lo visite en mis próximas vacaciones.

Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com 

sábado, 5 de noviembre de 2022

Ser Rafael 11.3: Su culazo al desnudo


“¿Lo conoces?”, me dijo Jaime, susurrando.

“Más o menos”, dije en voz baja.

Eduardo, quien me había pasado la voz, se nos acercó. Me saludó muy efusivamente.

Iba a presentarle a Jaime.

“Ya nos conocemos, Rafael”, contestó Eduardo. “Mas bien lamento la muerte de la abuela de Laura”, prosiguió. “Laura es su enamorada”, remató mirando a Jaime.

En ese momento, quería reducir al inoportuno a poco menos que cenizas, guardarlas en un frasco ultrahermético, enterrarlo cincuenta metros bajo el suelo, y ordenar que, cual cápsula del tiempo, no lo sacaran unos cuarenta milenios después.

¿Alguien sabe si es posible extraer el ADN de las cenizas de un ser vivo? Según yo, no. Así sería imposible que lo clonen.

“Bueno, Rafael, tengo que irme a atender las cosas que te dije tenía pendientes”, mintió Jaime, dándome la mano. “Nos vemos la otra semana”.

A mí no me quedó más que despedirlo.

Eduardo tenía cara de satisfacción cuando lo vio alejarse.

“Eduardo, ¿y qué hacías por acá?”

“estaba buscando… algo, y pasé, y ¡plup! La casualidad”. Se me acercó: “Ten cuidado con ese tal Jaime. Le gusta llevar chicos a su depa diz’que porque es pasivo, pero luego termina siendo lo otro”.

Me molesté.

“Mira, Eduardo. Lo que haga con mi vida no tiene por qué preocuparte, ¿estamos? Nos vemos”.

“¿Y a dónde te vas?”

No le respondí. Seguí mi camino.


Como niño bueno resignado, decidií pasar la noche solito en mi casa. ¿Mencioné que era viernes?

¡Un momento! Al podía estar en línea… pero, teniendo en cuenta el día que era, a lo mejor él había salido…

Opción desechada.

Una de las tantas alarmas de mi lap-top sonó.

Era Al. ¡estaba en línea!

Opción rehabilitada.

Retomamos la charla del gimnasio, cuánto nos gustaba cuidarnos, y qué tipo de ejercicios hacíamos.

Por supuesto que copiaba del chat, pegaba en el traductor, copiaba del traductor, pegaba en el chat… pero pude conversar.

Creí oportuno comentarle que la parte de su cuerpo “que más admiro” eran sus redondas posaderas.

Envié.

Pasó un minuto, dos, tres sin responder.

“¡Qué imbécil que fuiste, Rafael Jesús!”

¡Trrrrrinnn!

“Thank U”, me respondió él. Obviamente, no necesitaba traducirlo.

Otro ¡Trrrrrinnnn!

Una imagen JPG.

La descargué.

¡Dios mío bendito, que nunca olvidas a tus fieles devotos!

Era una foto suya, desnudo, y mostrando sus bubble butts sin censura y en todo su esplendor. ¡Y vaya que eran burbujas perfectas!

“¿Cuándo te la tomaste?”, escribí.

“Right now!”, respondió.

No pude más. Me acomodé sobre la cama, puse mi portátil a un lado y comencé a masturbarme.

Me dio la medianoche.

Estaba desnudo sobre mi cama, satisfecho, con el vientre y el pecho salpicados de fluido seminal, y con un nuevo amigo increíble por la red, quien se aseguró de enviarme hasta 15 imágenes distintas de aquel carnoso tesoro.

La alarma de mensajes de texto sonó en mi celular.

“Perdóname por importunarte”.

Ya sabía quién y por qué era. Vete a la mierda, pensé.

Otra alarma.

“Tienes razón… no debo meterme en tu vida”.

Apagué el aparato. Fui a darme un duchazo.

Dormí plácidamente… hasta que se me dio la reverenda gana levantarme. 

miércoles, 10 de agosto de 2022

Ser Rafael 1.1: Una noche en el cine XXX


Siempre admiré a T.T.Boyd: su cuerpo simétrico y con volumen, su rostro agradable, su actitud, y la manera cómo desplegaba sus sesiones de sexo explícito en la pantalla. Siempre que buscaba en la red, alquilaba videos porno o iba a la sala triple X de la ciudad, procuraba sus películas… bueno, videos.

en el ecran del espacio donde el noveinta y nuebe punto nueve por ciento de la concurrencia son varones, o al menos se visten como tales, el actor porno ejecutaba una de sus típicas escenas de penetración a una modelo rubia y de exagerada ninfomanía.

La imagen era muy opaca, lo suficiente para que sin vergüenza metiera la mano dentro de mi short, buscara la pretina de mi calzoncillo y me acomodara mi dura masculinidad que pugnaba por ganar espacio y longitud.

“¿está ocupado el asiento?”, dijo alguien de pie a mi derecha.

La aparición hizo que me quitara la mano de mis genitales tan rápido como pude.

“No. Está libre”, respondí.

La silueta se sentó.

Yo puse mis antebrazos en los respaldos de la butaca. Para nada perdí contacto visual con la acción en la pantalla.

“Recién comenzó?”, me dijo aquella persona . Era una voz varonil, no tan grave. Afable diría yo.

“No… La verdad no… Tendrá como diez minutos”, informé.

Aunque la presencia del chico no me incomodó, sí pensé que era inoportuna. Me había sentado en una de las esquinas posteriores de la platea, cerca de una columna, para que

nadie viera si acaso pretendía masturbarme. Y éste era uno de esos momentos cuando deseaba hacerlo.

Sí, suena raro.

Jamás me masturbaba en el baño de mi casa ni en mi cama. Siempre sentía el miedo que mi vieja o la empleada entraran y me sorprendieran. A mi vieja le habría dado un infarto, en primera por la escena, y en segunda porque la Naturaleza fue muy generosa con el tamaño de mi miembro.

Además, a propósito había ido al cine con la ropa del gimnasio, de donde venía, para evitar la incomodidad de bajarme la bragueta, desabotonarme, y buscar al ‘muchacho’ con el propósito de que tome aire.

La única vez que hice eso, casi lo magullé con la cremallera. Y, aunque iba a encontrar quién se preste solícito, o solícita (si era una loca), a ayudarme, iba a ser el señor papelón.

¿A qué hora se iría este pata del costado? ¡Quería masajeármelo!

Y pasó.

Como si el cielo me hubiera escuchado, el compañero de fila se levantó de su asiento.

Cuando me aseguré que no viniera, procedí a sacármelo y autocomplacerme. Total, aquí está oscuro y la única forma de detectar mi osadía era con un visor de infrarrojos, o cuando algún hijo de puta se le ocurriera encender un cigarro al costado. Obviamente, más que llenarse los pulmones de nicotina, la intención del tabacómano era ganarse con los rostros de la concurrencia. Quién sabe, a lo mejor algún parroquiano nuevo en la sala, o uno de ésos, como yo, que aparecían una vez a las quinientas.

me acomodé mejor en el asiento. Me relajé. Mi mano ya estaba haciendo su trabajo. Emitía pequeños jadeos, uno que otro suspiro.

Entonces, algo me sacó de cuadro.

Otra vez a mi derecha, alguien ocupaba el sitio.

Maldije para mis adentros, guardé a mi ‘compañero de toda la vida’, regresé a mi posición de concurrente ‘decente’.

“En Internet dice que ese huevón es medio latino”, me confió la voz de mi compañero de AL LADO. Era el mismo tipo de hacía unos minutos.

“Sí, ¿no?”, repliqué. Típica salida de quien te quiere decir ‘no me importa’ o ‘sigue la flecha’.

“Sí”, insistió otra vez. “Incluso dice que fue gimnasta”.

¿Gimnasta? ¡aguarda! ¿T.T.Boyd es gimnasta?

“O sea… ese huevón ¿es chato?”. Tenía que salir de dudas.

“Sí, creo que no pasa del metro setenta”, prosiguió.

¿Metro setenta? ¡La puta! Y yo que me quejaba de mi metro setenta y cinco.

“Además, dicen que la tele aumenta cinco kilos”, agregó.

¡Reputa! O sea, yo con cinco kilos, fácil que le hago la competencia en cuerpo… ¿cinco años entrenando todos los días (bueno, cinco días a la semana) por dos horas en el gimnasio!

“¿qué más sabes de T.T.Boyd?”, curioseé.

Sí, lo admito, esa conversación comenzaba a ponerse interesante.

“Pues… hizo cine gay hace poco”, me respondió.

“¿Cine gay? Me estás floreando”.

“¡nada! Entra a Internet, y descúbrelo tú mismo… por cierto, soy Juan”.

Sentí una palmadita en mi bíceps derecho.

“Yo, Ra… Ra… Ra… eh… Rato que no entro a Internet”. Alzé mi mano derecha y se la estreché.

“Mucho gusto”, me dijo. “¿Cómo te llamas?”

“Eh, Paúl. Sí, Paúl”.

“OK, Paúl”, repitió.

Era obvio que parecía un seudónimo fácil y manganzón. 

jueves, 11 de julio de 2019

En vez de seguir discutiendo con ella, me buscó para cachar

Soy un ingeniero informático que hace muchos, muchos años que salí de mi ciudad para hacer una carrera más competitiva en Lima. Sin embargo, no he perdido el contacto con mi ciudad y de vez en cuando regreso a visitar a alguna familia, ciertos amigos y ver algunos negocios de mis papás que ya no viven allá. En realidad, regreso para deshacerme de esos negocios puesto que mis papás han comenzado una nueva vida en otra parte, están lejos, y lo que menos quieren tener ahora son preocupaciones. Por éso fue que hace poco estuve allí para vender la casa donde crecimos. Hubo ofertas de compra, pero ninguna me convenció.

La última tarde que pasé allá me crucé con algunos amigos del colegio quienes me dijeron esa noche para juntarnos y tomar unas chelas. Yo les dije que sí por puro compromiso, porque, la verdad, lo que menos quería era juntarme con ellos. Ya sabía que ellos pondría las cuatro primeras, y el resto de la caja me la iban a terminar chantando, y yo, la verdad, no mantengo a nadie excepto mi familia. Por otro lado, esa noche iba a quedarme solo allí en la casa donde no había nada, solo un colchón con mi bolsa de dormir en lo que alguna vez fue mi cuarto. Encima era viernes. De que iba a aburrirme, iba a aburrirme. Podía ir a una disco pero iba a ser la misma cosa, y al día siguiente quería regresar a primera hora.

Estaba en esa reflexión, cuando al doblar la esquina me topé, casi me choqué, con Fico, el cuñado de uno de mis amigos, que ahora trabaja como profesor de Educación Física y que era un gran futbolista cuando yo vivía en la ciudad. Bueno, no sé si aún continúa siéndolo porque, a juzgar por el polo entallado y el jean pitillo que vestía, no había perdido la forma. Yo, para ser sincero, cuando salí de la universidad no tenía un cuerpo atlético lo que se dice atlético, pero me veía bien. Con los años me he descuidado un poco pero siempre me doy tiempo para salir a correr tempranito en la mañana y, digamos que estoy en condiciones aceptables. Pero volvamos con Fico.
"¡Rubén, a los años!", me dijo y me dio un cálido abrazo. "¿Cuándo llegaste?"
"Hola, Fico", le respondí, no sin extrañarme por el abrazo porque cuando vivíamos hace años apenas si nos levantábamos las cejas. "Vine hace dos días, me voy mañana".
Le expliqué la razón de mi visita y que pensaba regresarme al día siguiente.
"No jodas", me dijo. "¿Y estás solito en esa casota?"
Yo le dije que sí, que no tenía sentido quedarme en casa de nadie, que, hasta que no la venda, ésa era mi casa.
"Bueno, ojalá pueda saludarte más tarde", continuó. "Ahorita se me hace tarde porque tengo que jugar una pichanguita".
Bueno, al menos confirmamos el dato que ese cuerpo se debía a continua actividad física. Nos despedimos. Yo regresé a mi casa.

Me despertó un claxon afuera. Yo estaba desnudo en mi colchón con mi verga de 16 centímetros al palo. No tenía idea de por qué estaba con esa erección. El hecho es que vi mi celular y era como las siete de la noche o por ahí. Mis alertas de Facebook indicaban que tenía varios mensajes, entre ellos los de mis patas que querían chupar conmigo. Bueno, teniendo la casa sola y sin planes, y siendo viernes, estaba tentado a tomar la oferta, aunque terminara pagando los dos tercios de la caja. Tomé mi toalla y me levanté para ir a ducharme cuando oí que sonaba el timbre de mi casa y luego que tocaban la puerta. Pensé lo peor: o que alguien sabía que estaba solo y quería hacerme daño, o que mis patas habían decidido buscarme en casa para chupar sí o sí. Me anudé la toalla a mi cintura, bajé a atender. Sí, estaba corriendo riesgo porque simplemente podía ignorar, pero volvieron a tocar.
"¿Quién?", grité con mi voz más viril posible.
"¿Rubén?", me preguntaron desde afuera.
"¿De parte?", volví a rugir.
"Soy yo, Fico", me replicaron.
¡Aguanta! ¿Fico? Abrí. Ahí estaba el cuñado de mi amigo, vestido como qien te vas a jugar un partido de fútbol, mejor dicho, como quien llega de jugar un partido de fútbol.

"Tuve problemas en casa", me dijo Fico mientras lo hacía subir a mi cuarto. "Discutí con la mujer, y en lugar de meterle más gasolina al fuego, mejor salí".
"Hiciste bien", le respondí. "No es bueno dejar que las discusiones escalen hasta ponerse fuera de control".
"Por éso lo hice y, bueno, me acordé de ti y... espero no incomodarte", trató de justificarse.
"Para nada molestas", le sonreí. Y la verdad era ésa. Aunque no me parecía creíble el cuento de la mujer, tampoco me incomodaba de verdad la presencia de Fico en mi casa, especialmente con ese uniforme que, dicho sea de paso, se le pegaba al cuerpo revelando una anatomía digna de escuela de arte, en especial esas piernas musculosas y ese culo redondo y firme.
"¿Ibas a bañarte?", me preguntó.
"Sí, me desperté y justo tocaste la puerta".
"Ah, chucha, disculpa".
"No, normal".
"Oe Rubén, ¿me creerás que tampoco me he bañado todavía?"
Como supondrán, yo paré las antenas. Respiré profundo tratando de que mi erección, que ya se había bajado, no se vuelva a manifestar. De hecho, hice como que no escuché lo que dijo.
"¿Y quién ganó el partido?", le desvié el tema.
"Nosotros... 5 a 3", respondió mientras se cogía su paquete con la mano. ¡Y vaya que se notaba un considerable paquete!
"¿Me prestas tu baño un toque?", dijo. "¿O ya te vas a bañar?"
"no, entra, normal".
Le indiqué y regresé a mi cuarto. Me pareció que no había cerrado la puerta porque escuché un sonoro chorro que caía al inodoro. Recordé lo que me había dicho otro amigo, de que los pingones tienen chorros más potentes cuando orinaban. Entonces, pensé, la razón por la que Fico había llegado a mi casa era una especie de respuesta a mi negativa para salir. ¿Por qué seguir siendo frío? Me gustaba, mejor dicho, me gusta. Fico regresó.
"Así que no te has bañado aún", cambié mi tono. "¿quieres bañarte acá? Puedes usar la ducha si deseas".
Noté que Fico tragó saliva.
"No, Rubén, cómo se te ocurre, no quiero causar molestias".
¡Carajo!, pensé. ¿Y entonces por qué me lo dijo? Yo seguía allí con la toalla anudada a la cintura.
"Bueno, yo sí", le dije algo frustrado. "espérame un toque". Así que fui a la ducha.

estaba cubierto de jabón escuchando música de mi celular.
"¿Y están vendiendo la casa?", me preguntaron.
"¡Mierda! No asustes así, Fico", reaccioné.
"Perdona", me dijo casi riendo. "Es que tú dejaste la puerta abierta".
Bueno, sí, confieso que lo hice a propósito.
"Sí, la estamos vendiendo, pero la gente que la quiere comprar me está ofreciendo miserias; esta casa vale más", le dije, al fin, recuperándome.
"¿Qué jabón usas, Rubén?"
La pregunta me dio una pista: no había entrado para preguntar el valor de la casa, evidentemente.
"No sé, lo encontré acá todo duro", le respondí, acentuando lo de duro.
"Huele rico", me comentó.
"¿Sacas la marca por el olor?"
"No, quizás por el color, pero tendría que verlo".
A la mierda, dije. Abrí la cortina y... ¡Dios mío! Fico estaba calatito, desnudito, sin su uniforme. Quedé boquiabierto viendo su cuerpo marcado. Él se dio cuenta.
"Perdona, es que... como dijiste que podía bañarme acá". Ahora yo fui quien tragó saliva.
"entra a la ducha", me animé a decirle.

Fico tomó el jabón, lo olió con los ojos cerrados, abrió la llave de la ducha, dejó que el agua recorriera su cuerpo desnudo, y me dejó ver su espalda no tan ancha, sus glúteos como burbujas, algo de vello en sus nalgas, muy fino, y esas piernas de campeonato. Giró. Pectorales no tan inflados, abdominales marcados, cintura pequeñita, y debajo de su vello púbico evidentemente afeitado hace unos días, un largo pene descansando encima de un buen par de bolas. Se untó el jabón lentamente. Mi pinga, casi sin darme cuenta, se puso al palo.
"¿Ya sabes qué marca de jabón es?", le pregunté para liberar tensiones.
"No importa", me replicó. "Huele de la puta madre".
Dejó el jabón en la jabonera de la ducha y comenzó a masajearse el cuerpo tratando de hacer espuma.
"Sóbate el jabón", me pidió. "Se te va a resecar la piel", aconsejó a continuación sonriendo.
Yo no reaccioné. Ya tenía mi verga bien parada. él sonrió, me tomó de los brazos, me puso frente a frente con él y comenzó a sobármelos, haciendo espuma.
"Sóbame", me pidió.
Yo solo atiné a acariciarle la cintura.
"Todo el cuerpo, Rubén", me sonrió, y tomó mis manos y me las pasó por sus pectorales, su cadera y la parte exterior de sus dos nalgas.
"Sin miedo, Rubén, hazlo sin miedo".
Poco a poco fui paseando mi mano por todas esas partes. Me animé a sobarle el centro de sus nalgas, lo que hizo que le acercara mi verga a la suya. La sentí semierecta. También le sobé los muslos. Él sí no se amilanó y me acarició la espalda, mis nalgas, incluso mi pene y mis huevos.
"¿Puedo jabonarte en la raja de tu culo?", me consultó.
"Sí", le permití.
""OK, también sóbame la mía".
Juntamos nuestras pingas ahora duras y usamos la yema de nuestros dedos para pasarnos el jabón por en medio de nuestras nalgas y, cuando menos nos dimos cuenta, o quizás sí, estábamos masajeando el agujero de nuestros anos. Comencé a jadear y a disfrutar.

Tras enjuagarnos y secarnos, volvimos al cuarto y caímos sobre el colchón. Fico me besó profundamente en la boca. Nuestras lenguas más que combatir, se acariciaron. Sus manos y las mías no hicieron más que acariciarnos nuestros cuerpos a todo lo que se podía mientras nos revolcábamos no solo sobre el colchón, sino que nos desbordábamos al piso frío. Me besó el cuello, dejándome gemir Me puse encima suyo y ahora a mí me tocó hacerlo gemir mientras le succionaba las tetillas.
"Rico, Rubencito, sigue", me animó. Y así lo hice.
Pasé mi lengua sobre sus abdominales y llegué a su vello púbico que me raspó la cara. Tomé su pinga de unos 18 o 19 centímetros (parece que mis amigos tenían razón con lo del tamaño y el chorro), y comencé a chuparla a lo que podía porque es gruesa.
"Así, Rubencito, oh, qué rico", me suspiraba. Bueno, mas bien gemía.
Como toda su pinga no me cabía en la boca, , usé mi lengua para lamerle el resto de su falo hasta llegar a sus huevos y succionarlos mientras le pajeaba el pájaro. Fico convulsionaba. entonces, me puso sus poderosas piernas en mi espalda.
"Lámeme el culo, Rubencito, lámemelo", me pidió.
Le levanté las piernas, él me ayudó abriendo sus nalgas con sus manos y fui a la conquista de su ano. Lo lamí, lo punteé con mi lengua. Mi nariz aspiraba el aroma del jabón que habíamos usado poco antes. Sentí cómo su agujero se comenzaba a dilatar.
"Métemela, Rubén", me rogó. Y yo no esperé mucho, me arrodillé, me puse saliva en mi cabecita y puse mi huevo a la entrada de su culo. Empujé suavemente. Qué rica sensación, carajo, sentir cómo me abría paso por ese hoyo caliente. Me tomé mi tiempo porque tiempo era lo que me sobraba. En esa pose, metía y sacaba, metía y sacaba. Fico gemía extasiado, tomando su enorme pene y pajeándose sin violencia. Cuando creí que iba a explotar, me pidió lo insospechado.
"Sácamela, Rubén".
"¿Te duele?", pregunté.
"No, solo sácamela, no seas malito".
Lo hice.

Apenas le saqué mi pinga a Fico, cerró sus piernas y se arrodilló frente a mí para besarme en la boca otra vez.
"Acuéstate boca abajo, Rubencito", me pidió.
Le obedecí. Lo siguiente fue sentir su lengua en mi nuca, luego a lo largo de toda mi espina y finalmente haciendo circulitos en mis nalgas.
"Tienes rico culo", me dijo Fico.
"¿Te gusta?"
"¡Me encanta!"
Entonces me hizo el beso negro. Tampoco me contuve y gemí. Qué mierda. La casa eestaba vacía. Quién podía joder. Nadie. Así que gemía y jadeaba. Estuvo largo rato ahí. Hizo que levantara mis nalgas, casi poniéndome en perrito, y me colocó su cabeza en mi ano. Me la fue metiendo de a pocos. Aunque yo estaba recontraexcitado, me dolió un poco cuando me la metió, pero me acordé de respirar hondo, de relajarme, y el pene de Fico me penetró con facilidad. Se movió con gentileza, como entendiendo que cualquier movimiento brusco podría generarme mucho dolor, me acariciaba con mucha seguridad.
"Hace tiempo que quería cacharte", repetía. "Por fin eres mío".
"Cáchame, Fico".
De pronto me la sacó.
"¿Pasó algo?", quise saber.
"Está a punto de pasar", me dijo.
Me puso boca arriba y se acostó sobre mi. Comenzó a mover su cadera mientras yo le habría las piernas. Nos besamos y aproveché para agarrarle las nalgas con fuerza. Entonces sentí una humedad caliente en mi vientre.
"Las di", me confirmó Fico.
Se arrodilló, tomó mi pene con su mano y comenzó a masturbarme. En cuestión de minutos, disparé todo mi semen sobre mi abdomen y mi pecho.
"Vamos a lavarnos", me dijo.

Tras secarnos, vi mi celular. Eran casi las ocho y cuarenta y estaba cargado de mensajes de mis patas. Fico se echó sobre el colchón, aún desnudo.
"Ojalá que mi mujer ya no esté asada", comentó.
"No creo", le observé. "Aunque quizás es muy pronto".
"Sí, pero a lo mejor tú quieres salir: es viernes por la noche".
"No, prefiero quedarme aquí".
"¿En serio?"
"Sí, Fico; prefiero quedarme aquí".
Se mantuvo en silencio buen rato.
"¿Puedo quedarme aquí contigo?", me pidió.
"Claro", le sonreí.
"Ven", me tomó del brazo e hizo que me acostara encima suyo. Nos besamos en la boca de nuevo.
"¿Cómo es éso que hace tiempo querías cacharme?", le pregunté cuando nos separamos.
"Es una larga historia, desde que mi cuñado nos presentó".
"¿Una larga historia como tu pinga?"
"¿Te gusta mi pinga?"
"Me gustas, Fico".
"Tú también, Rubén".
Nos volvimos a besar.
El cuñado de mi amigo y yo nos quedamos a pasar esa noche y cachamos dos veces más. ¿Mis patas? Bueno, se cansaron de mandarme mensajes para chelear. Que sigan mandando. Que no nos jodan.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Kyrie

Por: Hunks01

 

Perdóneme, Padre, porque he pecado. Me acuso de haber tenido una conducta impropia con un desconocido.

Todo comenzó ayer, cuando mi amiga Giuliana me pidió que la acompañara a probarse su traje de novia. A pesar que le dije que me iba a aburrir, ella me insistió. Pero justo antes de llegar a su destino, le dije que iba a alquilar media hora de Internet, y luego la pasaba recoger.

Estaba viendo una porno amateur de dos chicos en el campo, cuando la ventana de un sitio de contactos gays se iluminó. La abrí. Era un tipo que dijo haber visto mis fotos, que le gustaban, que dónde estaba. Me puse a conversar con él. Me dijo que estaba en la ciudad, porque no es de acá, y que si podíamos encontrarnos.

Me faltaban nueve minutos para que se acabe mi tiempo.

Le mandé un mensaje a mi amiga. Nada.

Hace más de una semana que no tengo nada con nadie, y casi a diario aprovechaba para masturbarme en la ducha.

Cinco minutos antes de que se acabara mi tiempo, decidí ir a su encuentro. Me incomodaba dejar a mi amiga, pero pensé que esta oportunidad no se presentaría tan rápido.

Llegué a donde me había citado: un hospedaje sencillo, casi oculto, en una calle tranquila y perdida del centro de la ciudad. Pregunté por Rolando, como me dijo.

El recepcionista me indicó el cuarto (por cierto, a este chico lo he visto un par de veces en el baño del cine porno).

Tras tocar la puerta de la habitación, un tipo blanco, cabello y vellos castaños (por casi todo el cuerpo), ojos verdes, tan alto como yo, me atendió.

Su habitación era sencilla en extremo. Una cama, una mesa, una silla, una mesita de noche, y su maleta a medio abrir. Noté que sobre la mesa había un libro de Filosofía, unos papeles en blanco sobre los que, de seguro, escribía algo, y un bolígrafo.

Me pidió no estar nervioso, me dijo que en persona era mucho mejor que en las fotos de Internet. Soy flaco pero no huesudo, formadito mas bien, algo velludo, trigueño tirando a moreno, y encima zambo.

Rolando sólo tenía puesto un boxer; Me pidió que me desvistiera. También me quedé en boxer.

Se acercó y comenzó a acariciarme el pecho, me rodeó hasta la espalda, aproximó su cuerpo y comenzó a besarme en la boca. Le correspondí. Poco a poco, fuimos excitándonos, digo, era evidente por lo que ocurría debajo de nuestros boxers. Se arrodilló un poco y me quitó el mío. Se quedó sorprendido de ver lo que escondía debajo de él.

Me preguntó si realmente eran dieciocho centímetros, porque le daba la impresión de que era más.

Comenzó a hacerme… sexo oral.

Se quitó su boxer, y me pidió que también le hiciera sexo oral. Accedí. Lo suyo es algo más pequeño que el mío.

Me preguntó si tenía preservativos. Nada. Aún así, me acostó sobre la cama, se acostó sobre mí, y comenzó a rozarme todo su cuerpo. No parábamos de acariciarnos, incluso nos ingeniamos para rodar acostados, ya que sólo había espacio para una persona. Estuve largo rato encima suyo, y luego regresé a estar debajo. Luego me pidió que le dé la espalda, y volví a sentir su peso y cómo mecía su cadera, hasta que, tras un profundo suspiro, eyaculó. Pude sentir su tibio fluído entre mis nalgas.

Me bañé, me vestí, agradecí y salí del hospedaje. Fue cuando prendí mi celular. Giuliana me había respondido: se iba a demorar otra hora más.

Y por ella estoy aquí. Se casará dentro  de una hora, y vengo a pedir la absolución, pues pienso comulgar. ¡quiero compartir el gozo de este día!

Así que, Padre, acepto la penitencia que me corresponde… aunque creo que será compartida.

Sí. No me mire con esa cara.

¡Perdónanos, señor, porque hemos pecado!

No olvide que usted, Padre Rolando, fue la persona que me citó a ese hospedaje.

 

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Producida con el Método Writting Fitness. Más información aquí.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Sexo Mandamiento (3)

A la mañana siguiente, me levanté temprano. Miré la imagen de la Virgen colgar en la puerta de mi habitación, me conmoví. La imagen de la virgen siempre había evocado en mí gran devoción. Me paré delante de la imagen y recité una Salve.

Me vestí con el buzo, tomé mi reproductor MP3 y coloqué música electrónica. Me eché a trotar por la manzana.

Poco a poco iba acelerando la marcha, veía a los escolares ir con sus padres a sus colegios. Recordaba el tiempo en que Papá nos había llevado a mi hermana y a mí al colegio. Realmente fueron tiempos felices. Empecé a sentir cansancio, “solo un poco más” me dije.

De regreso a casa, me topé con una compañera de universidad. “Hola Tavito” me saludó entusiasmada, también regresaba de correr. “Hola Mariana” le respondí,  sin el mismo entusiasmo que ella había mostrado al saludarme. Por alguna razón yo pensaba gustarle a Mariana, sin embargo era hasta ese momento solo un pensamiento.  Llegué a casa, tomé una ducha y bajé a desayunar listo para ir a la universidad. Salí de casa y tomé un taxi. Tenía un curso aburridísimo, la sola presencia de la profesora era aburrida, sin embargo no era aquello lo que más me aburría de su apestoso curso, sino la forma cucufata de pensar que pretendía inculcarnos. Aunque no era materia de su curso, tocaba temas referidos a la drogadicción, a la prostitución, al consumo de alcohol, y siempre nosotros, los estudiantes de mi generación, éramos unos perdidos, unos demonios, y en fin, una serie de apelativos negativos. Aquella mañana no sería la excepción.

“Hoy, mientras venía de camino a la universidad, me topé con una ingrata sorpresa”, empezó a decir la profesora, con su modo peculiar de hablar, arrastrando las palabras, en una suerte de susurro casi inaudible. “Vi a dos jovencitos – ambos varones- tomados de la mano, dispuestos a tomar un taxi” exclamó con un tono de repudio. “Esa es una de las razones por las que nuestra sociedad está como está”, seguía diciendo.  Cada vez su discurso se llenaba de más repudio, de más odio. “Son unos enfermos, eso no es normal, se nos creó hombre y mujer. Así que si alguno de ustedes atraviesa por esas confusiones, está aún a tiempo de ir a un psiquiatra para que los cure, porque ser homosexual es una enfermedad curable”. Y dicho esto clavó la mirada en un muchacho de aspecto humilde, al que todos nosotros respetábamos por ser sumamente inteligente. Que sea afeminado jamás fue un obstáculo para que la lucidez de su pensamiento se manifieste. Jerónimo, así se llamaba el chico, tomó sus cosas y se fue del salón casi corriendo. Al ver esto, la profesora esbozó una sonrisa macabra. No contuve mis impulsos y me paré, y apretando los puños dije: “Profesora”, casi gritando. La profesora regresó a mirar con un gesto desafiante, que dejaba ver que aunque no lo dijera, le sorprendía que yo gritase de esa manera. “Dígame Señor Lazarte” me dijo, a lo que sin más, y temblando de miedo por dentro, proferí: “Creo yo, que esta vez usted se ha excedido, como ya lo hace bastante. Habla usted de temas que sinceramente no le competen”. “Creo yo que usted está equivocado Sr. Lazarte, mi labor como docente no se extingue en el mero hecho de brindar conocimientos técnicos…” se defendió. “Creo que si está equivocada” dije defendiéndome, con una pasión que me embargaba cada vez más, quizá por la injusticia, quizá porque también me había sentido agredido. “Su labor es educar, y educarnos en nuestra carrera. Para saber lo que está bien y lo que está mal ya hemos tenido buen tiempo en casa y en el colegio. Si sus creencias son tales, creo que usted no debe pretender obligarnos a creer de esa manera. Yo soy católico y como tal creo en Dios y se de lo que está bien y mal, pero no por ello juzgo, que para juez nuestro, solo Dios”.

Cuando terminé tenía a la mitad del salón mirándome. Todos susurraban. Pero lo que más me impactó y hasta atemorizó fue la mirada llena de ira que la profesora tenía hacia mí. Empezó a hablar, pero los oídos me zumbaban, la vista se me nubló. Tomé mis cosas y me fui del salón.

Caminé hasta la puerta de la universidad, y luego hasta mi casa. No podía entender por qué había actuado de esa manera, era contradictorio. Cada vez que pensaba en que yo era homosexual, la piel se me ponía de gallina, me daba miedo pensar que me fuese a condenar. Me daba miedo también la reacción de mis padres, de mi hermana al saber que yo era homosexual. A veces pensaba que todo se me pasaría algún día, que de repente a cierta edad me casaría y fundaría una familia. Pensaba que todo sería pasajero. ¡Qué equivocado estaba!

Pero la forma en como trataron a Jerónimo me pareció injusta. Él era un estudiante brillante. Yo era bueno, pero el era brillante y además era becado, y eso era realmente admirable.

Caminé hasta mi casa. Me sentía agotado. Me desnudé y al quitarme el pantalón, vi caer un papel al suelo. Lo recogí, era el correo electrónico de Adrián, sonreí.

Me senté frente a mi escritorio, abrí mi laptop y entré a mi correo electrónico. Añadí a Adrián a mis contactos y de inmediato apareció conectado. “Hola” me dijo. Ante su saludo, por alguna manera, me quedé helado, me sentí emocionado. La piel se me puso como de gallina. “Hola” le respondí.  Conversamos bastante, realmente disfrutaba mucho conversar con él. Me hacía reír con sus pavadas. Lo dejé porque tenía que ir a almorzar y luego de un rato  a entrenar en la piscina. Pero quedamos de vernos a las 7 en su departamento.

Salí de casa con un entusiasmo que pocas veces sentía. Llegué a la piscina. Me desnudé en los camerinos como de costumbre. Me coloqué el apretado slip de natación, la gorra y sobre ella los lentes. Salí a la piscina propiamente dicha. Hice calentamiento y luego me clavé en ella. Nadaba por espacio de 20 minutos y descansaba 5  y así lo hice hasta completar una hora en el agua. Salí, me sequé, me puse la misma ropa ligera con la que había ido a nadar esa tarde y regresé a mi casa.

Me sentía entusiasmado. No sé si era el solo hecho que me iba a volver a ver con Adrián, o, si era la tácita invitación a volver a tener sexo con él, lo que hacía que me entusiasme y emocione. Llegué a casa nuevamente, tiré mi mochila sobre la cama, me desnudé y me metí a la ducha. Cantaba mientras me duchaba. La verga la tenía dura a más no poder, y aunque tenía ganas, decidí no masturbarme.

Me vestí, y me marché. Tomé un taxi y me dirigí al departamento de Adrián. Me bajé del taxi y en cuestión de unos pocos minutos estuve delante de su casa. Toqué el timbre del intercomunicador y casi de inmediato una voz ronca y varonil respondió: ¿Quién es? Preguntó, “Yo, ¿quién más?, respondí riéndome. “¿Quién es yo?” Replicó, en un tono juguetón. “Adrián apúrate ¿quieres?, Soy yo, Gustavo”, respondí riéndome pero sintiéndome secretamente incomodo por su broma. “Ah, Ahora sí”, dijo, y finalmente abrió la puerta.

 

(CONTINUARÁ...)

 

 © 2013 Gonzalo Martínez. © 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia.  Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.

Texto producido con el Método Writting Fitness. Más información aquí.

domingo, 27 de octubre de 2013

Sexo Mandamiento (2)

Salí inmediatamente del departamento de Adrián, pero no sin equipaje,. Llevaba dentro de mí los momentos de placer, el recuerdo de sus gemidos y gestos; pero también me llevaba una gran confusión.

Tomé un taxi y me dirigí al centro de la ciudad, compré una cremolada en una conocida heladería, y me senté a tomar el fresco en la plaza de armas. Aunque mi cuerpo se sentía bien, mi mente era un remolino, una lluvia, ¡una tormenta de ideas! No podía negar que había disfrutado al máximo cada instante en la compañía de Adrián: el placer obtenido en nuestro encuentro íntimo había sido de gran magnitud.

Recordaba y recordaba, y poco a poco empezaron a aparecer imágenes de mi reciente encuentro con él y con otros  anteriores; poco a poco mi miembro empezó a tomar forma nuevamente. De repente, cuando me encontraba preso de mi excitación, mis ojos se posaron en la cruz que corona la cúpula de la catedral. Nuevamente la confusión se apoderó de mí.

Decidí  que había tenido mucho por ese día, que lo mejor será esperar que llegue el día siguiente, que seguramente será mejor. Me dirigí a casa caminando, “quizá caminando mis dudas se disipen”, pensé en ese momento

Mientras más caminaba, más cansado me empezaba a sentir, pero ya me encontraba cerca de casa, frente al cementerio San Teodoro para ser exactos. Mi celular empezó a vibrar en el interior de mi bolsillo: era mi madre. Estaba histérica, porque no había llegado a casa desde las 7 pm que salí.

“Ya vieja ya estoy en camino” le dije

“Más te Vale Gustavo, más te vale, me has tenido muy preocupada” me respondió

“¡Vaya! Por fin alguien se preocupa por su hijo; yo pensaba que solo te interesaban mis medallas y diplomas”. Y diciendo esto colgué la llamada acelerando el paso.

Cuando me encontraba acercándome a un conocido colegio femenino, la sensación de estar siendo observado me invadió. Aceleré el paso. Un tipo con fachas de malviviente apareció ante mí.

“Paja tus tabas colorao” me dijo el tipejo colocándose delante de mí. Yo intenté seguir caminando, pero se interpuso en mi camino. “¿vas a apurao?” me dijo. “¡Qué chucha te importa!” Repliqué, sintiendo como la adrenalina empezaba a recorrer mi cuerpo. “Ah, carajo, estos pitucos se han avivao”, me dijo.

Intenté retroceder, pero me topé con alguien detrás. Otro tipo de similares características se encontraba a mi espalda. “Ya me cagué, putamadre”, pensé. Empezaron a intimidarme. Me dio rabia. Siempre había sentido fastidio por la gente de malvivir, no los discriminaba, pero detestaba que pese a sus condiciones, no busquen la forma de superarse. Mi viejo había sido recontra pobre y jamás robó. Ahora, mi viejo,  era un empresario de éxito. Intenté correr, pero fue tarde, ya me habían tomado por el cuello y uno de los huevones ya empezaba a retirarme las zapatillas. Lo pateé. “Ya te cagaste” me dijo, y de inmediato enterró su puño izquierdo en mi abdomen. Me dolió como mierda y sentí que el aire empezó a faltarme.

Ya me había logrado retirar una zapatilla, empezaba a hacer lo mismo con la otra. Se escuchó el chirriar de unas llantas sobre el pavimento. Un auto se detuvo delante de la penosa escena. Un tipo corpulento bajó del auto negro que se había detenido delante de nosotros. “¡Suéltalo conchatumare!” exclamó. Empezó a pelear con el que me había tomado del cuello. Yo corrí y cogí mis zapatillas. En la confusión no había reconocido al huevón. “Sube al carro” me gritó. Subí. Le propinó una buena golpiza a uno de los tipos, y el otro se dio a la fuga.

¿A…Adrián? ”Hola Tavo” me dijo. “Puta huevón, que lechero soy, si no llegabas en ese momento me hacían mierda” le dije, preso de gratitud y emoción. Sí, esos choros de mierda son la cagada.

“Y se puede saber ¿qué hacías  caminando tan tarde por una zona que  es tan peligrosa? Me interrogó Adrián, titubee, no sabía que responderle. A grandes rasgos le expliqué que había salido a aclarar mis dudas, a disipar mis confusiones. “Me dejaste pasmado hoy, no entendí porqué actuaste de esa manera” me dijo entre asombrado y aun confuso. “Ya algún día entenderás” le respondí. Le dije que no era ningún tema personal para con él, que al contrario había disfrutado mucho acostarme con él. Mi vieja me volvió a llamar. “Ya voy vieja, ya voy! Putamadre!” contesté furioso y colgué.

“Hazme un favor, déjame en el grifo””, Le pedí a Adrián. “Bueno, en realidad me iba a otro lado, pero bueno está bien te llevo” me respondió él. Llegamos. Me dio su correo y me pidió que cualquier cuestión en la que pudiera ayudarme, solo le escribiese. Tomé un taxi y me dirigí a casa.

Cuando llegué, mi madre me esperaba prevista de sus ataques más fuertes. Me acusó de irresponsable, de descuidado. “Vaya, ya me sorprendía que te preocupes por mí, sigues haciendo lo mismo, sólo me ves como una máquina de ganar medallas” le respondí a sus reclamos. Se quedó callada, solo bajó la mirada y se retiró. Le dije a Matilde, la empleada, que no tenía hambre. Matilde como siempre acató la orden y se alejó, esta vez dándome un consejo: “Ay  joven Gustavito, no le hable así a su mamá, ya sabe cómo es ella, sólo déjela” me dijo con voz temblorosa pero sincera. “Gracias Matilde, tu pareces ser la única cuerda en esta casa” le respondí, dándole un beso en la frente.

Me dirigí a mi habitación. Me desvestí, lancé la ropa sobre la cama. Me dispuse a tomar una ducha. Una vez en el baño de mi habitación, me detuve a mirarme en el espejo. Me encontraba agotado, pero una sutil sonrisa empezaba a aparecer en mi rostro. No entendía por qué. Estaba confundido. Éso estaba claro. Pero mi culpa se hacía menor, casi insignificante, cada vez que pensaba en Adrián.

Mi miembro, ante su recuerdo, despertaba  como si tuviera voluntad propia. Pronto empecé a sentir cómo mi cuerpo incrementaba su temperatura. Me miré en el espejo y al verme desnudo, imaginé cómo Adrián me recorría con sus gruesas y grandes manos. Me excité. Llevé  las mías a mi miembro y empecé a masturbarme, recordando las caricias y besos de Adrián, su fuerza, nuestra pugna de fuerzas, todo era genial en él.

Acariciaba mi miembro con gran deseo, moviéndolo, mirándome en el espejo. Me miraba y veía nuevamente mi rostro desfigurado por el placer.  El placer que daba el autosatisfacerme era fuerte, pero no equiparable con el que sentí con Adrián. Tocaba mis tetillas. Lamía mis axilas, siempre mirándome al espejo, imaginando y recordándolo milimétricamente. La sensación era realmente excitante.

Suspiré fuerte, y sentí que ya me venía. Solté un chorro blanco, y sonreí con placer. Me había imaginado siendo de Adrián nuevamente.

Tomé una ducha y me recosté. La confusión se apoderó de mí nuevamente, al mirar la imagen de la Virgen que colgaba en la puerta de mi habitación. Me tapé con el edredón, me coloqué los audífonos, cerré los ojos y me quedé dormido, agotado por todo el acontecer del día.

 

Continuará.

 

 

 

 

 

 

© 2013 Gonzalo Martínez. © 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia.  Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.

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miércoles, 27 de febrero de 2013

SOT-2013-009: saldo a favor

Hunks of Piura

Recopilado por SOT

 

19FEB2013

08:23

Debido a un problema en mi centro de trabajo, fui asignado para poner las cosas en orden. Por eso me enviaron a un pueblo donde meses antes había trabajado, pero del que pedí que me sacaran luego de involucrarme en una relación con un superior, que me estaba utilizando para encubrir malos manejos, y tratando de ganarme teniendo sexo conmigo.

Cuando me quise liberar de él, comenzó a tratarme con violencia.

Fue gracias a un amigo policía que pude escapar. Me protegió y me ayudó a salir de ese círculo de la violencia. Además, siempre que salíamos, procuraba que no me quede tanto tiempo en la calle. Hasta se daba el trabajo de acompañarme a mi pensión, a las tres de la madrugada, cuando salíamos de las fiestas. Me dejaba durmiendo y se iba.

 

12:49

El trabajo está más pesado de lo que parece. Papeleo, papeleo y más papeleo. Me doy un respiro para almorzar.

Apenas entro a la pensión cuando me choco con mi amigo policía. Me da un fuerte abrazo. Es un tipo de 30 años, como de uno 75, recontra atlético y varonil. Su alegría es enorme y sincera.  Me promete que irá a visitarme más tarde, que me llamará después.

 

22FEB2013

20:06

Llego cansadísimo a mi cuarto. Estos dos días me he dormido casi a medianoche, porque me he llevado trabajo para avanzar.

Me quito los zapatos, el uniforme, mi boxer. Me meto a la ducha. Estoy relajándome dentro, cuando escucho que tocan la puerta de mi cuarto. Espero que no sea más trabajo, tanto, que ni siquiera he podido comenzar la rutina que me dieron en Hunks of Piura.

“Hola”. Es mi amigo, el policía. “Te traje un regalo”, me dice mostrándome una botella de vodka.

Nos sentamos a conversar y le cuento las incidencias de los dos días. Me escucha con paciencia, sin interrumpirme. Cuando, por fin, acabo, me acaricia mi cabeza: “Ya, olvídate del trabajo. Brindemos por tu regreso”.

Le digo que me pondré algo, para no faltarle el respeto- “Normal. Mas bien haré algo para que no te sientas mal”. Dicho esto, comenzó a quitarse su camisa, descubriéndome un pecho y unos brazos de escultura, y un abdomen que parece tabla de lavar. Luego se quitó el pantalón, mostrándome unas enormes piernas y un trasero redondo y firme… además de un prominente paquete.

Abre la botella, sirve un par de vasos descartables que traía, y brindamos.

 

22:02

La botella está casi vacía. Seguimos conversando.

“Entré en calor”, le digo.

“Es el vodka”, me dice. Me pasa el dorso de su mano por mi brazo. Siento un enorme cosquilleo. Suspiro.

“Te extrañé”, me dice.

“Yo… también”, le respondo.

Se me aproxima y me besa en la boca.

 

22:12

Los dos estamos desnudos sobre mi cama. Estamos arrodillados. Me abraza con firmeza, sin dejar de acariciarme la espalda y mi trasero. Yo hago lo mismo. Nuestros labios parecen no querer despegarse nunca. de pronto, comienza a besarme el cuello. Su miembro duro y el mío se rozan sin problemas.

Comienzo a recorrer su cuello, sus pectorales, sus abdominales, hasta llegar a su pene erecto –un falo de 19 centímetros, grueso, venudo-, y comienzo a chuparlo.

 

22:36

Aprovechando que estoy en cuatro, me deja en esa posición, baja de la cama, me acaricia las nalgas, me las separa, y comienza a lamerme el ano. Siento cómo lo va dilatando. Gimo.

 

22:48

Mi amigo se pone un condón, se unta algo de lubricante, me lo coloca en el ano. Ubica su glande y comienza a empujar lentamente. “¿Te duele?”, me va preguntando a medida que me lo mete. Si le digo que sí, se detiene un poco; si le digo que no, avanza  hasta que logra introducírmelo todo.

Comienza a bombearme despacio, y, sin apuro, incrementa la velocidad.

Yo muevo mi trasero para incrementar su placer y el mío.

 

22:51

Mi amigo se baja de la cama y me jala hasta el filo de la misma. Me levanta una pierna y la extiende sobre su torso. Él también sube uno de sus pies sobre la cama, y me vuelve a penetrar. Reanuda el bombeo, de despacio a rápido. Ambos jadeamos y gemimos.

“¿Te gusta cómo te la meto?”, me dice.

“Sí. Así. Cáchame rico”, le pido.

 

23:08

Ahora se acuesta sobre mi espalda, me levanta el trasero y repite la penetración. Siento su boca recorriendo mi cuello, tratando de besarme.

 

23:14

El clásico piernas al hombro. Comienzo a masturbarme.

“Las voy a dar”, le digo. “No aguanto”.

Él saca su pene, se quita el condón y me imita.

Eyaculamos casi en simultáneo.

 

23:39

Los dos descansamos. Yo sobre su amplio pecho; el boca arriba. Nos tapamos un poco, porque comenzamos a sentir frío.

“Estuvo grandioso”, le digo.

“Estuviste excelente”, me dice.

 

23:51

Los besos y las caricias se reanudan. Me acuesto sobre él. Nos destapamos. Comienza el segundo round. Nuevamente bajo hasta su pene y se lo chupo.

 

23FEB2013

00:15

Tras ponerle el preservativo, me siento sobre su pene y comienza a saltar sobre él. Mi amigo me acaricia las caderas, el pecho, los costados, la cara, las nalgas. Bombeo.

 

00:28

Nos acostamos de costado. Él me levanta una pierna, y desde atrás, es decir, del costado, me bombea. A los pocos minutos, se levanta, arrodilla y me la mete así, mientras me acaricia mi costado y pecho.

 

00:38

Me apoyo sobre la ventana, y él me penetra desde atrás. Ambos estamos de pie. Me bombea con rapidez.

Minutos más tarde, siento su pene palpitando dentro de mi ano, mientras él jadea profundamente.

“Me vine, carajo”.

 

05:32

Un movimiento me despierta. Es mi amigo que se levanta de mi cama. Veo que se va al baño. Se ducha brevemente.

Sale, se pone sui ropa. “Fue una noche maravillosa, pero tengo que irme ahora. Si la gente nos ve, haré que te metan en chismes, y no me gustan esas huevadas”.

Termina de vestirse. Se va.

 

20:54

He seguido trabajando todo el día. De nuevo tocan mi puerta. Es mi amigo.

“Mañana tengo que ir a Piura. Hay unas cosas que resolver”, me dice. “¿Puedo pasar?”

“Pero, claro. Eres bienvenido”, le respondo.

Sentados sobre la cama, me toma de las manos y me uelve a besar.

“¿Quieres ser mi pareja?”, me pregunta.

Me quedo mudo. No sé qué decir.

¿qué responderían en mi lugar.

 

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