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viernes, 28 de abril de 2023

Me folló rico tras rescatarlo de la lluvia torrencial


Mi nombre es elton, vivo en Fort Lauderdale, Florida, y trabajo como voluntario en una ONG que proporciona ayudas aquí en Piura. Me especializo en zonas de desastre. Fui asignado por mis superiores a trabajar en los apoyos para damnificados por las lluvias.




 

Personalmente gusto de la lluvia. Me encanta sentir las gotas en mi cara y en todo mi cuerpo. Es relajante. Como la casa donde vivo tiene un pequeño patio, cada vez que llovía fuerte, quedaba desnudo y salía con los brazos abiertos a recibir el agua. De vez en cuando el destello de los relámpagos me iluminaba por segundos.

 

Como me gusta hacer deporte, a cada destello se me veía como en una breve fotografía luciendo mi cuerpo bien entrenado cual estatua clásica.

 

Cierta tarde, cuando ya terminaba de trabajar en la oficina, comenzó la lluvia fuerte. De inmediato entendí que duraría mucho tiempo. Terminé de arreglar los papeles que estaba organizando, los guardé, y aseguré todo. Di un último vistazo por la ventana: seguía lloviendo duro. Pero algo más llamó mi atención. En un poste de la esquina, una persona estaba de pie mojándose y mirando a ambos lados.

 

Salí de mi oficina, y me fui hasta esa esquina. El hombre giró su cabeza hacia mí. Se le notaba aturdido, extraviado. Era un chico negro de rostro agradable.

“¿estás bien?”, le pregunté.

“No hablo español”, alcanzó a decirme.

“¿qué tú hablas?”

“Francés”.

Con lo poco que sabía de ese idioma, le dije que entrara a donde yo trabajaba. Él se negó.

“¿Tú policía?”

“¿No! No soy policía”.

“yo sin hogar”.

“Espérame aquí”, le dije.

Saqué mi motocicleta y fui a donde había dejado al chico.

“Sube… te llevaré a casa”.

“No tengo casa”, me repitió.

“No… A mi casa”.

Le hice una seña con la mano para que se siente y le señalé el cielo dándole a entender que el aguacero iba a continuar. Aceptó.





 

Mientras avanzábamos por las calles de Piura hechas un río, cada vez que frenaba en seco, pude sentir su recio cuerpo chocando contra mi espalda.

 

Llegamos a la casa que alquilo. Lo hice pasar de inmediato al mismo tiempo que metía mi motocicleta.

Merci”, me dijo con su voz áspera.

“quítate la ropa”, le aconsejé. “Ponte ropa seca”, proseguí señalando su mochila.

“Oh… ropa sucia”, me respondió.

“Quítate la ropa de todas maneras porque vas a enfermar”.

“Quiero cargar celular”, me dijo más bien.

Le indiqué dónde estaba el tomacorriente. Él sacó su móvil y lo conectó. Me acerqué y tomé su mochila.

“Vamos a lavar tu ropa”.

Vi algunas lágrimas formándose en sus ojos. Me le acerqué y sin más protocolo le di un abrazo.

“Tranquilo, ami. Estarás seguro aquí”.

Merci, ami”, me respondió abrazado y casi sollozando.

Me separé.

“Quitémonos la ropa, nos vamos a enfermar”.

Comencé a desnudarme, y cuando me quedé sin ropa, la sacudí y caminé hacia mi dormitorio. Con la otra mano, cargué su mochila. Fui hasta la lavandería y conecté la lavadora. Recé para que la electricidad no se cortara debido a la tormenta.

“Mi ropa”, escuché que me dijeron a mi espalda. Volteé. El chico estaba desnudo. No podrías imaginar qué hermoso y perfecto cuerpo de ébano estaba frente a mí, tal como Dios lo trajo al mundo: musculoso, lampiño, larga verga, voluminosas bolas. Eso sí, su vello púbico estaba crecido. Tomé su ropa y la metí a la lavadora.

“Vamos adentro… ¿quieres café o vino?”

“Café”, me dijo sin dudar.

Sonreí. Le presté un par de sandalias que le quedaron muy chicas. Preparé café.

“¿Cómo te llamas?”

“Michel”.

“¿De dónde vienes?”

Cafou”.

“¿Dónde está eso?”

Port-au-Prince”.

“Oh, Haití”… ¡Estás migrando solo?”

“No. Con mis amigos, pero mi móvil descargó. No puedo comunicarme”.

“Diles que estás seguro y que pueden buscarte cuando acabe la tormenta”.

“Ropa lavando”, sonrió. “yo… desnudo”.

Sonreí. Nos sentamos a tomar café.

“eres guapo”, me animé a decirle.

Merci, moma mi. Tú también eres guapo… y generoso”.

Merci”, sonreí.

“¿Cómo te pago esto?”

“No tienes que pagarme”.

“Estoy agradecido”.

“eso es suficiente”.

Me abrazó de nuevo y aproveché a ponerle mi mano sobre su enorme muslo. Hizo que me acurrucara en él.

“¿te parezco atractivo, no?”, me susurró.

Me tomó por sorpresa. No supe qué responder.

“Tú también me pareces atractivo”, continuó.

Entonces, Michel comenzó a acariciarme el hombro y luego el brazo. Yo comencé a acariciar más su muslo y rocé sus bolas. Esperaba encontrar su pene flácido, pero ya no estaba allí. Mejor dicho, estaba comenzando a erguirse y ponerse duro. Disfruté viendo cómo ese trozo de carne se hacía gordo, largo y se elevaba a medida que latía. Mi pene también se puso duro y comenzó a surgir mucho precum.

“¿Puedes chupármelo?”, me consultó.

“Por supuesto”, accedí.

Me incliné, abrí mi boca, comencé a succionar su pinga. Obviamente, no me la pude tragar toda completa, pero a Michel pareció importarle poco si yo soy un garganta profunda o no. Me tomó mi rostro, me lo levantó y me besó profundo en la boca, muy apasionado.






 

Continuamos en mi dormitorio. me besó y lamió bien el culo. Yo me sentía en las nubes. Le di un condón y se lo puso. El pedazo de látex no pudo cubrir toda su hombría. Volvió a lamerme bien el ano y fue metiéndome su verga poco a poco. No niego que me dolió, pero el fue muy paciente tratando de que al taladrarme, todo no fuese violento, como dándole tiempo a mi recto para que se expanda.

 

Cuando logró meter toda esa manguera, comenzó a moverse despacio y apasionado. Fue increíble cómo Michel me hacía el amor. Primero hicimos piernas al hombro, luego me puse en perrito. Finalicé cabalgándolo. Cuando estaba en esa posición, él tomó mi pene erecto y comenzó a masturbarme. No resistí más y eyaculé sobre su vientre firme y sus pectorales.

 

Me tiró suavemente sobre la cama, se sacó el pene y el condón y el se pajeó también. Disparó su leche sobre mi atlético cuerpo. Mi leche se deslizaba por sus muslos y tocó los míos. Estábamos sudados al extremo. Se inclinó a darme otro beso largo y profundo en la boca.

Merci”, repitió.

Merci”, le repliqué.








 

Tras bañarnos, saqué su ropa de la lavadora y la colgué en un espacio bajo techo donde puse deshumidificadores. Él se contactó con sus amigos cuando su celular se recargó.

“me estaban buscando”, me dijo. “Les avisé que estoy en lugar seguro”.

“entonces, ¿irás a verlos?”

“No esta noche. Voulez vous couché avec moi?”

Le sonreí. Es un verso de mi canción favorita.

Follamos dos veces más y nos quedamos dormidos.

Temprano al día siguiente se fue. No aceptó que le diera dinero. Sé que está siguiendo su camino y cuando llegue a donde está migrando, me avisará. Quizás lo visite en mis próximas vacaciones.

Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com 

jueves, 1 de noviembre de 2012

El Vigilante (1): Un duchazo de placer

El día que Marcos salió del Ejército, su familia decidió que se haría una gran fiesta, y se invitaría a todo el pueblo. Él acababa de cumplir los 19 años y había regresado convertido en alguien irreconocible: cuerpo recio, amplio y atlético, con musculatura bien formada sin ser masivo como un culturista, cabello corto, y un par de centímetros más de estatura – metro 75. Antes de enrolarse, el chico trigueño de cabello lacio, ojos negros, rostro agradable (al punto que una de sus profesoras dudara que fuera campesino) iba a la escuela por la mañana, y el resto del día combinaba las tareas estudiantiles con ayudar a su papá en su chacra. Era el último de cinco hermanos y dos hermanas. Se corrió la invitación por la emisora parlante, y esa noche, casi todo el pueblo, compuesto por unas doscientas personas, asistió. Aunque Marcos rió con los amigos, bailó con las chicas y saludó cortésmente a todo quien asistió, le creó una mala espina a su papá. - M’hijo no toma ni mierda. - Durante su instrucción militar, Marcos había sido formado como comando, por lo que su sentido de alerta estaba al máximo. Sus reflejos eran tales, que salvó a una de sus tías, a la que casi le cae un cuadro con fotos en la cabeza, y hubiera finalizado la fiesta trágicamente, porque el marco era de metal. - Santos, su primo de 29 años, tampoco bebía la helada cerveza, porque estaba enfermo. - Tengo que irme a Chiclayo a tratarme. - ¿es grave? - Más o menos. Justo me voy pa’que me vean los doctores. - ¿Y tu chacra? - D’eso te quiero hablar, primo. - Marcos dudó, y de pronto su mirada se fijó en un joven que no había visto antes. Era un muchacho bien peinado, vestido con camisa y jean, rostro agradable y angelical, contextura promedio, que hablaba animadamente con la madre de Marcos. - ¿Lo conoces, santos? - Ah… es Lichi, el catequista. - ¿Cuándo llegó? - Será cuestión de tres meses. Está preparando para la Primera Comunión. - La madre de Marcos notó la mirada escrutadora de su hijo, y se acercó con su interlocutor para presentarlo. - Marquitos, él es Lichi. - El catequista, ¿no? Mucho gusto. - El gusto es mío. - Marcos estrujó la mano suave de Lichi, y sintió una extraña electricidad recorriendo su cuerpo. A pesar que toda esa semana hizo esfuerzos por encontrar a Lichi, no tuvo éxito. Estaba intrigado por aquel muchacho, y él mismo estaba extrañado por ello. De todos modos, trabajó en la chacra de su padre, y estuvo pensando varias veces si aceptaba la oferta de quedarse en la de su primo santos. Las dos veces que le tocó el tema, su respuesta había sido la misma: no quería dejar solos a sus viejos, porque sus hermanos mayores ya no estaban o vivían en la ciudad. Su fortaleza muscular garantizaba su alto rendimiento en las labores de campo. Regresaba de la chacra, el sábado siguiente a su fiesta, cuando vió que alguien bajaba unas cajas grandes de cartón de uno de los colectivos. Corriendo, fue a ayudar. - Gracias. Muy amable. - Bajo la gorra de Pitufo Gruñón, reconoció a Lichi. - De nuevo, Marcos sintió una indescriptible emoción. - Le ayudó a llevar las cajas hasta la capilla del pueblo. - Lichi se deshizo en agradecimientos. Marcos actuaba raro. Cuando Lichi terminó de dar la sesión de ese día, Marcos estaba en la puerta de la capilla, luciendo un polo deportivo, un short –ambos tan ceñidos, que le marcaban su atlético cuerpo y, en especial, el notorio paquete- y unas zapatillas azules de tela. Estabanocheciendo, y el catequista acababa de despedir al último de los niños. - ¡Marcos, qué gusto! ¿Y cómo estuvo el partido? - Ganamos. ¿Ya te regresas? - No. Pasaré la noche aquí. Tengo que organizar el material que traje… ¡y es mucho, por Dios! - Si… quieres, te ayudo. - ¿En serio? ¡Vaya! A eso le llamo Providencia Divina. - Detrás de la capilla, había un cuarto que se usaba como sacristía, y dormitorio, con una cama plegable de una plaza, y un baño completo, algo que no era común en el resto de casas. - En cuestión de una hora, toda la papelería que Lichi había traído estaba en su lugar. Mientras hacían ese trabajo, Marcos conoció que el catequista tenía 21 años, que había iniciado estudios en el Seminario, pero los frustró porque descubrió que no quería ser religioso, que había comenzado a estudiar Educación, y que estaba de vacaciones. - Lichi pudo conocer que Marcos fue al ejército, que se preparó como comando, y que fue uno de los mejores de su promoción. Nada más. Aún así, no podía explicar también por qué sentía cierta sensación de bienestar con este recio hombre. ¿Es esto simpatía o… atracción? - A Dios gracias, terminamos Marcos. - ¿Dónde comerás? - Donde la señora Bertha. Pero antes debo bañarme. Estoy pegajosísisimo. Hace mucho calor acá. - ¿Te traigo agua? - No es necesario. Ya bombeé. Me bañaré aquí. - ¿Tienes… ducha? - Claro. Ahí está el baño. Entra a ver, si quieres. - Marcos entró, no a ver el baño, sino a pensar en el siguiente paso. Desde la puerta, se asomó. - Acá no hay duchas. - Sí. Lo sé. ¿No tienes en tu casa? - No. Me baño en el canal. - Mmmmm… oye, si quieres… puedes bañarte aquí. - ¿En serio? - Sí. Con toda confianza. Estás en tu… capilla, jajajaa. - Lichi se sacó los zapatos y en pocos segundos oyó el agua aspersada sobre el piso de losetas, pues Marcos no había cerrado la puerta. Sintió la tentación de espiar, pero se contuvo. No la quería cagar el primer día. Nada que hacer: era atracción. - Deberías venir. Está de la puta madre. - En la puerta del baño, Marcos apareció desnudo por completo. La ropa no engañaba: pectorales marcados, abdominales bien trabajados, brazos y hombros anchos, muslos y pantorrillas voluminosos, venas marcadas por casi todo el cuerpo… y rodeado de una leve mata de vello púbico, un pene ni grande ni pequeño, y unos testículos que bailaban como badajos. - Ehhhh… después de ti. - ¡No, huevón! ¡Ahorita! - Marcos reingresó. Lichi lo pensó casi un minuto… - Marcos se estaba enjabonando todo el cuerpo. - Hazme espacio. - Lichi, completamente desnudo, abría la cortina, y Marcos se hacía a un lado. El catequista trató de asumir que era una costumbre de cuartel, pero en aquella penumbra, el roce de los cuerpos fue inevitable. Por más que pudo, Lichi no contuvo su erección. Sus 17 centímetros se pusieron duros. Rezó para que el cuerpón no se diera cuenta. - Te jabono la espalda. - ¿qué? - Te jabono la espalda. - Ya. Hazlo. - Mientras Marcos sobaba el jabón, Lichi sentía un intenso cosquilleo. - Voltéate. - Es que… - No tengas miedo. - Marcos tomó a Lichi de los hombros y lo hizo girar. De pronto, ambos penes estaban chocando. Marcos abrazó a su compañero de ducha. - No me tengas miedo. - Bajo el agua, ambos se besaron en la boca. Y aprovechando al jabón como lubricante, se acariciaron sin cesar. - Lichi jadeaba de placer sintiendo el firme físico de Marcos, y éste apreció igual condición en el muchacho, en especial sus nalgas, redonditas, lampiñas y duras. - Marcos besó el cuello de Lichi, y los gemidos comenzaron a llenar el baño. - Me vengo, Marcos. - El semen caliente del catequista se derramó sobre el vientre bajo del exsoldado, quien arrimó al chico a la pared, y comenzó a mover su pelvis con fuerza. Varios minutos después, y dando un rugido, Marcos liberaba su leche. - Los dos se abrazaron con fuerza. - Esto fue increíble, Marcos. - Me gustas, huevón. - Tú también. Ni en mis fantasías. Te lo juro. - Ambos penes perdieron rigidez, el agua seguía cayendo con menos fuerza. Ambos chicos seguían abrazados. (Continuará…) Escrito por Hunk01. ©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe al autor: hunks.piura@gmail.com, búscanos en Facebook, o comenta aquí.

sábado, 30 de abril de 2016

La Agencia (20)

Por Hunk01

 

La película grabada en el campo comenzó a distribuirse dos meses después de que fuera terminada, pero la escena bareback de Josías no fue incluída. Para recuperar la inversión, Rodrigo decidió venderla a un sitio web porno gay y ofrecerla mediante pago-por-ver. Sobre las ganancias proyectadas de la película completa, decidió invertir unos 20 mil dólares en comprar y habilitar un fundo cerca de Chulucanas para tenerlo como otra propiedad de respaldo (junto a la casa de playa y los estudios Matalaché), usarlo como otro estudio de grabación y como un resort ecológico. Ahora ya podía lucir su nombre en todos los títulos.

Acababa de almorzar con Carlos en el departamento.

-          ¿Sabes cuál sería mi siguiente inversión, primo? ¡Comprar este edificio!

-           ¿en serio, Rodrigo? Vas a tener que trabajar duro otros cinco años más o un poco más. Son cuatro pisos, ocho departamentos más la cochera.

-           No dije que lo haré de aquí. Es algo a largo plazo. Quizás departamento por departamento.

Rodrigo notó que la mujer de Carlos y sus sobrinos no estaban allí. Siempre que llegaba a visitarlos, casi no le hablaba aunque lo miraba y admiraba de hurtadillas.

-           Rodrigho, Escuché que tu papá quiere regresar a Piura…

-           Si quiere su casa de vuelta, normal. No tengo problemas en que me la alquile, me la compre o la ocupe. Ya te dije que si compré Matalaché fue para evitar que el esfuerzo de mi familia caiga en otras manos.

-           Primo, ¿te pasa algo? Hace rato te  noté mirando hacia el pasillo.

Rodrigo no pudo más con su curiosidad.

-           ¿Por qué no está tu mujer, Carlos?

-           La reconchasumadre de Bere me mandó un mensaje preguntando cuándo cachábamos de nuevo… y mi mujer lo descubrió. Ahora quiere divorciarse de mí.

-           ¿Cuándo pasó eso?

-           La semana pasada.

-           ¿Por qué no me contaste nada?

Carlos quiso llorar, por lo que  Rodrigo se quedó toda esa tarde y noche con él.

XXX

Una semana después, Rodrigo convocó un casting para grabar una película en el fundo cerca de Chulucanas. Había pensado en talento moreno, de buen cuerpo, con todo el aire afromestizo de la zona. Acababa de colocar un tronco con una curiosa saliente al medio que semejaba un pene erecto. Llamó Mec-Non al lugar, en honor a un dios tallán. El talento no tardó en llegar: chicos de recio cuerpo, culo parado y redondo, buenas piernas, pingas grandes, lampiños, músculos en volumen. De los veinte que se presentaron se quedó con una docena.

Estaba arreglando todo para el inicio de las grabaciones cuando apareció Josías.

-          Quiero participar en tu película, Rodrigo.

-           Pero no quiero blanquiñosos; prefiero esta gente del campo.

-           Pero puedo hacer como que llego a visitar y cacho con todos ellos.

Rodrigo lo pensó. Le pareció una buena idea. Lo aceptó.

-           Prepárate que comenzamos en dos días.

-           Esteee… Rodrigo… ¿y si incluyes escenas a pelo?

Rodrigo volvió a pensarlo. Este proyecto ya no era del estudio en estados Unidos, sino su video promocional para lo que sería el futuro resort. Aceptó.

-           Pero, asegúrate que nadie tenga VIH.

Josías sonrió y asintió. Dos días después, cuando se acababa de grabar la segunda escena, el actor seleccionó a cuatro de los talentos improvisados con quienes haría el bareback y les propuso la idea. Dos aceptaron y se fueron con él a tamizarse. Como la grabación duró cuatro días, se agregó un quinto para las tres escenas de Josías: dos dúos y un trío. Rodrigo archivó los papeles de los tamizajes sin mayor cuidado, y regresó a Piura para revisar las  casi 30 horas de video. En ellas, los chicos de Chulucanas lucían chupando verga, lamiendo el culo, dejándose meterla por el culo, por ahí haciendo un 69, y hubo uno que se animó a recibir dos pingas al mismo tiempo. “Nada que hacer”, se decía Rodrigo, “la sensualidad innata vende más”.

El primer video íntegramente creado, producido y editado bajo el sello de La Agencia, estuvo listo y empaquetado en tres semanas más. Sin embargo, la distribución se encargó a Los Angeles, que no objetó el bareback.

Dos meses después, y a causa de este video, Josías fue a Brasil a grabar otro para un estudio en Río de Janeiro. Primero aprendería portugués,luego estaría en Sem Camisinha, que  era el nombre tentativo; mientras, Rodrigo seguía organizando lo necesario para lanzar el primer resort gay privado de Piura.

Por esos días, la esposa de Carlos presentó la demanda de divorcio pidiendo quedarse con el departamento más una jugosa pensión. Lo del departamento fue un escollo para la mujer porque el contrato de alquiler seguía a nombre de… Rodrigo. De lo otro, Carlos no se pudo escapar; pero la asesoría legal a La Agencia le dejaba buenos ingresos. Aunque la que salió perdiendo fue Berenice, pues el abogado la evadía y humillaba cada vez que se la encontraba. Por último, tras una noche de borrachera, terminó culeando con ella y fue el acabose.

-           Carlitos, amorcito, ahora que te dejaron, podremos ser felices, ¿no?

-           ¿Feliz yo con una puta de mierda como tú? Chúpame el huevo, zorra de mierda.

Berenice le dio una bofetada y se fue de ahí en medio de la madrugada.

A la tarde siguiente, Rodrigo no quiso dejar solo a su primo y le propuso vivir con él en Matalaché.

-           No, Rodrigo. Si tu viejo quiere regresar, tendrías que dejarle la casa.

-           Entonces, compartamos el depa, huevón. ¿Qué haces ahí solito, emborrachándote?

-           ¿Pero qué? ¿Durmiendo en la misma cama? No soy gay, tú lo sabes, jajajajaja.

Mientras ambos se carcajeaban llegó Andrés, el chofer, muy afectado. Berenice había sido hallada muerta en su cuarto, aparentemente por suicidio.

XXX

Un mes después de eso, el resort Mec-Non se inauguró discretamente recibiendo a sus tres primeras parejas que gozaron de un fin de semana al desnudo, con Rodrigo como anfitrión. La gente que fue era de billete, y muchos de los chicos del video eran los botones (vestidos con diminutos y ceñidos shorts), personal de servicio o mozos… todos prestando servicios sexuales. El menor tenía 20 años y el mayor tenía 28. de hecho, la actividad de despedida fue una orgía en la que también participó Rodrigo. Notó que uno de sus muchachos no se hizo problemas en meterle la verga a pelo a uno de los huéspedes, que se caía de borracho. Le llamó la atención después y le exigió usar condón, como él.

Al segundo fin de semana, apareció Josías. Rodrigo lo recibió alegre hasta que notó un gesto extraño en su cara. Fueron a hablar aparte.

-          ¿Te fue mal en Brasil?

Josías comenzó a llorar.

-           Me contagié.

-           ¿Qué, Josías?

-           Tengo VIH.

 

(CONTINUARÁ)

 

© 2016 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia.

viernes, 3 de junio de 2022

La hermandad de la luna 10.12

Esa noche, como a las diez y cuarto, Frank está acostado sobre la cama de Flor con las piernas levantadas hacia el aire disfrutando cómo la lengua de la chica le besa las velludas nalgas y luego va en busca de su ano. No solo jadea, gime. Alza los brazos, se frota la cara; a pesar de la oscuridad, cierra los ojos y se concentra en el intenso cosquilleo que se transmite por todo su organismo hasta que su mano no resiste la necesidad de tomar su pene erecto y sobarlo despacio. Entonces, siente algo entre blando y duro que toca su esfínter y lo masajea, carente de humedad y calidez.

“No me lo metas”, pide.

“Tranquilo, querido”, Flor le acerca su lengua otra vez.

Afuera, en el salón de máquinas, Adán y Pablo terminan de cuadrar las cuentas, casi sin hacer más comentarios.

“Será difícil reemplazar al negro”, al fin se anima a expresar el cuerpo de luchador.

Pablo lo mira y sonríe; le palmea el hombro izquierdo.

“Alégrate, enfócate en el alumno, dile que sí puede, felicítalo cuando termine la serie y la haya completado, ayúdalo a terminarla sin decirle que es débil, escúchalo… ese huevón hacía que todos nos sintamos como en casa, como patas de toda la vida, como que nuestros problemas no existían”.

Adán mira fijamente a Pablo.

“¿Qué dices?”

“Owen no era un instructor, Carrillo; era una filosofía de vida… Es, quiero decir”.

Adán sonríe, mira al salón lleno de máquinas, de espejos, de las tres fotos en la pared del fondo incluyendo la suya.

“¿Siempre pedirás tu baja, Chira?”

“Aún no lo sé. Me encanta la Policía, me encanta esta nota del gym; me encanta bailar… Creo que Frank es el único que tiene las cosas claras: me dijo que postulará a la universidad el año que viene y estudiará Administración, que ya habló en La Luna y le dijeron que sí, aunque también él tiene miedo por eso de La Estirpe. Me preguntó que se siente tener una pinga metida en el culo…”

“¿Qué le dijiste?”

“Que él debería experimentarlo por su cuenta, que yo puedo decirle muchas cosas, pero es mejor cuando uno explora sus propias sensaciones, como yo lo hice”.

“¿Cuántos años tienes, huevón?”

“Veinticinco, Carrillo”.

“Hablas como si tuvieras más”.

“Digamos que mi maestro del sexo homosexual tiene cincuenta años”

Ambos se ríen. Guardan todo e ingresan a la casa. Al entrar al pasillo, los gemidos de Frank y Flor se oyen claros. Los dos hombres se miran a los ojos, sonríen, apagan las luces y se meten al otro dormitorio, se despojan de sus ropas y suben a la cama entre besos, abrazos, caricias, placer.

En la pared del lado, Frank está acostado sobre Flor quien le hunde sus tobillos en medio de su trasero mientras éste mueve su cadera rítmicamente y con paciencia, procurando que su pene erecto estimule gentilmente todo el canal vaginal mientras sus labios, lengua y saliva dicen sin palabras que ése es el mejor momento del mundo que puede pasar y las manos no censuran ningún camino, lo mismo que sobre su cuerpo no hay ningún rincón prohibido.

Del otro lado, Adán descubre que Pablo tiene diecisiete centímetros deliciosos al paladar como centro de un cuerpo marcado y que no deja de agitarse tratando de envolverse en esa playa desierta que parece rodearlo poco a poco hasta que puede sentir la brisa y hasta escuchar el rumor del mar. Es cuando puede ver a Adán engullendo su pene entre sus nalgas; en compensación, él acaricia su atlético y lampiño cuerpo, le toma el miembro con ambas manos y se lo comienza a frotar. El sol brilla pero no achicharra; mas bien entibia el momento. Pablo cierra sus ojos sin dejar de sonreír. Siente cómo se libera del peso, y en medio de la oscuridad que lo envuelve otra vez, busca ese cuerpo firme para hacer exactamente lo mismo: no consigue salir del dormitorio, pero no se desespera; solo se deja llevar por el momento… un largo momento.

“¿Hay espacio para mí?”, pregunta Frank en voz baja mientras tantea la cama.

“Siempre hay sitio”, responde Adán.

Las manos del más joven tocan la cara de Pablo y le acerca la suya; lo besa en la boca mientras se arrodilla con cuidado. Adán entiende el mensaje, entiende por qué Frank le pone la entrepierna en su cara y comienza a chupársela, luego le practica un largo beso negro, mientras la mano traviesa del recién llegado explora el pene y debajo de los testículos de Pablo.

“¿No te duele?”, pregunta.

“¿Quieres probar?”, lo desafían.

Frank lo duda en ese momento. Tiene menos de dos semanas para la siguiente luna nueva. Es más que suficiente para tomar una decisión, piensa.

Mira un video aquí.

Dos noches después, el sábado, Juan lee por segunda vez el documento de cinco páginas que Tito logró recuperar de una notaría en Collique. Los dos están junto a Alvin, en uno de los cuartos de visitas de la casa grande, totalmente desnudos pero relajados. Tito coloca una mochila llena sobre una mesa.

“esto es sin dudas un adelanto de herencia”, dice el fiscal  a Tito. “El asunto es que…, bajo las circunstancias actuales, no sé cuánto valor llegará a tener; pero por ahora es perfectamente legal aunque discutiblemente aplicable”.

“¿Quieres decir que Elga repartió las propiedades?”

“No exactamente. Transfiere La Luna a propiedad de Charlie, Édgar y tú, pero siempre que se constituyan como una sociedad de responsabilidad limitada; y, bueno, ahora que sabemos la verdad del gimnasio y del club, pide que se les incorpore como unidades de negocio de la nueva empresa”.

“Podrían llamarla La Estirpe”, interviene Alvin.

“No aconsejo crear la nueva empresa porque todo está muy confuso aún en términos legales, quiero decir”, acota Juan.

“¿Como tu situación matrimonial?”, bromea el biólogo

Juan sonríe.

“eso sí lo tengo claro: el lunes iniciaré los trámites del divorcio… al demonio si Collique dice que soy un fiscal gay… No tiene sentido estar en algo que no te genera comodidad y va a ser un mal ejemplo a la larga para mis hijos”.

Alvin se incorpora y besa en la boca a Juan.

“Bienvenido”, le sonríe.

“Pero no entiendo por qué recién meten al AMW y al GGG o como se llame en el adelanto de herencia”, interrumpe Tito.

“Pues, lo único que se me ocurre es que ella quería dejarles a ustedes el pleito con Christian Esteves, en lugar de lidiarlo. Elga conoce mejor que nadie los negocios de Manolo Rodríguez, y ante todo lo que pasó, tenía una papa caliente encima: juego de lealtades, remordimiento de última hora. Una cosa es manejar a Elga, pero otra distinta es enfrentar a la Estirpe, a la que Christian había renunciado. ¿Divide y vencerás? ¡Nunca iba a funcionar con ustedes!”

“¿Christian quería matarme, Juan?”

“es una posibilidad, Joey”.

“El ADN de la ropa empapada en sangre coincide con las muestras que estaban en tu vereda”, agrega Alvin. “El tal Valdivia”.

“El plan era perfecto: amedrentamiento, y si no funcionaba, asesinato”, continúa Juan. “Pero es como si alguien les hubiese salado todo: el extraño colapso de los matones, la carpeta lila, hasta diría que la propia movida torpe del comisario, si fue él, al armar esa campaña contra Owen… es como si el plan hubiese estado hecho para ser un fracaso… bueno, estamos hablando de Christian, ¿no?”

Una luz llega a Tito cual ráfaga.

“Owen… Fue Owen… ¿Recuerdas lo que te contó Chira?”

“Primero lo sometería a un examen toxicológico y un peritaje psicológico”… no sé… esas supuestas visiones, esos cambios de conducta… los policías son sometidos a mucho maltrato durante su formación y no descarto falsos recuerdos por un síndrome de estrés postraumático”.

“¿Un qué?”, se extraña Tito.

“Una mente desconfigurada que no diferencia entre realidad y fantasía debido a un evento muy malo que le pasó”, intenta explicar Alvin.

“Pero él sabía toda la verdad todo este tiempo”, insiste Tito. “¿Tú crees que está loco?”

“Lo que nos regresa al inicio de esta discusión: legalmente, más que soluciones, ahora es cuando comenzarán nuevos líos, especialmente ahora que Cruz Dorada ha quedado como una enorme organización criminal que traficaba terrenos, compraba autoridades, medios, voluntades y hasta vidas”.

“Todo lo que Owen nos dijo que pasa en los países donde trabajan”, añade Tito.

“Si hay un modus operandi internacional, me parece que lo más inteligente será hacer el caso… internacional”, aconseja Juan. “No será el primer ni el último caso de corrupción transnacional, desgraciadamente”.

Tito saca algo de la mochila, lo extiende y se coloca una túnica de lana; alcanza otras dos y las deja sobre la cama.

“Es hora. Vamos”.

Los tres se ponen en marcha por en medio de la finca hasta llegar a la acequia y pasar al camino secreto, pero en lugar de ir a los algarrobos que rodean la laguna, suben la lomita. En la cumbre, Carlos y César están arrodillados frente a un fuego amarillo cuidando que no se apague. Tito, Juan y Alvin se hincan en silencio. Los cinco miran las flamas danzando en la fría noche, dejando escapar chispas, disfrutan la calidez y la luz.

Og ya está listo”, advierte Tito. “¿Seguimos esperando?”

“No”, anuncia alguien a sus espaldas.

Carlos y Tito miran a donde sonó la voz y sonríen; Alvin queda boquiabierto, Juan trata de mantener la serenidad, César está tranquilo y satisfecho.

“Perdonen la demora””, dice el hombre de recio y armonioso cuerpo que, desnudo y erecto, se sienta al lado de Carlos y le quita la túnica dejándolo también desnudo mientras lo besa en la boca hasta que su pene se eleva y engrosa por completo.

“Prosigue”, le dice.

“Gracias, Manolo”, sonríe el capataz.

Entonces, las flamas amarillas del fuego se tornan rojas, y en el cielo, las nubes se despejan para que la última luna llena brille con fuerza. Sobre sus cabezas, un lucero verde se forma y comienza a revolotear en espiral. . Sobre la cima de la lomita, los cuatro hombres que restan se quitan las túnicas y comienza la ceremonia de iniciación que terminará casi con los rayos del nuevo día en una orgía que admite todas las combinaciones posibles.


  

miércoles, 3 de agosto de 2022

Lo que pesqué trotando calato en la playa

Mi meta era llegar hasta una chalana y regresar al toque a la jato que estaba alquilando, pero alguien me hizo cambiar de planes.


Mi nombre es Gonzalo y me encanta salir a correr un rato por el parque de mi barrio. Lo hago para relajarme y tener mi cuerpo en forma, especialmente mis piernas y mi culo. Trabajo como abogado y mi chamba es demasiado absorbente, llena de estrés.

Aprovechando el feriado largo, decidí desconectarme en una playa. Alquilé una jato a unos patas y me quedé allí.

Dormir calato y arrullado por las olas del mar norteño es lo máximo, ddespertarse con ellas es lo mismo. Me da la sensación de libertad y relax. Se los recomiendo.

Apenas despuntó el día, me levanté. Tenía mi pija bien al palo, pero aún así me asomé a la puerta para ver las olas romper. Considerando la temporada, suponía que nadie más caminaba o trotaba por esa arena. Así fue. El mar reventaba hermoso,la playa estaba desierta. Serían como las 6 y cuarto o por ahí cuando decidí algo inusual para cualquiera pero no para mí: trotar calato.

Qué sensación para más mostra sentir la arena bajo mis pies ejercitando mis piernas y mis nalgas mientras mi pinga, ya baja, saltaba de aquí para allá. Mi meta era llegar hasta unas lanchas o chalanas que estaban, a mi juicio, unos 200 o 300 metros más adelante, tocarlas, regresar, hacer una rutina de jercicios, bañarme y pasar el día rascándome las bolas.

Corrí así, calato, sin problemas hasta llegar a una de las chalanas. Cuando mi mano iba a tocar la punta de una de ellas, de la nada apareció un chibolo. Sus 25 años le calculé, cuerpo recio a pesar de que estaba bien abrigado con su gorrito, chompa, jean y botas de plástico. Ambos nos sorprendimos al vernos así. Mi vergüenza inicial cedió ante mi desinhibición.

“Buenos días”, le dije. “¿qué tal la pesca?”

“Más o menos, míster”, me respondió. “No tanta como quisiera pero ya la mandé al terminal pesquero”.

“Lástima”, le dije sonriendo. “Yo que quería comerme un pescadito para el desayuno”.

“Pero si quiere, puede meterse al mar”, me bromeó. “Tiene buena carnada si quiere pescar alguna otra cosa”, me señaló mi paquete con sus ojos.

Yo me miré mi verga. Comenzaba a ponerse dura.

“Ésta no es carnada”, le dije. “es mi anzuelo. ¿Qué pescado crees que me lo pueda picar?”.

“Suba, yo le enseño”, me invittó el chibolo.

Trepé la chalana (menos mal que no había gente en la playa si no iban a verme el agujero del culo mientras subía), y entré junto a él.

“¿Qué pescado crees que pueda picar mi anzuelo?”, le reiteré.

El pescador, sin más roche ni tiempo que perder, se arrodilló, se puso frente a mi ‘anzuelo’, lo acarició y lo terminó de poner duro.

“A lo mejor un hermoso pescadito norteño”, dijo. Y se zampó mi falo dentro de su boca. Me la comenzó a chupar mientras sus gruesas manos me acariciaban mi redondo culo.

“Mierda”, dije. “Sí que piqué una buena cachemita”.

El chibolo estuvo tragándose todo mi miembro por buen rato mientras se quedaba calato también. Y no me equivoqué respecto a su físico: cuerpo bien en forma no tanto por el gimnasio o el ejercicio físico, sino por la vida dura de la pesca en los fríos mares peruanos. Entonces, me la dejó de chupar y sacó un condón de su ropa, me lo ofreció.

“¿Sabes ensartar pescados?”

“No sé”, le dije. “Pero puedes enseñarme”.

El chibolo giró y me ofreció su lampiño y gordo culo. Ricas y duritas nalgas tenía. Me arrodillé. Me puse el forro y lentamente lo fui ensartando. ¡Vaya! Ese pescadito sí que fue fácil de enganchar.

Me lo caché rico por buen rato hasta que sentí que las iba a dar.

“Se me viene la leche de tigre”, le dije bien arrecho.

El patita se separó de mi ‘anzuelo’, se volteó, me sacó el condón, me pajeó fuerte y dejó que mi semen se disparara en su cara. Jadeé de placer, carajo.

El sol ya comenzaba a salir en esa playa solitaria.

“¿Quieres desayunar? Estoy solo en la jato que alquilé”.

“¿Te podré pescar yo?”, me dijo limpiándose mi esperma aún en su cara. “Tienes un rico culo”.

“Ya veremos”, le dije. “Si sabes sopearme bien, ya veremos”.

Como contagiado de mi desnudez, se puso de pie y bajamos así de la chalana.

El huevón tenía un buen ‘anzuelo’ entre sus piernas y me supo besar bien el ano, pero no me la supo clavar. Entonces lo volví a cachar.

En vez de desayunar, nos quedamos bien jato.

Hoy mientras escribía esto lo wasapeé. Le pregunté si le jodía que cuente esta historia.

“Si no dices quién soy ni dónde estoy, claro”.

Así que, así me pasó a mí. Y de algo estoy bien seguro: la próxima vez ya no tendré que ver en qué playa me quedo ni dónde puedo correr calato, ni tampoco a quién buscar. Ese hermoso ‘pescadito’ que supo atrapar mi garfio me esperan el próximo feriado largo.

Cuéntanos tu relato y mándanos tus fotos discretamente a hunks.piura@gmail.com (solo para adultos).

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jueves, 8 de noviembre de 2012

El Vigilante (2): Propuesta a-lo-Marcos

Hunks of Piura

Esa madrugada de sábado para domingo, Marcos no pudo conciliar el sueño. Por más que respiró profundo, se puso a leer a la luz del candil, o trató de pensar en otras cosas, pegar los ojos fue una tarea más complicada que una marcha de campaña.

La imagen suya y de Lichi retozando desnudos en la ducha del cuartito de la capilla venía una y otra vez.

En el cuartel, era común que viera a sus compañeros de promoción calatos en las duchas, en la cuadra; de vez en cuando, a alguien se le escapaba una que otra erección, pero jamás había sentido un impulso como éste. Casi toda la noche se revolcó sobre su cama, desnudo y con la verga dura. Probó a masturbarse, pero apenas si se daba un par de masajes y ahí lo dejaba. Para su buena suerte, el hecho de ser licenciado, le daba el privilegio de dormir solo.

Cuando pudo cerrar los ojos, ya casi al final de la madrugada, su subconsciente creó una imagen de él y el catequista acostados uno encima del otro, dando interminables vueltas, abrazados, sobre un verde campo donde se erguían corpulentos árboles, como él, que les daban sombra bajo un cielo azul. Las piernas de Lichi se le abrían, facilitando el contacto de los penes erectos.

Cuando despertó, había claridad. Se colocó una toalla, y voló rápido a lavarse la cara, procurando disimular su empalmamiento. Tomó su pala, y salió disparado a la chacra, sin hacer caso del pedido de su mamá para que desayunara algo.

En el camino, vio la capilla. Miró a todos los costados. Alguna gente estaba afuera, y la mayoría de casas tenía la ventana abierta. Caminando rápidamente, dio la vuelta al pueblo, y se acercó por el frente de la construcción, como la gente decente, y al llegar al cuartito, su esperanza se derrumbó – algo raro en él: un candado revelaba que Lichi no estaba allí.

 

En la capital distrital, un grupo de chicos y chicas salía del Salón Parroquial, un miércoles por la mañana.

Lichi conversaba con dos amigas sobre algunas personas que conocían, que estaban lejos, y que interactuaban con ellos por Facebook.

Lichi giró la cabeza y divisó un rostro que lo estremeció, parado en la verja del parque, justo frente a donde estaba, cruzando la pista. Vestía un polo de camuflaje militar ceñido al torso, un jean negro algo suelto y zapatillas. El sujeto lo miraba fijamente.

Lichi se despidió de sus amigas rápidamente y fue al encuentro del muchacho.

-          Marcos, ¡qué sorpresa!

-           Hola.

-          Marcos, quien se había mantenido serio, no pudo evitar una sonrisa.

-          Los dos chicos se fueron a una fuentecita de soda, en una calle aledaña al parque, a tomar un jugo.

-           ¿Viniste a hacer algún encargo de tu familia?

-           Vine a verte.

-           Wow. Marcos. Es la primera vez que alguien… que me pasa… La verdad no sé qué decir.

-          Lichi enrojeció.

-           ¿Quieres estar conmigo?

-          Lichi comenzó a sudar frío. No se esperaba tal propuesta de Marcos.

-           Apenas nos conocemos. Quiero decir, no sé mucho de ti, más que fuiste al ejército y eso.

-           O sea, no.

-           ¡No es eso! La verdad que sí me gustaría, pero debemos conocernos más, para estar seguros.

-           Yo estoy seguro.

-          Lichi quedó mudo por un rato. Trató de ordenar sus ideas.

-           Entonces… si tienes esa seguridad, ¿yo qué puedo decir?

-           Probemos.

-           ¿Y si… no resulta?

-           No resulta.

-          Algo en la convicción de Marcos hizo que Lichi confiara.

-           OK, Marcos. Probemos a ser una pareja.

-          Los dos se miraron a los ojos. Los dos sintieron la sinceridad del otro.

-           Marcos, tengo que irme. Debo ayudar en casa. ¡Señor, la cuenta!

-           Yo pago.

-           No, Marcos. Déjame invitarte.

-           No. Yo pago.

-          Marcos tomó la mano de Lichi, impidiendo darle el dinero al encargado de la fuente de soda.

-          Los dos se despidieron con un apretón de manos. Cuando Lichi llegó a la esquina de la calle, se encontró con su padre, serio

-           ¿Quién es ése?

-           Un… un… un amigo del pueblo, papá.

-           ¿Cuál pueblo?

-           Donde doy la catequesis.

-           Mira, Lizardo, dejaste todo un futuro quién sabe por qué idioteces. No se te ocurra cagar las cosas por un cholo de mierda.

-           Papá, el vino de lejos para consultarme cosas sobre mi trabajo.

-           ¿Y por qué no lo hizo en la Parroquia?

-          Lichi no pudo contestar.

-           Estás advertido, Lizardo. No cagues las cosas.

 

Al sábado siguiente, Marcos volvió a esperar a que acabara la clase de catequesis. Fue con la misma ropa con la que fue a darle la visita sorpresa en la ciudad, días antes.

Al fin, Lichi salió.

-          Debo regresar a casa. No me puedo quedar.

-          Marcos no respondió. Lichi comenzó a angustiarse.

-           ¿Era tu viejo?

-           ¿Nos viste?

-           Tienes que decidir.

-          Lichi quedó mudo de nuevo. Sentía ganas de llorar.

-           Marcos… sígueme.

 

Como hacía una semana antes, Lichi y Marcos compartieron la ducha, sólo que esta vez fueron más allá.

El catequista se acostó boca arriba, sobre la estrecha cama,desnudo, con las piernas abiertas. Marcos apoyó todo su recio cuerpo, también desnudo encima de él. Se besaron en la boca, y no cesaron de acariciarse.

Mientras el excomando paseaba sus labios sobre el largo cuello del otro chico, ambas pelvis trataban de fundirse lo más que podían.

Con cuidado, Marcos giró e hizo que Lichi quedara encima de él. Esto le permitió que se sentara encima de la pinga dura y comenzara a mover su lampiño y firme culo.

-          Te la meto.

-           No tengo condones.

-           Muévete así.

-          Lichi se olvidó de todo, cerró los ojos y disfrutó ese momento. En medio de papeles, e imágenes religiosas, dos hombres sin nada de ropa expresaban la fuerza de sus sentimientos en la penumbra.

-          Lichi se acostó boca abajo y sintió el peso de Marcos encima suyo, mientras sus nalgas eran masajeadas y lubricadas por el miembro de Marcos. Varios, muchos minutos después, el semen del campesino se derramaba sobre el trasero del catequista.

-          Esas maniobras se repitieron toda la noche, hasta que ambos se quedaron profundamente dormidos.

 

Antes que amaneciera, Marcos salió del cuarto, e hizo una caminata de tres cuartos de hora, hasta dos caseríos más allá, para ver a su primo Santos.

-          ¡Marcos, hombre! ¿Qué dices?

-           LA cuidaré.

-          Casi a las siete de la mañana, regresó a la capilla. La puerta del cuarto estaba cerrada con candado. Marcos identificó el rastro suyo, y luego el de Lichi, y luego otro que no estaba allí, pero que iba en dirección al paradero de autos colectivos.

-           ¡qué hay, Chato!

-           ¡Marcos! ¿Te vas a la ciudad?

-           ¿Lichi?

-           Se fue con su viejo. Lo vino a ver tempranito. Parece que pasó algo grave, porque el huevón iba triste.

-          Marcos se quedó pensativo. Miró a su amigo, el Chato, un pata medio gordito, de su edad, que se ganaba la vida haciendo colectivo a la ciudad.

-           Vamos, Chato.

-           ¿A la ciudad?

-           A la ciudad.

 

(CONTINUARÁ…)

 

Escrito por Hunk01. ©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con personas, lugares y situaciones es pura coincidencia. Escribe al autor: hunks.piura@gmail.com, búscanos en Facebook o deja tu comentario aquí.