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sábado, 26 de noviembre de 2022

ASS (54): Puertas abiertas

Santos tiene una especie de revelación respecto a su homosexualidad.



Esa tarde de martes, en la casa parroquial de San Sebastián, Santos termina de ducharse. Tras secar su velludo y bien esculpido cuerpo, se anuda la toalla a la cintura. Al salir y andar a pie seguro por el pasillo, encuentra la puerta del dormitorio del Padre Alberto abierta.

De reojo mira al cura: está desnudo, de espaldas. Santos traga saliva al ver en esa fracción de segundos, un cuerpo finamente entrenado: ancha espalda, cintura estrecha, culo grande y redondo, gruesas y bien definidas piernas. Es obvio que va al AS, piensa. Prefiere seguir avanzando hasta su habitación.

“¿Santos?”

El aludido se detiene y gira. Nuevamente la toalla está a punto de deslizarse hacia el suelo, acariciando su cuerpo blanco lleno de vellos rubios.

“¿Sí, Padre?”

“¿Qué pasó con David?”

“Ah… dijo que había de resolver un tema en el refugio de migrantes, que iba a tomarle tiempo, y que apenas terminara, venía para acá”.

“Perfecto. avanzaremos sin él, entonces”.

“Como diga, Padre”.

Santos tiene muchas preguntas y temores en su cabeza, especialmente tras lo que le había pasado la noche anterior en el gimnasio, luego que Alejo le mostrara aquella foto de él desnudo, una imagen que él pensaba se había perdido en algún lugar de la red.

Pero también tiene curiosidad por lo que acaba de ver en esa puerta, aunque conscientemente se lo esté negando. Retrocede sus pasos hacia ella. Adentro, Alberto sigue desnudo: imposible ignorar esa ancha espalda, esos gruesos brazos, ese redondo culo, esas poderosas piernas. El sacerdote extiende su ropa sobre su cama, y cuando se inclina, los vellitos que rodean su ano, asoman entre sus dos nalgas.

“Padre, disculpe”, reacciona santos antes de que su polla comience a engordar y alargarse.

“Dime”, sonríe Alberto, tomándoselo todo como la cosa más natural del mundo.

“¿Usted… usted también va al AS, cierto?”

Alberto se extraña por la pregunta, pero se lo toma como si nada:

“Sí, Santos, a primer hora de la mañana, antes de la primer misa, ¿por qué?”

“No… por nada… gilipolleces mías”.

Alberto sonríe, toma una toalla. Ahora Santos puede contemplar sus pectorales bien esculpidos, su abdomen de tabla de lavar, su vello púbico evidentemente recortado, su verga aún dormida descansando sobre ese par de generosas bolas.

Le dijeron que solazarse de esa forma es pecado; pero, si la otra persona muestra su cuerpo desnudo como si se tratara de algo totalmente normal, ¿dónde está el pecado: en quien lo muestra o quien lo mira?

“¿y cómo te fue con Alejo anoche?”

“¿Anoche?”,reacciona Santos.

“Claro. ¿qué tal la rutina?”

“Ah… me dejó hacer la que ya llevo hace meses”.

“Tienes bonito cuerpo”, le califica Alberto, sonriendo.

“eh, gracias. Solo una pregunta, Padre… ¿Cuánto usted confía en Alejo?”

Alberto se extraña por la cuestión:

“¿Por qué? ¿Acaso hizo algo que…?”

“No, Padre”, se apresura Santos. “Es solo… solo que me… gustaría conocerle más”.

Justo en ese momento, sin que medie acción alguna… la toalla que cubre a santos cae al suelo. Sus mejillas enrojecen casi de inmediato.  Otra vez el novicio queda completamente desnudo enfrente de Alberto, quien nota un detalle adicional: el pene del chico está tterminándose de poner erecto. Santos nota que le están mirando el miembro y se pone más rojo aún, ya sudando frío.

Alberto controla la situación con una sonrisa:

“Alejo, Miguel… son mis chavos de confianza. No tengas miedo: también hazlos tus chavos de confianza”.

Santos guarda silencio, y mas bien mira sin tanto remilgo hacia la entrepierna de su superior: el pene de Alberto también comienza a ponerse erecto.

“es obvio, Padre, que debo comenzar confiando por usted”, concluye Santos.

“Absolutamente”, confirma Alberto.

“Buscaré el momento, Padre, porque tengo una larga historia que contaros”.

Alberto sonríe mientras muestra sin complejo alguno su pene totalmente erecto y con el líquido preseminal comenzando a gotear desde su cabecita rosada. El de Santos también está erecto y palpitando.

Alberto , entonces, hace algo arriesgado. Se aproxima ante Santos, lo atrae del dintel de la puerta hacia el interior de su dormitorio y lo abraza así desnudo, juntando su verga a la polla del muchacho, ambas duras. Para Santos, el gesto lo libera, y a la vez le gusta.

No es un sueño ni una fantasía; está pasando en ese mismo instante.

“Cuando desees platicamos, Santos… ahora vístete que tenemos una misa por celebrar”.

Santos siente que la humedad del precum comienza a mojarle la punta de su pene.

“Claro, Padre”, le responde.

Unos quince minutos después, Santos entra por la puerta de servicio al AS y toca la puerta del dormitorio. Mientras espera que le respondan, se abre la puerta del baño. Marcano aparece totalmente desnudo terminando de secarse el cuerpo.

“Buenas tardes”, saluda el venezolano.

“Buenas… buenas tardes”, balbucea el español, sorprendido de ver ese otro monumento de carne masculina.

Es cuando le abren la puerta del dormitorio. Es Miguel. También está desnudo. ¿Qué mierda está pasando en este lugar donde los chicos parecen emular al paraíso terrenal pero solo compuesto por las mitades masculinas?

“Me cambio al toque y voy para allá”, le avisa el otro muchacho.

“Perdona, ¿puedo hablaros un segundo?”, pide Santos.

“Claro”.

Miguel hace pasar a Santos y cierra la puerta mientras busca ropa limpia para ponerse encima.

“Es sobre la foto de anoche… ¿se la habéis mostrado a alguien más?”

Miguel se detiene en su búsqueda y mira a Santos con una sonrisa.

“¿Estás loco? No, para nada. Eso solo lo sabemos Alejo, tú y yo”.

“O sea… ¿eso está seguro entre nosotros?”

“Por supuesto, Santos. Puedes confiar al ciento por ciento en nosotros”.

“¿y también en el Padre Alberto?”

Miguel se extraña por la inquietud, pero tiene una respuesta inmediata:

“También en el Padre: es nuestro mayor aliado”.

Como resorte, Santos se aproxima a Miguel, quien sigue desnudo, y lo abraza fuerte.

“Necesito confiar en vosotros”, le dice.

Miguel le corresponde el abrazo y comienza a acariciarle la recia espalda de arriba abajo.

“Confía”, le replica.

Ahora la  mano de Miguel comienza a palmear una de las nalgas duras de Santos. El novicio parece estar cómodo con la caricia.

 

y para terminar, te dejamos con un video porno gay.


lunes, 27 de febrero de 2023

Lucas: Un ron por ese chibolo

Soy Lucas, vivo en Piura,  y tengo 38 años. Mi obsesión son los chibolos de 22 años, delgados pero formaditos. ¿Por qué?

 


Hace un tiempo yo chambeaba en Chiclayo. Un miércoles me encontré en un grupo de contactos gay a un chibolo de 20 años. Le mandé solicitud, me aceptó, chateamos buen rato, me cayó simpático, quedamos para vernos el sábado. Esa noche y las siguientes hasta el viernes, aluciné follando sin control con él en mi cama, inundando su ano con mi semen.

 

No había momento en que me quedara calato en la cama, pusiera dura mi verga de 15 centímetros y la frotara contra la almohada hasta que se me saliera la leche imaginando que perforaba su sabroso culito. Ni las duchas frías que tomaba me bajaban la calentura. ¡a la mierda! Cuánto esperma me hizo botar ese conchesumare.

 

Llegó el sábado. Como le dije que tenía sitio, organicé mi cuarto para que la cita fuese lo más placentera posible. Me fui bien animado a chambear.

 

A eso del mediodía, el huevón me pasó un mensaje: “No creo que la haga, causa… tengo un culo de trabajos de la universidad por entregar” ¡Carajo!, me dije. ¡Y qué iba hacerme esa noche? Porque si él tenía un culo de trabajos, yo no había dejado de alucinar cómo sería probar su culo mientras le hacía el amor. Ni modo. Me resigné. Algo haría. Quizás… pajearme como loco.

 

Salí de la chamba a eso de las seis y media de la tarde cuando otro mensaje me entró. Era el mismo chibolo. Yo estaba desganado, así que no le di bola. Pero el chico insistió. “Al diablo mis trabajos… ¿dónde nos vemos?” Puta madre. De solo pensarlo, se me fue el cansancio y hasta mi verga se puso dura bajo mi ropa. Y ya sentía el bóxer húmedo porque cuando se me para, lubrico como mierda.

 

Quedamos de vernos en el Paseo de las Musas. A pesar que yo había deseado ese momento, estaba medio nervioso. Me compré un roncito y me puse a tomar un poco como para darme valor. La huevada es que el chibolo no aparecía por ningún lado. Decidí acabarme la chata e irme a joder a otra parte.

 

Ya estaba tomando el último vaso cuando él apareció.

“Disculpa, brother”, me dijo todo humilde. “traté de zafarme, pero una vaina y otra…”

¿De qué vainas habla este huevón? Mejor estaba mi vaina, otra vez al palo, lubricando, especialmente con esa ropa entallada que le marcaba su físico, y ese pitillo que le destacaba su culito bien redondito y sus piernas gruesitas y firmes.

“Practico fútbol”, me contó cuando se sentó a conversar.

Compré otro ron y comenzamos a hablar. Le invité pero no quiso. Nos caímos en gracia. Cuando se acabó la segunda chata, llegó la duda:

“¿Dónde la seguimos?”, le dije, con la esperanza de que ya quisiera que cachemos.

“Vamos a la disco”, me propuso. No era precisamente lo que tenía en mente, primero porque ya le tenía hambre a ese culito y segundo porque no soy bueno bailando. Obvio, no le dije eso.

“OK… vamos”, le dije.

 

La pasamos bien en la disco. Como ya la había comenzado con ron, la seguí con ron. Quizás eso me dio valor para bailar. No sé ni cómo lo hice, o si hice el ridículo, pero el caso fue que también el chibolo aceptó tomar unos vasitos. Aprovechando la penumbra, me le acerqué y mi mano traviesa le acarició una nalga: estaba durita. Imagínense cuando nos tocó perrear, ahora era mi pinga la que se había puesto no durita al rozar su trasero… ¿estaba duraza!

“¿La seguimos en otro lado?”, le consulté.

“¿Dónde?”

 

En veinte minutos ya estábamos en mi cuarto. Apenas cerramos la puerta, nos besamos en la boca como locos. Qué rico sentir su lengua. Me imagino que le excitó mi aliento a ron. Comenzamos a quitarnos la ropa.

 

Ya calatos, nos abrazamos fuerte y dejamos que nuestras pingas duras se frotaran y rozaran. La suya también lubricaba un montón. Mientras nos besábamos, subimos a la cama.

 

Acaricié su culo de futbolista. Obviamente que así sin ropa era más redondito y firme que con ella. Aparte que esas nalgas lampiñas hacían que las caricias fuesen como pasar seda sobre porcelana.

 

Mis labios dejaron los suyos y comencé a besar suavemente su cuello con aroma de rico perfume varonil. ¿Bien!, dije yo. Él comenzó a gemir y jadear con tono de macho. ¿Bien, carajo!, dije yo. Los patas que se comportan como mujeres en la intimidad no me ponen nada.

 

Bajé a chuparle las tetillas. El chibolo se alocó más y acariciaba mi cabello. En realidad, me despeinaba. Seguí bajando. No tuve problema en chuparle su pene. No era largo o grueso, pero estaba ahí, levantado y duro como un gancho del que debía colgar toda mi boca caliente.

“Así, pata… la mamas bien rico”.

Succioné bien su pichula para ordeñarle un poco de precum y luego lo guardé en mi boca para buscar la suya e intercambiarlo junto a nuestras salivas mientras nos besábamos otra vez. Volví a bajar a seguirle chupando su rico pene.

 

Solito se fue acostando sobre mi cama. Abrió sus piernas para que le lama los testículos. ¿Requetebién!, dije yo. Solito levantó las piernas. Obviamente, ambos sabíamos qué queríamos.

 

Separé sus nalgas, saqué mi lengua, y, sin perder tiempo, fui a conquistar su anito cerradito. En mi excitación, quería penetrarlo solo con mi lengua. Él me agarró fuerte del cabello y quería que no deje de hacerle el beso negro. Miré un toque: ya estaba dilatándose. Decidí sopearlo más.

 

Me incorporé. Aprovechando mi saliva y mi líquido preseminal, le fui metiendo mi pene. El chibolo era tan estrecho que incluso para meterle la cabecita fue un poquito trabajoso. Así que me estiré, saqué el condón que había separado para esa noche especial, me lo puse, y luego saqué el lubricante y lo embadurné bien. Puse algo del gel en el ano de ese hermoso chico.

 

Empecé a empujarle mi pinga. Logró entrar todita poco a poco, pero, como era tan estrecho, me apretaba como mierda, y sentía que en cualquier momento ese ano iba a succionar mi falo arrancándolo de mi cuerpo. Comencé a mecerme. ¿Puta madre, por Dios! ¡qué hermosa sensación bombear ese agujero!

¡así,papito”, susurraba el chibolo. “Cáchame rico así”.

Ese pedido con voz de macho me calentó más, por lo tanto le di con todo y me moví como loco. El chibolo se quejaba medio rugiendo, como macho. Eso para mí era combustible. Le di más fuerte aún. Ambos estábamos fuera de nuestros seres entregándonos al sexo más rico que nunca antes nadie haya sentido.

 

Como me lo agarré piernas al hombro, mi pubis y mis bolas azotaban sus nalgas como un castigo placentero, que nunca desearía que acabe.

 

En un momento que tomé aliento para volverlo a cachar fuerte, él puso sus manos en mi pecho y me hizo entender que quería que me acostara. Lo hice. Ese hermoso nene se sentó sobre mi verga, se abrió bien sus nalgas y se dejó clavar por mi herramienta sexual. Comenzó a cabalgar como loco. Ahora era su hermoso culo de futbolista el que azotaba mi piel. Siguió gimiendo y jadeando. Por ratos se inclinaba y me besaba en la boca sin dejar de mover ese fabuloso trasero.

 

Estuvimos buen rato así hasta que…

“Ya las voy a dar”, le dije.

Él me sonrió.

“Quiero quitarme el condón y llenarte el culo con mi leche”, le dije.

Volvió a sonreír y me señaló su boca lo más pendejamente que puedas imaginar.

 

Cuando sentí que ya no iba a aguantar más, le dí unas nalgaditas y él se desconectó de mi pene, se arrodilló sobre mi cama y yo me puse de pie sobre ella. Me hice una paja que era capaz de arrancarme mi pinga y le di toda mi leche en su boca. Él no solo la saboreó; se la ttragó como quien traga el licor más rico del mundo.

 

Me incliné a besarlo en la boca nuevamente.

“La pasé de la puta madre”, le dije.

“Yo igual”, me respondió.

Para entonces, el efecto del ron se nos había pasado. Nos quedamos conversando un rato y cuando nos dimos cuenta, ya casi estaba amaneciendo.

 

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viernes, 28 de abril de 2023

Me folló rico tras rescatarlo de la lluvia torrencial


Mi nombre es elton, vivo en Fort Lauderdale, Florida, y trabajo como voluntario en una ONG que proporciona ayudas aquí en Piura. Me especializo en zonas de desastre. Fui asignado por mis superiores a trabajar en los apoyos para damnificados por las lluvias.




 

Personalmente gusto de la lluvia. Me encanta sentir las gotas en mi cara y en todo mi cuerpo. Es relajante. Como la casa donde vivo tiene un pequeño patio, cada vez que llovía fuerte, quedaba desnudo y salía con los brazos abiertos a recibir el agua. De vez en cuando el destello de los relámpagos me iluminaba por segundos.

 

Como me gusta hacer deporte, a cada destello se me veía como en una breve fotografía luciendo mi cuerpo bien entrenado cual estatua clásica.

 

Cierta tarde, cuando ya terminaba de trabajar en la oficina, comenzó la lluvia fuerte. De inmediato entendí que duraría mucho tiempo. Terminé de arreglar los papeles que estaba organizando, los guardé, y aseguré todo. Di un último vistazo por la ventana: seguía lloviendo duro. Pero algo más llamó mi atención. En un poste de la esquina, una persona estaba de pie mojándose y mirando a ambos lados.

 

Salí de mi oficina, y me fui hasta esa esquina. El hombre giró su cabeza hacia mí. Se le notaba aturdido, extraviado. Era un chico negro de rostro agradable.

“¿estás bien?”, le pregunté.

“No hablo español”, alcanzó a decirme.

“¿qué tú hablas?”

“Francés”.

Con lo poco que sabía de ese idioma, le dije que entrara a donde yo trabajaba. Él se negó.

“¿Tú policía?”

“¿No! No soy policía”.

“yo sin hogar”.

“Espérame aquí”, le dije.

Saqué mi motocicleta y fui a donde había dejado al chico.

“Sube… te llevaré a casa”.

“No tengo casa”, me repitió.

“No… A mi casa”.

Le hice una seña con la mano para que se siente y le señalé el cielo dándole a entender que el aguacero iba a continuar. Aceptó.





 

Mientras avanzábamos por las calles de Piura hechas un río, cada vez que frenaba en seco, pude sentir su recio cuerpo chocando contra mi espalda.

 

Llegamos a la casa que alquilo. Lo hice pasar de inmediato al mismo tiempo que metía mi motocicleta.

Merci”, me dijo con su voz áspera.

“quítate la ropa”, le aconsejé. “Ponte ropa seca”, proseguí señalando su mochila.

“Oh… ropa sucia”, me respondió.

“Quítate la ropa de todas maneras porque vas a enfermar”.

“Quiero cargar celular”, me dijo más bien.

Le indiqué dónde estaba el tomacorriente. Él sacó su móvil y lo conectó. Me acerqué y tomé su mochila.

“Vamos a lavar tu ropa”.

Vi algunas lágrimas formándose en sus ojos. Me le acerqué y sin más protocolo le di un abrazo.

“Tranquilo, ami. Estarás seguro aquí”.

Merci, ami”, me respondió abrazado y casi sollozando.

Me separé.

“Quitémonos la ropa, nos vamos a enfermar”.

Comencé a desnudarme, y cuando me quedé sin ropa, la sacudí y caminé hacia mi dormitorio. Con la otra mano, cargué su mochila. Fui hasta la lavandería y conecté la lavadora. Recé para que la electricidad no se cortara debido a la tormenta.

“Mi ropa”, escuché que me dijeron a mi espalda. Volteé. El chico estaba desnudo. No podrías imaginar qué hermoso y perfecto cuerpo de ébano estaba frente a mí, tal como Dios lo trajo al mundo: musculoso, lampiño, larga verga, voluminosas bolas. Eso sí, su vello púbico estaba crecido. Tomé su ropa y la metí a la lavadora.

“Vamos adentro… ¿quieres café o vino?”

“Café”, me dijo sin dudar.

Sonreí. Le presté un par de sandalias que le quedaron muy chicas. Preparé café.

“¿Cómo te llamas?”

“Michel”.

“¿De dónde vienes?”

Cafou”.

“¿Dónde está eso?”

Port-au-Prince”.

“Oh, Haití”… ¡Estás migrando solo?”

“No. Con mis amigos, pero mi móvil descargó. No puedo comunicarme”.

“Diles que estás seguro y que pueden buscarte cuando acabe la tormenta”.

“Ropa lavando”, sonrió. “yo… desnudo”.

Sonreí. Nos sentamos a tomar café.

“eres guapo”, me animé a decirle.

Merci, moma mi. Tú también eres guapo… y generoso”.

Merci”, sonreí.

“¿Cómo te pago esto?”

“No tienes que pagarme”.

“Estoy agradecido”.

“eso es suficiente”.

Me abrazó de nuevo y aproveché a ponerle mi mano sobre su enorme muslo. Hizo que me acurrucara en él.

“¿te parezco atractivo, no?”, me susurró.

Me tomó por sorpresa. No supe qué responder.

“Tú también me pareces atractivo”, continuó.

Entonces, Michel comenzó a acariciarme el hombro y luego el brazo. Yo comencé a acariciar más su muslo y rocé sus bolas. Esperaba encontrar su pene flácido, pero ya no estaba allí. Mejor dicho, estaba comenzando a erguirse y ponerse duro. Disfruté viendo cómo ese trozo de carne se hacía gordo, largo y se elevaba a medida que latía. Mi pene también se puso duro y comenzó a surgir mucho precum.

“¿Puedes chupármelo?”, me consultó.

“Por supuesto”, accedí.

Me incliné, abrí mi boca, comencé a succionar su pinga. Obviamente, no me la pude tragar toda completa, pero a Michel pareció importarle poco si yo soy un garganta profunda o no. Me tomó mi rostro, me lo levantó y me besó profundo en la boca, muy apasionado.






 

Continuamos en mi dormitorio. me besó y lamió bien el culo. Yo me sentía en las nubes. Le di un condón y se lo puso. El pedazo de látex no pudo cubrir toda su hombría. Volvió a lamerme bien el ano y fue metiéndome su verga poco a poco. No niego que me dolió, pero el fue muy paciente tratando de que al taladrarme, todo no fuese violento, como dándole tiempo a mi recto para que se expanda.

 

Cuando logró meter toda esa manguera, comenzó a moverse despacio y apasionado. Fue increíble cómo Michel me hacía el amor. Primero hicimos piernas al hombro, luego me puse en perrito. Finalicé cabalgándolo. Cuando estaba en esa posición, él tomó mi pene erecto y comenzó a masturbarme. No resistí más y eyaculé sobre su vientre firme y sus pectorales.

 

Me tiró suavemente sobre la cama, se sacó el pene y el condón y el se pajeó también. Disparó su leche sobre mi atlético cuerpo. Mi leche se deslizaba por sus muslos y tocó los míos. Estábamos sudados al extremo. Se inclinó a darme otro beso largo y profundo en la boca.

Merci”, repitió.

Merci”, le repliqué.








 

Tras bañarnos, saqué su ropa de la lavadora y la colgué en un espacio bajo techo donde puse deshumidificadores. Él se contactó con sus amigos cuando su celular se recargó.

“me estaban buscando”, me dijo. “Les avisé que estoy en lugar seguro”.

“entonces, ¿irás a verlos?”

“No esta noche. Voulez vous couché avec moi?”

Le sonreí. Es un verso de mi canción favorita.

Follamos dos veces más y nos quedamos dormidos.

Temprano al día siguiente se fue. No aceptó que le diera dinero. Sé que está siguiendo su camino y cuando llegue a donde está migrando, me avisará. Quizás lo visite en mis próximas vacaciones.

Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com 

sábado, 3 de diciembre de 2022

ASS (55): Todos tus secretos están seguros

Un policía se ofrece a cubrir las espaldas de Julio.



Solo para relajarse, Julio emplea las últimas horas de ese martes para jugarse un partido de fulbito con algunos amigos de san Sebastián. Sabe que nunca es bueno irse a la cama de mal humor. Mete un par de goles y queda satisfecho. Termina el encuentro. Está sudoroso y más oxigenado.

“50 años y como si nada”, le comenta alguien”.

“¡Damián!”, se regocija Julio al voltear y ver al hombre en sus 30, algo cuerpón pero evidentemente fuera de forma, quien jugó en el equipo opuesto aquella noche. El short que se puso no disimula su redondo culo ni sus gruesotas piernas. “¿Cómo va la comisaría?”, le pregunta.

“Bien, aunque hay una nota que te quiero comentar”.

“Hablemos”, sonríe Julio.

“No aquí”.

En menos de diez minutos, ambos llegan al departamento de Damián, en el centro de san Sebastián.

“¿Agua, jugo, chela?”, ofrece el anfitrión.

“Agüita nada más… Aunque ahorita lo que extraño es la ducha de mi casa”.

“Si quieres, puedes ducharte aquí”, ofrece Damián. “Mi señora no está, por si acaso; recién esta noche regresa de Trujillo”.

Julio se lo piensa: ¿será buena idea ducharse en el departamento del policía? Por otro lado,le incomoda su cuerpo pegajoso debido al sudor.

“espero que no te asustes de verme calato”, bromea como sondeando al efectivo, quien se sonríe.

“No sería mala idea verte calato, así sé qué marcas ocultas tienes si debo identificar tu cadáver”.

“Pues… una vergota”, responde Julio.

Ambos ríen.

Pasan al dormitorio y se quitan toda la ropa.

“La fiscal le tomó declaración al mototaxista que se accidentó el lunes de mañanita y el pata  le dijo que había recogido al tal Paco en tu parcela. Tranquilo. Esto no es un interrogatorio ni quiero sacar provecho, capitán. Simplemente quiero anticiparme  a lo que la fiscal pueda hacer mañana porque quiere investigar la ruta”.

“Y habiendo tanto caso por resolver acá, ¿por qué la fiscal quiere investigar ese caso en particular?”

Damián ya se ha quedado desnudo del todo: su cuerpo tiene un fino tapiz de vellitos en el pecho y el culo; las piernas y en especial la zona púbica sí parecen un bosque sin podar. Julio también ya se ha quedado en cueros, mostrando su cuerpo atlético, aún en forma, y su largo pene dormido descansando sobre sus grandes huevos.

“Ni idea, capi… me dijeron algunos colegas que ella y el tal Paco son amigos pero no me consta”.

Damián entrega una toalla a Julio.

“Tú primero”.

“Y… ¿por qué no los dos juntos? Digo… como que seguimos conversando”.

Damián sonríe:

“Por mí no hay problema”

Revisa aquí qué le pasó a Paco.


 La ducha es estrecha, pero tiene algo que no tiene Julio en casa: agua caliente. Los dos disfrutan el baño con el inevitable roce de pieles como consecuencia. Julio trata de concentrarse en otra cosa para evitar que se le pare el pene; ya intuye en qué va a terminar esa vaina.

“¿Cómo crees que el tal Paco fue a dar a tu parcela?”

“Ni idea, Damián; yo no tengo confianza con él”.

“¿Y no tendrá confianza con el tal edú, que es tu amigo? Para nadie es secreto que Paco tira con todos los patas de San Sebastián y que Edú también ha sido medio promiscuo”.

Julio medio sonríe:

“¿Tú también te has cachado a Paco?”

Damián no se anda con complejos:

“sí, y casi me descubre la mujer. El huevón debe tener las paredes del ano muy débiles porque aguanta bien, disfruta, pero sangra como mierda”.

Esa confesión pone a Julio menos tenso:

“¿en serio sangra por el culo?”

“Pensé que lo había sacado de pito, pero recordé que cuando le sopeé el ano, noté que ya tenía su uso; entonces me dije que yo no le había ‘quitado la virginidad’”.

Ambos ríen.

“¿Qué hiciste?”, pregunta Julio simulando ignorancia.

“Caballero, a lavar la sábana a las doce de la noche y rogar que se secara para la mañana siguiente… pero, no me has respondido: ¿será que conocía al tal edú?”

“No sé… Edú ya no trabaja conmigo; se fue hace un par de semanas; no me dijo por qué, solo que se iba y desde entonces no sé nada de él”.

“Puta madre”, reacciona Damián. “Porque Edú era la mejor explicación de que Paco haya aparecido en tu parcela”.

“¿Seguro que no me estás jalando la lengua, Damián?”

El policía sonríe:

“Nada que ver; ya te dije: quiero minimizar impactos. Como tú pienso que el caso no da para tanto, pero no quiero que esto termine siendo un lío para ti”.

“¿Y por qué tu interés en que no me perjudique?”

Damián suspira, pone su mano en el pene de Julio y comienza a masajearlo.

“Porque no te lo mereces”, responde Damián con seguridad.

Ambos se miran directo a los ojos. Se sonríen. Julio se deja de cosas, estrecha al policía con un abrazo y le aproxima su boca. Se besan. Luego de eso, Damián se las ingenia para arrodillarse en la estrecha ducha y comienza a mamar la verga a Julio. Qué rico es chupar esos 18 centímetros que se vuelven a poner duros como roca.

¿es cierto que el culo de Paco sangra mucho cuandole meten pene?


Sin secarse, ambos se tiran a la cama. Se revuelcan. Julio besa el cuello, las tetillas, levanta las piernas a Damián y revisa entre las nalgas.

“Tampoco eres virgen, carajo”.

“¿Te jode?”

“No… me excita más”.

Julio se agacha y comienza a hacer un beso negro que arranca suspiros viriles a Damián, quien comienza a autocomplacerse masajeando su pinga gorda y venuda, unos 16 centímetros quizás, que elimina líquido preseminal en cantidad.

“¿Tienes condones?”, consulta Julio.

Damián abre como puede un cajón de su mesita de noche, le alcanza un paquetito a Julio, y con esa misma mano, trata de ordeñar un poco de su precum para untarlo en su ano.

Julio, con su pene ya forrado por el látex, comienza a penetrarlo. La entrada es sencilla. Damián sigue gimiendo y gruñendo virilmente mientras siente que se lo cachan por el culo.

Julio se apoya encima del policía y le hace el amor de una forma gentil. Ambos se besan en la boca. El ex futbolista no entiende por qué esta sesión de coito anal parece ser diferente a las otras que ha vivido, siempre como el activo. Así que solo disfruta.

A los cinco minutos cambian de pose: esta vez Damián cabalga a Julio. El policía también es cuidadoso para que su sobrepeso no mate toda la pasión, y se mueve rico, aparte que pone un rostro de arrecho, nada que ver con su gesto duro de policía.

“Tírame tu leche en la cara”, pide Damián.

“Todavía no las voy a dar”, sonríe julio.

“No importa”, suspira el policía, quien comienza a masturbarse cada vez más fuerte, más fuerte, más fuerte. “¡A la mierda!”, ruge. Su semen se dispara sobre el abdomen de Julio.

el ex futbolista siente que el ano de Damián comienza a oprimirle el pene, así que se lo saca y le cumple la fantasía. Se pajea y dispara todo su esperma en el rostro de Damián, quien se lo saborea.

Ambos vuelven a ducharse.

“espero que esto no trascienda de tu depa”, advierte Julio.

“Todos tus secretos están a salvo conmigo”, tranquiliza Damián. “A mí tampoco me conviene que se sepa que recibo pene como si nada”.

Julio sonríe:

“entonces… te contaré toda la historia…”

Y para terminar, te dejamos con una porno gay.