lunes, 7 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 12.1: Me estoy volviendo versátil


Darío sale de circulación por un mes. Por primera vez en muchos años, su padre le da cara, aunque sea para enviarlo a una clínica cerca de Vancouver, donde recibe terapia y algo de medicina alternativa. Cuando regresa a la Torre Echenique, encuentra a Pepe como administrador.

“Tu papá consideró que era el elemento más confiable, y, tratándose de ti, no pude negarme”, le explica.

Darío no quiere contradecir a nadie. En la clínica le repitieron mil y una veces el verbo “to release”, mil y una vez “to set free”, otro tantos “to take easy”, y para variar “to heal”. Pepe le entrega las cuentas de esos treinta y tantos días, pero Darío casi no revisa el detalle:

“Gracias. Hiciste bien en aceptar”.

“Por nada. Cuando necesites un amigo, aquí me tienes. Ahora tú te quedas a cargo y yo regresaré a lo mío”.

Darío piensa un par de segundos:

“no. Quédate. Aún te necesito”.

Desde esa mañana, ambos comparten la administración de la torre, las tareas en el penthouse y hasta la cama. El plan de Pepe para su amigo es simple y saludable: ejercicio. Poco a poco, va metiéndolo en el mundo del fisicoculturismo, al punto que cuando dos meses después Darío establece DE Management, su propia firma de representación para talentos, Pepe pasa a ser uno de los fichados. Casi al mismo tiempo también registra DE Real estate para aislar la administración de la Torre, dos fincas camino a la sierra y una casa de playa que su familia posee. Ni una palabra sobre la promesa de venganza que se hizo; no al menos que lo hubiese mencionado.

 


Por esos mismos días, el San Lázaro se queda a dos escasos puntos de ascender a primera división. Leandro está muy disconforme, y comienza a planificar una escuela de verano para futbolistas mientras espera el reinicio de la temporada al año siguiente; pero, cuando está en plenos preparativos, Alberto Madero decide adelantarle su regalo navideño: un contrato de tiempo completo como asistente administrativo en Sparking Advertising.

“Pero, ¿y el equipo?”, duda el futbolista.

“Cuando comience la temporada, lo decidirás”, le responde su jefe guiñando un ojo.

 


Ya un par de semanas antes se había lanzado el comercial que se filmó en Playa Norte tanto en la señal abierta como los canales de paga y servidores de video en línea… en todo el continente. Leandro no es consciente de lo que eso significa hasta que comienza a frecuentar lugares públicos donde antes pasaba como un chico guapo pero no tan conocido, a ser el “tú eres el del catálogo” o “tú eres el del comercial”; quizás un “te vi en Época Semanal” seguido de una especie de escaneo que suele terminar en sus nalgas.

“Menos mal que aún no detectan que también soy el chico del videoclip, porque ahí sí mi madre me cuelga de los huevos”, le comenta a Rico cuando van a comprar lo necesario para cenar en Nochebuena.

“Si no me reconocen a mí, peor van a reconocerte a ti, hermano”, le responde el muchacho.

Por supuesto que mucho contribuye el silencio pagado y bajo advertencia de Luna Estrella. “Tienes cuentas no muy claras con Impuestos”, le dijo una voz en el teléfono, “así que lo mejor será que sigas instrucciones”.

Aunque siempre existe cierto margen de error, como les pasa a Leandro y Rico cuando una semana después están tomando sol en Playa Norte justo a vísperas de Año Nuevo, y notan que dos chicas cuchichean. Las miran y les sonríen hasta que se les acercan y les preguntan de frente por el videoclip. Ambos chicos solo se sonríen mientras no muy lejos, Cintia mira la escena.

“¿Cuándo Leíto te dará tu lugar, hijita?”, reniega Adela, bajo un enorme sombrero y gafas oscuras.

“Son solo admiradoras, doña”, minimiza la chica. Aunque súbitamente, unas dos semanas después, Leandro se le declara, y ella casi termina desvanecida.

“Perfecto”, califica Madero. “Si vas a estar en este medio y la gente te ve sin pareja, te seguirá relacionando con Echenique, y… no es buena referencia”.

“¿Aunque no sienta nada?”, replica Leandro.

“Recuerda que en el mundo de la publicidad, lo cierto es falso y lo falso es cierto”, sentencia su jefe, mientras descansa a su lado tras uno de tantos encuentros secretos en el Condominio Las Flores, como corolario a la fiesta de cumpleaños del director creativo: treinta y seis velas había soplado. “La gente cree con facilidad lo fantástico, y nunca da por cierto lo real”.

“Lo real es que me estoy convirtiendo en versátil”, remata el chico.

“¿Y lo fantástico?”

“Que no lo hago nada mal”.

 

“Entonces quédate con él”. 

domingo, 6 de noviembre de 2022

ASS (51): Monumentos de hombre

Enrique y José Luis por fin cierran un trato y lo celebran con un ‘adelanto’ de orgía gay.



A primera hora del martes, Julián está nadando en la Piscina Comunitaria. Viste su trusa olímpica roja, gafas de bordes transparentes y la consabida gorra impermeable. Tres chicos más nadan junto a él pero entrenando por separado. Al terminar un largo, se encuentra con Flavio justo debajo de uno de los podios.

“No sé cómo puedes nadar en esta agua tan fría”, le comenta tratando de no tiritar.

Julián sonríe: “Vengo de un clima más frío, ¿recuerdas? Anda, nada. No quiero que te acalambres”.

Flavio se baja las gafas y se lanza a nadar. Viste un bañador celeste con una franja lateral plateada.

Willy los sigue desde fuera del agua hasta casi chocarse con enrique quien mira la escena muy discretamente tras unas gafas de sol (a pesar que está nublado) y una gorra negra. Entonces, el celular de enrique vibra. Lo saca: “Ya llegaron”.

El productor porno gay gira en 180. Al fondo llega Eliezer. Se le acerca y se saludan con un abrazo.

“Dijo que sí, pero por razones obvias no pudo bajar. ¿Podemos ir a tu casa? “

El mexicano hace una seña a Willy. El camarógrafo se acerca al borde de la piscina y le hace la misma seña a Julián: es hora de irse. El nadador le responde con el pulgar hacia arriba. Cuando Flavio termina su largo, ambos salen del agua.

Solo en ese momento es posible apreciar en toda su plenitud el cuerpo bien trabajado de ambos varones: cada músculo en su sitio, todo un poema a la perfección masculina, un monumento viviendo a la vitalidad y virilidad…

Enrique se adelanta hasta su casa en Los ejidos para cumplir su rol de anfitrión. Manda a Flavio y Julián quitarse el cloro de la piscina. Ambos suben hasta uno de los dormitorios.

Tras entrar y cerrar la puerta, ambos se quitan toda la ropa y la dejan lista para lavar.

“Y pensar que en esas fotos y cuando te pones esa trusa, parece que tuvieras un pene chico y unas pelotitas”, comenta Flavio, entre seductor y divertido; “pero, cuando te quedas calato, realmente tienes un rico pene y unas hermosas bolas”.

Julián sonríe: “Darías lo que sea porque te clave mi pene en tu ano, ¿cierto?”

“Daría lo que sea por pasarme todo el tiempo del mundo contigo haciendo el amor, mi campeón”.

Julián sonríe de nuevo, se acerca a Flavio y lo palmea en una de sus redondas y firmes nalgas:

“A partir de mañana, creo que cacharemos hasta por gusto”.

Julián se mete a la ducha, Flavio lo sigue.

“¿Y podríamos hacer un ensayo ahora?”

Julián abre la ducha y se mete bajo la lluvia; el agua comienza a mojar su blanco cuerpo:

“Tengo que guardar leche para las grabaciones”.

“Yo puedo enseñarte cómo cachar sin llegar a eyacular”, sonríe Flavio mientras comienza a sobar la espalda húmeda del nadador.

“Hablas huevadas”.

Entonces, Flavio arrima todo su cuerpo y su pene erecto se encaja entre las nalgas de Julián:

“¿Aguarda, oe!”, reacciona el nadador.

“Confía en mí, campeón”, susurra Flavio mientras comienza a dar suaves pellizcos a las tetillas de Julián, y a mover lentamente su pinga al palo al medio del culo del nadador, quien, inexplicablemente, comienza a sentirse más relajado que de costumbre.

Abajo en la sala, José Luis y Eliezer están sentados en el sofá; en un modular va enrique, en el otro va Willy.

“Hermosa casa”, comenta José Luis; “parece que el porno es un buen negocio”.

“Creo que todo negocio es bueno si sabes cómo administrarlo”, sonríe enrique.

José Luis devuelve la sonrisa y se concentra en las agradables facciones del anfitrión:

“Vamos a cerrarles la piscina por dos días”, comienza a informarle; “al público le diremos que se trata de un mantenimiento preventivo. Yo cumplo con mi parte. Lo que no termino de entender es cómo ustedes podrían beneficiarme políticamente”.

“Simple”, explica enrique. “Sin ofender, pero los políticos se han devaluado mucho estos tiempos porque hablan de más y hacen menos o nada; en el mundo actual, las palabras sobran y son las acciones las que cuentan”.

“¿entonces?”

Enrique se pone de pie. Comienza a quitarse la ropa:

“El mercado gay y bi de Piura es el santo grial de cualquier marketero de este planeta porque no está tan disperso como en otros países, incluso México o Estados Unidos, que son lo que mejor conozco… Piura, Sullana, Paita, Talara, Chulucanas, Sechura… Son los lugares desde donde recibo más clientela… Y no solo te hablo de las ciudades sino de todo lo que hay alrededor”

“¿Me hablas de  la disco de ambiente?”, interrumpe José Luis mientras su mirada se posa ahora en los fuertes pectorales de Enrique, ya al desnudo.

“el antro de ambiente, el servicio de escorts, los shows privados, mercancía para adultos…”

“Y son los grandes mercados electorales de Piura”, se da cuenta Eliezer.

Enrique se afloja la hebilla de su cinturón y se desabotona el pantalón:

“Conozco cuáles son las obras emblemáticas de su gestión: si usted me autoriza a usarlas como locaciones para mis videos porno gay, la gente asociará inconscientemente el lugar con su gestor; incluso hasta lo podrían visitar… una especie de turismo gay”.

“Mensajes subliminales”, agrega Eliezer como descubriendo la pólvora.

“No,no pretenderás filmar escenas de sexo gay en las obras que yo gestioné”, atinge José Luis mientras ve el pequeño slip que no disimula el paquete de Enrique, quien ya deslizó su pantalón hasta las rodillas.

“Solo si usted me lo autoriza”.

Enrique hace una seña a Willy. Éste sube a la planta superior.

“Los desnudos están prohibidos en público por ley”, observa Eliezer. “Mucho más tener relaciones sexuales en la calle”.

“Me refiero a que si la obra tiene el espacio adecuado para montar una escena de sexo, como la piscina, y usted me lo autoriza, sí”, aclara Enrique, quien ahora solo se queda vistiendo su ajustado slip allí en medio de su propia sala. “Pero si no, solo la usaría como exteriores, y los interiores los haríamos en otra parte”.

El pene de José Luis está duro y pugnando por salir de su pantalón. Ya no sabe cómo sentarse en ese sofá para que su miembro se acomode y no le moleste.

En ese momento, Flavio y Julián bajan del segundo piso, calzando sandalias, sus cuerpos solo cubiertos por breves toallas.

“¿Tenemos un trato?”, sonríe Enrique, muy seductor.

José Luis no sabe dónde posar su mirada. Los tres monumentos de hombres tienen las manos listas en sus prendas y quedarse desnudos va a depender de su respuesta.

“Te prometo que todo está bajo control”, le dice Eliezer en voz baja mientras le toca el muslo.

Segundos de silencio.

Willy también baja solo en toalla y sandalias. No es un cuerpo de gimnasio, pero tampoco es un físico despreciable.

“Tenemos un trato”, afirma José Luis.

Enrique sonríe; se baja el slip. Flavio y Julián se quitan las toallas y se acercan al productor. Willy, aún bajando las escaleras, hace lo mismo.

“Gracias”, dice a José Luis. Entonces gira hacia Flavio y lo besa en la boca mientras con una de sus manos le acaricia el culo. Termina, gira al otro lado y hace lo mismo con Julián.

Lo que viene a continuación es un show caliente de caricias y besos que incluye apreciar cuatro penes erectos haciendo una continua guerra de espadas.

José Luis está excitadísimo. Eliezer le sigue acariciando el muslo.

 “Vengan, participemos”, invita willy.

En un par de minutos, seis varones desnudos, cuerpos bien trabajados, cada uno en su volumen, se rozan, acarician, besan. Manos recorriendo espaldas, manos recorriendo culos, manos masajeando penes, manos, manos, manos.

El show dura unos veinte minutos hasta que Enrique abraza a José Luis y lo besa en la boca mientras le coge fuerte las nalgas:

“Esto es solo un adelanto… te prometo que el viernes en la noche, te agrego tres chicos más”.

“¿Me vas a dejar con las ganas?”

“No, te la voy a mamar hasta que me des todos tus mecos en la boca… pero ellos sí necesitan guardarlos para que la escena salga bien padre”.

José Luis no reclama. Enrique se arrodilla y comienza a chuparle el pene. Ni siquiera en sus épocas de futbolista cuando veía a diez hombres calatos en las duchas, José Luis se sentía tan arrecho como ahora. Encima, Enrique la sabe mamar como los dioses. Por más que se resiste, termina eyaculando en la boca del productor.

“Tus mecos son deliciosos”, le susurra Enrique.

Y para finalizar, te dejamos con un #video porno gay.


sábado, 5 de noviembre de 2022

Ser Rafael 11.3: Su culazo al desnudo


“¿Lo conoces?”, me dijo Jaime, susurrando.

“Más o menos”, dije en voz baja.

Eduardo, quien me había pasado la voz, se nos acercó. Me saludó muy efusivamente.

Iba a presentarle a Jaime.

“Ya nos conocemos, Rafael”, contestó Eduardo. “Mas bien lamento la muerte de la abuela de Laura”, prosiguió. “Laura es su enamorada”, remató mirando a Jaime.

En ese momento, quería reducir al inoportuno a poco menos que cenizas, guardarlas en un frasco ultrahermético, enterrarlo cincuenta metros bajo el suelo, y ordenar que, cual cápsula del tiempo, no lo sacaran unos cuarenta milenios después.

¿Alguien sabe si es posible extraer el ADN de las cenizas de un ser vivo? Según yo, no. Así sería imposible que lo clonen.

“Bueno, Rafael, tengo que irme a atender las cosas que te dije tenía pendientes”, mintió Jaime, dándome la mano. “Nos vemos la otra semana”.

A mí no me quedó más que despedirlo.

Eduardo tenía cara de satisfacción cuando lo vio alejarse.

“Eduardo, ¿y qué hacías por acá?”

“estaba buscando… algo, y pasé, y ¡plup! La casualidad”. Se me acercó: “Ten cuidado con ese tal Jaime. Le gusta llevar chicos a su depa diz’que porque es pasivo, pero luego termina siendo lo otro”.

Me molesté.

“Mira, Eduardo. Lo que haga con mi vida no tiene por qué preocuparte, ¿estamos? Nos vemos”.

“¿Y a dónde te vas?”

No le respondí. Seguí mi camino.


Como niño bueno resignado, decidií pasar la noche solito en mi casa. ¿Mencioné que era viernes?

¡Un momento! Al podía estar en línea… pero, teniendo en cuenta el día que era, a lo mejor él había salido…

Opción desechada.

Una de las tantas alarmas de mi lap-top sonó.

Era Al. ¡estaba en línea!

Opción rehabilitada.

Retomamos la charla del gimnasio, cuánto nos gustaba cuidarnos, y qué tipo de ejercicios hacíamos.

Por supuesto que copiaba del chat, pegaba en el traductor, copiaba del traductor, pegaba en el chat… pero pude conversar.

Creí oportuno comentarle que la parte de su cuerpo “que más admiro” eran sus redondas posaderas.

Envié.

Pasó un minuto, dos, tres sin responder.

“¡Qué imbécil que fuiste, Rafael Jesús!”

¡Trrrrrinnn!

“Thank U”, me respondió él. Obviamente, no necesitaba traducirlo.

Otro ¡Trrrrrinnnn!

Una imagen JPG.

La descargué.

¡Dios mío bendito, que nunca olvidas a tus fieles devotos!

Era una foto suya, desnudo, y mostrando sus bubble butts sin censura y en todo su esplendor. ¡Y vaya que eran burbujas perfectas!

“¿Cuándo te la tomaste?”, escribí.

“Right now!”, respondió.

No pude más. Me acomodé sobre la cama, puse mi portátil a un lado y comencé a masturbarme.

Me dio la medianoche.

Estaba desnudo sobre mi cama, satisfecho, con el vientre y el pecho salpicados de fluido seminal, y con un nuevo amigo increíble por la red, quien se aseguró de enviarme hasta 15 imágenes distintas de aquel carnoso tesoro.

La alarma de mensajes de texto sonó en mi celular.

“Perdóname por importunarte”.

Ya sabía quién y por qué era. Vete a la mierda, pensé.

Otra alarma.

“Tienes razón… no debo meterme en tu vida”.

Apagué el aparato. Fui a darme un duchazo.

Dormí plácidamente… hasta que se me dio la reverenda gana levantarme. 

viernes, 4 de noviembre de 2022

Ser Rafael 11.2: El chico de la ducha


Esa noche en el gimnasio, entrené como loco. Mi propósito era simple: agotarme tanto que, al llegar a mi casa, no tuviera más ganas que de dormir hasta que me diera la reverenda gana de levantarme, al día siguiente, sin importar la hora.

Es más. Como había llevado todo para recoger a Laura, no me quedó otra que ducharme en ese lugar.

Ya estaba en el cubículo de la ducha que había elegido, entre las dos existentes, la más cercana a los casilleros, cuando sentí que alguien ingresó detrás de mí.

“Hola”, me dijeron.

“Hola”, contesté, mientras abría la llave.

Me metí en esa primera lluvia, dispuesto a dejarme refrescar tras la extenuante sesión de entrenamiento.

“Pata, disculpa”, me dijeron a mi espalda.

Volteé: era el tipo que, la última vez que me duché aquí, me palmeó el trasero aunque no lo reconoció. Imbécil yo no soy.

“¿Qué pasó?”

“Quería disculparme por el incidente de la vez pasada. No fue mi intención”.

El tipo estaba desnudo, arrimado a la pared que separaba mi ducha de la suya.

Aunque delgado, tenía algo de volumen y marcación en sus músculos. En realidad, más marcación que volumen.

Y también noté cierto largo arriba del promedio en cierta parte íntima suya.

“Olvídalo. Ya pasó”, acepté.

“Gracias. Oye, ¿y hace cuánto tiempo entrenando?”

“Uuuuuhhhhh… desde los quince… nueve años y meses. ¿Y tú?”

“Ah, con razón. Solo tres años, pero dejando por meses”.

“”¿Por qué ‘con razón’?”, sonreí… pícaramente.

“Bueno… no vayas a molestarte, pero… tienes un gran físico”.

“Gracias”.

El agua de la ducha seguía mojándome el cuerpo.

El tipo sonrió y fue a ducharse. Ya me sentía más relajado.

“¿Y te dedicas a algo?”, levanté mi voz.

“Exportaciones. Soy comerciante. ¿Tú?”

“Sistemas”.

No oí réplica. Seguí bañándome.

A lo mejor no le era atractiva mi carrera, o no le era atractivo yo.

Seguí duchándome.

“¿A qué me dijiste que te dedicas?”, me gritó.

“¿No oíste?”

Según percibí, el tipo cerró el grifo. Volví a sentir su voz a mi espalda.

“Ahora sí. ¿A qué te dedicas?”

“¿No me oíste?”

“O es la ducha o es este murito”.

Ahí estaba otra vez, desnudo y húmedo, viéndome a mí, desnudo, húmedo y en proceso de ‘calentamiento’.

Hice matemáticas rápidamente.

En este gimnasio hay dos duchas. Dos personas ocupan las dos duchas. Si la gente de afuera se percató que entramos los dos, harán una resta simple: dos tipos menos dos duchas es igual a… mejor no entro.

“Tengo una idea loca… si no puedes escucharme por esta pared, o tu ducha… ¿por qué no compartimos mi ducha?”

El tipo se quedó mirándome perplejo, en silencio.

“Sí que es una idea loca. ¿Y si alguien entra?”

Le expliqué pitagóricamente cuáles eran nuestras probabilidades.

Esperó dos segundos.

Entró.

El roce de nuestros cuerpos fue inevitable, tanto, que nos olvidamos continuar la charla.

Lo tomé de su cintura, y fui de frente a la conquista de sus labios. Él me respondió. Entonces nos abrazamos. Nuestra excitación no tardó en aparecer, al punto que la presionamos mutuamente.

Comencé a besarle el cuello.

“¡¿Ya están libres las duchas?!”

Alguien llamaba desde la puerta del vestuario.

El tipo se asustó.

Yo le hice señas que no dijera nada y que se tranquilizara.

“¡Cinco minutos!”, grité.

“¡Ya, Rafo!”, me respondió la voz desconocida.

Le expliqué al tipo que saliera de la forma más normal, y que afuera veríamos cómo seguíamos esa caliente sesión. Me hizo caso, no sin antes alabar lo “largo y grueso” de mi dotación.


Ya en la calle, lo alcancé en un puesto de revistas que había cerca del portón del gimnasio.

“¿Eres Rafo? Jaime, mucho gusto”.

“Rafael mas bien. El gusto es mío”.

“¿Vives solo?”

“ehhh. No. Con mi familia. Mas bien, ¿qué tal un telo?”

“No, huevón. Allí es más fácil que te ampayen. Tengo mi depa cerca de acá, a unas cuatro cuadras. Mejor vamos allí. Vivo solo”.

No habíamos avanzado ni media cuadra.

“¡¡Rafael!!”

Me quedé helado. 

jueves, 3 de noviembre de 2022

Ser Rafael 11.1: Al's bubble butt


    


 Conversar en línea –chatear- con alguien que no habla tu idioma puede ser divertido, o puede ser el mayor papelón que puedes hacer en tu vida… a menos que tengas un buen traductor en línea.

Desde que Al me aceptó en sus contactos, conversábamos una media hora ya tarde en la noche, justo a unas treinta horas de haber regresado de ese asueto de cumpleaños.

Todo comenzó cuando compartí la foto que nos había tomado a Laura y a mí en la playa, y le avisé que la tenía en línea. Entonces, comenzamos a hablar de la playa, de lo tranquila que es esta parte del planeta (como si yo hubiera viajado a otras partes del mundo, je), de los cuidados bajo la luz del sol, del cáncer de piel, de cómo cuidar la piel, y de cuánto de eso lo aplicábamos en nuestras vidas. ¡Justo donde yo lo quería!

Resulta que Al tenía un aparente arsenal de cremas para la piel, pues la suya, no adecuada a la radiación tropical, necesitaba más cuidado.

Mientras leía eso, me alucinaba untándole la crema por su nuca, su espalda, sus redondas nalgas –sus bubble buts-, sus redondas nalgas, sus redondas nalgas. ¡Por Dios, tenía dentro de la sábana todo un largo y rígido apéndice a punto de estallar con la pura imaginación.

Claro que buena parte fue alimentada por esas fotos que él compartía en línea, y donde, aparentemente, no le incomodaba verse en diminutos bañadores y en diferentes lugares del mundo.

La parte nada caliente era seleccionar, copiar, pegar, traducir, seleccionar, copiar y pegar de nuevo con tal de mantener fluida la conversación.

Bendito inglés, ¿por qué no eres mi fuerte?


A la mañana siguiente, viernes, estaba tomando desayuno con mamá, quien no dejaba de alabar el tiempo que había pasado con Laura –en realidad alababa a Laura- y lo feliz que le hacía el hecho de que yo estuviera sentando cabeza.

ese repetitivo canturreo ya me estaba malogrando la mañana.

“Algo más, Rafito”.

Oh, oh. Cuando mi madre dice ‘Rafito’ no pueden ser buenas noticias. Si son antecedidas por la expresión ‘algo más’, eh, pueden significar un cataclismo diluviano.

“¿Sí, mamá?”, repliqué casi renegando.

“Después de almuerzo, iré a ver a tu tío que está enfermo. Estaré todo el fin de semana, así que el domingo me recoges a las cuatro en la agencia. ¿Puedes?”

De acuerdo. Retiro lo dicho. Mi mami es lo máximo.

“Claro, vieja”.

Mamá sonrió.


Esa mañana me comuniqué con Laura. Teníamos que hablar sí o sí. Si la casa se quedaba técnicamente sola (Carmen trabajaba sábados solo medio día), era imperdonable que no la aprovecháramos. De paso que me dejaba de tanta charla cachonda con el gringo Al.

Llegó la hora de almuerzo, y más rápido que volando, salí de mi cubículo, en dirección a la puerta. Nada iba en curso de colisión conmigo. Nada… excepto mi jefa.

“Rafael, la próxima semana, no te comprometas a nada porque tendremos capacitación en una nueva herramienta de gestión para el servidor”.

Honestamente, yo quería salir con urgencia. ¿Por qué no me lo decía después?

“Normal. Mi inconveniente era solo por esta semana… Un momento, ¿de qué herramienta hablamos?”

“EasyFlow. Después de todas las quejas de personas en todas las agencias con ciertos procesos que se trababan desde las cajas, el banco decidió invertir en implementar esa herramienta, así que trajeron a un especialista para que nos capacite”.

Mi bocota y yo. Si estaba apurado, ¿por qué no le dije que sí, que lo entendía, y salía?

“De acuerdo. Debo ver a Laura. Nos vemos de aquí”.

Mi jefa dejó de hablar.

Cuando llegué al restaurante donde había quedado encontrarme con mi enamorada, ella ya me estaba esperando.

“Disculpa, amorcito. Me dieron un aviso de última hora”.

“Tranquilo, Rafo. Yo tampoco casi vengo. Para variar, a mi jefe se le ocurrió meternos trabajo acumulado, y he estado echando chispas, de no ser por Eduardo”.

La miré.

“¿Qué te hizo Eduardo?”

“Ay, nada, Rafo. Se portó como un ángel. Se sentó a mi costado y se puso a dictarme todos los códigos de los expedientes, que eran un cerro así de grande. Si no me hubiera ayudado, tranquilamente pedía delivery”.

Al final acordamos que, luego del gimnasio, como a las diez, iría a verla a su casa y nos vendríamos a la mía, veríamos alguna película y nos acostaríamos juntitos y bien abrazaditos… o como diga ese merengue imbécil que tenía que bailar de vez en cuando.

Como a las tres y media de la tarde estaba concentrado en mi trabajo, cuando sonó la alarma de mensaje de texto en mi celular.

“Debo darte gracias por llamar anoche… si puedes sería chévere conversar otra vez… quiero que estés bien”.

Obviamente, era Eduardo. Lo ignoré y seguí trabajando.

No había transcurrido ni un minuto, cuando mi aparato timbró. ¡Eduardo de mierda!, pensé. Maldije el momento en que dejé que me tocara aquella vez, durante la serenata a Laura.

“¿Sí?”, contesté hoscamente.

“Rafo, amor, perdona”. Era Laura. Se escuchaba compungida. “Acaban de llamar de mi casa. Mi abuelita… la mamá de mi papi… acaba de fallecer”.

¡Dios! Exhalé aire con fuerza.

“Mi amor, ¡cuánto lo siento! ¿Te voy a ver?”

“No, Rafito. Tranquilo. Estoy yendo a la casa, de urgencia. Apenas llegue nos vamos con toda mi familia a su pueblo. Regresaré el domingo”.

En ese momento no tuve claro qué me entristecía más: si el llanto de Laura en mi oído, o el frustrado plan de todo ese fin de semana.


miércoles, 2 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 11.3: Conozco ese culo


Ya cerca de la medianoche, Darío termina de trabajar en su laptop, gozoso por la tarde que había pasado. Cierra el aparato, se frota la nuca, se levanta de su mesa de comedor y gana su sofá, toma el control, prende el LED. Sigue en el canal de videos musicales. Tras unos comerciales, se anuncia un estreno. Darío se arrellana esperando alguna novedad. ¡Y vaya que sí! Cuando la música comienza a sonar, la silueta a contraluz de un hombre y una mujer, aparentemente desnudos, gana la pantalla. El supermodelo sonríe pensando en la osadía de la producción. Entonces, algo le llama la atención en los créditos –Director: Roberth Peña—y le toma mayor interés.

“¿Y qué milagro no me contó de este proyecto?”, susurra.

Entonces, el rostro de Luna Estrella llena la pantalla.

“Ay, esa puta”, murmura.

Darío busca el control remoto, pero, como nunca, se esconde entre los cojines del sofá. Se da por rendido. En la pantalla, aparece la escena de la bañera, en la que la cantante es abrazada desde detrás por un amante que oculta su rostro, y, en medio del movimiento de Dolly, hay un efecto de fundido que cambia a otro hombre metido con esa mujer. Entonces, el ojo clínico del televidente nota algo en el brazo del modelo. No logra identificarlo del todo hasta que llega al coro y la cantante hace el amor con quien parece ser el mismo hombre sobre lo que parece ser el porche de una casa.

“¡Ay Dios!”, exclama Darío. “el otro puto de Rico Durán”.

Nuevamente el efecto de fundido, y ahora Luna Estrella es poseída por quien evidentemente es un segundo hombre. Y es cuando solo basta un parpadeo, un solo parpadeo, para ver un mentón y una boca que le son familiares. Darío abre sus ojos tanto como puede, hace rápida memoria mental, intenta hacer un poco de antropometría a puro ojo de buen cubero. Espera otra imagen.

“No puede ser”, comienza a ponerse ansioso.

Entra la escena de la cama donde no hay duda que uno de los modelos es Rico. El mismo Rico que hace un año despreció una carrera de pasarela y revistas de ‘buena’ reputación para explotar un mercado donde se sentía más a gusto y que a Darío le incomodaba: el entretenimiento para adultos. El mismo Rico que ahora se gana la vida haciendo taxi en un carro que el propio Darío financió.

“entonces, si uno es el putazo… ¿el otro es…?”

Darío niega con la cabeza y la ansiedad se acrecienta. Recuerda la noche del lunes anterior cuando fue buscando un acercamiento y se encontró respuestas evasivas y un ex amante hostil.

“No puede ser, ¡no puede ser!”

Darío halla su celular mientras un segundo cuerpo aparece de espaldas en pantalla y muestra su bien desarrollado trasero. Marca, timbra, nadie responde, nadie excepto una grabación indicando que el usuario del teléfono no está disponible. Insiste. El segundo hombre se acuesta sobre una excitada Luna Estrella, a quien le hace el amor de una manera vigorosa, solo azucarada por el efecto de slow motion, cuando en un segundo se hacen correr quince cuadros o menos como si fuesen treinta o veinticuatro. Y esa anatomía en pantalla, tanto como la del otro hombre yacente, la conoce de sobra. ¡Claro que la conoce de sobra!

 Darío no obtiene respuesta y no espera a que el videoclip acabe. Mientras va a la cocina, marca al director de la pieza. “Deje su mensaje”, le dice una grabación. Llama a un tercer número. Le cortan. Abre la refrigeradora. No está. ¡Maldita sea! ¿Dónde la pusieron? Se hiperventila. ¡Al diablo con todo!

 


Apenas pasada la medianoche, el ascensor en el piso tres se abre y un Darío fuera de sí camina hasta la sala de reuniones, abre la puerta como puede, entra, va a un pequeño almacén.

“Aquí estabas, mierda”, le dice mientras la toma de la tapa y la abre a la fuerza; la huele. La bebe olvidando toda su formación en etiqueta social.

“Me las van a pagar los tres”, se repite mientras gasta el licor. “¡Me la van a pagar los tres!”, se jura mientras otro sorbo de vodka ingresa a su boca, a puro pico de botella. Cuando despierta, está en lo que parece ser la habitación de una clínica y solo viste una bata de hospital. Tiene un suero conectado por vía endovenosa. Una enfermera ingresa, lo mira y lo saluda muy afable.

“¿qué día es hoy?”, pregunta el supermodelo.

“Miércoles, joven”.

“¿qué hago aquí?”

“Tranquilo. Te encontraron desmayado. Aparentemente, te intoxicaste”. 

martes, 1 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 11.2: Mi primera vez


“Si, hermano, la primera vez uno se siente raro”, confía Rico mientras va a dejar a Leandro a su casa, en el Distrito Norte. “Pero uno no deja de ser más hombre, no pasa a ser menos hombre, no deja de ser hombre por saltar entre cada rol… La hombría es otra cosa: asumir retos, cumplirlos, crecer sin remordimientos. Ésa es la clave, hermano”.

“No sé si me hubiera pasado con otra persona”, se desahoga Leandro con serenidad.

“Bueno, ese Madero es muy respetuoso, te diré; otros no serían tan pacientes ni tan comprensivos en esas situaciones”.

“Creo que tú me diste más confianza mas bien”.

Rico sonríe:

“Confianza parece ser la palabra clave, hermano”.

“Pensé que ambos iban a metérmela”.

“¿Qué es eso, hermano? Yo sé cuán jodido se siente, así que jamás haría algo que le incomodara a la otra persona, mucho más si es mi pana del alma”. El conductor palmea el enorme muslo a Leandro.

“¿Cómo fue tu primera vez por atrás, Rico?”

“A ver… Estaba en el liceo y era un viaje que hicimos a una zona al este que le decimos el Delta. Habíamos tomado ron, mucho ron, y estábamos conversando algunos panas en el dormitorio. Había uno de ellos, que estaba en la selección de béisbol que me gustaba mucho pero casi nunca le hablaba, y esa noche me habló como nunca antes. Cuando se nos acabó el ron, cada quien se fue a su habitación. Como la mía era la última, fui caminando con él. Cuando llegamos me dijo si tenía ganas de dormir y le dije que no; me invitó a pasar, seguimos conversando, hablamos de sexo, nos excitamos con la conversación, nos empezamos a tocar, pasó lo que tenía que pasar, dejó que yo se lo meta primero y me dijo que cuando sintiera que iba a acabar que lo saque. Así lo hice. Me giró, me estimuló la espalda, el culo; cuando menos me di cuenta, estaba entrando despacio en mí. Era incómodo pero no dolía, y te hablo de que su huevo sí era grande. Cuando iba a acabar se lo sacó, me besó, nos la jalamos juntos, me qedé a dormir con él”.

“¿Fue la única vez con él?”

“No. Pasó otro par de veces hasta que nos fuimos del liceo; pero digamos que me estableció un estándar… ¿Y tú tuviste primera vez por detrás?”

“Casi”.

“Fresco, hermano. Si no quieres, no me lo cuentes”.

“A ti sí te lo contaría. De hecho, serás la primera persona en saberlo”.

“Cuando quiera, caballero. Soy todo oídos”.

“Era el último año de secundaria. Yo estaba en la selección de fútbol del colegio y vivía y moría por correr tras un balón. Había un curso, Historia, que no lo estaba pasando bien. Por más que el profesor me ayudaba, me enseñaba, me hablaba, no me entraba ni con embudo. Una tarde que acabábamos un entrenamiento, fui a tomar agua. No sé si sabes, pero los colegios públicos aquí siempre tienen carencias en sus servicios básicos. En el mío, era el agua. Me moría de calor, quería darme un baño. Justo estaba abriendo las llaves cuando el profesor de Historia pasaba por ahí. Me dijo que necesitaba esforzarme en su curso lo mismo que me esforzaba en el fútbol; le respondí que necesitaba un duchazo en ese momento, porque tampoco en mi casa sobraba el agua. Me dijo que lo siguiera”.

“¿Qué edad tenía tu profesor, Leo?”

“Creo que veintiocho o treinta. No era ni muy joven pero tampoco era tan adulto; aparte que era delgado, así que si tenía más edad, la aparentaba”.

“Entonces, te dijo que lo siguieras. ¿Por qué?”

“Aquí viene lo bueno del asunto. Él no era de acá, no sé de dónde venía, el hecho es que alquilaba un cuarto cerca del colegio. Fuimos hasta ahí, subimos. Era un cuarto pequeño pero bien ordenadito. Me indicó dónde estaba el baño, me sacó una toalla, me dijo que me duchara. Casi nunca utilizaba una ducha, Rico; tú sabes que en mi casa usamos balde y jarrita, así que la sola sensación de la lluvia era lo máximo. Estaba en lo mejor del momento cuando sentí que abrían la cortina: era el profe en pelotas”.

“Hijo de puta. ¿Qué hizo?”

“Se metió a la ducha y me dijo así de frente que si yo lo dejaba, él me podía ayudar con las calificaciones de Historia”.

“¿qué hiciste tú, Leo?”

“Nada. Me comenzó a jabonar todo, en especial mi verga y huevos. Como hizo eso, yo lo dejé hacer”. Luego se puso de espaldas y me pidió que lo jabonara, y le froté bien el culo. Nos fuimos a su cama, me lo clavé”.

“¿Era la primera vez que se lo metías a alguien?”

“No, la verdad no. Por el barrio me clavaba al pata que me cortaba el pelo, a un chico que entrenaba con nosotros, un compañero de la clase, y bueno, a la que era mi enamorada y otra chica que tenía por otro barrio. Nadie más”.

“Entonces, te lo montaste a tu profe. ¿en qué momento él te quiso montar?”

“Después que las di, como no quería que me tocara la pinga, me recosté un rato boca abajo. Él me acarició la espalda y el culo. Yo normal, no me joden esas caricias. Luego me comenzó a besar la espalda y bajó hasta las nalgas, y hasta ahí nada del otro mundo. Donde ya me comencé a sentir incómodo fue cuando quiso hacerme el beso negro. Te soy honesto: fue la primera vez que me lo hicieron y me gustó, pero me jodía el hecho que fuera mi culo, ya sabes… entonces se me echó encima y comenzó a rozarme su pinga entre mis nalgas… ¡Pingota! Comencé a forcejear con él, quiso metérmela a la fuerza, no me dejé.  Hice un movimiento de piernas a lo escorpión y lo quité de encima, me levanté de la cama y le di un puñetazo en la boca. Busqué mi mochila y salí a vestirme al pasillo. Regresé corriendo a mi casa. Mi vieja me preguntaba a cada rato qué me pasaba, le dije que quisieron asaltarme. De ahí me metí a bañarme, y me froté el culo como para sacarle lustre. Me sentía… raro”.

“Hermano, ese hijo de puta quiso violarte, ¡carajo!”

“Al día siguiente pensé que iba a hacer o decir algo en el colegio. No me dio cara. Pensé que iba a joderme con las calificaciones. No hizo nada. Ya no me hablaba, no me pasaba la voz para nada. Nadie se dio cuenta, menos mal. Pero siempre he vivido con la sensación de que si yo no lo hubiese parado antes que entre a la ducha, o peor si yo no hubiese aceptado ir a su cuarto… no sé”.

“Leandro, es probable que hayas sido muy temerario al aceptar todo eso, y de hecho hay responsabilidad en cierto modo; pero no eres culpable de que tu profe haya querido violarte. ¡Para nada, huevón! ¡Para nada! ¿Me oyes?” Nadie puede forzar a nadie a hacer lo que no quiere hacer, y aunque quiera hacerlo, siempre se pregunta antes. Encima que ese imbécil tenía treinta y tu dieciséis. No jodas, hermano”.

“Ni estoy seguro de su edad, Rico”.

“¡ése no es el punto, Hermano! Él era mayor de edad, tú eras menor de edad. ¿entiendes?”

“No, no lo entiendo. Solo sé que, como no hubo problemas luego, yo preferí no darle importancia… hasta ahora que recién lo cuento”.

“Ay, hermano. Hiciste bien en contarlo. Nada más nunca lo repitas”.

“No, Rico, ni loco. Bueno, además, veeámosle el lado positivo: aprobé Historia”.

“¿Cuándo tú no, hermano? ¡Cuándo tú no!”

Ambos ríen. Están a escasas dos cuadras del hogar de Adela.