martes, 8 de noviembre de 2022

Ser Rafael 12.2: Esa ladilla


“Ah… ¿sí? ¿diga?”

“Soy Jaime… del gimnasio”

“¡Ah, pata! Sorry. Pensé que eras otra persona”.

“Ya me imagino a qué ladilla te refieres”.

Me carcajeé.

Tras hablar del ritmo con que entrenábamos, acordamos encontrarnos en el Port-au-Prince, como en una hora más. Corrí a bañarme y a arreglarme.

El sitio señalado es un bar en un barrio donde los universitarios suelen alquilar habitaciones, muy cerca de un parque.

“¡Rafael!”

Volteé. Esa cara me era ligeramente familiar.

“¿No me reconoces?”

El tipo era gordo; es decir, Para nada Jaime.

Fue cuando temí uno de esos típicos ajustes de cuentas. Me puse nervioso.

“Soy Hernán. Me sentaba en la banca del costado”.

Por fin hice sinapsis.

¡Dios mío! ¿Cómo este fulano, quien en el colegio parecía un cerillo, ahora se triplicaba a sí mismo en volumen?

“¡Hombre, qué ha sido de tu vida!”, lo saludé.

Nos abrazamos.

“estoy con varios patas de la promo”.

Miré a donde me señaló. Una docena de veinteañeros departía alegremente. Poco a poco, mi memoria fue identificando rostros, a relacionarlos con nombres y apodos. Me acerqué.

Pedimos cervezas y nos pusimos a recordar las mataperradas de nuestros años de secundaria, desde el chicle en la silla del más ‘nerd’ del salón y cómo le lucía en el trasero hasta los primeros amores.

“Oe, Rafo, y hablando de amores…”

Ah. A hablar de Laura.

“… ¿cómo te va con el Tuco?”

Todos celebraron con risotadas.

“Oe, carajo. El huevón ése no me quiere dar el divorcio porque no hicimos separación de bienes”, bromeé.

Todos aullaron amaneradamente, y se rieron después.

De pronto recordé que del Tuco no tenía nuevas noticias desde el cumpleaños de Laura. ¿Por dónde andaría mi amigo, mi gran amigo Josué?

Por lo visto, aún no era tiempo de que él regresara a la ciudad.

Tan amena fue la conversación que, cuando nos dimos cuenta, habían pasado dos horas.

Miré mi celular: había una llamada perdida. Era el número de Jaime.

Me retiré a un espacio con menos ruido para disculparme. En lugar de contestarme, me cancelaba la llamada.

No insistí. La conversación con mis amigos del colegio estaba más entretenida, así que tomé el camino de vuelta, y antes de poderlos alcanzar… Eduardo me cerró el paso.

“Hola, Rafael”. Qué casualidad”.

“¿Y ahora tú?”. Torcí mis ojos.

“¿Te molesta encontrarme?”

Resoplé.

“Por lo visto no me quedan muchas opciones”.

“Mira”.

sacó un llavero de metal.

“Está bonito”, califiqué.

“No, tonto. Son las llaves del cuarto de Antonio. Se fue a visitar a su familia, y me lo encargó. ¿Por qué no compramos algo de tomar y vamos a conversar allá?”

“Porque estoy con mis amigos de la promo de mi cole que están allí”.

Señalé soberbiamente la mesa donde ellos estaban… pero no estaba nadie. ¿En qué segundo se habían esfumado?

Los busqué con la mirada. Negativo.

Torné mi cabeza hacia Eduardo.

“¿A dónde vamos a comprar?”, le consulté resignado.


Era casi doce y media de la noche cuando llegamos al dormitorio de Antonio, en Castilla, cruzando el casi inexistente río Piura.

Eduardo puso el canal de videos musicales y me alcanzó una lata de cerveza. Las abrimos, las chocamos y luego nos sentamos en la cama.

“¿Y a quién pensabas traer acá”, le encaré. “¿Algún… punto?”

“No seas así. No es mi cuarto. Si te pasé la voz es porque eres de confianza…”, me replicó. “Voy al baño”.

Mientras Eduardo se iba, tomé el control remoto y pasé de canal en canal. Llegué al d adultos. Dos hombres de muy buen cuerpo tenían sexo en la pantalla. Bajé el volumen unos puntos para que no se oyeran los gemidos.

Me quedé extasiado, y, a medida que tomaba mi cerveza, empecé a excitarme.

Eduardo salió del baño. Me vio, vio la pantalla del televisor, me vio de nuevo. Sonrió.

“No debes”, me dijo con voz postizamente seductora.

“Pude”, le repuse.

“¿Quieres?”

“Claro… Más cerveza, quiero decir”.

Nos acomodamos en la cabecera y extendimos nuestras piernas sobre el colchón. Entre él y yo nos tomamos media docena, a medida que conversábamos de cosas sin importancia.

Evité hablar de Laura y él parecía no querer tocar ese tema, como si el Universo se la hubiera llevado a una dimensión paralela, o a otro lugar lejos de la ciudad, justo esa noche.

No cambiamos de canal.

Entonces, puso su mano y acarició mi muslo.

Antes que llegara a mi ingle, se la detuve con la mía.

“No debes, Eduardo”.

“Puedo”, respondió.

Nos quedamos mirando fijamente a los ojos.

De pronto, la mente se me borró. Solo quería una cosa… una vil cosa. 

El precio de Leandro 12.2: Deja a tu novia


Simultáneamente, surge un nuevo proyecto que a Leandro le lleva a renegociar sus condiciones de trabajo, en las que habría un medio tiempo fijo, con horario de entrada y salida, y la otra mitad con un horario muy flexible que le permita entrenar y jugar por el San Lázaro esa temporada, ganando más dinero. Mes y medio después, Sparking advertising lanza un programa de una hora para el canal de deportes por cable, Línea Blanca con Leo Pérez, un espacio dinámico de entrevistas y juegos con futbolistas de primera división, en la que el atractivo es ver al conductor apostando pataditas o cabecitas con el invitado de la semana. Claro, cuando Leandro pierde, paga la producción. El estreno es un éxito, en gran parte por el carisma del muchacho y una exhaustiva campaña en prensa radial, televisiva, escrita e interactiva, lo que le lleva a ser convocado como modelo para la colección de otoño e invierno de Lawrence’s bajo la dirección de Roberth Peña, quien ahora pasa poco tiempo en el país. Durante la sesión, todo el mundo está atento al encuentro entre Darío y Leandro, cosa que nunca llega a ocurrir; de hecho, ni siquiera coinciden en los turnos para posar. Además, el supermodelo está concentrado en apoyar a Pepe para el campeonato de fisicoculturismo que se realiza en el norte del país, y a última hora a Mauricio, quien ya va postergando su matrimonio por tercera vez.

“No me siento listo”, repite. “eso es todo”.

Lo que quizás el técnico en informática no se atreve a admitir es que la postergación y el auspicio están directamente relacionados con el hecho de que poco a poco se va metiendo en la cama de Darío.

“No sé si lo llegue a satisfacer, Pepe: el es hombre, yo también”.

“ésa es la parte superficial, mi querido Mau. Mejor piensa en que él tiene billete, tú no”.

“¿Y… no importa que no la tenga… grande?”

“Mímalo. Ese huevón anda sediento de cariño más que otra cosa”.

Eventualmente, los tres comparten el mismo espacio, y esas son malas noticias para el moreno, puesto que mientras suele recriminar a Darío duramente y por casi todo, Mauricio hace lo totalmente opuesto: le da la razón en todo. Y lo que parecía ser una triple armonía se transforma en una rivalidad que el supermodelo termina zanjando:

“¿Sabes qué, Pepe? Me estás queriendo invertir los papeles, porque hasta el año pasado me acusabas de querer controlar la vida de todo el mundo, y ahora tú quieres controlar la mía”.

“Por Dios, Dary. No quiero controlarte nada, solo quiero que entres en razón”.

“No eres mi padre; no eres nadie para tomarte esas atribuciones. Mira a Mauricio, que prefiere llevar la fiesta en paz”.

Justo esa noche, a fines de mayo, Darío celebra su cumpleaños veintiséis.

“¿Sabes qué?”, le dice a Mauricio. “No voy a lamentarme porque se va; que se vaya entonces. Tú me acompañarás a celebrar”.

“¿Dónde?”

“Ya veremos”.

Y olvidando su compromiso de no probar una gota de alcohol, se reencuentra con un viejo conocido… el vodka.

“Tómate un puto vaso”, le pide a Mauricio, mientrasfestejan en una discoteca no muy lejos de la Torre, la misma para la que había llamado modelos nueve meses antes.

“Sabes que no bebo, Darío; pero te acompaño con algo suave”.

“Pide lo que te dé la puta gana que yo lo pago”, le replica evidentemente ebrio.

Entonces, cuando Darío da otro sorbo, algo llama su atención al fondo: una pareja. Las luces intermitentes le causan cierto esfuerzo, pero al destellar una ráfaga blanca, no tiene dudas. Se pone de pie.

“¿A dónde vas?”, se alarma Mauricio.

“Espérame aquí”.

Leandro y Cintia se besan tiernamente en una mesa cuando los interrumpe un palmazo  sobre el tablero.

“¡Hola chicos!”, alguien les saluda sarcásticamente.

“¡Darío!”, reacciona Leandro.

“Hola”, dice Cintia.

“Felicitaciones por el noviazgo, amigos”, continúa el supermodelo, ebrio y en tono irónico. “Y felicitaciones por tu programita de televisión, Leo. Viendo los créditos, ya entiendo que buscaste el éxito con otro pobre y triste infeliz que no fui yo”.

Leandro se pone de pie y se acerca a Darío con cierto disimulo:

“Por favor, no hagas tus escenas aquí”, le dice en la oreja.

“¿Qué temes? ¿Que ella lo sepa o ya se lo confesaste?”

“Darío, por favor”.

“Te amo, Leo”, se arrima el borracho y disimuladamente le agarra el paquete, a lo que el futbolista reacciona empujándolo con violencia. Darío pierde el equilibrio y cae al suelo. Pronto, llegan los agentes de seguridad y se interponen entre ambos.

“Tranquilo, amigo”, dice Leandro a uno de ellos. “Mi novia y yo nos vamos”.

Se acerca a Cintia, la toma de un brazo:

“¿qué pasa, Leo”.

“Darío está con los diablos azules y hablando tonterías. ¿Vamos a otro lugar?”

Cintia se pone de pie y sale detrás del futbolista escoltada por uno de los guardias de seguridad. Darío intenta abalanzarse pero otro efectivo lo detiene.

“¡Cúidate Cintia!”, grita como loco. “¡En nuestro mundo, todo son apariencias, amiga! ¡Leo, que Madero no termine botándote como a Elías!”

 


Toda esa semana, Leandro revisa compulsivamente cuanto periódico, revista, sitio web, programa de televisión, en fin, cualquier medio que diga una sola palabra sobre el incidente de la discoteca. Justo Línea Blanca con Leo Pérez acaba de cerrar un patrocinio exclusivo con Fabed, una marca de electrodomésticos para el hogar, y lo que menos necesita a esas alturas es un escándalo. Al inicio del proyecto, Sparking había contratado a un hacker cuya función fue hallar toda referencia a los desnudos del futbolista que pudieran estar desperdigados por la red y gestionar su borrado o bloqueo. Suda frío cuando halla la historia ya publicada, pero en todas nota algo raro: se menciona la discoteca, se menciona un incidente, se menciona a Darío, pero no hay una sola línea ni sílaba sobre él, Cintia, o algo que los relacione. Como si nunca hubiesen estado ahí. Incluso, en las redes sociales no hay un comentario al respecto. Ésas son buenas noticias para el programa de televisión, pero malas para Darío, cuyas borracheras pasan a ser tópico de ciertos programas de chismes en la televisión y los servidores de video, lo que obliga a la cabeza de la Corporación Echenique a dar otro mes de descanso a su hijo, pero bien al sur del continente, entre grandes coníferas y nevados volcanes a punto de estallar. Esta vez la terapia será convivir con cierto pueblo originario ninguneado por una sociedad que, en apariencia, pudiera estar en Europa o el Asia Insular, pero que en la realidad se encuentra tan mal o quizás peor que sus vecinos en tierra firme. Tal lejanía permite celebrar los veinte años de Leandro con cierta tranquilidad en un restaurante campestre con la madre, la novia, el mejor amigo, algunos familiares cercanos (“para que se muerdan de envidia”), el personal de Sparking, todo el plantel dirigencial y deportivo del San Lázaro y diez fanáticos del programa de televisión quienes ganaron un pase mediante un sorteo en redes sociales. La prensa comenta el hecho favorablemente durante una semana entera.

 


Darío regresa a duras penas para presentarse como modelo del catálogo de primavera en Lawrence’s, pero los directivos le dan largas y finalmente le dicen que, por esa temporada, prescindirán de su imagen. Mauricio trata de que su ex patrocinador regrese al fisicoculturismo, con relativo éxito. Aunque, en realidad, lo que quiere es ahorrarse mucho dinero en gimnasio y suplementos.

“Te propongo algo”, le dice Darío una de esas noches en que ambos duermen juntos. “Olvídate de tu noviazgo, olvídate de andarte buscando trabajitos de técnico por aquí y por allá, olvídate de vender computadoras, programas y esas huevadas, y se mi pareja”.

Mauricio traga saliva.

“¿Terminar con mi novia?”

“Tómalo o déjalo, Mau. En la vida, si quieres triunfar, o apuestas todo, o no ganas nada. Y yo no estoy dispuesto a comprar tus caricias por separado”.

El ffisicoculturista revisa toda su vida en tres minutos…

“Me hago tu pareja, Darío”.

“Elegiste bien”, sonríe el supermodelo. “Mañana veremos algo que te guste; pero eso sí: si me traicionas como todos los chicos que han estado a mi lado, te cagas conmigo… y tú sabes que tengo recursos para joderte toda la vida, si quiero”.

A la mañana siguiente, Mauricio obtiene su primera motocicleta de doscientos cincuenta centímetros cúbicos. ¿Y sobre la amenaza? Pierde cuidado. La laptop de Darío es más libro abierto de lo que el supermodelo piensa.

  

lunes, 7 de noviembre de 2022

Ser Rafael 12.1: Ganando puntos


La reverenda gana se me quitó a las seis y cuarto de la mañana, demasiado temprano para un sábado.

Tras ducharme y vestirme, fui a la cocina, cual ratoncillo atraído por el queso.

“Buenos días, joven”.

“¡Camuchita! ¿qué delicias nos tienes para hoy”?

Carmen me miró cariñosamente con rabiecita.

“No soy Camuchita, jovencito. Car-men-ci-ta”.

“Por eso. Camuchita”.

A la mujer no le quedó otra que reírse, lo que premié con un cálido beso en su frente.

¿Qué desayuné? Pues… café, claras de huevo, un rico trozo de papaya, y tostadas… con queso… Éso explica por qué llegué cual ratoncillo.

Carmen y yo desayunamos juntos. Le conté lo de la abuela de Laura.

“¿está lejos el pueblo de la finada?”

“Como a hora y media, dos horas quizás”.

“¿Por qué no va a verla?”

La idea no sonaba mal.


A las ocho estaba tomando el bus para Chulucanas, como una hora al este. Un cuarto para las diez estaba en Santa Rosa de la Quebrada, un caserío perdido en un algarrobal, flanqueado por dos arroyos que, en verano, son imposibles de cruzar debido a las lluvias torrenciales.

en menos de cinco minutos di con la casa.

Ya sabes: pueblo chico… y todo el mundo termina soñando lo mismo.

Iba con un ramo de flores típicas de funeral que compré en el mercado de Chulucanas, tras asesorarme con la veterana vendedora, pues en estos menesteres póstumos era más torpe que elefante bailando sobre lago congelado al inicio de la primavera. Claro, como en Piura hay elefantes y temperaturas bajo cero, la figura se entiende perfecta.

Me perdonarás, pero dormir mal siempre me pone de un humor insoportable.

Apenas Laura me vio, vino hacia mí. Me abrazó triste.

“Mi amor, ¿cómo llegaste?”

Ehhh… Lo siento. No pienso explicártelo de nuevo.

Como siguiente número tenemos: conocer a toda la familia:

Algo de veinte tíos y tías, como 50 primos y primas, y eso que no agrego esposas, esposos, hijos, hijas y demás relacionados de la que en vida fue.

Faltó poco para que también me presentaran al resto de la población.

Me quedé idiota cuando conocí a una prima de Laura que no pasaba de los veinte, porque ya tenía esposo y tres hijitos. Creía entender el por qué la idea de la descendencia en que se empecinó mi enamorada por algún tiempo.

En la sala de la vivienda, estaba el cajón de madera, pintado de plomo, con una puertecilla abierta donde podía verse el rostro de la difunta. Toda persona que llegaba, tras dar el pésame de rigor, iba a contemplar la faz inerte de la señora.

A mí, la verdad, la idea me aterraba, así que me las ingenié para no honrar la invitación de la familia. De hecho, si soporté ver la cara de mi padre ya fallecido fue por el amor que le tengo, y porque me resistía a creer que jamás volvería a gozarlo. No fue fácil para mí estar en ese velorio, menos en éste.

El resto de asistentes estaba sentado en la sala alrededor de la capilla ardiente, conversando. Igual afuera, donde habían sillas y una banca.

Por allí circulaba una jarra blanca de aluminio y vasitos pequeños: trago corto. La evadí como pude.

Decidí estar un rato con los papás de Laura, quienes se deshicieron en agradecimientos por asistir a momento tan luctuoso. Honestamente, no pretendía ganar puntos con la familia, sino evitar morir de aburrimiento sin nadie en mi casa. El gran problema es que, si seguía aquí, iba a contraer depresión.

Igual gané puntos con la familia. Efectos colaterales, les llaman.

Me pareció que ya era suficiente. Estaba listo para fugar a Chulucanas.

“Jovencito”, dijo una de las tías de Laura. “Venga para que se sirva un almuercito”.

Detengámonos aquí a revisar un capítulo de la enciclopedia ilustrada de la idiosincrasia piurana: Jamás desprecies la comida que te ofrecen, aunque tenga diez mil calorías, pues el o la oferente pueden sentirse desairados. Mucho peor: nunca desaires a la familia de tu enamorada.

Me aparté un poco, fui a la cocina y me senté frente a mi plato.

¿Quién dijo que hay hambre en el campo? Con esta porción podía cubrir mis tres comidas del día, incluyendo bocadillos.

Laura se sentó a mi costado izquierdo, y todo el tiempo mantuvo su rostro apoyado EN mi hombro.


A las tres de la tarde, inicié la ruta de vuelta a casa.

El calor era inclemente, así que lo que más deseaba era llegar, ducharme y dormir hasta el día siguiente… o hasta las ocho de la noche.

Me despertó la alarma de redes sociales en mi celular. Era Al.

Y no era la única persona interesada en contactarme. Había un mensaje de texto que entró mientras dormía.

“Debo decir que mi sábado está abu. ¿Puedo saber qué tal el tuyo?”.

Sí. Era Eduardo. No le di importancia.

Por su parte, Al se pasó contándome de su estancia en la playa, de su paseo en moto acuática, y de cómo tuvo la suerte de encontrarse delfines nadando cerca de la orilla.

Era las nueve de la noche.

Una llamada entró a mi celular. El número me era desconocido.

Imaginé que Eduardo estaba comunicándose de otro aparato… telefónico, aclaro.

“¡¿qué quieres?!”, contesté molesto.

“Perdona… ¿Rafael?”

¡Momento! Esa voz asustada no era la de Eduardo. 

el precio de Leandro 12.1: Me estoy volviendo versátil


Darío sale de circulación por un mes. Por primera vez en muchos años, su padre le da cara, aunque sea para enviarlo a una clínica cerca de Vancouver, donde recibe terapia y algo de medicina alternativa. Cuando regresa a la Torre Echenique, encuentra a Pepe como administrador.

“Tu papá consideró que era el elemento más confiable, y, tratándose de ti, no pude negarme”, le explica.

Darío no quiere contradecir a nadie. En la clínica le repitieron mil y una veces el verbo “to release”, mil y una vez “to set free”, otro tantos “to take easy”, y para variar “to heal”. Pepe le entrega las cuentas de esos treinta y tantos días, pero Darío casi no revisa el detalle:

“Gracias. Hiciste bien en aceptar”.

“Por nada. Cuando necesites un amigo, aquí me tienes. Ahora tú te quedas a cargo y yo regresaré a lo mío”.

Darío piensa un par de segundos:

“no. Quédate. Aún te necesito”.

Desde esa mañana, ambos comparten la administración de la torre, las tareas en el penthouse y hasta la cama. El plan de Pepe para su amigo es simple y saludable: ejercicio. Poco a poco, va metiéndolo en el mundo del fisicoculturismo, al punto que cuando dos meses después Darío establece DE Management, su propia firma de representación para talentos, Pepe pasa a ser uno de los fichados. Casi al mismo tiempo también registra DE Real estate para aislar la administración de la Torre, dos fincas camino a la sierra y una casa de playa que su familia posee. Ni una palabra sobre la promesa de venganza que se hizo; no al menos que lo hubiese mencionado.

 


Por esos mismos días, el San Lázaro se queda a dos escasos puntos de ascender a primera división. Leandro está muy disconforme, y comienza a planificar una escuela de verano para futbolistas mientras espera el reinicio de la temporada al año siguiente; pero, cuando está en plenos preparativos, Alberto Madero decide adelantarle su regalo navideño: un contrato de tiempo completo como asistente administrativo en Sparking Advertising.

“Pero, ¿y el equipo?”, duda el futbolista.

“Cuando comience la temporada, lo decidirás”, le responde su jefe guiñando un ojo.

 


Ya un par de semanas antes se había lanzado el comercial que se filmó en Playa Norte tanto en la señal abierta como los canales de paga y servidores de video en línea… en todo el continente. Leandro no es consciente de lo que eso significa hasta que comienza a frecuentar lugares públicos donde antes pasaba como un chico guapo pero no tan conocido, a ser el “tú eres el del catálogo” o “tú eres el del comercial”; quizás un “te vi en Época Semanal” seguido de una especie de escaneo que suele terminar en sus nalgas.

“Menos mal que aún no detectan que también soy el chico del videoclip, porque ahí sí mi madre me cuelga de los huevos”, le comenta a Rico cuando van a comprar lo necesario para cenar en Nochebuena.

“Si no me reconocen a mí, peor van a reconocerte a ti, hermano”, le responde el muchacho.

Por supuesto que mucho contribuye el silencio pagado y bajo advertencia de Luna Estrella. “Tienes cuentas no muy claras con Impuestos”, le dijo una voz en el teléfono, “así que lo mejor será que sigas instrucciones”.

Aunque siempre existe cierto margen de error, como les pasa a Leandro y Rico cuando una semana después están tomando sol en Playa Norte justo a vísperas de Año Nuevo, y notan que dos chicas cuchichean. Las miran y les sonríen hasta que se les acercan y les preguntan de frente por el videoclip. Ambos chicos solo se sonríen mientras no muy lejos, Cintia mira la escena.

“¿Cuándo Leíto te dará tu lugar, hijita?”, reniega Adela, bajo un enorme sombrero y gafas oscuras.

“Son solo admiradoras, doña”, minimiza la chica. Aunque súbitamente, unas dos semanas después, Leandro se le declara, y ella casi termina desvanecida.

“Perfecto”, califica Madero. “Si vas a estar en este medio y la gente te ve sin pareja, te seguirá relacionando con Echenique, y… no es buena referencia”.

“¿Aunque no sienta nada?”, replica Leandro.

“Recuerda que en el mundo de la publicidad, lo cierto es falso y lo falso es cierto”, sentencia su jefe, mientras descansa a su lado tras uno de tantos encuentros secretos en el Condominio Las Flores, como corolario a la fiesta de cumpleaños del director creativo: treinta y seis velas había soplado. “La gente cree con facilidad lo fantástico, y nunca da por cierto lo real”.

“Lo real es que me estoy convirtiendo en versátil”, remata el chico.

“¿Y lo fantástico?”

“Que no lo hago nada mal”.

 

“Entonces quédate con él”. 

domingo, 6 de noviembre de 2022

ASS (51): Monumentos de hombre

Enrique y José Luis por fin cierran un trato y lo celebran con un ‘adelanto’ de orgía gay.



A primera hora del martes, Julián está nadando en la Piscina Comunitaria. Viste su trusa olímpica roja, gafas de bordes transparentes y la consabida gorra impermeable. Tres chicos más nadan junto a él pero entrenando por separado. Al terminar un largo, se encuentra con Flavio justo debajo de uno de los podios.

“No sé cómo puedes nadar en esta agua tan fría”, le comenta tratando de no tiritar.

Julián sonríe: “Vengo de un clima más frío, ¿recuerdas? Anda, nada. No quiero que te acalambres”.

Flavio se baja las gafas y se lanza a nadar. Viste un bañador celeste con una franja lateral plateada.

Willy los sigue desde fuera del agua hasta casi chocarse con enrique quien mira la escena muy discretamente tras unas gafas de sol (a pesar que está nublado) y una gorra negra. Entonces, el celular de enrique vibra. Lo saca: “Ya llegaron”.

El productor porno gay gira en 180. Al fondo llega Eliezer. Se le acerca y se saludan con un abrazo.

“Dijo que sí, pero por razones obvias no pudo bajar. ¿Podemos ir a tu casa? “

El mexicano hace una seña a Willy. El camarógrafo se acerca al borde de la piscina y le hace la misma seña a Julián: es hora de irse. El nadador le responde con el pulgar hacia arriba. Cuando Flavio termina su largo, ambos salen del agua.

Solo en ese momento es posible apreciar en toda su plenitud el cuerpo bien trabajado de ambos varones: cada músculo en su sitio, todo un poema a la perfección masculina, un monumento viviendo a la vitalidad y virilidad…

Enrique se adelanta hasta su casa en Los ejidos para cumplir su rol de anfitrión. Manda a Flavio y Julián quitarse el cloro de la piscina. Ambos suben hasta uno de los dormitorios.

Tras entrar y cerrar la puerta, ambos se quitan toda la ropa y la dejan lista para lavar.

“Y pensar que en esas fotos y cuando te pones esa trusa, parece que tuvieras un pene chico y unas pelotitas”, comenta Flavio, entre seductor y divertido; “pero, cuando te quedas calato, realmente tienes un rico pene y unas hermosas bolas”.

Julián sonríe: “Darías lo que sea porque te clave mi pene en tu ano, ¿cierto?”

“Daría lo que sea por pasarme todo el tiempo del mundo contigo haciendo el amor, mi campeón”.

Julián sonríe de nuevo, se acerca a Flavio y lo palmea en una de sus redondas y firmes nalgas:

“A partir de mañana, creo que cacharemos hasta por gusto”.

Julián se mete a la ducha, Flavio lo sigue.

“¿Y podríamos hacer un ensayo ahora?”

Julián abre la ducha y se mete bajo la lluvia; el agua comienza a mojar su blanco cuerpo:

“Tengo que guardar leche para las grabaciones”.

“Yo puedo enseñarte cómo cachar sin llegar a eyacular”, sonríe Flavio mientras comienza a sobar la espalda húmeda del nadador.

“Hablas huevadas”.

Entonces, Flavio arrima todo su cuerpo y su pene erecto se encaja entre las nalgas de Julián:

“¿Aguarda, oe!”, reacciona el nadador.

“Confía en mí, campeón”, susurra Flavio mientras comienza a dar suaves pellizcos a las tetillas de Julián, y a mover lentamente su pinga al palo al medio del culo del nadador, quien, inexplicablemente, comienza a sentirse más relajado que de costumbre.

Abajo en la sala, José Luis y Eliezer están sentados en el sofá; en un modular va enrique, en el otro va Willy.

“Hermosa casa”, comenta José Luis; “parece que el porno es un buen negocio”.

“Creo que todo negocio es bueno si sabes cómo administrarlo”, sonríe enrique.

José Luis devuelve la sonrisa y se concentra en las agradables facciones del anfitrión:

“Vamos a cerrarles la piscina por dos días”, comienza a informarle; “al público le diremos que se trata de un mantenimiento preventivo. Yo cumplo con mi parte. Lo que no termino de entender es cómo ustedes podrían beneficiarme políticamente”.

“Simple”, explica enrique. “Sin ofender, pero los políticos se han devaluado mucho estos tiempos porque hablan de más y hacen menos o nada; en el mundo actual, las palabras sobran y son las acciones las que cuentan”.

“¿entonces?”

Enrique se pone de pie. Comienza a quitarse la ropa:

“El mercado gay y bi de Piura es el santo grial de cualquier marketero de este planeta porque no está tan disperso como en otros países, incluso México o Estados Unidos, que son lo que mejor conozco… Piura, Sullana, Paita, Talara, Chulucanas, Sechura… Son los lugares desde donde recibo más clientela… Y no solo te hablo de las ciudades sino de todo lo que hay alrededor”

“¿Me hablas de  la disco de ambiente?”, interrumpe José Luis mientras su mirada se posa ahora en los fuertes pectorales de Enrique, ya al desnudo.

“el antro de ambiente, el servicio de escorts, los shows privados, mercancía para adultos…”

“Y son los grandes mercados electorales de Piura”, se da cuenta Eliezer.

Enrique se afloja la hebilla de su cinturón y se desabotona el pantalón:

“Conozco cuáles son las obras emblemáticas de su gestión: si usted me autoriza a usarlas como locaciones para mis videos porno gay, la gente asociará inconscientemente el lugar con su gestor; incluso hasta lo podrían visitar… una especie de turismo gay”.

“Mensajes subliminales”, agrega Eliezer como descubriendo la pólvora.

“No,no pretenderás filmar escenas de sexo gay en las obras que yo gestioné”, atinge José Luis mientras ve el pequeño slip que no disimula el paquete de Enrique, quien ya deslizó su pantalón hasta las rodillas.

“Solo si usted me lo autoriza”.

Enrique hace una seña a Willy. Éste sube a la planta superior.

“Los desnudos están prohibidos en público por ley”, observa Eliezer. “Mucho más tener relaciones sexuales en la calle”.

“Me refiero a que si la obra tiene el espacio adecuado para montar una escena de sexo, como la piscina, y usted me lo autoriza, sí”, aclara Enrique, quien ahora solo se queda vistiendo su ajustado slip allí en medio de su propia sala. “Pero si no, solo la usaría como exteriores, y los interiores los haríamos en otra parte”.

El pene de José Luis está duro y pugnando por salir de su pantalón. Ya no sabe cómo sentarse en ese sofá para que su miembro se acomode y no le moleste.

En ese momento, Flavio y Julián bajan del segundo piso, calzando sandalias, sus cuerpos solo cubiertos por breves toallas.

“¿Tenemos un trato?”, sonríe Enrique, muy seductor.

José Luis no sabe dónde posar su mirada. Los tres monumentos de hombres tienen las manos listas en sus prendas y quedarse desnudos va a depender de su respuesta.

“Te prometo que todo está bajo control”, le dice Eliezer en voz baja mientras le toca el muslo.

Segundos de silencio.

Willy también baja solo en toalla y sandalias. No es un cuerpo de gimnasio, pero tampoco es un físico despreciable.

“Tenemos un trato”, afirma José Luis.

Enrique sonríe; se baja el slip. Flavio y Julián se quitan las toallas y se acercan al productor. Willy, aún bajando las escaleras, hace lo mismo.

“Gracias”, dice a José Luis. Entonces gira hacia Flavio y lo besa en la boca mientras con una de sus manos le acaricia el culo. Termina, gira al otro lado y hace lo mismo con Julián.

Lo que viene a continuación es un show caliente de caricias y besos que incluye apreciar cuatro penes erectos haciendo una continua guerra de espadas.

José Luis está excitadísimo. Eliezer le sigue acariciando el muslo.

 “Vengan, participemos”, invita willy.

En un par de minutos, seis varones desnudos, cuerpos bien trabajados, cada uno en su volumen, se rozan, acarician, besan. Manos recorriendo espaldas, manos recorriendo culos, manos masajeando penes, manos, manos, manos.

El show dura unos veinte minutos hasta que Enrique abraza a José Luis y lo besa en la boca mientras le coge fuerte las nalgas:

“Esto es solo un adelanto… te prometo que el viernes en la noche, te agrego tres chicos más”.

“¿Me vas a dejar con las ganas?”

“No, te la voy a mamar hasta que me des todos tus mecos en la boca… pero ellos sí necesitan guardarlos para que la escena salga bien padre”.

José Luis no reclama. Enrique se arrodilla y comienza a chuparle el pene. Ni siquiera en sus épocas de futbolista cuando veía a diez hombres calatos en las duchas, José Luis se sentía tan arrecho como ahora. Encima, Enrique la sabe mamar como los dioses. Por más que se resiste, termina eyaculando en la boca del productor.

“Tus mecos son deliciosos”, le susurra Enrique.

Y para finalizar, te dejamos con un #video porno gay.


sábado, 5 de noviembre de 2022

Ser Rafael 11.3: Su culazo al desnudo


“¿Lo conoces?”, me dijo Jaime, susurrando.

“Más o menos”, dije en voz baja.

Eduardo, quien me había pasado la voz, se nos acercó. Me saludó muy efusivamente.

Iba a presentarle a Jaime.

“Ya nos conocemos, Rafael”, contestó Eduardo. “Mas bien lamento la muerte de la abuela de Laura”, prosiguió. “Laura es su enamorada”, remató mirando a Jaime.

En ese momento, quería reducir al inoportuno a poco menos que cenizas, guardarlas en un frasco ultrahermético, enterrarlo cincuenta metros bajo el suelo, y ordenar que, cual cápsula del tiempo, no lo sacaran unos cuarenta milenios después.

¿Alguien sabe si es posible extraer el ADN de las cenizas de un ser vivo? Según yo, no. Así sería imposible que lo clonen.

“Bueno, Rafael, tengo que irme a atender las cosas que te dije tenía pendientes”, mintió Jaime, dándome la mano. “Nos vemos la otra semana”.

A mí no me quedó más que despedirlo.

Eduardo tenía cara de satisfacción cuando lo vio alejarse.

“Eduardo, ¿y qué hacías por acá?”

“estaba buscando… algo, y pasé, y ¡plup! La casualidad”. Se me acercó: “Ten cuidado con ese tal Jaime. Le gusta llevar chicos a su depa diz’que porque es pasivo, pero luego termina siendo lo otro”.

Me molesté.

“Mira, Eduardo. Lo que haga con mi vida no tiene por qué preocuparte, ¿estamos? Nos vemos”.

“¿Y a dónde te vas?”

No le respondí. Seguí mi camino.


Como niño bueno resignado, decidií pasar la noche solito en mi casa. ¿Mencioné que era viernes?

¡Un momento! Al podía estar en línea… pero, teniendo en cuenta el día que era, a lo mejor él había salido…

Opción desechada.

Una de las tantas alarmas de mi lap-top sonó.

Era Al. ¡estaba en línea!

Opción rehabilitada.

Retomamos la charla del gimnasio, cuánto nos gustaba cuidarnos, y qué tipo de ejercicios hacíamos.

Por supuesto que copiaba del chat, pegaba en el traductor, copiaba del traductor, pegaba en el chat… pero pude conversar.

Creí oportuno comentarle que la parte de su cuerpo “que más admiro” eran sus redondas posaderas.

Envié.

Pasó un minuto, dos, tres sin responder.

“¡Qué imbécil que fuiste, Rafael Jesús!”

¡Trrrrrinnn!

“Thank U”, me respondió él. Obviamente, no necesitaba traducirlo.

Otro ¡Trrrrrinnnn!

Una imagen JPG.

La descargué.

¡Dios mío bendito, que nunca olvidas a tus fieles devotos!

Era una foto suya, desnudo, y mostrando sus bubble butts sin censura y en todo su esplendor. ¡Y vaya que eran burbujas perfectas!

“¿Cuándo te la tomaste?”, escribí.

“Right now!”, respondió.

No pude más. Me acomodé sobre la cama, puse mi portátil a un lado y comencé a masturbarme.

Me dio la medianoche.

Estaba desnudo sobre mi cama, satisfecho, con el vientre y el pecho salpicados de fluido seminal, y con un nuevo amigo increíble por la red, quien se aseguró de enviarme hasta 15 imágenes distintas de aquel carnoso tesoro.

La alarma de mensajes de texto sonó en mi celular.

“Perdóname por importunarte”.

Ya sabía quién y por qué era. Vete a la mierda, pensé.

Otra alarma.

“Tienes razón… no debo meterme en tu vida”.

Apagué el aparato. Fui a darme un duchazo.

Dormí plácidamente… hasta que se me dio la reverenda gana levantarme. 

viernes, 4 de noviembre de 2022

Ser Rafael 11.2: El chico de la ducha


Esa noche en el gimnasio, entrené como loco. Mi propósito era simple: agotarme tanto que, al llegar a mi casa, no tuviera más ganas que de dormir hasta que me diera la reverenda gana de levantarme, al día siguiente, sin importar la hora.

Es más. Como había llevado todo para recoger a Laura, no me quedó otra que ducharme en ese lugar.

Ya estaba en el cubículo de la ducha que había elegido, entre las dos existentes, la más cercana a los casilleros, cuando sentí que alguien ingresó detrás de mí.

“Hola”, me dijeron.

“Hola”, contesté, mientras abría la llave.

Me metí en esa primera lluvia, dispuesto a dejarme refrescar tras la extenuante sesión de entrenamiento.

“Pata, disculpa”, me dijeron a mi espalda.

Volteé: era el tipo que, la última vez que me duché aquí, me palmeó el trasero aunque no lo reconoció. Imbécil yo no soy.

“¿Qué pasó?”

“Quería disculparme por el incidente de la vez pasada. No fue mi intención”.

El tipo estaba desnudo, arrimado a la pared que separaba mi ducha de la suya.

Aunque delgado, tenía algo de volumen y marcación en sus músculos. En realidad, más marcación que volumen.

Y también noté cierto largo arriba del promedio en cierta parte íntima suya.

“Olvídalo. Ya pasó”, acepté.

“Gracias. Oye, ¿y hace cuánto tiempo entrenando?”

“Uuuuuhhhhh… desde los quince… nueve años y meses. ¿Y tú?”

“Ah, con razón. Solo tres años, pero dejando por meses”.

“”¿Por qué ‘con razón’?”, sonreí… pícaramente.

“Bueno… no vayas a molestarte, pero… tienes un gran físico”.

“Gracias”.

El agua de la ducha seguía mojándome el cuerpo.

El tipo sonrió y fue a ducharse. Ya me sentía más relajado.

“¿Y te dedicas a algo?”, levanté mi voz.

“Exportaciones. Soy comerciante. ¿Tú?”

“Sistemas”.

No oí réplica. Seguí bañándome.

A lo mejor no le era atractiva mi carrera, o no le era atractivo yo.

Seguí duchándome.

“¿A qué me dijiste que te dedicas?”, me gritó.

“¿No oíste?”

Según percibí, el tipo cerró el grifo. Volví a sentir su voz a mi espalda.

“Ahora sí. ¿A qué te dedicas?”

“¿No me oíste?”

“O es la ducha o es este murito”.

Ahí estaba otra vez, desnudo y húmedo, viéndome a mí, desnudo, húmedo y en proceso de ‘calentamiento’.

Hice matemáticas rápidamente.

En este gimnasio hay dos duchas. Dos personas ocupan las dos duchas. Si la gente de afuera se percató que entramos los dos, harán una resta simple: dos tipos menos dos duchas es igual a… mejor no entro.

“Tengo una idea loca… si no puedes escucharme por esta pared, o tu ducha… ¿por qué no compartimos mi ducha?”

El tipo se quedó mirándome perplejo, en silencio.

“Sí que es una idea loca. ¿Y si alguien entra?”

Le expliqué pitagóricamente cuáles eran nuestras probabilidades.

Esperó dos segundos.

Entró.

El roce de nuestros cuerpos fue inevitable, tanto, que nos olvidamos continuar la charla.

Lo tomé de su cintura, y fui de frente a la conquista de sus labios. Él me respondió. Entonces nos abrazamos. Nuestra excitación no tardó en aparecer, al punto que la presionamos mutuamente.

Comencé a besarle el cuello.

“¡¿Ya están libres las duchas?!”

Alguien llamaba desde la puerta del vestuario.

El tipo se asustó.

Yo le hice señas que no dijera nada y que se tranquilizara.

“¡Cinco minutos!”, grité.

“¡Ya, Rafo!”, me respondió la voz desconocida.

Le expliqué al tipo que saliera de la forma más normal, y que afuera veríamos cómo seguíamos esa caliente sesión. Me hizo caso, no sin antes alabar lo “largo y grueso” de mi dotación.


Ya en la calle, lo alcancé en un puesto de revistas que había cerca del portón del gimnasio.

“¿Eres Rafo? Jaime, mucho gusto”.

“Rafael mas bien. El gusto es mío”.

“¿Vives solo?”

“ehhh. No. Con mi familia. Mas bien, ¿qué tal un telo?”

“No, huevón. Allí es más fácil que te ampayen. Tengo mi depa cerca de acá, a unas cuatro cuadras. Mejor vamos allí. Vivo solo”.

No habíamos avanzado ni media cuadra.

“¡¡Rafael!!”

Me quedé helado.