martes, 13 de septiembre de 2022

Ser Rafael 5.2: Pareces estar madurando




¿Se habrá molestado por lo inoportuno del ‘telefonazo’? ¿estará en el baño? ¿Salió y ya viene?

Sonó una puerta, evidentemente cerrada de golpe por el viento.

¡Qué estúpido! Fui a buscar mi celular en la mesita de centro de mi sala. Le marqué, pero apenas entraba la llamada, ella me cortaba.

¿Qué hice ahora para que ella me tratara así?

Tenía que buscarla. Solo debía lavarme la cara y salir disparado.

Entré a mi dormitorio por una toalla.

“¿Acaso me buscabas?”

Laura estaba acostada sobre mi cama totalmente desnuda. No era un espejismo. Era su glorioso y esbelto cuerpo.

Nota al pie: las mujeres demoran una eternidad para vestirse, pero son más rápidas que la velocidad de la luz para invertir el proceso… ¿o es mi impresión?

el alma me regresó al cuerpo.

Sonreí, cerré la puerta y le puse pestillo, me desnudé y me acosté sobre ella.

Volví a besarla con pasión, y a frotar mi cuerpo contra el suyo.

Cuando estábamos muy excitados, me arrodillé, saqué un condón, pero ella me detuvo la mano.

“Déjame a mí”.

Lo abrió, tomó mi miembro, y delicadamente me lo puso.

El resto fue dejarnos llevar por el mismo baile y la misma sinfonía de nuestras hormonas, las que se movían a millones de revoluciones por milisegundo.

Satisfecho nuestro requerimiento de intimidad sexual, adoptamos nuestra clásica posición de descanso.

“Sería bonito convivir”, lanzó Laura.

Me tomé mi tiempo para responder sin ser duro. La idea no me gustaba para nada.

“No quiero dejar sola a mamá”, le respondí.

“si ése es el problema, podríamos convivir aquí”.

“No, gracias, Laura. Será para que te adopte como hija, y la verdad no te lo recomiendo. Además, ¿no crees que es muy pronto para barajar esa posibilidad?”

“Rafo, ya tenemos más de tres años”.

“No, mi amor. Por ahora, convivencia no”.

Me levanté de la cama, tomé mi toalla y fui a ducharme.



  Una semana después, llamaron a Laura para entrevistarla.

Para su buena suerte, ésta fue programada justo después de su horario de trabajo.

Pensé acompañarla, pero iba a ponerla tensa; así que me fui a entrenar como de costumbre.

Como quedé para cenar con ella luego de mi rutina, llevé ropa y tomé un baño en las duchas del gimnasio.

En realidad solo habían dos, separadas por una pared de mayólica y sin nada que la aislara del estrecho pasillo que conducía al vestidor de varones.

Cuando acabé, un chico que jamás había visto allí estaba desnudo, listo para ingresar a la otra ducha libre. Me saludó con cierto gesto gay. Le respondí, pero salí inmediatamente. Sentí que me tiró una palmada leve en mi nalga. Paré y me detuve a verlo, serio.

“¿Te pasa algo, huevón?”

“Perdona, amigo. Fue casualidad”.

Me sonrió. Salí a vestirme.

Cené con la familia de Laura: su padre, su madre, su hermano menor y su hermanita. La entrevista había transcurrido sin sobresaltos. Las mismas preguntas analíticas de siempre.

Por cierto, la cena estuvo rica.

“Muchacho, la verdad me da gusto que estés pendiente de mi hija en esas cosas”. Me dijo su padre. “Ya le dije que no pretenda hacer carrera trabajando para el gobierno. Este país no paga bien a sus empleados. Mírame a mí: treinta años de servicio para una pensión de hambre. Si no fuera porque sé hacer otras cosas,…”

La madre cortó el discurso paterno con el clásico ‘¿más juguito?’.

Me quedé allí hasta las diez de la noche.

Al salir estaba satisfecho porque había ganado puntos ante el patriarca de la familia, y porque había una posibilidad de que, al salir de su trabajo actual, redujera el riesgo de que Eduardo pudiera abrir la boca.

Sabía que no tenía todo bajo control. Solo me quedaba cruzar los dedos.

Volví a tener la sensación de que alguien me espiaba a lo lejos.

Vi en todas direcciones, pero nada. ¿Me estaba comenzando a volver loco?



Al llegar a mi casa, mi madre estaba viendo el noticiero.

“¿Fue Laurita a la entrevista?”

“sí, dice que le fue bien”.

”Hijo, ¿puedo decirte algo?”

Oh, oh. Alerta de sermón. Me detuve, con gesto de casi-fastidio.

“¿qué pasó, mami?”

“Rafito, me da gusto ver cómo as madurado en estos meses. Eres distinto. Alguien más juicioso y razonable”.

“Gracias, mami. Es ley de la vida, creo”.

Mi madre sonrió con cariño.

“Me dará gusto que venga tu hermana, y vea cómo todo marcha bien a pesar de la ausencia de tu padre”.

Confieso que no entendí a qué venía esa relación entre que todo marchara bien y que mi padre no estuviera.

Fui a mi dormitorio, me desnudé y descansé en santa paz. 

lunes, 12 de septiembre de 2022

El precio de Leandro 5.1: el interés de Darío


Ese martes por la mañana, Darío se dedica a ordenar una casa que no es la suya, ni la de Leandro; la de Roberth. Todo es un tiradero donde hay ropa, papeles, unas botellas de cerveza, algunos preservativos usados.

“No cambias en absoluto”, comenta el modelo.

Del otro lado, Roberth está sentado frente a su computadora procesando las fotografías de Leandro.

“Si estás haciendo todo esto para bloquear la carrera de tu nuevo romeo, pierdes tu tiempo”, advierte el fotógrafo. “Tú tampoco has cambiado en absoluto”.

“No, para nada; además ahora es diferente”.

“Sí, como también fue diferente la vez anterior, la vez anterior, la vez anterior y la otra vez anterior”.

“No me ayudas mucho, Roberth”, reclama Darío con tranquilidad. “Además, sabemos que Aníbal es un drogadicto, Carlos es un vividor, Pepe es un delincuente y Rico es un puto. Ni siquiera sabía de dónde venían. Leandro no es igual, no luce igual”.

“Tú sabías que Aníbal fumaba hasta césped seco, que Carlos ya tenía lista de clientes, Pepe es tan delincuente que ahora trabaja para tu viejo y, que yo recuerde, Rico te había dejado en claro que lo suyo era lo porno pero aún así tiene negocios contigo, y no te olvides de Elías”, continúa Roberth mirando la pantalla de la computadora. “Por lo demás, coincidimos en que Leandro parece tener otro aura”.

“Elías nunca quiso ser modelo y ni lo menciones que me recuerda al estúpido de Madero”, refunffuña Darío. “definitivamente, Leandro es diferente y su madre es un amor”.

Roberth deja de ver el monitor y voltea a observar a Darío como si tuviese un resorte en la nuca:

“¿Qué tratas de decir?”

“Que conocí a la mamá de Leandro; ayer estuve en su casa”.

“¿Que hiciste qué, Darío? Ay, Dios. Sí has cambiado… para peor”.

Darío se justifica:

“Es que pensé que ese chico me estaba engañando, Rob.”

“¿Y para eso tenías que hacerle visita domiciliaria?” Roberth regresa a mover el ratón y balancear una sombra en una de las fotos de Leandro.

“El caso es que me dijo la verdad sobre él y sí merece que lo ayude”.

“Le produjiste su sesión de fotos, Darío, y el producto se vende solo; deja que ahora él la luche”.

“Hay mucha competencia, Roberth. Una cosa es tener contactos por todo sitio, otra cosa es empezar de cero”.

“Bueno, es tu tiempo, tu plata y tu esfuerzo. Solo te voy a aconsejar lo mismo que te he aconsejado en otras ocasiones, y que te lo dije delante de Leandro: deja que tome sus propias decisiones, no interfieras; dale el impulso pero deja que él decida cuán alto quiere llegar. No le des el pescado; enséñale a pescar”.

“eso lo tengo claro, Rob”.

El fotógrafo sigue moviendo el puntero en la pantalla de la computadora, y probando variaciones cromáticas.

“Solo te voy a pedir un favor adicional, Rob: ya sé que tú serás el director del nuevo catálogo de Lawrence’s, así que…”

El fotógrafo vuelve a ver fijamente los ojos del modelo. No es difícil adivinar la intención. 

domingo, 11 de septiembre de 2022

Ser Rafael 5.1: Operación Alejamiento



Al día siguiente y de última hora, invité a Laura para que almuerce en mi casa.

Claro que me exponía a que mi madre y ella me hicieran blanco de bullying, pero mi seguridad estaba en juego, así que el sacrificio era un mal necesario.

Fui hasta su casa a recogerla, previa escala en una farmacia para comprar otro paquetito de condones.

Como seguía esa relación, era una inversión útil. Lo que sí, no tenía idea de qué pretexto esgrimir esta vez si ella me pedía prescindir de la protección.

Al llegar a recogerla fui atendido por su madre, quien me hizo pasar a su sala pues Laurita aún no estaba lista, para variar. Y eso que le había avisado con una hora de anticipación.

Para su mamá no fue tiempo muerto porque se dedicó a conversar conmigo.

“¿Cómo sigue la señora Haydeé?”

“Bien gracias, doña Amalia. Con favor de Dios, bien… gracias”.

“¿Y qué tal tu trabajo?”

“Ah, sin problemas. Todo perfecto”.

Y así por el estilo tuve que absolver el clásico cuestionario que te hace la madre de tu enamorada para garantizarse que no eres un muerto de hambre y que tienes armonía familiar, clave para una eventual convivencia bajo un mismo techo.

El interrogatorio de la señora era manejable; si hubiera sido el padre, cada respuesta vendría acompañada de ‘esa hija es la luz de mis ojos’ o ‘debes cuidarla porque es tu deber’.

Solo quedaba ser paciente y amable.

Laura apareció al fin. Se despidió de su madre; su madre se despidió de mí. Partimos hacia mi casa.



el almuerzo dominical fue cebiche mixto y causa de atún, con el toque que solo las manos de mi madre eran capaces de darle.

Durante la comida, se aplicó el mismo interrogatorio al que antes fui sujeto. Quiero decir, esta vez de mi madre a Laura.

A mi enamorada no pareció incomodarle, a pesar que muy disimuladamente yo le indiqué mediante gestos a mi madre que ya parara.

Cuando terminamos de comer, Laura y yo nos pusimos a conversar un rato en mi sala. Como mi madre se había ido a su dormitorio, le mostré algo que había encontrado en el diario. Le pasé la página completa.

“¿Halcones vence tres a dos a Sport Verdes?”

“Qué? No, Laura. Lo que está marcado con plumón”.

Ella lo halló al fin. Se trataba de un aviso de empleo para una profesional de su perfil.

“¿El Popular está buscando personal?”

“No. Por la herramienta que piden es el BGU”.

“Sería chévere postular; el caso es que yo estoy contenta con mi trabajo”.

“¿Contenta trabajando para el gobierno? Por favor, Laura. Es un sector nada competitivo”.

“Pero puedo marcar una diferencia. Puedo cambiar esa imagen”.

“Sí. Tú solita. Bueno, yo creo que podrías postular a esa convocatoria y hacerla”.

Laura releyó el anuncio, y al fin accedió.

Saqué mi lap-top y se la di para que buscara su hoja de vida y aplicara al puesto. No tuve ningún problema en prestarle mi computadora. No tenía nada que ocultarle, así

que, si en uno de mis descuidos, ella quería espiar cualquier indicio de infidelidad, no encontraría nada.

Me senté a su costado.

Al fin, ella terminó de actualizar el documento y lo envió.

en ese momento, mi madre apareció vestida para salir.

“Voy a ver a tu tía Leonor. ¿Puedes irme a ver a las seis?”

Eso era dentro de tres horas y media, más o menos. Acepté.

Mi madre se despidió de Laura y de mí. No dijo nada más. Evidentemente nos estaba dejando solos.

Cuando doña Haydeé se encontraba a calculada distancia considerable, no perdí más tiempo y comencé a besar apasionadamente a mi chica.

“Rafo, tranquilo. Tu mami…”

“Mi mami salió. Estamos solitos, mi amor. Nada nos va a interrumpir”.

Nada.

Nada, excepto el teléfono fijo de mi casa.

Fui a atenderlo dándole la espalda a Laura.

Era Elena, mi hermana.

“Rafo, en un mes me darán vacaciones del estudio, y adivina qué… ¡Me la pasaré en casa con ustedes!”

“Excelente, hermanita. Mira, aquí estoy con Laura y justo vamos a salir. Mamá no está. ¿Qué tal si te llamamos ahora en la noche?”

Elena entendió. Quedamos para hablar más tarde.

Cuando colgué, volteé a ver a Laura, pero ésta se había esfumado de la sala.

Comencé a llamarla. No obtuve respuesta. 

sábado, 10 de septiembre de 2022

ASS (45): La declaración

Miguel y Alejo vuelven a cachar invirtiendo sus roles usuales, pero algo sale inesperado y sorpresivo.



Miguel está desnudo, acostado en la cama dentro del dormitorio que hay en el AS de San Sebastián, revisando su celular. Es raro verlo sin los vellos que le cubren todo el cuerpo, luego de la depilación a la que se sometió para participar en el video porno. Se echa un gel con base de sábila para que no pique ni irrite. En esso,Alejo entra también desnudo y secándose. Se acuesta al lado.

“¿Así que ahora lo tendrán controladito a Beto?”

“la verdad no lo sé porque ese pendejo es experto en robarte un chocolate de tu propia mano”.

“¿Y así es cura?”

“Ay, huevón; los curas son unos pendejos de mierda”.

Alejo sonríe, gira y se acuesta encima de Miguel. Le da un beso en la boca. Miguel le corresponde.

“Pensé que estabas templado de Pedro”.

“Me gusta Pedro, pero ya veo que su caso está jodido con eso de que su viejo lo mandó a Piura”.

“Aunque creo que Enrique lo va a tener a cargo, según entendí a Flavio”.

“Con mayor razón… mejor cachemos tú y yo un rato”.

Alejo y Miguel se besan de nuevo.

“Tengo el ano algo irritado: Marcano tiene rica verga pero es un monstruo”.

“Así nomás, mi Miki, rozadita”.

Un nuevo beso. Ambos giran en la cama.

“¿Sabías que ese novicio español tiene toda la traza de gay de gym?”

“¿Ya lo perfilaste, mierda?”, sonríe Alejo.

“Hace ratón”, replica Miguel, quien comienza a besar suavemente el cuello de su amigo y lo recorre hasta el surco entre ambos pectorales; entonces va a la tetilla derecha. La chupa levemente. Alejo jadea y disfruta.

“Me aloca cuando haces eso, mierda”, le dice.

Miguel ahora va a la tetilla izquierda. Repite la operación. Sigue por los abdominales de tabla de lavar, lame el espacio donde antes había vello púbico y que ahora apenas si tiene unas puntitas luego de la rasurada que Alejo se dio. De inmediato, mete a su boca la pinga entre flácida y erecta que comienza a crecer y engrosarse ahí en toda la entrepierna.

“Así, huevón… así me gusta… toda, chúpamela toda”.

La fellatio dura varios minutos y se alterna con la succión de testículos con la suavidad y paciencia que solo Miguel sabe aplicar. Entonces, el compañero sexual toma las enormes piernas de Alejo y las eleva. El musculoso no protesta. Su ano rosado y cerradito está ahí listo para que Miguel lo acaricie con su lengua.

“¡Carajo, Mi…! ¿sí!”

Alejo deja que el placer se proyecte desde su culo, su bien formado culo al resto de su ser mientras toma su pene aún erecto y comienza a pajearlo suavemente, no sin antes lamerse la mano para que su propia saliva lubrique el masaje. Alejo gime despacio.

Entonces Miguel deja de lamer el ano:

“¿Recuerdas la otra vez cuando solo te entró la cabecita?”

“¿Quieres metérmela, pendejo?”

“¿Qué dices? ¿Te la meto?”

Alejo abre el cajón de la mesita de noche a un lado de la cama, hurga un poco y encuentra el frasquito de lubricante. Se lo da a Miguel quien se arrodilla: ya tiene su verga al palo.

“Será al toque”, avisa Miguel mientras se esparce el coloide por todo su pene erecto. “Tú sabes que no duro mucho como activo”.

Alejo no dice nada, solo trata de relajarse respirando hondo, pensando en que esta vez sí será placentero.

Miguel resopla y pone su glande en la entrada de todo el ano. Comienza a empujar muy lentamente. El beso negro que le aplicó minutos antes no lo ha dilatado como hubiese querido, así que tendrá que ser paciente. Mientras tanto, la cabecita comienza a ingresar.

Alejo siente un ligero escozor en su esfínter, pero trata de controlarlo respirando hondo, como cuando lo vacunaron y no sintió que le metían la agujita.

“Continúo?”, consulta Miguel.

“Dale”, susurra Alejo mientras se toca su miembro y comienza a estimularlo hasta ponerlo duro otra vez.

La cara de su compañero, casi en trance, convence a Miguel que todo parece estar en orden. Baja la mirada: su glande ya está por completo dentro del ano. Aún falta el resto de su más o menos grueso tronco. El chisguete de lubricante está al lado por si acaso. Hasta donde vamos, Miguel piensa que es un progreso; su amigo y compañero aún no ha gritado ni rechazado la penetración. Mete un poquito más. Alejo gime. Le arde un poco.

“sigue”, vuelve a gemir a Miguel.

Otro poquito más. A este ritmo, la mitad del pene de Miguel ya está dentro del recto de Alejo. Y entonces… sucede lo inesperado.

“Mierda”, susurra el ex velludo. Gime. Inconteniblemente vacía su semen dentro. Jadea.

“¿qué pasó?”, pregunta Alejo comprensivamente.

“No pude… no pude aguantar”.

El pene de Miguel comienza a perder rigidez, aunque aún sigue dentro del ano de Alejo.

“Podemos intentarlo después”, propone el fortachón.

El pene de Miguel sale de las entrañas de Alejo sin hacer nada más; está completamente blando.

“Perdóname”, dice el activo ad-hoc.

Alejo sonríe, toma de las manos a su amigo y hace que se acueste encima suyo. Lo besa en la boca casi a la fuerza.

“Perdonarte, ¿qué, huevón? No hay nada que perdonar. Ambos lo quisimos. No salió hoy. Saldrá otro día”.

“Me puse nervioso, Alejo”.

“Te entiendo… quizás me preparé yo,pero olvidé prepararte a ti”.

Miguel sonríe algo descontento:

“Aluciné que al menos iban a ser un par de minutos de placer”.

“Creo que fue mejor así… Creo que de ahora en adelante, ambos… ambos seremos amigos con derecho”.

Miguel se sorprende.

“¿Qué estás diciendo,Alejo? Y tu promesa de…”

“Tengo que desterrar lo que pasó esa vez en el cuartel… Y si no lo hago hoy, no lo haré nunca…. Éste ha sido el primer paso… Sí… el primer… paso”.

Miguel comienza a sollozar y se abraza fuerte a Alejo.

“Te amo”, musita el amigo.

“Yo también”, susurra el musculoso.

Entre las nalgas de éste, el semen que se quedó en la primera porción del recto comienza a sentirse como una capa aceitosa que parece suavizarlo todo. Incluso esa súbita declaración.

Y para terminar,te dejamos con un video porno gay.


El precio de Leandro 4.7: Sí vale el pene


Leandro llega a casa poco antes de las cuatro de la tarde con sendas bolsas de supermercado y un nuevo invitado: Darío. Ni una palabra de la nueva discusión que casi se arma ante la caja por ver quién pagaba la cuenta, pero que Leandro mañosamente dejó en manos de su mecenas. Un beso en la mano de Adela es suficiente para borrar todo brote de desconfianza, gesto que repite con una ruborizada Cintia. ¿Tienen idea los vecinos de qué especie de celebridad nacional está en esa sencilla casa del Distrito Norte?

“Me da tanto gusto recibir a los amigos de Leíto”, trata Adela de ser cortés. Darío luce su blanca sonrisa, sin ocultar la emoción que le produce conocer dónde vive este nuevo chico que le remece el suelo:

“Qué bueno me considere su amigo porque así me siento yo, señora”, responde galante.

“Sí, hace poco nomás estuvo un chico… ¿de dónde es, Leíto?”

Cintia siente que la luz roja se enciende y corta abruptamente la escena:

“Doña Adela, ¿recuerda las frutas?”

“¿Frutas, hijita?”

“Sí”, sonríe nerviosa Cintia. “Las de la ensalada”.

Adela reacciona:

“¡Cierto, hijita! Perdonen chicos que solo tengo ensalada de frutas para ofrecerles. ¿Me aceptarán?”

“¡Por supuesto que sí!”, se apresura a responder Darío sin ocultar su sonrisa.

“Que sean dos”, secunda Leandro.

 


Y una sencilla ensalada de frutas fue el pretexto para iniciar una conversación amena entre los dos chicos y las dos mujeres.

“Nunca me voy a olvidar de ese partido cuando Leíto tendría, ¿qué será?, ocho, nueve años”, recuerda Adela.

“No, má, no otra vez”, se tapa la cara Leandro.

“Ya estaba listo para patear la pelota, cuando toma impulso y, ¡zas!”

“¿Qué pasó?”, pregunta Darío.

“Salió volando su zapatilla”, remata Adela tras segundos de suspenso.

Las mujeres y Darío estallan en carcajadas mientras Leandro no sabe cómo ocultar su rostro ruborizado.

“Y lo peor no fue eso”, completa Cintia. “La zapatilla le cayó al árbitro… ¡en la cara!”

Ahora la carcajada es general.

“No fue gracioso”, reclama Leandro. “Me clavaron tarjeta amarilla”.

“Pero nada como lo que me pasó a mí”, interviene Darío intentando recuperarse del dolor de abdomen. “Yo tenía trece años y había asistido a mi clase de ballet. No recuerdo por qué, pero debajo de la malla no tenía ropa interior. El caso es que estábamos practicando elevaciones de piernas, ya saben, llevar el pie tan alto como se pudiera. Estaba tan concentrado haciendo ese ejercicio cuando se  oye ¡wraaaakkkkkkk!”

“¿Qué había pasado?”, curiosea Adela con los ojos bien abiertos.

“La malla se me había roto de la entrepierna y… todo salió”.

Otra vez los y las comensales ríen divertidos.

 


Apenas pasadas las seis de la tarde, Darío está por irse. Aprovechando que Adela y Cintia están en la cocina, se acerca felinamente a Leandro y le roba un beso en la boca.

“Cuidado, huevón”, advierte el futbolista.

“Perdóname otra vez”, reitera el otro muchacho mientras pone algo en su mano.

“No hace falta…”

“Al contrario, Leandro; hará mucha falta”.

Mientras Leandro cierra el puño, Adela y Cintia regresan para cerrar el protocolo de despedida. Un minuto después, Darío arranca su deportivo que ha estado estacionado justo afuera de la casa (y levantado más de una mirada de curiosidad en el vecindario) y se va.

“Estos amigos sí valen la pena, hijito”, califica Adela.

“Sí, ma”, sonríe nervioso el chico. “Sí valen la pena”.

Adela regresa a la cocina y Leandro se queda solo en medio de la estrecha sala. Al abrir su puño, descubre un billete de doscientos. ¿Qué le queda sino sonreír en privado? Te tengo, piensa.

  

viernes, 9 de septiembre de 2022

El precio de Leandro 4.6: ¿Crees que me aprovecho?


Pasadas las dos de la tarde, un furioso Darío sale del estudio seguido de un Leandro que, al menos, finge no darse cuenta cómo se siente su mentor:

“No pensé que fuese tan divertido trabajar con Roberth”, comenta alegre.

Darío no le responde. Llega a la puerta del auto, y cuando va a abrirla, siente que lo tocan del hombro izquierdo y lo obligan a girar sobre sus talones:

“¿Qué quieres ahora?”, reacciona seco.

“¿Qué tienes tú?”, encara Leandro.

“No tengo nada”.

“¿Y por qué tienes esa cara de culo, entonces?”

“Deja de hablar huevadas, ¿quieres, Leandro?”

“Estás así desde que hicimos la parte de la ropa interior. ¿Qué pasa, Darío?”

El mecenas llega a su límite y remeda la escena que vivió ese mediodía:

“Ay Leandro, ¿quieres posar desnudo? Tú tienes que tomar tus decisiones… Ay, sí, Roberth, mírame la pinga, mírame el culo, te gusta?”

Leandro no se molesta ni se alegra, mira al furioso Darío con un gesto neutro, y verifica que los otros peatones estén a respetable distancia.

“¿Y qué tiene que haya posado desnudo, Darío? Es modelaje. ¿Acaso tú no posaste desnudo alguna vez?”

“¡Pero no es igual, Leandro!”

“He tratado de ser lo más profesional posible, Darío. Solo posé desnudo; no hice nada más”.

“¿Y qué querías? ¿Mostrarle tu pinga al palo? ¿Mostrarle el ojo de tu culo?”

“No te entiendo, Darío”, toma un respiro Leandro. “Mira, cuando yo me acerqué a ti, mi intención fue construir una relación profesional, y una amistad si fuera posible; pero tú sabes que quiero ser un gran modelo, y que estoy aprovechando esta oportunidad”.

“¿O te estás aprovechando de mí, Leandro?”

“Si crees que me estoy aprovechando de ti, Darío, tu tienes el control: dime adiós, te daré las gracias, y cada quien por su lado; si me viste, no me conoces”.

Darío recibe otra vez un chorro de agua helada, y Leandro tiene el remedio para la hipotermia:

“Mira, yo agradezco mucho de verdad que me hayas echado una mano; no sabes cuánto gozo me has dado, pero quiero que pienses que incluso me has abierto la puerta de tu casa, y si fuese otro de esos huevones que están buscando oportunidades, algo malo te hubiese hecho; total, ¿quién se daría cuenta? ¿Lo hice? Dime, Darío: ¿ lo hice?”

El supermodelo comienza a sentir remordimiento:

“Perdóname, es que… Leandro, yo… no sé”.

“Darío, te dejé claro que no pasaríamos de ser compañeros, amigos, hasta amantes si lo deseas; pero no habrá más. Por último, ¿sabes por qué estoy tentando suerte? Porque necesito darle algo a mi mamá que nunca ha tenido en su vida: calidad de vida. Eso que a ti te sobra y a nosotros nos falta”.

Darío comienza a sollozar allí en plena calle:

“Perdóname, Leandro”.

“Gracias por todo, Darío. Mucha suerte. Te mereces todo el éxito que tienes”.

Leandro da media vuelta dispuesto a irse cuando es el otro muchacho quien lo toma del hombro derecho y lo retiene.

“No me hagas esto”, susurra el futbolista.

“Perdóname”, habla en el mismo tono el otro galán. “Sí recuerdo que me hablaste de tu mamá… Perdóname”.

Leandro gira otra vez en ciento ochenta grados:

“Ya deja de llorar que te ves feíto”, pide aún susurrando.

“Me gustaría conocer a tu mamá”, pide Darío, sonriendo aún entre lágrimas. “¿Puedo?”

Leandro acaba de anotar un gol de arco a arco.

  

Ser Rafael 4.4: Control de riesgos


Le guiñé un ojo. Volví a usar mi sonrisa pícara.

“¡Señor, vamos a…”

El resto de la tarde del sábado me la pasé haciendo el amor con Laura en el Dreams.

Me cimbraba con locura, como si quisiera escapar de algo. Ella, más que agradecida.

Lo hicimos dos veces. Al final de ambas, ella descansó sobre uno de mis pectorales, como era su costumbre.

“Parece que esa cerveza te puso muy fogoso”. ¿Seguro que estás bien?”

“Ahora sí estoy realmente bien”.

“¿Y qué te parecieron mis compañeros de trabajo?”

“Todos me cayeron bien; aunque…”

Me quedé estratégicamente en silencio.

“Aunque qué? ¿Alguien no te cayó bien?”

“No es eso”.

“Rafo, te conozco. ¿Quién te cayó mal?”

Justo donde la quería.

“ese tal Eduardo. No sé. Tiene un aura que no me cuadra”.

“¿Un… qué?”

“No me cae. No me da buena espina”.

“¿Por qué?”

“Presentimiento”.

Laura se quedó pensativa.

“Aunque, ahora que lo dices, tienes razón. Ese chico me dio la impresión de que guarda misterios. Desde que entró, me dio esa sensación”.

“Cúidate de él, Laura. No confíes así nomás”.

“Sí, lo tendré en cuenta”.

Grandioso. Mi ‘buena acción del día’ fue todo un éxito.

El siguiente paso es poner a ese Eduardo, Juan, al chico con quien pasé la noche saliendo del cine triple X, fuera de escena, y tenía que ser pronto. Si no, yo sería historia.