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sábado, 13 de marzo de 2021

La hermandad de la luna 2.2

Al llegar al patio trasero de la casa grande, no halla a nadie, pero sigue respirando agitado.

“¡Frank, esto no se queda así! ¡Vamos a hablarlo de hombre a hombre! ¿Me entendiste?”

Nadie le responde, pero un muchacho oculto entre los paltos cerca de ahí puede escucharlo claramente.


 

Tito llega a toda velocidad montado en su bicicleta a la entrada del AMW en Santa Cruz. Está sudado y quiere usar ese calentamiento para desfogar la rabia que aún tiene en las pesas y las máquinas. Al entrar, ve a un par de muchachos del pueblo entrenando, el chato y musculoso César dirigiéndolos, y más al fondo, en la zona de barras, a un tipo negro, alto y de carnes marcadas haciendo curl para bíceps. Tito se lamenta que no puede botar a la gente, cerrar el gimnasio por completo, quedarse desnudo y entrenar hasta que se le pase la cólera. . César se da cuenta de su llegada y camina a saludarlo.

“¿Quién es ese venezolano?”, interroga imperativo el recién llegado.

“¿Cuál venezolano?”, se extraña el instructor encargado.

“Carajo, ¿no lo ves acaso al fondo?”

César gira hacia donde le señala Tito.

“Ah, Owen; no, no es venezolano. Yo también pensé, pero habla como gringo”.

“¿Y de dónde mierda salió un negro gringo?”

Tito se aproxima con curiosidad al hombre: es joven, cabello zambo recortado con cierto estilo, facciones que se potencian cuando le sonríe, simetría muscular como si lo hubiesen sacado de un libro de Anatomía Humana; viste una camiseta con un símbolo de la paz como estampado, que no disimula sus protuberantes pectorales y que baila sin tocar su fina cintura, y un short algo pegado, que le marca un gran bulto delante debido a que sus nalgas parecen dos balones con peso y medida oficial, además de dos vascularizadas piernas que semejan dos troncos de ceibo pero prietos, calcetines y zapatillas número cincuenta y dos, tranquilamente. ¿Cuánto tendrá de estatura ese hombre? ¿Metro noventa y mucho?

“¿Tú necesitar barra?”, le consulta muy afable y sonriente.

“No”, atina a responder Tito algo desconcertado. “Sigue nomás”.

El muchacho acaba la serie, deja la barra en el soporte: a los extremos hay quince kilos, treinta y cinco incluyendo el trozo longitudinal cromado.

“¿No usas guantes?”

“Guanta?”

Tito hace un gesto con las manos, como si se calzara algo en ellas.

“Oh, gloves”, reacciona el muchacho con un acento harto afectado.

“Guantes”, le reitera Tito.

“No, no usar”.

“¿Y tus manos?”

El chico  se las extiende y Tito se queda sorprendido: ningún callo, parece una piel tersa, como de bebé. Se siente tentado a preguntar si es la primera vez que entrena, pero ese desarrollo muscular es altamente elocuente: no.

“Bienvenido a Santa Cruz”, da la mano Tito.

“Oh, gracias”, le responde, y lo confirma: suaves como si el cromo de la barra jamás las hubiera tocado. “Soy Owen Mgombo. Mucho gusto”.

“El gusto es mío”, responde el desconcertado gladiador, cuyas manos no son precisamente el orgullo de cualquier salón de belleza masculina.

“¿Owen Mongo?”, reacciona torpemente Tito.

“No, es Mgombo”, corrige Owen sin dejar de mostrar una dentadura blanquísima. “M, G, O, M, B, O.

“Te traeré un par de guantes”, sigue boquiabierto el anfitrión.

A mediodía, César rinde cuentas de la mañana a Tito quien  está a mitad de una rutina de piernas, y viste un bibidí rojo por el que se desbordan los vellos de su pecho, un pantaloncillo de licra a medio muslo que le marca todo el paquete y el trasero, calcetines gruesos y zapatillas. . No es su ropa de entrenamiento más impecable; en realidad, la rescató de la ropa sucia, así que no huele a gloria, precisamente. César es más humilde en cuanto a su vestimenta: un bibidí raído, un viejo short de Educación Física, unas zapatillas de cuero, cubren su metro sesenta y tres, trigueño oscuro, y un proceso de entrenamiento que le ha sacado el jugo a su somatotipo mesomorfo, lampiño encima.

“Todo en orden”, aprueba el gladiador. “Vete a almorzar y regresas a las dos”.

“Tito, no sé si pueda regresar esta tarde; me ha salido una posibilidad de chamba en Collique y quiero ver si la hago”.

“No jodas”.

“Frank puede cubrir la tarde”.

“No creo que pueda… tiene… trabajo en la finca”, miente Tito.

Al fondo, Owen hace jalones para tríceps.

“Si no pasa nada en Collique, vengo y te cubro”, promete César. “Te aviso a tu celular”.

Ambos van hasta la puerta y Tito decide cerrarla.

“¿Y el negro gringo?”, llama la atención César.

“Tranquilo que está bajo control”, guiña un ojo Tito.

Tras asegurar la puerta y cerrar las ventanas del todo, el gladiador se pone un grueso cinturón de cuero, regresa a donde dejó la barra cargada con 60 kilos por lado, se quita el bibidí y comienza a hacer sentadillas completas: espalda recta, sacando culo, bajándolo hasta quedar en cuclillas, contar hasta tres, luego elevarlo lentamente sin dejar la pierna recta del todo. Doce repeticiones. Del otro lado, Owen termina su segunda serie de jalones para tríceps y, al hacer contacto visual con un esforzado gladiador, le sonríe y se le acerca.

“Avisarme si querer mi ayuda”, se ofrece.

Mientras sube y baja, Tito se da un tiempo para sonreírle; gotas de sudor brotan por doquiera de su blanca y velluda piel. Dos minutos después, deja la barra en el suelo. Resopla, toma un poco de agua de una botellita de plástico que tiene al costado.

“¿Y a qué te dedicas, Owen? ¿qué haces?”

“Oh, yo ser psicólogo y antropólogo; ahora, yo hacer un investigación sobre pueblos antiguos”.

“¿Hace cuánto llegaste a Santa Cruz?”

“Tres días, pero yo estar sorprendido: ustedes no tener mucha información sobre su pueblo antiguo”.

Tito sonríe por compromiso.

“¿Por qué tú estar concernido?”, averigua Owen sin abandonar su blanca sonrisa.

“¿Concernido?”, se extraña el gladiador.

Owen  pone cara y ojos tristes y de inmediato ríe.

“Mi español ser malo”.

“Preocupado”, aclara Tito, sonriendo. “Se dice pre-o-cu-pa-do. Problemas aquí, problemas allá, problemas en todos lados”.

“Los problemas existir para ser resolvidos”.

“Se dice resueltos”, vuelve a sonreír Tito, y se inclina a coger la barra, mostrando sus bien desarrollados glúteos al espejo. “Un momento”, se detiene. “¿Dijiste que eres psicólogo?”

“Sí, yo ser”, sonríe Owen. “Tú poder confiar en mí tus problemas, si tú querer”.

“¿Tienes tiempo?”

“No mucho. Mi hotel terminar hoy tres de la tarde; luego, yo ir a Collique, regresar a la capital”.

“Ah, ya te vas”.

“Porque mi dinero acabar; si yo conseguir empleo, yo quedar”.

“Entiendo; no hay mucho que hacer”.

Owen, entonces, se quita la camiseta, revela su bien labrado torso lampiño, se acerca a Tito, lo abraza fuertemente, se aproxima a su oído:

“Tú tener dos problemas: miedo, vergüenza. Miedo paralizarte, vergüenza ocultarte. Tú creer tú no confiar en nadie, pero la verdad es tú no confiar en ti”.

Una paz inesperada se apodera de Tito, llevándolo casi a los límites de la lividez.

“Abre la puerta, toma tu bicicleta, corre, dile que tú amar y entender”, aconseja Owen. “Pero no juzgar, así como tú no querer ser juzgado”.

Owen se separa un poco y mira los ojos de Tito, quien ahora parece tenerlo todo más claro.

 

viernes, 11 de noviembre de 2011

Cuerpo de gym

Hay tres maneras de conseguir un cuerpo que llame la atención: yendo al gym, desarrollando una rutina en casa o practicando tu deporte favorito todos los días.
Y si eso te parece poco: todas las anteriores.
El primer reto es vencer a la pereza, y la única manera de hacerlo es teniendo decisión. Eso es lo que separa a los cuerpos armoniosos, del resto.
Si jamás has tenido disciplina en la vida, habrá que analizarlo en profundidad, pero eso es trabajo de un psicólogo (podemos recomendarte alguno).
Si ya venciste la pereza, comencemos a planificar tu cambio o tu mejora: hay que especificar una hora del día, todos los días, para dedicarlo a ponerse en forma. Destina de 30 a 120 minutos para ello, pero en forma progresiva si eres novato, y sostenida si eres avanzado.
La cosa es cómo nos ejercitamos desde la punta de los pies (sí, también) hasta la cabeza.
Entonces, lo primero que debes recordar es que hay que ejercitarlo todo.
Una estrategia para conseguirlo puede ser separar tu cuerpo en secciones, y dedicarles un día a cada una.
En líneas generales, la división más eficiente para ejercitar tu cuerpo puede ser: pecho, espalda y hombros, abdomen y cintura, piernas y glúteos, brazos.
El plan es simple. Por ejemplo, el día 1 se lo dedicas a pecho; el 2, a espalda y hombros; el 3, a abdomen y cintura… y así sucesivamente. Pero, ¡ojo!: un día (o dos) debe ser dedicado exclusivamente para descansar de tu rutina, de lo contrario, en vez de incrementar masa muscular, la absorberás (lee nuestro artículo “No nos desees”).
Si bien la división es universal, la dedicación por día varía de persona a persona.
Los especialistas dicen que –sinceridad de por medio- verifiques cuál grupo muscular o parte de tu cuerpo está peor, luego la que está mal, luego la regular, de ahí la buena, y finalmente la mejor.
entonces, dale alta prioridad a la peor, media a la mala, normal a la regular, baja a la buena y muy baja a la mejor.
La idea es que haya un desarrollo armónico.
En ese sentido, si quieres ejemplos,nada mejor que el arte clásico: el David de Miguel Ángel es una de las mejores referencias, y puedes encontrarlas vía Google o Wikipedia, que tiene un artículo muy interesante; Bob Paris (exagerando) es otro ejemplo de desarrollo armónico, que también podrás hallar en la red.
Como decíamos arriba, ¿tu casa, el gym o un campo deportivo? En realidad, los tres, obviamente, con mesura. Si no te inspira un campo deportivo, el campo rural es otra opción y mucho más saludable.
Antes de nada, revísate con un médico (ojo, médico, no tu pata o un trainer… a no ser que tengan un certificado del Colegio Médico) para saber qué puedes hacer y qué no, además cómo alimentarte.
Exígele a tu médico que te recomiende una dieta que prescinda de suplementos sintéticos, a menos –y sólo a menos que lo necesites, pero eso sólo aplica cuando estás en riesgo de anemia. La mayoría de nosotros mas bien lo que necesitamos es controlar lo que comemos porque el sobrepeso es más común de lo que parece, y más fatal.
Luego, un buen trainer te dirá cuál es la mejor rutina para evitar las lesiones, siempre sobre la base de los chequeos médicos. Si tu trainer no toma este documento como referencia, descártalo.
Sobre rutinas específicas te hablaremos después, pero la mejor manera de ejercitar la parte superior del cuerpo es haciendo planchas, mientras que la inferior es flexionando las piernas y levantando los talones. Para la cintura, los abdominales son la mejor receta.
Comienza con tres series de diez repeticiones para cada grupo. Si no sientes el efecto a la décima, auméntale dos más, y para tu próxima sesión, otras dos, y así conforme te vayas superando.
Es la mejor forma de comenzar. ¿qué esperas? Apaga la compu ¡y empieza!

Escríbenos: hunks.piura@gmail.com o deja tu comentario.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El Vigilante (5): ¿Mostacero?

Hunks of Piura

La tarde de la desaparición, ¿o huída, o qué? De Lichi, Marcos regresó a casa de sus padres. Había pasado un mes y días de que no regresaba para nada. Esperaba encontrarse con una palabra de bienvenida, pero uno de sus hermanos estaba serio y su madre rompió a llorar. Su padre no quiso ni verlo. Su primo Ricardo lo acompañaba con el camión estacionado fuera.

-          Vengo a recoger mis cosas.

-          La madre de Marcos no hizo más que ayudar a su hijo a empacar ropa, siempre entre lágrimas. Terminaron pronto.

-           Quiero despedirme de papá.

-           No, hijo. Así está bien. Ten mucho cuidado. No te metas en más problemas.

-          ¿Más problemas? Marcos comprendió que algo había pasado y nadie se lo quería decir. Insistió en ver a su padre, pero su hermano lo bloqueó.

-           Por favor, Marcos. Ya, vete. No sé qué mierda hiciste, pero alguien vino a amenazar a mis viejos por tu culpa, y por la de ese maricón de la catequesis.

-          Desde dentro, escuchó a su padre gritar, evidentemente alcoholizado: “¡Yo no tengo hijos mostaceros! ¡Ningún hijo mío es mostacero, carajo!”

-          Marcos se subió al camión, y comprendió que su pueblo ya no era su hogar. Ricardo lo miraba, pero no se atrevió a preguntar lo evidente.

-          Marcos prometió no volver nunca más.

 

Al llegar a la ciudad, se instaló en casa de Ricardo, en el mismo cuarto donde estuvo dos días antes. No salió a cenar y no respondió la puerta cuando la tocaron.

Lidia, la pareja de Ricardo, se preocupó.

-          ¿Y si le pasó algo?

-           Déjalo, mujer. Le han pasado demasiadas desgracias.

-          Ricardo se retiró a dormir, pues tenía que levantarse temprano a transportar unas cargas al mercado. Casi siempre se iba a acostar temprano, porque se levantaba aún de madrugada, para chambear, y a veces no pasaba la noche en casa debido a su trabajo, o se ausentaba por días.

 

A las seis de la mañana, Lidia escuchó ruido en la cocina. Tomó un fierro bajo su cama y se fue sigilosamente.

Al asomarse, vio a Marcos, de espaldas, y vistiendo un short ceñido y un bibidí, hurgando entre el menaje de la cocina. Lidia se conmovió, aunque tomó unos segundos para contemplar ese recio físico y ese trasero marcado. Se parecía al de su marido, al que gozaba de acariciar y pellizcar cada vez que le hacía el amor.

-          Buenos días, Marcos. ¿Tienes hambre?

-           No. Quería preparar desayuno.

-          Lidia sonrió compadecida, dejó el fierro en la puerta de la cocina, y se puso a colaborar con Marcos para tener algo decente para comer, aunque tampoco vivía mal.

-          Después de ello, Marcos salió a caminar sin rumbo fijo. Paseó por las calles del barrio, se cruzó con un parque, devolvió una pelota que se le escapó a unos vagos, y se encontró con una fachada que le llamó la atención.

-          Estaba pintada con figuras humanas, de evidente desarrollo muscular. Se asomó. Adentro, un chico blanco, cabello corto, rostro agradable, de grandes músculos (como los de Ricardo, en particular brazos y culo) barría el suelo. Marcos paseó su mirada por el resto: máquinas de metal, espejos, posters de culturistas, un escritorio. Una radio pasaba reggaeton a todo volumen.

-           ¡Hola! Bienvenido a Power House. Yo soy Danilo. ¿Te puedo ayudar en algo?

-          Marcos se aturdió ante el abordaje de los ojos marrón claro que se le clavaban en los suyos. El tal Danilo vestía un bibidí muy corto pero suelto, licra negra y zapatillas de marca.

-           Amigo, ¿te pasa algo?

-          Marcos negó con la cabeza.

-           ¿este es… un gimnasio?

-           Es más que un gimnasio. ¡es Power House! Aquí sólo entrenamos campeones.

-           ¿Campeones?

-          Danilo hizo pasar a Marcos y le sacó una carpeta con fotos. Eran varios chicos con medallas. Según su anfitrión, se trataba de muchachos que habían representado al gimnasio y habían ganado galardones regionales.

-           ¿Y sabes lo mejor? ¡Tú puedes ser un campeón! ¿Dónde has entrenado antes?

-           En el ejército.

-           Ah, fuiste cachaco. Hicieron un buen trabajo, pero, con todo respeto, yo lo puedo mejorar. ¿Te animas?

-           ¿Cuesta algo?

-           Sí. Bueno. La mensualidad es esta.

-          Danilo le sacó un volante y le explicó las formas de pago. Marcos casi no lo vio y su mirada se concentró en una medalla que brillaba en el escaparate detrás del instructor.

-           ¿Y si quiero concursar?

-          Danilo frenó en seco, lo miró, y suspiró hondo.

-           Se puede, pero eso cuesta mucho. A menos que representes a Power House y entrenes duro, no sé.

-           ¿Cuánto cuesta?

-           Tranquilamente diez veces más que la mensualidad. Es que necesitas suplementos, preparación especial, pero si vas por Power House…

-           Sólo vendré a entrenar. ¿Puedo empezar esta noche?

-           ¡Claro! Cerramos a las nueve. Vente como a las siete.

 

Marcos llegó a casa de Ricardo, con un kilo de pechuga de pollo y otro tanto de arroz. Lidia lo recibió, y le dijo que no era necesario que hiciera eso. Que sólo le dijera, y ella lo compraría.

Almorzaron juntos pues Ricardo aún seguía en el mercado.

Media hora después, Marcos se fue a descansar, quedó dormido, y comenzó a soñar. Se vio en un podio, vestido con una trusa de competición dorada, posando. La gente aplaudía a rabiar. Entonces, alguien le colocó una dorada medalla en el cuello. El fulgor casi lo enceguecía. Tanto era su entusiasmo que pisó mal, y… despertó.

-          Lidia estaba sentada a un costado de su cama, vistiendo un top y un shortcito muy ceñidos, y paseaba sus manos por el torso desnudo, firme y suave del exsoldado.

-          Marcos se quedó mudo.

-          Cuando Lidia pasó su mano por encima del ceñido short del muchacho, notó la verga dura como respuesta a la estimulación. Lidia sonrió excitada, y se quitó su top, dejando en libertad sus dos redondas y firmes tetas.

-          Marcos quería negarse a toda costa, pero estaba pasmado.

-          Lidia se puso de pie, se quitó el shortcito. No teniia nada debajo. Marcos notó que ella casi no tenía vello en su vulva.

-          Lidia bajó el short y el slip a Marcos, y dejó en libertad los 17 centímetros del campesino, que estaban babeando.

-           No sé quién te dejó, papito. Pero yo te voy a consolar.

-          Lidia subió a la cama, y puso su chucha encima de la cara de Marcos. Ella, por su parte, se inclinó hasta lamer la cabeza de la pinga de su huésped, y saborear el salado del fluído pre-seminal.

-          Ambos practicaron el 69 por buen tiempo, hasta que ella giró y colocó su peluchito encima del miembro de Marcos.

-           Métemela, papi.

-           ¿Ricardo?

-           Tranquilo. Él regresará más tarde. Aprovechemos.

-          Lidia le dio un condón a Marcos, quien se lo puso, y acostándola boca arriba, le abrió las piernas y le metió su verga poco a poco. Ella lo abrazó con fuerza, mientras gemía, y sentía dentro de su vagina ese nuevo pedazo de carne.

-          Marcos le besaba el cuello con los ojos cerrados, y, sin saber cómo, recordó a Lichi. Eso lo arrechó más, y comenzó a mover su cadera con tanta fuerza, que la cama comenzó a crujir. Lidia, ignorante de lo que pasaba en la cabeza de Marcos, se sintió en las nubes. De alguna manera, el movimiento de Marcos estimulaba tanto su clítoris, que se aferró a él, y se dejó llevar. Le acariciaba la espalda con violencia, y sus uñas se prendieron de las nalgas de su cachero, pidiendo más y más.

-          El primer orgasmo era inminente.

-           ¡Lidia! ¡Lidia! ¿Amor, donde estás?

-           ¡Ricardo! ¿Y ahora?

-          Marcos seguía desnudo, acostado sobre la mujer de su primo, y con la verga armada dentro del coño de su anfitriona.

-          Se oyeron golpes en la puerta del cuarto donde los dos amantes se encontraban…

 

(CONTINUARÁ…)

 

Escrito por Hunk01. ©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe al autor: hunks.piura@gmail.com, búscanos en Facebook, o deja tu comentario aquí.

miércoles, 25 de julio de 2012

Casa de-Formación (3): ¿Te gusta mi paloma?

Manuel por fin se siente fresco. Sale del baño con la toalla anudada por la cintura, recorre el patiecito de la azotea y se mete al dormitorio.
Jonatan está en la cama del costado leyendo Juan Salvador Gaviota.
-         ¿Listo?
-          Pucha. Ya.
-          Éste es uno de los pocos lugares donde hay agua todo el día.
-          ¿En tu casa no había agua?
Jonatan se incorpora sobre el colchón y pone la almohada como respaldo.
-         No. Teníamos que esperar a la cisterna. Además, aunque hubiera llegado al caño, no teníamos para pagar el recibo.
-          En Santo Domingo, nos cortaban el agua por las noches. Bueno, a esa hora nadie la usa, porque todos se van a dormir temprano.
-          Acá no. Dependiendo de la hora en que trabajes, siempre necesitas agua. Dicen que puedes vivir treinta días sin comer, pero no más de tres días sin beber.

Manuel comienza a buscar su ropa, sin quitarse la toalla. Ubica calzoncillo, pantalón y camiseta.  Tras darle la espalda a Jonatan, se sienta para comenzar a vestirse.
Su compañero de cuarto, quien se había puesto un polo con una paloma de la paz estampada en azul y una bermuda celeste con flores de hojas anchas en blanco y azul marino, lo quedó mirando de arriba abajo.
-         ¿Qué pasa?
-          ¿Hay gimnasio en Santo Domingo?
-          No. ¿Por qué?
-          Discúlpame, pero tienes bonito cuerpo.
Manuel baja la mirada y enrojece. Jonatan se percata.
-         Perdóname. No te quise ofender. Lo que pasa es que yo entreno… bueno, hasta ayer entrenaba, y es normal calificar los físicos de la gente.
-          No te preocupes… ¿Tú eres deportista?
-          Sí. Y como todo el año pasado estuve chambeando, me di tiempo para ir al gym. ¿Se nota, no? – Jonatan comprime sus brazos para mostrar su desarrollo muscular. Manuel siente que sus mejillas comienzan a calentarse más.
-          Sí… ¿en qué chambeaste?
-          De todo un poco. En una tienda… como delivery de chifa… hasta aparecí en un desfile de ropa en una disco.
-          ¿Pero, no sólo desfilan las mujeres?
-          No. Ya no. El caso es que pagaban miserias, pero logré ahorrar y comprar lo que necesitábamos en casa.
-          ¿Y tus papás?
-          Mi viejo era maquinista, pero se accidentó, y estuvo todo el año en la casa, sin nada qué hacer. Mi vieja se puso a trabajar. Mis otros dos hermanos también quisieron hacer lo mismo, pero ella no los dejó porque estaban estudiando superior. Entonces, como ya había acabado el colegio, le dije: vieja, yo te ayudo. No quiso… pero igual, conseguí esas chambitas.
-          ¿Y cómo llegaste aquí?
-          Una vez, el Reverendo Alex llegó a la tienda. Yo lo atendí. Me dijo que era uno de los empleados más listos y educados que había conocido. La dueña me quería botar, pero el Reverendo la convenció de que no, y hasta me subió el sueldo.
-          ¡qué suerte!
-          Yo ya lo conocía de vista porque había asistido a las jornadas vocacionales cuando estaba en el colegio, con el Reverendo Roberto… pero no me llamaba mucho la atención. Entonces, vi cómo la gente sufre, y recordé lo que nos decían en las charlas: luchar por los oprimidos para que el mundo sea más justo. Hablé con el Reverendo Alex y vine a unos retiros aquí…
Jonatan calla. Su mirada ahora se pierde en la pared crema frente a sí.
-         ¿Y… qué pasó?
-          Nada. Mi viejo se recuperó , con el Reverendo Alex le conseguimos chamba, y hablé con mi vieja para venir acá. Al inicio se palteó, pero luego me dijo que ya, que tengo vocación para esto… ¿Sabías que en el colegio me la pasaba defendiendo a los lornas, los mariconcitos? Me llegué a bronquear por ellos.
-          ¡Ala! ¿Y qué te decían?
-          Los que les pegaba, nada, porque quedaban bien abollados. Los profes me miraban con miedo. Una vez, le rompí la boca a un huebón que quiso violar a un chibolito. Me llevaron a Dirección. Me dijeron: te vamos a expulsar. Yo les dije: ya, pero, este, este, y este se van conmigo, porque hasta un profesor sabía de eso y no hacía ni mierda.
-          ¿Y qué pasó?
-          Me mandaron tres días a mi casa. Al abusador lo botaron. Me quiso buscar bronca, pero le volví a sacar su mierda. Sus viejos tuviron que llevárselo  a otra parte.
-          Pacífico no eras.
-          Ja, ja, ja. Sólo reacciono cuando veo que las cosas no son justas… Además, los dos Reverendos dicen que tengo voz de mando, y que soy elo… elo… aysh, mierda, ¿cómo es esa palabra?... Bueno, el caso es que tengo buen floro.
-          ¿Como los políticos?
-          ¡Soy mejor que los políticos.
Con toda la charla, Manuel sigue sólo cubierto por la toalla. De pronto, se oyen dos voces nuevas en el patio. Jonatan sale a ver. Manuel aprovecha para ponerse su ropa.

- ¡Hola John!
- ¡Hola Darwin!
- ¡qué bueno que se conocen! – El Reverendo Roberto abre la puerta del otro cuarto.
- ¡Claro, estuviste en la jornada del año pasado!
- Síi, pero no te vi de nuevo.
- Aquí estoy… bueno, estaré al costado.
- Ja, ja. Ah, él es Pedro.
Jonatan estrecha la mano suave de un chico delgado, cuya mirada transmite más que gusto.
-         Un placer. – dice este delicado nuevo amigo, con voz queda y engolada.
-          El placer es mío.
-         Ambos no se quitan la mirada.
-         Bien, Pedro, Darwin, éste será su cuarto. – El Reverendo Roberto interrumpe la ceremonia de presentación.

Este dormitorio  tiene una ventana que da al tendedero de la casa, en una parte no ocupada de la azotea, donde también hay cajas y un lavatorio bajo un pequeño techado. A pesar del panorama esfresco y ventilado, sin decoraciones sobre la pared blanca… y cortinas del mismo color.
-         Vigilaremos que la ropa esté seca, ja, ja, ja.
-          No importa… ¡Guaaauuuu! ¡qué rica está la cama! – Pedro se echa y hace rebotar su trasero sobre su nuevo lecho.
-          Bien. Ahora que todos están instalados, descansen, conózcanse. Nos veremos en hora y media para hacer la cena y tener nuestra primera reunión.
Los tres chicos asintieron al Reverendo Roberto.
Con mucho ademán, Pedro comienza a desempacar, mientras Darwin se desajusta la correa de su pantalón y se tira a la cama. Sin que lo inviten, Jonatan entra y abre la cortina para ver el sol ocultarse tras el muro de la lavandería-depósito de cajas. Darwin contempla cómo la luz amarilla se refleja sobre la camiseta del amigo que acaba de reencontrar, donde destacan los pectorales que deforman la estilizada paloma con el ramo de olivo en el pico.
-         Has sacado más cuerpo.
-          ¿Se nota?
-          Sí, huevón. Estás bien. ¿Has visto el mini-gym abajo?
-          Sí. Ya le tiré lente. Entrenarás conmigo.
-          Pue’eeee ser.
Ambos no se dan cuenta que Pedro se queda completamente desnudo, ha puesto sumaleta en el suelo, y se ha agachado dándoles la espalda, en un perfecto ángulo recto.
-         Ay,  ¿dónde puse mi toalla?
Las nalgas de Pedro, al igual que toda su parte posterior son lampiñas y trigueñas claras. Desde el ángulo de Jonatan, es posible ver el ano. Parece que no está pito, piensa.
-         Aquí está… ¿No se van a bañar?
-          Yo ya lo hice, - responde Jonatan, esbozando una media sonrisa.
-          Yo iré después de ti, - continúa Darwin – Ya me duché en Sechura.
-          Bueno. – el exhibicionista no tiene más remedio que salir.

-          ¿De dónde es ese chico?
-          De acá, de Piura… ¿Está por huevo, no?
-          Parece que sí…
-          ¿No se te ha armado?
-          No. Para nada.

Jonatan sale del dormitorio, sin ningún gesto en su cara. Darwin espera unos segundos y comienza a desvestirse. Tiene contextura normal, piel trigueña prieta con la marca contrastante de haberse expuesto al sol sólo cubierto por un speedo.  Los vellos le cubren todo el físico y dan la impresión de que siempre estuviera  subido de peso.  Al quedar desnudo, se da cuenta que su miembro está duro y húmedo: dieciséis centímetros que no tienen acción desde hace medio año. Una gotita transparente asoma en la uretra.
Se cubre con la toalla y se va al baño.

La puerta no tiene seguro.
Al entrar, Pedro está enjabonado. Todo el pequeño espacio  tiene un aroma increíble, rico.
-         ¿Llegas justo a tiempo para compartir este regalito. – Le muestra el prisma rosado lleno de espuma.
Darwin junta la puerta, se quita la toalla, y su pinga salta señalando al chico en la ducha. Entra a la bañera, donde Pedro lo recibe con un abrazo y un cálido beso francés. Darwin lo estrecha y comienza a enjabonarse con el cuerpo de ese  adolescente seductor. Le acaricia la espalda hasta llegar a las nalgas… son firmes. Las masajea, y poco a poco, lubrica con el jabón el ojo del culo para comenzar a meterle el dedo. Entra fácil. Casi todo.
Sin dejar de besarlo, Pedro termina de cubrirlo con la aromática espuma, hasta ocultar los vellos por debajo de una blanca y resbalosa película. La anatomía de Darwin es firme… pero más firmme y duro aún es el penne que sigue babeando su salada secreción.
Pedro lo masturba un poco, y a continuación se arrodilla.
Tiene mucho vello aquí abajo, especialmente en los huevos, que no son grandes, pero es por donde comienza a usar la boca como masajeador… primero la lengua, luego logra que los dos testículos vayan al compartimiento caliente que antes probó los labios de Darwin, quien sólo atina a jadear casi de forma imperceptible.
Pedro vuelve a masturbar el pene de su amante, y ahora  se lo mete en la boca desde la cabeza hasta la base. Lo que sigue es, usando la saliva como lubricante, sacarlo y meterlo. La saliva y el líquido pre-seminal son una misma cosa allí adentro.
Darwin cierra los ojos, y sólo siente el cosquilleo in-crescendo. No quiere pensar en nada más. El orgasmo está cerca.
Cuando no lo puede contener, ahoga su gemido para que nadie lo oiga, ni siquiera Pedro, mientras dispara su pegajoso líquido blanco.
Al abrir los ojos, ve el rostro del delgado y lampiño felador lleno de semen. Una sonrisa se dibuja en la cara de ese muchacho, mientras él no puede cerrar la boca.
De pronto, dirige la mirada a la puerta.
-         ¡Mierda!
Está entreabierta…
(CONTINUARÁ...)

©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares y situaciones  son pura coincidencia.

viernes, 4 de agosto de 2023

Eduardo correa, honestamente al desnudo

La cultura en la que vivimos nos obliga a que muchos ocultemos nuestras identidades reales cuando se trata de trabajar o interactuar con la comunidad gay, bisexual o heterocuriosa. Debería ser al revés porque, se supone, es el grupo humano que nos acoge tal como somos, ¿no?  

 

Incluso, lo mantenemos oculto en los momentos de intimidad cuando cachamos rico entre nosotros. Sí, se llama desconfianza y precaución, ¿pero no te sientes un poco incómodo fingiendo ser Pepe cuando eres Paco?

 

En Brasil, no es tanto así. Muchos nombres que hemos conocido, visto en fotos o videos mostrando la pinga parada o el culo en todo su esplendor, como Rafael Cardozo por mencionar uno de sus ejemplos más emblemáticos, han usado su nombre real o artístico sin modificarlo según el público y la actividad.

 

Tal es el caso de Eduardo Correa, un culturista nacido  en Florianópolis (Santa Catarina), el 20 de junio de 1981. Solo mide metro 65 (5 pies 5 pulgadas), pesa más de 100 kilos (más de 230 libras), pero ha sido capaz de mostrar sus atributos en las tarimas de competencia profesional como ante las cámaras que le pidieron quitarse toda la ropa y mostrarse completamente desnudo y erecto.






 

Por cierto, hemos tratado de averiguar cuánto le mide ese rico pene erecto pero no hemos hallado un dato cierto. Sin embargo, viendo las fotos o sus videos, podemos hacernos una idea. ¿Cuánto crees que le mida? Lo discutimos en los comentarios más abajo.

 

¿Mientras, ¿qué más sabemos sobre Eduardo? Comenzó como futbolista, pero tras ingresar a un gimnasio para mejorar su rendimiento, terminó levantando pesas. En poco tiempo, ya estaba vistiendo solo una tanga y mostrando su desarrollo muscular en diversos torneos locales.

 

Solo tenía 19 años y logró el primer lugar en su categoría. Al año siguiente, obtuvo su primer campeonato nacional y su primer Mister Universo. En 2007, logró su primer título de la Federación Internacional de Fisicoculturismo o IFBB como se le conoce en inglés.

 

¿Hizo porno? Más allá del video que te linkearemos más adelante, no que nosotros sepamos. Lo que sí, Eduardo está casado con una modelo de fitness. Y tú, ¿qué piensas sobre él? Escribe en los comentarios más abajo.

Mira el video porno de Eduardo Correa | Hablemos por X | hunks.piura@gmail.com


sábado, 3 de abril de 2021

La hermandad de la luna 2.5

La astucia de Flor hace que Tito no se dé cuenta de la evidente violación a la privacidad que se había perpetrado en la sala de su casa. La laptop hizo el resto. Solo así padre e hija pueden sentarse a cenar en paz mientras que el tío entra al gimnasio por una puerta interior para iniciar su rutina de entrenamiento.

“¿Tienes algo, hija?”, llega a preguntar Tito.

“¿Yoooo? Nooo, nada, papi”, disimula ella rezando hasta a San Judas Tadeo para que no se le ocurra abrir la computadora.

“¿Es algo sobre Frank?”

“No, papi. ¿Qué va?”

Adán, por su parte, divide los noventa minutos de la sesión esa noche entre la lista de movimientos de pecho y hombros y la estampa de Owen, quien no cesa de atender a todo el mundo con una amplia sonrisa y una figura que desafía la masculinidad más perfecta. Tras ducharse, se reúne otra vez con Flor, aprovechando que Tito sale a supervisar que el AMW funcione con normalidad.

“¿Qué averiguaste?”

“Que para sus cuarenta y siete años luce extremadamente joven”.

“¿Qué?”, frunce el ceño su tío.

Pero eso no es lo raro ahora”, agrega Flor.

“¿qué es, entonces?”

La chica respira profundo:

“Que tu sospechoso, tío, parece no tener nada sospechoso”.

El gimnasio abre de lunes a sábado a las seis de la mañana y cierra a las diez de la noche; los domingos solo atiende a pedido especial a ciertos alumnos que han pagado un sobreprecio. Es un salón enorme con dos paredes paralelas llenas de espejos, máquinas y accesorios de segunda mano cuidados con cariño, tres grandes afiches al fondo donde se lucen Tito, Adán y Manolo en una breve tanga y enseñando todo su desarrollo muscular (las fotos son de hace diez años) en unas poses que transmiten poderío, soberbia, gallardía. Un pequeño escritorio filtra la entrada y al fondo una puerta que conecta a los baños y las duchas. Ah, y también al fondo, pero en la otra esquina, que permanece  vacía, unas colchonetas. Siendo la hora del cierre, se aprovecha que los chicos que allí entrenan se van yendo para verificar que no falte ni una tuerca. Se revisa máquina por máquina, espacio por espacio, y se tiene todo ordenado en una lista de control. Justo a las diez, sin importar cuántos alumnos haya, se cierra la puerta de la calle por pura precaución, y apenas salga el último, lo que suele ocurrir a eso de las diez y veinte o diez y media, se cuadra caja; ésa es tarea o de Tito, o de Adán, y cuando ambos no pueden, por Flor de manera excepcional. Owen está pasando la prueba esa primera noche ante la auditoría del gladiador.

“Completo”, afirma tras verificar las cuentas por segunda vez.

“Oh, y haber un extra”, Owen saca algo de quince o veinte adicionales en puras monedas de uno y de medio centavo.

Tito se sorprende: “¿Y eso?”

“Propinas”, sonríe Owen.

Tito también sonríe: “Guárdalas, son tuyas”.

“Oh, gracias”.

“Vamos a acomodar dónde vas a dormir”.

“Yo hacer mi cama allá”, apunta Owen con su índice izquierdo a la esquina de las colchonetas.

“¿Seguro?”, se extraña el gladiador.

El flamante instructor asiente con la cabeza.

Tito reingresa a su casa y encuentra a Adán viendo televisión acostado en el sofá de la sala; la mochila de Owen está en la mesa de centro.

“Sí, es confiable”, le dice a su primo.

Tito sonríe y entra a su cuarto. Cuando regresa a la sala del gimnasio llevando la mochila y una gruesa colcha, el nuevo instructor ya ha acomodado las colchonetas como una cama de campaña.

“Gracias”, dice Owen sin dejar de sonreír.

“Disculpa que no haya sitio en casa”.

“Yo entender: tú proteger tu hija; además, yo sentir bien aquí”.

Tito sonríe:

“Gracias. Tu consejo me ayudó mucho”.

“Cuando tú querer, conversar conmigo. Yo escuchar, ayudar por una solución”.

Owen se quita la camiseta y otra vez descubre su torso bien labrado; tiende la colcha, se descalza las zapatillas y los calcetines.

“¿Dónde te has depilado así? No tienes un solo vello”

“No entender”.

Tito extiende su mano y  la pasea entre los pectorales, los abdominales y las axilas del muchacho.

“No tienes vello”.

“Oh, no pelo”, Owen sonríe. “Genética”, muestra sus blancos dientes.

Tito se pregunta si parte de esa genética incluye el hecho que con cuarenta y tantos años, la piel siga tan lozana como a los cinco o seis. El dato descubierto por Flor y contado por Adán lo tiene algo confundido. Por ahora, solo sonríe. Camina hasta los interruptores de la luz eléctrica y deja el salón a oscuras; al darse vuelta, se da cuenta que las luces del baño continúan encendidas, pero su huésped parece no estar donde lo dejó menos de un minuto antes. Cuando ingresa a la pequeña pieza iluminada, escucha que una de las duchas está abierta. Avanza un poco. Se queda helado: Owen está desnudo: el agua forma una película brillante que convierte ese cuerpo de ébano en algo así como una escultura barnizada detalladamente pulida, que, al darse cuenta de que lo miran, sonríe con afabilidad. Y quien lo mira se ha quedado congelado y sin poder cerrar su boca.

“Y tenías que ver su pingaza y sus huevos”, le cuenta a Adán, ya acostado en su cama.

“¿Más grandes que los míos o como los míos?”

“eran grandes, primo”.

“Bueno, él es grande, ¿no?”

Adán se acuesta. Ambos primos están totalmente desnudos compartiendo la misma cama.

“Hablando de grande”, agrega, y gira para abrazar a Tito y darle un beso en la boca, que es correspondido a plenitud. Ambos varones van juntando más los cuerpos hasta que esa comunión les excite. Tito gira hasta ponerse encima de Adán y le besa el cuello, lo que inicia un cuesta abajo hasta chuparle el pene., mientras que el otro hombre, sin moverse de su posición, recibe en su boca el pene y las bolas del primero. Ha comenzado un largo sesenta y nueve que intercala fellatios y besos negros hasta que cada cual dispara su semen en la boca del otro. Ya relajados, se cobijan y se preparan a pasar la noche.

“Gracias por la ración de proteína y testosterona”, sonríe Tito.

“Gracias a ti por la tuya”, responde Adán.


 

En La Luna, mientras tanto, concluye la segunda ronda nocturna, esta vez con Frank recorriendo toda la propiedad.

“Todo en orden”, comunica el chico a Carlos, quien  prefiere no comentar el incidente de unas horas antes, lo que no quiere decir que lo haya olvidado. La pregunta es: ¿por qué no quedó registrado en la cámara?

“El portón está bien asegurado, tío”.

“Correcto”, da conformidad Carlos.

Tras cerrar la caseta de vigilancia, activar la alarma y sellarlo todo, entra al dormitorio. Mientras se desnuda, trata de encontrar una explicación –la luz celeste—y no la encuentra. Al meterse bajo la cobija y ponerse de lado, siente una humedad y algo duro a la altura de sus nalgas. No protesta. Se acomoda mejor. Carlos prefiere dormirse pensando que su sobrino también tiene un buen pene.