Mostrando las entradas para la consulta cachamos rico ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta cachamos rico ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de julio de 2012

La Parcela (8): Preparen músculos, disparen penes

Segunda tarde de Jano como gerente de su parcela. Después de almuerzo hizo una reunión en la oficina para armar una lista de requerimientos.
La junta duró apenas media hora, al término de la que todos se retiraron, excepto Nando, quien carraspeó para llamar la atención de su benefactor. Jano sonrió y se le acercó palmeándolo en el recio y redondo hombro.
-         ¿Qué hay Benny?
-          No me digas así. Estéee… mira, yo sé que recién comenzamos pero quería pedirte algo.
-          Nando, mira, si es dinero, por ahora aún no tenemos…
-         No, ¿cómo se te ocurre? Es otra cosa. Mira, tú sabes que yo, es decir, Raúl, el otro chico y yo estamos acostumbrados a estar en forma… y… ¿tú crees que podamos sacar a crédito un mini-gym? Ah, y, bueno… no sé si será posible tener camas.
Mira, lo de las camas, tendrá que esperar hasta que podamos hacer un primer envío y con lo que nos paguen, podemos comprarlas. Ya había pensado en eso.
-          ¿Y el… gym?
-          Eso es más fácil. Yo tengo uno en casa. ¿Por qué no lo traemos?
-          ¡habla serio!
-          Sí, Be… digo Nando. Lo que sí, voiy a necesitar manos para traerlo. ¿Por qué no vienes y me acompañas para embalarlo y ponerlo atrás, bajo el cobertizo?
Nando se alegró y pidió unos minutos para regresar al cuarto y arreglar sus cosas.
En el camino se cruzó con un desahogado Gabo, pero como si hubiera pasado un mosquito. El chico se quedó inmóvil viendo la amplia espalda del fortachón entrando velozmente a su dormitorio, juró indiferencia y continuó su camino a la cocina.
En el cuarto Pancho (quien estaba descansando sobre su colchón con los huevos al aire) y Raúl (en un slip ajustado, a rayas)celebraron una de las noticias.
-         ¿Y las camas?
-          Poco a poco. Nada más acuérdense quién les está consiguiendo las cosas.
Nando guiñó un ojo, cogió su mochila y salió disparado hacia la camioneta.
Pancho se rascó los testículos y celebró:
-         ¡Nando Presidente!
-          Oye, ¿y tú no tienes ropa interior?
-          Sí, pero me incomoda usarla.
-          Ah, ¿sí? ¿Por qué?
-          No sé.
Sin más discurso, el grueso miembro de Pancho comenzó a hincharse. Raúl vio cómo se concretaba la erección en silencio, hasta llegar a sus descomunales proporciones. Debajo de su slip, el pene de Raúl también pugnaba por libertad. La camioneta sonó al fondo, arrancando, y luego el crujido del portón metálico.
-         ¿Cuánto te mide?
-          No sé. ¿Por qué?
-          Es grande.
-          ¿Y a ti?
-          La última vez eran 18.
-          ¿a ver?
-          ¿quieres… verla?
-          ¡La tienes parada ya!
Efectivamente, el slip de Raúl poco pudo hacer para contener su pinga, cuya cabeza asomaba por el elástico de la cintura. Pancho la miró esbozando una sonrisa amable.
-         Sácatela y comparemos.
-          ¿Estás cojudo?
Pancho miró fijamente a Raúl, y cambió su semblante.
-         sí, estoy bien cojudo. Vamos a bañarnos mejor.
Pancho se anudó una toalla y salió hacia las duchas. Raúl se quedó meditando esas palabras y al fin pudo liberar todo su pene, lo miró un rato, lo masajeó suavemente, meneó la cabeza negando una tontería, se anudó su toalla, y fue a bañarse.
En la cocina, Jerry terminaba de preparar la cena con ayuda de Gabo, cuando Wilfredo entró.
-         Gabo, anda a ver qué están haciendo los ingenieros.
-          Ya.
Cuando el muchacho desapareció, Wilfredo se acercó a un tenso Jerry.
-         Anoche cachamos rico, ¿cierto?
-          Ay, Wilfredo, no jodas.
-          Tienes rico culo.
-          ¿Como el de Gabo?
-          ¿Ya te lo habrás comido?
-         Jerry se ruborizó, tragó saliva, e inspiró profundo, sin voltear el rostro.
-          Anoche, cuando me la metías, me dijiste ‘Gabito’. Y… tu sobrino tiene buen culo, te diré.
-          ¿Para qué hacerme el cojudo contigo? Sí, ya me lo comí, y sí, es rico. ¿Tú también lo quieres probar?
-          Ay, Wilfredo. No hables cojudeces.
-          ¿Sabes lo que me dijo el joven Alejandro? Que te puedes quedar esta noche si quieres. ¿Qué dices? Podemos cachar los tres: tú, yo y Gabo.
-          Estás loco. ¿qué dirán los ingenieros?
-          El ingeniero Fernando cacha con el ingeniero Raúl, y parece que ese tal Pancho también le entra.
-          No creo. Se le ve bien macho… y lo que hagan Nando y Raúl me tiene sin cuidado.
En las duchas, Pancho acavava de bañarse y ya se estaba secando. A su costado estaba Raúl, enjabonado. Durante todo el tiempo, ambos ni se miraron y estaban en silencio.
Pancho se anudó la toalla, estaba saliendo cuando frenó en seco.
-         Raúl, discúlpame por lo que te dije en el cuarto.
-          ¿Lo que me dijiste?
-          Sí, eso de comparar las vergas.
-          Ah, normal.
-         Una vez que Pancho salió de esa habitación, Raúl tomó su pene, y comenzó a acariciarlo, cerrando los ojos, imaginando qué hubiera pasado si se sacaba el slip y comparaba su falo con el del moreno. Raúl comenzaba a autosatisfacerse. cuando abrió sus ojos para ver sus 18 centímetros, notó sin remedio que Gabo estaba extasiado viendo el espectáculo.
Gabo se quitó la toalla y mostró su delgado cuerpo con sus 14 centímetros elevados a su máxima expresión.
Se miraron fijamente a los ojos.
Un silbido los desconcentró, y una sombra oscurecía la pared.
 Raúl le dio la espalda a Gabo, y oyó un palmazo, seguido de un ¡ay! agudo, luego alguien se colocó desnudo en la regadera del lado.
- ¿Qué tal, ingeniero Raúl?
-          Qué-qué-que tal Wi-Wilfredo.
Dándole siempre la espalda, se enjuagó y salió raudamente de allí.
Wilfredo, entonces, se volteó a ver a Gabo, quien seguía inmóvil y con la verga parada.
-         Deja de incomodar a los ingenieros. Ven.
Gabo entró a la ducha y Wilfredo comenzó a enjabonarlo. Hizo que le diera la espalda y le llenó las nalgas de espuma. Le arrimó su dura pija y comenzó a sobársela en medio de la raja.
-         ¿Te gustaría cachar con Jerry y conmigo más tarde?
-          ¿Con Jerry? No sé.
-          Dice que tienes buen culo.
Gabo se volteó violentamente, abriendo los ojos, y con las mejillas coloradas. Wilfredo sonreía socarronamente.
-         Aquí va un adelanto.
Gabo sintió cómo la pinga dura de su tío penetraba su ano una vez más, con mucha facilidad, debido al jabón y a las penetraciones de los últimos días.
Mientras Wilfredo jadeaba , movía su cadera con cierta velocidad.  Gabo se sostuvo de la pared, y dejó a su tío dar rienda suelta a su instinto. Sus 14 centímetros se pararon de nuevo, y comenzó a masturbarse, recordando los otros tres amantes de los últimos días: el cocinero, Pancho y el indiferente Nando. Jadeó profundamente y eyaculó profusamente, lo que contrajo su ano.
Wilfredo sintió el estrangulamiento de su miembro.
-         ¡Au, cojudo!
Cuando se la sacó, debido al dolor, Raúl estaba en el muro de separación contemplando la escena.
-         Perdonen. Yo-yo-yo…

(CONTINUARÁ…)
©2012 Hunks of Piura Entertainment. Siempre practica sexo seguro. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es mera coincidencia.

viernes, 4 de agosto de 2023

Eduardo correa, honestamente al desnudo

La cultura en la que vivimos nos obliga a que muchos ocultemos nuestras identidades reales cuando se trata de trabajar o interactuar con la comunidad gay, bisexual o heterocuriosa. Debería ser al revés porque, se supone, es el grupo humano que nos acoge tal como somos, ¿no?  

 

Incluso, lo mantenemos oculto en los momentos de intimidad cuando cachamos rico entre nosotros. Sí, se llama desconfianza y precaución, ¿pero no te sientes un poco incómodo fingiendo ser Pepe cuando eres Paco?

 

En Brasil, no es tanto así. Muchos nombres que hemos conocido, visto en fotos o videos mostrando la pinga parada o el culo en todo su esplendor, como Rafael Cardozo por mencionar uno de sus ejemplos más emblemáticos, han usado su nombre real o artístico sin modificarlo según el público y la actividad.

 

Tal es el caso de Eduardo Correa, un culturista nacido  en Florianópolis (Santa Catarina), el 20 de junio de 1981. Solo mide metro 65 (5 pies 5 pulgadas), pesa más de 100 kilos (más de 230 libras), pero ha sido capaz de mostrar sus atributos en las tarimas de competencia profesional como ante las cámaras que le pidieron quitarse toda la ropa y mostrarse completamente desnudo y erecto.






 

Por cierto, hemos tratado de averiguar cuánto le mide ese rico pene erecto pero no hemos hallado un dato cierto. Sin embargo, viendo las fotos o sus videos, podemos hacernos una idea. ¿Cuánto crees que le mida? Lo discutimos en los comentarios más abajo.

 

¿Mientras, ¿qué más sabemos sobre Eduardo? Comenzó como futbolista, pero tras ingresar a un gimnasio para mejorar su rendimiento, terminó levantando pesas. En poco tiempo, ya estaba vistiendo solo una tanga y mostrando su desarrollo muscular en diversos torneos locales.

 

Solo tenía 19 años y logró el primer lugar en su categoría. Al año siguiente, obtuvo su primer campeonato nacional y su primer Mister Universo. En 2007, logró su primer título de la Federación Internacional de Fisicoculturismo o IFBB como se le conoce en inglés.

 

¿Hizo porno? Más allá del video que te linkearemos más adelante, no que nosotros sepamos. Lo que sí, Eduardo está casado con una modelo de fitness. Y tú, ¿qué piensas sobre él? Escribe en los comentarios más abajo.

Mira el video porno de Eduardo Correa | Hablemos por X | hunks.piura@gmail.com


sábado, 29 de mayo de 2021

La hermandad de la luna 4.1

Christian revisa las facturas y la planilla que esa semana ha generado La Luna. Se saca sus delgados anteojos, cierra sus párpados, se soba con sus dedos el tabique  de su nariz perfecta y suspira. Enfrente está Carlos. Ambos están en el pequeño estudio que pertenece al departamento dúplex de Manolo en el sector sur de Collique, una más o menos lujosa área residencial cerca de todas las comodidades de la vida moderna, lejos de todo lo que recuerde a pobreza y subdesarrollo.

“No hay variaciones con la semana anterior, excepto el ingreso de tu sobrino”, indica el abogado, quien abre una gaveta y saca una chequera.

“Y… ¿ya pensaron qué harán con la finca?”, consulta Carlos.

“Aún no. Elga todavía no me da instrucciones porque sigue haciendo papeleo. ¿Sabías que Esmeralda quería tomar el control de La Luna? Nos costó trabajo decirle que no, que cuando se divorció de Manolo solo tenía el control de la naviera; además que su familia caga plata, así que de pobre nunca va a morirse, menos los inútiles de sus hijos. Claro que eso no se lo dijimos pero si administra bien esa naviera, tiene para darle de comer y vestir a cuatro generaciones”.

“La señora Esmeralda nunca aceptó la nueva vida de Manolo”, recuerda Carlos.

“Ponte en su lugar: saber que tu marido cacha con tres patas lo mismo que cacha contigo, ¿tú qué harías?”

“Con cuatro… tú también cachaste con él”.

“Ah, sí… esa huevada de la estirpe, una hermosa leyenda para pasar horas de pasión encerrado con tan simétricos cuerpos de mi mismo sexo. Ya pasaron esas épocas. Mi futuro es otro, Carlos”.

“¿Por eso ya no participaste de las últimas ceremonias?”

“Por eso”, sonríe Christian. “Y a propósito, ¿ya fajaron con tu sobrino… cómo se llama?”

“Frank. No, aún no”.

“Rico cuerpo tiene el huevón… rico culo. Ojalá le entre porque sí me provoca sopearlo. Mas bien, ¿cierto que la hija de Tito lo choteó?”

“No sé, Christian. Hasta donde sé, no son enamorados formales”.

“Ha llegado por acá el rumor de que un negro se comió a la chibola en plena casa de Tito. Avezada, ¿no?”

Carlos mira a Cristian entrecerrando sus ojos. El segundo se da cuenta y sonríe.

“¿Qué tiene? Es solo un rumor. Ya sabes cómo es el teléfono malogrado en Santa Cruz. ¿Qué va a hacer un negro en casa de Tito?”

Carlos prefiere no responder, y ese silencio le indica a Christian que parece haberse ido de boca. Continúa llenando y firmando los cheques hasta que finaliza. Se los entrega al capataz, quien los guarda en un morral  hecho con lo que alguna vez fueron botellas para tomar agua. Se pone de pie.

“Bueno, será hasta el otro viernes; ya debo regresar”.

“Un momento, Charlie. ¿Qué tanto apuro? Apenas es un cuarto para las cinco”.

Christian se levanta de su silla y camina hasta donde Carlos, lo abraza y besa en la boca.

“Tengo diligencias que hacer”, informa el capataz mientras le da una nalgada al abogado.

“Y yo tengo las llaves de la camioneta de Manolo… y las llaves del cuarto de visitas…. ¿Qué dices?”

“Estoy sudado, Christi…”

“¿Y acaso acá no hay duchas?”

El abogado vuelve a besar al capataz.

“¿Y no regresará la señora Elga?”, se separa Carlos.

“Elga lo sabe todo y no se hace problemas; además, ya estás al palo”.

Efectivamente, bajo el jean, la mano de Christian soba algo más duro que la bragueta.

 

lunes, 9 de septiembre de 2019

Un pasivo me citó para hacer un video

Me hago llamar ActLima19 en las redes sociales y me defino como un "influencer sexual". De hecho tengo mi propio canal de videos porno, cuyo enlace te voy a dejar más adelante. La cosa es que me animé a mostrarte éste en particular y a decirte cómo trabajo. Para comenzar, debes saber que yo no cobro por hacer mis pequeñas producciones, y tampoco pago por ellas. Si tú estás de acuerdo en grabar conmigo y pasar un buen rato gozando mi verga de 17 centímetros, bien. Lo siguiente que hago es verificar por todos los medios que seas mayor de 18 años. Éso para mí es clave. ¡Nada con chibolos menores de edad! Luego nos ponemos de acuerdo sobre el encuentro, vamos, cachamos, grabo mientras cachamos, y el resultado de la sesión lo subo a mi canal, que te lo pondré más adelante.

Así ´´´pasó con este pasivo jovencito que me contactó a mi Twitter. Ah, porque yo solo soy activo, no te confundas. Tras quedar, verificarle con documento su edad, nos juntamos en un hotel, que él accedió pagar gentilmente, lo que yo agradezco, y comencé a meterle mi verga. La pasamos bien rico, y aquí te dejo solo una probadita.


Si quieres ver el resto del video, tienes que seguirme en mi canal de xvideos y también en mi cuenta de Twitter. Gracias por verme. Ah, y déjame comentarios aquí abajo.

domingo, 24 de abril de 2022

ASS (26): El verdadero secreto sexual del cura

Padre Alberto cacha de lo mejor con Miguel cuando recibe una noticia que podría joder sus planes.

 


Nada mejor para el Padre Alberto que terminar un domingo junto a Miguel, desnudándose mientras se besan en el dormitorio del AS. Ambos se echan sobre la cama, uno encima del otro.

“Entonces no te dio pena coger con Alejo frente a una cámara”, concluye el sacerdote.

“Si aún viviera en mi casa, creo que sí tendría un poco de roche; pero ya sabes que a ellos les importé una mierda”.

“Ya, cuate. ¿Hasta cuándo vas a seguirles teniendo ese resentimiento?”

Alberto besa otra vez en la boca a Miguel.

“ojalá a la gente le guste mi culo velludo”, comenta el artista.

“?Por qué no les podría gustar? Yo ya lo estaba extrañando… igual que tu verga”.

Ambos se dan un nuevo beso; entonces Miguel se incorpora un poco, gira respecto a la posición de Alberto y le coloca su pene en la boca mientras él se agacha a chupar el del cura.

La pose del 69 es perfecta no solo para que ambos se mamen mutuamente sus pingas, también para que se succionen sus bolas y, aprovechando la flexibilidad de ambos, a que se abran sus nalgas por igual y se practiquen el beso negro al mismo tiempo. Los penes erectos descansan cada  uno sobre la hendidura entre los pectorales del otro.

Giran sobre la cama. Ahora que el Padre Alberto está encima, aprovecha para incorporarse, avanzar hasta el culo velludo de Miguel, levantárselo más, golpear su pinga dura sobre el propio agujero y, en cuclillas, irla metiendo poco a poco. Miguel, desde su ángulo, puede ver las dos grandes nalgas del cura bien abiertas, el agujero del ano rodeado por una matita de vellos, cómo un pene grueso de 18 centímetros taladra sus entrañas, y cómo su cachero, para tener más estabilidad, se apoya en la cabecera de la cama y comienza a bombearlo. Él comienza a pajearse.

“Qué rico la metes, Betito”.

“¿Te gusta cómo te cojo, morrito?”

“Me encanta”, susurra Miguel.

Alberto saca su pene, gira, se pone ssaliva en todo el ojete y toma el falo erecto de Miguel, lo calibra y se sienta sobre él engulléndolo con su recto. Cuando lo consigue, comienza a rebotar mientras el otro chico mueve también su cadera. Ahora es el sacerdote quien se pajea.

“Dame verga, así, rico”.

“Adoro ese culazo que tienes”.

Alberto se vuelve a zafar, hace que Miguel gire sobre sí mismo y luego lo pone en cuatro patas. Vuelve a meter su pinga y no se ahorra el chasquido de su ingle al chocar con esos velludos glúteos. Luego le cede el turno a Miguel quien la tiene fácil porque las nalgas del cura son lampiñas y suenan más.

Como el Padre sabe que Miguel no dura mucho, repite el 69, pero ambos de costado sobre la cama. Cada uno toma el glande del pene del otro y lo asegura bien en su boca mientras masajea el resto del miembro. Alberto es el primero en saborear el semen del chico mientras Miguel espera más tiempo hasta que lo consigue.

“¿Qué tales están mis mecos?”, cachondea Alberto renunciando a vestirse de nuevo.

“Ricos y nutritivos, y hasta deben venir benditos”, ríe Miguel.

“Ven acá, pendejo”. El cura atrae su cabeza a la del más joven y lo vuelve a besar en la boca. Justo entonces suena el celular del cura. Se levanta de la cama, mira la pantalla y hace un gesto de silencio a Miguel.

“Bueno, ¡Padre Provincial?”

“Padre Alberto”, le responde otro hombre por el aparato. “Te estuve llamando a la casa parroquial pero nada”.

“Ehh… estaba… duchándome, Padre Provincial. ¿En qué puedo servir?”

“Pues, te llamo para informarte que el próximo domingo, junto con el Padre David, estoy enviando a un novicio para que te ayude en tu apostolado”.

Alberto se queda frío:

“¿Qué… dice… Padre Provincial?”

A la mañana siguiente, el sacerdote se trata de tranquilizar con un whisky en el minidepartamento que Flavio alquila cerca del Puente Cáceres, en Castilla. El modelo viste una pijama de franela y babuchas, se sienta al costado y pone su gruesa mano en el ancho muslo del visitante.

“¿En serio crees que lo hacen para joderte, Beto?”

“Me las ingenié para que por dos años no me mandaran a nadie y evitar… bueno… tú sabes. Pero si viene, solo basta un error insignificante para que todo se vaya a la chingada”.

Flavio acaricia la cabeza de Alberto, se le acerca y lo besa en la boca.

“Necesitas relajarte. Vamos”.

“No sé si tenga ganas, Flavio”.

“Pero yo sí… hace semanas que no cachamos”.

Flavio vuelve a besar a Alberto en la boca. Logra que éste deje su vaso de escocés en una mesita de centro y sin mucho esfuerzo se lo lleva al dormitorio. Allí, ambos se siguen besando y desnudando por completo hasta acostarse en la cama. El modelo se queda bajo el sacerdote, abierto de piernas, rozando su pene cabezón erecto contra el largo falo del visitante. Flavio abre más sus piernas hasta levantarlas y hacer que el pene de Alberto resbale hasta la propia entrada de su ano.

“Me encanta cómo lubrican Alejo y tú, pero más me encanta cómo me cachan”.

“Lástima que ese recluta no está aquí, ¿no?”

“No importa, Beto. Alejo y tú son solo el inicio”.

Mientras ambos se besan en la boca, el pene de Alberto va ingresando dentro del ano de Flavio hasta que los testículos del sacerdote chocan contra las nalgas del modelo. Ambos comienzan a moverse y el placer comienza a elevarse. Definitivamente, el culo de Flavio es insaciable. Tiempo después, Alberto cacha al modelo en perrito. Ambos gimen y jadean fuerte, sin miedo. Estando en el último piso del edificio, nadie los escucha.

Luego Alberto se acuesta a lo ancho de la cama. Flavio se sienta encima de su pinga, dándole la espalda, se la mete por el culo y comienza a rebotar. Entonces, el celular del muchacho suena: él reconoce el tono.

“Ya llegó”, se detiene, se saca el pene erecto con mucho cuidado, se limpia la raja del culo con un pedazo de papel higiénico, se pone su pijama y sus babuchas.

Alberto se queda calato sobre la cama dudando si vestirse o no. Mejor opta por quedarse así, en pelotas. Cinco minutos después, escucha que se abre la puerta y que dos personas entran conversando. Luego un poco de silencio, algo que parecen ser unos besos y luego unos pasos que se aproximan.

“Qué hubo, Beto”, escucha en la puerta.

Al voltear la cara, Enrique entra luciendo su glorioso cuerpo musculoso al desnudo…

Y para terminar,te dejamos con una porno. 

viernes, 1 de junio de 2012

La Parcela (2): Sazonando un culo

Wilfredo estaba a punto de blandir la varilla de fierro como objeto disuasivo ante los dos extraños, mientras que su fierro de la entrepierna había regresado a ser ese pacífico músculo blando de 9 centímetros de largo, moreno con manchitas marrones.
Era evidente que los dos tipos agarrados que estaban esperando afuera eran supremamente mas fuertes que él.
- Nando, parece que nos equivocamos.
- ¿Nando?
Wilfredo se relajó, dudó. El desconcertado blancón fornido trató de explicar.
- Sí, yo soy Nando. Fernando, pero más me dicen Nando. ¿En serio Jano no le dijo sobre mi?
- Esteee... bueno sí, el joven alejandro mencionó que vendría un Nando con un amigo.
- Ése soy yo. Y este es mi amigo, Raúl.
- Ah, mierda. Disculpe la equivocación. Es que he oído sobre los asaltos, y...
Wilfredo sacó la llave de su bolsillo, cuyo peso le dejaba media nalga derecha velluda al descubierto. Jaló el picaporte, y abrió la puertecilla.
Los dos muchachos entraron, y era como estar en un mundo distinto: un hermoso y tupido jardín enmarcaba una casa de material noble, enlucido, pintada de blanco, con tejas en el techo, de un solo piso. Pero justo a la derecha del portón, había una especie de casa más pequeña de un solo piso con la ppuerta y la ventana cerradas.
- Pasen para llevarlos a su cuarto.
Entraron por el costado izquierdo de la casa grande. Wilfredo les abrió una puerta.
- Ésta es la cocina y el comedor.
Bajo una ventana cubierta con blancas cortinas, una estufa a gas, una mesa de mayólica celeste y un lavavo de aluminio en la pared del fondo. Al medio de la habitación una mesa de madera con dos bancos en hilera a cada costado y una silla solitaria de madera en el lado más angosto, con una ventana también cubierta con blancas cortinas, que daba a un jardín interior, y que servía como separador a la otra ala de la casa, donde habían tres puertas.
- La de la izquierda es mi cuarto, la de la derecha es el water, y al centro está su cuarto.
Entró allí y abrió la ventana.  El espacio tenía paredes de un color crema cálido, suelo de cemento rojo con cuadrícula, y una puerta del otro lado. En el suelo se apiñaban tres colchones y trapos que parecían ser sábanas blancas.
- Yo mismo limpié el cuarto ayer, pero como ustedes vivirán acá, se encargarán de eso.
- Y... ¿hay dónde bañarse?
Ante el requerimiento del alto, blanco y fortachón, Wilfredo abrió la otra puerta. Había una especie de patio con un cobertizo, algunos sillones de paja raída, y una puerta al fondo tapada por una cortina plástica.  A sus espaldas, toda la parcela delineada por una fila de limoneros.
Wilfredo abrió la cortina.
- Hola.
En la habitación forrada de mayólicas blancas bajo un cielo raso se veían dos regaderas, y un pequeño foso, colgadores del otro lado.
Debajo de una de las duchas, Gabo, mojado, desnudo, y de espaldas a los visitantes, se enjabonaba las nalgas.
Mientras Wilfredo tragaba saliva ruidosamente, Nando y Raúl se miraron brevemente, y contestaron el saludo al unísono.
- Es-es-este es mi sobrino Ga-Gabo.
- Hola chicos. Disculpen.
- Descuida.
Nando, el blanco fortachón, le lanzó una mirada pícara.
Los tres regresaron al cuarto, y dejaron sus mochilas. Nando se estiró, luciendo toda la musculatura debajo de una camiseta manga cero y un jean ceñidos.
- Será necesario inspeccionar toda la plantación. ¿qué están produciendo?
- Limón, mango, frejol chileno, palta...
- Palta o aguacate... ¿y qué tal palta da acá?
- Buena; pero no es temporada aún.
- Claro... ¿Puede acompañarnos para hacer una especie de catastro?
- Pero, primero desayunemos.
Los dos muchachos aceptaron. Wilfredo pidió retirarse. salió hacia su cuarto, y justo detrás de él, iba Gabo en una breve toalla. Miró hacia el cuarto de los recién llegados y buscó de nuevo los ojos de Nando. Fue correspondido al menos por unos segundos.
- Una bebita ese huevón.
- ¿Buen culito tiene.
- Tranquilo, 'on. Mejor prepárate para ver el terreno.
- ¿Cuanto te dijo Jano que era?
- 25 hectáreas. Nos tomará un par de horas. Casi son las nueve. Antes de mediodía nos desocupamos, y por la tarde hago los cuadros.
En el cuarto del costado, Wilfredo regañaba en voz baja a Gabo por el roche.
- Ten cuidado, so mierda.
- ¡Ayshh! Seguro se van a bañar juntos y se verán calatos, ¿no?
- Yo me voy con ellos a ver el terreno. quédate aquí atento para cuando llegue Jerry. Dile que se haga algo suave nomás. Ah, y limonada en cantidad.
- Ya, tío.
Todos desayunaron velozmente un plato con cuatro humitas recalentadas, un generoso pedazo de queso y café negro pasado algo tibio. Lo devoraron en un cuarto de hora y salieron al fondo de la propiedad, menos Gabo, quien se quedó solo en la cocina, alucinando con el cuerpazo de Nando.
La campana sonó unos veinte minutos después. Gabo, vistiendo un bibidí desteñido y una bermuda de tela, que resaltaba sus glúteos fue a atender.
Era Jerry, un chico de unos 27 años, delgado pero con una incipiente masa muscular, aunque sin llegar a ser atlético; era trigueño, no tan alto, peinado en copete modelado con fijador. vestía un polo de mangas cortitas con un curioso diseño de una cruz en llamas, y un jean que, sin pegarse al cuerpo, revelaba unas piernas poderosas y fuertes, amén de un trasero levantado.
- ¡Gabito, amigo!
- ¡Hola Jerry!
Gabo le ayudó con una canasta de nylon donde llevaba algunas cosas para cocinar.
- ¿Y el resto?
- aquí en mi mochila.
Jerry le mostró el objeto de color negro, colgado de su hombro izquierdo.
Ya en la cocina, Jerry dispuso todo para preparar los alimentos.
- Dijo mi tío que algo ligero. Ah, y mucha limonada.
- ¿Cuántos son?
- A ver... mi tío, yo, el chico blanco agarrado, el otro moreno cuerponcito, y tú.
- Cinco en total. Así que ya llegaron los chicos. ¿Y Janito?
- No sé. No ha llamado todavía.
- ¿Cómo es eso que hay dos cuerpones?
- Ah sí. Si los vieras. Uno blanco alto, musculoso; el otro moreno, algo más bajo, pero no tan cuerpón.
Jerry se rió.
- Ay, ese Jano. espero que no se le haya olvidado que necesita jornaleros, no modelos. ¿Y dónde están?
- se fueron a ver toda la parcela, hace como media hora.
- Ah... ¿y cuál te gusta?
- Aysh, ¿qué dices?
- Ay, Gabito, Gabito, Gabito. Y eso que no te pregunté cómo te fue con el arrecho de tu tío, anoche.
- Pueeessss... cachamos.
Jerry se acercó a Gabo, en actitud intimista.
- O sea, ya te rompió ese culito, ¿no?
- ¿qué dices?
- Anoche, con el cañazo, también te pusiste arrecho. ¿Te acuerdas cuando se fue el Wilfredo al baño, y te dejaste tocar las piernas?
- Estaba borrachito.
- Tienes ricas piernas.
Jerry se acercó hasta que su torso hizo contacto con el de Gabo. Juntó su boca a la del chico y le dio un beso francés. Gabo reaccionó sobresaltado.
- Pueden venir.
- Se han ido a ver la parcela. Demorarán.
Gabo se relajó y se unió en un abrazo, mientras sellaba sus labios con los del cocinero. Comenzó a sentir un gran bulto en sus pantalones, pero no pudo precisar si era suyo.
- ¿Ayer cumpliste 18, cierto?
- Sí. ¿Por qué?
Volvieron a besarse. Jerry acarició la espalda y el trasero a Gabo.
- Tienes el culo rico. ¿Te comiste la anaconda de Wilfredo?
- ¿Cómo sabes que es grande?
- Los chicos del pueblo lo saben: lo han visto calato bañándose en el canal luego del fútbol.
Jerry comenzó a besar el cuello a Gabo, quien sentía una excitación creciente, pero diferente de la que experimentó la noche anterior, y esa mañana temprano con su tío.
Los dos avanzaron hasta llegar al borde de la mesa de la cocina.
- Voltéate.
Gabo obedeció. Jerry juntó su cuerpo y comenzó a sobar su bulto duro contra las nalgas del otro muchacho, mientras las manos le exploraban el duro abdomen, y pellizzcaban las tetillas erectas.
Entonces, de un solo tirón, bajó la bermuda y el calzoncillo tipo suspensor, hasta dejarle las nalgas al aire.
- Agáchate y abre tus piernas.
Jerry tomó cada nalga con sus manos, las separó y, arrodillado, le practicó un beso negro. Su lenguas se hacía una cuña de carne queriendo horadar el ano dilatado de Gabo, quien se retorcía de placer, mientras se apoyaba en la mesa del comedor.
- ¡Ay. Así. Ajjj. Ay, qué rico. sigue. Sigue!
Jerry siguió metiéndole lengua al ano unos minutos más, se puso de pie, abrió uno de los bolsillos de su mochila, sacó un condón, se desabotonó el pantalón y se lo bajó  hasta las caderas, boxer con pretina incluído, se colocó el preservativo, sacó un chisguetito y se untó un gel a lo largo de su falo de 18 centímetros, y comenzó a magreárselo.
- Quédate como te dejé. No te va a doler.
Se levantó su camiseta, descubriendo su abdomen de tabla de lavar, puso el glande en el ano de Gabo y poco a poco comenzó la penetración. El lubricante hizo sencilla la maniobra, y en diez segundos, el orificio del chico era placenteramente invadido por segunda vez en menos de cuatro horas.
Los dos comenzaron a gemir y a jadear.
- ¿Te gusta, Gabito?
- Sí, Jerry. sigue. Cachas rico, huevón.
- Ahhh... me encanta tu culo.
- Tienes una pinga rica.
- Claro, Gabito, ideal para sazonarte ese culito.
Jerry, poco a poco, le daba más velocidad a su penetración, en tanto que Gabo paraba más el culo, como queriendo recibir más que el pene.
Con el movimiento, la bermuda y el jean cayeron a las rodillas de cada quien.
Jerry procuraba demorar tanto como podía, total, lo que iba a hacer esa mañana, teniendo en cuenta el requerimiento de Wilfredo, no tomaría mucho tiempo. Sin embargo, su cerebro no pudo aguantar lo planeado. Cuando Jerry se disponía a disparar su semen dentro del culo de Gabo, una silueta esbelta y recia se apareció en la puerta.
Jerry se quedó helado.

(CONTINUARÁ...)
©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones son mera coincidencia.
escribe: hunks.piura@gmail.com  o deja tu comentario aquí.

domingo, 26 de diciembre de 2021

ASS (9): ¿El cachero se contradice?

Edú intenta comportarse ante Pedro como un macho que se respeta.



 Pedro está en el segundo piso de su casa trabajando en su laptop ya sobre las once de la noche.

“¿Hola?”

El chico salta en su asiento.

“Soy yo”, lo tranquiliza Edú abrazándolo por detrás y arrimándole su bulto a la espalda debajo de un short delgado y sin polo; evidentemente no lleva ropa interior.

“No te juegues así, huevón”.

“Pensé que te estabas pajeando con una porno y que por eso no ibas a dormir”.

“Nada… Estaba acabando un trabajo de la universidad”.

“Entonces demorarás, ¿no?”

Pedro sonríe:

“Solo añado un número y me voy a dormir”.

Diez minutos después, el muchacho entra al dormitorio que está justo a espaldas de la silla donde estaba trabajando, se calatea por completo y se mete a la cama. No termina de acomodarse cuando siente que Edú –no podría ser otro—jala la cobija y se mete también a su lado, completamente desnudo.

“Como en los viejos tiempos, campeón”, le susurra al oído para luego besarlo, mientras pega todo su cuerpo a su espalda, y en especial su gran bulto a sus nalgas. Pedro gira, abraza a Edú y le da un beso en la boca haciendo que se acueste encima suyo; abre las piernas.

“¿Haremos el amor y luego dormiremos juntos toda la noche?”

“¿Tienes otro plan, campeón?”

Pedro sonríe en la oscuridad y besa en la boca a Edú. Las pingas de ambos comienzan a ponerse duras. El que está encima comienza a besar el cuello, las ttetillas, baja por el abdomen. Para sorpresa de quien está debajo, le besa su verga erecta y le lame las bolas hasta que le levanta las piernas y le comienza a sopear el ano sin censura. Pedro goza, se deja humedecer el agujero mientras se pajea un poco sus 15 centímetros gruesos. Eventualmente con esa misma mano, acaricia los cabellos de su compañero sexual.

Edú se incorpora un poco, y manteniendo la misma postura, coloca sus 18 centímetros en todo el orto de Pedro y comienza a meterlos despacio, con cuidado, con mucho cariño. ¡Qué placentera sensación para quien penetra y para quien se deja penetrar!

“¿Te gusta cómo te cacho?”

“Tú sabes que cachas rico, edú”.

Y efectivamente, se trata de un coito gentil y sin pausa, lleno de mucha ternura,tanta que hasta el activo se deja acariciar sus nalgas firmes y lampiñas.

Edú gira y hace que Pedro permanezca sentado encima de su pene metido en su culo, lo motiva a cabalgar con cuidado de no hacer crujir la cama. Edú le acaricia su ahora atlético cuerpo y en especial sus nalgas y piernas masivas y duras mientras Pedro  le estimula las tetillas aprisionándolas entre sus dedos de la mano.

“Hagamos perrito”, pide el activo.

Para no hacer bulla, Pedro se arrodilla sobre el tapete que hay a los pies de su cama, se pone en cuatro patas y deja que Edú le vuelva a meter su pija. De pronto siente que su cachero se apoya sobre su espalda y que una de sus manos comienza a masajearle su miembro. Pedro le vuelve a acariciar una de las nalgas.

“¿Me vengo  dentro de tu culo?”

“Sí. Dámela adentro”.

Edú preña a Pedro por segunda vez ese día mientras lo sigue pajeando hasta que la leche del pasivo se dispara sobre el falso piso de la habitación. Una de las nalgas de edú sigue aprisionada por la mano de Pedro.

Minutos después, ambos vuelven a meterse bajo la cobija de la misma cama; Edú lo abraza otra vez por la espalda.

“No sabes cuánto extrañaba tu culo”.

“¿Desde esta mañana?”

“Desde que me fui a Chile”.

“¿Por qué entonces no te quedaste y te fuiste con Pierina?”

“Ya te conté qué pasaba y, bueno, fui un reverendo huevón, ¿me entiendes? Y tienes toda la razón: debí quedarme y ser más valiente”.

“Bueno, ya pasó. Lo importante es que estás aquí”.

“¿Quieres decir que podemos ser nuevamente…”

“No necesariamente; lo que digo es que ya lo que hiciste en el pasado, ya pasó; que ahora importa el presente”.

“¿Cachaste con alguien más todo este tiempo?”

“Lógico, edú. No me iba a estar aguantando seis años”.

“¿Con cuántos?”

“Tampoco soy puto, edú. Si abré probado cuatro o cinco pingas aparte de la tuya, exagero”.

“¿Te has protegido?”

“Sí”, contesta Pedro con mucha seguridad.

“Conmigo no te estás cuidando y yo también he cachd…”

“¿Te has cuidado, Edú?”

“Lógico… Con esto del bicho, tú sabes”.

“Pero  como dices, no hemos usado condón”.

“¿Tú recoges la basura de la casa?”

“A veces. Mi vieja es la que mayormente recoge…”

“¿Te imaginas si ella o tu viejo hallan el condón en la basura?”

“¿Y por eso lo hicimos sin condón estas dos veces?”

“Ya, tranquilízate: estoy limpio. Más bien, cuando ahorre algo, me dejo de huevadas, me alquilo algo y puedes ir cuando quieras”.

“¿Solo por un condón?”, Pedro ríe despacio.

“Ya, campeón. Te dije que estoy limpio. Oye, cambiando de tema, ¿quién era ese chico de la parroquia con quien jugamos hoy? Está… fuerte”.

“Debe ser Miguel si te refieres al que te presenté. El otro puede ser el Padre Alberto”.

“¿Ese Miguel le entra?”

“Sí… y cacha riquísimo… cacha y deja que lo cachen”.

“¿en serio le has metido pinga?”

“Sí”, contesta Pedro muy suelto de huesos.

“¿Cachan mejor o peor que yo?”

“Ay, edú, por favor… Eso no viene al caso. Cachamos y ya”.

“Bueno, al menos se comieron el culo más rico de San Sebastián”.

“Y yo también me comí su culo… Y… me gustaría comerme el tuyo”.

“Estás huevón, Pedro. Tú sabes perfectamente que yo solo soy activo”.

“Pero me acabas de besar la pinga y los huevos”.

“Es… como si besara el clítoris y la chucha de una hembra. Es arrechura”.

“¿Me ves como una hembra, edú?”

“No… Digo que es como si…”

“¿No te estarás acordando de esa Pierina cuando cachas conmihgo?”

“No. Estás huevón. Ya deja a Pierina en paz; tú dijiste que lo pasado, pisado”.

“Increíble qcómo te descubrió”.

“Sí, pues. La hue’ona me encontró porno gay en el celular y se armó el despelote”.

Pedro recuerda en fracciones de segundo la conversación de más temprano con Miguel.

“¿No fue que te encontró en la cama con un cabro?”

Edú se pone en alerta:

“¿”¿De dónde sacaste eso, campeón?”

“Me lo contaste hoy temprano”.

Edú se queda largo rato en silencio hasta que por fin despega sus labios:

“O sea… me encontró unos videos en el celular donde yocachaba con un cabro”.

“Ah”, responde Pedro en tono incrédulo. “¿Los tienes aún?”

“De ese celular no queda nada ahora. Lo tiró a un río que pasaba por nuestro barrio y… ya no pude rescatarlo”.

“Lástima… Me hubiese gustado verte cachando con ese… cabro”.

“Mejor durmamos, campeón. Ya es tarde y mañana tu viejo me va a necesitar desde las cuatro”.

Edú se acurruca en la espalda de Pedro, quien se queda pensativo hasta que lo gana el sueño, pero con una última idea por esa noche: hasta qué punto todas las explicaciones de su cachero son verdaderas? ¿Será que las sospechas de Miguel son ciertas?

La medianoche cae sobre San Sebastián.

 

Y para terminar, te dejamos con una porno. 

jueves, 11 de julio de 2019

En vez de seguir discutiendo con ella, me buscó para cachar

Soy un ingeniero informático que hace muchos, muchos años que salí de mi ciudad para hacer una carrera más competitiva en Lima. Sin embargo, no he perdido el contacto con mi ciudad y de vez en cuando regreso a visitar a alguna familia, ciertos amigos y ver algunos negocios de mis papás que ya no viven allá. En realidad, regreso para deshacerme de esos negocios puesto que mis papás han comenzado una nueva vida en otra parte, están lejos, y lo que menos quieren tener ahora son preocupaciones. Por éso fue que hace poco estuve allí para vender la casa donde crecimos. Hubo ofertas de compra, pero ninguna me convenció.

La última tarde que pasé allá me crucé con algunos amigos del colegio quienes me dijeron esa noche para juntarnos y tomar unas chelas. Yo les dije que sí por puro compromiso, porque, la verdad, lo que menos quería era juntarme con ellos. Ya sabía que ellos pondría las cuatro primeras, y el resto de la caja me la iban a terminar chantando, y yo, la verdad, no mantengo a nadie excepto mi familia. Por otro lado, esa noche iba a quedarme solo allí en la casa donde no había nada, solo un colchón con mi bolsa de dormir en lo que alguna vez fue mi cuarto. Encima era viernes. De que iba a aburrirme, iba a aburrirme. Podía ir a una disco pero iba a ser la misma cosa, y al día siguiente quería regresar a primera hora.

Estaba en esa reflexión, cuando al doblar la esquina me topé, casi me choqué, con Fico, el cuñado de uno de mis amigos, que ahora trabaja como profesor de Educación Física y que era un gran futbolista cuando yo vivía en la ciudad. Bueno, no sé si aún continúa siéndolo porque, a juzgar por el polo entallado y el jean pitillo que vestía, no había perdido la forma. Yo, para ser sincero, cuando salí de la universidad no tenía un cuerpo atlético lo que se dice atlético, pero me veía bien. Con los años me he descuidado un poco pero siempre me doy tiempo para salir a correr tempranito en la mañana y, digamos que estoy en condiciones aceptables. Pero volvamos con Fico.
"¡Rubén, a los años!", me dijo y me dio un cálido abrazo. "¿Cuándo llegaste?"
"Hola, Fico", le respondí, no sin extrañarme por el abrazo porque cuando vivíamos hace años apenas si nos levantábamos las cejas. "Vine hace dos días, me voy mañana".
Le expliqué la razón de mi visita y que pensaba regresarme al día siguiente.
"No jodas", me dijo. "¿Y estás solito en esa casota?"
Yo le dije que sí, que no tenía sentido quedarme en casa de nadie, que, hasta que no la venda, ésa era mi casa.
"Bueno, ojalá pueda saludarte más tarde", continuó. "Ahorita se me hace tarde porque tengo que jugar una pichanguita".
Bueno, al menos confirmamos el dato que ese cuerpo se debía a continua actividad física. Nos despedimos. Yo regresé a mi casa.

Me despertó un claxon afuera. Yo estaba desnudo en mi colchón con mi verga de 16 centímetros al palo. No tenía idea de por qué estaba con esa erección. El hecho es que vi mi celular y era como las siete de la noche o por ahí. Mis alertas de Facebook indicaban que tenía varios mensajes, entre ellos los de mis patas que querían chupar conmigo. Bueno, teniendo la casa sola y sin planes, y siendo viernes, estaba tentado a tomar la oferta, aunque terminara pagando los dos tercios de la caja. Tomé mi toalla y me levanté para ir a ducharme cuando oí que sonaba el timbre de mi casa y luego que tocaban la puerta. Pensé lo peor: o que alguien sabía que estaba solo y quería hacerme daño, o que mis patas habían decidido buscarme en casa para chupar sí o sí. Me anudé la toalla a mi cintura, bajé a atender. Sí, estaba corriendo riesgo porque simplemente podía ignorar, pero volvieron a tocar.
"¿Quién?", grité con mi voz más viril posible.
"¿Rubén?", me preguntaron desde afuera.
"¿De parte?", volví a rugir.
"Soy yo, Fico", me replicaron.
¡Aguanta! ¿Fico? Abrí. Ahí estaba el cuñado de mi amigo, vestido como qien te vas a jugar un partido de fútbol, mejor dicho, como quien llega de jugar un partido de fútbol.

"Tuve problemas en casa", me dijo Fico mientras lo hacía subir a mi cuarto. "Discutí con la mujer, y en lugar de meterle más gasolina al fuego, mejor salí".
"Hiciste bien", le respondí. "No es bueno dejar que las discusiones escalen hasta ponerse fuera de control".
"Por éso lo hice y, bueno, me acordé de ti y... espero no incomodarte", trató de justificarse.
"Para nada molestas", le sonreí. Y la verdad era ésa. Aunque no me parecía creíble el cuento de la mujer, tampoco me incomodaba de verdad la presencia de Fico en mi casa, especialmente con ese uniforme que, dicho sea de paso, se le pegaba al cuerpo revelando una anatomía digna de escuela de arte, en especial esas piernas musculosas y ese culo redondo y firme.
"¿Ibas a bañarte?", me preguntó.
"Sí, me desperté y justo tocaste la puerta".
"Ah, chucha, disculpa".
"No, normal".
"Oe Rubén, ¿me creerás que tampoco me he bañado todavía?"
Como supondrán, yo paré las antenas. Respiré profundo tratando de que mi erección, que ya se había bajado, no se vuelva a manifestar. De hecho, hice como que no escuché lo que dijo.
"¿Y quién ganó el partido?", le desvié el tema.
"Nosotros... 5 a 3", respondió mientras se cogía su paquete con la mano. ¡Y vaya que se notaba un considerable paquete!
"¿Me prestas tu baño un toque?", dijo. "¿O ya te vas a bañar?"
"no, entra, normal".
Le indiqué y regresé a mi cuarto. Me pareció que no había cerrado la puerta porque escuché un sonoro chorro que caía al inodoro. Recordé lo que me había dicho otro amigo, de que los pingones tienen chorros más potentes cuando orinaban. Entonces, pensé, la razón por la que Fico había llegado a mi casa era una especie de respuesta a mi negativa para salir. ¿Por qué seguir siendo frío? Me gustaba, mejor dicho, me gusta. Fico regresó.
"Así que no te has bañado aún", cambié mi tono. "¿quieres bañarte acá? Puedes usar la ducha si deseas".
Noté que Fico tragó saliva.
"No, Rubén, cómo se te ocurre, no quiero causar molestias".
¡Carajo!, pensé. ¿Y entonces por qué me lo dijo? Yo seguía allí con la toalla anudada a la cintura.
"Bueno, yo sí", le dije algo frustrado. "espérame un toque". Así que fui a la ducha.

estaba cubierto de jabón escuchando música de mi celular.
"¿Y están vendiendo la casa?", me preguntaron.
"¡Mierda! No asustes así, Fico", reaccioné.
"Perdona", me dijo casi riendo. "Es que tú dejaste la puerta abierta".
Bueno, sí, confieso que lo hice a propósito.
"Sí, la estamos vendiendo, pero la gente que la quiere comprar me está ofreciendo miserias; esta casa vale más", le dije, al fin, recuperándome.
"¿Qué jabón usas, Rubén?"
La pregunta me dio una pista: no había entrado para preguntar el valor de la casa, evidentemente.
"No sé, lo encontré acá todo duro", le respondí, acentuando lo de duro.
"Huele rico", me comentó.
"¿Sacas la marca por el olor?"
"No, quizás por el color, pero tendría que verlo".
A la mierda, dije. Abrí la cortina y... ¡Dios mío! Fico estaba calatito, desnudito, sin su uniforme. Quedé boquiabierto viendo su cuerpo marcado. Él se dio cuenta.
"Perdona, es que... como dijiste que podía bañarme acá". Ahora yo fui quien tragó saliva.
"entra a la ducha", me animé a decirle.

Fico tomó el jabón, lo olió con los ojos cerrados, abrió la llave de la ducha, dejó que el agua recorriera su cuerpo desnudo, y me dejó ver su espalda no tan ancha, sus glúteos como burbujas, algo de vello en sus nalgas, muy fino, y esas piernas de campeonato. Giró. Pectorales no tan inflados, abdominales marcados, cintura pequeñita, y debajo de su vello púbico evidentemente afeitado hace unos días, un largo pene descansando encima de un buen par de bolas. Se untó el jabón lentamente. Mi pinga, casi sin darme cuenta, se puso al palo.
"¿Ya sabes qué marca de jabón es?", le pregunté para liberar tensiones.
"No importa", me replicó. "Huele de la puta madre".
Dejó el jabón en la jabonera de la ducha y comenzó a masajearse el cuerpo tratando de hacer espuma.
"Sóbate el jabón", me pidió. "Se te va a resecar la piel", aconsejó a continuación sonriendo.
Yo no reaccioné. Ya tenía mi verga bien parada. él sonrió, me tomó de los brazos, me puso frente a frente con él y comenzó a sobármelos, haciendo espuma.
"Sóbame", me pidió.
Yo solo atiné a acariciarle la cintura.
"Todo el cuerpo, Rubén", me sonrió, y tomó mis manos y me las pasó por sus pectorales, su cadera y la parte exterior de sus dos nalgas.
"Sin miedo, Rubén, hazlo sin miedo".
Poco a poco fui paseando mi mano por todas esas partes. Me animé a sobarle el centro de sus nalgas, lo que hizo que le acercara mi verga a la suya. La sentí semierecta. También le sobé los muslos. Él sí no se amilanó y me acarició la espalda, mis nalgas, incluso mi pene y mis huevos.
"¿Puedo jabonarte en la raja de tu culo?", me consultó.
"Sí", le permití.
""OK, también sóbame la mía".
Juntamos nuestras pingas ahora duras y usamos la yema de nuestros dedos para pasarnos el jabón por en medio de nuestras nalgas y, cuando menos nos dimos cuenta, o quizás sí, estábamos masajeando el agujero de nuestros anos. Comencé a jadear y a disfrutar.

Tras enjuagarnos y secarnos, volvimos al cuarto y caímos sobre el colchón. Fico me besó profundamente en la boca. Nuestras lenguas más que combatir, se acariciaron. Sus manos y las mías no hicieron más que acariciarnos nuestros cuerpos a todo lo que se podía mientras nos revolcábamos no solo sobre el colchón, sino que nos desbordábamos al piso frío. Me besó el cuello, dejándome gemir Me puse encima suyo y ahora a mí me tocó hacerlo gemir mientras le succionaba las tetillas.
"Rico, Rubencito, sigue", me animó. Y así lo hice.
Pasé mi lengua sobre sus abdominales y llegué a su vello púbico que me raspó la cara. Tomé su pinga de unos 18 o 19 centímetros (parece que mis amigos tenían razón con lo del tamaño y el chorro), y comencé a chuparla a lo que podía porque es gruesa.
"Así, Rubencito, oh, qué rico", me suspiraba. Bueno, mas bien gemía.
Como toda su pinga no me cabía en la boca, , usé mi lengua para lamerle el resto de su falo hasta llegar a sus huevos y succionarlos mientras le pajeaba el pájaro. Fico convulsionaba. entonces, me puso sus poderosas piernas en mi espalda.
"Lámeme el culo, Rubencito, lámemelo", me pidió.
Le levanté las piernas, él me ayudó abriendo sus nalgas con sus manos y fui a la conquista de su ano. Lo lamí, lo punteé con mi lengua. Mi nariz aspiraba el aroma del jabón que habíamos usado poco antes. Sentí cómo su agujero se comenzaba a dilatar.
"Métemela, Rubén", me rogó. Y yo no esperé mucho, me arrodillé, me puse saliva en mi cabecita y puse mi huevo a la entrada de su culo. Empujé suavemente. Qué rica sensación, carajo, sentir cómo me abría paso por ese hoyo caliente. Me tomé mi tiempo porque tiempo era lo que me sobraba. En esa pose, metía y sacaba, metía y sacaba. Fico gemía extasiado, tomando su enorme pene y pajeándose sin violencia. Cuando creí que iba a explotar, me pidió lo insospechado.
"Sácamela, Rubén".
"¿Te duele?", pregunté.
"No, solo sácamela, no seas malito".
Lo hice.

Apenas le saqué mi pinga a Fico, cerró sus piernas y se arrodilló frente a mí para besarme en la boca otra vez.
"Acuéstate boca abajo, Rubencito", me pidió.
Le obedecí. Lo siguiente fue sentir su lengua en mi nuca, luego a lo largo de toda mi espina y finalmente haciendo circulitos en mis nalgas.
"Tienes rico culo", me dijo Fico.
"¿Te gusta?"
"¡Me encanta!"
Entonces me hizo el beso negro. Tampoco me contuve y gemí. Qué mierda. La casa eestaba vacía. Quién podía joder. Nadie. Así que gemía y jadeaba. Estuvo largo rato ahí. Hizo que levantara mis nalgas, casi poniéndome en perrito, y me colocó su cabeza en mi ano. Me la fue metiendo de a pocos. Aunque yo estaba recontraexcitado, me dolió un poco cuando me la metió, pero me acordé de respirar hondo, de relajarme, y el pene de Fico me penetró con facilidad. Se movió con gentileza, como entendiendo que cualquier movimiento brusco podría generarme mucho dolor, me acariciaba con mucha seguridad.
"Hace tiempo que quería cacharte", repetía. "Por fin eres mío".
"Cáchame, Fico".
De pronto me la sacó.
"¿Pasó algo?", quise saber.
"Está a punto de pasar", me dijo.
Me puso boca arriba y se acostó sobre mi. Comenzó a mover su cadera mientras yo le habría las piernas. Nos besamos y aproveché para agarrarle las nalgas con fuerza. Entonces sentí una humedad caliente en mi vientre.
"Las di", me confirmó Fico.
Se arrodilló, tomó mi pene con su mano y comenzó a masturbarme. En cuestión de minutos, disparé todo mi semen sobre mi abdomen y mi pecho.
"Vamos a lavarnos", me dijo.

Tras secarnos, vi mi celular. Eran casi las ocho y cuarenta y estaba cargado de mensajes de mis patas. Fico se echó sobre el colchón, aún desnudo.
"Ojalá que mi mujer ya no esté asada", comentó.
"No creo", le observé. "Aunque quizás es muy pronto".
"Sí, pero a lo mejor tú quieres salir: es viernes por la noche".
"No, prefiero quedarme aquí".
"¿En serio?"
"Sí, Fico; prefiero quedarme aquí".
Se mantuvo en silencio buen rato.
"¿Puedo quedarme aquí contigo?", me pidió.
"Claro", le sonreí.
"Ven", me tomó del brazo e hizo que me acostara encima suyo. Nos besamos en la boca de nuevo.
"¿Cómo es éso que hace tiempo querías cacharme?", le pregunté cuando nos separamos.
"Es una larga historia, desde que mi cuñado nos presentó".
"¿Una larga historia como tu pinga?"
"¿Te gusta mi pinga?"
"Me gustas, Fico".
"Tú también, Rubén".
Nos volvimos a besar.
El cuñado de mi amigo y yo nos quedamos a pasar esa noche y cachamos dos veces más. ¿Mis patas? Bueno, se cansaron de mandarme mensajes para chelear. Que sigan mandando. Que no nos jodan.