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viernes, 20 de enero de 2023

ASS (62): Así me la mamó, pero tú lo haces más rico

Damián pide a Juan reconstruir lo que pasó la noche que cachó con Paco.


“Nos cruzamos esa noche en la calle, me decía que venía de tomar unas chelas con unos amigos… creo que en el semental, o algo así”, relata Juan.

“¿Será el Cimarrón?”, interrumpe Damián.

“Sí, creo que sí”, replica Juan. “el hecho que venía algo picado, me hizo el habla, y, bueno… si se me estaba ofreciendo así, yo creí que podríamos venir aquí a pasarla bien. Total, ¿quién iba a enterarse?”

el peón y el policía están sentados en una mesa simple en la salita de la casa que Julio tiene en su parcela, cerca de San Sebastián. El dueño de la propiedad también está presente ese miércoles, ya pasadas las nueve de la noche.

“¿Te sirve esa información?”, pregunta Julio.

“va a cobrar relevancia en la medida en que paco despierte o podamos encontrar al mototaxista para corroborar datos”, explica Damián.

“¿encontrar al mototaxista?”, se extraña Julio.

“Pidió su alta desde ayer por la tarde y desde entonces su paradero es un misterio”, responde Damián.

“Lo que les digo es la pura verdad”, reclama Juan.

Damián estudia las agradables facciones del chico y le palmea el hombro:

“Mira, muchacho, aquí entre nos, yo sí creo que estás diciendo la verdad, pero si ese otro huevón va a hacer lo que pienso que va a hacer, lo mejor es que tengamos datos exactos para que Julio sepa cómo lo puede joder”.

“Perdone, don Julio”, baja la voz Juan.

“No es tu culpa”, responde el aludido, de manera tranquila.

“Lo que no entiendo es por qué quiere joderte de esa manera”, observa Damián a Julio.

El ex futbolista suspira y se estira sobre su silla.

“Cuando Sandro se hizo adolescente, se hizo hincha del equipo y lo veíamos apoyando en todos los partidos. Su viejo era socio del club y aportaba fuerte. Eso hizo que Sandro tuviera más acceso, incluso a los vestuarios. Tendría 15 o 16 años, y de pronto noté que rondaba mucho a los jugadores. Una vez lo descubrí cachando con uno de ellos en las duchas. Era José Luis. Sandro alucinó que el Pelu era su pareja y no lo abandonaba ni a sol ni a sombra. Tuve que hablar con su viejo para que nos lo quitara de encima porque ya estaba afectando nuestro rendimiento. Desde allí me cogió fastidio”.

“¿Y nunca lo pudo superar?”, inquiere Damián.

“No lo sé. Cuando Sandro cumplió 18 años, pidió adelanto de herencia a su viejo. Sandro fue siempre hábil para los negocios e hizo crecer su plata. Fue cuando se hizo socio. La huevada era que jugador que fichábamos, jugador que debía meterle pinga. Era fijo. Y cuando se le prendía a uno, no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Hizo que uno de los chicos se separe de su mujer, y ya te imaginarás cómo fue eso. Me tocó ponerlo en su sitio. Empezó a decir que Pelu y yo éramos pareja, que hacíamos orgías con los otros futbolistas. Entonces le saqué su mierda”.

“¿Le pegaste?”

“Ya me había sacado de mis casillas y me había indispuesto con mi mujer… Me denunció… Menos mal que todo el equipo, incluyendo el cuerpo técnico, sacó la cara por mí y testificó diciendo que él era un acosador. Renunció como socio del club. La huevada es que eso te explica por qué me tiene cólera”.

“Ahora me quedan las cosas más claras”, comenta Damián. “Solo un detalle: ¿podrían mostrarme qué pasó  esa noche que viniste con Paco?”

“Mostrarle, ¿cómo?”, se extraña Juan.

“Hacer exactamente lo que hicieron esa noche ”.

Minutos después, Julio se desnuda por completo y entra al cuarto. Juan y Damián ya están acostados, calatos, uno al lado del otro.

“Comenzó a conversarme y a acariciar”, cuenta Juan.

“¿Cómo te acarició?”, averigua Damián.

“Me pasó la mano desde la tetilla hasta mi huevo”.

“¿Así?”

Damián pasa la palma de su mano desde el pectoral, suavemente, hasta detenerse sobre el pene semierecto de Juan.

“Así, así, exacto; entonces Paco comenzó a pajearme”.

Julio no pierde detalle de cómo Damián comienza a masturbar a su peón hasta que el pene se le pone bien duro. Su miembro también se pone bien rígido.

“entonces comenzó a chupármela”, indica Juan.

“¡Así?”

Damián se dobla como puede para iniciar el sexo oral.

“Tienes que parar el culo”, indica Juan.

Damián asume la posición señalada, lo que el peón aprovecha para acariciar las nalgas y masajear el ano del policía.

“La chupas mejor que ese huevón”, comenta el joven.

“¿Y solo cacharon Paco y tú?”, pregunta Julio mientras se masajea su pene duro.

“Sí, solo él y yo”.

Damián deja de mamar la pinga:

“¿qué pasó luego? ¿Le metiste tu pene?”

“Sí”, responde Juan muy excitado. “Se sentó encima de mi pinga”.

Damián toma un condón, le pone su propio líquido pre-seminal como lubricante, pues también se le ha parado el pene, unta ese mismo fluido al miembro de Juan, se coloca, pone la punta del glande en la entrada de su culo y comienza a tragárselo por atrás poco a poco.

“Aa la mierda”, reacciona el policía. “el tuyo sí duele”.

“Métetelo despacio”, aconseja Julio. Para qué te apuras si igual vas a gozar rico cachando?”

Damián sigue el consejo mientras respira hondo y lento y trata de expandir los músculos de su ano.

Ya con todo el pene dentro de su recto, el policía comienza a rebotar despacio.

“¡él cachó así?”, pregunta excitado a Juan.

“Sí”, dice el chico, bien arrecho, “pero tú te dejas cachar más rico”.

“¡así de rico, papito? ¿Así te gusta meter verga a un buen culito?”

“Claro que sí… y tu culito… está más sabrosito”.

Ambos gimen y jadean mientras Julio hace un esfuerzo para evitar que la leche se le salga mientras se sigue masturbando.

La sensación le parece tan deliciosa a Juan que no puede contener su orgasmo:

“Las voy a dar, carajo”, anuncia, y eyacula dentro del condón.

Damián deja de cabalgarlo poco a poco, pero su pene está bien al palo.

“¿Y él se pajeó sobre ti?”

“No”, suspira Juan, más relajado. “en realidad, le hice perrito, pero no se vació”.

Julio reacciona:

“¿Perrito, dijiste? O sea que siguieron cachando”.

Damián se saca el pene de su ano:

“¿Y cómo cacharon en perrito?”

“mirando a esa pared”, señala Juan hacia los pies de la cama.

“Eso lo puedo hacer yo”, anuncia Julio encaramándose, buscando un preservativo y poniéndoselo mientras Damián adopta la posición. Poco después, el pene del ex futbolista taladra el ojete del policía fiscal. Julio cacha como loco.

“¿Así se lo clavó?”, pregunta excitado a Juan.

“No, pero qué rico es verte dándole pinga a ese pata”.

Damián goza al sentir cómo esa pija le taladra el culo. Gime.

“agárrame piernas al hombro”, pide.

Julio se olvida de la reconstrucción de los hechos y le da gusto al policía. Adoptan la nueva posición. El ex futbolista vuelve a introducir su pene al ano del robusto efectivo del orden, en tanto éste comienza a pajearse:

“¿La damos juntos? Ya casi me vengo”.

“Yo igual”, avisa Julio.

“Vamos”.

Los dos reanudan la acción, solo que esta vez Julio bombea con más fuerza:

“Concha su madre, carajo, las voya dar, mierda… ¡las voy a dar,reconchasumadre!”

Julio eyacula dentro del ano de Damián, mientras éste apura su masturbación hasta que las ráfagas de su semen se disparan sobre su abdomen y pecho:

“Rico, carajo”, murmura Damián.

Tras lavarse y secarse, el futbolista y el policía salen de la casa en la parcela y están a punto de montar la moto que los regrese a San Sebastián. Es las once y media de la noche:

“Eres un pendejo”, sonríe Julio. “Todo lo que hiciste para que cachemos contigo”.

Damián no responde nada; solo sonríe. Ambos montan la moto. Cuando ya ven más cerca las luces de la ciudad… un camión sale de la nada.

“¿¿carajo!!”, advierte Damián tratando de controlar la motocicleta…

Para terminar, te dejamos con una porno gay | Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com

  


martes, 29 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 15.2: Es... elías


Por la noche, mientras Madero revisa los programas dominicales en su casa, junto a su esposa,, recibe una llamada en su celular. Se levanta y camina hacia el estudio.

“¿Sí, Leandro? ¿qué pasó, muchacho?”

“Señor Madero, no soy Leandro; soy el comandante Mesías”.

“Claro, claro, muchacho. Cuéntame”.

“¿Está con alguien y no puede hablar?”

“Exacto, pero dame el dato”.

“Logramos que el ministro incluya a Darío Echenique entre Los Más Buscados. Llame a sus amigos en los medios porque si no se difunde, esto se nos cae. La familia comenzará a presionar cuando se sepa”.

“Dalo por hecho; gracias por avisar mas bien”.

Madero se encierra en su estudio, marca algo en el teléfono.

“Dime, Beto”, le contestan.

“Ahora es cuando. ¿Puedes escabullirte?”

“¿Ya lo incluyeron?”

“Sí. La Policía ya hizo su parte; ahora nos toca hacer la nuestra. Te corto que tengo un culo de llamadas por hacer”.

 


A esa misma hora, en una finca rural camino a la sierra, Mauricio llega al clímax penetrando a Darío. El dormitorio con paredes de barro enlucidas de blanco, ventana de madera cerrada, no se luce debido a la luz mortecina de un candil. Mauricio ruge y deja de moverse, acaba la cópula, se quita el condón y lo bota al suelo. Se acuesta a su lado evidentemente cansado.

“¿Qué tal estuve?”

“Bárbaro, como siempre”, responde Darío.

Mauricio toma un celular de una mesita de noche a su lado, prende la pantalla.

“Se cargó algo. ¿Cuándo acabará todo esto, Echenique?”

“Pronto, Mau. Solo una persona más y listo”.

“Ojalá sea pronto, porque quiero regresar al gimnasio que no voy hace dos semanas y media, y quiero depilarme todo”.

“Tranquilo, que muy pronto ya no te preocuparás por eso”.

“¿Me pagarás una depilación por hidrólisis como la tuya?”

“Ya veremos. ¿Ya tienes listas las capturas de pantalla?”

“Me faltan algunas: este celular de Rico sí que ha sido una caja de sorpresas, mensajes, comunicaciones, rastreos, fotos, videos, sexo, sexo y más sexo. ¿Sabías que podía geolocalizar todos los vehículos de tu viejo? Por lo pronto, tu auto y el de ese huevón están en una instalación de la Policía”.

“Extrae lo que te dije, y cuando lo tengas listo, me avisas”.

“Espera, amorcito. Solo una más y estará lista en cinco, cuatro, tres, dos, uno. Yeah baby!”

“Ponlas en el grupo que te pedí”.

“¿Qué número quieres hacer visible?”

“El de Rico, obviamente”.

Darío se levanta, toma una linterna pequeña y camina a la cocina, busca dos tazas, las lava y sirve un poco de té en ambas, pero a una le agrega el polvo blanco de un sobrecito. Al regresar al dormitorio, le ofrece una de las tazas a Mauricio, quien agradece y la bebe.

“Ya se está distribuyendo y algunos ya están viendo los primeros envíos”. Mauricio deja el celular en la mesa de noche.

“¿No verificarás quién más va a verlo?”

“Confía en el poder de la tecnología, Darío Echenique”, sonríe mientras bebe el resto de la taza. “Y lava mejor tu vajilla de metal o aprende a hacer mejor té”, ríe.

Su amante ríe también. Mauricio se levanta y se pone sus zapatillas.

“¿A dónde vas, Mau?”

“A mear. ¿Me acompañas para que me la tengas?”

“Ay, asqueroso”.

Ambos ríen. A los pocos minutos, el fisicoculturista regresa y se echa al lado de Darío; lo abraza.

“Tirar contigo a uno sí que lo deja cansado”, comenta.

“Sí, muy cansado”, ssolo responde el otrora supermodelo.

Media hora después, Mauricio parece estar profundamente dormido. Darío intenta reanimarlo dándole empujones y pequeñas bofetadas. No obtiene respuesta. Como puede, el joven de ochenta y dos kilos de peso intenta mover a otro musculoso de noventa y cinco y consigue sacarlo hasta la sala de la casa, lo envuelve en la sábana, busca su pistola en una gaveta de la entrada y descubre que está descargada.

“Hijo de puta”, reniega.

Regresa al cuarto, busca la mochila de Mauricio y en la bolsa de ropa interior sucia encuentra la cacerina; carga el arma, y regresa a la sala iluminándose con la linterna; ubica la sábana, apaga la luz, acerca el arma, dispara a quemarropa. Darío jadea fuertemente y se pone de pie para buscar la linterna cuando siente que algo le golpea secamente en la cabeza, y queda inconsciente.

 


La foto de Darío Echenique, mejor dicho, la foto de los mejores tiempos de Darío Echenique está en primera plana de los diarios más influyentes con titulares del tipo “Buscado” o “50 mil de recompensa”, pero no va sola. Muchas rotativas han impreso al lado algunas capturas de pantalla en las que se leen conversaciones de mensajería instantánea entre Rico y Alberto Madero donde se detalla el lanzamiento de Tirador Films y las ideas-fuerza que se debía decir durante la entrevista de televisión, cuyo objetivo era afectar la imagen de Darío. Temprano esa mañana, Leandro despierta con los gritos de Baldo:

“¡Hijo! ¡¡Hijo!!”

El futbolista se cubre la cintura con una toalla y abre: su padre le muestra el diario, y Leandro se desconcierta por completo.

 


En cuestión de una hora, ambos están en la sede de Sparking Advertising junto a la secretaria abriendo casi de golpe la oficina de Madero.

“¿Dices que no se ha comunicado para nada?

“No, Leo. Lo estoy llamando a sus teléfonos: su celular está apagado y en su casa me lo niegan”, informa la mujer.

“¿qué ganamos entrando así a su oficina, hijo? No somos el Ministerio Público”, recrimina el papá.

“Beto nos debe explicaciones”, responde el muchacho.

 Entonces, un guardia de seguridad llama a la secretaria, quien sale corriendo a atender. Padre e hijo se miran. Van tras ella.

“Acaban de dejar esto para el señor Leandro Pérez”, dice el guardia mostrando un sobre pequeño.

“¿Quién?”, interviene el aludido.

“Debe ser un mensajero porque venía en una motocicleta”,

 “¿Y no dejó cargo para firmar?”, consulta la secretaria.

El guardia niega con la cabeza.

“Llamemos a la Policía”, sugiere Baldo.

Leandro casi arranca el sobre de las manos del guardia y lo palpa.

“¿Estás loco, hijo?”

“ésto no es explosivo”, tantea Leandro. “Parece una memoria”.

“¿Explosivo?”, se alarma la secretaria.

“No le haga caso, señora. Leandro, llamemos a la policía”.

“Apuesto que lo envió Darío, papá. Ya lo hizo antes con el catálogo, hace más de dos semanas. Trata de decirme algo”.

“Hijo, ¡razona! Tenemos que avisar a las autoridades antes de hacer nada”.

Leandro rompe el sobre y saca el contenido: efectivamente es una memoria plomo oscura.

“Necesito que me presten una de las computadoras de Diseño, por favor”, pide el joven.

 


Lo que contiene la memoria deja a Leandro con más preguntas que respuestas; y lo que más le intriga son varias fotos de Darío junto a un joven en actitud muy cariñosa. No es Rico, ni él, ni tampoco el chico de mantenimiento, o los otros modelos con los que ha trabajado, a quienes sí logra reconocer.

“¿Y ése quién es?”, se pregunta.

El diseñador a su costado palidece.

“Estás violando el derecho a la intimidad de Darío Echenique”, insiste su padre.

“¿Y qué tal si Darío Echenique lo envió para que sepamos algo?”

El diseñador se levanta:

“Voy a tomar agua”, se excusa.

“Tenemos que regresar al Condominio”, pide el futbolista.

“No, ijo; tenemos que llevar esa memoria a la Policía”.

Leandro espera un par de segundos:

“Genial. Tú lleva la memoria a la Policía, yo regreso al Condominio. Nos hablamos por teléfono ante cualquier novedad”.

“Los llamaré para coordinar la entrega”, advierte el abogado.

Baldo sale de la sala de Diseño y Leandro teclea algo en la computadora, a su vez que el diseñador reingresa.

“¿Qué haces?”, le pregunta a Leandro.

“Busca otra memoria como la que está dentro de tu CPU, pero antes me vas  a decir algo”.

Justo en ese instante, vibra el celular del futbolista. Lo saca, mira, toca y contesta:

“¿Diga?”

“Leo, necesito verte urgente”.

Esa voz, aunque apagada, es familiar.

“¿Darío?”, se conmueve el chico.

“No ttengo mucho tiempo; encuéntrame en el parque detrás de la Torre”.

Cortan la llamada. Leandro revisa el número:

“Es un teléfono público”.

 Se pone de pie.

“No interrumpas el copiado y ponlo en otra memoria”, instruye. “Conversaremos cuando regrese”.

“Leandro”, lo retiene el diseñador. “Sí conozco a ese chico”.

Leandro lo mira fijamente a los ojos y lo toma de ambos hombros:

“Entonces dime quién es”.

“Es… elías”.

Leandro se sorprende.

  

martes, 25 de octubre de 2022

Ser Rafael 10.1: Sexo en la playa


La reunión en casa de Laura duró hasta la una y media de la mañana.

La celebración hubiera seguido de no ser porque la gente al día siguiente –menos la homenajeada y su chico, o sea yo- tenía que trabajar.

Todos se despidieron, incluso Eduardo.

Mientras recogían las cosas, me quedé conversando con Laura en la sala de su casa, como hasta las dos de la mañana cuando nos quedamos dormidos en su sofá: ella recostada sobre mis piernas; yo apoyado en el respaldo del mueble.

A las cinco y media sonó la alarma de mi celular. Por un momento me sentí desubicado, ya que no era mi casa y mucho menos mi cuarto.

Además, me sentía raro porque era la primera vez que pasaba la noche con Laura sin desvestirnos ni hacer el amor.

La urgí para que se cambie, baje sus cosas y salgamos tan rápido como fuera posible rumbo a mi casa a recoger mis cosas y los pasajes. Estaban más seguros sobre mi mesa de noche que dentro de mi bolsillo.

A diez para las seis conseguimos parar un taxi. Una bachata cortavenas sonaba en el radiorreceptor del vehículo. No recuerdo la letra, pero estaba de moda en ese momento.

Cuando pasamos por la estación de servicio que está camino a mi casa, me fijé en la acera donde días antes –mejor dicho, varias madrugadas antes- descubrí a Eduardo totalmente ebrio.

No había señas suyas. Solo un panadero que vendía su diaria mercancía a una adormilada empleada doméstica.

¿Por qué estaba pendiente de encontrarlo? ¿Acaso iba a parar el taxi y rescatarlo como aquella vez? ¿Para llevarlo a dónde? ¿Al mismo sitio donde alguna vez también llevé a Laura? ¿Y qué diría Laura, por cierto?

A las seis en punto estábamos en casa.

Carmen se quedó sorprendida de verme llegar de nuevo a esa hora. Mi madre ya estaba en pie, lista para darme el discurso de ‘si te haces tarde, llama’, pero pasé de largo. Recogí mis cosas y salí de nuevo a la calle.

“Rafo, no me vas a dejar con la palabra en la boca”, refunfuñó mi madre.

“Te prometo que al regreso, más tarde, te explico todo. Laura está afuera esperándome. Nos deja el bus”, la interrumpí.

Mi madre se quedó desconcertada.

A las seis y quince, por fin, estábamos en el paradero. Un cuarto de hora después, partimos a la playa.

Cuando nos despertamos, había transcurrido una hora, y el vehículo estaba a punto de llegar a su paradero de destino.

Desayunamos en una fuentecita de soda cercana y nos dirigimos al hotel que yo había reservado. Era un lugar lleno de búngalos frente a la playa.

Ya en el nuestro, a puertas cerradas, tomé a Laura, la abrazé y la besé.

“¿Lista para tu regalo?”

“¿Otro?”

“Sí. Uno que no pude darte anoche”.

Me separé. Me desabotoné la camisa, la tiré por donde cayera. Me le acerqué y, tarareando la típica canción de Nueve Semanas y Media, me desajusté el cinturón, le di uno de los extremos, e hice que me lo sacara.

Empecé a contonear las caderas y, como pude, me quité los zapatos usando nada más que los dedos de los pies. Me desabotoné el pantalón y lentamente me bajé la cremallera. Tomé sus manos, hice que sujetara cada lado de la prenda y comenzara a bajármela.

La puse de pie.

Sin apuro, le levanté, le quité su blusa. Desabotoné su short; lo tiré al suelo. Hice que se contoneara a mi ritmo y que tarareara la sensual canción conmigo. La besé. Le quité el brassiere y comencé a besarle los senos.

Puse sus manos en la pretina de mi boxer. Hice que me lo bajara lentamente al punto que tuvo que arrodillarse. Sin que se lo pida, tomó mi miembro en sus labios y lo hizo crecer hasta que alcanzó longitud y rigidez. Allí estuvo largo rato.

La puse en pie de nuevo.

Poco a poco me eché sobre ella en la cama. Recorrí su cuerpo a besos. Le quité la tanga y hundí mi cabeza entre sus piernas.

Mi boca volvió a ascender su cuerpo hasta besarla en los labios.

“Hazme tuya, Rafo”, susurró excitada.

Alcancé mi mochila como pude, saqué un preservativo, me lo puse y comencé a cumplir su ruego.

No dejamos ningún centímetro cuadrado del lecho sin arrugar ni probar. No hubo parte de nuestras anatomías que nuestras manos y todo nuestro cuerpo no llegara a cubrir. No hubo posición que no probáramos. No hubo momento más especial que terminar juntos.

Desnudos, nos quedamos dormidos como hasta las once de la mañana. Hacía un poco de calor. 

domingo, 7 de agosto de 2022

ASS (40): El sexo homosexual al poder

Cuando el porno gay se vuelve una alternativa para financiar a un político.



Este domingo, José Luis aún está metido en su cama a las 11 de la mañana. Eliezer, quien ha llegado a visitarlo urgente, sabe que debajo de la cobija, su amigo y ex compañero de juego está calato. Siempre le gustó dormir calato. Desde que se conocían jugando fútbol y les tocaba compartir cuarto, José Luis, el Pelu, solía dormir calato… igual que Eliezer adora dormir calato. Y ambos dormían calatos cuando tenían que compartir la cama por urgencia… o por deseo.

“entonces, la idea es dejar que ese tal Enrique y ese tal Flavio le den con todo al porno gay en Piura y a cambio nos financian la campaña… ¿entendí bien?”

“Exacto. Y ese tal Padre Alberto sería el nexo entre enrique y tú, así no te ves involucrado, y lo de su proyecto en San Sebastián me parece un argumento perfecto para incluir en tu campaña a la regional”.

“Y el hijo de Julio sería nuestro otro hilo conductor…”

Exacto, Pelu”.

“Y por eso cachaste con ese tal Flavio,con el hijo de Julio y con ese Padre Alberto”.

“Y anoche con Sandro, que debería postularla en San Sebastián”.

“Y también entiendo que Julio prefiere no mezclarse con Sandro”.

“En realidad a Julio le jode que Sandro sea un gay medio evidente, no una loca pero casi todo San Sebastián sabe que cahcha con patas”.

“Por cierto, eliezer, hace días que no cacho contigo”.

El moreno sonríe, va a la puerta, le pone seguro y comienza a calatearse. Cuando queda desnudo, se mete en las cobijas junto a José Luis. Le da un beso en la boca.

“Vamos a ganar estas elecciones”.

“¿el porno gay da tanta plata que ese enrique es capaz de poner billete a favor nuestro?”

“Necesitamos que nos inyecten fondos. Estos meses serán los más jodidos”.

“Ojalá que nada se cague, porque si alguien se entera que mis donantes son empresarios del porno gay, estoy jodido”.

Eliezer da otro beso en la boca a José Luis:

“Si eso pasa, entonces me dejo clavar tu pinga”.

José Luis sonríe, se acomoda. Eliezer se le acuesta encima y sigue besándolo mientras acaricia y deja que le acaricien todo su glorioso físico. Giran otra vez. Ahora José Luis descansa sobre el cuerpo de Eliezer, y de inmediato comienza a recorrerlo con sus besos: cuello, pectorales, tetillas, abdomen, vello púbico, pinga.

José Luis se detiene para acariciarla, ponerla más dura y metérsela a la boca para chuparla como solo él sabe hacerlo: hasta la garganta.

“Así, Pelu. Rico. Trágatela toda”.

Mientras José Luis mama pinga, acaricia los testículos de Eliezer con mucha delicadeza. Y con los años, la técnica se ha refinado. ¿Quién dijo que dos cuarentones no pueden disfrutar de un rico sexo gay con todas las de la ley?

“Sácame un condón de la gaveta”, pide José Luis.

Eliezer gira apenas, busca donde le dicen y entrega un paquetito plateado a su amigo, compañero y amante. José Luis extrae el forro de la fundita, se lo pone en la boca cuidando que sus labios no obstruyan el anillo enrollado, lo pone en el glande de Eliezer y lo va desenrollando con cuidado. El moreno se siente en la gloria.

“Pásame el lubricante”, pide José Luis.

Eliezer se lo entrega y su amigo lo unta generosamente sobre el pene erecto y luego se aplica otra cantidad generosa en su ano. Se sienta encima y se lo va engullendo con su culo. El resto será comenzar a rebotar poco a poco. Si hay alguien que conoce cómo estimular y estimularse con esa gruesa manguera de 23 centímetros sin escaldarse es el ex futbolista.

Ambos gozan. Las cobijas ahora andan desperdigadas por ahí y no hacen falta. El glorioso sexo anal combate cualquier baja temperatura.

Eliezer gira y le clava su gran pinga a José Luis en un perfecto piernas al hombro. Bombea. Ambos gimen y jadean como benditos. No importa si del otro lado de la puerta hay un sereno cuidando el acceso y ganándose con todo el ruido: su verga está más dura que metal

A continuación, Eliezer se cacha el culo de José Luis en pose de perrito y acomete firme pero cuidadoso el agujero que se ha expandido a toda su capacidad, mientras su pelvis choca lujuriosamente contra ese par de buenas nalgas. Y si algo tiene José Luis es que su ojete es bien aguantador, tan aguantador que la sesión sexual se prolonga por casi una hora.

“Las voy a dar”, anuncia José Luis.

Eliezer saca su pene, hace que su compañero se ponga boca arriba y lo ve pajearse hasta que ráfagas de su semen se disparan sobre su vientre y parte del pecho.

Eliezer también se masturba tan rápido como puede y contribuye a que la cantidad de leche cremosa dibuje más color blanco sobre el cuerpo trigueño del candidato a la gobernación regional.

“Qué rico”, suspira

“Mientras vamos a ducharnos, ¿te explico qué se me ocurre como plan para la campaña, aprovechando esa alianza con el productor porno gay y el cura gay?”

“Claro”, sonríe José Luis. “Solo espero que ganemos las elecciones”.

“Los gays y bisexuales son más del 60 por ciento de la población piurana, Pelu… todo está en orientar el mensaje de campaña hacia ellos”.

“¿De cuánta gente hablamos? ¿600 mil votantes potenciales que sienten placer metiendo pinga o abriendo el culo?”

“Más o menos, Pelu”.

“Con eso ganamos la elección de lejos”. José Luis sonríe con los ojos iluminados por la ambición.

Y para terminar,te dejamos con una porno gay. 

miércoles, 3 de agosto de 2022

Lo que pesqué trotando calato en la playa

Mi meta era llegar hasta una chalana y regresar al toque a la jato que estaba alquilando, pero alguien me hizo cambiar de planes.


Mi nombre es Gonzalo y me encanta salir a correr un rato por el parque de mi barrio. Lo hago para relajarme y tener mi cuerpo en forma, especialmente mis piernas y mi culo. Trabajo como abogado y mi chamba es demasiado absorbente, llena de estrés.

Aprovechando el feriado largo, decidí desconectarme en una playa. Alquilé una jato a unos patas y me quedé allí.

Dormir calato y arrullado por las olas del mar norteño es lo máximo, ddespertarse con ellas es lo mismo. Me da la sensación de libertad y relax. Se los recomiendo.

Apenas despuntó el día, me levanté. Tenía mi pija bien al palo, pero aún así me asomé a la puerta para ver las olas romper. Considerando la temporada, suponía que nadie más caminaba o trotaba por esa arena. Así fue. El mar reventaba hermoso,la playa estaba desierta. Serían como las 6 y cuarto o por ahí cuando decidí algo inusual para cualquiera pero no para mí: trotar calato.

Qué sensación para más mostra sentir la arena bajo mis pies ejercitando mis piernas y mis nalgas mientras mi pinga, ya baja, saltaba de aquí para allá. Mi meta era llegar hasta unas lanchas o chalanas que estaban, a mi juicio, unos 200 o 300 metros más adelante, tocarlas, regresar, hacer una rutina de jercicios, bañarme y pasar el día rascándome las bolas.

Corrí así, calato, sin problemas hasta llegar a una de las chalanas. Cuando mi mano iba a tocar la punta de una de ellas, de la nada apareció un chibolo. Sus 25 años le calculé, cuerpo recio a pesar de que estaba bien abrigado con su gorrito, chompa, jean y botas de plástico. Ambos nos sorprendimos al vernos así. Mi vergüenza inicial cedió ante mi desinhibición.

“Buenos días”, le dije. “¿qué tal la pesca?”

“Más o menos, míster”, me respondió. “No tanta como quisiera pero ya la mandé al terminal pesquero”.

“Lástima”, le dije sonriendo. “Yo que quería comerme un pescadito para el desayuno”.

“Pero si quiere, puede meterse al mar”, me bromeó. “Tiene buena carnada si quiere pescar alguna otra cosa”, me señaló mi paquete con sus ojos.

Yo me miré mi verga. Comenzaba a ponerse dura.

“Ésta no es carnada”, le dije. “es mi anzuelo. ¿Qué pescado crees que me lo pueda picar?”.

“Suba, yo le enseño”, me invittó el chibolo.

Trepé la chalana (menos mal que no había gente en la playa si no iban a verme el agujero del culo mientras subía), y entré junto a él.

“¿Qué pescado crees que pueda picar mi anzuelo?”, le reiteré.

El pescador, sin más roche ni tiempo que perder, se arrodilló, se puso frente a mi ‘anzuelo’, lo acarició y lo terminó de poner duro.

“A lo mejor un hermoso pescadito norteño”, dijo. Y se zampó mi falo dentro de su boca. Me la comenzó a chupar mientras sus gruesas manos me acariciaban mi redondo culo.

“Mierda”, dije. “Sí que piqué una buena cachemita”.

El chibolo estuvo tragándose todo mi miembro por buen rato mientras se quedaba calato también. Y no me equivoqué respecto a su físico: cuerpo bien en forma no tanto por el gimnasio o el ejercicio físico, sino por la vida dura de la pesca en los fríos mares peruanos. Entonces, me la dejó de chupar y sacó un condón de su ropa, me lo ofreció.

“¿Sabes ensartar pescados?”

“No sé”, le dije. “Pero puedes enseñarme”.

El chibolo giró y me ofreció su lampiño y gordo culo. Ricas y duritas nalgas tenía. Me arrodillé. Me puse el forro y lentamente lo fui ensartando. ¡Vaya! Ese pescadito sí que fue fácil de enganchar.

Me lo caché rico por buen rato hasta que sentí que las iba a dar.

“Se me viene la leche de tigre”, le dije bien arrecho.

El patita se separó de mi ‘anzuelo’, se volteó, me sacó el condón, me pajeó fuerte y dejó que mi semen se disparara en su cara. Jadeé de placer, carajo.

El sol ya comenzaba a salir en esa playa solitaria.

“¿Quieres desayunar? Estoy solo en la jato que alquilé”.

“¿Te podré pescar yo?”, me dijo limpiándose mi esperma aún en su cara. “Tienes un rico culo”.

“Ya veremos”, le dije. “Si sabes sopearme bien, ya veremos”.

Como contagiado de mi desnudez, se puso de pie y bajamos así de la chalana.

El huevón tenía un buen ‘anzuelo’ entre sus piernas y me supo besar bien el ano, pero no me la supo clavar. Entonces lo volví a cachar.

En vez de desayunar, nos quedamos bien jato.

Hoy mientras escribía esto lo wasapeé. Le pregunté si le jodía que cuente esta historia.

“Si no dices quién soy ni dónde estoy, claro”.

Así que, así me pasó a mí. Y de algo estoy bien seguro: la próxima vez ya no tendré que ver en qué playa me quedo ni dónde puedo correr calato, ni tampoco a quién buscar. Ese hermoso ‘pescadito’ que supo atrapar mi garfio me esperan el próximo feriado largo.

Cuéntanos tu relato y mándanos tus fotos discretamente a hunks.piura@gmail.com (solo para adultos).

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