lunes, 21 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 14.1: ¡No, Rob!


“Sigo sin entender por qué justo eligieron esta semana para lanzar su Tirando, Tirado…”, comenta Leandro.

Tirador Films”, aclara Rico, quien está acostado desnudo en la cama delante del futvbolista, quien lo abraza también desnudo; y detrás de ambos, Alberto Madero, también desnudo, abraza a Leandro. Es domingo por la noche y ahora la casa abandonada, donde se ha improvisado el estudio de la naciente productora, es su nuevo sitio de encuentros. Sobre el suelo hay cuatro preservativos usados junto a ingentes cantidades de papel higiénico arrugado.

“Como se llame la productora de la flecha en forma de pinga”, reclama Leandro muy cariñosamente.

“¿Y qué tiene de malo, Leo Leandro?”

“No tiene nada de malo, Rico Ricardo. El problema es cómo lo ha levantado ese medio, y cómo rápidamente me han querido meter en el saco”.

Leandro no puede ver cómo su amigo traga saliva.

“¿Qué te jode más?”, pregunta Madero. “El echo de que la hayan lanzado, el hecho de que no te hayan incluído, o el hecho de que mencionaran a tu ex novio?”

“No fue mi novio, Beto; pero sí, se fueron de alma contra Darío”.

“Bueno, eso de que nunca fueron novios, me consta, Leo Leandro; pero, ¿por qué te preocupa cómo se sienta Darío?”

“Yo preguntaría, querido Rico Ricardo, ¿qué necesidad tenían de meter a Darío en el saco?”

“Simple, Leo”, interviene Madero. “Ellos querían levantar su historia de alguna manera, y hallaron ese modo”.

“¿No habrán sido tus consejos, Beto?”

“Para nada”, se apura Rico.

“Aunque eso no es lo que me jode la cabeza ahora, muchachos”, confía Leandro. “Con hoy van tres días que no sé nada de Roberth”.

“Ahora que lo mencionas”, reacciona Rico, “es cierto porque el viernes debió venir para hacer unas fotos, pero me cansé de llamarlo y nada”.

“Podría estar en alguna locación sin acceso a red celular, caballeros”, tranquiliza Madero.

Leandro se incorpora sobre la cama y sale del medio de ambos varones.

“¿Qué pasó?”, se extraña el director creativo.

“Nada, chicos; mañana tenemos que grabar desde temprano y quiero llegar a casa para disfrutar a mi vieja y a… mi novia”.

“¿Cada cuánto te la follas?”, pregunta Madero mientras se pega a la espalda de Rico.

“Cada que tú no me la ordeñas, querido jefe”, sonríe el futbolista mientras se viste.

Al caminar el corredor de la quinta donde está Tirador, insiste con su celular.

“Hello. This is Roberth Peña. I can’t take your call at this moment, so leave me your message after the beep.”

¡Biiiip!

“Hola Rob, soy Leo. Apenas oigas mi mensaje, llámame, no importa qué hora sea”.

Abre la reja de la calle y camina hasta su auto que está aparcado detrás del de Madero, y algo raro le genera temor. Coge de nuevo su teléfono y marca nueve uno uno.

“Buenas noches, señorita. Mi nombre es Leandro Pérez Barrios. Hay un paquete sospechoso en la plumilla del parabrisas de mi auto”.

La Policía llega en quince minutos. Efectivos de la Unidad Antiexplosivos sellan la cuadra y obligan a una evacuación preventiva de los vecinos.

“Salgamos”, ruega Rico a Alberto, quien ha logrado ponerse duro otra vez.

“Ni loco, huevón. Acá estamos seguros. Pásame un forro”.

 


Veinte minutos después, los uniformados consiguen retirar el sobre y lo abren con cuidado.

“¡Es una revista!”, avisa el efectivo.

“Lácrala”, ordena otro. “Va a Criminalística”.

“¿Qué revista es?”, indaga Leandro.

Tras un par de minutos, la respuesta de otro efectivo lo deja en choque:

“Un catálogo de Lawrence’s, señor; pero de la colección de hace un año”.

Leandro se muerde los labios, mira a los alrededores. Sospecha que se trata de Darío.

 


A la mañana siguiente, el muchacho vuelve a llamar al nueve uno uno esta vez para reportar la desaparición de Roberth. No tiene respuestas hasta el jueves de esa semana, cuando durante una práctica en el Estadio Municipal, Genaro le avisa que Alberto Madero está en la pista atlética acompañado por tres policías. Se les acerca a paso ligero como la cosa más natural y, conforme se aproxima, nota que el rostro del director creativo está desencajado. Uno de los oficiales le da alcance:

“Señor Leandro Pérez Barrios, por favor, venga conmigo a la comisaría”.

“¿Por qué? ¿Descubrieron algo en el catálogo que dejaron en mi auto?”

“En realidad, queremos que responda unas preguntas”.

Leandro mira a Alberto, quien ya no puede contener las lágrimas. La ansiedad comienza a invadir al joven.

“¿Quiere decirme qué pasa, por favor?”

“Venga conmigo a la comisaría, por favor; así como está”.

“Vamos, Leo; yo estaré contigo”, trata de tranquilizar Madero entre sollozos.

Los otros dos efectivos se ponen detrás de Leandro y lo escoltan hasta un auto patrulla. Al llegar a la estación, lo ingresan a un cuarto con sillas y una mesa.

“llama a Baldomero Pérez en la Corporación Echenique”, alcanza a avisar a su jefe. “Dile que es una urgencia conmigo”

“¿A quién, dónde?”, se extraña Madero.

Lo sientan en una silla.

“Perdonen, yo voy a colaborar con ustedes todo lo que necesiten pero no hablaré sin mi abogado”.

“Es su derecho, señor Pérez; pero esto tiene que ver con dos llamadas que hizo a Emergencias: la del domingo por la noche y la del lunes por la mañana. Tenemos el análisis de Criminalística y nos preguntamos de quién serán esos cinco dedos que están impresos en la carátula del catálogo”.

“Oficial, con todo respeto; por eso los llamé a ustedes. Ni siquiera toqué ese sobre porque supuse que era un explosivo”.

“¿Puesto por quién?”

Leandro se traba.

“No lo sé. Lo ignoro”.

“Lo sabe, pero prefiere no decirlo”.

“Nos preguntamos si hay alguna relación con la llamada del lunes”.

“Igual. Por eso los llamé. No sé nada de mi amigo Roberth Peña hace exactamente una semana. Es como si se lo hubiese tragado la tierra”.

“¿Cómo sabe que se lo tragó la tierra?”

“Oficial, es un decir”.

“El cuerpo de Roberth Peña fue hallado bajo tierra en una finca, a veintisiete kilómetros de aquí”.

“¿Cuerpo? ¿Qué cuerpo? ¡¿A qué se refiere?!”

“Su amigo fue hallado muerto, señor Pérez”.

“¡¡¡Noooo!!!”, reacciona Leandro como si le hubiesen desgarrado la carne. “¡¡Nooooo, nooo, noo Rob!! ¡No Rob!”, se echa a llorar con amargura.

“Fue apuñalado, señor Pérez”.

“¡¡¡Nooooooo!!!” ¡¡No Rob, oficial, no Rob!! Leandro se inclina sobre la mesa que tiene delante y llora sin consuelo. “No Rob”, repite una y mil veces. “No Rob”.

 


viernes, 18 de noviembre de 2022

ASS (53): Somos hombres, ¿no?

    

    


Tras su jornada de prácticas, Pedro descansa totalmente desnudo en el dormitorio de la casa que ocupa Eliezer en Castilla. Tocan su puerta. Despierta y lo primero que nota es que su pene está duro como piedra.

No siente roche de taparse la erección así que se levanta y abre la puerta; total, allí solo viven Eliezer y él…

¿qué tal susto!

“Bu-bu-bue…”, dice un chico fornido cubierto por un un uniforme de sereno.

Pedro se queda congelado allí, con la puerta abierta, y el pene duro.

“Su-su-su… don Eliezer me mandó para ver si necesita ir a alguna parte”.

Pedro lleva una de sus manos hacia su miembro erecto para cubrirlo, sin mucho éxito.

“No”, responde tragando saliva y aliviándose del susto. “Me quedaré aquí”.

“Ah, entonces… puedo retirarme, si gusta”.

“¿Qué hora es?”, se pregunta Pedro, ya con su pene semi-erecto. Voltea hacia la mesa de noche.

El sereno le mira las nalgas lampiñas y redondas, firmes y bien formadas. Ahora su pene es el que comienza a ponerse duro.

“Va a ser las cinco”, reacciona Pedro, ensimismado.

“entonces, me regreso a la base, si usted no tiene problemas”.

Pedro se pasa la mano por la cara. Su pene ya no está erecto ahora, pero una gota de líquido preseminal rueda por su muslo derecho, producto de la lubricación interna de su miembro.

“¿qué harás en la base?”

“Aburrirme esperando órdenes”, responde el sereno, con una ligera sonrisa.

“Ah, perdona que esté calato y…”

“No, joven, no se preocupe… es normal… somos hombres”.

“Pero estaba con la… con el… ufff”.

“Seguro estaba durmiendo rico, digo, profundo, y a lo mejor estaba soñando algo… ya sabe”.

Pedro sonríe:

“Mejor entra y cierra la puerta; no quiero que llegue mi tío y crea que tú y yo hemos…”

“¿Tenido relaciones?”

Pedro vuelve a sonreír:

“No es mi intención ofenderte”.

El sereno entra al cuarto y cierra la puerta tras de sí.

“No se preocupe, joven”, tranquiliza. ”yo sé que si entrara y sospechara eso, usted lo negaría totalmente”.

“¿Por qué estás tan seguro de eso…? ¿Me dijiste tu nombre?”

“Huamán. Todos me dicen Huamán en el serenazgo”.

Pedro se sonríe otra vez:

“¿Por qué estás tan seguro de que yo negaría que tú y yo tuvimos relaciones sexuales, Huamán?”

“Porque se nota que usted es legal, joven…”

“Pedro… Mi nombre es Pedro”.

“Usted es legal, joven Pedro… y… si hubiese sido verdad, yo no me avergonzaría… Por lo menos me culparían de haber tenido relaciones con un joven tan legal y… guapo, como usted, y no con alguno de esos choros y gente de mal vivir que capturamos”.

“Debería tomarlo como un piropo, ¿no?”

“Usted vea, joven Pedro”.

Entonces el sereno le mira la entrepierna. Pedro se da cuenta y baja su mirada también: su pene está erecto otra vez. A continuación, mira de nuevo a Huamán.

“Mejor voy a ducharme”, avisa Pedro con una media sonrisa.

“yo lo espero, joven. Con su permiso, me retiro”.

“Hazme conversación al menos… mientras me ducho… si mi tío llega, le diré la verdad”.

“¿También le dirá que lo vi con la pinga al palo?”, Huamán baja un poco el tono de su voz.

“A la mierda con eso… Tú estás en ventaja: estás vestido”.

“¿Quiere verme calato, joven?”, se arriesga Huamán.

Pedro lo piensa unos segundos.

“No sería mala idea”, responde.

El sereno sonríe y, sin esperar confirmación, se saca el polo entallado, revelando un pecho fuerte y masivo, quizás no con un abdomen definido pero sí plano, sin llantitas. Se desabrocha la correa de tela y se inclina a sacarse las botas. Entonces, se desabrocha el pantalón, se baja la cremallera. Al bajarse el pantalón, un coqueto micro-bóxer cachetero color blanco contrasta con la piel cobriza del muchacho. Y esas piernas, son simplemente dos troncos de árbol añejo, fuertes, anchos, velludos.

Aunque lo que llama la atención de Pedro es lo que aparenta ser un pequeño tronco que se marca en la tela blanca de la ropa interior.

Huamán se saca las medias, por fin.

“¿¡Sigo, joven Pedro?”

“Somos hombres… ¿no?”, sonríe el aludido.

Huamán se baja el micro-bóxer: efectivamente su pene está erecto… y no es tan pequeño como parecía. Mas bien es gordito y parece lubricar mucho a juzgar por el brillo del glande. Quizás necesita un poco de recorte en el vello púbico. Quizás no.

“ya estamos calatos los dos”, anuncia el sereno con una sonrisa cachonda.

“y con el pene erecto”, agrega Pedro.

“Somos hombres”, reitera Huamán.

El joven anfitrión vuelve a sonreír:

“Solo falta que tengamos relaciones sexuales”.

Huamán sonríe también:

“No me jodería”.

Ambos jóvenes se miran fijamente a los ojos. Entonces, Pedro ya no puede más con la excitación. Se acerca a Huamán, pega su cuerpo y lo acaricia:

“Tienes la piel suave”, le susurra.

“Tú también”.

Pedro, entonces, aproxima su cara a la de Huamán. Lo besa en la boca. Mientras las lenguas de ambos  combaten golosamente, sus manos recorren las espaldas y los culos mientras sus penes erectos se refriegan uno contra el otro.

Huamán, entonces, toma la iniciativa y empuja a Pedro a la cama logrando acostarlo boca arriba. Luego, descansa toda su humanidad encima de ese terso cuerpo.  Pedro abre sus piernas y está dispuesto a sentir cómo la masculinidad del sereno se puede hundir en su culo, cuando…

“¡ya vine!”, se oye desde el pasadizo.

Pedro y Huamán se dejan de besar y se miran sudorosos y estupefactos.

Y para terminar, te dejamos con un video porno gay.


jueves, 17 de noviembre de 2022

Ser Rafael 13.3: Ser gay no es malo

    


Al descansaba su cabeza en mi hombro, mientras con su mano derecha jugaba con mi tetilla.

“esto gustó Al”.

“A mí también, Al. Te mueves chévere”.

“¿Chéve..? Che…”

“Cool”.

Al rió un poquito.

“Yo gustar tú mucho”. Yo querer tú venir a mi país”.

“¿Ir a estados Unidos?” Me quedé pensando. “Pero ya tengo una vida aquí, una carrera aquí; además están mi madre y Laura”.

“Si tú querer Laura, ¿por qué tu hacer amor a mí?”.

¡Por Dios! ¿Cómo explicarle a Al, sin ser ofensivo, que, si bien me había caído excelente, que sentía química, solo fue sexo?

“Mira, Al. Lo pensaré. ¿Qué te parece?”

Al levantó su cabeza de mi hombro, y levantó un poco el torso hasta casi posarlo sobre el mío.

“Tú tener mucho talento. Yo creer tú necesitar otro espacio… mucho mejor… no éste”.

“¿Por qué dices eso?”

“Tú y yo ser gay. Tú poder negar, pero cuando hombre hacer amor a otro hombre, ser homosexual”.

“¿Yo soy homosexual?”

“Ser homosexual no ser malo. Malo es tú no aceptar eso”. Ser homosexual es ser como bueno como ser humano”.

Al me besó en la boca.

¿Será que estaba hallando la respuesta a una pregunta existencial en el lugar más vanal que pudiera imaginar? Digo, hay gente que gasta fortunas en psicólogos, consejeros espirituales, coaches, viajes místicos, mesas en lagunas milagrosas… y no siempre encuentran lo que buscan.

Y no siempre encuentran lo que buscan… Me hizo recordar un libro de mi infancia.

Al reposó su cabeza en mi hombro y quedó plácidamente dormido.

Le di vueltas un rato a la idea, hasta que caí en la cuenta que Al no me conocía de toda la vida. Mi madre sí, Laura sí, hasta el Tuco sí. ¿qué autoridad tiene este gringo sexy y culón para darme una lección de vida en medio de nuestra atlética desnudez?

Me acomodé bien y cerré mis ojos.

Entonces, sonó mi celular.

Las ventanas revelaban una mañana de sol piurano radiante.

Al se movió un poco.

Mi móvil seguía sonando: ¡Laura!

“¿Mi amor? Dime… No. Vine un rato a la oficina. ¿Necesitas algo? No sé… Ya. Dame una hora y voy a buscarte… Besos. Te amo”.

Mientras colgaba, Al se había acomodado sobre mi brazo de tal modo que una de sus manos estaba intentando despertar mi herramienta de placer. Lo detuve amablemente.

“Debo ver a Laura con urgencia”. ¿Me prestas el baño un instante?”

Al me soltó, rodó hasta liberar mi brazo, y me dio la espalda. No quise perder tiempo en explicar nada. Solo me levanté y fui a ducharme.

Iba a bajar las escaleras, cuando vi mi celular otra vez: ¡diez y veinte de la mañana! Ni por asomo regresaba a mi casa, sino que iría a buscar a Laura al trabajo, aunque me cruzara con el insoportable de Eduardo.

    


    Cuando llegué a la sala de recepción, la encargada –asumo que el tipo de la madrugada había cambiado turno- me dijo que me esperaban.

Quedé sorprendido, pero aún así me acerqué al sofá: era Laura.

“q-q-qué haces aquí?”

“Buscándote, Rafo. ¿Tú qué haces aquí?”

Debí ponerme pálido. Yo, por lo menos, sentí que sudaba frío.

¡OK, lo enfrentaría de una buena vez!

“Vine a ver a Al”.

Laura se mostró desconcertada, extrañada mas bien… una mezcla de ambas.

“en… entonces éste sí es el hotel de al”.

Ahora el desconcertado era yo.

Pero, ya que la pelota me vino rodadita y no hay nadie que me obstruya el arco, aquí va mi pase maestro.

“Sí… ¿Por qué? ¿Tiene algo de malo que lo acompañe? Me pidió que lo acompañe porque me dio algo para mi chamba”.

Laura quedó boquiabierta, pero sin exagerar tampoco.

“Ahora que lo mencionas, Rafo, Al me dijo que quería compartirte unas cosas, pero anduvo misterioso. Y… ¿dónde están esas cosas?”

Tiempo de una reacción ingeniosa. Detalle: no olvides poner cara de niñito inocente, o sea, abre un poco los ojitos y haz un pucherito, pero todo en plan inocencia. Paso siguiente: muestra tu teléfono inteligente, pero bien rápido.

“En la memoria de mi celu”.

“Con razón. Olvidé que estos gringos son paranóicos del espionaje corporativo. Ay, amor. Por un momento, pensé otra cosa”.

¡Mierda! Sudor frío cambia a helado. Sonrosado evitable cambia a color de hormiga. ¿Hay esos tonos en los catálogos de belleza femenina?

“¿Qué cosa?”

“Pues, lo lógico: que pasaste la noche con una mujer. ¿Qué más iba a ser?”

Me reí para liberar la opresión de mi pecho.

“¿Y quién te dijo que estaba acá?”

“No sé. Me llegó un mensaje de texto. Pensé que era chisme, hasta que llamé, me dijeron… Ay, Rafo, el caso es que no fue nada malo. Perdona mis celos”.

¡Bien! Ahora regresemos el sentimiento de culpabilidad.

“Laura, Laura, Laura. ¿Volvemos a lo mismo?”

Laura se me acercó y se puso cariñosa.

“Perdóname, ¿sí? En realidad, Al sí me lo dijo, pero como habló medio enrevesado, no le entendí. Vámonos mejor”.

“Sí, mejor”.

Noté que la recepcionista miraba la escena de reojo, conteniendo una abierta sonrisa burlona.

Salimos del hotel, y nos detuvimos para buscar un taxi. Llegó uno y lo abordamos.

No acababa de arrancar el vehículo, cuando Laura abrió su bolso.

“Ah, me encargaron esto y me dijeron que te agradezca, que te pasaste”.

“¿Qué es?”

Reconocí el objeto que Laura me daba en la mano, y ahí sí sentí que la presión se me bajó: era el reloj que había dejado tras el encuentro sexual con Eduardo. 

Al llegar al trabajo de mi enamorada, lo segundo que hice después de lo primero que tenía que hacer –dejarla en su oficina- fue buscar al infeliz sexópata ése.

No lo hallé.

Sonia me interceptó, saludándome. Casi ni la escuché.

“¿Y Eduardo?”, la inquirí.

“Ay, me olvidé decirle a Laurita”.

“¿Olvidaste decirle qué?”

“Eduardo renunció hace media hora”.


miércoles, 16 de noviembre de 2022

Ser Rafael 13.2: El premio de Al

    


El conductor del taxi me veía por el retrovisor y sonreía socarronamente. No le hice caso.

Eduardo llamó varias veces y le cancelé la llamada. Obviamente, tampoco le hice caso.

Llegué a casa, y mi madre veía el noticiero, el que apagó para que le diera razón sobre Laura. Mucho menos le hice caso.

Antes de pegar los ojos, vi algunos mensajes que tenía pendientes de responder, entre ellos unos de Al. Bueno, hay excepciones: le hice caso.

A la noche siguiente, luego del trabajo, Laura y yo fuimos a ver a Al, y salimos, como prometí, a pasar un rato conversando, escuchando música y tomando algo; por ello, invité a ambos a mi casa.

Sí, mi madre, para variar, encantadísima.

La conversación fue trilingüe: inglés, español… y los comentarios de mi progenitora. Hablamos sobre cosas de la profesión, y fue un intercambio divertido que duró hasta las doce y media de la noche.

Laura se fue un rato al baño, cuando le dije a Al que tenía que llevarla a su casa porque debía ir a su trabajo, temprano por la mañana.

“Al, ¿a qué hora sale tu vuelo?”

“Mediodía”.

“De acuerdo. Primero te dejo, luego a Laura”.

“Mejor, primero Laura, segundo Al”.

Me quedó mirando profundamente.

Laura regresó.

“Amor, te dejamos primero para que no te duermas mañana en tu trabajo”.

“¿Mejor no dejamos primero a Al?”

“él prefiere que primero te dejemos a ti”.

Laura pareció no objetarlo.

    

    

    

Durante el camino a casa de mi enamorada, hablamos sobre el fascinante mundo de la moneda electrónica. Al nos explicó de sus ventajas, y cómo mediante inversiones conservadoras podían tenerse decorosas ganancias.

Dejamos a Laura.

La misma conversación se mantuvo hasta que llegamos a su hotel, uno de los más caros en pleno centro de la ciudad. Bajamos del auto, no sin antes pedirle al conductor que me esperara un momento pues lo siguiente sería regresar a mi casa.

“Bueno, Al. Te dejo aquí”.

“¿Tú dejar Al solo?”

Volvió a clavarme sus ojos verdes, ésos mismos que me sacaron de cuadro aquella tarde en la playa. Sí, también los hombres palidecemos ante ciertas miradas de otros hombres.

“¿Y adónde vamos?”

“Seguir Al”.

Le obedecí, y entendí por qué debía seguirlo: sus bubble butts bajo sus entallados jeans, que ingresaban al hotel. Pedí disculpas al conductor y le pagué las dos carreras; lo dejé ir.

Al habló con el recepcionista y me hizo la seña de que lo siguiera otra vez.

Cuando cerró la puerta de su habitación, el gringo se volteó a verme, me acarició la cadera, se aproximó y me besó.

Lo hacía muy bien, por cierto.

“¿Tú saber tu ser mi mejor alumno de capacitación?”

“¿En serio?”

“éste ser tu premio”.

Volvió a besarme, y a desabotonarme la camisa conforme nuestros labios se saboreaban del alcohol remanente tras la velada en mi casa.

Ya desnudos, nos acostamos sobre la cómoda cama de dos plazas para comenzar la exploración de nuestros cuerpos con las manos, los labios, los sonidos y las desinhibiciones que el momento ameritaba.

Pensé haber llegado al cielo cuando iba besando su espalda desde la nuca hasta hundir mi rostro en medio de esas dos firmes protuberancias que capturaron mi interés, mis fantasías, mis erecciones desde aquella tarde en la playa, aquel instante cuando me envió sus fotos, las sesiones de capacitación, el entrenamiento de piernas en el gimnasio y el hecho de seguirlo hasta el hotel.

Luego, con las debidas protección y docilidad, hundí mi orgullo masculino en busca de una sensación que cualquier activo latino guarda en su lista de experiencias libidinosas por cumplir: penetrar un trasero gringo.

Sonidos, piel, penumbra, amplitud. Sexo.

Ambos estallamos tres veces. Quisimos hacerlo al mismo tiempo, pero tampoco se trataba de ser rígidos con el inexistente guion. Gozamos, en resumen.


lunes, 14 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 13.2: Confesión mortal


A la mañana siguiente, en el dos cero uno del Condominio Las Flores, el futbolista sale de ducharse cuando Cintia entra muy nerviosa al cuarto, blandiendo un celular en la mano. Leandro se alarma y toma el aparato… Comienza a sudar frío. En la pantalla, fotos de Rico y Pepe bajo el titular “Darío Echenique nos abrió y cerró puertas”.

“¿Sabías que Rico tiene una productora porno?”, reclama Cintia.

“¿Yo?”, disimula mal Leandro. “no, para nada”.

“¡Ay, Leo! Son amigos íntimos. ¿Me vas a decir que no sabías esto?”

“No, te lo juro”, responde el muchacho con todo el cinismo de que es capaz.

“¿Sabes? Creo que mientes, pero tranquilo que no le diré nada a Adela. Solo algo más: ¿también es mentira el rumor que Darío y tú fueron pareja?”

“Ay, Cintia. Ahora me inventarán que hice videos porno”.

“¿Y por qué no darlo por cierto, Leo, ah?”

Cintia se va del dormitorio, indignada. Sin duda que uno de los chicos en las fotos es Rico; pero, ¿en que momento se le ocurrió sacar esto por los medios? Y, ¿quién es ese otro muchacho, cuya cara le es familiar?

“Claro, el moreno con uniforme de mantenimiento en la Torre Echenique”, se dice a sí mismo.

Busca su celular, topa algo en la pantalla y se lo lleva a la oreja:

“¿Houston? Tenemos problemas”.

De pronto escucha la alarma de llamada entrante:

“Espera un momento. No te vayas”.

Da paso a la siguiente llamada:

“¿Aló?”


“Hola Leandro. Te saluda José Miguel Echenique. Necesito hablar urgentemente contigo”.

 

Esa noche, Darío está devastado, llorando en el penthouse, y, para variar, embriagado en vodka. Roberth está a su lado.

“¿Por qué lo hicieron?”, se repite una y otra vez entre lágrimas.

“No tengo ni la más remota idea de quién les dijo que hagan este disparate”, le contesta firme el fotógrafo.

“Ha sido Madero, que no termina de perdonarme lo de Elías. ¡Siempre me la tuvo jurada!”

“Darío, eso pasó hace tres años. No creo que la capacidad de rencor de Beto sea tan tóxica”.

“Por eso no le voy a dar más el gusto, Rob: voy a salir del armario. Ya tengo la exclusiva vendida a Época Semanal y tú vas a hacer las fotos”.

“¿Que vas a hacer qué? ¿Te has puesto a pensar en las consecuencias?”

“Sí, confirmaré lo que es un rumor. Ahora sí nadie tendrá argumento para hablar a mis espaldas”.

“¿Y has pensado por un momento en Leandro,Darío?”

“¿Y quién crees que será el próximo en hablar? ¿Te has dado cuenta que los están buscando uno a uno? ¿Quién falta? Leandro. ¿Con quién trabaja Leandro? Con Alberto Madero”.

“El propio Leandro me llamó y me dijo que no va a declarar, que sí lo llamaron para hacerlo pero que no va a hacer ningún comentario”.

“Ay, Roberth. Como ahora es popular, a lo mejor no acordaron pagar lo que él les pidió por abrir la boca”.

“¡Te equivocas, Darío! Leandro no va a hablar porque te tiene respeto aún”.

“¿Y por qué no viene a decírmelo en mi cara, Rob?”

“¡Porque también te tiene miedo, Darío! Porque te has convertido en una persona insoportable de la que no se sabe qué esperar. De hecho, nadie quiere hacer tratos contigo porque todo lo ves ese bendito trago”.

Roberth hace una maniobra veloz y le quita la botella al supermodelo y la lanza a una de las paredes. El vidrio se hace añicos al estamparse contra uno de los cuadros de flores, cuyo lienzo se rompe y despinta un poco. Darío llora con mayor amargura.

“¿No te das cuenta, Rob? Todo es un plan de Beto. Él buscó a Leo, y lo contrató para vengarse de mí, porque no me perdona, ¡no me perdona!”

“No sé si Beto quiso vengarse de ti con Leandro, pero no es tan exacto que él lo buscó, como tampoco es exacto que Leandro será el próximo en hablar. Él no quiere hacerte daño, pero con tu decisión, sí se lo vas a hacer. Vas a dañar a quien no te hace daño, Darío”.

“¿Por qué dices que Madero no buscó a Leandro?”

“Porque no fue así. Madero no sabía de la existencia de Leandro hasta que él le mandó su book y luego vio el catálogo de Lawrence’s”.

“¿Te das  cuenta? Él lo buscó, Rob. ¿él lo buscó!”

“¡Porque yo le di el contacto!, Darío!” Yo los puse en contacto”.

“¿Qué?”, se desencaja el supermodelo.

“Leandro estaba harto de que lo absorbas y me pidió ayuda. Le di contactos, y uno de ellos respondió: Beto”.

“¿Estaba harto de mí?”

“Y ojo que en ese momento estabas bueno y sano y no entendías razones. Menos vas a entenderlas ahora que andas drogado”.

Darío deja de llorar y comienza a enfurecerse.

“Qué irónica es la vida. Mi mejor amigo propició el contacto entre mi peor enemigo y el amor de mi vida. ¡Qué irónico, por Dios!”.

Darío explota en llanto otra vez, y se va a la cocina.

“¡Darío!”

“¡Voy a prepararme un puto jugo de naranjas!

Pero al llegar a la puerta de la cocina, un brillo a las tres llama la atención del supermodelo. Lo mira por unos segundos. Mira a Roberth, quien se ha sentado sobre el sofá, inclinado hacia adelante con el rostro entre sus brazos acodados sobre sus muslos. Darío mueve la hoja de la puerta para que haga bulla, rápidamente se pone en cuclillas, coge algo y corre a toda velocidad hacia el fotógrafo, quien siente agudos dolores en su espalda y un líquido caliente inundándola, a la vez que su vista se torna borrosa primero, y oscura poco a poco…


 


domingo, 13 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 13.1: Tirador Films


“Sé que he estado ausente durante toda tu vida, hijo, y te pido mil perdones por eso, y no hay justificación al respecto”, parece sincerarse Baldo Pérez, cincuenta y cinco años, algo obeso y cabello negro. “Pensé que con pasarle la manutención a tu madre ya estaba cumpliendo, y…”

“No hay problema”, reacciona Leandro. “Lo ehcho, hecho está y no hay manera de retroceder”.

El almuerzo en un exclusivo club del Distrito Centro Sur tiene cierto aire tenso a pesar de lo exquisito de los platos casi gourmet.

“Lo que quisiera saber es cómo obtuvo mi número de teléfono”, añade Leandro.

“El presidente del San Lázaro es amigo mío, hijo. No fue difícil conseguirlo, especialmente desde que la Fundación Echenique es su patrocinador: yo redacté el contrato, y lo hice con todo el gusto del mundo sabiendo que tú eres uno de los jugadores. ¡De sus mejores jugadores!”.

“¿Y usted también lo suspendió cuando alguien se lo pidió?”

“Leandro, mi relación con la familia Echenique es tan antigua como cuando José Miguel, el padre de Darío, si a él te refieres, y yo nos conocimos en la universidad. Han sido mis clientes por treinta años, y, no sé si lo sabes, pero el defecto de las empresas familiares es que la confusión entre casa y empresa es frecuente”.

“Claro, y usted solo tiene que acatar”.

“Por cierto, José Miguel Echenique te tiene en alta estima; incluso me dijo que se quería poner en contacto contigo para conversar. Y, cierto, será uno de los principales aportantes en mi campaña”.

“¿Sobre qué quiere conversar ese señor conmigo?”

“Ni idea. Pero no es el único que habla bien sobre ti. A donde voy, tu nombre solo produce elogios y satisfacciones, especialmente ahora que tienes ese programa de deportes. No lo he visto –te soy honesto—pero los comentarios son muy positivos. Te felicito”.

“Gracias, señor”.

“Leandro, hijo. Es justo por eso que te pedí esta reunión”.

“¿El programa de televisión?”

“En parte. Escucha, iré al grano: voy a postular al Congreso el año entrante y voy a iniciar mi campaña en medios, y tengo clarísimo que no solo se fijarán en mi trayectoria como abogado, sino que me van a escarbar todo. Y sé que media ciudad sabe que tengo un hijo fuera de mi matrimonio, y tú has ido saliendo de las sombras hasta ser quien eres ahora”.

“¿Pretende que regrese a las sombras donde nos dejó por veinte años a mi madre y a mí?”

“No, Leandro. Lo que pretendo es tu ayuda. Si sale en medios la historia de mi abandono, eso me hundirá, sin contar que va a afectarte a ti y a tu madre; por lo tanto, quiero proponerte que hagamos pública nuestra reconciliación”.

Leandro hace un esfuerzo para no reírse a carcajadas:

“¿Hacer algo para las cámaras, me dice?”

“No solo para las cámaras. Quiero recuperar mi relación contigo”.

“Jamás tuvimos una relación, señor”.

“Bueno, comenzarla desde el inicio, como el padre y el hijo que somos, y que te integres a tus otros dos hermanos y tu hermana”.

“Oh, la familia unida y feliz para que la prensa no diga que es un padre desnaturalizado y cruel”.

“Bueno, si lo dices así, sí”.

Leandro calla por unos segundos, mientras hunde el tenedor y el cuchillo con unos modales que sorprenden a Baldo por el nivel de perfección.

“Es más, hijo. Estaba pensando que Alberto Madero podría encargarse de manejar los medios como él lo sabe hacer. Mira lo que ha logrado con tu programa de telev…”

“Oiga usted. Me va a disculpar pero si ese programa funciona es porque le ponemos corazón, ganas, calidad, amor, dedicación, tiempo, creatividad, cerebro, vida. Algo que usted no hizo conmigo…”

“Lo sé, hijo, no mezquino…”

“Y si cree que me voy a prestar para levantarle o hundirle la imagen, perdone, se equivoca. Si la prensa levanta esa historia, yo lo único que voy a prometerle es que no haré ningún comentario y en todo caso le desearé la mejor de las suertes”.

“NO me hice entender bien, Leandro”.

“¿Y sabe algo más? No cuente conmigo. Por encima de todo, especialmente de usted, está mi madre. Yo trabajo por ella ya que otros irresponsables no lo hicieron o lo hicieron por obligación social, moral, o lo que sea. Haga de cuenta que esta reunión nunca sucedió”.

Leandro se levanta de la mesa y tira su servilleta a un costado.

“Y si comienza a molestarme, entonces me olvidaré de mi promesa… Ah, y me envía la cuenta del almuerzo”.

Leandro abandona el lugar del mismo modo como Baldo abandonó a su madre cuando supo que estaba embarazada de él. ¿Darma o karma? El muchacho no tiene una respuesta clara aunque sí una decisión que debe tomar.

 


A mitad de esa semana, se anuncia el lanzamiento de Tirador Films, una productora especializada en contenido adulto gay. Rico da una entrevista teniendo como fondo el logotipo de la flamante empresa: un arquero desnudo apuntando una saeta cuya punta es mas bien un falo.

“Está inspirado en una escena de Las mil y una noches, que filmó el cineasta italiano Pier Paolo Passolini, allá por mil novecientos setenta y cuatro si no me equivoco. Passolini fue cultor del hiperrealismo y ése es el estilo que vamos a darle a nuestras producciones”, declara ante una cámara.

“A ver, mi historia comienza hace cuatro años, cuando tenía veinticuatro y estaba buscando trabajo”, relata, a su turno, Pepe. “Me pasaron la voz de que necesitaban un guardia de seguridad en un local y me presenté. Me admitieron de inmediato. Lo que no me di cuenta en ese momento es que se trataba de un local de ambiente; pero, trabajo es trabajo… Una noche, uno de los strippers no pudo llegar. No recuerdo por qué. La cosa es que ya habían prometido un sow y la gente comenzaba a impacientarse. Yo siempre veía a los chicos cómo ensayaban y toda la cosa. Le hablé al administrador, lo dudó un momento, pero viendo la impaciencia de la gente, me mandó a vestuario, me preparé y salí. A la gente le gustó. Desde entonces fui uno de los bailarines regulares… Una noche llegó un chico y comenzamos a hablarnos, tratarnos. Llegamos a gustarnos y comenzamos algo. Me prometió que podía hacer una carrera en el modelaje… ¿Quién era el chico? Ehhh, Darío Echenique. La verdad es que no me sentía a gusto en ese mundo hasta que lo dejé, y como tengo habilidad para los trabajos manuales o de mantenimiento, me puse a chambear en eso hasta que me despidieron hace tres meses, y me quedé en el aire otra vez. Entonces, mi amigo Rico Durán me habló de su proyecto, lo pensé, hice unas pruebas, quedé. Pueden ver mis videos en nuestra página web y en el servicio de videos para adultos… Para mí no es inmoral. No estoy haciendo nada delictivo”.

“Estamos siguiendo todos los trámites de ley”, interviene Rico. “El talento es mayor de edad, todos han sido chequeados, han firmado autorizaciones y contratos; incluso, nos controlamos médicamente… Sí, a mí también Darío Echenique me quiso dar una mano en el modelaje de pasarela, pero no es lo mío. Me encanta esto. Lo que sí tengo que agradecerle es mi fuente de sustento por casi dos años: mi taxi, que ahora lo uso para trasladarnos a las locaciones. Así que los invito a que vean nuestro material, y recuerden: protéjanse siempre que tengan sexo con quien sea”.

La cámara delante de ellos continúa grabando hasta que el reportero a su costado ordena cortar.

“Muy bien chicos. Excelentes declaraciones. Solo una pregunta: ¿ese Darío Echenique no es el mismo modelo que tenía algo con este otro chico, el jugador de fútbol? ¿Cómo se llama?”

Rico y Pepe se miran con cierto susto, sin saber qué decir. Entonces, alguien desde el fondo sale en su auxilio: Alberto Madero.

“Perfecto, chicos. Alístense para las tomas de apoyo”.

Los dos modelos van al fondo de la sala y comienzan a desnudarse. Se trata de la casa abandonada que Rico había estado acondicionando todos estos meses.

“¿Tú sabes, Beto, cómo se llama ese muchacho de quien se dice tuvo una relación con el tal Echenique?”

“Ni idea. Mas bien, terminamos estas tomas y les doy su cheque a ambos”.

“¡Leo Pérez!”, reacciona el reportero. “Tú eres su productor, ¿cierto? ¿Sabes algo sobre el tema?”

“Sí, soy su productor, pero en su vida sentimental no me meto, así que tú tendrás que preguntárselo directamente”.

“¿Iremos a tu oficina por los cheques?”

“No. Terminemos de grabar acá y se los doy de inmediato”.

 


Poco antes del almuerzo, Leandro termina de negociar con un jugador de fútbol para tenerlo en uno de sus programas.

“Sí, sí, listo, a esa hora. Oye, pero dame la primicia de tu pase a Europa”.

Madero llega, entra y espera a que acabe la llamada.

“¿Nos vamos a comer?”

“Sí, Beto. Ordeno esto y salimos”.

El celular de Leandro suena.

“¡Hola! A los tiempos”.

“Hola leo. Oye, quiero consultarte algo a ver si puedes darme unas declaraciones”.

“Claro, veamos si es posible”.

“Mira… es sobre Darío Echenique”.

Leandro se incomoda:

“Mira, no tengo que declarar nada sobre ese muchacho”.

“Pero fue tu amigo”.

“Como te digo, no tengo nada que declarar sobre él”.

“Hay rumores de que…”

“Escucha: aprecio enormemente tu interés y tu trabajo, pero mientras no sean declaraciones sobre el programa de televisión, la verdad es que declino hablar. ¿Me entiendes?”

“De acuerdo; pero si un día…”

“Te tendré cualquier primicia. Hablamos”.

Leandro cuelga la llamada.

“¿Quién era?”, finge Madero.

“Tu amigo del programa de espectáculos”.

“¿Qué quiere?”

“Hablar sobre Darío, y la verdad no pienso decir nada sobre él”.

“¿Y por qué, Leo?”

“Por simple respeto, Beto. ¿Para qué voy a hacer leña del árbol caído?”

“No será que aún guardas… tú sabes… cariño por él?”

“Lo estimo como estimo a todo el mundo, pero… es solo un recuerdo. Ya te dije que ahora estoy en otro nivel, tenemos responsabilidades, proyectos, y por fin yo tomo el control de las cosas… Algo que Darío nunca entendió. Por eso me alejé de él”.

Madero hace un gesto indiferente y sale:

“No te demores que tengo hambre”.

Leandro sonríe.

  

Ser Rafael 13.1: ¿Eres gay?


La semana de capacitación en el banco me reveló dos cosas: mi competencia profesional era mejor de lo que esperaba, lo que me hizo dominar la herramienta que nos estaban enseñando casi al momento; lo otro era que Al no era tan ignorante del español como pretendía, aunque tampoco lo dominaba del todo; pero hablando en infinitivos podía defenderse perfectamente. Mismo Tarzán.

Así que aprovechábamos todos los descansos para conversar algo, que no necesariamente fuera del trabajo.

Me enteré que, aunque nacido en el centro de los estados Unidos, se mudó a la Florida porque llegó a odiar el frío extremo y porque amaba la playa al punto de tener una casa en un lugar algo aislado, donde, de vez en cuando, practicaba el nudismo.

“¿Y nunca te han dicho nada por andar desnudo?”

“Mi propiedad privada. Mía. Nadie poder entrar. Yo poder hacer yo querer”.

“estabas solo?”

“Muchas veces. Yo también invitar amigos”.

“Y todos estaban desnudos”.

“Sí”.

Esa noche lo llevé al mismo gimnasio donde yo entrenaba, y causó la sensación entre todo el mundo por su físico y por la ropa deportiva entalladísima y brevísima que lucía (sin ropa interior, según noté en el vestuario).

Tras tomar una ducha allí mismo, íbamos a cenar; luego lo iba a dejar a su hotel, pues, según me dijo, gustaba dormir temprano para levantarse al día siguiente “con mucha energía”.

como ya teníamos confianza desde la Internet, el martes lo invité a cenar en mi casa.

Mi madre, obviamente encantada y honrada, se desbarató conversándole.

Al, educadamente, le sonreía, aunque luego confirmé que entendía poco o muy poco de lo que ella le hablaba.

Mis compañeros de trabajo y hasta mi jefa se sorprendieron de la amistad que se había desarrollado entre los dos. Aunque tampoco les parecía fuera de lo común, ya que, como me dijo uno de mis colegas, “te haces amigo hasta de las piedras, huevón”.

    


El miércoles por la noche, estábamos comiendo en un restaurante vegetariano del centro.

“¿Rafo, ¿tú ser gay?”

La pregunta a quemarropa me dejó turulato. Casi me atraganto con la carne de soya.

“No… no sé”.

Al sonrió.

“OK”.

“¿Y tú?”

“Sí. Yo ser gay”.

Miré a ambos lados temiendo que alguien nos escuchara. Él pareció no tomarle importancia.

Más tarde, en mi cama, la vendita pregunta me dio vueltas en la cabeza.

Era un hecho que sobre ese mueble de descanso funcionaba perfectamente con mujeres y varones, aunque la mayor parte de mis experiencias sexuales hayan sido con mujeres. Ahora bien, ¿en qué momento eres heterosexual, homosexual o bisexual? ¿Hay algún número? Quiero decir, como los tests, donde del cero al diez, eres más lo uno pero no tanto lo otro; de diez a treinta, eres de ambos; de treinta a más, ya luces la pluma en tu cabeza, aunque tengas apariencia de machito.

Todo iba bien en mi proceso de silogismos y falacias hasta que mi celular sonó. Era la alarma de mensajes de texto.

“Debes extrañar tu reloj. Puedes verme para recogerlo. ¿Lo quieres?”

Ignoré el recado de Eduardo. Ignoré la pregunta de Al. Ignoré todo. Me acurruqué y me quedé dormido.

El jueves llegó Laura.

Luego de dejar a Al en su hotel, fui a verla a su casa.

Como toda su familia, ella seguía triste, pero no tanto como su madre y su padre.

Estuve conversando un rato con ella.

Mientras me contaba las novedades del funeral de su abuela, yo hacía lo mismo con la capacitación en el banco, y la sorpresa que resultó tener a Al como nuestro capacitador o trainer, como les dicen en esa jerga que confunde el idioma… tanto como yo estaba confundido respecto a esa pregunta que ya me habían lanzado: ¿quién soy yo?.

Un mensaje de texto me ingresó.

“¿No recogerás tu reloj?”

Me incomodé.

Laura trató de tomar mi celular y ver mi mensaje.

“¿quién es? ¿Por qué te molestas?”

“Es la operadora con sus promociones. Voy a borrarlo”.

“Pero, dámelo. ¿Por qué no me lo quieres dar?”

Retuve como pude mi teléfono, y borré el mensaje.

“Porque ya te dije que es un mensaje publicitario. No tiene importancia, Laura”.

Ella se puso seria.

“Rafo, espero que no estés volviendo a las andadas. Mira que esta vez no te voy a tolerar cosas”.

“Mi amor, confía en mí, ¿sí?” Sonreí pícaramente. “Mañana salimos para distraernos”.

“estoy de duelo, Rafo”.

“Por eso mismo. Solo saldremos. Le diré a Al. Solo conversar. No disco, no baile”.

Laura hizo un gesto de duda, y como que preaceptó mi idea.

Camino de mi casa, llamé a Eduardo.

“¡Rafo, al fin!”

“Oye, so mierda. ¿Quieres dejar de joder con esa huevada del reloj? Por mí, métetelo al culo y no jodas más

Quiso replicarme, pero le corté.