domingo, 16 de octubre de 2022

ASS (48): Tres gotas de prueba

Juan prefiere entregarse a un trío con Marcano y Julio, como queriendo ignorar algo.



Pasadas las diez de la mañana, Julio llega a su parcela a las afueras de San Sebastián. Encuentra a Juan, vestido solo con un short ceñido,  qquitando maleza de una acequia que lleva agua a los mangos. Por unos segundos, el ex futbolista se enfoca en el pequeño y firme culo de su peón y su cuerpo atlético en general, hasta que recuerda que el chico es gay activo.

“¿Ya te enteraste del accidente?”

Juan casi no reacciona.

“Oe”, insiste Julio sonriendo y palmeándole levemente una nalga. “¿Te enteraste o no?”

Juan reacciona como si recién despertara:

“¿Cuál accidente?”

“Acá cerca. Una mototaxi. Dicen que el chofer y el pasajero se sacaron la mierda”.

“Ah, ¿sí? Algo oí”.

Julio percibe algo, pero no atina a entender de qué se trata. Tampoco quiere preguntar. Entonces suena su celular. Contesta:

“Dime, chamo”.

“¿Siempre quiere que le haga la conexión que me pidió?”

“Si es ahorita, sí; justo estoy en la parcela”.

“Estoy en camino, entonces”.

Media hora después, Marcano llega. Julio va a buscarlo a la puerta de la propiedad y lo lleva hasta un lado de la casa. Ya sin roche, el ex futbolista mete la mano al culo del venezolano, quien solo sonríe.

“Rico y durito”, celebra Julio.

“Oiga, ¿y ya supo del accidente acá cerca?”

“Fueron dos, ¿no? ¿Tú sabes algo?”

“Pues… a uno lo conozco. Entrena con nosotros en el AS: Paco”.

Julio reacciona:

“Ah, mierda, ¡la Paco? ¿Hablas del profe?”

Marcano sonríe:

“Lo conoce?”

“Cuando edú cuidaba la parcela, un día se lo trajo para cachárselo; parece que hicieron un trío, pero no recuerdo con qué otro pata”.

Marcano traga saliva y usa su voltímetro para revisar una línea eléctrica. Julio vuelve a meterle la mano al culo:

“¿Tú ya has cachado con paco?”

Marcano piensa en milisegundos lo que va a decir. Regresa a su memoria aquella orgía en el bañodel AS. Aunque Pedro, el hijo de Julio, no estuvo presente aquella ocasión, sabe que la sola mención del gimnasio podría traer muchas preguntas incómodas.

“A decir verdad, una vez en mi cuarto”, miente el musculoso.

“¿No te dejó sangrando el colchón?”

Marcano se extraña y mira a Julio como resorte. Juan justo aparece en ese momento.

“Ya terminé”, avisa.

“Ayúdanos un toque acá”, pide Julio.

Juan deja la pala en su sitio y acude donde están realizando la instalación. Media hora después, ya está lista. . Los tres varones sudan.

“Pruébemelo”, bromea Marcano.

“Adentro en la ducha te lo pruebo rico”, responde sonriendo Julio.

Los tres varones sonríen. Julio acciona un interruptor y se encienden un par de focos en lo que sería el patio trasero de la casa de campo.

“Todo conforme, como siempre”, dice el dueño de la propiedad. “¿Pasamos?”

Ya desnudos, los tres se meten en la estrecha y rudimentaria ducha, que ahora ya puede utilizarse aprovechando el agua que se acumula en la lagunita existente al centro de la parcela. El líquido cae caliente debido al sol inclemente del norte peruano. Acarician sus cuerpos mientras se jabonan. Julio ahora sí puede meter su mano en medio de esas dos abultadas nalgas y explorar hasta que su dedo encuentra el ano de Marcano, quien no deja de besar la boca de Juan mientras acaricia su pene con una mano y con la otra masturba el suyo.

Julio arrima sus 18 centímetros a la raja del culo de Marcano:

“Quiero metértela, chamito”.

Sin secarse, los tres van al dormitorio. Sobre la colcha tendida encima de la cama, Marcano se pone en cuatro patas y se abre de nalgas. Julio le hace un apasionado beso negro. Juan está del otro lado dejando que el venezolano le chupe el pene.

Julio ssaca un condón, se lo coloca, escupe en el agujero y comienza a meterla poco a poco hasta que la conecta toda dentro de las entrañas del musculoso ahora en su faceta de electricista. Comienza a bombear.

Juan por su parte disfruta viendo cómo su pene erecto entra y sale de la cálida boca de Marcano.

Los dos activos casi eyaculan simultáneamente. Marcano paladea el semen de Juan: un poco ácido, pero rico dentro de su rango de sabores masculinos. Proteína al fin y al cabo. Él prefiere no eyacular; sabe que su leche debe guardarla para el examen médico que pasará más tarde.

Como nunca, Julio despide a Marcano con un apasionado beso en la boca.

“Si estuviera soltero…”

“Fresco”, susurra Marcano sonriendo. “Gracias por todo y por elsexo… Y si hay problemas con la conexión, me llamas, vale”.

Julio acompaña al venezolano a la salida mientras Juan se queda en el cuarto poniéndose ropa limpia. Va a la cocina a ver qué hay para preparar el almuerzo. Después de esa faena, alimentarse es importante.

Está en esa tarea cuando Julio lo llama con un tono distinto, como de alarma.

Al entrar al dormitorio, halla al dueño de la parcela con un gesto muy serio, casi enojado, y la cama con la colcha removida.

“¿Estuvo aquí, no, mierda?”, inquiere Julio. “Estuvo aquí, ¿no, carajo?”

Juan se asusta. Sobre la sábana, tres gotas rojas secas destacan en el blanco de la tela.

Y para terminar, te dejamos con una porno gay.



sábado, 15 de octubre de 2022

Ser Rafael (8): Superhéroe incómodo


“¡Estás loco! ¡Yo no pienso aparecerme así”, reclamé.

Faltaba poco más de una hora para que tocara la medianoche.

Estaba en el dormitorio que Antonio, uno de los compañeros de trabajo de Laura, alquilaba cerca de la casa de mi enamorada.

Dos horas antes, ella y yo habíamos salido un rato por el centro de la ciudad. Era la víspera de su cumpleaños.

“Adivina qué, amor”.

“Ni idea, Rafo”.

Saqué dos boletos de mi mochila. Laura abrió la boca y los ojos. Su rostro tenía el gesto típico de la sorpresa, de lo gratamente inesperado.

“¡Rafo! ¿Nos vamos de viaje?”

“Colán. Mañana partimos a primera hora. Te recojo a las seis de la mañana exacto”.

Eso implicaba que me iba a pasar todo el día con Laura, por lo que tuve que adelantar trabajo en la oficina, ir a entrenar al gimnasio una hora más tarde y casi ver a mi ‘flaca’ media hora o menos en los días previos. Además, pedir permiso a mi jefa, y comprometerme a que en los días siguientes recuperaría el trabajo acumulado.

“Entonces, tendré que irme a dormir temprano. ¡Gracias, mi amor! ¡Tú solito para mí en mi cumpleaños!”

Me abrazó alborozada; me besó muy emocionada.

Antes de regresar a su casa, pasamos frente a una tienda de peluches, y pude percatarme que le clavó sus ojos a un simpático muñeco con forma de un extraterrestre narigón (color naranja) que salía en una comedia de televisión, al que una familia tuvo que

adoptar y ocultar forzosamente, a pesar que les vaciaba la refrigeradora y quería comerse a su gato. ¡Vaya gustos los de Laura!

Tras dejarla, fui a mi casa, de nuevo al centro, y luego derecho a la habitación de Antonio. Todo ya estaba fríamente calculado.

Se supuso que Laura iría a arreglar su maleta, dormir temprano y descansar para el día siguiente. Lo que no sabía era que, mientras ella estaba en el segundo piso de su casa concentrada en tales tareas, su primer piso estaba siendo invadido por el resto de sus compañeros de la oficina que llevaban cosas para comer y tomar, pero en el más absoluto silencio. Obviamente, ya había sido coordinado con sus papás y hermanos.

Mi aparición ocurriría justo a medianoche, pero vestido como superhéroe.

“¿A quién se le ocurrió esta huevada?”, volví a renegar.

“A Sonia”, me contestó Eduardo desde fuera.

Estaba encerrado en el baño, metido desde el cuello hasta los tobillos, pasando por el largo de los brazos, dentro de un traje azul alicrado que me marcaba todo el físico. Para completar el atuendo, botas negras de un material parecido al de los calcetines, con un ribete blanco en su parte final.

“Ya sal, Rafael”, insistió Eduardo. “Queremos ver cómo te queda”.

Más por el calor que la prenda me comenzaba a provocar que por el ánimo de lucirla, salí del baño.

Afuera estaban Antonio, un serrano de unos 29 años, y Eduardo. Me sentía muy ridículo.

“Te queda bien”, me dijo el anfitrión, haciendo una mueca aprobatoria.

“Claro”, respondí burlándome. “Tú no tienes que ponértelo”.

Antonio se rio.

“Rafael, es solo por un momento. Le das la sorpresa, cantamos el japiverdi y regresas a cambiarte”.

“No entiendes, ¿verdad, Eduardo? Ni siquiera me dejaste ponerme ropa interior debajo de esto y se me marca… todo el paquete… y mi paquete no es chiquito”.

Eduardo y el muchacho se rieron ruidosamente.

“Si te pones ropa interior, se va a marcar; se verá feo”, aclaró el primero.

“Tranquilo, Rafo. Todo el mundo tendrá la vista fija en el ramo de rosas, que tus huevos pasarán a segundo plano”.

Le sonreí molesto.

Eduardo se levantó de la cama donde estaba sentado, se me acercó, y, sin decir nada más, fue a acomodarme la prenda a la altura de una de mis nalgas. Me asusté.

“¿Qué haces, huevón?”

“No seas cojudo. Está mal cuadrado”.

“¡Pero se me va a meter al culo!”

Sigo sin entender cómo Christopher Reeve o Christian Bale pudieron lidiar con sus trajes de superhéroe. ¿Será porque incluía una capa? El mío no la tenía.

Igual, el hecho que Eduardo fuera a acomodarme la tela elástica justo a la altura del glúteo, me sacó un poco de cuadro (a pesar que Antonio estaba presente).

“Once y media”, dijo el inquilino. “Fácil que sus viejos ya la despertaron. Toma las llaves, Eduardo”.

Antonio se levantó y se las entregó al susodicho.

“¿Te… vas?”, cuestioné.

“Para que Laura no sospeche. Abajo está mi moto. Ya saben: tienen que aparecer a medianoche, así que deben llegar once y cincuenta y cinco a más tardar. Eduardo, quedas a cargo”.

El chico se fue. Eduardo prendió el televisor y se sentó sobre la cama. Yo avancé hasta la ventana y vi parte de la ciudad iluminada.

“Rafael, ¿y tu ropa?”

Lo miré extrañado.

“¿Por qué?”

“Para que no se arrugue”.

“En el baño”.

Eduardo se levantó, fue, la sacó y la dobló con mucho cuidado, con gentileza. La puso sobre un extremo de la cama.

“Me siento extraño, Eduardo”.

Sonrió compasivamente, sin dejar de ver la televisión.

“Sí. Debe ser porque es la primera vez que usas ese tipo de ropa”.

“Bueno, me siento como si anduviera calato; pero, más que eso, es por esta situación. Hace cuatro meses que… que pasó lo que pasó, que no quise saber de ti, y aquí estamos”.

“¿Y dónde está lo raro?”

“Tienes razón. Debo relajarme”.

“Además, en diez minutos tenemos que salir”.

Respiré hondo y me senté al otro extremo de la cama, mientras Eduardo veía una de esas comedias gringas en el cable.

“¿Sabes inglés?”

“No. Leo los subtítulos”.

Tomé una pausa no muy extensa. No quería sonar agresivo con mis palabras.

“Y… ¿conociste otros chicos?”

Eduardo giró su cara hacia donde estaba, y sonrió ruborizado.

“¿Por qué preguntas eso?”

“No, por curiosidad. Como esa vez te encontré diciendo que perdiste, entonces creí que era por algún chico que conociste”.

“No recuerdo haber dicho eso”.

Entonces, yo me sonreí. Ambos nos pusimos a ver la televisión.

“Oye, Eduardo, ¿y de quién fue la idea de disfrazarme como superhéroe de night club para damas?”

“No sabía que así se disfrazaban los superhéroes en esos lugares”.

“Pero, ¿de quién fue realmente la idea?”

“Ya te dije: de Sonia”.

“¿Y de ella también fue la idea de venirme a cambiar acá?”

“Ah, no. Antonio ofreció su cuarto porque es quien vive más cerca de Laura”… Y antes de que lo preguntes, Sonia me pidió que yo te llevara e hiciera tiempo contigo mientras ellas le daban la serenata a Laura; así que no tienes nada que temer: no te asaltaré ni te violaré”.

“No tengo miedo a eso. Primero tendrías que reducirme… y está bien complicado, déjame decirte”.

Sonreí pícaramente… sin saber por qué.

Eduardo se levantó, vio su reloj.

“Creo que ya nos vamos. Es un cuarto para las doce”.

Hizo sonar las llaves como cencerro, apagó la televisión y recogió la bolsa donde estaba el peluche con la forma del extraterrestre al que Laura le había clavado la mirada horas antes, y que antes de llegar al dormitorio fui a comprar.

“Párate”, me instó.

Me puse de pie, y él me entregó el ramo de rosas.

“Llévalas con cuidado”.

“¿Te molestaste por lo que te pregunté?”

“Ay, Rafael. Ni que fuera un churre. Es obvio que desconfíes de mí luego de lo que pasó esa vez, pero tú tienes una relación, y yo no puedo interferir ni debo interferir”.

“Y… ¿quieres interferir?”

Eduardo me miró, serio y desconcertado.

“Vayamos donde Laura”.

Abrió la puerta y comenzó a bajar. Yo lo seguí, fantaseando.

El bulto en mi entrepierna comenzaba a expandirse, así que pensé de nuevo en que me veía totalmente ridículo vistiendo ese disfraz. 

viernes, 14 de octubre de 2022

el precio de Leandro 8.5: El amante olvidado


Darío intenta una nueva jugada, así que a un cuarto para las diez regresa a casa de Leandro y Adela. Algo le dice que la persona deseada está ahí. Toca la puerta y espera pacientemente. No obtiene respuesta (aunque la luz interior está prendida). Toca por segunda vez y tampoco le abren. Se mete al carro nuevamente y decide esperar, y no tiene que esperar mucho tiempo, no al menos si sigue teniendo a Bach en las bocinas del interior. Las luces de un auto lo encandilan por el retrovisor y parecen detenerse justo a sus espaldas. Ve salir a un hombre y dos mujeres, encima que ese auto le parece conocido. Identifica a Adela y Cintia y sale disparado de su vehículo llevando el sobre que había portado esa tarde, y al llegar a la puerta se choca con… Rico. Darío se queda estupefacto.

“Buenas noches”, le sonríe socarronamente el extranjero.

Darío continúa mudo.

“Hola, ¿cómo estás?”, le topa Adela.

“Venía a ver a Leandro”, al fin puede articular el supermodelo.

“Darío, te dije que salió de viaje”, miente la madre.

“¿Pero a dónde, Adela?”

“Lo siento, Darío; me pidió no decirlo”.

“No soy un extraño, y tú lo sabes”.

“¿No has escuchado que no pueden decírtelo?”, interviene Rico.

Cintia mira a los dos chicos muy tensa.

“Discúlpame, yo le pregunté a la señora”, le responde Darío.

“Y ella te dijo que no va a decirte. No te busques problemas”.

“¡Ya!”, al fin interviene Cintia. “Rico, entra con doña Adela a casa; Darío, vete por favor”.

“Al menos pudieran entregarle esto de mi parte”, el supermodelo extiende el sobre hacia Adela.

Ella mira el papel blanco, se adelanta, toca una mejilla al muchacho:

“Darío, gracias por todo, pero te prometo algo: hablaré con Leo y le diré que lo estás buscando, ¿te parece?”

“Dale esto, por favor”, el joven insiste con el sobre.

“Creo que mejor se lo das tú personalmente, cuando regrese”.

Los ojos de Darío comienzan a llenarse de lágrimas:

“¿Él está bien, cierto Adela?”

“Sí, él está bien”, responde la madre con tranquilidad.

 


Son casi las once de la noche y Darío decide que el mejor lugar para estar a esa hora es un viejo lugar conocido del Distrito Centro al que no acude muchas lunas: luces bajas, pequeñas habitaciones con cortinas tupidas en las puertas, música electrónica en el ambiente, una mesa llena de revistas para público adulto gay, una pantalla donde ve a dos hombres teniendo sexo sin ningún disimulo. Un atlético camarero vistiendo una pantaloneta de licra muy corta, zapatillas negras y una corbata de pajarita adherida al cuello entra trayendo un vaso lleno de un líquido de color amarillo, una rodaja de naranja al filo y un par de sorbetes.

“Tu vodka”.

“Gracias”.

“¿Se te ofrece algo más?”

“No, no gracias… O, ¡espera!, quizás sí”.

El camarero se detiene frente a Darío, quien saca su billetera y extrae uno de cincuenta, lo coloca en la pretina de la pantaloneta y acaricia el evidente bulto de la entrepierna.

“¿A qué hora sales?”, pregunta Darío.

“A medianoche acaba mi turno”.

“¿Tienes planes o podemos vernos?”

“Claro, estaré libre desde las doce”.

El camarero mira si alguien lo ve detrás, se inclina hasta la cara de Darío y lo besa en la boca. Tras ello, se va. Darío bebe un sorbo del vodka: está helado. Le gusta.

De pronto, alguien se mete al espacio sorpresivamente, vestido en una camiseta y un jean entallados, es moreno.

“¿No te han dicho que si vas a manejar no bebas?”

“¿qué haces aquí, Pepe?”

“Soy cliente como tú, Darío”.

“Me estuviste espiando estos días en la Torre, te encontraba cada vez que pedía el ascensor y ahora estás acá”.

“¿Cuál espiando, Darío? Trabajo para la Corporación Echenique, ¿lo olvidas?”

“Trabajo que obtuviste gracias a mí, Pepe”.

“Era lo mínimo que me merecía después de cómo me trataste, Darío”.

“Tú me engañaste con esa puta”.

“Oye, oye, oye. ¿Ves cómo siempre estuviste confundido? Yo fui claro contigo: amigos sí, compañeros sí, amantes también; ¿pero novios? No. Y tu nunca aceptaste el trato”.

“¡Ay, ya, por favor! No ando para psicólogos esta noche, ¿quieres?”

“Y hablando de novios, Darío, tu viejo no anda muy contento que digamos con tu nuevo romeo; más aún cuando media ciudad lo está comentando”.

“¿Cuánto dinero quieres, Pepe?”

“¡Un momento!”, sonríe sarcásticamente el muchacho. “No vine a pedirte nada, vine a protegerte porque si algo necesitas ahora mismo, es un amigo de verdad”.

“¡Ya, déjame en paz, Pepe!”

El camarero ingresa otra vez al espacio:

“¿Algún problema?”, consulta.

“No, ninguno, aquí el joven que está liberando tensiones”, contesta el chico moreno.

“No, tranquilo”, sonríe fingidamente Darío. “No pasa nada”.

“Pero… podría pasar”, guiña un ojo Pepe.

Y pasa una hora después en un hostal no tan lejos del establecimiento donde los tres jóvenes se habían encontrado; se despojan de cualquier indicio de vergüenza y se visten de un morbo abigarrado. Lo primero que Darío se da cuenta es que, en tres años, el físico de Pepe se mantiene tal cual y hasta parece haber mejorado. Le sonríe mientras el camarero está sentado en la cama alternando la fellatio entre ambos. Pepe le corresponde. Poco después, Leandro toma el turno del camarero, a quien la Naturaleza parece haberle concedido más escroto que otra cosa. Ya encima de la cama, el supermodelo estimula el esfínter del nuevo amigo con su lengua mientras Pepe hace lo mismo con su amigo de hace unos años. Ya provistos de preservativos, y sin perder la formación, se enganchan en un tren que no avanza a ninguna parte, que mas bien tiene al vagón del medio moviendo la cadera con el frenesí aprendido y perfeccionado en sus clases de baile. Jadeos y gemidos se confunden con los de la televisión sintonizada en el canal para adultos. A continuación, el camarero y Darío intercambian lugares; Pepe no se ha movido de su ubicación en absoluto, y así seguirán hasta que el clímax los vaya tocando indistintamente: primero Darío, luego el camarero, luego Pepe. Tras bañarse y hacerlo de nuevo en la ducha, los tres dejan el hostal pasando las dos y media de la mañana. Acercan al camarero a una avenida donde hay algunos taxistas reunidos.

“Toma”, Leandro le da cien.

“Es mucho”, le dice el camarero.

“El precio porque mantengas la boca cerrada”, le espeta el supermodelo.

El muchachito se baja del auto y va a tomar su taxi.

“Yo sé dónde vive”, apunta Pepe. “Ese chico no dirá nada porque sabe que también se echaría luz”.

“Como si la procedencia determinara la calidad de la persona”, comenta Darío.

“Bueno, en eso sí te doy toda la razón”.

Veinte minutos después llegan a la Torre Echenique y ascienden hasta el penthouse. La faena continuará allá arriba hasta las cuatro de la mañana.

 


Al amanecer del martes, a varias cuadras de la Torre, dos jóvenes despiertan bajo las sábanas y lo primero que hacen tras darse los buenos días es entregarse al placer que se habían postergado varias semanas. Los resortes del colchón crujen, se quejan, gimen, y hasta jadean. El gruñido de uno de ellos anuncia el fin de ese combate matinal.

“Esto sí que es buen sexo”, dice algo agitado el que se quedó debajo.

“Me encantan tus nalguitas comelonas”, le dice seductor el que se quedó arriba.

“¿Ahora sí lo haremos más seguido, no?”

“Habrá que buscar pretextos para quedarme a dormir contigo como anoche”.

“También podemos hacerlo en tu casa, ¿no?”

“No así… podríamos despertar a los vecinos, y ahí sí que seremos historia”.

El que se quedó arriba se destapa y busca las sandalias de su anfitrión:

“Me voy a duchar y luego salimos para el aeropuerto”.

“Claro, Leandro; báñate veloz”.

“Como ordene, sargento Durán”.

El que se quedó abajo por fin gira y se ríe con el futbolista, quien está hermosamente desnudo buscando una toalla en una mesa cercana.

“Te prometo que nos irá mejor a partir de ahora”, ofrece Leandro.

“sí, lo sé”, sonríe el otro joven, quien busca un espejito mientras su amigo entra al baño. Se mira el rostro, le da un beso a su reflejo y se dice: “Claro que nos irá bien a partir de ahora, Ricardo Durán”.


  

jueves, 13 de octubre de 2022

el precio de Leandro 8.4: Deja ir a ese Darío


El supermodelo regresa a la Torre Echenique sin conseguir ninguno de sus dos objetivos. Al llegar a su penthouse, se encuentra con una de las modelos quien lo ayuda en la administración de su naciente emprendimiento como representante de talentos y un muchacho a quien no había visto antes, pero que luce un inflado cuerpo mesomorfo, al menos en pecho, espalda y brazos, y esos brazos conectan con unos antebrazos musculados y venudos, que a su vez acaban en unas gruesas manos que están tecleando sobre su laptop.

“Justo llegas a tiempo”, le dice la chica. “Ya pasamos todas las facturas y ahora estamos viendo lo de la deducción”.

“Sigan”, dice Darío con cierto desánimo.

“Me encantaría, guapo; pero me hago tarde para una presentación, así que si me permites…”

Darío acepta: sabe cómo es eso.

“Te dejo con Mauricio”, presenta la modelo. Ambos chicos se dan la mano.

Una vez que ella se marcha del penthouse, Darío va a buscar unos papeles que trae hasta la mesa de su comedor, donde el otro muchacho trabaja.

“¿éstos son todos?”, le pregunta Mauricio.

“Sí”, responde Darío.

“Mira, te voy a enseñar un truco que siempre te va a generar devoluciones: ¿Ves estos montos aquí?”

Darío se sienta lo suficientemente cerca del otro joven  como para tener oportunidad de rozarlo al descuido. Por lo menos, puede aspirar su aroma de colonia de maderas. Casi no se concentra en la explicación; solo se pregunta de dónde sacaron a este pedazo de carne.

“¿Entendiste?”, le apela Mauricio.

“¿Y no sería mejor contratarte para que nos ayudes con los impuestos? Se nota que eres hábil en contabilidad”, le propone.

“Pero yo no soy contador sino técnico en informática y programación de sistemas”, recibe por respuesta.

“¿qué más da? Yo no soy administrador sino arquitecto”.

Mauricio sonríe:

“Bueno, si me pagaras por eso, no me opongo”.

“Pon la cifra que yo la pago”, ofrece Darío.

Mauricio se levanta de la silla y se estira. Bajo la camiseta y el jean apretados hay el evidente cuerpo de un fisicoculturista.

“Cien por sesión. ¿Te parece justo?”

“Ciento cincuenta, ¿Mauricio?”

“Sí, así me llamo. ¿Y por qué me incrementas en lugar de regatear?”

“Lo dejamos en cien, entonc…”

“Está bien. Ciento cincuenta. Solo dime a quién mato”.

Darío ríe, y al fin nota que en sus rasgos de barrio, hay un muchacho inteligente y hasta simpático:

“Tienes lindo cuerpo”.

“Mi novia dice lo mismo”, le devuelve Mauricio.

“¿Cuándo se casan?”

“Dos meses”.

“¿Cuántos años tienes?”

“Veintiocho, pero llevamos como seis de estar juntos. Ya es hora, creo yo”.

Darío no tiene más preguntas para el testigo. Caso cerrado. O quizás sí.

“¿Quieres tomar algo? Creo que no te han ofrecido nada”.

“Tomé agua, gracias”.

Darío va hasta la cocina, abre el frigorífico y busca qué podría invitar a su más reciente contratación eventual. De pronto, al bajar la mirada por la puerta derecha, la halla. Siente que lo llama. ¿Por qué no compartirla? ¿Acaso esos machitos que se dicen machitos no sucumben ante su encanto?

“Tengo un vodka en la refri”, avisa cuando regresa al comedor.

“No, gracias”, sonríe Mauricio. “No bebo alcohol”.

“Bueno, mientras esperamos tu taxi, te ofreceré agua entonces”.

En un par de minutos, ambos jóvenes están sentados cómodamente en el sofá de la sala bebiendo… agua.

“Sí, te había reconocido cuando entraste; apareces en el catálogo de Lawrence’s con ese chico que juega en segunda división”.

“Sí, Leandro Pérez”.

“¿Es tu… amigo?”

“Sí, mi amigo. ¿Por qué?”

“Por nada. Lindas fotos las que les tomaron. Yo posé hace como cuatro años para una revista que se llama… algo con ‘semanal’”.

“¿Época Semanal?”

“¡Sí, esa! Me publicaron tres o cuatro luciendo trajes de baño, ya sabes: bermuda, sunga, tanga. . Querían que pose en hilo dental pero no quise”.

“¿Por qué, Mauricio?”

“No jodas. ¿Sentir esa tira elástica metida en mi culo? Ni cagando, Darío”.

“Tienes buen culo”.

“Lo mismo me dijo el fotógrafo y me asusté. Lo vi rarito. Me dio la impresión que se deleitaba viendo mi huevo cuando me cambiaba. No sé. A lo mejor quería tomarme fotos en pelotas, pero no le entro a eso”.

“¿Y qué tiene de malo posar desnudo, Mauricio? Yo lo hice varias veces”.

“Tú eres modelo profesional, pues; yo acepté porque me faltaba plata para pagar la pensión de la universidad”.

El celular de Darío suena.

“Llegó tu taxi, Mauricio”.

 


Al quedar nuevamente solo, el supermodelo repasa los eventos de un tiempo –desde que conoció a Leandro—a esta tarde. De fondo, Bach es el mejor tónico para organizar sus ideas. ¿Y qué hay del vodka que estaba en su refrigeradora? Si Mauricio no quería compartirlo, quizás era hora que, después de meses, se diera un escape. Cuando está a punto de ingresar a la cocina, suena su celular: Roberth.

“¿qué pasó?”, le responde el muchacho.

“Estoy en la recepción de la Torre. ¿Puedo subir?”

Siete minutos después, el fotógrafo y el supermodelo están sentados en el cómodo sofá de la sala.

“Me resisto a creer que Leandro sea como los otros, Rob. Se supone que él era diferente, no sé, alguien distinto”.

“Y lo es, Darío”.

“Entonces, ¿por qué tengo la impresión de que Adela me lo negó?”

“¿Y por eso vas a decepcionarte de él? ¡Vamos, Darío! Además, tu percepción sobre este chico es la misma que sobre los otros chicos anteriores; exactamente la misma. Y así sucederá con el que venga, y el que venga luego del que venga, y el que venga luego del que….”

“Ya entendí, Rob; ¿pero cuál es tu punto?”

“que los chicos cambian pero el problema queda, Darío”.

“¿Te refieres a mí?”

“Me refiero a tu incapacidad de entender que no debes hacer feliz a nadie más para que tú seas feliz, y que la felicidad no consiste en apropiarse de la vida de la otra persona al punto de absorberlo y hacerte imprescindible de la manera que sea. Eso no genera una relación, o quizás sí: una relación de dependencia”.

Darío mira a la noche que se extiende tras la ventana delante de él. Bach sigue sonando en el equipo de sonido.

“Sería feliz si tomo un poco de vodka”, reacciona y se levanta del sofá.

Roberth va tras él y lo ataja:

“No Darío, no otra vez con el vodka. Ése no es el remedio. Regresa a terapia, vuelve a tomar tu medicina; es obvio que la has dejado”.

“Por favor, Roberth, ya me disculpé por cómo te mandé a la mierda la vez pasada. No hagas que vuelva a hacerlo esta noche”.

“Si hago esto es porque te aprecio mucho, Darío, y tú lo sabes”.

“Deberías dejarme mi espacio, entonces”.

“Perfecto, me iré; pero solo quiero pedirte algo: termina de cerrar tu duelo de una vez por todas; tienes que dejarlo ir”.

“¿A Leandro?”

“No, al Darío autodestructivo, al Darío que nunca perdonó a su padre que lo haya rechazado por su esencia y que para disculparse le dio este edificio como herencia adelantada, al Darío que se refugia en sus bienes para comprar la lealtad, el cariño o hasta las caricias de otras personas, y las caricias no se venden por separado, Darío, sino que son parte de un paquete sin precio y sin caducidad”.

“Interesante, señor Peña, que a estas alturas de su vida llegue a esos niveles de filosofía. Debió aplicarlos cuando engañó a su entonces esposa con ese chico de dieciséis años que fue a su casa hace nueve años buscando refugio porque en la suya ya no daba para más”.

“estuvimos borrachos cuando lo hicimos, y me arrepentí de eso, Darío”.

“Claro, sí me acuerdo perfectamente: eyaculaste dentro de mí y entonces recordaste tu ética y tu moral. ¿Con qué autoridad vienes hablarme ahora, Roberth? ¿Con qué autoridad?”

“Tienes razón, si me anclo en ese solo evento podría no tener autoridad, pero decidí vivir y entender mi lección: no rogarle al mundo que me ame, sino amarme yo mismo para amar al mundo”.

“¿Me vienes a decir que no me enamore, acaso, Roberth? ¿Tanto te afectó tu separación que ahora tu mensaje es no creer en el amor?”

“Al contrario, Darío. Ahora creo en el amor más que antes, pero no un amor que se te asigna por obligación, porque así dice la sociedad que debe ser. Y ése fue mi error con mi entonces esposa: casarme por presión social, porque estaba mal visto que un hombre a mis treinta y cinco siga solo. Y las cagué. En ese momento, a ella le cagué la vida. No supe buscar ayuda y por eso cometí un  montón de errores. ¡ésos son los errores que te quiero evitar!”

“¿Ya no la amas, Rob?”

“Al contrario; aprendí a amarla de otra forma: como amiga, compañera, la madre de mis hijos. Quizás no como el amor de mi vida, pero si me pongo a verlo todo como si fuesen saldos, hemos ganado más que perdido”.

Darío está a punto de llorar:

“Mientras el mundo me trate como me trata, Rob, le daré al mundo lo que merece; y si en este mundo las caricias se venden por separado y las puedo comprar, será mi absoluto y jodido problema”.

Roberth mira con compasión a su joven amigo:

“Tienes mucha razón, señor Echenique: será tu absoluto y jodido problema”.

El fotógrafo siente que no tiene más que decir y se va del penthouse. Apenas cierra la puerta, Darío corre a su sofá, se tira boca abajo y se pone a llorar. Nuevamente tocan su timbre. Darío se levanta impulsivamente, va a la puerta, la abre de golpe.

“¡¿Y qué quieres ahora, carajo?!”

Roberth extiende sus brazos y rodea a Darío, quien se apoya en su hombro para seguir llorando.

“Ya basta”, ruega el supermodelo en medio del llanto. “Ya basta”.

Roberth lo abraza más fuerte mientras le da un beso en la sien.

 


miércoles, 12 de octubre de 2022

el precio de Leandro 8.3: evadiendo a Darío


En la casa de Adela, el cuarto del futbolista es una revolución.

“Casi no tengo ropa de verano”, observa el muchacho.

“Ay, hijo, ¿pero así de pronto te contrataron?”

“¿Lo puedes creer?”, reacciona el chico, muy entusiasmado.

Un auto se estaciona en la puerta de la casa. Adela y Leandro casi no lo oyen. Medio minuto después, golpean la puerta.

“¿Esperas a Rico?”, averigua la madre mientras ayuda a su hijo a doblar alguna ropa.

“No, para nada. Voy a ver”.

Leandro camina hacia la puerta, pero justo a mitad de sala, su teléfono vibra. Es Alberto Madero. Regresa a su dormitorio.

“Mamá, ¿puedes abrir tú, por favor? Me llaman por mi número de reserva”.

Mientras tocan la puerta por segunda vez, Adela camina hacia la sala, y al abrirla.

“Buenas noches, Adela”.

La mujer se queda de una pieza: es Darío.

“¿Está Leandro en casa?”

La mujer suda frío y hace esfuerzos para no desvanecerse.

“No… No está”, tartamudea.

“¿Y te dejó sola?”

“Cintia ya viene en camino”.

Darío nota que Adela palidece.

“Vamos a sentarnos. Llamaré a Leandro”.

“¡No! No es necesario”.

“No estás bien, Adela”.

“Es solo el frío”.

Darío cierra la puerta; entonces, la mujer se da cuenta que el muchacho lleva un sobre cerrado.

“¿A qué hora regresa Leo?”

“Mi hijo salió de viaje, Darío”.

“¿Cuándo regresa?”

“No lo sé”.

“¿Y estás quedándote sola aquí?”

“Darío, te agradezco mucho tu preocupación, pero mi hijo y yo hemos decidido resolver nuestros problemas únicamente en familia. Entonces, si me disculpas”.

“Perdóname, Adela, no fue mi intención inmiscuirme. Es que se fueron de la Torre, así nomás”.

“Te dijimos que no me acostumbraba; no es mi barrio”.

“¿eso lo entiendo, pero podríamos haberlo arreglado. No sé. Arreglar esta casa”.

“Darío, por favor. Mira, a nombre de mi hijo, te agradezco todo lo bueno que has hecho por nosotros. Pero… creemos que ya fue suficiente”.

Se oye que algo suena adentro.

“¿qué fue eso?”, Darío alarga el cuello tratando de ver hacia el pasadizo.

“Algo que dejé mal puesto. Mira, no quiero ser maleducada, pero quiero preparar algo para Cintia, quien vendrá a acompañarme”.

“Podría ayudart…”

“¡Darío, ya basta, por favor! ¡Ésta es mi casa!”

“Es la casa de tu primo, Adela”.

“¿Qué importa eso ahora?”

En el cuarto, Leandro entiende que su torpeza al descuidar su billetera, que acaba de caer al suelo, está a punto de quebrar la mentira que su mamá ha armado; pero la impertinencia de Darío ya llegó a todo límite. Manda todo al diablo y se dispone a salir de su escondite cuando la puerta suena de nuevo. Escucha que abren.

“Hola, doña Adela”. Es Cintia. Leandro respira aliviado. “Hola Darío”.

“Hola”, le responde el supermodelo, dándole un beso.

“Gracias por venir, hijita”.

“Bueno, yo me voy. Adela, dile a Leandro que… se le extraña y se le quiere en la Torre. Que él lo sabe muy bien”.

Adentro, el futbolista sigue inmóvil, esperando lo inesperado. Se recrimina a sí mismo no haber tenido la valentía de confrontar a su aún auspiciador y dejar que su madre se encargue del trance. Su cerebro despierta cuando oye que la puerta de la calle se cierra. Por fin puede respirar a todo pulmón.

“Así que aquí estabas”.

Leandro casi salta hasta el techo. Mira a su costado: es Cintia.

“Ya decía yo que esa voz era muy fina para ser la de Darío”, alcanza a reaccionar.

  

martes, 11 de octubre de 2022

Por qué Ko Ryu es un ícono gay

Tres razones por las que este culturista peruano parece que jamás pasará de moda, al menos en nuestra comunidad.

 


Los videos y las fotos que el culturista peruano , no asiático como inicialmente se lo quiso publicitar, Ko ryu se han convertido en un clásico erótico y porno gay a pesar que toda la producción se habría hecho entre 2009 y 2010.

No solo se concentró en él u otros culturistas peruanos como Pedro Bomba o el fallecido Paulo Maneros. En realidad, se trató de todo un esfuerzo que reunió a los musculosos más cachondos de Sudamérica, y marcó un hito.

Hasta ahora, varios seguidores de Hunks of Piura quienes nos siguen fuera del Perú se preguntan dónde pueden encontrar nuevas fotos y videos de Ko Ryu y otros culturistas que en su momento dieron la hora. Nuestra respuesta sigue siendo la misma: lo ignoramos. Por ahora solo tenemos las mismas imágenes que han encantado a todo el mundo.

 


Sin embargo, sí nos hemos preguntado por qué todos estos culturistas nunca pasan de moda. Y en el caso de Ko Ryu, las respuestas  parecen ser éstas:

  • Rostro exótico: Ko Ryu no tiene las facciones que la pornografía internacional se ha esforzado en vendernos, y que más bien  nos alinean al prototipo europeo o africano. Nuestro culturista nacional tiene rasgos típicamente andinos (abajo los racistas), y eso no lo hace menos apetecible que sus colegas de otras latitudes. Todo lo contrario. Es una extraña mezcla de inocencia, pendejada, seriedad, autosuficiencia, simpatía. En fin. Ponle la característica que tú quieras y todas aplican. Y la buena noticia es que en Perú abundan rostros como los suyos, así que imagina el potencial que eso tiene para el porno gay o bi mundial.
  • Erotismo sobrio y espontáneo: si bien Ko Ryu tuvo que mostrarnos su pinga erecta y eyaculando, como debe ser, y al menos en un video compartió la pantalla con Bill Baker y Timmy Riordan, no necesitó meter pinga, dejarse meter la pinga, chuparla, que se la chupen, lamer el culo o que se lo laman. No al menos frente a cámara. Sin embargo, con el solo hecho de mostrar cómo entrena, flexionar sus músculos, luchar con sus colegas y pajearse hasta botar toda su leche, no necesitó nada más y encantó. A eso se llama sobriedad. Tampoco fue necesario someterlo a esas extenuantes grabaciones donde hay que cortar para que la cámara cambie de ángulo sino que todo se hizo en una sola toma (la técnica se llama plano secuencia) lo que da mayor realismo. Claro que la música a veces caga la arrechura, pero cumple bien. Sin embargo, lo antológico de toda la producción son los gemidos de Ko Ryu: si estaba actuando, lo hace excelente; si no estaba actuando,¡qué rico sería tener sexo con ese pata! Sus gemidos y gruñidos son masculinos, nada exagerados y te provocan pajearte junto a él. A la mierda con sus detractores. Se nota que la envidia los corroe. Mira todos sus videos aquí.
  • Ese hermoso culo: El cuerpo completito de Ko Ryu es un regalo del cielo. ¿quién dijo que Dios no es peruano? Todo lo contrario. Las cálidas tierras de Pomalca, Lambayeque, también tienen su pedacito de Olimpo. No en vano el culturista ha sido internacionalmente reconocido y premiado. Pero sin duda lo que se ha convertido en nuestro fetiche es ese hermoso par de nalgas, rredonditas y firmes, dignas de un eterno beso negro. Y sabemos que Perú tiene más chicos como éste que deben liberarse de prejuicios y mostrarse al mundo tal como vinieron a él: calatos. Y si lo hacen, Hunks of Piura es su plataforma ideal para que tú los disfrutes sin censura.

 

Apostamos que tú debes tener en lista otras cosas que te gustan de KoRyu, o quizás más imágenes de este tipo. O quizás tuyas propias o de otros chicos que se animan a mostrarlo todo sin miedo, con orgullo, con actitud. Déjanos saberlo en los comentarios aquí abajo o en nuestro Twitter. También escríbenos a hunks.piura@gmail.com  (Gracias a hector, nuestro suscriptor en Paraná, Brasil, quien nos inspiró este post y colaboró activamente en su elaboración)

 

Encuentra también: culturista peruano culturista desnudo modelo desnudo, modelo peruano 

el precio de Leandro 8.2: Casting de otro nivel


Dos días después, el lunes, Leandro acude a Sparking Advertising, una agencia de publicidad situada en una de las antiguas casonas que se pudieron rescatar de la modernización en el Distrito Centro Sur. Sin embargo, por dentro hay una combinación de los viejos estilos señoriales con la funcionalidad que dicta la arquitectura contemporánea, donde la línea recta ya no es la tendencia. La oficina de Alberto Madero, a donde lo hace pasar una de las secretarias que le había recibido sus papeles cuatro lunes antes, es mas bien un poco más moderna que señorial, con una gran ventana que tiene una vista a uno de los parques existentes en ese barrio residencial y empresarial. Leandro viste una chaqueta negra de cuero, una camisa rojo oscuro manga larga y un delgado jean celeste, ambas prendas entalladas en extremo, que dibujan perfectamente su atlética anatomía, y zapatos negros bien lustrados.

“Adelante”, le dice un hombre entre los treinta y cuarenta, de traje casual, algo más bajo que él pero en su peso, que está detrás de un amplio escritorio de madera, su laptop al costado, papeles ordenados sobre el tablero. Leandro agradece y espera a que lo inviten a tomar asiento, lo que sucede de inmediato.

“Revisé todos tus materiales y la verdad me gustaron, además que me encanta el fútbol, Leandro; pero, ¿qué otra experiencia tienes modelando que se sume a esto que tengo en mis manos?” Y el director creativo le muestra sus fotos de época Semanal, las que le hizo Roberth como prueba y las del catálogo.

“Hay un videoclip en el que participé para una nueva canción de Luna Estrella, donde aparezco con otro modelo, Rico Durán; el caso es que no sé si está editado y no sé cuándo saldrá al aire”.

“Sí, Roberth me comentó algo, pero descuida si no lo tienes. Mira, iré al grano: tenemos que grabar un comercial para una bebida energizante y estamos armando el cast. Hemos pensado grabarlo en Playa Norte y quiero saber qué disponibilidad tendrías para viajar y trabajar todo un día. Lo digo por lo de tu compromiso con el San Lázaro”.

“Yo estoy disponible, señor Madero”.

“Perfecto, básicamente se tratará de hacer pases a cámara, aparecer frente a ella, y posiblemente algunas coreografías, pero eso será con el cuerpo de baile…”

“¡Yo sé bailar!”

Madero lo mira con los ojos bien abiertos:

“¿en serio? ¡Perfecto! A ver, antes de tomar una decisión, quisiera que modeles un poco”.

Leandro se quita la chaqueta y la deja sobre la silla. El director creativo le señala un espacio libre cerca de la ventana y le pide que haga un pase y que luego se quede estático. El futbolista lo hace muy bien: cuerpo erguido, manos bajo la cadera, pie izquierdo delante, pie derecho detrás y mirando a la derecha, sonrisa franca.

“¿Tienes algún problema en quitarte la camisa, por favor?”

“No, en absoluto”.

Leandro se desabrocha la prenda, se la quita, y al liberarse de ella, le da vueltas en el aire como si fuese un bailarín exótico, lo que produce la risa de ambos. La prenda vuela cerca del escritorio.

“No me digas que también has sido…”

“Quise, pero no me dejaron porque me dijeron que me faltaba cuerpo”.

Madero observa los pectorales, el abdomen y los brazos bien marcados.

“Date la vuelta”, le pide.

Leandro gira y muestra su espalda no tan amplia pero casi impoluta, con el canal de la espina bien pronunciado, cintura pequeña y dos redondas nalgas bajo el pantalón.

“¿Hay algún problema en que te quedes en ropa interior?”, consulta Madero.

Leandro gira el tronco y su rostro luce dubitativo:

“Es que…”

“Ah, es la ventana”, sonríe Madero. “Si quieres cierro la cortina, aunque es polarizada: de afuera no se ve más que un cristal negro”.

“No, no es eso, señor Madero… es que… no… no traje ropa interior”.

“Ah, entonces descuida; no es necesa…”

“No, no tengo problema”, se apura Leandro.

Entonces, el galán se desabrocha el pantalón y se baja la cremallera. Como puede, se quita los zapatos y se despoja de toda la prenda. Vuelve a posar frente al señor Madero únicamente vistiendo sus calcetines.

“¿Puedes darte la vuelta?”

Leandro acata. ¿Qué duda cabe que en ese despacho hay un nuevo dios griego?

“Perfecto”, dice el señor Madero. “Vístete y siéntate”.

Mientras el futbolista se pone nuevamente su pantalón y sus zapatos, el director creativo toma un pedazo de papel y escribe algo. Apenas el modelo se sube la cremallera con sumo cuidado y se abrocha la prenda, ve que Madero escribe en su laptop, y le alcanza el pedazo de papel.

“Mira, vas a bajar al primer piso, la primera puerta a la derecha saliendo de la escalera. ¿Tienes tu documento de identidad?”

“Sí”, responde tímidamente Leandro, recibiendo la esquela.

“Perfecto; que le saquen copia, les das ese papel, ya te darán instrucciones y esperas nuestra llamada”.

Leandro asume que si bien ha creado una buena impresión, sus datos irán a un archivo para que sirva cuando se le necesite:

“Entiendo: no los llamo, ustedes me llaman”.

“Sí… para confirmarte tu número de reserva”.

Leandro se calza la camisa y mira a Madero, con mucha extrañeza.

“Creo que no entiendo”.

“Número de reserva, Leandro; el número para que hagas check-in para el vuelo: pide permiso al San Lázaro que mañana a las ocho tienes que estar en el aeropuerto porque viajamos a Playa Norte”.

El joven se emociona:

“¿qué quiere decir?”

“Que ya eres parte de Sparking. Bienvenido”.

Leandro no cabe de júbilo y aún sin abotonarse la camisa, rodea el escritorio y va a abrazar a su nuevo jefe, quien permanece sentado aún. Leandro siente que le palmean una nalga pero no le importa: tiene su primer empleo.