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martes, 30 de agosto de 2022

El precio de Leandro 3.1: Un casting porno gay


Ese martes, Rico recoge a Leandro al finalizar el entrenamiento en el Estadio Municipal, y en lugar de llevarlo para su casa en el norte de la ciudad, lo lleva hacia el centro sur, muy cerca de la casa de novios y la Torre Echenique, la que se divisa algunas cuadras en dirección al mar. Se estacionan en una quinta, y tras pasar el portón de metal sin tanto enlucido, llegan a una de las viviendas de dos pisos pintada en blanco casi impecable. Adentro, el color es el mismo, solo que apenas si hay un sofá cubierto por un trapo como toda mueblería, una cortina blanca traslúcida que da una hermosa iluminación difusa, sin muchas sombras, una especie de gran dintel que separa lo que debería ser el comedor, y una puerta al fondo que lleva a la cocina y otra a a la derecha que lleva a las escaleras del segundo piso, a las que se puede acceder también por la mampara enorme en lo que debería ser la sala. Rico quita el trapo del sofá e invita a que Leandro tome asiento.

“¿Cómo conseguiste esto?”, pregunta el futbolista, quien no ha cerrado la boca desde que ingresó.

“Contactos”, responde lacónicamente el nuevo amigo, con una enorme sonrisa que agranda más su boca de labios carnosos.

Leandro toma su mochila y saca algo: un sobre manila que alcanza a Rico, quien, al abrirlo, sonríe entrañablemente.

“¡La ampliaste!”, exclama al ver que se trata de su foto en la computadora pero esta vez en un papel brillante de veinte por treinta. “Ni siquiera tengo el original de esta foto”.

“Claro que al diseñador le costó trabajo recuperarle la nitidez, pero quedó bien”, explica Leandro también entre sonrisas.

“Qué va, chico. Quedó estupenda”.

“Entonces, cuéntame de tu proyecto aquí, porque me dijiste que solo me lo contarías cuando llegásemos”.

Rico coloca el sobre en una caja de cartón que está pegada a una de las paredes y se sienta junto a Leandro.

“Quiero montar aquí un pequeño estudio para hacer fotos y videos”, le confiesa al fin eltaxista.

“Suena bien”, vuelve a sonreír Leandro. “¿Y ya tienes clientes?”

“Más o menos… ¿Cuánto ganas al mes por modelar y patear pelota, Leandro?”

“Veamos…. Setecientos un mes malo… Hasta mil doscientos un mes bueno. ¿Tú?”

“en el taxi me saco como cien diarios”.

“¡Oe, no está mal!”

“Pero lo reparto en tercios, Leandro: un tercio pa’ mi familia en mi país, un tercio pa’ ahorro, un tercio pa’ mis gastos”.

“Igual, Rico, eso es mil líquidos solo para ti; yo tengo que repartirlos en todo”.

“Lo sé, Leandro. Pero da la casualidad que hay un trabajo donde puedes sacarte dos mil quinientos en dos días, y eso para empezar”.

“¿A quién hay que matar?”, bromea Leandro.

Rico sonríe:

“A nadie; mas bien, posar desnudo y erecto”.

Leandro se queda en silencio por unos segundos.

“Perdona”, le aclara Rico, creyendo haber estropeado el momento.

“NO… para nada”, reacciona al fin su invitado. “¿Dos mil quinientos por posar calato y al palo?”

“Y pajeándose hasta acabar”, añade Rico. “Cuatro sesiones de hora y media a dos horas, hasta tres, durante dos días”.

Leandro no tiene que hacer mucha matemática para entender que en cuarenta y ocho horas puede sacar el equivalente  a tres meses de trabajo si las cosas van mal, o dos si todo va bien; y aún queda un sobrante.

“¿Pero y esas fotos dónde se van a ver, Rico?”

“El contrato dice en los Estados Unidos; pero ya sabes cómo es Internet: se filtrarán como les ocurrió a esos culturistas de acá”.

Leandro recuerda vagamente que ocho años atrás, un programa de espectáculos por televisión, chismes de farándula mas bien, sacó un informe donde revelaba que varios musculosos habían posado como Rico propone, y las imágenes terminaron filtrándose. Aunque no lo confiesa, él sabe que incluso, a pesar de una guerra por los derechos de autor, los videos de cuarenta minutos en promedio están subidos por usuarios privados. Piensa en cuál sería la reacción de su madre (la vieja se infartaría sí o sí, reflexiona), qué pasaría en su equipo, qué pasaría con sus aspiraciones:

“¿Y qué hay que hacer para chambear en eso?”

“Hacer una pequeña sesión de prueba”, replica Rico.

En cuestión de minutos, se organiza una en esa sala. El taxista saca una cámara fotográfica semiprofesional (ante la sorpresa de Leandro) de la caja de cartón y se dispone del espacio entre la sala vacía y el comedor también vacío. Leandro deja la mochila en el sofá y toma su marca. Lo mismo Rico, quien durante los próximos minutos comenzará a dar órdenes a su modelo, como los grandes fotógrafos profesionales:

“Manos a la cintura… así, sonrisa… pie izquierdo algo más adelante, no tanto, ¡ahí!”

Y conforme la sesión avanza, Leandro va perdiendo cada una de sus prendas hasta quedar como Dios lo trajo al mundo.

“eso, aprieta el culo… bien”, ordena Rico. “Gira… Acaríciate… Mano al huevo… eso… Masajéatelo”.

Leandro comienza a masturbarse, pero parece no conseguir el resultado que Rico espera:

“¿Demora en ponerse duro?”, consulta el fotógrafo ad-hoc.

“Lo que pasa es que no hay mucha estimulación”, sonríe Leandro pendejamente.

“Te pongo una porno”.

“No, eso no hace mucho efecto… Si hubiese alguien que…. La chupe”.

Rico ahora ssonríe pendejamente:

“¿Y cómo debe ser ese ‘alguien’?”

“Alguien que la sepa chupar”, guiña un ojo el modelo desnudo.

Un par de minutos después, Rico está arrodillado ante el cuerpo del adonis al natural practicándole sexo oral.

“¿Por qué no te quitas la ropa?”, suspira Leandro.

Rico accede, y si su trasero es motivo de alabanza pública, el de su nuevo amigo no se queda atrás: ahora sí, su erección es plena. Rico toma más fotos hasta que Leandro siente el cosquilleo que anuncia el orgasmo:

“Las voy a dar”.

“Aguarda”, pide Rico, quien apaga la cámara, la pone en el cajón de cartón, se acerca al otro muchacho, lo abraza frontalmente apretando su excitación contra la otra, y comienza a besarlo en la boca. Aunque no se tienen más imágenes, la sesión finaliza con ambos haciendo el amor tiernamente sobre el sofá.

  

miércoles, 21 de agosto de 2013

Cuaderno de Obra (8)

Creado por N-Azz. Escrito por Hunk01 y N-Azz

 

-          A la mañana siguiente, Gustavo se levanta. No puede dejar de recordar el resultado de la tarde anterior, y trata de convencerse de que fue un sueño.

-          Como suele dormir desnudo, se dirige al espejo del dormitorio: es simpático, cuerpo masivo labrado en el gimnasio (tanto que alguna vez modeló… y hasta incursionó en el porno gay), con una pinga aceptable (eso le dijeron cuando hizo el casting, aquella vez). ¿Cómo puede ser posible que…?

-          ¡No! No es cierto.

-          Pero si lo es… ¿vale la pena vivir así?

-          Bajo la cama, hay una caja fuerte. La jala y la abre. Debajo de unos papeles y dinero en efectivo, hay una pistola automática, que compró de contrabando cuando vivía en la selva, y ciertos litigantes que había puesto en la cárcel lo amenazaron. El arma está cargada.

-           Perdóname, Renzo.

 

A las 10 de la mañana, por su parte, Renzo ssigue verificando las inconsistencias del plano de la obra de la escuela, cuando entra el fornido Jonás, quien viste polo y jean pegados, tanto que el paquete se le marca en la bragueta.

Jonás carraspea. Renzo sale de su concentración, y saluda amablemente.

- Ingeniero, le llegó este sobre.

Renzo recibe el papel amarillento. Adentro hay una entrada para Men’s Place.

-          ¿Y esto, Jonás?

-           Lo acaban de dejar. Fue un chico en bici. Creo que es de esos courier.

-           ¿Qué es Men’s Place?

-          Jonás reflexiona una respuesta. Lo que diga, puede ponerlo en evidencia.

-           Esteee… parece que es… un lugar para… o sea, de… estee… para… gays.

-           ¿Disco de ambiente?

-           Creo que… sí.

-          Renzo sonríe. Cree entender de qué se trata esa charada.

-           Jonás, escucha: es cierto que soy gay. No sé cómo pudiste darte cuenta. El caso es que ya tengo pareja.

-           ¿Ya tiene pareja?

-           Sí. No está acá, pero lo respeto mucho. No puedo aceptarte la invitación.

-           ¿Aceptarme la qué…?

-           Tu invitación. Si vamos a este lugar o a cualquier será en plan patas, pero no para hacer otra cosa.

-          Jonás se sorprende.

-           Pero, ingeniero… yo no le mandé ese sobre. Yo no soy así. Yo soy directo.

-           ¿Seguro, Jonás? Entonces, ¿quién fue?

 

Poco antes de la una, en la oficina del Sindicato, Ezequiel ordena unos papeles, cuando Juan, portando una carpeta de cartón bajo su recio brazo, llega preguntando por Vinicio.

-          Ahorita viene, don Juan… mire, yo voy al banco, aprovechando que no hay cola. ¿Le incomoda si lo dejo?

-           No, Ezequiel. Para nada. Anda tranquilo.

-          Juan espera unos minutos, un chico pasa por la puerta del fondo, algo apurado, pero mira hacia la oficina y saluda a Juan, quien le corresponde amablemente. Tras ello, Vinicio ingresa, y saluda efusivamente a su visitante.

-           ¿Qué querías ver conmigo?

-           ¿Tienes listo el padrón de residentes de tu barrio?

-           Claro. Justo aquí lo tengo.

-          Juan le entrega la carpeta. Vinicio la revisa.

-           Excelente. Con esto será más sencillo distribuir los cupos. Y…. ¿qué te cuentas?

-           ¿Contarte? Nada. Lo de siempre. La familia, la casa, la selección, y ahora la obrita.

-           ¿Y de lo otro? ¿Te retiraste?

-           Estoy casado, Vinicio. Ya no somos jóvenes.

-           Aunque no lo creas, hay chibolos que le gustan los maduritos.

-          Vinicio le hace un ademán que lo acompañe. Juan lo sigue.

-          Caminan todo el pasillo hasta el fondo. Conforme se acercan, se escucha el agua que corre de una ducha. Alcanzan la puerta sin protección: el chico que había saludado minutos antes a Juan está desnudo, de espaldas, jabonándose. Es delgado esbelto, pero de formas masculinas, con espalda algo ancha, nalgas paraditas, piernas firmes, trigueño oscuro, lampiño.

-          Sin decir nada más, Vinicio da un paso adentro y comienza a desnudarse, descubriendo su masivo y moreno cuerpo, producto de más de veinte años dedicados a la construcción. Cuando se queda sin nada de ropa, entra a la ducha, donde el mozo lo recibe con una abrazo y un beso en la boca.

-          Juan se queda congelado viendo la escena, aunque debajo de su pantalón de deportes, su pene está durísimo, tanto que puede notarse debajo de la tela.

-          Vinicio y el muchacho se acarician frente a frente. Sus miembros están erectos y estrujándose a cada abrazo. Entonces, el dirigente mira al espectador.

-           ¿Vienes, Juaneco?

-          Una nalgada al muchacho sella la invitación.

 

Miguel acaba de almorzar en un cafetín cercano a la escuela de Bellas Artes, cuando Tito le da alcance.

-          Carajo, comes solo, mierda, jajajaj.

-           ¿Listo, primo? Tranquilo que mi viejo anda lejos, jajaja.

-          Los dos caminan hasta una casa cercana. Al tocar, les abre el maestro de la clase de Figura Humana, que los lleva a una sala espaciosa y bien iluminada, donde está Dante, el joven y fornido modelo de la clase pasada. Los dos desconocidos se saludan con interés.

-           A ver, Tito, desnúdate.

-          El primo de Miguel se queda como Dios lo trajo al mundo, mostrando su anatomía de ensueño, lo que agrada al viejo maestro.

-           Perfecto. Dante, desnúdate, indícale la pose que deben tomar.

-          El maestro y Miguel se van a otro lado de la casa. Dante se quita toda su ropa, y lleva a Tito a un pequeño taburete, donde le indica la postura a adoptar: ambos estarán enroscándose espalda con espalda, con los brazos extendidos al cielo. El roce de las pieles es inevitable, pero Tito no está incómodo.

-           Listo. Ya lo tengo.

-           Listo Tito. Estamos casi listos.

-           ¿Casi listos? Ah. Falta que nos dibujen, ¿no?

-           No. Falta que se te baje.

-          Sin pedir permiso, Dante agarra el pene erecto de Tito.

-           Es enorme, Tito… ¿quieres que te ayude a darle su tamaño normal?

-           ¿Cómo?

-          Dante, sin dejar de aferrar el pene erecto, se arrodilla, y cuando está a punto de aproximar su boca a la cabeza del miembro, alguien entra.

 

(CONTINUARÁ)

 

© 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe a nelsonpc.com@gmail.com o deja tu comentario aquí.

martes, 27 de diciembre de 2022

Ser Rafael 19.2: Despedida de soltero


A diferencia de otras ocasiones, hicimos todo el trayecto en silencio. Mi pecho chocaba contra su espalda cada vez que debía frenar.

Llegamos.

Josué me dejó en la vereda fuera de mi block. No había un alma en la calle.

Me dio la mano con fuerza.

“Rafo, no hay nada qué pensar: no seré tu testigo. No me pidas algo que me hará sufrir”.

Sentí su voz quebrarse. Yo sentí que mi corazón se encogía.

“Solo dímelo, y soy capaz de…”

“Rafo, ya lo sabes… Lo mejor será que dejemos de vernos hasta que regreses de tu viaje de bodas”.

“No me pidas eso. ¡Me necesitas!”

Josué ya estaba llorando.

“No. No lo hagas por mí. Hazlo por ti, por ti, por ti”.

Se calmó un poco.

“Josué, no me pidas que deje de verte. No tú”.

“Te amo, Rafo. Te amo con todo lo que soy y lo que tengo. Confío en ti”.

Arrancó la moto y se fue.

Comencé a llorar en plena calle. Presentía lo peor.


Toda esa semana, Josué no respondió mis llamadas, ni me contestó en redes sociales, ni fue a esperarme para ir juntos al gimnasio (se cambió de turno a la mañana, para no coincidir, según deduje).

En lo que a ese domingo correspondió, fue difícil conciliar el sueño.

El resto de la semana no tuve otra opción que respetar su decisión, aunque me doliera en el alma. Y me estaba doliendo mucho en el alma; pero, ¿por qué?.

Igual, esa semana se hizo llevadera pues Laura se encargó de mantenerme absorbido. Apenas salíamos del gimnasio, ella tenía mil pendientes para hacer, lo que me dejaba agotado y me mandaba directo a la cama.

El viernes, víspera de la boda, mis compañeros de trabajo me llevaron directamente a un local donde nos encontramos con los compañeros de trabajo de Laura, algunos amigos –menos Josué-, y… Eduardo. Quiero decir, Eduardo estuvo allí invitado por Laura. Me esforcé para no toparme con él durante toda la celebración.

Laura se las había ingeniado para que las fiestas de despedida de soltero y de soltera se hicieran en el mismo lugar, a la misma hora y con la misma gente.

Hubo los juegos de siempre, comida, trago, y como broche de fondo, un stripper y una stripper, que nos deleitaron con un espectáculo erótico convencional, esto es, se quedaron en hilo dental, se acariciaron, hicieron la finta de tener relaciones pero de pie y listo. Lo único rescatable era la espalda, los pectorales, las piernas y el trasero del bailarín. Obviamente, como la gente estaba más o menos bebida, le dio lo mismo si eran bonitos o feos.

La reunión finalizó casi a medianoche, cuando Laura, medio bebida, se me acercó con Eduardo.

“Rafo, le pedí a nuestro amigo que se asegure de que irás directo a tu camita”.

¿Nuestro amigo? Si algo tengo que reconocerle a Eduardo es su camaleónica manera de relacionarse con mi entorno, generar tamaños desbarajustes y salir ileso. Fui un tonto al no pedirle cátedra de eso.

“¿Ah sí?” Me lo quedé mirando.

“Sí, Rafito, como Eduardo no ha tomado casi nada, que te lleve en el carro”.

Al fondo salían los dos strippers.

“OK. Que me lleve a casa, entonces”.

Me retiré con Eduardo.

“Menos mal que mañana estaré casado”, le dije rezongando.

Fuimos hasta el auto. Lo abordamos. Enfrente nuestro, el chico y la chica que habían actuado para todos nosotros tomaban un taxi.

“Estuvo misio el show de los strippers, ¿cierto?”, me comentó.

“Sí, medio monse”, le respondí.

“Sé que Laura me encargó algo, pero… si deseas, puedo llevarte a un lugar donde sí tendrás una verdadera despedida de soltero”.

“¿Una disco de ambiente? No, gracias. Prefiero ir a casa”.

“Mejor que eso”.

Eduardo hizo una llamada y fuimos a un edificio cerca de unas residencias militares; subimos a un departamento.

Nos recibió un chico blanco simpático, de evidente buen cuerpo, en medio de una sala a media luz, perfumada y con una música a punta de saxo y piano.

Cruzamos una especie de cortinas hechas con velos y pasamos a un espacio donde había cojines por todos lados, botellas con algo que parecía ser vino, lámparas de luz tenue y difusa. Esperamos unos minutos. La música cesó un segundo y comenzó una melodía árabe.

El anfitrión había cambiado su camiseta y su jean por una camisa y pantalón vaporosos. Se puso a bailar rítmicamente delante nuestro, como si su cuerpo recibiera gentiles cantidades de electricidad, lo que lucía grácil pero enérgico.

Eduardo me convidó de una de las botellas. Era un licor dulce, parecido al vino.

Lo caté y encontré agradable.

El muchacho ya se había despojado de la camisa, revelando pectorales y abdominales finamente labrados. Invitó a que Eduardo se ponga de pie, y lo hizo bailar.

El chico me pidió la botella y tomó el licor directamente del envase, se acercó a la cabeza de Eduardo y lo besó con la boca bien abierta, a medida que le quitaba la camisa. Volvió a probar otro poco de trago, a repetir el beso, y a intentar sacarle los jeans.

Un cuarto de botella después, Eduardo solo vestía calcetines, y el bailarín le estaba practicando sexo oral, primero por adelante; luego hundió su cabeza entre las nalgas de quien supuestamente tenía que asegurarse de que ya estuviera en cama.

Yo, obviamente, nada de sueño; estaba más que excitado.

El bailarín se levantó, se quitó el pantalón y se quedó sin nada de ropa. Hizo que Eduardo le hiciera lo mismo que él le había practicado.

Como era de suponerse, la performance se repitió.

“Desnúdate”, me dijo el chico. “Deja toda tu ropa a ese costado”.

No esperé más. Me quedé como Dios me trajo al mundo, y puse mi ropa donde me dijo. Allí había otra botella de licor.

“Tómala”, me dijo.

La agarré, la abrí y la bebí sin usar copa ni vaso.

“Ven”, me invitó.

Eduardo nos hizo sexo oral a los dos. Luego, ambos se arrodillaron como si estuvieran adorando al dios de la fornicación; dejaron que regara licor entre sus trabajadas nalgas, y que lo probara.

El bailarín sacó unos condones de entre los cojines, y el resto de la faena consistió en penetrarlos indistintamente y en todas las posiciones que la embriaguez y la flexibilidad nos permitieran. El chico también penetró a Eduardo, y Eduardo hizo lo propio.

Nuestros jadeos y gemidos, y uno que otro gruñido, se confundían con la música árabe que parecía no cesar.

martes, 23 de abril de 2019

Mi secreto bajo la lluvia

- ¡Manuel!
No podía ser. Me parecía increíble.
- ¿Vicente? ¿Viche?
- ¡Claro!
El pata de unos 35 años, vistiendo polo y jean apretado que dejaba notar su cuerpo de culturista se me acercó y me dio un abrazo en mi cuerpo atlético.
- ¿Cuántos años, promo?
- ¡Desde el colegio, Viche!
La última vez que había visto a Vicente fue durante la fiesta de promoción de mi cole hace largos 18 años. El problema era que pertenecíamos a grupos diferentes. Yo estaba con los tranquis, casi los nerds, y él estaba con los chacoteros, los gileritos, los medios patanes.
- ¿Cierto que te casaste, Manu? Perdón, Manuel.
- Jajaaja. Normal. Dime Manu. así me decían en la promo, ¿no? Sí, me casé hace cinco años.
- ¿Y ya tienes churres?
- No. Ahora ando en otros proyectos, y por ahora hijos no. ¿Y tú?
- Nada. Sigo soltero. ¿Te hiciste contador?
- No, Viche. Soy psicólogo.
- Ah, mira. Qué interesante.
- ¿Y tú, Viche?
- Nada. No estudié. Pero estoy chambeando como guachimán en un almacén en la avenida transversal.
- ¿A qué altura?
- Por el cine.
- Ah, mira. Yo vivo por ahí a tres cuadras.
- ¡Chévere, Manu! A lo mejor quedamos un día y nos tomamos un par de chelas.
- ¡Claro!
Intercambiamoss números, nos despedimos Regresé a casa sorprendido de que aquel muchacho flaco y alto del cole se había convertido en ese guapo hombre fornido, como esas figuritas de acción de G.I. Joe, mi serie favorita cuando era chibolo.



Acababa de hacer mi rutina de isométricos a éso de las siete de la noche y me estaba quitando la ropa para bañarme. Era jueves por la noche y mi esposa había salido de viaje toda esa semana. Estaba supremamente arrecho y el ejercicio era una manera de sentirme cansado para que, en el peor de los casos, me pajeara en la ducha y luego de comer, viera algo en la tele y me quitara a dormir.
Ya estaba calato cuando chequeé mi celu. Habían varios mensajes. Entre ellos, uno de Viche: "¿Y promo, qué haces?". Le respondí: "Aquí en mi jato, aburrido.... la mujer me dejó por una semana". Estaba tomando la toalla cuando la alarma de mensaje sonó. Tomé el celu. "Vente a charlar un rato donde cuido... ¿qué dices?"



Estaba duchándome con el celular cerca,con mi música a todo volumen. qué mierda. Estaba solo. Ese día había sido pesado con consultas y necesitaba distenderme un poco. Comencé a jabonarme mi pija y mis bolas, que estaban tranquilas. Me acordé de mi esposa, de cómo siempre que quiere que la cache, se me sube encima cuando estamos en la cama, calatita, sobre mi cuerpo desnudo, porque duermo calato, y comienza a besarme desde la boca hasta mi miembro, despertándolo con su boca. Sus mamadas son magistrales. Entonces, mi pinga comienza a ponerse dura. Una pajeada en su nombre. ¿Por qué no? Me sobo mi pene hasta ponerlo duro y comienzo el masaje facilitado por la espuma del jabón. Estoy en lo mejor cuando... suena el celu.
Suelto mis 16 centímetros al palo, me seco las manos, salgo de la ducha procurando no mojar el piso, me seco las manos. Es Viche.
- ¿qué pasó, promoción?
- Oye, Manu. Vente al almacén.
- ¿Ahorita? ¿Acaso no hay gente?
- Cierran a las ocho. Ya son siete y media.
- mmmmm. Ya, yo te aviso.



Tras cenar, me siento a ver tele. Zapeo y zapeo por los ochenta y tantos canales y no hallo nada bueno. Miro mi reloj: diez para las nueve. Tomo mi celu, ignoro unos mensajes. Escribo: "¿Pásame la dirección ddel almacén, promo". Viche me manda una captura de Google Maps. Son exactamente cuatro cuadras y media. Como estaba calato (recuerden que no había nadie en casa), fui al cuarto, me puse un polo manga cero, una bermuda, mis sandalias y salí. Sí, no suelo usar ropa interior.
Cogí la llave, cerré bien la puerta de mi depa y bajé a la calle. Corría una brisa fresca.
Ya había avanzado dos cuadras, cuando, inesperadamente, la brisa cesó, y sentí unas gotitas en mi rostro. No le tomé importancia. En solo segundos, las gotitas se hicieron aguacero. ¡Mierda! Estaba a mitad de camino. ¿Dar media vuelta o continuar? Me estaba mojando todo.
Analicé rápidamente las cosas: en casa me aburriría, acá por lo menos iba a conversar por un par de horas, esperaba que pasara la lluvia y regresaba. Avancé.
Faltando media cuadra para llegar al almacén, mi promoción estaba en una esquina.
- ¡Vente, huevón!
Avanzamos a paso ligero y llegamos hasta el local. Entramos por una puertecita. Tras caminar un pasillo oscuro, llegamos a un cuartito. Viche prendió la luz. Apenas había una colchoneta, unas revistas y periódicos, unos percheros con ropa de vigilante, y en una esquina estaba lo que parecía ser un arma de fuego en su estuche de cuero.
- Estás mojado, Manu. Tienes que quitarte toda la ropa.
Lo miré extrañado, pero la sugerencia de Viche tenía todo el sentido. Si me quedaba con la ropa húmeda puesta, podía pescar una pulmonía, y a ver quién te salva de ésa. En lo que a él respectaba, ya se había sacado el polo y estaba quitándose el pantalón de lona, típico de los guachimanes. Tampoco tenía ropa interior. Ya se imaginarán la estampa de dios griego que tenía frente a mis ojos, o mejor aún, imaginen un G.I. Joe totalmente calato, peladito. Tomó una toalla.
- Sécate. Tu ropa vamos a colgarla acá en el baño para que se seque un poco.



- Asu, sí que casi diez años duraron de novios, Manu.
Sin saber cómo ni en qué momento, Viche y yo estábamos acostados en la misma colchoneta, de lado, para poder entrar. En esa posición, rozar sus piernas era casi imposible, pero yo no le di importancia al asunto. Me había concentrado en resumirle mi vida de enamorado y ahora de casado.
- ¿Y tú, Viche? Me dijiste que seguías soltero. ¿Acaso ninguna hembra te convenció?
Vicente sonrió y se tomó unos segundos.
- Tú eres psicólogo, ¿cierto? Entonces, tú me vas a entender? ¿Puedo confiar en ti?
- Claro, Viche. Cuenta conmigo.
- Sí, saliendodel colegio, me gustaban las hembras y salía con varias. Me las llevaba a la cama pero no me sentía satisfecho. Una vez Pepe, el fotógrafo de modas, me contrató para hacerme una sesión. Necesitaba el billete y acepté. Posé. Las fotos salieron de la puta madre.
- Sí, creo que las vi. Éso fue hace 15 años más o menos.
- No, diez años atrás. Para entonces ya tenía este cuerpo. La nota es que cuando terminamos la sesión, Pepe me dijo que si quería ganar más plata como modelo. Obvio le dije que sí. Entonces me propuso hacer fotos porno. Ya sabes: calato, mostrando mi verga al palo, esas cosas. Yo al inicio me asusté y le dije que no, pero al regresar a mi jato y ver la necesidad, pensé, huevón. A la semana siguiente le estaba posando como Dios me trajo al mundo. ¿Qué piensas de éso, Manu?
- ¿Yo? Nada. Normal. Yo entiendo que tenías necesidaes económicas. No hiciste nada ilegal, ni inmoral.
- ¿En serio crees éso?
- ¡Claro! son solo unas fotos porno, nada más. No mataste a nadie, no extorsionaste a nadie, ¿no?
- No... Eres la primera persona que me dice éso.
- ¿Y éso qué tiene que ver con las hembras? ¿Las fotos se filtraron? ¿Estabas con alguien y te cortó al verlas?
- No exactamente. Las fotos se filtraron hace ccinco años recién. Acá las tengo.
Vicente se levantó y se alargó hasta los pies de la colchoneta, y se quedó en cuatro, mostrándome su enorme culo y su ano, el que notaba algo más ancho de lo usual. Tal visión me comenzó a poner la pinga dura, así que me puse boca abajo.
Cuando se acostó otra vez.
- Guá, promo. ¿Y por qué te pusiste de culo?
- Nada... es que... de costado... me estaba cansando.
- Ah ya.
Me dio el celular y me mostró las fotos. Si bien Pepe había realizado un excelente trabajo con ese cuerpo desnudo en todos sus ángulos, incluso mostrando el culo, lo que tenía ahí a cinco o seis centímetros de distancia superaba cualquier obra de arte.
- Ah mierda, Viche. Eres aventajado, mierda.
- Jajajajaja. ¿Tú crees?
- Lindas fotos. Excelente trabajo.
Le devolví el celular. Mi pinga bajo mi vientre no solo estaba durísima, estaba recontra lubricado.
- ¿Qué piensas ahora que las viste?
- Ya te dije: excelente trabajo. Pero, ¿éso lo vio alguna jerma?
- No creo. La vaina fue lo que pasó luego de esa sesión.
- ¿Qué pasó, Viche?
- Me estaba bañando en la ducha porque en las últimas fotos tuve que eyacular, y me estaba quitando la leche de mi abdomen. en éso, siento que alguien entra detrás.
- ¿Pepe?
- Sí, Pepe. Comenzó a sobarme la espalda, a decirme que le parecía rico, que podía hacer mucha plata conmigo. Te juro que me paralicé. Cuando me volteé a reclamarle, él me cogió el huevo. Debí empujarlo porque se suponía que no me gustaba la mariconada pero... no lo hice, no solo me gustó.... Dejé que me la chupara. Se me armó otra vez. Al poco rato, le estaba metiendo mi pinga a su culo. Y cuando las di, no me sentí mal. Me asusté, huevón.
- ¿Se repitió?
- Tres veces más, Manu. Tres veces. Me presentó gente de su entorno y terminé cachando con todos ellos. Pepe se había alucinado que quería hacerme su macho, así que cuando supo de que me cachaba a sus amigos, me dejó de hablar, de dar plata. Lo bueno es que había hecho contactos y desde entonces trabajo como seguridad. Y desde entonces, comencé a cachar más con patas que con jermas hasta el punto que ahora solo cacho con patas.
- Ni me mires el culo, Viche, porque yo soy bien varoncito, jajajajajajaja.
- Jajajaja. Nada, Manu. Además, eres mi promoción. No me malearía así contigo. Pero éso no es lo único.
- ¿Hay más?
- Cuando comencé a cachar con patas, yo era quien los clavaba. Una vez conocí a un tombo, y luego de chupar como cancha, fuimos a su jato a seguirla. Allí mas bien comenzamos a manosearnos y terminamos en la cama. La vaina que esa madrugada, no solo me caché al tombo... el tombo me cachó a mí también. Y desde entonces fui metiéndola y dejándomela meter hasta que ahora me gusta más que me la metan. Claro que sí la meto, pero bien de vez en cuando. ¿qué crees que me haya pasado?
Yo seguía allí boca abajo ocultando mi erección húmeda.
- ¿qué te pasó, Viche? Pues, simple: digamos que en estos años, has ido explorándote hasta hallar tu sexualidad real. No eres el único. Le pasa a mucha gente.
- ¿Es normal, Manu?
- Ni normal ni anormal, Viche. Es un proceso personal, como todo en la vida. La pregunta sería: ¿cómo te sientes al respecto?
- ¿Yo? Normal, Manu. No me jode que me gusten los patas o que me la metan.
- Entonces, ya te aceptaste. Punto. Si no sientes culpa, todo está bien.
- La verdad que no siento culpa. ¿Dices que no soy el único?
- Correcto. No lo eres. Lo que pasa es que muchos hombres por el machismo, jamás lo admitirían, y en una sociedad que te señala por cualquier huevada, mejor actúan o se mantienen al margen.
- Y.... ¿a ti te ha pasado, Manu?
- ¿a mí? Pues.... ejem... No sé. Para serte honesto, hace unos mesesconocí a un chiquito de 25 años. Nos hicimos conocidos porque cuida cerca de donde yo trabajo. Una noche que me quedé hasta tarde, tomamos la mototaxi juntos porque él se regresaba a su casa, y como era mototaxi cerrada, así de la nada, se me acercó más de lo debido, me tocó el paquete y me dio un piquito en la boca.
- ¿Tú qué sentistte?
- ¿La verdad, nada.
- ¿No se te paró cuando te tocó el paquete, Manu?
- No. No se me paró.
- ¿Quién es?
- Qué chismoso. No creo que lo conozcas. Es un chibolo... un tal Jesús.
- ¿Jesús? ¡No jodas! Sí lo conozco. Me lo he clavado tres veces.
- ¿En serio? Es un medio gordito. Rico culo. Chatito, trigueñito.
- Entonces sí es el mismo. No vayas a contarle nada si lo ves, Viche.
- Hace meses que no lo veo, pero te paso el dato: cacha con gente treintona. Le gustan los treintones y cuarentones.
- Sí, me di cuenta que tiene carencias afectivas, pero ése ya es otro tema.
- ¿Fue la única vez, Manu?
- Sí... ¿Por qué me miras con esa cara?
- A mí me contaron algo. Dos notas tuyas. Una, que tieness varios amigos gay.
- ¿Y éso qué tiene que ver?
- ¿No ha pasado nada con ninguno? Hay rumores que dicen que sí.
- Jaajjajaja... Sí, los he oído, pero nada. ¿Cuál es la otra cosa que te han dicho de mí, Viche?
- No me la dijeron, Yo la vi: tú posaste desnudo para Pepe también.
Me dejó helado.
¿Cómo que la viste?
- Cuando Pepe quería que me hiciera su pareja, me mostró varias sesiones con patas y en una de ellas te reconocí. tenías el cabello más largo, pero ese cuerpo y esa expresión... imposible de olvidar. Especialmente por ese lunar aquí.
Vicente, entonces, puso su mano sobre mi nalga izqueirda. Yo reaccioné y me volteé.
- ¡Guarda, Viche, no seas pendejo!
Al voltearme, no me había dado cuenta que había expuesto mi pene erecto. Vicente sonrió.
 Entonces, me tocó mi falo duro.
- ¿Y ésto?
- ¿ésto? es queeee... como estaba boca abajo, entonces la presión....
- ¿Cachaste o no cachaste con Pepe?
- Oe, ya me suena a interrogatorio.
- Normal, promo. Yo te confesé mis secretos. ¿Qué problema hay que me confieses los tuyos?
- ¿Qué dijo Pepe? ¿que me lo caché?
- Dijo que no quisiste, que por éso no te volvió a llamar, pero que notaba qe se te chorreaba la nota.
- Y así fue, Viche.
Me sentí incómodo. Me senté sobre la colchoneta.
- ¿Dónde está el baño? quiero mi ropa, Viche.
Vicente me agarró fuerte de la cintura y su antebrazo aprisionó mi erección.
- Tranquilo, promo. Todo está bien. Yo no dije nada antes, no diré nada ahora.
- ¿qué le dijiste a Pepe sobre mí cuando viste mis fotos?
- Nada. solo le pregnté qué había pasado con ese huevón y me contó lo que te dije.
Me tranquilicé un poco. Vicente se sentó a mi lado. Juntó su cadera con la mía. Me abrazó.
- Es normal, Manu. Le pasa a mucha gente.
Volteé a verlo.
- No dije que fuera normal o anormal. solo que no eres el único que ha descubierto su real sexualidad.
- Pero tú te resistes a reconocerla.
Lo miré fijamente a los ojos. Vicente me miraba no con cara de revancha, no con cara de burla; me miraba con cara de paz, de cierta ternura, con cara de quien tiene la autoridad para decirte tus cosas no por ciencia sino por sentido común. Lo abrazé también. Acerqué mi cara y lo besé en la boca. Me correspondió.



Vicente mamaba la pinga mejor que mi esposa. Se la tragó toda. Se la sacaba, se la metía, jugaba con mi prepucio. embocó cuidadosamente mis bolas con su lengua y siguió bajando hasta levantarme las piernas y hacerme un rico beso negro.
- Lo tienes cerradito, promo.
- Y así se quedará.
Vicente sonrió cuando le dije ésto. Se levantó, sacó un preservativo y me lo dio. Me lo puse. Luego me dio un sachet de lubricante y lo desparramé sobre mi pene forrado. el resto de lucricante se lo puse en su culo, se arrodilló sobre mí, y puso mi pene en su ano. Se lo fue tragando poco a poco. ¡qué rica sensación sentir cómo mi falo penetraba en esa caliente hondura, carajo! Cuando mis 16 centímetros estaban dentro, comenzó a cabalgarme. Su pene golpeaba en mi vientre y comencé a masturbarlo. Se puso duro. Tranquilamente eran 19 o 20 centímetros, grueso..
entonces se hizo para atrás y se puso boca arriba, levantó sus piernas y yo me le abalancé y lo clavé piernas al hombro. No quise agredir su culo. Fui gentil con mi bombeo, sintiendo el placer de cada minuto de sexo.
Luego se puso en cuatro, lo volví a clavar, así gentilmente. No pensé en nada más. Solo disfruté. Me vine a los pocos minutos.
Cuando volví en mí, abrí los ojos, estaba sudando como mierda. Bajé la mirada. Ese hombre musculoso estaba allí a cuatro patas, mi pene semiflácido dentro de su ano, el condón en su sitio, como debe ser. Me desesperé. Le saqué mi miembro de golpe, me puse de pie como un rayo.
- ¿Dónde está el baño, Vicente? Quiero mi ropa.
- Ya, Manu. Tranquilo.
- ¿Dónde está el baño, Vicente? quiero mi ropa, por favor.
Vicente se asustó, salió de la habitación. Vi el arma en la esquina, me acerqué a ella pensando en que podría ser mi mejor salida si pasaba algo.
Vicente regresó con mi ropa algo seca. Me la puse de inmediato.
- Quiero irme, Vicente.
- Tranquilo, Manu. Relájate.
Me agaché a la esquina y tomé el arma. No sé cómo la saqué y le apunté a Vicente.
- ¡¡Quiero irme, conchatumadre!!
Vicente se asustó.
- Tranquilo. Sígueme.
Salió del cuarto, avanzó por el pasillo a oscuras, sentí que abrió la puerta de par en par.
- Vete, Manuel.
Tiré el arma hacia el pasillo y salí corriendo de regreso a casa.



La ducha fría me tranquilizó. Puse la ropa de esa noche en el canastón de ropa sucia. Mi celular sonó. era mi esposa.
- ¿Dónde estabas? te he estado llamando.
- Sorry, amor. me quedé dormido.
- ¿Te pasa algo?
- Nada. Me asusté. Pensé que te había pasado algo grave.
- No, amor. Estoy bien. Mañana estoy temprano en casa.
Terminé de hablar con ella y sonó la alarma de mensaje. Vi. era Jesús. "Estoy solo en mi jato, ¿vienes?". Lo maldije. "Vente a la rconcha de tu madre, hijo de puta", le puse y lo bloqueé. También bloqueé a Vicente. Traté de dormir. Menos mal, al día siguiente sí llegó mi esposa.

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- ¿

domingo, 13 de marzo de 2022

ASS (19): Tres patas hacen trenecito en la parcela

Marcano lo sabe enchufar y se lo saben enchufar.


 

El culo de Marcano parece ser demasiado grande para el asiento de la motito Honda de segunda mano que utiliza para ir de un lado a otro de San Sebastián y atender a su clientela. Julio lo experimenta ahora mismo mientras está sentado detrás suyo entrando por el camino que lleva a su chacra.

Por más caleta que quiere pasar, le ha sido imposible despegar su bulto de las dos enormes nalgas del venezolano. ¿Se habrá dado cuenta que sus 18centímetros están al palo? Ojalá su jean lo haya podido disimular, pero con esos baches… uff, jodido.

“Es en esa puerta”.

Cuando al fin logran desmontar, Julio trata de dar la espalda al electricista para que no se percate de la erección. Ya dentro de la casa, van al dormitorio principal. El anfitrión abre la ventana para que entre más luz natural. Marcano analiza las paredes y el techo; regresa a la moto para traer su maleta de herramientas. Julio se mira la entrepierna y se golpea la pinga a ver si se le baja.

A la media hora, Edú regresa de trabajar en la plantación y entra por la puerta trasera dejando la pala donde siempre. Al escuchar el murmullo, se aproxima al cuarto y encuentra a Marcano descalzo, subido sobre la cama tratando de instalar un soquete en el techo y a Julio en la puerta mirando la escena. Disimuladamente le toca el culo y el dueño de casa se asusta.

“Estamos iluminando tu nidito de amor”, reacciona.

Edú saluda a Marcano y lo primero que le llena la vista es un evidente cuerpo atlético bajo el mameluco, en especial las piernas y las nalgas.

        Voy a bañarme”, avisa Edú. “Tengo las bolas bien sudadas”.

Marcano ríe.

“entonces, aparte de las bolas lávate bien ese culo”, bromea Julio captando la intención.

“Voy a sacar mi mochila”, replica Edú.

“Oe, huevón, ¿y acaso en el estadio no te paseabas enseñando el culo en las duchas como si nada?”

Marcano vuelve a reír y mira a edú:

“¿Qué deporte has practicado, pana?”

“Fútbol. ¿Tú has practicado alguno?”

“Béisbol en mi país, pero acá hago pesas”.

“Ah”, reacciona Julio. “por eso el cuerpazo”.

“También solíamos andar desnudos en los camerinos antes de ducharnos”, cuenta Marcano. “Bueno, era lo natural entre nosotros”.

“Entonces, no te incomoda ver hombres calatos, ¿o sí?”, lanza Edú ya sin anestesia.

“En el cuarto que alquilo, a esta hora, ando calato, como dicen ustedes. Solo uso la ropa para ir a la calle, pero hasta duermo sin nada porque me incomoda”.

Edú y Julio se miran en silencio.

“¿Y no te mueres de calor en ese mameluco?”, interviene Julio. “Yo que estoy acá parado, estoy sudando de pies a cabeza… incluso los huevos”.

Marcano sonríe otra vez:

“La verdad que sí pana, me sudan hasta las bolas, pero… tú sabe’, el respeto, o alguien venga”.

Sin previo aviso, Julio comienza a calatearse. Mira a Edú, y éste lo imita. Cuando Marcano baja la mirada, un hombre calato de 30 años y otro de 50 están como Dios los trajo al mundo… y cada uno con sus pingas de 18 centímetros en pleno engrosamiento.

Marcano sonríe de nuevo. Se baja la cremallera del mameluco, se lo saca, luego el polo que tenía dentro y finalmente su bóxer.

“Ahora sí trabajaré a gusto”, sonríe el venezolano mientras su pinga de 21 centímetros ya está bien parada y sus nalgotas están allí, firmes y lampiñas.

Edú se encarama en la cama, y aprovechando que Marcano sigue de pie, se arrodilla delante suyo y comienza a mamarle la verga. A la mierda si sabe un poco más salada que de costumbre debido al sudor. Tras el electricista, Julio acaricia los generosos glúteos, los separa y trata de hundir su cara entre ellos. Marcano cree estar soñando.

Luego de un rato, la lengua del visitante explora el culo y el hueco de Edú, mientras que el suyo sigue bajo dominio de Julio.

“Lo tienes bien dilatado”, le susurra al electricista.

“¿Tienes condones?”

Julio hace una seña a edú y saca un paquetito.

“¿Han hecho un trenecito?”, insinúa Marcano.

“No, pero si lo sabes hacer, enséñanos”, responde Edú.

Con su pene ya forrado y lubricado, Marcano comienza a introducirlo despacio a Edú hasta que logra insertarlo por completo. De inmediato, Julio mete su falo en el ano de Marcano. Cuando por fin los ‘vagones’ están conectados a la locomotora, Marcano comienza a mover su cadera con ese inigualable ritmo caribeño estimulando el recto de Edú y masajeando el miembro erecto de Julio. Es increíble la cantidad de placer que tres hombres pueden disfrutar así al mismo tiempo, en especial el del medio, pues goza doble.

Posteriormente, y luego que Julio aclare que su culo no recibe verga, Edú pasa a ocupar el lugar del medio y Marcano permuta hacia delante. Ahora Edú puede entender la sensación que Julio acaba de experimentar al meter su pinga a ese culazo.

Tras varios minutos de hacer el trenecito, Edú se arrodilla sobre el suelo del dormitorio, mientras las pingas de Marcano y Julio lo apuntan en cada mejilla. Tras algún rato de que ambos se pajean, siente el semen caliente impactar sobre su cara.

Para hacerlo recíproco, Marcano se arrodilla y chupa el pene de Edú.

“Las voy a dar, carajo. Se viene mi leche”.

Marcano se saca el pene de la boca y el esperma se dispara sobre su rostro.

Tras bañarse juntos, y aún calatos, Marcano instala el foco, Julio lo prueba y el cuarto ya tiene luz artificial.

“Oe, huevón, tienes hermoso cuerpo. ¿Dónde dijiste que haces pesas?”

“Ah, pana. En el gimnasio… el de la parroquia”, contesta Marcano sin intención.

Julio y edú se miran un poco palteados. Marcano se da cuenta:

“¿Pasa algo, panas?”

“Mira, pata”, se adelanta Julio, “creo que tenemos que hablar al toque una nota seria… mi hijo entrena en el gimnasio al que tú vas”.

“No le veo el problema, pana”, responde Marcano con una sonrisa de incomprensión.

“No quiero que se entere que los tres hemos cachado; mejor dicho no quiero que se entere que su papá…”

“Fresco, pana”, interrumpe Marcano. “Cuando uno trabaja como electricista, mira, escucha, toca, hace y calla… ¿Tú crees que no sentí tu verga dura en mi culo? ¿Te dije algo acaso, vale?”

Julio se sonroja y carraspea.

“Chicos”, se mete Edú, “creo que a ninguno de los tres nos conviene que se sepa esta historia, y creo tener una solución que nos convenga a todos… y seguir gozando sin que nadie nos joda…”

Y para terminar,mira una película porno aquí

viernes, 18 de junio de 2021

La hermandad de la luna 4.4

A las diez de la noche, el sauna de vapor en el Xtreme Body Gym & Spa, en Collique Sur, solo tiene dos ocupantes: un fisicoculturista trigueño de baja estatura y Christian, quien comienza a mirarlo de reojo al inicio y luego con un descaro total, al punto que sus ojos poco o nada disimulan el interés que ha puesto en la rasurada entrepierna del musculoso. Y éste tampoco parece estar incómodo con la revisión visual a pesar de la penumbra, pero no intenta nada más. De pronto, la puerta se abre e ingresa un sujeto de contextura normal pero músculos más marcados que masivos.

“¿Qué hay, esteves”, saluda a Christian. “¿Qué dice la noche brava?”

“¿Qué hay, García?”

El recién llegado se sienta entre Christian y el musculoso.

“Bien aquí, relajándome tras una semana de escritos, diligencias, declaraciones… en fin, tanta chamba”.

“¿Hace cuánto asumiste? ¿Ya estás como titular o sigues como provisional?”

“Dos meses, huevón; provisional todavía. De todos modos daré el examen en octubre a ver si agarro una titular. ¿Tú sigues lamiéndole el culo a los Rodríguez?”, García se sonríe.

“Tratando de que las cosas sigan en orden”, responde Christian.

“Lástima lo de Manolo… era tan…”

Christian le topa el muslo a García con el suyo.

“¿Y qué te pasó anteanoche, esteves? ¿Cierto lo del venezolano?”

“¿De qué hablas, García? ¿Hay algún atestado con mi nombre?”

“No, y me pregunto por qué no existirá”, le responde mientras comienza a manosearle el pene y los testículos desparramados entre sus dos muslos.

“Ten cuidado que el monstruo puede despertarse”, sonríe Christian.

“No me digas que tienes pánico escénico”.

Entonces García palmea sinvergüenza el muslo del fisicoculturista.

“Buenas piernas, amigo. ¿Cómo te llamas?”

“Ehh… César. Me llamo César”, responde el otro muchacho con cierto nerviosismo.

“¿Nuevo por acá, no? ¿Eres de Collique?”

“ehh… sí, vivo cerca; lo que pasa es que recién empecé esta semana”.

“¿Y vienes por relajo o piensas competir… César?”

“Si encuentro sponsor, claro, me gustaría competir”.

García lleva su mano a los genitales del chico:

“Yo ssé que prepararse cuesta un culo de plata, y a veces es jodido hallarla”.

“Sí, es jodido”, sella César mientras abre un poco más sus voluminosas piernas.

Por su parte, el pene de Christian, con tanta manipulación, ya está duro, así que García, sin inhibición alguna, se agacha para chuparlo.

“Aguanta, huevón”, intenta detenerle el abogado, pero la cálida boca ya se está tragando el miembro.

“Hay un cuarto de descanso privado atrás”, informa César.

Christian lo mira con la poca luz que entra: el fisicoculturista está masturbándose.

“Tengo una mejor idea”, dice el abogado.


 

Las cuentas vuelven a cuadrar sin problemas en el AMW. Tito y Owen están sentados en el escritorio de la entrada, mientras al fondo, Adán está a mitad de sesión de piernas.

“¿Tiempo de entrenar?”, consulta el instructor.

“Pero no desnudos”, responde el gladiador haciendo un gesto hacia su primo, quien viste su enterizo alicrado y zapatillas.

“A él no molestar”, anima Owen.

Tito sonríe:

“¿qué nos pasó anoche, Owen? ¿Qué nos pasó ayer en la mañana?”

“Apaguemos luces”, responde el apelado sin ocultar sus blancos dientes. Tito se pone de pie.

“¿Tú saber que los chakras ser?”

“Ni idea. ¿Tú?”

“Para los antiguos indios, chakra ser un centro de energía. Nosotros tener más de doscientos en todo el cuerpo, pero haber siete principales: arriba de cabeza, aquí sobre tus cejas, la garganta, en medio de pecho, donde ustedes llamar boca de estómago, debajo de ombligo, y entre tus bolas y ano. El de arriba cabeza ser siete, y el detrás de bolas ser el uno”.

“O sea el de las bolas es el más importante”, comenta Tito.

“No”, aclara Owen. “Los números no expresar importancia pero orden. Y cuando haber orden, haber balance. Entonces, la función de chakras es mantener nuestra energía física, mental y espiritual balanceada. Si un chakra no estarlo, el ser no tener armonía”.

“¿Y por qué tuvimos sexo?”

“El chakra uno ser el chakra  raíz de todo nuestro ser. Ahí comenzar todo: la vida, la energía, la creatividad, la trascendencia. Antiguos indios llamarlo muladara y ser el primer centro de energía”. Entonces, cuando tú tenerlo bloqueado, tu energía no fluir, quedar acumulada, y cuando acumular energía, poder manifestar en una forma violenta”.

“¿Por eso tuvimos sexo?”

“Tú llamarte guerrero, y todo guerrero necesitar esa energía para saber cómo responder los retos de la vida, y saber elegir qué retos tomar. Antiguos pueblos de acá sospecharlo; por eso, organizar torneos de combate no para matar contendor pero recanalizar energía. El combate siempre es perdido por el que no tiene energía balanceada, y sexo conseguirlo. Por eso, vencedores tomaban sus penes en ano de vencidos, no como castigo pero rebalance”.

“Pero nosotros no combatimos ayer ni anoche”.

“Tú fluir mal tu energía, y tu energía no estar balanceada. Anoche traté tu energía fluir mejor. ¿Cómo sentir hoy?”

“Curiosamente mejor que ayer”.

“Ahora, ver esto”.

Owen sonríe y avanza hasta donde está Adán, quien descansa entre series de sentadillas. Bajo la única luz fluorescente encendida, le toma la espalda media. Adán lo mira, le sonríe, se voltea hasta quedar frente a él, lo abraza –lo que es correspondido—y lo besa en la boca. Tito se queda boquiabierto. Owen toma las tiras del enterizo de Adán, que descansan sobre ambos trapecios, y comienza a bajarlas, desnudando progresivamente y por completo el cuerpo de luchador, quien hasta ayuda moviendo las piernas para que la prenda empapada en sudor abandone por completo su cuerpo. Adán espera a que Owen se ponga en pie para quitarle la camiseta manga cero y el short, dejándolo también completamente desnudo. Ambos se sonríen y miran a Tito.

“¿Qué esperar?”

El gladiador se les acerca. Mientras Adán lo libera de la camiseta, Owen lo libera del short; luego, ambos toman cada lado del microbóxer y lo dejan como Dios lo trajo al mundo. Aunque, a decir verdad, lo único que los tres traen puestas son sus zapatillas.


 

En el dormitorio lateral de la casa grande, Flor trabaja en su laptop, y se detiene un momento. Se estira en la silla, suspira. De pronto tocan su puerta. La chica se pone de pie.

“¡Ya voy, tío Carlos!”

Pero, al abrir la puerta.

“Hola, muñeca”.

Frank está vestido con un mono y gorra blancos que tienen bordada una Luna cuarto creciente en hilos negros brillantes; calza unas botas negras para lluvia.

“No solicité servicio a la habitación, joven”, sonríe la chica.

“Es cortesía de la casa”, responde el galán y activa su celular. Una melodía interpretada con un saxofón suena desde alguno de sus bolsillos. El muchacho ingresa al dormitorio y comienza a moverse muy lento y muy sexy. La chica sonríe y se sienta en la cama para apreciar mejor el espectáculo privado. Frank agarra la gorra y se la saca, la sostiene con sus dientes  y, sin dejar de bailar y dar vueltas, toma la cremallera del mono y se lo baja, descubriendo su pecho velludo y musculado, así como sus abdominales bien definidos, y por supuesto esos brazos cuyos bíceps y tríceps parecen olas. El elástico de la cintura impide que el resto de la prenda caiga, lo que será imposible si primero no se deshace de las botas, las que quedan a un lado de la cama. Sigue bailando y esta vez toma el elástico, lo expande y empuja el resto del mono hacia el suelo. Flor no puede creer que debajo, el chico luzca una tanga negra hilo dental con una Luna blanca bordada justo ahí adelante. A pesar que no tiene sus nalgas depiladas, el hecho de que sean grandes lo perdona todo. Entonces, el mozo se acerca a la chica, libera la gorra que sigue entre sus dientes, se la pone a la altura del paquete y mueve sus caderas. Ella entiende el mensaje: toma las tiras de la tanga y comienza a bajarlas dejando que se deslice piernas abajo. Con una patada,  Frank tira la prenda más allá y baila sin quitar la gorra de sus partes íntimas; lo que sí no deja a la imaginación es su gran trasero. Cuando la música acaba, se coloca delante de Flor:

“La gorra es suya, señorita”.

La joven ríe algo atontada, pero no alarga el momento más: quita la gorra y se la pone a la cabeza.

“No vale con trampa”, reclama ella al ver que Frank usa sus manos para tapar su pene y sus testículos.

“¿Sabes abrir puertas?”

“Todas, Frank. Todas”.

Flor toma ambas manos con las suyas, las retira. Él toma los hombros de ella, la pone de pie, la abraza y la besa con dulzura en los labios. Comienza a desnudarla por completo. Por fin, ese chico y esa chica pueden expresarse el deseo que hace meses los invade. Él por fin puede besarle el cuello, los senos turgentes, los pezones duros, la delgada y suave cintura, paladearle la intimidad que la chica le ha guardado mientras acaricia sus piernas, y ella gime y jadea sin censura, tanto que, en compensación, le hace el mismo recorrido al hombre, a quien termina por succionar los dieciseis centímetros con un glande más grande que el resto del tronco, lamiendo unas ricas pelotas tapizadas de fino vello. Frank se pone un preservativo, y mientras se acuesta sobre la chica, le introduce poco a poco su peculiar falo. Las cosquillas que ambos sienten los transportan de un lado al otro de la cama, arrugan las sábanas y cobijas, hacen que la laptop pase a hibernación descuidando que su ojo electrónico mire cómo dos almas libres hacen el amor con intensidad y romance, cómo Flor se sienta sobre Frank demostrándole que ella también tiene tanto control, o quizás más que él, que el mejor momento para llegar al clímax es acostándose de lado y dándose un beso que parece eterno, viendo cómo poco a poco los dos amantes recobran la conciencia y se asustan al darse cuenta de un detalle que termina por generarles risa:

“Nos olvidamos cerrar la puerta”.

 

martes, 6 de agosto de 2019

El sexo y los negocios nunca van de la mano

La otra noche estaba bien arrecho cuando me di un vueltón por la Plaza de Armas a ver si levantaba puntos. Como esttaba solo en mi casa, y me estaba aburriendo demasiado, mejor fui buscando un culito que esté dispuesto a comerse mi pinga de 16 centímetros, ni gruesa ni delgada. Sí, pajearme hubiese sido una opción, pero no quería esa noche. La vaina es que llegué, me senté en una banca, paseé mi mirada, y me encontré con Marlon.

Este chibolo es un amigo de la universidad, pero estudia en otra facultad. Ya me habían dicho que el pata le entraba a la nota, pero como en cualquier lugar de cada diez cosas que te dicen, once son rumores, no le tomé importancia. Por último, que esté en la banca por la oficina de correos puede ser casual. Igual, le busqué la mirada, y cuando lo conseguí, me sonrió pero de una manera bien cojuda.

en lugar de sobarme mi paquete que, debajo de mi jean, no tenía ningún tipo de barrera, así que se me marcaba mucho teniendo en cuenta que tengo bolas grandes, decidí levantar el culo de la banca y acercarme a la suya.
"¿Qué hay Marlon?", lo saludé.
"Nada, Tavo", me respondió.
"¿Cómo que nada? ¿Y esa cara de cojudo que te cargas?"
Marlon se sonrió un poco. Al menos reaccionó.
"Huevadas que uno piensa", me dijo.
"¿Y estás aquí hueveando, como pan que no se vende?", comencé a joder.
"No quiero ir a mi casa, no tengo a dónde ir", me confesó.
"Vamos a la mía, si quieres", me lancé.
"No. Ahí nomás". Ni modo, dije, si va a estar con esa cara de culo, mejor busco puntos en el cine. "No quiero incomodar a tu mami". Ah, puta, entonces me dije que había esperanzas.
"Mi vieja no está", le informé. "Todos se fueron de viaje, así que ando solo y aburrido".
"¿En serio, Tavo?"
Le respondí que sí con mi cabeza, la de arriba, porque la de abajo ya estaba despertándose, y mejor era caminar para no ir con el roche de estar por el centro con la verga al palo bajo la ropa.
"¡Vamos!", se animó y se puso de pie.
Yo, de puro pendejo, me detuve un rato para verle su culo bien redondito y marcado. Marlon es un poquito más bajo que yo, marcadito de cuerpo, buenas piernas, y, bueno, su culito redondito, bien paradito.

llegamos a mi casa en diez minutos. Solo era de tomar taxi y ya.
"¿quieres quedarte aquí en la sala o mejor vamos a mi cuarto?", le ofrecí sin ocultar mi pendejada.
"¿Hay algún problema si vamos a tu cuarto?", me consultó.
"No, para nada". aseguré. "Vamos".
Caminamos.
"Oe, Tavo, ¿aún vas al gym, no?"
"Sí, Marlon. ¿Por qué?"
"Porque se te nota. Te pusiste una ropa tan apretada que parece cuerpo pintado".
Me reí ante la gracia.
"Por mí andaría calato pero no se puede, así que éso lo hago solo cuando estoy en mi cuarto", expliqué.
"Yo igual", me dijo Marlon.
Entramos a mi cuarto que no estaba ordenado como la gente decente, pero a la mierda. Invité a que Marlon se siente en mi cama y yo sí me acosté.
"Chévere tu cuarto", comentó Marlon.
"Gracias. Con invitados como tú, se pone más chévere aún".
"Gracias", se sonrió, y me palmeó mis abdominales. "Los tienes duros", siguió sonriendo".
"No es lo único duro que tengo".
Ah no? ¿Qué otras cosas tienes duras?"
"Ah, no sé. Si quieres, explora".
Marlon sonrió y me tocó el brazo, lo que hizo que se inclinara y se arrellanara más en mi cama, luego mi pecho.
"Sí los tienes duros, Tavo".
"Te falta abajo", le avisé. Y claro que estaba durísimo de allí, durísimo y comenzando a mojarme.
Marlon me tocó los muslos, y quitó la mano.
"Te falta", le dije.
"¿Quieres que te toque la pinga?", me preguntó.
"Depende de ti. Yo no me palteo".
Marlon al fin la cogió, y no solo éso, la manoseó por encima de mi ropa.
"¿Y cuándo te quedas calato aquí en tu cuarto?"
"Ahorita mismo, pero a lo mejor te jode un poco".
"No, Tavo, para nada. Además ésta es tu casa".
Le sonreí, me levanté de la cama y delante de él me quité mi polo, mis zapatos, mis medias y mi jean. Y me quedé como Dios me trajo al mundo porque, recuerden, no tenía ropa interior.
"Si quieres, quédate calato", le invité.
"¿No te jode, Tavo?"
"Para nada".
Marlon se puso de pie y se quitó todo, incluyendo una tanga pegadita que tenía por ropa interior. Me le acerqué, pegué mi cuerpo, lo abracé y le di un beso en la boca. Nuestras pingas duras se chocaron en una guerra de espadas riquísima.

Los rumores eran ciertos. Marlon no solo es gay sino que la chupa como los dioses. Se metió toda mi pinga hasta el fondo y me la succionó al punto que casi las doy en su boca. Tuve que respirar hondo para que no se me salga la leche. Como estaba jadeando, parece que Marlon entendió que no resistiría más. Sentó su culo redondo y duro sobre mi verga e hizo que mi líquido preseminal le lubricara las nalgas y el orto. Saqué un condón de mi mesa de noche y se lo di. Ya forrado, se metió mi pene duro en su caliente culo y comenzó a rebotar.
"Ay, Tavo", gemía. "Qué rica que está".
"es toda tuya", le dije arrechazo.
No duré mucho, lo confieso, porque estaba con la leche en la punta del pájaro, así que las di en cuestión de dos o tres minutos. Luego, agarré su pene de 16 centímetros, lo masturbé e hice que su leche se me disparara sobre mi abdomen y pectorales.
"Qué rico, Tavo", suspiraba Marlon.

Después de limpiarme su leche y lavarme mi pinga, me acosté a su lado. Seguíamos desnudos. Lo abracé.
"¿Y ahora me vas a decir por qué esa cara de culo que tenías en la plaza?", pregunté.
"Es que me metí en un negocio: le vendí ropa a varias personas y un chico me pidió ropa interior. Media docena. La vaina es que se la llevé, le gustó, hizo todo el show de probársela, cachamos, y cuando le dije que me pagara, me dijo que no joda, que con cachar ya debería darme por pagado, y ahora estoy con una deuda jodida que no puedo pedir cierta cantidad de ropa, y éso me jode el negocio".
"Qué pendejo", le dije.
"Entonces estaba viendo quién me prestaba para saldar mi deuda y seguir pidiendo volumen".
"¿Y ese conchasumadre no quiere pagarte?"
"Fui a verlo pero ahora se niega. Yo creí en él".
"Ay, Marlon. Muy cojudo fuiste. Seguro el huevón vio que se te caía la baba por él y se aprovechó".
"Seguro. Ahora sé por qué dicen que el sexo y los negocios no se llevan bien".
"A menos que seas escort", me reí. "Por cierto, ¿cuánto te debe?"
"150 soles".
"¡Ala puta de su vieja! Oe, ¿y quién es ese rechuchasumadre?"
"No, Tavo; tú sabes que mejor es ser caleta".
Entendí. Claro, Marlon tiene razón. Como que no es bueno hacer luz a veces. Entonces se me ocurrió una idea.

Tras vestirnos, salimos de mi casa y nos fuimos a un cajero automático. Saqué plata.
"Te presto para que cubras. Me la vas devolviendo de a pocos porque dudo que ese hijo de puta lo haga", le expliqué. Marlon se deshizo en agradecimientos y.... desapareció. Es más, ni siquiera lo veía en la facultad, aunque un amigo común me aseguraba que sí estaba asistiendo, hasta que hace tres días lo encontré de pechito en un centro comercial. Nos saludamos normal.
"Ah, vamos a tomar algo", me invitó". "Te daré 50 de lo que me prestaste".
Así lo hicimos.
"Ya los otros 50 te los doy la próxima quincena y quedamos a mano".
"¿a mano? No seas pendejo: me debes 100 aún".
Marlon se rió. "¿Y esa tarde que cahchamos?"
"Oe, no seas pendejo. Nunca dijimos que te pagaría por follar".
Marlon se carcajeó.
"Sexo y negocios no van de la mano", me lanzó".
"¡No seas pendejo!", comencé a perder la paciencia.
Marlon se carcajeó más y éso comenzó a sacarme de cuadro.
"Ya, Tavo, no seas zonzo. ¡Claro que te debo 100! Te doy 50 la próxima quincena y los otros 50 la siguiente. Ahora, si quieres, te puedo canjearlo por mercadería".
Me tranquilicé.
"Parece buena idea", le dije.
"Pero... me metes pinga y te doy tu prenda", me ofreció.
"Marlon, me voy a sentir como un escort".
"Son negocios... me ayudaste a cubrir mi deuda".
"Pero sexo y negocios no se mezclan, Marlon".
"¿Y si hacemos una excepción?", me lanzó mientras rozaba mi pierna bajo la mesa, lo que me paró mi pinga bajo mi pantalón, otra vez sin ropa interior.
Ahora me pregunto si debo aceptar o no. ¿Tú qué harías en mi lugar? Aconséjame aquí o en el Twitter.


viernes, 28 de abril de 2023

Me folló rico tras rescatarlo de la lluvia torrencial


Mi nombre es elton, vivo en Fort Lauderdale, Florida, y trabajo como voluntario en una ONG que proporciona ayudas aquí en Piura. Me especializo en zonas de desastre. Fui asignado por mis superiores a trabajar en los apoyos para damnificados por las lluvias.




 

Personalmente gusto de la lluvia. Me encanta sentir las gotas en mi cara y en todo mi cuerpo. Es relajante. Como la casa donde vivo tiene un pequeño patio, cada vez que llovía fuerte, quedaba desnudo y salía con los brazos abiertos a recibir el agua. De vez en cuando el destello de los relámpagos me iluminaba por segundos.

 

Como me gusta hacer deporte, a cada destello se me veía como en una breve fotografía luciendo mi cuerpo bien entrenado cual estatua clásica.

 

Cierta tarde, cuando ya terminaba de trabajar en la oficina, comenzó la lluvia fuerte. De inmediato entendí que duraría mucho tiempo. Terminé de arreglar los papeles que estaba organizando, los guardé, y aseguré todo. Di un último vistazo por la ventana: seguía lloviendo duro. Pero algo más llamó mi atención. En un poste de la esquina, una persona estaba de pie mojándose y mirando a ambos lados.

 

Salí de mi oficina, y me fui hasta esa esquina. El hombre giró su cabeza hacia mí. Se le notaba aturdido, extraviado. Era un chico negro de rostro agradable.

“¿estás bien?”, le pregunté.

“No hablo español”, alcanzó a decirme.

“¿qué tú hablas?”

“Francés”.

Con lo poco que sabía de ese idioma, le dije que entrara a donde yo trabajaba. Él se negó.

“¿Tú policía?”

“¿No! No soy policía”.

“yo sin hogar”.

“Espérame aquí”, le dije.

Saqué mi motocicleta y fui a donde había dejado al chico.

“Sube… te llevaré a casa”.

“No tengo casa”, me repitió.

“No… A mi casa”.

Le hice una seña con la mano para que se siente y le señalé el cielo dándole a entender que el aguacero iba a continuar. Aceptó.





 

Mientras avanzábamos por las calles de Piura hechas un río, cada vez que frenaba en seco, pude sentir su recio cuerpo chocando contra mi espalda.

 

Llegamos a la casa que alquilo. Lo hice pasar de inmediato al mismo tiempo que metía mi motocicleta.

Merci”, me dijo con su voz áspera.

“quítate la ropa”, le aconsejé. “Ponte ropa seca”, proseguí señalando su mochila.

“Oh… ropa sucia”, me respondió.

“Quítate la ropa de todas maneras porque vas a enfermar”.

“Quiero cargar celular”, me dijo más bien.

Le indiqué dónde estaba el tomacorriente. Él sacó su móvil y lo conectó. Me acerqué y tomé su mochila.

“Vamos a lavar tu ropa”.

Vi algunas lágrimas formándose en sus ojos. Me le acerqué y sin más protocolo le di un abrazo.

“Tranquilo, ami. Estarás seguro aquí”.

Merci, ami”, me respondió abrazado y casi sollozando.

Me separé.

“Quitémonos la ropa, nos vamos a enfermar”.

Comencé a desnudarme, y cuando me quedé sin ropa, la sacudí y caminé hacia mi dormitorio. Con la otra mano, cargué su mochila. Fui hasta la lavandería y conecté la lavadora. Recé para que la electricidad no se cortara debido a la tormenta.

“Mi ropa”, escuché que me dijeron a mi espalda. Volteé. El chico estaba desnudo. No podrías imaginar qué hermoso y perfecto cuerpo de ébano estaba frente a mí, tal como Dios lo trajo al mundo: musculoso, lampiño, larga verga, voluminosas bolas. Eso sí, su vello púbico estaba crecido. Tomé su ropa y la metí a la lavadora.

“Vamos adentro… ¿quieres café o vino?”

“Café”, me dijo sin dudar.

Sonreí. Le presté un par de sandalias que le quedaron muy chicas. Preparé café.

“¿Cómo te llamas?”

“Michel”.

“¿De dónde vienes?”

Cafou”.

“¿Dónde está eso?”

Port-au-Prince”.

“Oh, Haití”… ¡Estás migrando solo?”

“No. Con mis amigos, pero mi móvil descargó. No puedo comunicarme”.

“Diles que estás seguro y que pueden buscarte cuando acabe la tormenta”.

“Ropa lavando”, sonrió. “yo… desnudo”.

Sonreí. Nos sentamos a tomar café.

“eres guapo”, me animé a decirle.

Merci, moma mi. Tú también eres guapo… y generoso”.

Merci”, sonreí.

“¿Cómo te pago esto?”

“No tienes que pagarme”.

“Estoy agradecido”.

“eso es suficiente”.

Me abrazó de nuevo y aproveché a ponerle mi mano sobre su enorme muslo. Hizo que me acurrucara en él.

“¿te parezco atractivo, no?”, me susurró.

Me tomó por sorpresa. No supe qué responder.

“Tú también me pareces atractivo”, continuó.

Entonces, Michel comenzó a acariciarme el hombro y luego el brazo. Yo comencé a acariciar más su muslo y rocé sus bolas. Esperaba encontrar su pene flácido, pero ya no estaba allí. Mejor dicho, estaba comenzando a erguirse y ponerse duro. Disfruté viendo cómo ese trozo de carne se hacía gordo, largo y se elevaba a medida que latía. Mi pene también se puso duro y comenzó a surgir mucho precum.

“¿Puedes chupármelo?”, me consultó.

“Por supuesto”, accedí.

Me incliné, abrí mi boca, comencé a succionar su pinga. Obviamente, no me la pude tragar toda completa, pero a Michel pareció importarle poco si yo soy un garganta profunda o no. Me tomó mi rostro, me lo levantó y me besó profundo en la boca, muy apasionado.






 

Continuamos en mi dormitorio. me besó y lamió bien el culo. Yo me sentía en las nubes. Le di un condón y se lo puso. El pedazo de látex no pudo cubrir toda su hombría. Volvió a lamerme bien el ano y fue metiéndome su verga poco a poco. No niego que me dolió, pero el fue muy paciente tratando de que al taladrarme, todo no fuese violento, como dándole tiempo a mi recto para que se expanda.

 

Cuando logró meter toda esa manguera, comenzó a moverse despacio y apasionado. Fue increíble cómo Michel me hacía el amor. Primero hicimos piernas al hombro, luego me puse en perrito. Finalicé cabalgándolo. Cuando estaba en esa posición, él tomó mi pene erecto y comenzó a masturbarme. No resistí más y eyaculé sobre su vientre firme y sus pectorales.

 

Me tiró suavemente sobre la cama, se sacó el pene y el condón y el se pajeó también. Disparó su leche sobre mi atlético cuerpo. Mi leche se deslizaba por sus muslos y tocó los míos. Estábamos sudados al extremo. Se inclinó a darme otro beso largo y profundo en la boca.

Merci”, repitió.

Merci”, le repliqué.








 

Tras bañarnos, saqué su ropa de la lavadora y la colgué en un espacio bajo techo donde puse deshumidificadores. Él se contactó con sus amigos cuando su celular se recargó.

“me estaban buscando”, me dijo. “Les avisé que estoy en lugar seguro”.

“entonces, ¿irás a verlos?”

“No esta noche. Voulez vous couché avec moi?”

Le sonreí. Es un verso de mi canción favorita.

Follamos dos veces más y nos quedamos dormidos.

Temprano al día siguiente se fue. No aceptó que le diera dinero. Sé que está siguiendo su camino y cuando llegue a donde está migrando, me avisará. Quizás lo visite en mis próximas vacaciones.

Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com