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lunes, 27 de febrero de 2023

Lucas: Un ron por ese chibolo

Soy Lucas, vivo en Piura,  y tengo 38 años. Mi obsesión son los chibolos de 22 años, delgados pero formaditos. ¿Por qué?

 


Hace un tiempo yo chambeaba en Chiclayo. Un miércoles me encontré en un grupo de contactos gay a un chibolo de 20 años. Le mandé solicitud, me aceptó, chateamos buen rato, me cayó simpático, quedamos para vernos el sábado. Esa noche y las siguientes hasta el viernes, aluciné follando sin control con él en mi cama, inundando su ano con mi semen.

 

No había momento en que me quedara calato en la cama, pusiera dura mi verga de 15 centímetros y la frotara contra la almohada hasta que se me saliera la leche imaginando que perforaba su sabroso culito. Ni las duchas frías que tomaba me bajaban la calentura. ¡a la mierda! Cuánto esperma me hizo botar ese conchesumare.

 

Llegó el sábado. Como le dije que tenía sitio, organicé mi cuarto para que la cita fuese lo más placentera posible. Me fui bien animado a chambear.

 

A eso del mediodía, el huevón me pasó un mensaje: “No creo que la haga, causa… tengo un culo de trabajos de la universidad por entregar” ¡Carajo!, me dije. ¡Y qué iba hacerme esa noche? Porque si él tenía un culo de trabajos, yo no había dejado de alucinar cómo sería probar su culo mientras le hacía el amor. Ni modo. Me resigné. Algo haría. Quizás… pajearme como loco.

 

Salí de la chamba a eso de las seis y media de la tarde cuando otro mensaje me entró. Era el mismo chibolo. Yo estaba desganado, así que no le di bola. Pero el chico insistió. “Al diablo mis trabajos… ¿dónde nos vemos?” Puta madre. De solo pensarlo, se me fue el cansancio y hasta mi verga se puso dura bajo mi ropa. Y ya sentía el bóxer húmedo porque cuando se me para, lubrico como mierda.

 

Quedamos de vernos en el Paseo de las Musas. A pesar que yo había deseado ese momento, estaba medio nervioso. Me compré un roncito y me puse a tomar un poco como para darme valor. La huevada es que el chibolo no aparecía por ningún lado. Decidí acabarme la chata e irme a joder a otra parte.

 

Ya estaba tomando el último vaso cuando él apareció.

“Disculpa, brother”, me dijo todo humilde. “traté de zafarme, pero una vaina y otra…”

¿De qué vainas habla este huevón? Mejor estaba mi vaina, otra vez al palo, lubricando, especialmente con esa ropa entallada que le marcaba su físico, y ese pitillo que le destacaba su culito bien redondito y sus piernas gruesitas y firmes.

“Practico fútbol”, me contó cuando se sentó a conversar.

Compré otro ron y comenzamos a hablar. Le invité pero no quiso. Nos caímos en gracia. Cuando se acabó la segunda chata, llegó la duda:

“¿Dónde la seguimos?”, le dije, con la esperanza de que ya quisiera que cachemos.

“Vamos a la disco”, me propuso. No era precisamente lo que tenía en mente, primero porque ya le tenía hambre a ese culito y segundo porque no soy bueno bailando. Obvio, no le dije eso.

“OK… vamos”, le dije.

 

La pasamos bien en la disco. Como ya la había comenzado con ron, la seguí con ron. Quizás eso me dio valor para bailar. No sé ni cómo lo hice, o si hice el ridículo, pero el caso fue que también el chibolo aceptó tomar unos vasitos. Aprovechando la penumbra, me le acerqué y mi mano traviesa le acarició una nalga: estaba durita. Imagínense cuando nos tocó perrear, ahora era mi pinga la que se había puesto no durita al rozar su trasero… ¿estaba duraza!

“¿La seguimos en otro lado?”, le consulté.

“¿Dónde?”

 

En veinte minutos ya estábamos en mi cuarto. Apenas cerramos la puerta, nos besamos en la boca como locos. Qué rico sentir su lengua. Me imagino que le excitó mi aliento a ron. Comenzamos a quitarnos la ropa.

 

Ya calatos, nos abrazamos fuerte y dejamos que nuestras pingas duras se frotaran y rozaran. La suya también lubricaba un montón. Mientras nos besábamos, subimos a la cama.

 

Acaricié su culo de futbolista. Obviamente que así sin ropa era más redondito y firme que con ella. Aparte que esas nalgas lampiñas hacían que las caricias fuesen como pasar seda sobre porcelana.

 

Mis labios dejaron los suyos y comencé a besar suavemente su cuello con aroma de rico perfume varonil. ¿Bien!, dije yo. Él comenzó a gemir y jadear con tono de macho. ¿Bien, carajo!, dije yo. Los patas que se comportan como mujeres en la intimidad no me ponen nada.

 

Bajé a chuparle las tetillas. El chibolo se alocó más y acariciaba mi cabello. En realidad, me despeinaba. Seguí bajando. No tuve problema en chuparle su pene. No era largo o grueso, pero estaba ahí, levantado y duro como un gancho del que debía colgar toda mi boca caliente.

“Así, pata… la mamas bien rico”.

Succioné bien su pichula para ordeñarle un poco de precum y luego lo guardé en mi boca para buscar la suya e intercambiarlo junto a nuestras salivas mientras nos besábamos otra vez. Volví a bajar a seguirle chupando su rico pene.

 

Solito se fue acostando sobre mi cama. Abrió sus piernas para que le lama los testículos. ¿Requetebién!, dije yo. Solito levantó las piernas. Obviamente, ambos sabíamos qué queríamos.

 

Separé sus nalgas, saqué mi lengua, y, sin perder tiempo, fui a conquistar su anito cerradito. En mi excitación, quería penetrarlo solo con mi lengua. Él me agarró fuerte del cabello y quería que no deje de hacerle el beso negro. Miré un toque: ya estaba dilatándose. Decidí sopearlo más.

 

Me incorporé. Aprovechando mi saliva y mi líquido preseminal, le fui metiendo mi pene. El chibolo era tan estrecho que incluso para meterle la cabecita fue un poquito trabajoso. Así que me estiré, saqué el condón que había separado para esa noche especial, me lo puse, y luego saqué el lubricante y lo embadurné bien. Puse algo del gel en el ano de ese hermoso chico.

 

Empecé a empujarle mi pinga. Logró entrar todita poco a poco, pero, como era tan estrecho, me apretaba como mierda, y sentía que en cualquier momento ese ano iba a succionar mi falo arrancándolo de mi cuerpo. Comencé a mecerme. ¿Puta madre, por Dios! ¡qué hermosa sensación bombear ese agujero!

¡así,papito”, susurraba el chibolo. “Cáchame rico así”.

Ese pedido con voz de macho me calentó más, por lo tanto le di con todo y me moví como loco. El chibolo se quejaba medio rugiendo, como macho. Eso para mí era combustible. Le di más fuerte aún. Ambos estábamos fuera de nuestros seres entregándonos al sexo más rico que nunca antes nadie haya sentido.

 

Como me lo agarré piernas al hombro, mi pubis y mis bolas azotaban sus nalgas como un castigo placentero, que nunca desearía que acabe.

 

En un momento que tomé aliento para volverlo a cachar fuerte, él puso sus manos en mi pecho y me hizo entender que quería que me acostara. Lo hice. Ese hermoso nene se sentó sobre mi verga, se abrió bien sus nalgas y se dejó clavar por mi herramienta sexual. Comenzó a cabalgar como loco. Ahora era su hermoso culo de futbolista el que azotaba mi piel. Siguió gimiendo y jadeando. Por ratos se inclinaba y me besaba en la boca sin dejar de mover ese fabuloso trasero.

 

Estuvimos buen rato así hasta que…

“Ya las voy a dar”, le dije.

Él me sonrió.

“Quiero quitarme el condón y llenarte el culo con mi leche”, le dije.

Volvió a sonreír y me señaló su boca lo más pendejamente que puedas imaginar.

 

Cuando sentí que ya no iba a aguantar más, le dí unas nalgaditas y él se desconectó de mi pene, se arrodilló sobre mi cama y yo me puse de pie sobre ella. Me hice una paja que era capaz de arrancarme mi pinga y le di toda mi leche en su boca. Él no solo la saboreó; se la ttragó como quien traga el licor más rico del mundo.

 

Me incliné a besarlo en la boca nuevamente.

“La pasé de la puta madre”, le dije.

“Yo igual”, me respondió.

Para entonces, el efecto del ron se nos había pasado. Nos quedamos conversando un rato y cuando nos dimos cuenta, ya casi estaba amaneciendo.

 

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lunes, 17 de octubre de 2022

El precio de Leandro 9.1: Comercial caliente en la playa


El equipo completo de Sparking Advertising, mejor dicho del anunciante que ha contratado a la agencia de publicidad, compuesto por casi dos docenas de personas, llega a Playa Norte alrededor de la una de la tarde del martes, justo a la hora del almuerzo. Leandro ya había salido en ocasiones anteriores de la gran ciudad, pero eso de ir a un balneario y alojarse en un búngalo es una experiencia absolutamente nueva. Le asignan como compañero a otro de los modelos, Gerson, un joven muy blanco, atlético, ojos verdes, cabello pelirrojo, un acento que lo había escuchado a algunos jugadores de fútbol.

“Eu sempre foi uma bestia para os esportes em equipe; a duras penas si pratiqei nata-nata-nata-ción”, le confía a Leandro mientras entran a la cabaña que será su hogar por un día y medio, una construcción con madera y palmeras, muy al estilo surfista.

“También nado pero como cardio, no a nivel competitivo”, señala el futbolista.

Ambos dejan sus equipajes, se rifan las camas y van a almorzar. El resto de la tarde todo el equipo  artístico y de producción se la pasa trabajando sus marcas, las coreografías, dispone la ubicación de los equipos, ajusta todo lo que haya que ajustar. El trabajo finaliza cuando el sol se oculta en el horizonte dando un espectáculo que parece incendiar el cielo.

“Si te vuelve a buscar, dile que yo lo llamaré para conversar cuando regrese”,  habla Leandro con su madre mediante el teléfono. Está desnudo sobre su cama. “Sí, má, todo aquí es hermoso y algún día te voy a traer para que conozcas”.

Gerson sale del baño tras ducharse, totalmente descubierto. Leandro aprecia el físico donde destaca un par de pectorales bien pronunciados y la ausencia de vello corporal, algo que le recuerda a Darío, aunque con más testosterona encima.

“¿Vamos cenar, Leo?”

“Claro”, le sonríe el futbolista. “Me visto y ya”.

“¿Con quién estás hijito, estás sin ropa otra vez?”, se alarma Adela a mil doscientos kilómetros de distancia.

“Tranquila, má; todo está bien. Te hablo más tarde”.

La producción cuida que la comida sea lo más ligera pero nutritiva posible. Las instrucciones del señor Madero son no aumentar un gramo más y tenerlo todo marcado para la jornada del miércoles.

“¿Cómo te sientes?”, se acerca a Leandro cuando acaba la reunión de esa noche.

“Bien chévere, gracias por la oportunidad”.

“Vete a dormir porque mañana será pesado”, instruye Madero.

Leandro mira el reloj: ni siquiera son las nueve. Mira alrededor y ve que solo queda el equipo de producción, la mayor parte hablando en un idioma que no entiende.

“Hasta mañana”, asiente el muchacho. Total, ¿para qué contradecir a tu jefe apenas entrando a un nuevo trabajo?

Al llegar al búngalo y entrar al cuarto, lo encuentra apenas iluminado por la lámpara de noche. Sobre su cama, Gerson, otra vez totalmente desnudo, lee un libro cuyo título parece estar escrito en castellano pero no es castellano. Leandro también se quita toda la ropa y se echa en su cama a ver sus redes sociales en el celular. ¿Será bueno compartir o no las fotografías que se tomó esa tarde teniendo en cuenta que Darío va a verlas? ¿Sería capaz de tomar un avión y llegar a hacerle otra escena muy a su estilo?

“Vocé gosta ísto?”

Leandro mira a su derecha: Gerson ha cerrado su libro y lo ha puesto sobre la mesa de noche, además ha girado hasta ponerse de lado.

“¿esto?”, el futbolista lo mira de pies a cabeza.

“A Praia, el hotel, as garotas… ¿cómo vocé dize em español?”

“¿Las chicas?”

“¡Isso! ¡Las chicas! Vocé será meu profesor de español”.

Leandro ríe, mira al techo:

“Todo es hermoso”, suspira. “Y por fin, lo conseguí yo” mismo.

“Ísso é bon”.

“Y claro que seré tu profesor de español, si me enseñas inglés”.

“É fácil… Por qué vocé dize que vocé consigueu tudo ísto por vocé mesmo?”

“Es una larga historia. Dependía mucho de alguien y me estaba absorbiendo prácticamente”.

“¿Um produtor?”

“Algo así”.

“Eu sé cómo é isso. Desde menino meu problema foi meu look. Muitas pessoas oferecéron-me riqueza, dinero, fama. Mais, o precio era alto. Nao aceité. Perdí muitas oportunidades. Nao me arrepento. Incluso, iba a representar meu país nas Olimpiadas, mais primeiro mina pica, logo o dinero”.

“¿Mina pica?”, no comprende Leandro.

Gerson sonríe y se toca su miembro, sacudiéndolo. Leandro celebra el gesto, mira al techo de nuevo. ¿qué trata de decirle su compañero de cuarto? Quizás es tiempo de hacer las cosas de otra forma, se repite mentalmente.

 


Cuando Leandro despierta, la claridad está en el momento que vira de celeste a blanco. Observa a su derecha. Gerson duerme plácidamente sin cobija que lo cubra. Su pica está rígida y lubricando; la suya también. Trata de levantarse con cuidado y se va al armario, Se agacha para buscar su ropa.

“Grande cú”, oye a sus espaldas y se asusta.

Gerson se ha despertado muy sonriente y parece no incomodarle ocultar nada. Leandro le sonríe también.

 


Ambos muchachos deciden correr a lo largo de la orilla del mar. El sol se comienza a levantar tiñendo el cielo en un degradado de ocre a celeste pálido. Cuando regresan al hotel, un par de técnicos están armando un riel sobre la arena.

 


Tras desayunar algo ligero, todo el equipo ya está en la playa a las ocho menos cuarto. La idea es aprovechar al máximo el día despejado. Maquillaje, rebotadores, cables, dummies, gente, movimiento. Para Leandro, todo parece un sueño. Se coloca en fila para la escena del baile, ensaya, coordina, da ideas, disfruta. A diez metros de él, tras todo el alboroto, Alberto Madero supervisa todas las operaciones; se acerca al camarógrafo:

“Is everything ready?”

“Absolutely”, le responde un hombre tras un armatoste negro cargado con una gran lente.

What about the new model?”

“The soccer player? Check him out by yourself.”

El camarógrafo se hace a un lado y Madero acerca su ojo al visor. Se felicita por la buena elección, que ahora luce una bermuda blanca de tela y conversa con una modelo en un vestido corto blanco y escotado además de ceñido. Más allá, Gerson hace buenas migas con otra de las modelos, una rubia de ojos azules, esculpida cual muñeca.

 


El equipo descansa solo media hora para almorzar. Algo ligero, por cierto. La filmación continúa hasta las cinco de la tarde cuando la luz solar comienza a declinar. Todo el equipo aplaude. Solo para no quedarse con las ganas, Leandro corre al búngalo y se pone su ropa de baño para probar un poquito de esa mar que, le habían contado, no es tan esmeralda ni tan densa como la del sur y tiende a ser algo más cálida; pero en esta época del año, cuando el invierno aún no acaba, ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario.

 


Esa noche, técnicos, productores y modelos confraternizan alrededor de una fogata. Leandro llega y se sienta en cualquier lado. Gerson está más allá coqueteando con la misma modelo, el resto de personal del otro lado hablando animadamente. Él solo se concentra en disfrutar el calor de la llama, la brisa fría y su buena suerte. “Fue mejor de lo que esperaba”, le había dicho a su madre solo minutos antes en el teléfono.

“¿Todo bien?”, alguien le topa el hombro.

El futbolista se asusta y se voltea. Sonríe.

“Sí, señor Madero; todo bien, gracias”.

“Regreso”, le dice su nuevo jefe, quien camina hasta donde está sentado el director hablando con el camarógrafo.

“Checking your soccer boy?”, le sonríe el hombre de unos cuarenta y cinco años, delgado, algo de barba, cabello medio canoso largo recogido en una especie de cola de caballo.

“Yeah”, confirma Madero.

“He’s really hot. What are your plans about him?”

“Rather, what are his plans about us”?, responde Madero mientras se abre una lata de cerveza.

“He got naked in front of you, didn’t he?”

“Yes. But he did it because he needed the job. He’s got a talent. Let’s see where he wants to reach with it”.

“A big talent, as I could see,” agrega el camarógrafo.

Leandro siente que se aburre soberanamente y se sacude las manos dispuesto a regresar al búngalo. El vuelo está previsto para las nueve de la mañana y tiene que ordenar su equipaje aún. Cuando está a punto de levantarse, Gerson llega con la modelo rubia.

“Olá, cara. Afligido?”

 “No, cansado. Hemos trabajado todo el día”.

Gerson resopla.

“He was great,” comenta la modelo.

Leandro no tiene ni la más remota idea de lo que ella dijo.

“Yes, he was,” contesta Gerson. “Ela dice que vocé istuvo genial”.

“¿en serio? Ella también”.

“He says you too,” traduce Gerson.

“Oh! Thank you Laondro.”

“¿Cómo se dice “de nada” en inglés?”, le consulta a Gerson.

“Welcome”, le responde el otro modelo.

Los tres se sientan y comparten un vodka que ya tenían provisto. Del otro lado de la fogata, Madero mira con interés a esos jóvenes mientras prueba su cerveza. De pronto, su mirada y la de Gerson conectan. Le hace un gesto levantando las cejas y el número tres con los dedos, de forma algo disimulada. El modelo le sonríe y le guiña el ojo izquierdo. Madero habla algo al oído con el camarógrafo, entonces.

“A-re-na”, vocaliza Leandro a la modelo.

“Are-nah”, responde ella.

“¡Sí! ¡Arena!”, sonríe el muchacho.

“Yes, amigo!,” ella choca los cinco con el futvbolista.

“Would you like to spend here for a wile?,” Gerson le consulta a ella.

“Yes, for a while, why?”

We can go for something more private. Would you like to go?”

“What about Laondro?”

“Let me see. Leandro, ¿vocé gostaría assistir a uma festa mais privada?”

“¿Con quiénes? ¿Dónde? No tengo ropa para la fiesta”.

“Vocé nao precisará de ropa”.

Leandro mira sorprendido a Gerson, quien le guiña el ojo izquierdo.

  

sábado, 20 de agosto de 2022

ASS (42):: Qué rico culo tiene el novicio

Santos busca el baño y de pronto se le cae la toalla, quedando totalmente desnudo frente a David y, especialmente, Alberto.



“Bienvenido”, dice Alberto, abriendo una puerta.

Santos ingresa y por un momento olvida que la sensación térmica es mayor a la que sentía en Lima: la cama arreglada, la pintura nueva, el resplandor de la tarde entrando, el letrero de bienvenida bajo el crucifijo colgado en la pared.

“Gracias”, susurra emocionado.

De reojo, Alberto baja la mirada hacia el culo bien formado del novicio. Se pregunta si el Padre Provincial lo mandó como prueba o como aliado.

“Desempaca y ponte cómodo: ya vamos a almorzar”, avisa el cura.

Santos sonríe, cierra la puerta. Alberto se queda salivando y al girar se encuentra de pechito con David, quien lo agarra de su musculoso brazo y lo jala hacia la sala de la casa parroquial.

“Santos es uno de los mejores pibes que tiene el noviciado, che: solo te pido que lo mantengas alejado de esos chicos del gym porque tú y yo sabemos que no son buena influencia”.

“Mira, David, yo no moveré un dedo ni por acercarlo ni por alejarlo; asumo que el Padre Provincial ya lo mandó con una agenda, así que… se haga su voluntad y no la mía”.

“No le he dicho nada al Padre Provincial de lo que pasa realmente en ese gimnasio… tú me tenés en tus manos, yo te ttengo en las mías… pero Santos está limpio, así que llevemos la fiesta en paz, ¿entendés?”.

“La paz será con nosotros, Padre David”.

Alberto se acerca a David y le da un abrazo hipócrita. Al fondo, Santos sale con una toalla anudada a la cintura avanzando por el pasadizo.

“Perdonen, dónde está exactamente el baño”.

Alberto y David le indican con el dedo. Santos sonríe agradecido y al girar sucede lo inesperado: la toalla se desata y cae al suelo. El culo velludo y bien formado del novicio queda frente a los dos consagrados.

Alberto siente cómo su verga se pone dura dentro de su pantalón y comienza a mojarle el bóxer.

Durante la tarde, el párroco está arreglando su dormitorio cuando tocan a su puerta: es Santos. Alberto lo hace pasar.

“Padre, me contaron en Lima que usted tiene un proyecto muy interesante con jóvenes de San Sebastián… los ases”.

Alberto mira al chico vestido solo en una camiseta manga cero, unos shorts de tela sintética y sandalias. Su escultural cuerpo es escandalosamente evidente, un modelo digno de fresco rrenacentista. Perfecto.

“As. Es correcto, Santos. ¿te interesa el proyecto?”

“A decir verdad… me gustaría entrenar en ese gimnasio, pero… no sé si por ser novicio…?

Alberto sonríe: “No, para nada, Santos. Puedes entrenar cuando quieras según tus horarios. Y… por lo visto, entrenas mucho y bien”.

El chico se sonroja un poco: “Siempre me gustó la musculación, desde que era un chaval de 14 o 15 años… Ya llevo 8 años en entreno”.

“Pues, yo igual, desde que era un chavo de esa edad. Ya voy a cumplir 20 años dándole a las pesas y las barras”.

“¿tanto? Usted luce muy joven. Bueno. Sí me había dado cuenta que usted es bien cachas, ¿no? Pero yo pensé que usted era más joven”.

“Tú también luces joven”, ssonríe Alberto.

es obvio que ambos están más relajados ahora.

“¿Y cómo evalúa mi físico, Padre?”, al fin lanza Santos.

Alberto para en seco: ¿es una pregunta inocente, es una trampa del Padre Provincial o es la puerta a algo más?

“Yo te veo bien”, responde procurando seguridad.

“Así, a ojo de buen cubero?”.

Alberto sonríe de nuevo, camina hacia Santos y se para a pocos centímetros de sus ojos verdes.

“Hablemos con franqueza: ¿qué sabes de mí, qué esperas que haga yo, qué te dijeron que debías lograr?”

Santos se sorprende y traga saliva: ”No-no entiendo, padre… ¿Insinúa que yo vine a tenderle una celada o algo así?”

“No insinúo, Santos. Me encuero ahora mismo si no es verdad”.

“Pues, ha de quedarse en pelotas”, sonríe Santos, “porque yo no soy un complotador ni nada por el estilo. Es más…”

Sin que se lo pidan, el novicio se quita la Camiseta manga cero y el short. Queda totalmente desnudo. Alberto nuevamente se queda sorprendido: su verga vuelve a ponerse erecta bajo su bermuda.

“Noté que me deseabas con tu mirada cuando se me cayó la toalla, Padre”. Entonces, Santos, sin permiso alguno, agarra el paquete de Alberto. “Este empalmamiento confirma mis sospechas”.

“¿Cuáles?”

“Que te gusta follar… igual que a mí”.

Como si se tratara de una devoción, Santos se arrodilla sin soltar el paquete duro de Alberto, le baja el short (el Padre tampoco viste ropa interior) y con el pene duro y lubricando frente a sus labios, lo siguiente será sentir cómo la boca húmeda y caliente del novicio se traga el ssable.

“Así, Santitos, mámate mi verga… hasta adentro, mámala toda”.

Alberto termina de quedarse desnudo. Lo siguiente será poner en cuatro patas a Santos sobre su cama, abrir sus nalgas velludas, y tras besarlas, saborear ese hermoso ano rosado y cerradito.

“Fóllame, Padre. Méteme tu polla”.

Sin perder la pose, Alberto aprovecha la lubricación natural de su pene para ir metiendo poco a poco su masculinidad en ese glorioso hoyo. A santos le gusta. ¿es pecado la sodomía cuando dos varones consienten usarla como camino a la felicidad y el placer? A la mierda lo que piense el resto: esto sí es vida.

“Me vengo, me vengo”, anuncia Alberto.

“Córrete dentro de mi culo, Padre”.

Alberto, efectivamente, preña a Santos. Cierra los ojos. Se siente extrañadamente rendido y cae sobre la cama. Entonces unos toques en la puerta lo ponen en alerta mientras termina de jadear. Abre los ojos. ¿Dónde está Santos? Se mira a sí mismo. Sigue desnudo tendido sobre su cama y con su pene erecto y lubricando. Siguen los toques. Se levanta, busca una toalla, se cubre la erección, abre la puerta.

 Es Ssantos, quien se queda sorprendido al ver al párroco totalmente desnudo, cubriéndose el pene erecto con la toalla:

“Di-dice el Padre David que dónde dejó la casulla para la eucaristía de hoy”.

Y para terminar,te dejamos con un video porno gay.


domingo, 6 de febrero de 2022

ASS (14): "¿te tomo todas tus medidas?"

Edú llega a entrenar al gym; seduce a Alejo y es cachado por Miguel.

 


A las cinco y cuarto de la tarde de ese lunes, tres toques de timbre suenan en el gimnasio AS. Alejo, quien ha llegado con las justas a cubrir el turno poco más de tres horas antes verifica su lista de reservas y no tiene a nadie programado, pero la contraseña es la contraseña. En el patio bajo techo ya hay cinco personas entrenando.

“Hola”.

Alejo se sorprende al ver a un chico delgado formado, guapo, en bibidí, short, medias y zapatillas.

“Soy Eduardo… edú. ¿Tú eres  Alejo? Vivo en casa de Pedro”.

“Ah”, reacciona el otro mancebo musculoso, también guapo, cabello rizado, quien rápidamente entiende que es el nuevo chico llegado a San Sebastián. Le da acceso.

“Quiero tonificar, hacer un poco de fitness”, indica Edú.

“OK”, confirma Alejo, sacando una ficha vacía de un cajón en el escritorio de la antesala y sala de calentamiento. “Igual tengo que tomarte medidas. Es control de rutina”.

“Mostro”.

Alejo saca una cinta métrica y pide a edú que entre en la habitación contigua, donde hay una camilla de masajes, una pequeña repisa cubierta y un tallímetro-báscula en una esquina.

“Quítate las zapatillas”.

“¿Me vas a pesar? Tendría que quitarme la ropa”.

“Sería lo ideal pero si tienes roche…”

“No, para nada”.

Casi de inmediato, edú se quita las zapatillas, el bibidí y el short. Debajo tiene un suspensor que solo le tapa la pinga y los huevos pero le deja sus redondas nalgas al aire. Alejo se gana el pase, traga saliva y procura respirar hondo para evitar que se le pare la verga. Justo tocan la puerta de la habitación.

“Párate en la bandeja”.

Mientras Edú se pone de pie, Alejo reconoce el toque en la puerta. La abre:

“¡Padre Alberto!”

“¿estás ocupado?”

“No. Pase”.

El sacerdote entra sudado en su ropa de entrenamiento: un enterizo alicrado que le marca toda la musculada anatomía. Obviamente, se queda viendo a Edú semidesnudo parado en el tallímetro. Se saludan.

“Venía aavisarte que el viernes tienes… Legión de María”.

“Ah”, capta Alejo. “Más bien disculpe que hoy…”

“Tranquilo. Lo hablamos más tarde”.

El cura se despide de alejo y de Edú. Al reanudar la toma de medidas, el segundo no puede contener su curiosidad:

“¿ése es el Padre Alberto?

“Sí”, sonríe Alejo. ¿Por qué?”

“ric… cuerpazo tiene”.

“¿Mejor o peor que el mío?”, sonríe Alejo nuevamente.

Edú se lo queda mirando: “Parece que iguales”, responde.

Alejo ríe despacio, y, sin pprevio aviso, se saca el bibidí y el short. Debajo solo tiene una tanga roja en la que destaca un buen bulto. Justo en ese momento suena su celular; lo busca y gira para atenderlo (dejando que edú se gane con su enorme culo):

“¿Hola…? Sí, soy yo… ¿Para cuándo…? Ya. ¿Me das cinco minutos y te devuelvo la llamada…? Chévere”.

Alejo cuelga y regresa a tomar las medidas; entonces se percata de una protuberancia en el suspensor de Edú:

“¿Se te ha parado la verga o me estás hueveando?”

Edú se deja de recatos y se quita el pedazo de tela: sus 18 centímetros están al palo. Alejo le vuelve a sonreír y lo imita: sus 18 centímetros también están al palo y lubricando.

“¿Me permites tomarte todas tus medidas?”

“Claro”, sonríe Edú. “Toditas”.

Siete minutos después, ambos salen de la salita para masajes y justo Miguel llega de la calle; se sorprende al ver a Edú quien, como si nada, monta una de las bicicletas estacionarias.

“Migue”, Alejo lo saca de su embobamiento. “Necesito que… ¡Migue!”

El otro galán recién reacciona: “¿Qué hubo?”

“Necesito que me cubras después de la misa: tengo… paciente”.

“Ah… claro.

Miguel y edú cruzan miradas por demás evidentes. Aprovechando que Alejo entra un rato al patio bajo techo, se deja de formalismos:

“Ayer pichangueamos… fuiste con el viejo de Pedro”.

“Sí, me estoy quedando en su jato”.

Miguel le da la mano y se presenta; edú lo mismo.

“¿el otro pata tiene pacientes… ¿pacientes de qué?”

“Ah…”, Miguel ensaya una respuesta. “De… masajes. Los dos damos masajes. Si deseas… puedo…”

“Claro. De aquí, terminando de entrenar”.

Miguel mira el reloj de pared y hace cálculos: no le dará el tiempo. Busca a Alejo en el salón:

“Te cubro después de la misa, pero… cúbreme durante la misa”.

“¿Y la gente?”

“Yo lo resuelvo”.

Una hora después, en la sacristía del templo, que está a espaldas del gimnasio, el Padre Alberto se sorprende de ver a Alejo en lugar de Miguel organizando la ropa y los accesorios para la misa:

“¿Y ese milagro?”

“¿Puedo confesarme, Padre Alberto?”, sonríe el muchahcho.

Al mismo tiempo, Miguel espera impaciente en el escritorio cuando suenan los tres toques de timbre. Va a abrir.

“Gracias por venir, Paco”.

“¿él aceptó?”

“Aún no, pero yo me encargo”.

Veinte minutos después, mientras en la iglesia se reza el Rosario, edú entra apenas cubierto con una toalla al cuarto de masajes donde lo espera Miguel acomodando el aceite y con la habitación ya odorizada con incienso de rosas. Solo viste un bóxer.

“Ponte cómodo”.

Edú se desnuda y se recuesta boca abajo en la camilla mientras Miguel unta sus manos en aceite y comienza a apretarle los trapecios y realizar el procedimiento a lo largo de la espalda hasta trabajar los glúteos. Deliberadamente coloca uno de sus pulgares cerca del ano. Edú está marcando mil:

“¿Se puede masajear el cóccix?”

“No, los huesos no se masajean sino los músculos”.

“¿Y… abajito del cóccix?”

“¿Quieres que te masajee ahí?”

“¿Se podrá?”

“Claro”.

Miguel masajea la raja del culo a Edú, y no evita que sus dedos toquen el propio ano.

“Ahí se siente rico”, suspira edú. “Masajea ahí”. Y el atleta se abre de piernas y levanta el culo.

“Esa quebradita está buena para masajearla con un rodillo”.

“¿Tienes uno?”

“De carne. ¿Quieres… probarlo?”

“sí”.

Miguel arrastra a Edú hasta el filo de la camilla y lo pone en ángulo recto, se baja el bóxer, y comienza a frotar su pene erecto de 18 centímetros allí mismo. Ambos comienzan a gemir.

“¿solo es masaje superficial?”, logra preguntar edú entre jadeos.

“También puedo hacerlo profundo”.

“Hazlo”.

Miguel se unta más aceite en su pinga y la va metiendo de a pocos en el ano de edú: comienza a cacharlo. Ambos siguen gimiendo en ese ambiente donde solo huele a vapor de rosas. El activo prueba a ser un poco más agresivo y nota dos cosas: que el pasivo no opone resistencia y que su pene entra y sale de ese hueco con suma facilidad.

“¿Tienes ganas de vaciarte?”, consulta Miguel.

“No. ¿Tú?”

“Ya no aguanto más”.

“Préñame”, pide edú.

En medio minuto, la leche de Miguel se dispara en las entrañas del nuevo alumno.

“?Cuánto te debo?”

“mmmm… ¿Me podrás hacer otro favor?”

Y para terminar,te dejamos con un video porno. 

sábado, 5 de febrero de 2022

Proyecto Lujuria 4.3: Evandro y Osmar tienen sexo por primera vez


Minutos después, ya en el auto, a Evandro le da un ataque de risa.

“No es gracioso, pana”, suspira Osmar. “Yo ya me veía encerrado en una comisaría y con toda la prensa pidiendo mi deportación”.

 

    

A un cuarto para las once de la noche, el Yaris se estaciona en el Parque Cánepa, La Victoria, junto a una galería de tiendas de ropa. Evandro vigila que no haya policías reales cerca:

“Bajemos rápido”.

 


Tras subir dos pisos, los dos varones llegan a una boutique que administran Evandro y Laura, su esposa. Una de las vendedoras está terminando de cuadrar caja, mientras un ayudante termina de guardar cierta mercadería. Todos se saludan cordialmente.

“¿Cómo estuvo el día, Silvana?”

“Ahí, más o menos, señor Evandro. A partir de mañana la cosa se va a poner más brava, y es seguro que el fin de semana reventamos en ventas”.

“¡Ésa es la actitud!”.

Evandro y Osmar pasan a un pequeño cuarto que se usa como depósito y buscan su ropa real. El primero toma una llave de unos clavos:

“¿Vamos a quitarnos el óleo?”

 


Al filo de las once de la noche, ya no hay compradores, solo la gente que atiende o administra las tiendas. Evandro y Osmar se meten en una especie de cubículo donde hay una ducha. Vuelven a quedarse desnudos y se turnan en un espacio tan pequeño bajo el agua casi helada para quitarse el maquillaje que permite agregar brillo a sus pieles.

“Oye, Os, estaba pensando que ayer no estuve intenso en el tercer acto”.

“¿hablas de la obra?”

Evandro asiente con la cabeza.

“Yo te escuché en tu timbre”.

“Sí, pero como que más que cadencia, me faltaba melodía”.

“¿Y en qué parte te faltó ser más intenso?”

“La parte en que Juan le enrostra que rompieron el voto”.

“Ah, antes de mi entrada”.

“¿Recuerdas las líneas? ¿Me das pie?”

Osmar se extraña, pero no ve mayor problema. Carraspea:

“Lucas, ¿no te das cuenta de lo que hicimos?”

“¿Qué hicimos, Juan?”

“Ya, olvídalo. Iré a tomar una ducha”.

“¡espera…!  A ver, aquí Lucas rodea la cama, se aproxima a Juan, se para frente a él y…”

Evandro abraza a Osmar y le planta un beso en la boca, quien, al ser parte del libreto le corresponde.

Entonces, sucede: el pene del primero comienza a ponerse erecto. Osmar se separa un poco:

“ey, pana. Oye. Te estás…”

“No puedo evitarlo, Os”.

“es que me parece que ya noestás actuando”.

“Tú tampoco”.

Evandro  mete su mano entre la ingle de ambos: si su pene está ya rígido y lubricando, el de Osmar  también se ha puesto hinchado y duro. Lo masajea. Entonces presiona su pubis al de su compañero mientras que esa misma mano corre suavemente hacia la nalga izquierda y la acaricia gentilmente.

“Alguien puede venir, pana”, susurra Osmar, muy entrecortado.

Evandro no responde, o mejor dicho no dice nada; acerca su boca nuevamente a su amigo y lo besa, esta vez metiendo su lengua hasta encontrar la del otro varón. Se abrazan. Se rozan. Se frotan mutuamente sus pingas. Se acarician. Se meten la mano al culo de manera mutua. Osmar se separa del beso por un segundo:

“Me vengo, Evan; me vengo”.

Mientras Evandro besa el cuello a Osmar, éste eyacula a la vez que  las pelvis de ambos siguen danzando. Gime un poco. Minutos después, y siempre besándose en la boca, Evandro expulsa su semen caliente hasta el abdomen de su compañero.

“Te amo, Os”.

Los dos hombres permanecen abrazados en aquella ducha por largos minutos aún.

  

domingo, 17 de octubre de 2021

El retorno al sitio prohibido del abuelo

Modelo: Luángel.
Fotos: Firdusi.


La gente piensa que la Especialidad de Historia es aburrida. Se equivocan. Puede ser más interesante de lo que sospechan, especialmente cuando hay verdades históricas que nos ocultan por falsa moral, para que no se nos derrumbe la imagen casi santificada de los primeros pobladores y esas cosas. Pero yo aprendí que ni los héroes eran tan santos ni los enemigos eran tan siniestros.


La cosa es que durante las clases virtuales, mi profe nos dejó realizar una monografía sobre algún hecho, personaje o sitio histórico. Mis compañeros optaron por trabajos que pueden hacer consultando Google o en los libros de la casa. Eso no está mal. Yo decidí hacer algo más osado.


Recuerdo que cuando era niño y pasaba vacaciones con el abuelo en el campo, me contaba historias de grandes guerreros, conquistadores. Ya saben, esas cosas que a uno lo hacen alucinar y poner rostro de sorpresa. Pero una tarde, uno de mis primos me dijo algo que despertó mi curiosidad: “Te voy a mostrar el sitio prohibido del abuelo”.


Yo tenía 14 o 15, mi primo sí 16 o 17. Como supondrán, a su sola mención, aluciné. ¿qué era eso del sitio prohibido del abuelo? 
“eso sí”, me dijo. “Le dices a tu vieja que nos vamos a deslizar en las dunas, ni por broma le digas nada del sitio prohibido”.
Acepté.


Al día siguiente, muy temprano comenzamos la caminata. Como hora y media avanzando por un camino de tierra. A pesar que lo atormentaba con preguntas, mi primo no me soltó más datos sobre el lugar. 
“Va a gustarte”, me repetía. 
Vestíamos ropa de deportes. Subimos una lomita y llegamos a una especie de pampita donde habían varias piedras, algunas paradas y medio raras. 
“son pingas”, me dijo mi primo. 
Yo pensé que me estaba hueveando, pero al acercarme mejor y examinarlas, pues sí: parecían pingas.
“Aquí los antiguos hacían una ceremonia secreta”, me explicó mi primo, “una orgía entre patas”. 
¿Cómo mierda podía ser posible eso? 
“Así iniciaban a los guerreros del ejército de los gentiles”, siguió contándome mi primo. 
“¿Y cómo era esa ceremonia?”, le pregunté notando que cierta euforia se apoderaba de su rostro, y viendo cómo el bulto en su short crecía mas y más. 
 “Pero… esa ceremonia solo es para elegidos”, me sonrió.
“¿Yo no lo soy?”, lo reté.
“No sé”, me replicó.
“entonces, ¿por qué me trajiste?”, le insistí.
“Para continuar la tradición”.
“¿qué tradición hablas?”


Me llevó hacia una parte de la explanada donde habían más piedras y se quitó toda la ropa. Estaba calato. Su pinga se puso al palo casi al toque. 
“Calatéate”, me dijo. 
No sé por qué, comencé a sentir una sensación extraña. No cuestioné. Me desnudé por completo. 
“Ven, guerrerito”, me dijo. Me le acerqué. Me tomó de los hombros y me empujó hacia el suelo, buscando que me arrodille. Mi boca quedó frente a su pinga que estaba lubricando como mierda. 
“Chúpamela, guerrerito”, me pidió. Se trataba de un pene grueso y cabezón, todo recto, unos 16 cm. Ni siquiera lo pensé. Comencé a mamárselo. Mi primo gemía.



Tras chupársela por buen rato, me hizo ponerme en perrito, se arrodilló detrás de mí, me acarició las nalgas, me las abrió. Me hizo el beso negro. Ya se podrán imaginar cómo mi cuerpo adolescente vibró, se electrizó, gozó. A continuación, puso su pinga en la entrada de mi ano y comenzó a empujar, metiéndolo. Sentí un poco de dolor al inicio, pero como estaba bien lubricado, entró como las huevas. 


Me bombeó por largo rato,yo disfruté. Tras varios minutos, él gruñó y yo sentí su miembro palpitar en mi recto. 
“Las di, guerrerito”, dijo. 
Fue la primera vez que me preñaban el culo.


Regresamos a casa, pero antes pasamos por las dunas donde nos revolcamos para que nadie sospechara. Obviamente ni loco se lo conté a nadie más, pero me quedó la curiosidad por el sitio prohibido. Averigüé todo lo que pude, pero no encontré información. Quizás por eso opté por esa carrera. En cierto modo supuse que al ingresar a la universidad, tendría acceso a más información pero nada.


Antes de la cuarentena conocí a un pata en la playa con quien nos hicimos amigos. Eventualmente terminamos tirando una noche de copas, una noche loca. Como su familia tenía casa de playa y ese fin de semana estaba solo, aprovechamos y terminamos haciendo todas las poses. Resulta que el pata es estudiante de Arqueología. Esa noche, después de disfrutar sus 17 cm en mi anito, y con menos borrachera, nos pusimos a hablar sobre historia, los documentos secretos, las crónicas españolas, cómo muchos caciques indígenas fueron quemados vivos por consentir la sodomía homosexual ritual, y me acordé del sitio prohibido. Le desperté la curiosidad.


Quedamos que regresaría en dos semanas para visitar la zona y registrarla, pero justo comenzó la cuarentena. Cagada la cosa. De todos modos, nos mantuvimos en contacto hasta que el gobierno dijo que se abrían las carreteras. Contra el consejo de su familia, se vino para el norte, y sin avisar a nadie más, hicimos la excursión. Pasé la voz a mi primo pero no se animaba. Él ahora tiene 21 y ya se acompañó, encima tiene un bebito. Pero me dio indicaciones para llegar.


Caminamos entre la arena y llegamos. Ahí estaban las piedras. “Rituales de fertilidad”, dijo de inmediato mi amigo. Una energía inusual se apoderó de mi cuerpo, como si algo me llamara. “Ven”, le dije. Él estaba tomando fotos a las piedras y sacando su GPS para hacer registro, y lo dejó todo por seguirme.
Lo llevé donde mi primo me llevó, y le dije que hiciese lo mismo que yo. Me quedé calato. Él hizo lo mismo. Su cuerpo delgado pero fibrado lucía rico. Su pinga ya estaba al palo. Tomó su cámara y me hizo una sesión de fotos que aquí se las comparto. Cachamos allí en medio de fantasmas, viento, arena y recuerdos. Me la metió por el culo. Se vino tres veces seguidas. Me había dejado tanto semen dentro que, cuando me puse de pie, se me escurrió por las piernas. Inexplicablemente, él se arrodilló y me lo limpió lamiéndome el cuerpo. Regresamos. Lástima que se nos olvidó fotografiar cómo me metía su pinga.


Todavía quedan muchos cabos sueltos en mi monografía. Por ejemplo: si mi abuelo izo la ceremonia alguna vez, cómo mis tíos se llegaron a enterar, quién de ellos se lo contó a mi primo. Y lo más fascinante: cómo fue antes de mi abuelo. Por supuesto, la cosa es cómo plantearé mi monografía para que mi profe no se dé cuenta cuál es el enigma del lugar, pero ya me las ingeniaré.

sábado, 27 de abril de 2019

Por mirón me pasó algo alucinante

Mi nombre es Roger y tengo 30 años. Junto con mi hermano mayor tenemos un fundo dedicado a producir limones en el Alto Piura. Mientras yo veo lo relacionado con bancos y el personal, mi hermano ve todo lo referente a insumos y se encarga de las compras. Para mí, éso es muy conveniente puesto que puedo supervisar a los 4 peones que tenemos a cargo. En general, la gente del campo es muy amistosa, honrada y chambera a full, así que estos hombres no son la excepción. El mayor tiene 38 años, luego viene uno de 32, otro de 30 y el menor de 22, hermano del primero.

La jhjornada comienza temprano, bien temprano, a las 5 o 6 de la mañana. Usualmente mi hermano y yo llegamos en la camioneta a éso de las 8 y nos regresamos a casa a éso de las 3 o 4. Nuestros peones suelen retirarse entre 1 a 2 de la tarde, dependiendo de la carga de trabajo para el día.

Una de sus costumbres al final de la jornada es ir a un rincón del canal que nos sirve de lindero para tomar un baño. Es un sitio donde tres algarrobos enormes dan buena sombra, y varios arbustos altos han creado una especie de cortina natural tras la que los peones se quitan toda su ropa y se meten al agua. Siempre los cuatro van a bañarse juntos. Lo sé porque casi todos los días los espío desde unos matorrales bien tupidos. Como ellos me tienen que reportar el término de sus labores para incluírlos en la planilla, sé exactamente a qué hora van al canal. Entonces, cuando mi hermano se queda dormido, no está, o tiene mucho trabajo, yo me escabullo y voy por otro caminito, con mucho cuidado para que no me vean y disfruto el show.

No son cuerpos de gimnasio, pero imaginen a la gente del campo cuyos músculos están más que todo marcados por el trabajo duro. Encima, como los cuatro juegan al fútbol, tienen unas hermosas piernas y unos culitos bien paraditos, en especial el de 30 y el de 22, aunque el de 38 tampoco anda mal.

Cuando ese espectáculo me pone bien hot, aprovecho que nadie me ve, y me bajo mi jean y mi boxer para corrérmela. Siempre termino tirando mi leche entre los arbusstos y tengo que morderme la lengua para no gemir.



Una de las personas que viene frecuentemente al fundo es Isma, un agrónomo de 27 años, alto, fornido, evidentemente trabajado con pesas y barras. Su labor es verificar que las plantas estén bien de salud y recomendar algún agroquímico que hiciera falta. Por cierto, es guapo, pero tiene un señor defecto: cuando se junta a hablar con mi hermano, es el tipo más machista que puedan imaginarse. Los dos hablan huevadas de las chicas y encima hablan mal de los gays. ¿De qué me sirve tanto músculo y tanta belleza si es un huevón que ni siquiera respeta a las mujeres? Entonces, yo prefiero irme hacia la plantación o me voy a espiar a mis peones cuando se bañan.

Un día que, para variar, mi hermano e Isma se pusieron a hablar estupidez y media de las mujeres y los gays, salí de la casa de campo que usamos como oficina y depósito. Como apenas hacía quince minutos había dado las conformidades a mis peones, decidí irlos a espiar. Anduve sigilosamente por el camino que ya conocía y llegué hasta el matorral tupido, teniendo cuidado de verificar que no hubiera alguna serpiente escondida por ahí. Me coloqué y me puse a mirarlos. Curiosamente, solo estaban el chico de 22 y el otro de 30. Acababan de desnudarse y se metían al agua. Ambos se sumergieron por completo aprovechando que habían soltado el agua y emergieron con sus cuerpos húmedos. El de 30 sacó un jaboncillo de las cosas en la orilla y se puso a recorrerse el cuerpo: su pecho, sus brazos, sus axilas, su cintura, la cadera, el pene, los huevos, la espalda, las nalgas. Apenas dejó de usarlo, se lo pasó al de 22, quien repitió el mismo recorrido. Estaban hablando de fútbol, según pude oír. El de 22 dejó de untarse con el jaboncillo y lo dejó en la orilla. ¡Qué ricas nalgas, por Dios! Ambos comenzaron a sobarse sus cuerpos: pecho, axilas, brazos, cinturas, caderas, pene, huevos, espalda, el culo, y hasta al medio del culo, en especial el de 22. Por cierto, aunque son marcados, sus penes lucen algo largos para estar dormidos y con el vello púbico sin recortar. Yo me bajé el pantalón y el boxer otra vez. Comencé a estimularme mi pene con una mano mientras que con la otra hacía lo mismo con una de mis nalgas.

Estaba absorto viendo a los dos peones cuando siento una palmada en la nalga que no me estaba estimulando. Sudé helado. Me subí el pantalón y el boxer como pude y giré. Me quedé petrificado tapándome la boca para no gritar del susto.
- Así que a ésto te vienes, ¿no, degenerado?
No supe qué hacer. Era Isma con una sonrisa del tipo "ya te pesqué, mierda". Las piernas me temblaban como para salir corriendo. Solo atiné a taparme bien la boca con mis dos manos.
- Tranquilo, Rogercito, no soy tu hermano. ¿Pero te imaginas lo que hubiera pasado si él te descubría?
Isma me tomó los codos con sus manazos. No me apretó. Solo me sujetó.
- ¿Te imaginas si tus peones se enteran que los espías, Roger? Estás en serios problemas, huevón. Y todo depende de que yo abra la boca.
Isma tomó suavemente mis manos y me las sacó de mi boca.
- P-p-por fa-fa-favor. No digas. Te lo suplico, Isma.
- Claro que no diré nada, huevón... pero tú tienes que hacer algo por mí.
- Claro, Isma. Lo que sea.
El agrónomo sonrió.



Entonces, Isma miró a ambos lados, se acurrucó conmigo en el matorral, se aflojó la correa y se desabrochó su jean. Se lo bajó. Yo no podía creer lo que estaba pasando. En su boxer se notaba un abultado paquete.
- Arrodíllate.
Lo hice.
- Acarícialo.
Comencé a sobar su paquete aún aprisionado en el boxer. Estaba dormido aún, pero sí podía percibir que lo que estaba dentro era realmente grande. Así que lo fui acariciando. Conforme lo hacía, notaba que se ponía más duro hasta que no cupo duda de que debajo había una enorme erección. Isma se bajó el boxer y un pene largo y grueso saltó debajo de un vello púbico que tendría un par de días sin afeitar.
- Chúpala.
Tomé el pene erecto de Isma e hice lo que me dijo.  Como era enorme, con una mano lo masturbaba mientras que lo que sobraba estaba dentro de mi boca. Su glande ocupaba casi toda mi boca.
- Así, huevón. Así, Rogercito. Mámala rico.
Obviamente, ya no podía ver qué pasaba en el canal.
- Ponte de pie, Rogercito.
Lo hice.
- Da media vuelta y agáchate. Mira a tus peones.
Lo hice. Ahora estaban los cuatro, bañándose y conversando como cada término de jornada.
Sentí que Isma me desabrochó mi pantalón y boxer y me lo bajó hasta las rodillas.
- Separa las piernas.
Lo hice, dentro de lo difícil que era. Entonces sentí que Isma me estimulaba el ano. Y por la humedad, era obvio que con su boca.
En el canal, mis peones parecían estar ajenos a mi experiencia. Mi pene erectó. Vi que los peones de 30 y 22 salían del canal y se vestían, dejando al de 38 y el de 32. Pero algo raro hacían al vestirse. Solo se ponían sus jeans y sus zapatos. Sus camisas y sus calzoncillos los llevaban en la mano. Jamás hacían éso, pero quién sabe.
- Hace tiempo que no te la meten, ¿cierto? Lo tienes cerrado, Rogercito.
Isma terminaba de decir éso cuandosentí que algo duro se colocaba en la entrada de mi ano y poco a poco entraba dentro de mí. Respiré hondo porque me dolía, pero Isma parecía entender que no podía ser brusco. Se le resbaló así que con mi mano y un poco de mi saliva en su glande, lo ayudé. Ahora sí, su pene fue entrando poco a poco dentro de mi ano, mi recto, y seguía perforándome. Isma me bombeaba despacio, dándome tiempo a acostumbrarme a su pedazo de músculo duro metido en mi culo. Mientras tanto, seguía viendo a mis dos peones mayores bañándose. Comencé a pajearme, además.
Estábamos en lo mejor de todo, cuando noté pasos, y luego a dos personas acercándose. ¡No podía ser!
- Tranquilo.
Isma hablaba con mucha seguridad.
quienes venían eran mis peones de 30 y 22, con una sonrisa en la boca. Me di por perdido porque se supone que para ellos soy el patrón. Pero, ¿después de éso?
Los dos chicos se detuvieron con cuidado a nuestro lado.
- Sáquense el pantalón.
Al pedido de Isma, los dos peones volvieron a quedarse desnudos del todo. Ahora sus vergas estaban al alcance de mi boca. Isma me giró con cuidado hacia ellos.
- Chúpaselas, Rogercito.
Yo dudé.
- Chúpaselas, huevón. No los hagas esperar.
Tomé la pinga del de 22 y me la puse en la boca.
- Éso, don Roger. qué rico.
Se puso dura en mi boca. Era de tamaño promedio. Luego tomé la del peón de 30, que ya la tenía dura y lubricando. Era un poco más grande. Mientras la chupaba, se la corría al de 22. Y así fui alternando mientras Isma seguía metiéndomela por el culo, esta vez bombeando con un poco más de fuerza.
A los cinco minutos,sentí que el agrónomo suspiraba hondo y luego que su pene latía allí dentro. Bombeó un par de veces más y poco a poco me la fue sacando.
En éso, mi peón de 30 caminó a mi lado. De inmediato sentí que me tocó mis nalgas y me metía su pene.
- Qué rico culo, don Roger. Entra facilito.
Mi peón de 30 comenzó a bombear algo más fuerte mientras que yo seguía chupándosela al de 22, quien comenzó a tomarme la cabeza y luego a cacharme la boca. En un par de minutos, sentí su semen dentro de mi boca. Dejó que lo mamara bien, me la sacó y se puso su pantalón. Avanzó unos pasos a donde estaba el agrónomo, quien se había quedado todo el tiempo estático delante nuestro pero dándonos la espalda, como vigilando. No pude creer cuando mi peón, le dio una nalgada al agrónomo y luego le agarró bien el medio del culo en medio del jean. Ambos se sonrieron.
Mi peón de 30, mientras tanto, seguía metiendo y sacando, jadeando y suspirando.
Diez minutos más tarde...
- Las doy, don Roger. Las doy.
Mi peón dejó de moverse.
Mientras se ponía su pantalón, yo aproveché para corrérmela, mirando al canal; pero los dos peones mayores ya no estaban allí. ¿También estarán en camino?
No lo pensé más y eyaculé en los arbustos.
Me subí mi boxer y mi pantalón.



Le di alcance a Isma, quien seguía estático en el mismo punto. Ya había despachado a los dos peones. Me miró sonriendo.
- No me digas que te disgustó, Rogercito.
- Obvio que no... pero....
- Pero, tranquilo, amigo. Solo los cuatro sabemos ésto y el secreto se queda entre nosotros.
- Pero tú, cuando conversas con mi hermano....
- No seas cojudo, Roger. Si no hago éso, al toque tu hermano sospecharía. Mas bien, tú no seas tan evidente yéndote cuando comentamos esas cosas. Hazte el que no escuchas y listo.
- Eres un pendejo, Isma. ¿Cómo sabías que ellos dos...?
- Solo lo sé. Y ellos ya se habían dado cuenta de que los espiabas, sino que se hacían los cojudos y te cubrían para que los otros dos no se dieran cuenta.
- ¿entonces, los otros dos?
- No sé. Ellos dicen que no... pero yo tengo mis dudas.
- Tengo miedo que ahora me miren distinto.
Isma se sonrió. Miró al frente, me miró de nuevo.
- Tú confía en mí. La próxima será mejor.
Isma me guiñó un ojo y luego me dio una nalgadita.

¿Te pasó lo mismo? Cuéntanos aquí abajo o en el Twitter.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Casa De-Formación (12): Una cita con Jorge

Hunks of Piura

A la hora de dormir, los cuatro formandos suben la escalera de caracol en fila india.

Darwin es el primero en llegar a su dormitorio. Siente que pisa un pedazo de papel. Lo levanta, lo abre. “Mi puerta esta abierta. Q nadies los bea”.

Segundos después ingresa Pedro. Darwin duda si compartir el hallazgo, pero casi mecánicamente lo termina haciendo.

Pedro no se sorprende.

-          Es Jorge.

 

Pedro espera a que Darwin salga del baño. Sabe que Jonatan está en su cuarto y Manuel irá a la ducha.

Darwin regresa. Está nervioso.

Al sentir el ruido de la ducha, apaga la luz, toma de la mano a su compañero de dormitorio y gira sigilosamente la manija de su puerta.

El patio está vacío. Enfrente, hay una luz tenue que se ve a través de la ventanita de la habitación de Jorge.

Avanzan. Darwin mira a los dos lados mientras siente que el corazón se le quiere salir por la boca.

Con la misma cautela, Pedro gira la perilla de su meta. Entra con su tembloroso acompañante, cierra y asegura.

Jorge está acostado sobre su cama, audífonos en el oído, ojos cerrados. Viste un bóxer blanco. Sobre su abdomen descansa un pequeño reproductor de MP4.

Pedro lo topa en el hombro. El musculoso reacciona, hace una seña de guardar silencio con el índice izquierdo, se arrima, y, sin hablar, invita a los dos adolescentes a acompañarlo en su cama.

Pedro, primero, y Darwin, luego, se acuestan.

Jorge se quita los audífonos y el reproductor, y los deja en su mesa de noche.

Se escucha que alguien sale del baño y que cierra la puerta de otro cuarto.

 

Todo el espacio sólo está iluminado por una lámpara de mesa, ni tan fuerte como para llamar la atención, ni tan débil para no ver cada forma explícita.

-          Traten de hablar bajito. Pónganse cómodos.

Eso significa para Pedro, despojarse de su camiseta y su short, y quedarse en hilo dental, esta vez, rojo.

-          ¿Otra vez? ¿Cuántos de esos tienes?

-           Como tres.

Darwin, quien sólo viste bibidí y short, comienza a excitarse.

Pedro se acomoda justo sobre el dorso de Jorge, quien luce impávido.

-          Está bonito.

-           ¿Te gusta?

-           Sí. Se parece a uno que tengo.

-           ¿En serio?

-           Sí. ¿Te lo enseño?

-           A ver.

Jorge se levanta de la cama, va a la cómoda, abre un cajón, se saca el bóxer, y se coloca la prendita de color negro, cuya tira más angosta se hunde entre sus dos poderosas nalgas. Gira y comienza a hacer poses de físico-culturismo para un Pedro que lo contempla entusiasmado, y un Darwin que no cree lo que está sucediendo, mientras su pene bajo el short roza las nalgas del otro chico.

-          A la mierda.

-           ¿Te gusta?

-           No sé. Ya te dije que si mis viejos me descubren uno de esos, me lo queman.

Jorge regresa a la cama, y se acuesta de lado como los otros dos, pero dándoles la cara. Pedro no sabe qué hacer con sus manos.

-          ¿Lo puedo tocar?

-           Claro. Con confianza.

Entonces, su mano comienza a acariciar la tela, a probar la elasticidad de la tira, a pasar sobre el paquete aprisionado. Se queda ahí. Jorge le deja hacer sin incomodarse en absoluto.

-          Darwin, ponte cómodo.

-           Es queeee… no tengo nada debajo.

-           Normal. Te podemos acompañar, ¿no Pedro?

Jorge se quita el hilo. Pedro lo imita y se da media vuelta. Mira a Darwin, y toma un extremo de la camiseta. La corre desnudando su cintura.

El aún vestido rechaza amablemente la ayuda, y se la quita  por sí mismo.

Ahora son tres en igualdad de condiciones.

Pedro lo toma por la cintura. Lo acerca. Lo acaricia mientras siente la erección sobre la suya, y la de Jorge sobre su trasero.

Darwin corresponde las caricias, y alterna sus brazos con los de su anfitrión, explorando el dorso del delgado chico que a quedado en medio del emparedado.

Jorge comienza a besar el cuello de Pedro, quien gime muy despacio, y toma la cabeza de Darwin, atrayéndola a la suya. Un beso en los labios es sólo cuestión de centímetros… y se concreta. Tras probar una boca tímida e inexperta, ahora hunde su lengua en otra llena de maestría.

Las pelvis de los del extremo no han dejado de masturbar sus penes y humedecer el cuerpo de Pedro con fluido transparente.

Nuevamente Pedro gira para besar a Darwin, quien siente la mano de Jorge sobre su cadera. La caricia es bien recibida.

-          Estoy arrecho.

-           Sí. Yo también… pedro, ¿por qué no nos las chupas?

El aludido sale cuidadosamente del medio y se desliza por los torsos hasta llegar a las pubis de ambos. Toma ambos falos con sus manos. Los masajea. Mentalmente echa a suertes cuál será el primero que se meterá en la boca.

Sin soltar el de Jorge, comienza por el de Darwin, quien se excita aún más, al punto de dar un gemido hondo, que libera con temor a despertar a toda la casa. El otro masturbado entiende que la cosa va en aumento, y decide acallar el sonido de la lubricidad con un beso profundo.

Pedro alterna los dos penes erectos, comparando lo salado de ambos fluidos, lubricando con la saliva aquél que no está siendo chupado, dando pequeños mordiscos para garantizar que la sangre no abandone la dureza de los cuerpos cavernosos, acariciando con su lengua las bases y los escrotos, regresando a la conquista de los miembros.

Por su parte, las bocas de Jorge y Darwin no cesan de tener una erótica riña, mientras sus brazos se acarician las velludas anatomías.

De pronto, el físico-culturista cesa el beso, se contorsiona al lado opuesto, abre el cajoncito de su mesa de noche y saca un condón.

-          Darwin, ¿sabes usar uno de estos?

-           No… sé… creo que… sí.

-           ¿Se la quieres meter a Pedro?

-           Síiii…

Jorge hace que Pedro se concentre en su pinga, abre la cubierta de color plateado y, tras sacar el látex, se lo pone a Darwin. se las ingenia para hacer un breve sesenta y nueve con Pedro, sólo para humedecer el ojo del culo. Se pone de pie, siempre ofreciendo su verga al felador, quien queda en cuatro, dejando ante Pedro el hoyo por donde mete su pene de modo algo brusco, lo que al pasivo le produce algo de dolor y le obliga a detener la pelvis de su cachero con la mano, sin dejar de chupársela al del cuerpo de súper-héroe.

Jorge parece interpretar la incomodidad.

-          Despacio huevón. Le vas a sacar sangre.

-           OK. Per… perdóname. ¡Ah!

Darwin consigue meter sus dieciséis centímetros en el culo de Pedro, y el adulto se da maña para que sus dieciocho y medio puedan ir hasta la garganta.

Frente a sus ojos, y con la ténue luz del dormitorio, un adolescente comienza el baile pélvico, que choca rítmicamente con las nalgas de un insaciable chupa-pingas, y que acaba, apenas un par de minutos después, con el gesto evidente del orgasmo.

-          Agarra el condón de la base y sácalo despacio. Que no se salga de tu miembro.

El procedimiento se cumple con éxito, y el pene flácido aparece cubierto de la bolsa donde el líquido blanco está en una considerable cantidad al fondo  de la misma.

Jorge quita su verga de la boca del penetrado y va al puesto que ocupaba Pedro: el ano aún está dilatado.

-          En mi mesa de noche hay papel higiénico. Envuélvelo. Sácame un condón.

Darwin sigue las instrucciones, y entrega otro paquetito plateado a Jorge.

-          Pedrito, ¿quieres que te la meta?

-           ¿Tú quieres?

-           Sí. Pero, ¿qué dices tú?

-           Sí Coquito. Sí.

el sobrenombre le produce una inexplicable sensación. Abre el nuevo forro, se lo pone, le coloca saliva, y da otro escupitajo al orto del jovencito. Poco a poco va metiendo uno… dos… tres… cuatro… cinco… seis…diez… doce… catorce. Pedro experimenta un espasmo.

-          Darwin, bésalo.

Nuevamente los adolescentes juntan sus labios. Quince… dieciséis… diecisiete… por fin, entró todo.

A diferencia de su predecesor, este hombre comienza muy despacio, y va incrementando de a pocos la velocidad. Se deleita viendo la penetración. “Está cerradito todavía… aprieta rico”. Jala su almohada y hace que Pedro quede boca arriba; pone el gran cojín bajo su trasero, le levanta las piernas y repite la penetración  de menos a más, mientras los dos chicos siguen besándose y acariciándose .

La danza de Jorge toma unos seis a siete minutos más, cuando siente que su leche se acerca al glande. Saca el miembro, le quita el preserbativo, y comienza a masturbarse sobre el pecho de Pedro.

En un minuto más, puede ver cómo su semen forma líneas blancas brillantes sobre el cuerpo del muchacho, aunque algunas ráfagas impactan en el cabello de quien vuelve a sentir que la sangre regresa a su verga.

Jorge jadea mientras una gotita blanca se niega a saltar desde su uretra.

-          suficiente por hoy.

 

Con mucha cautela, Pedro regresa a su dormitorio, abre la puerta, y luego simula ir al baño. Se limpia, se da un micro-duchazo y regresa. Para esto, Darwin ya está adentro, a salvo. Es el siguiente. Igual, entra por medio minuto a la ducha y sale.

Ambos cierran la puerta, y pueden escuchar nuevamente que alguien usa el baño.

-          ¿Te gustó?

-           Sí. Estuvo super nice.

-           ¿Quieres hacerlo otra vez?

-           ¿Otra vez?

-           Sigo arrecho.

-           Es que… eres brusco.

-           Te juro que lo hago despacito.

-           Pero, no tenemos condón.

-           Jorge me dio uno.

Los dos chicos se vuelven a desnudar, repiten las caricias de una hora antes. Pedro vuelve a recibir a Darwin repitiendo la pose de piernas al hombro, aunque no puede disfrutar tanto como quiere porque le arde.

Darwin eyacula cinco minutos después.

Ambos se quedan dormidos en la misma cama.

Así amanecen.

 

Escrito por N-Ass. ©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe al autor: hunks.piura@gmail.com, o deja tu comentario aquí.