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viernes, 28 de abril de 2023

Me folló rico tras rescatarlo de la lluvia torrencial


Mi nombre es elton, vivo en Fort Lauderdale, Florida, y trabajo como voluntario en una ONG que proporciona ayudas aquí en Piura. Me especializo en zonas de desastre. Fui asignado por mis superiores a trabajar en los apoyos para damnificados por las lluvias.




 

Personalmente gusto de la lluvia. Me encanta sentir las gotas en mi cara y en todo mi cuerpo. Es relajante. Como la casa donde vivo tiene un pequeño patio, cada vez que llovía fuerte, quedaba desnudo y salía con los brazos abiertos a recibir el agua. De vez en cuando el destello de los relámpagos me iluminaba por segundos.

 

Como me gusta hacer deporte, a cada destello se me veía como en una breve fotografía luciendo mi cuerpo bien entrenado cual estatua clásica.

 

Cierta tarde, cuando ya terminaba de trabajar en la oficina, comenzó la lluvia fuerte. De inmediato entendí que duraría mucho tiempo. Terminé de arreglar los papeles que estaba organizando, los guardé, y aseguré todo. Di un último vistazo por la ventana: seguía lloviendo duro. Pero algo más llamó mi atención. En un poste de la esquina, una persona estaba de pie mojándose y mirando a ambos lados.

 

Salí de mi oficina, y me fui hasta esa esquina. El hombre giró su cabeza hacia mí. Se le notaba aturdido, extraviado. Era un chico negro de rostro agradable.

“¿estás bien?”, le pregunté.

“No hablo español”, alcanzó a decirme.

“¿qué tú hablas?”

“Francés”.

Con lo poco que sabía de ese idioma, le dije que entrara a donde yo trabajaba. Él se negó.

“¿Tú policía?”

“¿No! No soy policía”.

“yo sin hogar”.

“Espérame aquí”, le dije.

Saqué mi motocicleta y fui a donde había dejado al chico.

“Sube… te llevaré a casa”.

“No tengo casa”, me repitió.

“No… A mi casa”.

Le hice una seña con la mano para que se siente y le señalé el cielo dándole a entender que el aguacero iba a continuar. Aceptó.





 

Mientras avanzábamos por las calles de Piura hechas un río, cada vez que frenaba en seco, pude sentir su recio cuerpo chocando contra mi espalda.

 

Llegamos a la casa que alquilo. Lo hice pasar de inmediato al mismo tiempo que metía mi motocicleta.

Merci”, me dijo con su voz áspera.

“quítate la ropa”, le aconsejé. “Ponte ropa seca”, proseguí señalando su mochila.

“Oh… ropa sucia”, me respondió.

“Quítate la ropa de todas maneras porque vas a enfermar”.

“Quiero cargar celular”, me dijo más bien.

Le indiqué dónde estaba el tomacorriente. Él sacó su móvil y lo conectó. Me acerqué y tomé su mochila.

“Vamos a lavar tu ropa”.

Vi algunas lágrimas formándose en sus ojos. Me le acerqué y sin más protocolo le di un abrazo.

“Tranquilo, ami. Estarás seguro aquí”.

Merci, ami”, me respondió abrazado y casi sollozando.

Me separé.

“Quitémonos la ropa, nos vamos a enfermar”.

Comencé a desnudarme, y cuando me quedé sin ropa, la sacudí y caminé hacia mi dormitorio. Con la otra mano, cargué su mochila. Fui hasta la lavandería y conecté la lavadora. Recé para que la electricidad no se cortara debido a la tormenta.

“Mi ropa”, escuché que me dijeron a mi espalda. Volteé. El chico estaba desnudo. No podrías imaginar qué hermoso y perfecto cuerpo de ébano estaba frente a mí, tal como Dios lo trajo al mundo: musculoso, lampiño, larga verga, voluminosas bolas. Eso sí, su vello púbico estaba crecido. Tomé su ropa y la metí a la lavadora.

“Vamos adentro… ¿quieres café o vino?”

“Café”, me dijo sin dudar.

Sonreí. Le presté un par de sandalias que le quedaron muy chicas. Preparé café.

“¿Cómo te llamas?”

“Michel”.

“¿De dónde vienes?”

Cafou”.

“¿Dónde está eso?”

Port-au-Prince”.

“Oh, Haití”… ¡Estás migrando solo?”

“No. Con mis amigos, pero mi móvil descargó. No puedo comunicarme”.

“Diles que estás seguro y que pueden buscarte cuando acabe la tormenta”.

“Ropa lavando”, sonrió. “yo… desnudo”.

Sonreí. Nos sentamos a tomar café.

“eres guapo”, me animé a decirle.

Merci, moma mi. Tú también eres guapo… y generoso”.

Merci”, sonreí.

“¿Cómo te pago esto?”

“No tienes que pagarme”.

“Estoy agradecido”.

“eso es suficiente”.

Me abrazó de nuevo y aproveché a ponerle mi mano sobre su enorme muslo. Hizo que me acurrucara en él.

“¿te parezco atractivo, no?”, me susurró.

Me tomó por sorpresa. No supe qué responder.

“Tú también me pareces atractivo”, continuó.

Entonces, Michel comenzó a acariciarme el hombro y luego el brazo. Yo comencé a acariciar más su muslo y rocé sus bolas. Esperaba encontrar su pene flácido, pero ya no estaba allí. Mejor dicho, estaba comenzando a erguirse y ponerse duro. Disfruté viendo cómo ese trozo de carne se hacía gordo, largo y se elevaba a medida que latía. Mi pene también se puso duro y comenzó a surgir mucho precum.

“¿Puedes chupármelo?”, me consultó.

“Por supuesto”, accedí.

Me incliné, abrí mi boca, comencé a succionar su pinga. Obviamente, no me la pude tragar toda completa, pero a Michel pareció importarle poco si yo soy un garganta profunda o no. Me tomó mi rostro, me lo levantó y me besó profundo en la boca, muy apasionado.






 

Continuamos en mi dormitorio. me besó y lamió bien el culo. Yo me sentía en las nubes. Le di un condón y se lo puso. El pedazo de látex no pudo cubrir toda su hombría. Volvió a lamerme bien el ano y fue metiéndome su verga poco a poco. No niego que me dolió, pero el fue muy paciente tratando de que al taladrarme, todo no fuese violento, como dándole tiempo a mi recto para que se expanda.

 

Cuando logró meter toda esa manguera, comenzó a moverse despacio y apasionado. Fue increíble cómo Michel me hacía el amor. Primero hicimos piernas al hombro, luego me puse en perrito. Finalicé cabalgándolo. Cuando estaba en esa posición, él tomó mi pene erecto y comenzó a masturbarme. No resistí más y eyaculé sobre su vientre firme y sus pectorales.

 

Me tiró suavemente sobre la cama, se sacó el pene y el condón y el se pajeó también. Disparó su leche sobre mi atlético cuerpo. Mi leche se deslizaba por sus muslos y tocó los míos. Estábamos sudados al extremo. Se inclinó a darme otro beso largo y profundo en la boca.

Merci”, repitió.

Merci”, le repliqué.








 

Tras bañarnos, saqué su ropa de la lavadora y la colgué en un espacio bajo techo donde puse deshumidificadores. Él se contactó con sus amigos cuando su celular se recargó.

“me estaban buscando”, me dijo. “Les avisé que estoy en lugar seguro”.

“entonces, ¿irás a verlos?”

“No esta noche. Voulez vous couché avec moi?”

Le sonreí. Es un verso de mi canción favorita.

Follamos dos veces más y nos quedamos dormidos.

Temprano al día siguiente se fue. No aceptó que le diera dinero. Sé que está siguiendo su camino y cuando llegue a donde está migrando, me avisará. Quizás lo visite en mis próximas vacaciones.

Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com 

domingo, 19 de febrero de 2023

Los 4 grandes atractivos de Pedro Bomba

Míralo de la cabeza a los pies y dinos si tu selección coincide con la nuestra.

 



El piurano Pedro Bomba sorprendió al planeta entero luciendo su cuerpo totalmente desnudo y mostrando su pene totalmente erecto en un único video y sesión de fotos que se convirtieron en otro clásico de nuestro arte pornoerótico. ¿Y por qué se hizo un clásico? Lo explicamos aquí:








 

Sonrisa: A diferencia de otros culturistas peruanos que también hicieron fotos o videos porno, Pedro Bomba no deja de sonreír, lo que significa o que se la pasó muy relajado o que se la pasó muy nervioso. Sin embargo, se convierte en uno de sus mejores atractivos, y ayudan a que la calentura de verlo pajeándose sea más amigable. Como tener sexo con tu mejor amigo y que te diga sin palabras “no te compliques, solo disfrutemos”.

 








Pecho: ¡Dios mío! ¡Te imaginas haber tenido una sesión de sexo intenso, quedar agotado y usar esos pectorales para reposar tu cabeza? ¿Qué tal un trío? Cada músculo tranquilamente puede servir para que cada chico descanse cómodamente, por supuesto, sostenido por esos enormes brazos. Donde sí vas a pugnar, si lo compartes con otros, es en acariciar ese bien trabajado abdomen. Pero pongámonos de acuerdo con que ese enorme pecho es de antología.

     







Verga: Recta, gruesita, de tamaño promedio pero bien jugosita, ideal para darle una buena mamada o para sentirla dentro del culo. ¿Alguna idea de cómo debe saber su semen? Sin duda debe ser un néctar delicioso, pura masculinidad forjada con genes 100% piuranos. ¿Claro! Porque si en Piura todo es más rico, de hecho que esa polla debe serlo también. A menos que alguien ya se la haya tragado. Avísenos, por favor. ¿Y qué piensas de sus huevos?








 

Culo: ¡Qué comen los culturistas peruanos que les sale un trasero grande y bien redondo? OK. No solo es la comida. También es el entrenamiento y, por qué no, la genética. Pero ese par de duras nalgas son ideales para mordisquear, lamer, acariciar. Otro gran candidato a un inolvidable y discreto beso negro. Ah, y ese par de enormes piernas no se queda atrás.

 

¿Cuál es tu parte favorita del cuerpazo de Pedro Bomba? Cuéntanos en los comentarios. Gracias a Apasionado Solar por los vidcaps.

 

Mira el video completo de Pedro Bomba | Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com 

viernes, 10 de febrero de 2023

ASS (65): “Me la metiste a pelo”

Alejo y Miguel comienzan a hacer planes futuros, como si fuesen una pareja de enamorados, cachan rico… entonces, una inesperada visita les llega.

 



Anteriormente en ASS…

A la una de la tarde de ese jueves, Alejo termina su rutina de entrenamiento en el AS de San Sebastián. Está sudado de pies a cabeza. Solo viste su pantaloncillo de lycra, sin ropa interior (lo que le marca su generoso paquete y hace que la tela se le meta por la raja de su gran culo), calcetines y zapatillas. Miguel se le acerca:

“la ducha ya está limpia, así que puedes usarla ahora mismo”.

Alejo sonríe:

“¿Sabes qué he estado pensando, Miguel? Vamos a darle duro un año entero al porno gay, reunamos suficiente plata, ahorremos, la juntamos y la invertimos en comprar el AS. Si no nos alcanza, lo alquilamos; el hecho es que lo sigamos trabajando”.

“¿Y Alberto ya sabe eso?”

Alejo toma un poco de agua:

“Una vez cuando estábamos cachando lo conversamos. Lo que nos dijo Pedro alguna vez es cierto: en algún momento se va a saber cuál era la real intención de fundar el gimnasio, y ahora que ya la sabemos, lo mejor sería que lo protejamos. Entonces, si la propiedad pasa a nosotros, él queda limpio. Sería lo más justo”.

“Espera… ¿de dónde sacaste esa idea?”

“Marcano me estuvo explicando”.

“¿Y dejaremos de hacer porno gay por completo?”

Alejo se lo piensa un poco:

“Quizás ya no con la presión de ahora”.

“¿Marcano también dejará de hacer porno?”

“Dice que cuando pueda crecer su negocio y se pague solo”.

Ambos caminan hacia la puerta que lleva al baño:

“Pero, Alejo, también sabemos que Beto no puso la inversión del AS; que, en realidad, fue…”

“Entonces se lo planteamos, Migue… total, estamos trabajando para él, ¿no?”

“¿y si nos dicen que no?”

“Ponemos un hostal para encuentros gay… o yo pongo mi taller mecánico y tú… lo que tengas pensado”.

Miguel sonríe:

“Por ahora pienso que debes quitarte el sudor de todo el cuerpo, en especial de tu culo y tus bolas”.

“Y… ¿si nos duchamos juntos? No hay alumnos”.

Los dos musculosos entran totalmente desnudos al baño y comparten la hora del aseo. Aprovechan el jabón para acariciarse sus firmes músculos: pectorales, brazos, culos, piernas. Un beso en la boca, seguido de otros tantos, no tardan en aparecer.

Cuando se han enjuagado el jabón, y aún con el cuerpo húmedo, Miguel besa toda la espalda hasta llegar al culo de Alejo. Le separa ambas nalgas, y, mientras el segundo se inclina,el primero aprovecha para lamer cada glúteo y el ano cerradito al medio.

“Puta madre, qué rico lo haces, huevón”, reacciona alejo muy excitado.

Miguel sigue estimulando el esfínter hasta que nota una dilatación en el agujero.

“¿Estás listo, ale?”

Alejo respira profundo:

“Listo”.

Miguel se pone de pie, y con la verga ya dura, comienza a penetrarlo lentamente. La sensación que tiene Alejo ahora ya no es la incomodidad de aquella primera vez cuando probó pinga y quedó adolorido, menos de esa segunda vez cuando ya se había entrenado un poco más. Por otro lado, Miguel es un amante consciente, interesado en que ambos gocen el momento por igual.

“Lo tienes cerradito, so carajo”, comenta Miguel con toda la calentura encima.

“Muévete rico, papá… lo haces bien”.

Miguel comienza a bombear poco a poco hasta que sus 18 centímetros pueden trabajar como un pistón dispuesto a dar todo el placer que ambos puedan imaginar. Alejo comienza a pajearse, al mismo tiempo.

Lo que sí Miguel aún no logra controlar la duración del acto cuando hace de penetrador. No pasan ni diez minutos cuando expulsa todo su semen dentro del recto de su mejor amigo.

“A la mierda”, gruñe el activo.

Alejo, quien no ha dejado de pajearse, gira:

“Arrodíllate”.

Miguel obedece.

“Abre la boca y saca la lengua”.

Miguel hace lo que su amante le pide. Alejo se pajea más fuerte aún, haciendo que su mano golpee contra su afeitado pubis, que suena como si chasqueara un culo. Jadea cada vez más fuerte. Su rostro revela que el orgasmo es inminente.

“¡Mierda! ¡Las doy, carajo!”

Alejo dispara su semen en la boca de Miguel, con la misma masividad de siempre. Se inclina a besarlo en la boca y saborear su propio esperma mezclado con la saliva de su amigo. El fluido viril se pega entre la lengua y los dientes de ambos. Se separan y sonríen.

“Creo que te pediré que seamos pareja”, susurra Alejo entre broma y serio.

“Creo que diría que sí”.

Entonces el timbre de la puerta suena. Ambos se miran extrañados.

“¿Hay alumno programado para esta hora?”, pregunta Miguel.

“No que yo sepa”, responde Alejo.

Ambos ingresan rápidamente al dormitorio. Miguel se pone la ropa que ya se había quitado y va a abrir la puerta de la calle. Queda de una pieza.

“¿edú?”, se extraña. “¿Hombre! ¿Dónde te habías metido?”

“¿Puedo entrar?”, consulta el futbolista, quien luce tan guapo como el día que llegó a San Sebastián; de hecho, luce un ceñido traje deportivo: camiseta y short que le marcan su cuerpo fibroso.

Miguel le da paso, y detrás de él, otro chico tan guapo como él, también vestido deportivamente, lo que revela un cuerpo más o menos atlético.

“Es Bartolomé”, explica Edú. “Trabaja en el seguro”.

Miguel no entiende nada, pero confía en su amigo.

“¿Podemos conversar un ratito? Es importante”.

“Claro, Edú”.

Pasan a la sala de recepción que también se usa para los ejercicios de calentamiento y se sientan alrededor del escritorio.

“No voy a dar rodeos”, anuncia edú. “Tengo VIH”.

Miguel se sorprende, pero entiende que debe ser empático:

“Edú: si el médico te dice que puedes entrenar sin problemas, por lo menos yo no me hago ninguna palta en que…”

“Gracias, la verdad te agradezco eso, pero… no fue por eso que vine a verte”.

Miguel pone cara de intriga.

“¿Recuerdas esa vez que me hiciste el masaje, el primer día que vine?”

Miguel traga saliva, mira un poco avergonzado a Bartolo.

“Claro”, al fin responde.

“Me la metiste a pelo”.

Miguel hace memoria rápidamente, comienza a sudar frío. Por el pasillo al fondo, Alejo aparece serio.

Y para terminar, te dejamos una porno gay |Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com 

martes, 27 de diciembre de 2022

Ser Rafael 19.2: Despedida de soltero


A diferencia de otras ocasiones, hicimos todo el trayecto en silencio. Mi pecho chocaba contra su espalda cada vez que debía frenar.

Llegamos.

Josué me dejó en la vereda fuera de mi block. No había un alma en la calle.

Me dio la mano con fuerza.

“Rafo, no hay nada qué pensar: no seré tu testigo. No me pidas algo que me hará sufrir”.

Sentí su voz quebrarse. Yo sentí que mi corazón se encogía.

“Solo dímelo, y soy capaz de…”

“Rafo, ya lo sabes… Lo mejor será que dejemos de vernos hasta que regreses de tu viaje de bodas”.

“No me pidas eso. ¡Me necesitas!”

Josué ya estaba llorando.

“No. No lo hagas por mí. Hazlo por ti, por ti, por ti”.

Se calmó un poco.

“Josué, no me pidas que deje de verte. No tú”.

“Te amo, Rafo. Te amo con todo lo que soy y lo que tengo. Confío en ti”.

Arrancó la moto y se fue.

Comencé a llorar en plena calle. Presentía lo peor.


Toda esa semana, Josué no respondió mis llamadas, ni me contestó en redes sociales, ni fue a esperarme para ir juntos al gimnasio (se cambió de turno a la mañana, para no coincidir, según deduje).

En lo que a ese domingo correspondió, fue difícil conciliar el sueño.

El resto de la semana no tuve otra opción que respetar su decisión, aunque me doliera en el alma. Y me estaba doliendo mucho en el alma; pero, ¿por qué?.

Igual, esa semana se hizo llevadera pues Laura se encargó de mantenerme absorbido. Apenas salíamos del gimnasio, ella tenía mil pendientes para hacer, lo que me dejaba agotado y me mandaba directo a la cama.

El viernes, víspera de la boda, mis compañeros de trabajo me llevaron directamente a un local donde nos encontramos con los compañeros de trabajo de Laura, algunos amigos –menos Josué-, y… Eduardo. Quiero decir, Eduardo estuvo allí invitado por Laura. Me esforcé para no toparme con él durante toda la celebración.

Laura se las había ingeniado para que las fiestas de despedida de soltero y de soltera se hicieran en el mismo lugar, a la misma hora y con la misma gente.

Hubo los juegos de siempre, comida, trago, y como broche de fondo, un stripper y una stripper, que nos deleitaron con un espectáculo erótico convencional, esto es, se quedaron en hilo dental, se acariciaron, hicieron la finta de tener relaciones pero de pie y listo. Lo único rescatable era la espalda, los pectorales, las piernas y el trasero del bailarín. Obviamente, como la gente estaba más o menos bebida, le dio lo mismo si eran bonitos o feos.

La reunión finalizó casi a medianoche, cuando Laura, medio bebida, se me acercó con Eduardo.

“Rafo, le pedí a nuestro amigo que se asegure de que irás directo a tu camita”.

¿Nuestro amigo? Si algo tengo que reconocerle a Eduardo es su camaleónica manera de relacionarse con mi entorno, generar tamaños desbarajustes y salir ileso. Fui un tonto al no pedirle cátedra de eso.

“¿Ah sí?” Me lo quedé mirando.

“Sí, Rafito, como Eduardo no ha tomado casi nada, que te lleve en el carro”.

Al fondo salían los dos strippers.

“OK. Que me lleve a casa, entonces”.

Me retiré con Eduardo.

“Menos mal que mañana estaré casado”, le dije rezongando.

Fuimos hasta el auto. Lo abordamos. Enfrente nuestro, el chico y la chica que habían actuado para todos nosotros tomaban un taxi.

“Estuvo misio el show de los strippers, ¿cierto?”, me comentó.

“Sí, medio monse”, le respondí.

“Sé que Laura me encargó algo, pero… si deseas, puedo llevarte a un lugar donde sí tendrás una verdadera despedida de soltero”.

“¿Una disco de ambiente? No, gracias. Prefiero ir a casa”.

“Mejor que eso”.

Eduardo hizo una llamada y fuimos a un edificio cerca de unas residencias militares; subimos a un departamento.

Nos recibió un chico blanco simpático, de evidente buen cuerpo, en medio de una sala a media luz, perfumada y con una música a punta de saxo y piano.

Cruzamos una especie de cortinas hechas con velos y pasamos a un espacio donde había cojines por todos lados, botellas con algo que parecía ser vino, lámparas de luz tenue y difusa. Esperamos unos minutos. La música cesó un segundo y comenzó una melodía árabe.

El anfitrión había cambiado su camiseta y su jean por una camisa y pantalón vaporosos. Se puso a bailar rítmicamente delante nuestro, como si su cuerpo recibiera gentiles cantidades de electricidad, lo que lucía grácil pero enérgico.

Eduardo me convidó de una de las botellas. Era un licor dulce, parecido al vino.

Lo caté y encontré agradable.

El muchacho ya se había despojado de la camisa, revelando pectorales y abdominales finamente labrados. Invitó a que Eduardo se ponga de pie, y lo hizo bailar.

El chico me pidió la botella y tomó el licor directamente del envase, se acercó a la cabeza de Eduardo y lo besó con la boca bien abierta, a medida que le quitaba la camisa. Volvió a probar otro poco de trago, a repetir el beso, y a intentar sacarle los jeans.

Un cuarto de botella después, Eduardo solo vestía calcetines, y el bailarín le estaba practicando sexo oral, primero por adelante; luego hundió su cabeza entre las nalgas de quien supuestamente tenía que asegurarse de que ya estuviera en cama.

Yo, obviamente, nada de sueño; estaba más que excitado.

El bailarín se levantó, se quitó el pantalón y se quedó sin nada de ropa. Hizo que Eduardo le hiciera lo mismo que él le había practicado.

Como era de suponerse, la performance se repitió.

“Desnúdate”, me dijo el chico. “Deja toda tu ropa a ese costado”.

No esperé más. Me quedé como Dios me trajo al mundo, y puse mi ropa donde me dijo. Allí había otra botella de licor.

“Tómala”, me dijo.

La agarré, la abrí y la bebí sin usar copa ni vaso.

“Ven”, me invitó.

Eduardo nos hizo sexo oral a los dos. Luego, ambos se arrodillaron como si estuvieran adorando al dios de la fornicación; dejaron que regara licor entre sus trabajadas nalgas, y que lo probara.

El bailarín sacó unos condones de entre los cojines, y el resto de la faena consistió en penetrarlos indistintamente y en todas las posiciones que la embriaguez y la flexibilidad nos permitieran. El chico también penetró a Eduardo, y Eduardo hizo lo propio.

Nuestros jadeos y gemidos, y uno que otro gruñido, se confundían con la música árabe que parecía no cesar.

sábado, 17 de diciembre de 2022

ASS (57): ¿No crees que es…. Pecado?

Santos es enviado a recoger unas cosas en el cuarto de Marcano, donde tendrá la oportunidad sde ver y probar su enorme taladro.



A eso de las nueve menos cuarto, el guapo Santos está revisando unas listas que el Padre David le encargó. En el Centro de Acogida a Migrantes, también conocido como CAMI, no solo se los registra; también se trata de conocer sus historias y se busca darles un techo dónde guarecerse, servicios higiénicos decentes y tres comidas básicas. Para santos esto no es nuevo. Antes de iniciar su noviciado, trabajó largo tiempo como voluntario en las organizaciones de acogida de migrantes que llegaban a España por cuanto medio fuese posible. Allí creyó sentir su vocación religiosa.

“Hola”.

Santos se sobresalta, levanta la mirada. ¡qué tal sorpresa! Un chico trigueño moreno, fornido, vestido en mono o mameluco azul y con un pequeño maletín metálico aparece en la puerta de la recepción. La cara le es familiar.

“¡Hola!”, reacciona el novicio. “Anoche te vi…”

“Cuando salía de ducharme en el AS”, contesta el joven muy sonriente. “Vine porque el Padre David me mandó llamar”.

“Ah, cierto. Tú eres el electricista, ¿no?”

“Handy-man, más bien”, guiña un ojo. “Me llamo Marcano”.

El chico da la mano y guapo rubio se la corresponde:

“Santos, mucho gusto. Ahora lo busco y…”

“¡Marcano! Llegaste, che”, se oye desde el pasadizo. “Vení a ver la conexión”.

“Permiso”, pide Marcano a Santos, quien se queda medio ensoñado. Ese mameluco cubre demasiado el hermoso cuerpo bien esculpido que vio la noche anterior. Lo que no recuerda si llegó a ver sus genitales. Quizás sí, pero en medio del desconcierto es complicado tener memoria clara. Al menos, sí nota que lo ancho de la prenda no disimula su enorme culo.

En poco tiempo, el Padre David regresa a la oficina:

“Che, necesito que vos vayás con Marcano a recoger unas cosas para la instalación que falta”.

“¿Yo, Padre?”

“Sí, vos. Creo que hay cosas pesadas y tú eres algo fornido. Andá con él”.

A Santos le parece un sueño estar sentado en la misma motocicleta tras el portentoso cuerpo de Marcano recorriendo las soleadas calles de San Sebastián. Queriendo y no queriendo, choca sus grandes pectorales contra la amplia espalda del Handy-man.

“¿Así que vienes de España?”

“De Barcelona”, responde Santos.

“Interesante”.

Ambos llegan a la pensión y suben al cuarto de Marcano donde tiene un mini almacén con accesorios eléctricos: alambre, interruptores, tomacorrientes. El venezolano se baja la cremallera y se quita la mitad superior del mameluco; debajo tiene una camiseta ceñida al cuerpo que no deja mucho a la imaginación. Voltea a ver a Santos y se ssonríe al notar su cara de asombro:

“Perdona, vale. Suelo estar solo aquí, así que cuando hago mis cosas, incluso me quedo desnudo”.

“No tienes que disculparte. Yo también estoy en pelotas cuando me encierro en mi recámara”.

“¡en serio? Si tuviera más confianza contigo, me quedaría en pelotas, como dices”.

“yo no tendría problemas… de hecho, anoche… te vi en pelotas”.

Marcano se detiene, recuerda en segundos y cae en la cuenta:

“¡Naguará, chamo! ¿Tienes toda la razón!”

Santos se sonríe ya menos tenso. Entonces, Marcano se detiene en su búsqueda:

“¿Te incomoda si me desnudo?”

“ya te dije: no. Si te apetece, yo también puedo desnudarme”.

“No suena mala idea”.

Marcano se quita los zapatos y los calcetines, se baja el mameluco, luego se retira la camiseta (con cierta dificultad), y está a punto de quitarse el bóxer:

“Tú también, pana”.

Santos, siempre sonriendo entre nervioso y excitado, se quita la camisa, los zapatos, los calcetines, el jean y también se queda en un colorido bóxer.

Marcano le sonríe:

“¿Desnudos del todo?”

“Desnudos del todo”, responde Santos.

“A la cuenta de tres… uno, dos, tres”.

Ambos se retiran la ropa interior y se quedan en pelotas.

“La tienes parada”, le observa Marcano señalando la entrepierna de Santos con la mirada.

El novicio se pone rojo de vergüenza.

“Perdona”, susurra.

“No… no hay nada que perdonar”.

Marcano gira un poco y muestra su largo pene aún dormido:

“Tu polla parece grande”, comenta Santos.

“y eso que está dormida aún”.

“¿Quieres decir que cuando te empalmas…?”

Marcano se sonríe más con cariño que con picardía como leyendo los narvios del otro mancebo:

“¿Me lo pongo duro, me lo pones duro? ¿Cómo prefieres?”

Santos se sorprende ante el ofrecimiento.

“Estamos solos tú y yo, agrega Marcano. “Nadie va a enterarse, vale”.

“Pero… sería… pecado”.

“Si me dices que es pecado hacer el amor… ¿no estás contradiciendo tu fe?”

Santos se queda ahí, inmóvil, con su pene erecto bajo su abundante vello púbico rubio. Los 23 ccentímetros de masculinidad de Marcano también comienzan a erguirse y engrosarse.

Entonces, Santos se olvida de todo. Se acerca a Marcano, le toca el pene semi-erecto con una mano mientras la otra es posada en uno de los grandes pectorales; le acerca su cara y lo besa en la boca. Marcano lo toca de la cadera y luego lleva sus manos hacia las velludas nalgas para acariciárselas. Se separan.

“¿La puedo chupar?”, consulta tímidamente.

“Todo lo que quieras”, le responde Marcano igual.

Santos se arrodilla, mira el falo, lo masajea un poco, se lo mete a la boca. Comienza a succionarlo. Poco a poco sus labios, su lengua y su paladar se van adaptando a la gruesa forma y sabor de ese pene caribeño.

Entonces, suena un celular.

    


 

sábado, 26 de noviembre de 2022

ASS (54): Puertas abiertas

Santos tiene una especie de revelación respecto a su homosexualidad.



Esa tarde de martes, en la casa parroquial de San Sebastián, Santos termina de ducharse. Tras secar su velludo y bien esculpido cuerpo, se anuda la toalla a la cintura. Al salir y andar a pie seguro por el pasillo, encuentra la puerta del dormitorio del Padre Alberto abierta.

De reojo mira al cura: está desnudo, de espaldas. Santos traga saliva al ver en esa fracción de segundos, un cuerpo finamente entrenado: ancha espalda, cintura estrecha, culo grande y redondo, gruesas y bien definidas piernas. Es obvio que va al AS, piensa. Prefiere seguir avanzando hasta su habitación.

“¿Santos?”

El aludido se detiene y gira. Nuevamente la toalla está a punto de deslizarse hacia el suelo, acariciando su cuerpo blanco lleno de vellos rubios.

“¿Sí, Padre?”

“¿Qué pasó con David?”

“Ah… dijo que había de resolver un tema en el refugio de migrantes, que iba a tomarle tiempo, y que apenas terminara, venía para acá”.

“Perfecto. avanzaremos sin él, entonces”.

“Como diga, Padre”.

Santos tiene muchas preguntas y temores en su cabeza, especialmente tras lo que le había pasado la noche anterior en el gimnasio, luego que Alejo le mostrara aquella foto de él desnudo, una imagen que él pensaba se había perdido en algún lugar de la red.

Pero también tiene curiosidad por lo que acaba de ver en esa puerta, aunque conscientemente se lo esté negando. Retrocede sus pasos hacia ella. Adentro, Alberto sigue desnudo: imposible ignorar esa ancha espalda, esos gruesos brazos, ese redondo culo, esas poderosas piernas. El sacerdote extiende su ropa sobre su cama, y cuando se inclina, los vellitos que rodean su ano, asoman entre sus dos nalgas.

“Padre, disculpe”, reacciona santos antes de que su polla comience a engordar y alargarse.

“Dime”, sonríe Alberto, tomándoselo todo como la cosa más natural del mundo.

“¿Usted… usted también va al AS, cierto?”

Alberto se extraña por la pregunta, pero se lo toma como si nada:

“Sí, Santos, a primer hora de la mañana, antes de la primer misa, ¿por qué?”

“No… por nada… gilipolleces mías”.

Alberto sonríe, toma una toalla. Ahora Santos puede contemplar sus pectorales bien esculpidos, su abdomen de tabla de lavar, su vello púbico evidentemente recortado, su verga aún dormida descansando sobre ese par de generosas bolas.

Le dijeron que solazarse de esa forma es pecado; pero, si la otra persona muestra su cuerpo desnudo como si se tratara de algo totalmente normal, ¿dónde está el pecado: en quien lo muestra o quien lo mira?

“¿y cómo te fue con Alejo anoche?”

“¿Anoche?”,reacciona Santos.

“Claro. ¿qué tal la rutina?”

“Ah… me dejó hacer la que ya llevo hace meses”.

“Tienes bonito cuerpo”, le califica Alberto, sonriendo.

“eh, gracias. Solo una pregunta, Padre… ¿Cuánto usted confía en Alejo?”

Alberto se extraña por la cuestión:

“¿Por qué? ¿Acaso hizo algo que…?”

“No, Padre”, se apresura Santos. “Es solo… solo que me… gustaría conocerle más”.

Justo en ese momento, sin que medie acción alguna… la toalla que cubre a santos cae al suelo. Sus mejillas enrojecen casi de inmediato.  Otra vez el novicio queda completamente desnudo enfrente de Alberto, quien nota un detalle adicional: el pene del chico está tterminándose de poner erecto. Santos nota que le están mirando el miembro y se pone más rojo aún, ya sudando frío.

Alberto controla la situación con una sonrisa:

“Alejo, Miguel… son mis chavos de confianza. No tengas miedo: también hazlos tus chavos de confianza”.

Santos guarda silencio, y mas bien mira sin tanto remilgo hacia la entrepierna de su superior: el pene de Alberto también comienza a ponerse erecto.

“es obvio, Padre, que debo comenzar confiando por usted”, concluye Santos.

“Absolutamente”, confirma Alberto.

“Buscaré el momento, Padre, porque tengo una larga historia que contaros”.

Alberto sonríe mientras muestra sin complejo alguno su pene totalmente erecto y con el líquido preseminal comenzando a gotear desde su cabecita rosada. El de Santos también está erecto y palpitando.

Alberto , entonces, hace algo arriesgado. Se aproxima ante Santos, lo atrae del dintel de la puerta hacia el interior de su dormitorio y lo abraza así desnudo, juntando su verga a la polla del muchacho, ambas duras. Para Santos, el gesto lo libera, y a la vez le gusta.

No es un sueño ni una fantasía; está pasando en ese mismo instante.

“Cuando desees platicamos, Santos… ahora vístete que tenemos una misa por celebrar”.

Santos siente que la humedad del precum comienza a mojarle la punta de su pene.

“Claro, Padre”, le responde.

Unos quince minutos después, Santos entra por la puerta de servicio al AS y toca la puerta del dormitorio. Mientras espera que le respondan, se abre la puerta del baño. Marcano aparece totalmente desnudo terminando de secarse el cuerpo.

“Buenas tardes”, saluda el venezolano.

“Buenas… buenas tardes”, balbucea el español, sorprendido de ver ese otro monumento de carne masculina.

Es cuando le abren la puerta del dormitorio. Es Miguel. También está desnudo. ¿Qué mierda está pasando en este lugar donde los chicos parecen emular al paraíso terrenal pero solo compuesto por las mitades masculinas?

“Me cambio al toque y voy para allá”, le avisa el otro muchacho.

“Perdona, ¿puedo hablaros un segundo?”, pide Santos.

“Claro”.

Miguel hace pasar a Santos y cierra la puerta mientras busca ropa limpia para ponerse encima.

“Es sobre la foto de anoche… ¿se la habéis mostrado a alguien más?”

Miguel se detiene en su búsqueda y mira a Santos con una sonrisa.

“¿Estás loco? No, para nada. Eso solo lo sabemos Alejo, tú y yo”.

“O sea… ¿eso está seguro entre nosotros?”

“Por supuesto, Santos. Puedes confiar al ciento por ciento en nosotros”.

“¿y también en el Padre Alberto?”

Miguel se extraña por la inquietud, pero tiene una respuesta inmediata:

“También en el Padre: es nuestro mayor aliado”.

Como resorte, Santos se aproxima a Miguel, quien sigue desnudo, y lo abraza fuerte.

“Necesito confiar en vosotros”, le dice.

Miguel le corresponde el abrazo y comienza a acariciarle la recia espalda de arriba abajo.

“Confía”, le replica.

Ahora la  mano de Miguel comienza a palmear una de las nalgas duras de Santos. El novicio parece estar cómodo con la caricia.

 

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