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sábado, 12 de agosto de 2023

Un café al desnudo con Elías Velasco

¿qué hay detrás del nuevo encueramiento del conductor de Café & Conversa?

 








Elías Velasco
(nacido en Lima el 21 de noviembre de 1974, donde reside) estaba encerrado en el baño vestido únicamente con un sacón verde. Respiró profundo. Debió pensar que ésta era la cuarta vez en su vida que lo hacía. “Voy a interpretar a un personaje”, se repitió. Logró tranquilizarse, abrió la puerta, salió hacia la sala, se despojó de la prenda. Estaba completamente desnudo.

 

Afuera lo esperaban dos miembros de su equipo de producción, el artista plástico Miguel Rosas y sus tres aprendices. Todo el mundo entendió que estaba listo. elías se sentó como el pintor le pidió y posó como Dios –aunque no crea en Él—lo trajo a este mundo.

 

“Me sentí nervioso, un poco ansioso, muy observado en general”, cuenta el creador, director y conductor de su show en YouTube, el amenísimo e inspirador Café & Conversa, un espacio donde Elías se sienta a charlar en profundidad con invitados muy diversos.

 

Para el episodio dedicado a Miguel Rosas, su productor sugirió que no solo converse ante cámara o que muestre parte del desnudo masculino que el artista plástico pinta. Pidió a Elías que sea uno de los modelos: “Me pareció una idea bastante arriesgada, polémica, pero muy artística”.

 

No podía echarse para atrás porque cree que si un periodista tiene que narrar bien una crónica, en cierto modo debe convertirse en parte de ella. O sea, si tenía que hablar de hombres pintados completamente desnudos, pues… tenía que ser uno de ellos. Para evadir la censura de YouTube, que prohíbe mostrar explícitamente la pinga, las bolas o todo el culo, su producción eligió ángulos que no mostraran nada más que sus hermosos torso y piernas.

 

Hoy, por primera vez, Elías Velasco cuenta en exclusiva para Hunks of Piura esos detalles y secretos que ni siquiera confesó en aquel comentado episodio.

 







Grandes músculos, pequeño autoestima

En 1993, Elías era otro chico limeño flaco que se sentía demasiado pequeño psicológicamente hablando. Acababa de salir de una relación que de tóxica pasó a violenta. Su pareja se emborrachaba, se desaparecía del mapa; y cuando reaparecía, lo que debía ser un reencuentro romántico se volvió discusiones cada vez más crispadas. Entonces, llegaron los golpes. En algún momento, Elías fue violado sexualmente por ese chico totalmente drogado.

 

“Tener sexo forzado con una persona es violación”, afirma hoy. “Eso me deprimió mucho. Me encerré. Estaba muy delgado”, recuerda.

 

Recapacitó  cuando pidió trabajo en una galería de ropa. el dueño era un miembro de la comunidad LGTBIQ+: “¿cómo un feo va a vender ropa bonita?”, le encaró.

 

Cierta tarde, un amigo pidió que lo acompañara a ver un partido de básquet en el colegio Guadalupe, en el centro de Lima, y cuando menos se dio cuenta, estaba metido en el gimnasio: “en un año cambió mi cuerpo, comencé a arreglarme más”. Su musculatura causó furor e inquietud, lo que Elías usó para cobrarse revancha: “si me maltrataron, yo tenía que maltratar”.

 

Echó para adelante, y en 2004 comenzó a estudiar los secretos de esos físicos que despiertan nuestros deseos prohibidos. Para entonces, estaba en una segunda relación. “Mi pareja me pagó el curso”.

 

En 2007, Elías salió al público vistiendo una tanga bajo la que ya destacaba un hermoso culo y un delicioso paquete. Llegó al Mister Perú y se codeó con las mayores figuras del fisicoculturismo y el fitness; de hecho, obtuvo el tercer lugar en la categoría de culturismo clásico. Previamente, había quedado en segundo lugar en el Mister Lima en la misma categoría, y había ganado el Mister Verano. Tenía 33 años.

 

El problema fue que esa hermosa figura necesitaba que consuma anabólicos. Una enfermedad en sus huesos se activó y lo postró en cama. “Bajé hasta los 49 kilos.”. Como referencia, Elías mide metro 68, así que su peso ideal tenía que estar entre 67 y 70 kilos. “Traté de suicidarme, pero algo impidió que me lanzara al vacío… ¿qué fue? Ni yo mismo lo tengo claro”.

 

Los siguientes doce meses fueron de tratamiento psiquiátrico intensivo. El deseo de matarse fue desapareciendo poco a poco, pero su propio concepto seguía muy devaluado: “Yo me sentía una persona pobre en todos los aspectos”.

 






Las mejores nalgas

Antes del desnudo integral que hizo para su programa, Elías Velasco ya se había quitado toda la ropa en tres ocasiones: en 2008 para una campaña orientada a escorts de Panamá y para el Ministerio de Salud (Minsa); en 2011, nuevamente para el Minsa esta vez en alianza con el Movimiento de Homosexuales y Lesbianas, dentro de una campaña que se llamó Úsame; en 2012 para un fotógrafo francés, que las publicó en una revista para chicos;.

 

La segunda sesión fue especial porque se trató de despertar conciencia sobre el uso del condón y porque Elías compartió el set con otros dos modelos de hermosos cuerpos con quienes simuló poses sexuales pero cubierto por látex de pies a cabeza. Pudo lidiar con el hecho de posar solo, pero hacerlo con otros dos modelos lo intimidó: “Sentí un poco de pudor y nervios”, cuenta.

 

El fotógrafo tuvo tino para romper el hielo, y la sesión se hizo, aunque duró siete horas. Una de las estrategias fue alabando el culo de Elías: “Son las mejores nalgas que he visto”, le dijo, y se lo explicó: estaban bien trabajadas y lucían bien masculinas. Tratamos de vérselas nuevamente, y las tiene riquísimas, aunque de inmediato nos pide orden: “Me gusta  cómo han quedado mis nalgas, pero más me gustan mis ojos… como que hablan mirando.”

 

La campaña Úsame fue un éxito en todo el Perú, aunque a la mamá de Elías no le hizo gracia que el cuerpo desnudo de su hijo se exhibiera en bares y discos de ambiente: “Lo hice porque había un tema de fondo.”.

 

Tener un hermoso cuerpo también lo hizo atractivo para el negocio de los escorts. Ocurrió en 2007. No aceptó. También le propusieron actuar teniendo sexo con otros culturistas peruanos y extranjeros pagándole de 1000 a 1500 dólares por sesión. Volvió a negarse.

 

“No lo acepté porque no lo consideraba estratégico”, explica. Un árbitro argentino era el reclutador de los modelos. Poco después, el escándalo de los culturistas peruanos calatos estalló con fuerza por los medios.

 






Primero, belleza interior

Tener un hermoso cuerpo es ahora un estilo de vida para Elías, pero el físico no es lo primero en que se enfoca. El primer entrenamiento es mental: “como vas a estar por dentro, vas a estar por fuera”. El comunicador se reconoce como un paciente que ha tratado su depresión y su ansiedad. Su búsqueda mental ha entendido que la raíz del problema comenzó desde el mismo momento cuando fue concebido.

 

¿Pareja? No. Ya aprendió que es mejor tomarse el tiempo necesario para elegir mejor; más bien, está enamorado de sí mismo. “Me está resultando enfocarme en cosas concretas y no rodearme de personas que no me aportan nada”, afirma. Su consigna es la empatía o ponerse en los zapatos del otro. Así puede tomar mejores decisiones. “Me siento libre, cicatrizado”, sonríe.

 

Elías asegura que el mejor regalo que te puedes hacer es cambiar porque es tu propia postura, no porque te lo dice la gente: “Mi vida no se maneja por una aceptación colectiva sino por una aceptación interna”.

 

¿Y su pasado? “No puedo renegar de las experiencias de mi vida porque me permiten estar más cuajado”. Y parte de ese crecimiento ha sido crear Café & Conversa. “El programa ha salido más por un tema catártico, debido a una segunda ruptura amorosa”, revela.

 






Y la erección comenzó

Como parte de esa nueva aventura, llegamos a la mañana cuando Elías posó completamente desnudo frente a Miguel Rosas. Tras liberarse del sacón, el siguiente reto fue mantenerse quieto. Y si Elías tiene un pequeñito problema es que suele moverse mucho.

 

Estuvo sentado por tres horas: “Tuve calambres en nalgas, pantorrillas y pies”. Eso le activó la ansiedad y los nervios… y ambas le activaron su pene de 17 centímetros de largo. “Miguel, creo que esa parte se quiere levantar un poco”, le dijo al artista plástico. “eso es normal”, le respondió Rosas con naturalidad. Dicho eso, su verga se volvió a dormir.

 

Lucir su metro 68 y sus actuales 72 kilos requirió alguna preparación corporal: se recortó un poco los vellos del pubis y las piernas. Para sus dos primeros desnudos, sí se depiló completo.

 

Cuando terminó de posar y vio su cuerpo desnudo pintado en el lienzo, quedó muy satisfecho. “Me impresionó el color que le plasmó… Me sentí muy cuidado y protegido por Miguel… Me sentí muy pleno.

 

Elías cree ser una persona bastante normal. “No me considero guapo”, pero “yo me siento atractivo”. A pesar del desnudo y de su físico, tampoco se siente un símbolo sexual. “Me considero una persona en pleno proceso de crecimiento, que busca la belleza interna,” afirma. Eso no lo desenfoca de su físico, del que, dice, no cambiaría nada a estas alturas de su vida.

 

“El cuadro que me hizo Miguel es una piel que expresa colores a través del lienzo, que ha sabido posicionar lo que más me gusta de mí, que son mis ojos”. El cómo lo tome la gente, para bien, para mal, o para fantasear sexualmente lo tiene sin cuidado.

 

Elías piensa que la sesión que hizo para Miguel Rosas ha beneficiado su trabajo como comunicador; de hecho, cree que el cuerpo “es un templo o un lienzo que habla”. “Si me proponen un desnudo y siento que va a aportar a mi vida profesional, sí lo aceptaría”, asegura.

 

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viernes, 28 de abril de 2023

Me folló rico tras rescatarlo de la lluvia torrencial


Mi nombre es elton, vivo en Fort Lauderdale, Florida, y trabajo como voluntario en una ONG que proporciona ayudas aquí en Piura. Me especializo en zonas de desastre. Fui asignado por mis superiores a trabajar en los apoyos para damnificados por las lluvias.




 

Personalmente gusto de la lluvia. Me encanta sentir las gotas en mi cara y en todo mi cuerpo. Es relajante. Como la casa donde vivo tiene un pequeño patio, cada vez que llovía fuerte, quedaba desnudo y salía con los brazos abiertos a recibir el agua. De vez en cuando el destello de los relámpagos me iluminaba por segundos.

 

Como me gusta hacer deporte, a cada destello se me veía como en una breve fotografía luciendo mi cuerpo bien entrenado cual estatua clásica.

 

Cierta tarde, cuando ya terminaba de trabajar en la oficina, comenzó la lluvia fuerte. De inmediato entendí que duraría mucho tiempo. Terminé de arreglar los papeles que estaba organizando, los guardé, y aseguré todo. Di un último vistazo por la ventana: seguía lloviendo duro. Pero algo más llamó mi atención. En un poste de la esquina, una persona estaba de pie mojándose y mirando a ambos lados.

 

Salí de mi oficina, y me fui hasta esa esquina. El hombre giró su cabeza hacia mí. Se le notaba aturdido, extraviado. Era un chico negro de rostro agradable.

“¿estás bien?”, le pregunté.

“No hablo español”, alcanzó a decirme.

“¿qué tú hablas?”

“Francés”.

Con lo poco que sabía de ese idioma, le dije que entrara a donde yo trabajaba. Él se negó.

“¿Tú policía?”

“¿No! No soy policía”.

“yo sin hogar”.

“Espérame aquí”, le dije.

Saqué mi motocicleta y fui a donde había dejado al chico.

“Sube… te llevaré a casa”.

“No tengo casa”, me repitió.

“No… A mi casa”.

Le hice una seña con la mano para que se siente y le señalé el cielo dándole a entender que el aguacero iba a continuar. Aceptó.





 

Mientras avanzábamos por las calles de Piura hechas un río, cada vez que frenaba en seco, pude sentir su recio cuerpo chocando contra mi espalda.

 

Llegamos a la casa que alquilo. Lo hice pasar de inmediato al mismo tiempo que metía mi motocicleta.

Merci”, me dijo con su voz áspera.

“quítate la ropa”, le aconsejé. “Ponte ropa seca”, proseguí señalando su mochila.

“Oh… ropa sucia”, me respondió.

“Quítate la ropa de todas maneras porque vas a enfermar”.

“Quiero cargar celular”, me dijo más bien.

Le indiqué dónde estaba el tomacorriente. Él sacó su móvil y lo conectó. Me acerqué y tomé su mochila.

“Vamos a lavar tu ropa”.

Vi algunas lágrimas formándose en sus ojos. Me le acerqué y sin más protocolo le di un abrazo.

“Tranquilo, ami. Estarás seguro aquí”.

Merci, ami”, me respondió abrazado y casi sollozando.

Me separé.

“Quitémonos la ropa, nos vamos a enfermar”.

Comencé a desnudarme, y cuando me quedé sin ropa, la sacudí y caminé hacia mi dormitorio. Con la otra mano, cargué su mochila. Fui hasta la lavandería y conecté la lavadora. Recé para que la electricidad no se cortara debido a la tormenta.

“Mi ropa”, escuché que me dijeron a mi espalda. Volteé. El chico estaba desnudo. No podrías imaginar qué hermoso y perfecto cuerpo de ébano estaba frente a mí, tal como Dios lo trajo al mundo: musculoso, lampiño, larga verga, voluminosas bolas. Eso sí, su vello púbico estaba crecido. Tomé su ropa y la metí a la lavadora.

“Vamos adentro… ¿quieres café o vino?”

“Café”, me dijo sin dudar.

Sonreí. Le presté un par de sandalias que le quedaron muy chicas. Preparé café.

“¿Cómo te llamas?”

“Michel”.

“¿De dónde vienes?”

Cafou”.

“¿Dónde está eso?”

Port-au-Prince”.

“Oh, Haití”… ¡Estás migrando solo?”

“No. Con mis amigos, pero mi móvil descargó. No puedo comunicarme”.

“Diles que estás seguro y que pueden buscarte cuando acabe la tormenta”.

“Ropa lavando”, sonrió. “yo… desnudo”.

Sonreí. Nos sentamos a tomar café.

“eres guapo”, me animé a decirle.

Merci, moma mi. Tú también eres guapo… y generoso”.

Merci”, sonreí.

“¿Cómo te pago esto?”

“No tienes que pagarme”.

“Estoy agradecido”.

“eso es suficiente”.

Me abrazó de nuevo y aproveché a ponerle mi mano sobre su enorme muslo. Hizo que me acurrucara en él.

“¿te parezco atractivo, no?”, me susurró.

Me tomó por sorpresa. No supe qué responder.

“Tú también me pareces atractivo”, continuó.

Entonces, Michel comenzó a acariciarme el hombro y luego el brazo. Yo comencé a acariciar más su muslo y rocé sus bolas. Esperaba encontrar su pene flácido, pero ya no estaba allí. Mejor dicho, estaba comenzando a erguirse y ponerse duro. Disfruté viendo cómo ese trozo de carne se hacía gordo, largo y se elevaba a medida que latía. Mi pene también se puso duro y comenzó a surgir mucho precum.

“¿Puedes chupármelo?”, me consultó.

“Por supuesto”, accedí.

Me incliné, abrí mi boca, comencé a succionar su pinga. Obviamente, no me la pude tragar toda completa, pero a Michel pareció importarle poco si yo soy un garganta profunda o no. Me tomó mi rostro, me lo levantó y me besó profundo en la boca, muy apasionado.






 

Continuamos en mi dormitorio. me besó y lamió bien el culo. Yo me sentía en las nubes. Le di un condón y se lo puso. El pedazo de látex no pudo cubrir toda su hombría. Volvió a lamerme bien el ano y fue metiéndome su verga poco a poco. No niego que me dolió, pero el fue muy paciente tratando de que al taladrarme, todo no fuese violento, como dándole tiempo a mi recto para que se expanda.

 

Cuando logró meter toda esa manguera, comenzó a moverse despacio y apasionado. Fue increíble cómo Michel me hacía el amor. Primero hicimos piernas al hombro, luego me puse en perrito. Finalicé cabalgándolo. Cuando estaba en esa posición, él tomó mi pene erecto y comenzó a masturbarme. No resistí más y eyaculé sobre su vientre firme y sus pectorales.

 

Me tiró suavemente sobre la cama, se sacó el pene y el condón y el se pajeó también. Disparó su leche sobre mi atlético cuerpo. Mi leche se deslizaba por sus muslos y tocó los míos. Estábamos sudados al extremo. Se inclinó a darme otro beso largo y profundo en la boca.

Merci”, repitió.

Merci”, le repliqué.








 

Tras bañarnos, saqué su ropa de la lavadora y la colgué en un espacio bajo techo donde puse deshumidificadores. Él se contactó con sus amigos cuando su celular se recargó.

“me estaban buscando”, me dijo. “Les avisé que estoy en lugar seguro”.

“entonces, ¿irás a verlos?”

“No esta noche. Voulez vous couché avec moi?”

Le sonreí. Es un verso de mi canción favorita.

Follamos dos veces más y nos quedamos dormidos.

Temprano al día siguiente se fue. No aceptó que le diera dinero. Sé que está siguiendo su camino y cuando llegue a donde está migrando, me avisará. Quizás lo visite en mis próximas vacaciones.

Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com 

martes, 27 de diciembre de 2022

Ser Rafael 19.2: Despedida de soltero


A diferencia de otras ocasiones, hicimos todo el trayecto en silencio. Mi pecho chocaba contra su espalda cada vez que debía frenar.

Llegamos.

Josué me dejó en la vereda fuera de mi block. No había un alma en la calle.

Me dio la mano con fuerza.

“Rafo, no hay nada qué pensar: no seré tu testigo. No me pidas algo que me hará sufrir”.

Sentí su voz quebrarse. Yo sentí que mi corazón se encogía.

“Solo dímelo, y soy capaz de…”

“Rafo, ya lo sabes… Lo mejor será que dejemos de vernos hasta que regreses de tu viaje de bodas”.

“No me pidas eso. ¡Me necesitas!”

Josué ya estaba llorando.

“No. No lo hagas por mí. Hazlo por ti, por ti, por ti”.

Se calmó un poco.

“Josué, no me pidas que deje de verte. No tú”.

“Te amo, Rafo. Te amo con todo lo que soy y lo que tengo. Confío en ti”.

Arrancó la moto y se fue.

Comencé a llorar en plena calle. Presentía lo peor.


Toda esa semana, Josué no respondió mis llamadas, ni me contestó en redes sociales, ni fue a esperarme para ir juntos al gimnasio (se cambió de turno a la mañana, para no coincidir, según deduje).

En lo que a ese domingo correspondió, fue difícil conciliar el sueño.

El resto de la semana no tuve otra opción que respetar su decisión, aunque me doliera en el alma. Y me estaba doliendo mucho en el alma; pero, ¿por qué?.

Igual, esa semana se hizo llevadera pues Laura se encargó de mantenerme absorbido. Apenas salíamos del gimnasio, ella tenía mil pendientes para hacer, lo que me dejaba agotado y me mandaba directo a la cama.

El viernes, víspera de la boda, mis compañeros de trabajo me llevaron directamente a un local donde nos encontramos con los compañeros de trabajo de Laura, algunos amigos –menos Josué-, y… Eduardo. Quiero decir, Eduardo estuvo allí invitado por Laura. Me esforcé para no toparme con él durante toda la celebración.

Laura se las había ingeniado para que las fiestas de despedida de soltero y de soltera se hicieran en el mismo lugar, a la misma hora y con la misma gente.

Hubo los juegos de siempre, comida, trago, y como broche de fondo, un stripper y una stripper, que nos deleitaron con un espectáculo erótico convencional, esto es, se quedaron en hilo dental, se acariciaron, hicieron la finta de tener relaciones pero de pie y listo. Lo único rescatable era la espalda, los pectorales, las piernas y el trasero del bailarín. Obviamente, como la gente estaba más o menos bebida, le dio lo mismo si eran bonitos o feos.

La reunión finalizó casi a medianoche, cuando Laura, medio bebida, se me acercó con Eduardo.

“Rafo, le pedí a nuestro amigo que se asegure de que irás directo a tu camita”.

¿Nuestro amigo? Si algo tengo que reconocerle a Eduardo es su camaleónica manera de relacionarse con mi entorno, generar tamaños desbarajustes y salir ileso. Fui un tonto al no pedirle cátedra de eso.

“¿Ah sí?” Me lo quedé mirando.

“Sí, Rafito, como Eduardo no ha tomado casi nada, que te lleve en el carro”.

Al fondo salían los dos strippers.

“OK. Que me lleve a casa, entonces”.

Me retiré con Eduardo.

“Menos mal que mañana estaré casado”, le dije rezongando.

Fuimos hasta el auto. Lo abordamos. Enfrente nuestro, el chico y la chica que habían actuado para todos nosotros tomaban un taxi.

“Estuvo misio el show de los strippers, ¿cierto?”, me comentó.

“Sí, medio monse”, le respondí.

“Sé que Laura me encargó algo, pero… si deseas, puedo llevarte a un lugar donde sí tendrás una verdadera despedida de soltero”.

“¿Una disco de ambiente? No, gracias. Prefiero ir a casa”.

“Mejor que eso”.

Eduardo hizo una llamada y fuimos a un edificio cerca de unas residencias militares; subimos a un departamento.

Nos recibió un chico blanco simpático, de evidente buen cuerpo, en medio de una sala a media luz, perfumada y con una música a punta de saxo y piano.

Cruzamos una especie de cortinas hechas con velos y pasamos a un espacio donde había cojines por todos lados, botellas con algo que parecía ser vino, lámparas de luz tenue y difusa. Esperamos unos minutos. La música cesó un segundo y comenzó una melodía árabe.

El anfitrión había cambiado su camiseta y su jean por una camisa y pantalón vaporosos. Se puso a bailar rítmicamente delante nuestro, como si su cuerpo recibiera gentiles cantidades de electricidad, lo que lucía grácil pero enérgico.

Eduardo me convidó de una de las botellas. Era un licor dulce, parecido al vino.

Lo caté y encontré agradable.

El muchacho ya se había despojado de la camisa, revelando pectorales y abdominales finamente labrados. Invitó a que Eduardo se ponga de pie, y lo hizo bailar.

El chico me pidió la botella y tomó el licor directamente del envase, se acercó a la cabeza de Eduardo y lo besó con la boca bien abierta, a medida que le quitaba la camisa. Volvió a probar otro poco de trago, a repetir el beso, y a intentar sacarle los jeans.

Un cuarto de botella después, Eduardo solo vestía calcetines, y el bailarín le estaba practicando sexo oral, primero por adelante; luego hundió su cabeza entre las nalgas de quien supuestamente tenía que asegurarse de que ya estuviera en cama.

Yo, obviamente, nada de sueño; estaba más que excitado.

El bailarín se levantó, se quitó el pantalón y se quedó sin nada de ropa. Hizo que Eduardo le hiciera lo mismo que él le había practicado.

Como era de suponerse, la performance se repitió.

“Desnúdate”, me dijo el chico. “Deja toda tu ropa a ese costado”.

No esperé más. Me quedé como Dios me trajo al mundo, y puse mi ropa donde me dijo. Allí había otra botella de licor.

“Tómala”, me dijo.

La agarré, la abrí y la bebí sin usar copa ni vaso.

“Ven”, me invitó.

Eduardo nos hizo sexo oral a los dos. Luego, ambos se arrodillaron como si estuvieran adorando al dios de la fornicación; dejaron que regara licor entre sus trabajadas nalgas, y que lo probara.

El bailarín sacó unos condones de entre los cojines, y el resto de la faena consistió en penetrarlos indistintamente y en todas las posiciones que la embriaguez y la flexibilidad nos permitieran. El chico también penetró a Eduardo, y Eduardo hizo lo propio.

Nuestros jadeos y gemidos, y uno que otro gruñido, se confundían con la música árabe que parecía no cesar.

martes, 30 de agosto de 2022

El precio de Leandro 3.1: Un casting porno gay


Ese martes, Rico recoge a Leandro al finalizar el entrenamiento en el Estadio Municipal, y en lugar de llevarlo para su casa en el norte de la ciudad, lo lleva hacia el centro sur, muy cerca de la casa de novios y la Torre Echenique, la que se divisa algunas cuadras en dirección al mar. Se estacionan en una quinta, y tras pasar el portón de metal sin tanto enlucido, llegan a una de las viviendas de dos pisos pintada en blanco casi impecable. Adentro, el color es el mismo, solo que apenas si hay un sofá cubierto por un trapo como toda mueblería, una cortina blanca traslúcida que da una hermosa iluminación difusa, sin muchas sombras, una especie de gran dintel que separa lo que debería ser el comedor, y una puerta al fondo que lleva a la cocina y otra a a la derecha que lleva a las escaleras del segundo piso, a las que se puede acceder también por la mampara enorme en lo que debería ser la sala. Rico quita el trapo del sofá e invita a que Leandro tome asiento.

“¿Cómo conseguiste esto?”, pregunta el futbolista, quien no ha cerrado la boca desde que ingresó.

“Contactos”, responde lacónicamente el nuevo amigo, con una enorme sonrisa que agranda más su boca de labios carnosos.

Leandro toma su mochila y saca algo: un sobre manila que alcanza a Rico, quien, al abrirlo, sonríe entrañablemente.

“¡La ampliaste!”, exclama al ver que se trata de su foto en la computadora pero esta vez en un papel brillante de veinte por treinta. “Ni siquiera tengo el original de esta foto”.

“Claro que al diseñador le costó trabajo recuperarle la nitidez, pero quedó bien”, explica Leandro también entre sonrisas.

“Qué va, chico. Quedó estupenda”.

“Entonces, cuéntame de tu proyecto aquí, porque me dijiste que solo me lo contarías cuando llegásemos”.

Rico coloca el sobre en una caja de cartón que está pegada a una de las paredes y se sienta junto a Leandro.

“Quiero montar aquí un pequeño estudio para hacer fotos y videos”, le confiesa al fin eltaxista.

“Suena bien”, vuelve a sonreír Leandro. “¿Y ya tienes clientes?”

“Más o menos… ¿Cuánto ganas al mes por modelar y patear pelota, Leandro?”

“Veamos…. Setecientos un mes malo… Hasta mil doscientos un mes bueno. ¿Tú?”

“en el taxi me saco como cien diarios”.

“¡Oe, no está mal!”

“Pero lo reparto en tercios, Leandro: un tercio pa’ mi familia en mi país, un tercio pa’ ahorro, un tercio pa’ mis gastos”.

“Igual, Rico, eso es mil líquidos solo para ti; yo tengo que repartirlos en todo”.

“Lo sé, Leandro. Pero da la casualidad que hay un trabajo donde puedes sacarte dos mil quinientos en dos días, y eso para empezar”.

“¿A quién hay que matar?”, bromea Leandro.

Rico sonríe:

“A nadie; mas bien, posar desnudo y erecto”.

Leandro se queda en silencio por unos segundos.

“Perdona”, le aclara Rico, creyendo haber estropeado el momento.

“NO… para nada”, reacciona al fin su invitado. “¿Dos mil quinientos por posar calato y al palo?”

“Y pajeándose hasta acabar”, añade Rico. “Cuatro sesiones de hora y media a dos horas, hasta tres, durante dos días”.

Leandro no tiene que hacer mucha matemática para entender que en cuarenta y ocho horas puede sacar el equivalente  a tres meses de trabajo si las cosas van mal, o dos si todo va bien; y aún queda un sobrante.

“¿Pero y esas fotos dónde se van a ver, Rico?”

“El contrato dice en los Estados Unidos; pero ya sabes cómo es Internet: se filtrarán como les ocurrió a esos culturistas de acá”.

Leandro recuerda vagamente que ocho años atrás, un programa de espectáculos por televisión, chismes de farándula mas bien, sacó un informe donde revelaba que varios musculosos habían posado como Rico propone, y las imágenes terminaron filtrándose. Aunque no lo confiesa, él sabe que incluso, a pesar de una guerra por los derechos de autor, los videos de cuarenta minutos en promedio están subidos por usuarios privados. Piensa en cuál sería la reacción de su madre (la vieja se infartaría sí o sí, reflexiona), qué pasaría en su equipo, qué pasaría con sus aspiraciones:

“¿Y qué hay que hacer para chambear en eso?”

“Hacer una pequeña sesión de prueba”, replica Rico.

En cuestión de minutos, se organiza una en esa sala. El taxista saca una cámara fotográfica semiprofesional (ante la sorpresa de Leandro) de la caja de cartón y se dispone del espacio entre la sala vacía y el comedor también vacío. Leandro deja la mochila en el sofá y toma su marca. Lo mismo Rico, quien durante los próximos minutos comenzará a dar órdenes a su modelo, como los grandes fotógrafos profesionales:

“Manos a la cintura… así, sonrisa… pie izquierdo algo más adelante, no tanto, ¡ahí!”

Y conforme la sesión avanza, Leandro va perdiendo cada una de sus prendas hasta quedar como Dios lo trajo al mundo.

“eso, aprieta el culo… bien”, ordena Rico. “Gira… Acaríciate… Mano al huevo… eso… Masajéatelo”.

Leandro comienza a masturbarse, pero parece no conseguir el resultado que Rico espera:

“¿Demora en ponerse duro?”, consulta el fotógrafo ad-hoc.

“Lo que pasa es que no hay mucha estimulación”, sonríe Leandro pendejamente.

“Te pongo una porno”.

“No, eso no hace mucho efecto… Si hubiese alguien que…. La chupe”.

Rico ahora ssonríe pendejamente:

“¿Y cómo debe ser ese ‘alguien’?”

“Alguien que la sepa chupar”, guiña un ojo el modelo desnudo.

Un par de minutos después, Rico está arrodillado ante el cuerpo del adonis al natural practicándole sexo oral.

“¿Por qué no te quitas la ropa?”, suspira Leandro.

Rico accede, y si su trasero es motivo de alabanza pública, el de su nuevo amigo no se queda atrás: ahora sí, su erección es plena. Rico toma más fotos hasta que Leandro siente el cosquilleo que anuncia el orgasmo:

“Las voy a dar”.

“Aguarda”, pide Rico, quien apaga la cámara, la pone en el cajón de cartón, se acerca al otro muchacho, lo abraza frontalmente apretando su excitación contra la otra, y comienza a besarlo en la boca. Aunque no se tienen más imágenes, la sesión finaliza con ambos haciendo el amor tiernamente sobre el sofá.

  

domingo, 13 de marzo de 2022

ASS (19): Tres patas hacen trenecito en la parcela

Marcano lo sabe enchufar y se lo saben enchufar.


 

El culo de Marcano parece ser demasiado grande para el asiento de la motito Honda de segunda mano que utiliza para ir de un lado a otro de San Sebastián y atender a su clientela. Julio lo experimenta ahora mismo mientras está sentado detrás suyo entrando por el camino que lleva a su chacra.

Por más caleta que quiere pasar, le ha sido imposible despegar su bulto de las dos enormes nalgas del venezolano. ¿Se habrá dado cuenta que sus 18centímetros están al palo? Ojalá su jean lo haya podido disimular, pero con esos baches… uff, jodido.

“Es en esa puerta”.

Cuando al fin logran desmontar, Julio trata de dar la espalda al electricista para que no se percate de la erección. Ya dentro de la casa, van al dormitorio principal. El anfitrión abre la ventana para que entre más luz natural. Marcano analiza las paredes y el techo; regresa a la moto para traer su maleta de herramientas. Julio se mira la entrepierna y se golpea la pinga a ver si se le baja.

A la media hora, Edú regresa de trabajar en la plantación y entra por la puerta trasera dejando la pala donde siempre. Al escuchar el murmullo, se aproxima al cuarto y encuentra a Marcano descalzo, subido sobre la cama tratando de instalar un soquete en el techo y a Julio en la puerta mirando la escena. Disimuladamente le toca el culo y el dueño de casa se asusta.

“Estamos iluminando tu nidito de amor”, reacciona.

Edú saluda a Marcano y lo primero que le llena la vista es un evidente cuerpo atlético bajo el mameluco, en especial las piernas y las nalgas.

        Voy a bañarme”, avisa Edú. “Tengo las bolas bien sudadas”.

Marcano ríe.

“entonces, aparte de las bolas lávate bien ese culo”, bromea Julio captando la intención.

“Voy a sacar mi mochila”, replica Edú.

“Oe, huevón, ¿y acaso en el estadio no te paseabas enseñando el culo en las duchas como si nada?”

Marcano vuelve a reír y mira a edú:

“¿Qué deporte has practicado, pana?”

“Fútbol. ¿Tú has practicado alguno?”

“Béisbol en mi país, pero acá hago pesas”.

“Ah”, reacciona Julio. “por eso el cuerpazo”.

“También solíamos andar desnudos en los camerinos antes de ducharnos”, cuenta Marcano. “Bueno, era lo natural entre nosotros”.

“Entonces, no te incomoda ver hombres calatos, ¿o sí?”, lanza Edú ya sin anestesia.

“En el cuarto que alquilo, a esta hora, ando calato, como dicen ustedes. Solo uso la ropa para ir a la calle, pero hasta duermo sin nada porque me incomoda”.

Edú y Julio se miran en silencio.

“¿Y no te mueres de calor en ese mameluco?”, interviene Julio. “Yo que estoy acá parado, estoy sudando de pies a cabeza… incluso los huevos”.

Marcano sonríe otra vez:

“La verdad que sí pana, me sudan hasta las bolas, pero… tú sabe’, el respeto, o alguien venga”.

Sin previo aviso, Julio comienza a calatearse. Mira a Edú, y éste lo imita. Cuando Marcano baja la mirada, un hombre calato de 30 años y otro de 50 están como Dios los trajo al mundo… y cada uno con sus pingas de 18 centímetros en pleno engrosamiento.

Marcano sonríe de nuevo. Se baja la cremallera del mameluco, se lo saca, luego el polo que tenía dentro y finalmente su bóxer.

“Ahora sí trabajaré a gusto”, sonríe el venezolano mientras su pinga de 21 centímetros ya está bien parada y sus nalgotas están allí, firmes y lampiñas.

Edú se encarama en la cama, y aprovechando que Marcano sigue de pie, se arrodilla delante suyo y comienza a mamarle la verga. A la mierda si sabe un poco más salada que de costumbre debido al sudor. Tras el electricista, Julio acaricia los generosos glúteos, los separa y trata de hundir su cara entre ellos. Marcano cree estar soñando.

Luego de un rato, la lengua del visitante explora el culo y el hueco de Edú, mientras que el suyo sigue bajo dominio de Julio.

“Lo tienes bien dilatado”, le susurra al electricista.

“¿Tienes condones?”

Julio hace una seña a edú y saca un paquetito.

“¿Han hecho un trenecito?”, insinúa Marcano.

“No, pero si lo sabes hacer, enséñanos”, responde Edú.

Con su pene ya forrado y lubricado, Marcano comienza a introducirlo despacio a Edú hasta que logra insertarlo por completo. De inmediato, Julio mete su falo en el ano de Marcano. Cuando por fin los ‘vagones’ están conectados a la locomotora, Marcano comienza a mover su cadera con ese inigualable ritmo caribeño estimulando el recto de Edú y masajeando el miembro erecto de Julio. Es increíble la cantidad de placer que tres hombres pueden disfrutar así al mismo tiempo, en especial el del medio, pues goza doble.

Posteriormente, y luego que Julio aclare que su culo no recibe verga, Edú pasa a ocupar el lugar del medio y Marcano permuta hacia delante. Ahora Edú puede entender la sensación que Julio acaba de experimentar al meter su pinga a ese culazo.

Tras varios minutos de hacer el trenecito, Edú se arrodilla sobre el suelo del dormitorio, mientras las pingas de Marcano y Julio lo apuntan en cada mejilla. Tras algún rato de que ambos se pajean, siente el semen caliente impactar sobre su cara.

Para hacerlo recíproco, Marcano se arrodilla y chupa el pene de Edú.

“Las voy a dar, carajo. Se viene mi leche”.

Marcano se saca el pene de la boca y el esperma se dispara sobre su rostro.

Tras bañarse juntos, y aún calatos, Marcano instala el foco, Julio lo prueba y el cuarto ya tiene luz artificial.

“Oe, huevón, tienes hermoso cuerpo. ¿Dónde dijiste que haces pesas?”

“Ah, pana. En el gimnasio… el de la parroquia”, contesta Marcano sin intención.

Julio y edú se miran un poco palteados. Marcano se da cuenta:

“¿Pasa algo, panas?”

“Mira, pata”, se adelanta Julio, “creo que tenemos que hablar al toque una nota seria… mi hijo entrena en el gimnasio al que tú vas”.

“No le veo el problema, pana”, responde Marcano con una sonrisa de incomprensión.

“No quiero que se entere que los tres hemos cachado; mejor dicho no quiero que se entere que su papá…”

“Fresco, pana”, interrumpe Marcano. “Cuando uno trabaja como electricista, mira, escucha, toca, hace y calla… ¿Tú crees que no sentí tu verga dura en mi culo? ¿Te dije algo acaso, vale?”

Julio se sonroja y carraspea.

“Chicos”, se mete Edú, “creo que a ninguno de los tres nos conviene que se sepa esta historia, y creo tener una solución que nos convenga a todos… y seguir gozando sin que nadie nos joda…”

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