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sábado, 12 de agosto de 2023

Un café al desnudo con Elías Velasco

¿qué hay detrás del nuevo encueramiento del conductor de Café & Conversa?

 








Elías Velasco
(nacido en Lima el 21 de noviembre de 1974, donde reside) estaba encerrado en el baño vestido únicamente con un sacón verde. Respiró profundo. Debió pensar que ésta era la cuarta vez en su vida que lo hacía. “Voy a interpretar a un personaje”, se repitió. Logró tranquilizarse, abrió la puerta, salió hacia la sala, se despojó de la prenda. Estaba completamente desnudo.

 

Afuera lo esperaban dos miembros de su equipo de producción, el artista plástico Miguel Rosas y sus tres aprendices. Todo el mundo entendió que estaba listo. elías se sentó como el pintor le pidió y posó como Dios –aunque no crea en Él—lo trajo a este mundo.

 

“Me sentí nervioso, un poco ansioso, muy observado en general”, cuenta el creador, director y conductor de su show en YouTube, el amenísimo e inspirador Café & Conversa, un espacio donde Elías se sienta a charlar en profundidad con invitados muy diversos.

 

Para el episodio dedicado a Miguel Rosas, su productor sugirió que no solo converse ante cámara o que muestre parte del desnudo masculino que el artista plástico pinta. Pidió a Elías que sea uno de los modelos: “Me pareció una idea bastante arriesgada, polémica, pero muy artística”.

 

No podía echarse para atrás porque cree que si un periodista tiene que narrar bien una crónica, en cierto modo debe convertirse en parte de ella. O sea, si tenía que hablar de hombres pintados completamente desnudos, pues… tenía que ser uno de ellos. Para evadir la censura de YouTube, que prohíbe mostrar explícitamente la pinga, las bolas o todo el culo, su producción eligió ángulos que no mostraran nada más que sus hermosos torso y piernas.

 

Hoy, por primera vez, Elías Velasco cuenta en exclusiva para Hunks of Piura esos detalles y secretos que ni siquiera confesó en aquel comentado episodio.

 







Grandes músculos, pequeño autoestima

En 1993, Elías era otro chico limeño flaco que se sentía demasiado pequeño psicológicamente hablando. Acababa de salir de una relación que de tóxica pasó a violenta. Su pareja se emborrachaba, se desaparecía del mapa; y cuando reaparecía, lo que debía ser un reencuentro romántico se volvió discusiones cada vez más crispadas. Entonces, llegaron los golpes. En algún momento, Elías fue violado sexualmente por ese chico totalmente drogado.

 

“Tener sexo forzado con una persona es violación”, afirma hoy. “Eso me deprimió mucho. Me encerré. Estaba muy delgado”, recuerda.

 

Recapacitó  cuando pidió trabajo en una galería de ropa. el dueño era un miembro de la comunidad LGTBIQ+: “¿cómo un feo va a vender ropa bonita?”, le encaró.

 

Cierta tarde, un amigo pidió que lo acompañara a ver un partido de básquet en el colegio Guadalupe, en el centro de Lima, y cuando menos se dio cuenta, estaba metido en el gimnasio: “en un año cambió mi cuerpo, comencé a arreglarme más”. Su musculatura causó furor e inquietud, lo que Elías usó para cobrarse revancha: “si me maltrataron, yo tenía que maltratar”.

 

Echó para adelante, y en 2004 comenzó a estudiar los secretos de esos físicos que despiertan nuestros deseos prohibidos. Para entonces, estaba en una segunda relación. “Mi pareja me pagó el curso”.

 

En 2007, Elías salió al público vistiendo una tanga bajo la que ya destacaba un hermoso culo y un delicioso paquete. Llegó al Mister Perú y se codeó con las mayores figuras del fisicoculturismo y el fitness; de hecho, obtuvo el tercer lugar en la categoría de culturismo clásico. Previamente, había quedado en segundo lugar en el Mister Lima en la misma categoría, y había ganado el Mister Verano. Tenía 33 años.

 

El problema fue que esa hermosa figura necesitaba que consuma anabólicos. Una enfermedad en sus huesos se activó y lo postró en cama. “Bajé hasta los 49 kilos.”. Como referencia, Elías mide metro 68, así que su peso ideal tenía que estar entre 67 y 70 kilos. “Traté de suicidarme, pero algo impidió que me lanzara al vacío… ¿qué fue? Ni yo mismo lo tengo claro”.

 

Los siguientes doce meses fueron de tratamiento psiquiátrico intensivo. El deseo de matarse fue desapareciendo poco a poco, pero su propio concepto seguía muy devaluado: “Yo me sentía una persona pobre en todos los aspectos”.

 






Las mejores nalgas

Antes del desnudo integral que hizo para su programa, Elías Velasco ya se había quitado toda la ropa en tres ocasiones: en 2008 para una campaña orientada a escorts de Panamá y para el Ministerio de Salud (Minsa); en 2011, nuevamente para el Minsa esta vez en alianza con el Movimiento de Homosexuales y Lesbianas, dentro de una campaña que se llamó Úsame; en 2012 para un fotógrafo francés, que las publicó en una revista para chicos;.

 

La segunda sesión fue especial porque se trató de despertar conciencia sobre el uso del condón y porque Elías compartió el set con otros dos modelos de hermosos cuerpos con quienes simuló poses sexuales pero cubierto por látex de pies a cabeza. Pudo lidiar con el hecho de posar solo, pero hacerlo con otros dos modelos lo intimidó: “Sentí un poco de pudor y nervios”, cuenta.

 

El fotógrafo tuvo tino para romper el hielo, y la sesión se hizo, aunque duró siete horas. Una de las estrategias fue alabando el culo de Elías: “Son las mejores nalgas que he visto”, le dijo, y se lo explicó: estaban bien trabajadas y lucían bien masculinas. Tratamos de vérselas nuevamente, y las tiene riquísimas, aunque de inmediato nos pide orden: “Me gusta  cómo han quedado mis nalgas, pero más me gustan mis ojos… como que hablan mirando.”

 

La campaña Úsame fue un éxito en todo el Perú, aunque a la mamá de Elías no le hizo gracia que el cuerpo desnudo de su hijo se exhibiera en bares y discos de ambiente: “Lo hice porque había un tema de fondo.”.

 

Tener un hermoso cuerpo también lo hizo atractivo para el negocio de los escorts. Ocurrió en 2007. No aceptó. También le propusieron actuar teniendo sexo con otros culturistas peruanos y extranjeros pagándole de 1000 a 1500 dólares por sesión. Volvió a negarse.

 

“No lo acepté porque no lo consideraba estratégico”, explica. Un árbitro argentino era el reclutador de los modelos. Poco después, el escándalo de los culturistas peruanos calatos estalló con fuerza por los medios.

 






Primero, belleza interior

Tener un hermoso cuerpo es ahora un estilo de vida para Elías, pero el físico no es lo primero en que se enfoca. El primer entrenamiento es mental: “como vas a estar por dentro, vas a estar por fuera”. El comunicador se reconoce como un paciente que ha tratado su depresión y su ansiedad. Su búsqueda mental ha entendido que la raíz del problema comenzó desde el mismo momento cuando fue concebido.

 

¿Pareja? No. Ya aprendió que es mejor tomarse el tiempo necesario para elegir mejor; más bien, está enamorado de sí mismo. “Me está resultando enfocarme en cosas concretas y no rodearme de personas que no me aportan nada”, afirma. Su consigna es la empatía o ponerse en los zapatos del otro. Así puede tomar mejores decisiones. “Me siento libre, cicatrizado”, sonríe.

 

Elías asegura que el mejor regalo que te puedes hacer es cambiar porque es tu propia postura, no porque te lo dice la gente: “Mi vida no se maneja por una aceptación colectiva sino por una aceptación interna”.

 

¿Y su pasado? “No puedo renegar de las experiencias de mi vida porque me permiten estar más cuajado”. Y parte de ese crecimiento ha sido crear Café & Conversa. “El programa ha salido más por un tema catártico, debido a una segunda ruptura amorosa”, revela.

 






Y la erección comenzó

Como parte de esa nueva aventura, llegamos a la mañana cuando Elías posó completamente desnudo frente a Miguel Rosas. Tras liberarse del sacón, el siguiente reto fue mantenerse quieto. Y si Elías tiene un pequeñito problema es que suele moverse mucho.

 

Estuvo sentado por tres horas: “Tuve calambres en nalgas, pantorrillas y pies”. Eso le activó la ansiedad y los nervios… y ambas le activaron su pene de 17 centímetros de largo. “Miguel, creo que esa parte se quiere levantar un poco”, le dijo al artista plástico. “eso es normal”, le respondió Rosas con naturalidad. Dicho eso, su verga se volvió a dormir.

 

Lucir su metro 68 y sus actuales 72 kilos requirió alguna preparación corporal: se recortó un poco los vellos del pubis y las piernas. Para sus dos primeros desnudos, sí se depiló completo.

 

Cuando terminó de posar y vio su cuerpo desnudo pintado en el lienzo, quedó muy satisfecho. “Me impresionó el color que le plasmó… Me sentí muy cuidado y protegido por Miguel… Me sentí muy pleno.

 

Elías cree ser una persona bastante normal. “No me considero guapo”, pero “yo me siento atractivo”. A pesar del desnudo y de su físico, tampoco se siente un símbolo sexual. “Me considero una persona en pleno proceso de crecimiento, que busca la belleza interna,” afirma. Eso no lo desenfoca de su físico, del que, dice, no cambiaría nada a estas alturas de su vida.

 

“El cuadro que me hizo Miguel es una piel que expresa colores a través del lienzo, que ha sabido posicionar lo que más me gusta de mí, que son mis ojos”. El cómo lo tome la gente, para bien, para mal, o para fantasear sexualmente lo tiene sin cuidado.

 

Elías piensa que la sesión que hizo para Miguel Rosas ha beneficiado su trabajo como comunicador; de hecho, cree que el cuerpo “es un templo o un lienzo que habla”. “Si me proponen un desnudo y siento que va a aportar a mi vida profesional, sí lo aceptaría”, asegura.

 

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jueves, 18 de agosto de 2022

Ser Rafael 2.2: Mi amigo Josué


Mientras el colectivo me llevaba al centro de la ciudad, trataba de no dejarme abrumar por el hecho de que Laura, mi enamorada (en principio), hubiera llamado a la casa.

De hecho sí me percaté que me había llamado al celular, pues cuando lo prendí, encontré cinco notificacioness suyas y un mensaje de voz que ignoré, que ni siquiera escuché, pero que tranquilamente era suyo.

Si bien el trabajo me puso fuera del alcance de su requerimiento, no pude quitarme de la cabeza el hecho de que quisiera hablar conmigo. Se supone que la última vez que la había visto, tres semanas antes, fui claro al pedirle no querer saber más de ella.

Laura es ingeniera de sistemas como yo, pero consiguió trabajo en una oficina gubernamental, lejos de donde estaba.

Comenzamos a ser enamorados desde el sexto ciclo de la carrera, o sea, unos tres años y medio atrás.

Laura es hermosa, cabello lacio negro bien cuidado, no tan blanca, delgada, tranquila, de su casa, inteligente y con mucha actitud. Llegó a ser la delegada de salón, y varios compañeros llegaron a preguntarme cómo fue posible que la alumna más brillante del ciclo anduviera con el sinvergüenza de la facultad. Yo me reía solito.

Tampoco hice mucho esfuerzo para conquistarla; simplemente fui yo mismo.

Aunque sí reconozco que, al mes de ser enamorados, me la llevé a la cama, y la hice disfrutar como nunca en su vida. Desde entonces, uno de los momentos que ella ansiaba más era hacer el amor conmigo. Allí para nada era tranquila ni juiciosa, perdía todo el control, gemía con tal ansiedad que parecía morir. Gracias a mí, ella conoció algunos hospedajes al paso y los años nuevos en la playa, donde mientras el resto se abrazaba por otros doce meses de prosperidad mojándose en las rompientes, nosotros recibíamos las doce haciéndolo en nuestra habitación, al punto que nos perdíamos todas las fiestas, a propósito.

Como nuestras horas de almuerzo coincidían, la llamé.

“¿Rafo?”

“Me dijeron que llamaste a la casa. ¿Qué quieres?”

Fui seco al hablarle, como si se tratara de las cojudas que llaman inoportunamente a venderte celulares o planes tarifarios nuevos, o seguros que no necesitas, o a ofrecerte tarjetas de crédito preaprobadas (como las del Popular).

“Sí. Disculpa. Es que… quiero hablar contigo”.

“Creo que ya hablamos lo que teníamos que hablar”.

“Sí, Rafo. Entiendo, pero… creo que… me equivoqué”.

¿Laura reconociendo que se equivocó? ¡ésta sí que era nueva!

Siempre que nos peleábamos, jamás ella reconoció parte de la responsabilidad. Siempre era mi culpa. Aunque, siendo honestos, todas nuestras peleas eran por pendejadas mías, y todas por no tener cuidado a la hora de meterme con alguna chica que por ahí se me lanzaba. Aparte que fui un imbécil, porque se me ocurría llevar mis choques-y-fugas al mismo hospedaje donde solía llevar a Laura, al Dreams, tanto que una vez me sorprendió justo a la salida y se armó el escándalo. ¿Cómo se enteró? Nunca falta un chismoso, un atrasador o una despechada.

“Rafo, ¿sigues ahí?”

“sí. Te veo en tu jato a las nueve, ¿te parece?”

“Claro. Te espero”.


Salí a las cinco y media y fui directo al gimnasio. En las bancas de abdominales estaba Josué, mi pata de toda la vida, mi promo de toda la secundaria, mi amigo, mi mejor amigo, mi confidente, la única persona que me entendía en el mundo y que nunca me dio la espalda.

“¡Tuco!”

Josué se levantó de la banca, se acercó y me saludó con un estrecho abrazo.

“¿Qué hay, Rafo?”

“¿Y ese milagro?”

“Ah. Estoy de vacaciones por quince días”.

Josué no fue a la universidad. Estudió algo relacionado con construcción en una de esas escuelas técnicas donde debes asistir con uniforme, y tuvo la suerte de engancharse con una contratista que lo tenía paseando por todo el norte peruano. En su cuenta de redes sociales, siempre tenía fotos suyas con unos paisajes lindísimos como fondo.

Aunque nos veíamos una o dos veces al mes, eran charlas largas, donde podía desahogarme, soñar, maldecir, reír y hasta llorar. Durante la época del colegio, era el único capaz de contradecir con fundamento a los profesores. Por ese temperamento medio subversivo, le decíamos el Tuco.

Esa tarde entrenamos juntos.

“Te arreglaste con tu señora, Rafo?”

“No, pero me llamó hoy. Quiere que vaya a verla”.

“¿Irás?”

“Sí. Saliendo de aquí”.

“¿La perdonarás?”

“No sé. Esta vez sí se pasó de la raya, huevón”.

Josué comenzó a levantar la barra con pesas. Estábamos entrenando pecho.

Hizo sus doce repeticiones y dejó todo listo para que entrara yo a hacer press de banca.

“Cambia esa cara, Rafo. Seguro se arreglarán”.

“Esta vez pasó una huevada más”.

Josué frunció levemente el entrecejo. Era obvio que no entendía nada.

“¿estás con otra jerma?”

“Oe, Tuco, ¿qué haces el sábado por la noche?”

“Nada, huevón. Plan H. mirar el programa de coreografías en la tele”.

“Mariconadas”, espeté.

Josué se rió, mientras yo comenzaba mi serie. Hice trece o catorce repeticiones. No recuerdo bien.

Al levantarme de la banca, , Josué me miraba con esa sonrisa acogedora. Ah, carajo, ¡qué chévere es la amistad!

“Anda a mi jato el sábado, Tuco. Necesito conversar, huevón”.

Josué se la pensó unos segundos.

“¿A tu vieja le siguen gustando los alfajores?”

“Sabes que mi vieja es dulcera, así que cualquier cosa con azúcar, te la apreciará sin chistar”.

Reímos juntos de nuevo. 

miércoles, 2 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 11.3: Conozco ese culo


Ya cerca de la medianoche, Darío termina de trabajar en su laptop, gozoso por la tarde que había pasado. Cierra el aparato, se frota la nuca, se levanta de su mesa de comedor y gana su sofá, toma el control, prende el LED. Sigue en el canal de videos musicales. Tras unos comerciales, se anuncia un estreno. Darío se arrellana esperando alguna novedad. ¡Y vaya que sí! Cuando la música comienza a sonar, la silueta a contraluz de un hombre y una mujer, aparentemente desnudos, gana la pantalla. El supermodelo sonríe pensando en la osadía de la producción. Entonces, algo le llama la atención en los créditos –Director: Roberth Peña—y le toma mayor interés.

“¿Y qué milagro no me contó de este proyecto?”, susurra.

Entonces, el rostro de Luna Estrella llena la pantalla.

“Ay, esa puta”, murmura.

Darío busca el control remoto, pero, como nunca, se esconde entre los cojines del sofá. Se da por rendido. En la pantalla, aparece la escena de la bañera, en la que la cantante es abrazada desde detrás por un amante que oculta su rostro, y, en medio del movimiento de Dolly, hay un efecto de fundido que cambia a otro hombre metido con esa mujer. Entonces, el ojo clínico del televidente nota algo en el brazo del modelo. No logra identificarlo del todo hasta que llega al coro y la cantante hace el amor con quien parece ser el mismo hombre sobre lo que parece ser el porche de una casa.

“¡Ay Dios!”, exclama Darío. “el otro puto de Rico Durán”.

Nuevamente el efecto de fundido, y ahora Luna Estrella es poseída por quien evidentemente es un segundo hombre. Y es cuando solo basta un parpadeo, un solo parpadeo, para ver un mentón y una boca que le son familiares. Darío abre sus ojos tanto como puede, hace rápida memoria mental, intenta hacer un poco de antropometría a puro ojo de buen cubero. Espera otra imagen.

“No puede ser”, comienza a ponerse ansioso.

Entra la escena de la cama donde no hay duda que uno de los modelos es Rico. El mismo Rico que hace un año despreció una carrera de pasarela y revistas de ‘buena’ reputación para explotar un mercado donde se sentía más a gusto y que a Darío le incomodaba: el entretenimiento para adultos. El mismo Rico que ahora se gana la vida haciendo taxi en un carro que el propio Darío financió.

“entonces, si uno es el putazo… ¿el otro es…?”

Darío niega con la cabeza y la ansiedad se acrecienta. Recuerda la noche del lunes anterior cuando fue buscando un acercamiento y se encontró respuestas evasivas y un ex amante hostil.

“No puede ser, ¡no puede ser!”

Darío halla su celular mientras un segundo cuerpo aparece de espaldas en pantalla y muestra su bien desarrollado trasero. Marca, timbra, nadie responde, nadie excepto una grabación indicando que el usuario del teléfono no está disponible. Insiste. El segundo hombre se acuesta sobre una excitada Luna Estrella, a quien le hace el amor de una manera vigorosa, solo azucarada por el efecto de slow motion, cuando en un segundo se hacen correr quince cuadros o menos como si fuesen treinta o veinticuatro. Y esa anatomía en pantalla, tanto como la del otro hombre yacente, la conoce de sobra. ¡Claro que la conoce de sobra!

 Darío no obtiene respuesta y no espera a que el videoclip acabe. Mientras va a la cocina, marca al director de la pieza. “Deje su mensaje”, le dice una grabación. Llama a un tercer número. Le cortan. Abre la refrigeradora. No está. ¡Maldita sea! ¿Dónde la pusieron? Se hiperventila. ¡Al diablo con todo!

 


Apenas pasada la medianoche, el ascensor en el piso tres se abre y un Darío fuera de sí camina hasta la sala de reuniones, abre la puerta como puede, entra, va a un pequeño almacén.

“Aquí estabas, mierda”, le dice mientras la toma de la tapa y la abre a la fuerza; la huele. La bebe olvidando toda su formación en etiqueta social.

“Me las van a pagar los tres”, se repite mientras gasta el licor. “¡Me la van a pagar los tres!”, se jura mientras otro sorbo de vodka ingresa a su boca, a puro pico de botella. Cuando despierta, está en lo que parece ser la habitación de una clínica y solo viste una bata de hospital. Tiene un suero conectado por vía endovenosa. Una enfermera ingresa, lo mira y lo saluda muy afable.

“¿qué día es hoy?”, pregunta el supermodelo.

“Miércoles, joven”.

“¿qué hago aquí?”

“Tranquilo. Te encontraron desmayado. Aparentemente, te intoxicaste”. 

viernes, 27 de enero de 2023

ASS (63): “Méteme tu verga”

Julián pide ser pasivo otra vez, y ahora aguantándose la gran verga de Marcano.


A la mañana siguiente, jueves, Julián está en el vestuario de la Piscina Comunitaria totalmente desnudo, revisando la tanga que lucirá ese día para la grabación.  Esta vez es una de color naranja casi fosforescente.

Alguien ingresa. Julián no hace esfuerzo alguno por cubrir su pinga, sus huevos o su culo. Más bien, le llama la atención el muchacho alto y corpulento que acaba de entrar. ¡Qué hermosa anatomía! Además, ese rostro es guapísimo.

“Hola”, saluda el recién llegado blandiendo una sonrisa magnética.

“Hola”, responde Julián, algo fascinado.

“¿Tú eres el nadador?”

“Eso dicen”, sonríe Julián.

El otro muchacho ríe.

“Yo soy Marcano, pana; mucho gusto”.

“¿Eres… venezolano?”

Marcano comienza a desnudarse y descubrir su cuerpo de revista fisicoculturista poco a poco.

“Sí… haremos las escenas sexuales de esta mañana juntos. ¿Has pensado cómo?”

Marcano queda completamente desnudo. Julián no evita verle el pene largo, aunque dormido. Supone que al ponerse erecto va a ser una herramienta de dimensiones colosales.

“La verdad no tengo idea”, responde el nadador.

Marcano revisa la prenda que le han asignado. Sonríe. Es un hilo dental blanco. Comienza a ponérselo.

“Se me ocurre… que… nos dejemos llevar… ¿eres activo, pasivo, versátil?”

“Aún no lo tengo claro”, dice Julián. “Pero creo que tu sugerencia es válida… dejémonos llevar”.

La sorpresa para todos es que Marcano nada a nivel experto. Así que se les ocurre hacer una competencia de estilos con Julián.

Willy, como siempre, graba todo desde todos los costados de la piscina.

Ambos chicos llegan a los podios, emergen y se quitan las gafas de natación.

“¿Quién ganó?”, pregunta Julián muy contento.

“Creo que ninguno… llegamos empates”, responde Marcano.

“¿Desempatamos o qué?”

“Tengo una mejor idea”.

Ambos se meten bajo la ducha del vestuario. La abren. Mientras el agua recorre sus cuerpos, se acarician mutuamente, se abrazan, no tardan en besarse. Separan sus bocas por un instante:

“¿esto es premio o castigo?”, sonríe Julián.

“Es la gloria completa”, susurra Marcano.

Ambos siguen amándose con pasión.

Marcano, entonces, comienza a besarlo por el cuello y bajando hacia cada tetilla, el vientre, hasta que, arrodillado, comienza a mamar el pene de Julián. Con qué maestría Marcano se mete y saca el miembro ya duro de su nuevo amante.

El nadador no puede disimular el placer que le provoca esa fellatio.

Marcano deja de mamar la pinga, acaricia la cadera de Julián, y lo hace girar amigablemente.

Cuando el musculoso tiene ante sí el culo del nadador, no espera más y le separa las nalgas a la vez que dirige su lengua a toda la raja y después a todo el ano. Julián se siente en la gloria. Hace minutos que espera esa sensación.

Willy no deja de seguir toda la acción mediante su cámara.

Varios minutos después, Marcano deja de hacer el beso negro y se pone en pie:

“Chúpamela”, pide.

Julián, aún extasiado por la caricia que ha recibido el ojo de su culo, gira, se arrodilla, toma el pene de Marcano y se lo mete a la boca con ansiedad. A cada nueva succión, ese pedazo de carne crece hasta sus enormes proporciones.

Lo que al inicio parecía tarea fácil con un pene morcillón suma grados de dificultad conforme se engrosa y se extiende hasta sus 21 centímetros. La boca de Julián no está acostumbrada y siente arcadas por más que trata de mentalizarse.

“Lo haces riquísimo, pana”, lo anima Marcano. “La chupas delicioso”.

Es como un interruptor: Julián fluye mejor con la mamada y comienza a disfrutarla más. Lo mismo Marcano.

“¿Quieres lamerme el culo?”,consulta Marcano.

“¡Me encantaría!”

El venezolano gira y pone sus enormes y firmes nalgas al alcance de la boca de Julián, quien ya aprendió que, en esos casos, no debe pedir permiso, solo proceder. Lame los dos glúteos, lame la raja, saborea el ojo de ese culo. Marcano también experimenta esas deliciosas cosquillas:

“Así, pana. AAsí. Cómete bien mi ano”.

Ese beso negro también dura varios minutos hasta que Julián cesa, palmea una de las nalgas y lanza un pedido inesperado:

“Méteme tu verga”.

Marcano gira, duda un poco. Sonríe nervioso:

“¿En serio quieres sentir mi verga?”

“Confío en ti”.

Marcano desea hacerlo, pero no tiene lubricante a mano y él sabe lo que significa meter su pene erecto en ese culo que, evidentemente, no está entrenado para ese tipo de dimensión y acometida. . entonces ve algo y lo toma: una barrita de jabón que hay cerca de una de las regaderas.

Como ambos tienen sus cuerpos húmedos, la soba entre sus manos, hace espuma, la frota contra el ano de Julián y luego la frota en su pene, de paso que lo pone más duro.

Ubica el glande en el esfínter y comienza a empujar. Julián aplica las lecciones que aprendió cuando Miguel se la metió el día anterior: se relaja, respira profundo y despacio, trata de expandir su ano y permite que el glande de Marcano ingrese poco a poco. Obviamente, Marcano sabe que la paciencia es la clave.

Conforme le va introduciendo un centímetro más, va bombeando despacito. Julián siente que esa pinga duele más pero trata de resistir hasta que un súbito hincón viene de su ano.

“Au”, susurra mientras hace un gesto de dolor.

“¿Sigo?”

Julián respira un poco, se tranquiliza:

“Sigue”.

Marcano juzga que no debe meter todo su falo. Cuando llega a la mitad, comienza a bombear despacio mientras acaricia el atlético cuerpo de su amante, quien siente que le succionan todo el cuerpo por el ano.

“así, pata, qué rico”, suspira.

A Marcano le encanta meter su pene dentro de un agujero apretadito. Eso lo excita más. Mucho, más bien. Cuando menos se da cuenta, gran parte de su miembro ya está dentro de las entrañas del nadador.

La escena de sexo nada simulado continúa dentro de esa ducha donde un insólito Julián vuelve a ser pasivo mientras un musculoso y aventajado Marcano lo sigue poseyendo con gentileza y sensualidad. Ambos gimen y jadean.

Cuando la gran verga del venezolano ya está toda enterrada dentro del culo del nadador, y su cadera empieza a chocar contra esas firmes nalgas, el orgasmo se hace inevitable:

“Me vengo, pana. ¡Me vengo!”

“Dame tu leche, quiero tu leche”.

Marcano saca su pene, se pajea duro y eyacula sobre la nalga derecha de Julián. Una densa mancha blanca se desliza por toda la pierna del pasivo, quien gira, se abraza a su cachero, y sobándole el pene aún duro, lo besa en la boca.

“¿Te gustó?”, pregunta el sonriente venezolano.

“Bravazo”, responde el peruano, también sonriendo.

Se siguen besando. Willy corta la escena. Ambos actores descansan, por fin.

“¿Te sientes bien, pana? ¿Te hice daño?”, averigua Marcano.

“Me arde un poco”.

“a ver, gira”.

Julián hace lo que le dicen. Marcano se arrodilla, abre las nalgas y revisa el ano. Solo está rojo de la penetración, pero NO SE OBSERVAN OTRAS LESIONES.

“Todo parece estar en orden”.

“Gracias”, responde Julián.

Marcano abre la ducha y se asea:

“Tienes lindo cuerpo… y lindo culo, pana”.

“Gracias. Tú tienes un cuerpazo, Y UN CULAZO… y una pingaza”.

“¿ya te has comido vergas como la mía?”

“No… es la segunda verga que me como, y en solo veinticuatro horas”.

Marcano sonríe:

“Tenía miedo de romperte ese culo apretado; menos mal que aguantaste”.

Julián ríe.

“¿también vives en San Sebastián?”

“Sí, y también conozco a alejo y Miguel; de hecho, entrenamos juntos”.

“Me gustaría verlos de nuevo; son buenos patas”.

“si tienes libre, ¿por qué no nos visitas? A los chicos les va a encantar, creo”.

“No sería mala idea”, responde Julián. “¿estarán libres el sábado?”

Y para terminar, mira un video porno gay | Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com 


sábado, 12 de febrero de 2022

Proyecto Lujuria 5.1: Amamos tu culo al desnudo, Osmar


La idea de viajar, inicialmente, era para cambiar de aire. Osmar había tenido tres días muy confusos tras los sucesos de la ducha en los que hacía su vida de todos los días casi en modo automático, excepto actuar. Pero a la hora de dormir, incluso la noche antes de aquel vuelo, cuando traía aquel roce, aquella sensación, aquellas palabras a su cabeza, lo que conseguía inmediatamente era una fuerte erección que no amainaba hasta que se pajeaba de tal forma que si su pinga hubiese sido de papel, quizás hasta se hubiera roto.

Durante esas tres noches, su vientre y pecho libres de vellos terminaron con ráfagas de su blanco y cálido semen. Hasta ahora que ve al sol a punto de salir detrás de la cordillera, a casi siete mil metros de altitud, siente la presión dentro de su bragueta. Quisiera liberarla pero es indebido.

El sueño comienza a vencerlo, hasta que una mano se posa en su rodilla izquierda. Se sobresalta: ¿Evandro?

“Es la Cordillera Blanca”.

Al mirar hacia su siniestra, Escalante le sonríe.

“¿Ves esas dos puntas que parecen formar una V? Es el Yerupajá. Ahí termina Lima y comienza Áncash”.

Osmar mira sin ver por la ventanilla:

“Qué interesante”, califica sin mayor ánimo.

A las siete de la mañana, el avión aterriza en el aeropuerto de Castilla, Piura. Ese solo nombre de cinco letras lo evoca hasta siete meses antes, quizás un poco más, cuando ingresó desde Ecuador, donde quiso sentar raíces en Guayaquil pero no pudo a pesar que tiene un par de contactos. Aunque le gustó el clima de la ciudad, no halló más trabajo que de mesonero. Duró una quincena no por falta de voluntad ni por carencia de aptitudes sino por la sencilla razón de que el dueño del negocio estaba dispuesto a explotarlo laboralmente.

Al bajar la escalerilla y caminar sobre el concreto de la terminal, puede sentir un aire ligeramente más tibio que el limeño y un cielo que promete estar despejado. De hecho, viste un calentador deportivo completo en el que debajo solo tiene una camiseta y más nada, no las dos y hasta tres capas de ropa que debe ponerse en Lima. Afuera los espera una camioneta doble cabina.

Una hora después, llegan a una especie de finca al pie de una empinada colina tapizada con árboles y algunos peñascos marrones oscuros, casi negros. Escalante lo invita a bajar, y a su encuentro salen César, el camarógrafo, y Abelardo Sosa, el dueño de la propiedad.

“¿quieren desayunar?”, los invita su anfitrión.

“Nos encantaría pero tenemos que ganarle tiempo al sol”, responde amablemente Escalante.

Y efectivamente, el astro rey ya irradia con fuerza a pesar de ser algo temprano esa mañana de domingo.

Un chico que arregla unas herramientas se queda viendo con curiosidad a Osmar. El señor Sosa lo presenta:

“él es Fernando y hoy los acompañará en lo que necesiten”.

Es alto, atlético y trigueño, cabello corto algo lacio, que a Osmar le evoca a Evandro.

“Mucho gusto, para servirle”, sonríe el mancebo, y su acento convence al actor y modelo que solo podría ser su otro amigo si fuese…

“él vino de Venezuela”, explica Sosa, “pero se adaptó muy bien al trabajo de la chacra, y estamos contentos con él”.

No, no es Evandro. Osmar respira con menos ansiedad.

La primera parte de la sesión se hace en lo alto de la ladera en aquella colina, a donde trepan en solo veinte minutos. Para buena suerte de los tres, su condición física en conjunto les ayuda mucho.

“Te puliste con la locación”, comenta Escalante a César.

“Ayer me la pasé con Fernando de arriba abajo viendo dónde hacer las tomas; hasta me sirvió de modelo prueba”.

“¿Es en serio, pendejo?”

“Luego verás”.

Más arriba, el peón y Osmar van ascendiendo también:

“Así que eres venezolano; ¿de qué parte?”

“Aragua. ¿Tú eres de Caracas, no?”

“¿se me nota?”

“No, pana, ya trabajamos antes. ¿Te acuerdas esa novela que se hizo toda en una hacienda con caballos?”

Osmar hace memoria y se le vienen las imágenes de golpe:

“¡Coño! ¡Tú eras el que nos preparaba los caballos, vale! ¡Claro que recuerdo!”

“Pensé que ya te habías… ¿cómo dicen acá? Ya te habías sobrado”.

“No, coño, nada. Estaba distraído. ¡Qué gusto hallarte acá! ¿Cuándo entraste?”

“Dos meses y medio, aunque oficialmente sigo en Ecuador. Me dijeron que estabas allá pero nadie me dio razón”.

“Luego te cuento”.

Los cuatro llegan a un pequeño paraje en medio del bosque de charanes, faiques, hierba alta seca y un hermoso paisaje del valle de San Lorenzo a sus espaldas.

“Aquí haremos las primeras tomas”, anuncia Escalante. “Tienes que caminar en medio del follaje como si pasearas por el bosque”.

Osmar asiente y se quita la ropa. Solo queda en zapatillas. Ya le habían dicho que bajo la hierba o había espinas o había alimañas. Además, sus pies estarían ocultos por algunos arbustos.

“Qué rico culo de ese huevón”, susurra César al ver cómo Escalante le pasa un poco de vaselina para darle brillo, mientras  Fernando se asegura que no hayan esas espinas o esas alimañas durante el trayecto que hará el modelo.

Escalante grita acción y César se pone detrás de la cámara de televisión primero, mientras Fernando funge de su asistente sosteniendo un rebotador plateado para contrarrestar el contraluz que Osmar ya tiene. Diez tomas en video, unas quince en foto. Los primeros registros no demoran más de una hora. Mientras Osmar se pone su ropa que Escalante tenía en custodia, César desmonta la cámara del trípode y se la entrega con cuidado a Fernando.

“Así cuando el modelo hace su trabajo, a uno le da gusto grabar”, comenta.

“Osmar siempre ha sido profesional”, replica Fernando.

“¿Ya lo habías visto calato antes?”

“Ufff, cientos de veces. Cuando los actores se cambiaban para sus escenas, veías de todo y como si nada. Claro que la producción nos prohibía tomar fotos y esas cosas”.

“¿De todo?”, curiosea César.

Fernando sonríe.

“¿También?”, César hace un gesto con los ojos señalando a Osmar.

“No, él era el más formalito, pero…”

“Vamos rápido a la escena del baño”, interrumpe Escalante.

En otros veinte minutos, ya están en un lado poco transitado de la propiedad, en toda la base de la colina junto a unos árboles y lo que parece ser el cauce seco de un arroyo, donde se ha dispuesto un par de bateas con agua y una jarra blanca de aluminio, de esas antiguas. Osmar ahora sí se desnuda por completo y se pone de espaldas a la cámara que se comienza a preparar.

“nada que hacer carajo: ese huevón tiene el culo”, vuelve a comentar César.

“Deberías ver el culo del patrón”, susurra Fernando a sus espaldas.

César se asusta.

“También te escuché arriba en el cerro”.

“No vayas a comentar nada”, pide el camarógrafo en voz baja.

“Fresco”, guiña un ojo el peón.

Para Osmar, recrear la escena del baño en esas condiciones le resulta más que una sesión de trabajo, una suerte de terapia. No es tan estúpido como para ignorar que su cuerpo, sus dos potentes nalgas, su actitud, su todo producen reacciones. Mientras el agua transparente lo moja, el flagrante jabón lo cubre de una rala espuma, mientras el viento lo seca, el sol lo calienta, mientras el cielo celeste claro con algunas nubes lo ve como vino al mundo, entiende que está sobredimensionando las cosas. Entre indicaciones de acción y corte, se promete a sí mismo que se va a tomar su vida con calma. Y también se promete que si esa campaña es el inicio de un relanzamiento de su carrera, cuando tenga dinero suficiente y una vez que haya sacado a su familia del infierno de la crisis, se comprará una finca en este mismo lugar para gozar lo simple de la vida.  Yo también me amo, se repite.

Y así, en medio de su trance, su pene cabezón se pone duro. No se disculpa, lo disfruta, mira a la cámara con una sensualidad auténtica, genuina, innata.

Los penes de Escalante, Fernando y especialmente el de César también se paran bajo sus ropas, y en el caso de César, moja toda su ropa interior.

  

domingo, 11 de diciembre de 2011

¿Por qué no crezco?

Nos referimos a la masa muscular, por si acaso. Pero sí, suele pasar que te matas entrenando, comiendo, y hasta suplementándote, pero nada.
La causa podría ser más simple de lo que sospechas, así que aquí te daremos una mini-guía para ver si va por ahí.
DIETA POBRE: Es probable que no estés comiendo suficiente carbohidrato, natural que usualmente se encuentra en alimentos como los cereales (trigo, arroz, etc.), granos (como el maíz) y los tubérculos (como la papa, el camote, o la yuca). Normalmente los instructores recurren a las pastillas como solución rápida, pero nunca son conscientes de los efectos secundarios. Trata de corregir el tema por acá, y luego de una semana coge tu cinta métrica y verifica tus medidas (ver "Estas proporciones nos interesan" en este mismo blog). Ten en cuenta que entre los carbos naturales, los tubérculos también aportan proteína y vitamina mucho más que los cereales, en especial el arroz, cuyo aporte protéico es pobre, entonces prefiérelos. Lo mejor es consumirlos sancochados (cocidos) en vez de fritos, que en realidad sólo te aportan grasa, muchas veces dañina para tu cuerpo.
PROPORCIÓN INEXACTA DEL EJERCICIO: Aquí la cosa está clarísima. O estás entrenando tan poco que no estimulas a tu músculo, o te estás excediendo en el entrenamiento que tu cuerpo -literalmente. se está comiendo a sí mismo con tal de compensarse. Si lo estás haciendo solo, escríbenos (más abajo te ponemos la dirección de correo) para conectarte con un asesor. Si estás siendo acompañado por un trainer, conversa sobre este detalle, y vean cómo adaptar la rutina para obtener el aumento de masa, ya que si no la avanzas, podría ser que estés aplicando la que no te corresponde, lo que sumado a una mala dieta, simplemente no te deja apreciar resultados. En nuestra experiencia, muchos trainers piuranoss, en especial los más jóvenes, son especialistas en ponerte rutinas muy fuertes aunque seas principiante, entonces esta puede ser una de las causas de tu falta de progreso, y aquí siempre es bueno consultar una segunda opinnión autorizada (recomendamos presionar la etiqueta al final de este artículo para explorar más causas, pero primero termina de leerlo).
POCO DESCANSO: Hace poco un amigo desde la sierra nos decía si la ausencia de masa se debía a que se la corría mucho (ver "Pajéate sin traumas" en este blog), y como eso no tiene nada que ver, comenzamos a preguntarle más sobre su estilo de vida. Descubrimos que sufría de episodios de insomnio, los que trataba de matar frente a la compu viendo porno. No, no eran las porno, era la falta de descanso. Lo que sucede es que las horas de sueño que el cuerpo requiere son necesarias para regular el metabolismo y restablecer nuestro sistema inmunológico. Cuando no descansamos hacemos que nuestro cuerpo consuma más energía, y hacemos que nuestras defensas trabajen al doble con tal de no enfermarnos, y eso hace que la proteína destinada a aumentar de masa sea automáticamente derivada a protegernos. Lo normal es dormir de seis a ocho horas (no más, no exageres) para reponernos, y esto ha sido respaldado en estudios con atletas de alto rendimiento por si acaso (¿ahora entiendes por qué Perú nunca irá al Mundial de Fútbol?). El truco de la leche caliente es muy útil, aunque hay otro que casi nadie conoce: cuando estés en tu cama, relájate y respira lento y profundo al mismo tiempo que vas contando desde 1, 2, 3... 4... 5... 5.... 6... zzzzzzzzz...
STRESS: La tensión mata, y la idea de hacer ejercicio es canalizarla, pero ¿qué pasa cuando no es así? Aquí sí requieres ayuda profesional que te haga ver qué cosas te preocupan tanto que necesitarás ponerlas en real perspectiva. A veces una buena conversación y un consejo adecuado son la mejor medicina en este caso. Si entrenas solo, prueba a cambiar de horario de sesiones, o de lugar; si vas al gym, conversa con tu trainer, y prueben lo mismo, ya que podría ser horario... o gym... o hasta el trainer. Algunos especialistas dicen que la ansiedad es muy común entre quienes reportan stress, y recomiendan emplear al menos media hora del día en realizar alguna actibidad artística de tu preferencia, como pintar, dibujar, bailar, cantar, tocar instrumentos... o hacer el amor, ¿por qué no?
ENFERMEDADES: No sabes lo fatal que es una gripe cuando entrenas. Aparte que no te da ganas de hacer nada, te chupa la masa. Y como ésta, las condiciones que deterioran nuestra salud juegan en contra del aumento de masa. aunque lo ideal es prevenirlas, si se presentan, además de seguir los consejos del médico, no está mal que hagas ejercicio, hasta donde tu cuerpo soporte para que no lo sobre-entrenes o no te agotes más de lo debido. La idea es no perder el ritmo y aumentar tus defensas.
ALCOHOL, DROGAS: Aquí no hay vuelta que darle: el consumo excesivo de alcohol, tabaco o drogas hace que tu cuerpo trabaje el extra para deshacerse de las toxinas, y eso imposibilita que crezcas. La solución es dejarlo, pero si te falta voluntad, busca ayuda profesional urgente.

Te recomendamos leer "Cuerpo de gym" en este mismo blog o presionar en la etiqueta más abajo.

¿Preguntas? hunks.piura@gmail.com

sábado, 24 de abril de 2021

La hermandad de la luna 3.2

“El que va a renunciar será el sobrino de Carlos mas bien”, comenta Tito a Adán. “¿Tenías que abrirle los ojos así?”

“Si no era hoy, ¿era cuándo?”, se defiende el cuerpo de luchador.

Ambos caminan hacia uno de los campos por sembrar donde un tractor los espera para iniciar el arado.

“Además, no va a renunciar. Ya sabe la nota. No la comparte, pero ya la sabe, ¿o me vas a decir que no te ha pasado nada con ese chico?”

 “Hablas huevadas”, se pone serio Tito.

El celular de ambos varones suena en simultáneo. Se miran, lo sacan y abren la aplicación de mensajes: “A mediodía donde Yup”.

“Te dije que no iba a renunciar”, sentencia Adán y se adelanta hasta el tractor.

 


Poco antes de mediodía, los dos varones avanzan por el camino secreto hasta el sitio donde los algarrobos se hacen más tupidos. Ya están colgadas las ropas de Carlos y Frank en las salientes, así que ellos también se desnudan por completo, quedando a mano solamente con unos cascos simples de cuero con una gran lengüeta que protegerá su nuca. Siguen el camino de cemento hasta el espacio de gramita que rodea la transparente laguna frente a la que  Carlos y Frank están desnudos, arrodillados con la espalda recta, meditando en silencio. Los dos recién llegados adoptan la misma posición justo a continuación de los dos primeros.

“Estamos aquí frente a Yup, la diosa transportadora de vida”, interviene Carlos, “para que sea testiga de esta primera ceremonia de iniciación en que le presentamos a Frank, quien pide ser incorporado como guerrero”.

“Frente a Yup, prometo que ejecutaré mi primera prueba con ahínco, honor y respeto, y para ello, elijo como contrincante a… Tito”.

el aludido siente que su corazón salta de sorpresa; el acompañante al lado, lo mismo.

“Tito, ¿aceptas el reto?”, consulta Carlos.

El gladiador se toma unos segundos, segundos muy tensos. Sabe que esa elección no es adrede.

“Tito, ¿acept…?”

“Sí, acepto”.

Carlos se toma otro par de segundos, lo mismo que toma aire:

“Contrincantes: ofrézcanse a Yup”.

Tito y Frank se ponen de pie, caminan e ingresan a la laguna hasta lanzarse y sumergirse por un momento, sin que el agua logre despojarlos de su ansiedad. Al emerger y regresar a la orilla, Carlos y Adán ya tienen toallas con las que secan a cada uno de los participantes de pies a cabeza, sin dejar un espacio con resquicios de humedad, lo que significa secar también el pene, los testículos, el perineo  y en medio de las dos velludas,redondas y duras nalgas que ambos poseen. Frank y Tito solo respiran profundo, lento y conscientemente. Una vez secos, Carlos y Adán toman frascos de vaselina y los untan nuevamente de arriba abajo, al medio y entre los espacios por donde difícilmente llega la luz. Los dos que terminarán expectando el rito, toman las gorras con diseños triangulares y se las colocan en la cabeza; los otros dos, los cascos.

“No golpes, solo la fuerza de sus músculos y sus cuerpos”, advierte el capataz. “Comiencen… ¡ahora!”

Tito y Frank se miran frente a frente, se abrazan y se dan un profundo beso en la boca. De inmediato se separan y se ponen en guardia, agachándose un poco, moviendo sus antebrazos, describiendo un círculo de lucha sobre el césped. Entonces, Frank se lanza sobre Tito, quien lo recibe y lo aprisiona con sus extremidades superiores rodeando los dorsales y la espalda media; las piernas de ambos se ponen altamente tensas tratando de que uno no avance sobre el otro, los glúteos elevados a su máxima expresión debido al esfuerzo, los velludos pechos comparten la aceleración de sus latidos conforme hacen contacto, los jadeos y gruñidos compiten con los trinos de los pájaros que aparentemente se han posado a contemplar el combate. Tito adelanta un pie y mueve algo fuera del círculo imaginario a Frank, quien trata de no rendirse pero termina deslizándose apenas centímetros, por lo que torpemente gira y le da la espalda al veterano gladiador con la esperanza de ponerle una zancadilla, pero no resulta. Termina cayendo de bruces sobre el césped y Tito encima suyo inmovilizándolo con su peso y sus piernas, las que abre para atenazar las del joven retador, al mismo tiempo que comienza a mover su pubis sobre las nalgas de Frank, quien se desespera, cierra los ojos y piensa que todo está perdido, especialmente cuando siente la dureza de una erección entre sus glúteos.

“¡Me rindo!”, grita desesperado.

Tito cesa el movimiento púbico. El sudor de ambos se confunde con la piel untada en vaselina. Carlos no tiene más opción que declarar la derrota del aspirante a guerrero. Entonces, Tito clava la mirada en los ojos de Adán: quizás esté perdiendo la habilidad de presentir con exactitud.


 

En el AMW, Owen despide a sus últimos dos alumnos de la primera mitad del día y cierra con seguro la puerta de acceso. Toca otra puerta lateral que conecta a la casa de Tito. Flor abre.

“¿Terminaron?”, consulta la chica.

“Sí, terminado”, sonríe el instructor.

Flor cuadra la caja de esa media mañana, y, tras la segunda verificación, mas bien sobra dinero: cinco más.

“No registraste a alguien”, le observa ella.

“Oh, el nuevo”, Owen saca un papel del bolsillo de su short.

“OK. Ahora sí, everything’s alright”.

“You speak english, Flor?”

“Just a Little”, sonríe la chica.

“Oh, I’ve got those additional eight”, él le dice sacando otra vez un puñado de monedas de a uno y de  medio centavo.

“Your tips?”

“I guess so”, Sonríe Owen.

“Daddy said you keep your tips, don’t include them in the final amount”.

“Thank you. Your daddy and you’re very good to me, even when you still distrust”.

“It’s natural, Owen. You appeared from anywhere here in Santa Cruz”.

“And you’re wondering who I am. It’s OK. I have nothing to hide.”

“No offense to you. Those times are not safe.”

“Yeah, I know, Flor”, sonríe Owen.

“Take a bath. It’s lunch time,” invita la chica.”

 

domingo, 14 de febrero de 2021

La hermandad de la luna 1.1

El sol está en su cenit, pero debajo del algarrobal remanente no se siente tan fuerte; además, recién está acabando junio, así que no es la época en que se sude demasiado. Carlos avanza por un caminito que rodea una especie de lomita cubierta por más árboles añejos de troncos con cuarteadas cortezas marrón oscuro gracias al astro rey, al viento, la humedad y el tiempo. Mira a los costados, verifica estar solo. Un chapoteo se oye detrás de unos arbustos. En una horqueta reconoce una camisa, un jean y un sombrero de ala ancha confeccionado en fina toquilla con su cinturoncito en imitación cuero. Al pie de la ropa colgada, sobre el suelo que ahora se ha convertido en cemento, los botines de cuero beige. Mira al lado. Sí, hay otra horqueta libre. Se quita su sombrero y lo deja en una saliente de uno de los algarrobos, verifica que no haya hormigas y comienza a quitarse la camisa, sus borceguíes, su jean algo raído y su calzoncillo. Avanza con cuidado por el caminito de cemento hasta hallar césped silvestre, se para sobre él, se arrodilla y se inclina hasta que su frente toca la fina y agudita hierba.

“Gracias, Yup, por permitirnos la vida”, musita. Se queda en esa posición por unos segundos más, y al incorporarse, tiene frente a sus ojos una lagunita de aguas cristalinas rodeada de tupidos algarrobos, hualtacos y charanes. Al medio del cuerpo de agua, ahora no lleno a toda su capacidad, alguien  intentando mantenerse a flote. Ingresa con cuidado a la pequeña piscina y nada hasta llegar a aquel cuerpo, lo topa.

“¡Mierda, me asustaste, huevón!” El otro cuerpo se pone en pie y deja ver la mitad de su físico sobresaliendo: tez algo blanca, pectorales, espalda y brazos algo marcados aunque con un leve descuido en el abdomen.

“No jodas, Manolo; no digas que no me escuchaste entrar”, ríe Carlos.

Manolo toma a Carlos por la cintura, lo abraza pegándolo a su cuerpo y lo besa en la boca procurando que ambas lenguas traten de enredarse. Se separa.

“¿Ya llegó?”.

“Sí, ya te está esperando en tu oficina”.

“¿Y es como me lo vendiste?”

“Sabes que no podemos mentir”.

Ambos hombres salen del agua y regresan a la orilla, caminan hasta donde está la ropa colgada.

“Has adelgazado, Carlos”, le observa Manolo.

“La preocupación”, responde el hombre trigueño, cuerpo marcado, algo velludo, piernas fibrosas, nalgas algo levantadas, largo pene flácido con grandes bolas bajo un vello evidentemente recortado. “Tú deberías bajar esa panza”.

Manolo sonríe: “Esto compensa”, dice golpeando sus gruesas manos sobre sus pronunciados glúteos. Mientras se pone el pantalón, se nota lo desarrollado de sus musculosas piernas, dicho sea de paso. Su pene no es tan largo, pero sus pelotas sí son generosas, vello púbico totalmente rasurado, lo que hace juego con su cuerpo mayormente lampiño.

Ya vestidos, toman el camino de regreso hasta dar con una fila de overales, los que traspasan con cuidado de no rasparse, saltan la acequia y toman el camino de regreso a la casa grande.


 

Al llegar al patio lateral, el fornido Tito extiende varias vainas de tamarindo sobre unas mantas que ha colocado en el suelo, y cuyas esquinas ha asegurado con piedras para evitar que el viento ccomplique su tarea.

“Manolo”, pasa la voz dirigiendo sus ojos verdes al dueño de la finca.

“¿Todo eso es de un solo árbol, Tito?”

“Tres. Este año no ha sido bueno para los frutales. A ver si para este verano las cosas mejoran”.

Manolo sonríe y avanza flanqueado por Carlos hasta llegar a una de las puertas de la casa de dos pisos, arquitectura muy básica, pintada de blanco, un porche con techo de teja. En la banca del corredor, un joven de cabello lacio bien peinado en montañita, polo y jean pegados, zapatillas, los ve llegar. En el rostro del muchacho hay mucha ansiedad.

“Guapo es”, murmura Manolo a Carlos mientras se acercan.

Cuando los dos hombres entran al porche, se le aproximan y el chico se pone de pie, revelando una esbelta figura.

“Éste es mi sobrino, Frank”, presenta Carlos.

“Mucho gusto, señor Rodríguez”, extiende tímidamente la mano el jovencito.

“Mucho gusto”, responde Manolo muy afable. “Adelante”.

Abren la puerta y adentro, en un lado del escritorio, el trigueño y buenmozo Christian está escribiendo algo en la computadora. Mira a los tres varones que ingresan, se quita los delgados anteojos y los saluda.

“¿quieres tu silla?”, le consulta a Manolo.

“No, sigue”, dice el jefe jalando otra similar, mientras Carlos se queda de pie a su costado y Frank permanece lo mismo pero delante del escritorio.

“Me dice tu tío que te acabas de licenciar. ¿Cuántos años tienes?”, le apela Manolo.

“Veinte, señor Rodríguez. Me di de alta aquí en Collique”.

“¿Te explicó de qué se trata el trabajo?”

“Sí, señor, y siento que estoy preparado para ser de mucha utilidad aquí en la finca”.

“Veremos… ¿quieres quitarte esa camiseta, por favor?”

Frank mira con cierto asombro a Carlos, quien le hace un leve gesto. El mozo entonces se despoja de la prenda y revela un torso algo velludo muy bien labrado, con brazos fuertes. Christian lo mira de reojo.

“Pareces más familia de Tito que de Carlos”, intenta bromear Manolo. “Date la vuelta”.

Frank gira y enseña su bien trabajada espalda, ancha arriba, delgada en la cintura.

“¿Y si hay que correr, estás entrenado, Frank?”, inquiere Manolo.

“Sí, señor”, responde el muchacho entre seguro e inseguro.

“Muéstrame tus piernas, entonces”.

Frank duda y comienza a sudar. Se toma el cinturón, lo afloja, se desabotona y baja la cremallera, se deshace de las zapatillas y se quita el jean. Bajo el bóxer rojo, hay dos potenttes glúteos, y unas extremidades inferiores que lucen unos femorales y pantorrillas dignos de futbolista.

“Date la vuelta”, pide Manolo.

Frank traga saliva y gira de nuevo: no hay mayor sorpresa, excepto confirmar lo musculoso y velludo de sus piernas.

“¿Y serías capaz… de quitarte ese bóxer?”, pregunta Manolo.

Christian se asusta, Carlos se incomoda y mira el nerviosismo creciente en los ojos de su sobrino. Son segundos silenciosos realmente embarazosos.

“¡Bromeo, carajo!”, exclama Manolo, y todos parecen respirar con tranqilidad nuevamente. “Vístete, muchacho”.

Manolo se levanta de su silla y da una palmada en la espalda a su capataz, Carlos: está empapada en sudor.

“Extiéndele un contrato por tres meses”, instruiye a Christian. “Asígnale los turnos de noche y que comience desde mañana”, ordena a Carlos.

Frank se viste. Manolo camina hasta él, y lo abraza semidesnudo aún.

“Bienvenido, pasaste la prueba de la humildad y la obediencia”.

“Gra-gracias, señor Rodríguez”, dice el abochornado mancebo.

Manolo se va hasta la otra puerta, pero gira de pronto hacia Christian: “Terminas eso y subes”. Y mirando a Carlos: “Que Tito nos dé alcance”. Y, tras guiñar un ojo, abre el madero, y se mete a la casa.

Frank, aún con el jean a medio subir, se siente extraño.

“Ya vengo”, dice Carlos, y sale del despacho, serio.

Christian carraspea un poco viendo al chico delante suyo, se acomoda los anteojos: “¿Trajiste tu DNI?”