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lunes, 6 de marzo de 2023

¿Qué más puede enseñarnos Rafael Cardozo?

El actor y modelo brasileño Rafael Cardozo (10 de diciembre de 1983) llegó a Perú en 2003. No vino de placer. Huyó de amenazas de muerte luego que se arriesgara a defender a su familia de unos ladrones que lo habían tomado de rehén mientras se metían a su casa. En un movimiento arriesgado, logró reducir al hampón y dispararle con su propia arma de fuego.













Rafael dejó en Brasil una naciente carrera como modelo de fitness, que incluso lo llevó a posar desnudo y con el pene totalmente erecto para la otrora gloriosa G Magazine. Había ganado concursos deportivos y de belleza masculina.


Cuando llegó a Perú, fue incorporado al grupo de ballet axé Porto Seguro que se hizo muy popular en la televisión peruana y llegó a dar shows en diferentes lugares del país. Pero en el caso de Rafael, su apariencia y su musculatura llamaron la atención de todo el mundo, y pronto se convirtió en una personalidad de los medios.


Uno de sus trabajos más conocidos fue el de pertenecer a un reality show consistente en superar diferentes pruebas de esfuerzo físico y agilidad mental. Su carisma se basa en la naturalidad con que habla de su vida incluyendo la oportunidad en que hizo los desnudos porno. Tampoco se acompleja de calificar la belleza de otros hombres sin que eso determine su orientación sexual. Simplemente, califica lo que ve y lo hace de manera muy honesta. Muy amigo de sus amigos, quienes lo conocen en lo personal e íntimo, siempre lo destacan por su lealtad.


Finalmente, si algo le tenemos que reconocer a Rafael es que podría no gustarte el tamaño de su pinga, pero a diferencia de los culturistas peruanos que prefieren evadir el tema, cuando al brasileño le hablan de sus desnudos porno, no los niega ni se acompleja en contar detalles. Como un agradecimiento a dos décadas de elegir a Perú como su nuevo hogar, y haber triunfado en él, aquí te hemos ilustrado con sus célebres fotos calato y al palo.

Mira el video de Rafael Cardozo | Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com













lunes, 27 de febrero de 2023

Lucas: Un ron por ese chibolo

Soy Lucas, vivo en Piura,  y tengo 38 años. Mi obsesión son los chibolos de 22 años, delgados pero formaditos. ¿Por qué?

 


Hace un tiempo yo chambeaba en Chiclayo. Un miércoles me encontré en un grupo de contactos gay a un chibolo de 20 años. Le mandé solicitud, me aceptó, chateamos buen rato, me cayó simpático, quedamos para vernos el sábado. Esa noche y las siguientes hasta el viernes, aluciné follando sin control con él en mi cama, inundando su ano con mi semen.

 

No había momento en que me quedara calato en la cama, pusiera dura mi verga de 15 centímetros y la frotara contra la almohada hasta que se me saliera la leche imaginando que perforaba su sabroso culito. Ni las duchas frías que tomaba me bajaban la calentura. ¡a la mierda! Cuánto esperma me hizo botar ese conchesumare.

 

Llegó el sábado. Como le dije que tenía sitio, organicé mi cuarto para que la cita fuese lo más placentera posible. Me fui bien animado a chambear.

 

A eso del mediodía, el huevón me pasó un mensaje: “No creo que la haga, causa… tengo un culo de trabajos de la universidad por entregar” ¡Carajo!, me dije. ¡Y qué iba hacerme esa noche? Porque si él tenía un culo de trabajos, yo no había dejado de alucinar cómo sería probar su culo mientras le hacía el amor. Ni modo. Me resigné. Algo haría. Quizás… pajearme como loco.

 

Salí de la chamba a eso de las seis y media de la tarde cuando otro mensaje me entró. Era el mismo chibolo. Yo estaba desganado, así que no le di bola. Pero el chico insistió. “Al diablo mis trabajos… ¿dónde nos vemos?” Puta madre. De solo pensarlo, se me fue el cansancio y hasta mi verga se puso dura bajo mi ropa. Y ya sentía el bóxer húmedo porque cuando se me para, lubrico como mierda.

 

Quedamos de vernos en el Paseo de las Musas. A pesar que yo había deseado ese momento, estaba medio nervioso. Me compré un roncito y me puse a tomar un poco como para darme valor. La huevada es que el chibolo no aparecía por ningún lado. Decidí acabarme la chata e irme a joder a otra parte.

 

Ya estaba tomando el último vaso cuando él apareció.

“Disculpa, brother”, me dijo todo humilde. “traté de zafarme, pero una vaina y otra…”

¿De qué vainas habla este huevón? Mejor estaba mi vaina, otra vez al palo, lubricando, especialmente con esa ropa entallada que le marcaba su físico, y ese pitillo que le destacaba su culito bien redondito y sus piernas gruesitas y firmes.

“Practico fútbol”, me contó cuando se sentó a conversar.

Compré otro ron y comenzamos a hablar. Le invité pero no quiso. Nos caímos en gracia. Cuando se acabó la segunda chata, llegó la duda:

“¿Dónde la seguimos?”, le dije, con la esperanza de que ya quisiera que cachemos.

“Vamos a la disco”, me propuso. No era precisamente lo que tenía en mente, primero porque ya le tenía hambre a ese culito y segundo porque no soy bueno bailando. Obvio, no le dije eso.

“OK… vamos”, le dije.

 

La pasamos bien en la disco. Como ya la había comenzado con ron, la seguí con ron. Quizás eso me dio valor para bailar. No sé ni cómo lo hice, o si hice el ridículo, pero el caso fue que también el chibolo aceptó tomar unos vasitos. Aprovechando la penumbra, me le acerqué y mi mano traviesa le acarició una nalga: estaba durita. Imagínense cuando nos tocó perrear, ahora era mi pinga la que se había puesto no durita al rozar su trasero… ¿estaba duraza!

“¿La seguimos en otro lado?”, le consulté.

“¿Dónde?”

 

En veinte minutos ya estábamos en mi cuarto. Apenas cerramos la puerta, nos besamos en la boca como locos. Qué rico sentir su lengua. Me imagino que le excitó mi aliento a ron. Comenzamos a quitarnos la ropa.

 

Ya calatos, nos abrazamos fuerte y dejamos que nuestras pingas duras se frotaran y rozaran. La suya también lubricaba un montón. Mientras nos besábamos, subimos a la cama.

 

Acaricié su culo de futbolista. Obviamente que así sin ropa era más redondito y firme que con ella. Aparte que esas nalgas lampiñas hacían que las caricias fuesen como pasar seda sobre porcelana.

 

Mis labios dejaron los suyos y comencé a besar suavemente su cuello con aroma de rico perfume varonil. ¿Bien!, dije yo. Él comenzó a gemir y jadear con tono de macho. ¿Bien, carajo!, dije yo. Los patas que se comportan como mujeres en la intimidad no me ponen nada.

 

Bajé a chuparle las tetillas. El chibolo se alocó más y acariciaba mi cabello. En realidad, me despeinaba. Seguí bajando. No tuve problema en chuparle su pene. No era largo o grueso, pero estaba ahí, levantado y duro como un gancho del que debía colgar toda mi boca caliente.

“Así, pata… la mamas bien rico”.

Succioné bien su pichula para ordeñarle un poco de precum y luego lo guardé en mi boca para buscar la suya e intercambiarlo junto a nuestras salivas mientras nos besábamos otra vez. Volví a bajar a seguirle chupando su rico pene.

 

Solito se fue acostando sobre mi cama. Abrió sus piernas para que le lama los testículos. ¿Requetebién!, dije yo. Solito levantó las piernas. Obviamente, ambos sabíamos qué queríamos.

 

Separé sus nalgas, saqué mi lengua, y, sin perder tiempo, fui a conquistar su anito cerradito. En mi excitación, quería penetrarlo solo con mi lengua. Él me agarró fuerte del cabello y quería que no deje de hacerle el beso negro. Miré un toque: ya estaba dilatándose. Decidí sopearlo más.

 

Me incorporé. Aprovechando mi saliva y mi líquido preseminal, le fui metiendo mi pene. El chibolo era tan estrecho que incluso para meterle la cabecita fue un poquito trabajoso. Así que me estiré, saqué el condón que había separado para esa noche especial, me lo puse, y luego saqué el lubricante y lo embadurné bien. Puse algo del gel en el ano de ese hermoso chico.

 

Empecé a empujarle mi pinga. Logró entrar todita poco a poco, pero, como era tan estrecho, me apretaba como mierda, y sentía que en cualquier momento ese ano iba a succionar mi falo arrancándolo de mi cuerpo. Comencé a mecerme. ¿Puta madre, por Dios! ¡qué hermosa sensación bombear ese agujero!

¡así,papito”, susurraba el chibolo. “Cáchame rico así”.

Ese pedido con voz de macho me calentó más, por lo tanto le di con todo y me moví como loco. El chibolo se quejaba medio rugiendo, como macho. Eso para mí era combustible. Le di más fuerte aún. Ambos estábamos fuera de nuestros seres entregándonos al sexo más rico que nunca antes nadie haya sentido.

 

Como me lo agarré piernas al hombro, mi pubis y mis bolas azotaban sus nalgas como un castigo placentero, que nunca desearía que acabe.

 

En un momento que tomé aliento para volverlo a cachar fuerte, él puso sus manos en mi pecho y me hizo entender que quería que me acostara. Lo hice. Ese hermoso nene se sentó sobre mi verga, se abrió bien sus nalgas y se dejó clavar por mi herramienta sexual. Comenzó a cabalgar como loco. Ahora era su hermoso culo de futbolista el que azotaba mi piel. Siguió gimiendo y jadeando. Por ratos se inclinaba y me besaba en la boca sin dejar de mover ese fabuloso trasero.

 

Estuvimos buen rato así hasta que…

“Ya las voy a dar”, le dije.

Él me sonrió.

“Quiero quitarme el condón y llenarte el culo con mi leche”, le dije.

Volvió a sonreír y me señaló su boca lo más pendejamente que puedas imaginar.

 

Cuando sentí que ya no iba a aguantar más, le dí unas nalgaditas y él se desconectó de mi pene, se arrodilló sobre mi cama y yo me puse de pie sobre ella. Me hice una paja que era capaz de arrancarme mi pinga y le di toda mi leche en su boca. Él no solo la saboreó; se la ttragó como quien traga el licor más rico del mundo.

 

Me incliné a besarlo en la boca nuevamente.

“La pasé de la puta madre”, le dije.

“Yo igual”, me respondió.

Para entonces, el efecto del ron se nos había pasado. Nos quedamos conversando un rato y cuando nos dimos cuenta, ya casi estaba amaneciendo.

 

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domingo, 29 de enero de 2023

Gozando nuestros culos en simultáneo

Si su cuerpazo ya me había sorprendido, me sorprendió mucho más la pose que hicimos para disfrutar de nuestros anos.

 


Hola. De nuevo soy Gonzalo. Con esto de las protestas, la empresa para la que trabajo ya no nos está enviando al sur ni a la selva del Perú, así que ha decidido reforzar la chamba en el norte.

Mis jefes me comisionaron para ver unas vainas y yo acepté gustoso. Con un poco de suerte, podría darme un salto a esa playa solitaria, si seguía solitaria, para estar un rato cachando a ese pescador que conocí la vez anterior.

Lo primero que hice fue mensajearlo. Al responder me dijo que esos días estaba en alta mar, en plena faena, y que era complicado que nos reunamos. Ni modo, dije. No tiene sentido ir a la playa. Encima, llegando a Piura, mis jefes me escribieron que esté atento porque deseaban cerrar negocios con un cliente, así que no podía moverme de la ciudad. Y tal cliente no tardó en aparecer. Me llamó al celular y me pidió que me reúna con él.

Como para mí el calor acá está fuerte, me puse una camisa delgada y un pantalón delgado muy fresco. Me presenté a la oficina del cliente: un pata casi de mi edad, guapo, en una oficina muy ventilada y vestido en polo. Me recibió.

Cuando se levantó para saludarme, me percaté que vestía una bermuda. Mi ojo clínico al toque se dio cuenta que el pata tiraba su gym.

Hablamos del negocio, llegamos a buen trato; me ofreció celebrarlo:

“Te invito a comer a mi casa”, me dijo.

Como supondrán, yo no podía negarme porque acabábamos de cerrar parte de un trato. Así que me subí a su camioneta. Allí dentro pude confirmar que sus brazos y piernas eran puro gym. Lo mismo su torso. No pregunté. Cuando entrenas también, desarrollas un ojo clínico. Procuré ser discreto y comenzamos a hablar de otras huevadas.

Conforme avanzamos, me di cuenta que salíamos de la ciudad. En cuestión de media hora, o más, llegamos como a un fundo lleno de algarrobos. Y, escondida entre ellos, una linda casa con su jardín. Bajamos.

La sombra de los árboles atenuaron el calor un poco a la vez que refrescaban el aire. De más está decir que me sentía complacido respirando aire puro. El pata regresó:

“Mira, van a demorarse una media hora en traer el almuerzo… ¿estás apurado?”

“No”, le respondí. “Para nada”.

“Mostro”, me dijo. Se fue por ahí hablando por su celular.

Si hubiese estado solo, hacía rato que me hubiese calateado y recorrido ese fundo a mis anchas, pero… era solo un invitado.

El pata regresó:

“Adelante, por favor. ¿Quieres tomarte algo helado mientras nos traen la comida?”

“Claro, por qué no”.

Dentro de su sala hacía un poco de calor, hasta que viendo a la mampara del fondo creí notar algo parecido a una piscina o una fuente. Asumo que el pata se dio cuenta.

“¿Quieres darte un chapuzón?”, me dijo.

Yo me avergoncé un poco.

“No traje ropa de baño”, me justifiqué.

“Yo menos”, dijo el pata. “¿Si quieres, báñate calato”.

“Pero, ¿y tu familia?”

“Mi esposa está trabajando en Piura, mis hijos están en vacaciones útiles, esto solo lo ocupamos los fines de semana… salvo que te paltee estar calato; entonces, lo entendería”.

“No… no me paltea estar calato en una piscina”.

No quise ser majadero. Levanté mi culo de ese sofá y seguí al pata. Por cierto, tiene un hermoso culo, o al menos eso traslucía la bermuda que se puso.

Abrió la mampara. No era una piscina propiamente dicha, pero esa agua cristalina que brillaba al sol no podía desaprovecharse. Me quité mi camisa, mis zapatos frescos, mi pantalón y mi bóxer. Me metí al agua: estaba tibia.

La fuente no era profunda. Me senté y solo me cubría hasta el pecho. Qué rico sentir el agua cubriendo mi cuerpo desnudo. Cerré los ojos. Disfruté el momento.

“Tu trago”, me dijo el pata sacándome de mi meditación.

Estaba calato también. No me había equivocado: su cuerpo era puro músculo magro, bien esculpido en el gym con ese tono trigueño oscuro que resaltaba sus formas. Su pene parecía normal. Su vello púbico parecía recortado. Era más lampiño que otra cosa.

Se metió a la fuente junto a mí. Chocamos los vasos.

“Por el inicio de una fructífera relación… de negocios”.

“Porque todo salga bien… en los negocios, quiero decir”, respondí sonriendo.

Me preguntó qué me parecía la jato; le dije que bravaza.

“Vas al gym, ¿no?”, me lanzó.

“Sí”, le respondí extrañado. “Tú… también, ¿no?”

“Sí… algo”.

“Tienes un cculazo... ¡perdón! Un cuerpa…”

El pata se carcajeó. Yo me arroché más.

“No eres el primer pata que me lo dice”, me tranquilizó palmeándome el hombro. “Lástima que no pueda devolverte el cumplido”.

“¿Por qué?”, pregunté aún arrochado.

“No he visto tu culo aún”.

“¿Quieres verlo?”

“Si deseas”.

Yo sonreí y, sin tanto roche, me puse de pie dándole la espalda.

“Redondito, blanquito y lampiño… ¿puedo tocarlo?”, me dijo el pata.

“Sí, creo”.

Sentí sus suaves manos  primero tanteando, luego sobando, finalmente acariciando. Mi pinga se estaba poniendo dura. Entonces sentí  que con dos de sus dedos me separaba mis nalgas justo a la altura de mi agujero.

“Estás pito”, me dijo.

“¿Tú también estás pito?”, le devolví.

“A ver… mira”.

Giré. Él se había puesto de pie y se había apoyado en el filo de la fuente. Separó sus piernas, como en las cárceles gringas, y me miró sonriendo. Yo, ya sin roche y con mi pinga bien dura, me agaché a verlo. Le separé sus nalgas.

“Creo que también estás pito”, le observé.

“Bien pito”, me confirmó. “pero creo que tú te mueres por clavarme esa pinga en mi culo, ¿o no?”

“¿Por qué dices eso?”, me palteé.

“Porque la tienes bien al palo, y seguro con la leche a punto de derramarse”.

Yo me quedé helado.

“Ven, hagamos algo”, me invitó.

Fuimos hasta uno de los dormitorios, y así calatos nos echamos frente a frente. Nos revolcamos abrazados en la cama mientras nos besábamos en la boca. Nuestras pingas duras se presionaban una contra la otra. No saben lo rico que se sentía todo eso. Entonces dejó de besarme:

“Déjame hacerte un beso negro, y tú me lo haces a mí también”.

“si solo es beso negro, chévere; pero, ¿quién comienza?”

“Hagámoslo al mismo tiempo”.

Yo me quedé idiota. ¿Cómo iba a hacerse eso? Sin embargo, ese piurano tenía un método: haciendo el clásico 69, comprimiendo un poco los abdominales, era posible que nuestras lenguas pudieran alcanzar los anos y las nalgas del compañero mientras nuestras pingas se frotaban contra nuestros pechos y nuestras bolas bailaban en nuestros cuellos. Las caricias de su lengua en mi ano eran por demás placenteras; imagino que las mías en el suyo lo eran igual.

Ni en mis más arrechos sueños húmedos hubiera pensado en ese modo de darnos placer al mismo tiempo, mucho más cuando comenzamos a pajear nuestros penes a puro movimiento de cadera. Sudábamos, pero, qué mierda, esto era mil veces mejor que meterla en su ano.

Y así, entre lamida, caricia y frotación, no pude más y le solté todo mi semen en su pecho. Me prendí a su ano y sus nalgas como si fuese mi más querido muñeco de peluche.  Yo solo jadeaba.

Minutos después, pude sentir su eyaculación caliente en mi pecho. Él siguió haciéndome el beso negro.

Entonces sonó su celular. Se levantó y lo contestó. Pude ver toda su espalda, culo y piernas bien formados. ¡Qué cuerpazo me había comido esa mañana! Cortó.

“Bañémonos en la ducha: el almuerzo está por llegar”, me avisó.

“Oye… ¿te gustó?”

El pata me sonrió:

“¡Me encantó! Y ahora que vamos a estar haciendo negocios, lo vamos a repetir. ¿No crees?”

Yo sonreí. Definitivamente esa era una buena idea.

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viernes, 18 de noviembre de 2022

ASS (53): Somos hombres, ¿no?

    

    


Tras su jornada de prácticas, Pedro descansa totalmente desnudo en el dormitorio de la casa que ocupa Eliezer en Castilla. Tocan su puerta. Despierta y lo primero que nota es que su pene está duro como piedra.

No siente roche de taparse la erección así que se levanta y abre la puerta; total, allí solo viven Eliezer y él…

¿qué tal susto!

“Bu-bu-bue…”, dice un chico fornido cubierto por un un uniforme de sereno.

Pedro se queda congelado allí, con la puerta abierta, y el pene duro.

“Su-su-su… don Eliezer me mandó para ver si necesita ir a alguna parte”.

Pedro lleva una de sus manos hacia su miembro erecto para cubrirlo, sin mucho éxito.

“No”, responde tragando saliva y aliviándose del susto. “Me quedaré aquí”.

“Ah, entonces… puedo retirarme, si gusta”.

“¿Qué hora es?”, se pregunta Pedro, ya con su pene semi-erecto. Voltea hacia la mesa de noche.

El sereno le mira las nalgas lampiñas y redondas, firmes y bien formadas. Ahora su pene es el que comienza a ponerse duro.

“Va a ser las cinco”, reacciona Pedro, ensimismado.

“entonces, me regreso a la base, si usted no tiene problemas”.

Pedro se pasa la mano por la cara. Su pene ya no está erecto ahora, pero una gota de líquido preseminal rueda por su muslo derecho, producto de la lubricación interna de su miembro.

“¿qué harás en la base?”

“Aburrirme esperando órdenes”, responde el sereno, con una ligera sonrisa.

“Ah, perdona que esté calato y…”

“No, joven, no se preocupe… es normal… somos hombres”.

“Pero estaba con la… con el… ufff”.

“Seguro estaba durmiendo rico, digo, profundo, y a lo mejor estaba soñando algo… ya sabe”.

Pedro sonríe:

“Mejor entra y cierra la puerta; no quiero que llegue mi tío y crea que tú y yo hemos…”

“¿Tenido relaciones?”

Pedro vuelve a sonreír:

“No es mi intención ofenderte”.

El sereno entra al cuarto y cierra la puerta tras de sí.

“No se preocupe, joven”, tranquiliza. ”yo sé que si entrara y sospechara eso, usted lo negaría totalmente”.

“¿Por qué estás tan seguro de eso…? ¿Me dijiste tu nombre?”

“Huamán. Todos me dicen Huamán en el serenazgo”.

Pedro se sonríe otra vez:

“¿Por qué estás tan seguro de que yo negaría que tú y yo tuvimos relaciones sexuales, Huamán?”

“Porque se nota que usted es legal, joven…”

“Pedro… Mi nombre es Pedro”.

“Usted es legal, joven Pedro… y… si hubiese sido verdad, yo no me avergonzaría… Por lo menos me culparían de haber tenido relaciones con un joven tan legal y… guapo, como usted, y no con alguno de esos choros y gente de mal vivir que capturamos”.

“Debería tomarlo como un piropo, ¿no?”

“Usted vea, joven Pedro”.

Entonces el sereno le mira la entrepierna. Pedro se da cuenta y baja su mirada también: su pene está erecto otra vez. A continuación, mira de nuevo a Huamán.

“Mejor voy a ducharme”, avisa Pedro con una media sonrisa.

“yo lo espero, joven. Con su permiso, me retiro”.

“Hazme conversación al menos… mientras me ducho… si mi tío llega, le diré la verdad”.

“¿También le dirá que lo vi con la pinga al palo?”, Huamán baja un poco el tono de su voz.

“A la mierda con eso… Tú estás en ventaja: estás vestido”.

“¿Quiere verme calato, joven?”, se arriesga Huamán.

Pedro lo piensa unos segundos.

“No sería mala idea”, responde.

El sereno sonríe y, sin esperar confirmación, se saca el polo entallado, revelando un pecho fuerte y masivo, quizás no con un abdomen definido pero sí plano, sin llantitas. Se desabrocha la correa de tela y se inclina a sacarse las botas. Entonces, se desabrocha el pantalón, se baja la cremallera. Al bajarse el pantalón, un coqueto micro-bóxer cachetero color blanco contrasta con la piel cobriza del muchacho. Y esas piernas, son simplemente dos troncos de árbol añejo, fuertes, anchos, velludos.

Aunque lo que llama la atención de Pedro es lo que aparenta ser un pequeño tronco que se marca en la tela blanca de la ropa interior.

Huamán se saca las medias, por fin.

“¿¡Sigo, joven Pedro?”

“Somos hombres… ¿no?”, sonríe el aludido.

Huamán se baja el micro-bóxer: efectivamente su pene está erecto… y no es tan pequeño como parecía. Mas bien es gordito y parece lubricar mucho a juzgar por el brillo del glande. Quizás necesita un poco de recorte en el vello púbico. Quizás no.

“ya estamos calatos los dos”, anuncia el sereno con una sonrisa cachonda.

“y con el pene erecto”, agrega Pedro.

“Somos hombres”, reitera Huamán.

El joven anfitrión vuelve a sonreír:

“Solo falta que tengamos relaciones sexuales”.

Huamán sonríe también:

“No me jodería”.

Ambos jóvenes se miran fijamente a los ojos. Entonces, Pedro ya no puede más con la excitación. Se acerca a Huamán, pega su cuerpo y lo acaricia:

“Tienes la piel suave”, le susurra.

“Tú también”.

Pedro, entonces, aproxima su cara a la de Huamán. Lo besa en la boca. Mientras las lenguas de ambos  combaten golosamente, sus manos recorren las espaldas y los culos mientras sus penes erectos se refriegan uno contra el otro.

Huamán, entonces, toma la iniciativa y empuja a Pedro a la cama logrando acostarlo boca arriba. Luego, descansa toda su humanidad encima de ese terso cuerpo.  Pedro abre sus piernas y está dispuesto a sentir cómo la masculinidad del sereno se puede hundir en su culo, cuando…

“¡ya vine!”, se oye desde el pasadizo.

Pedro y Huamán se dejan de besar y se miran sudorosos y estupefactos.

Y para terminar, te dejamos con un video porno gay.


domingo, 6 de noviembre de 2022

ASS (51): Monumentos de hombre

Enrique y José Luis por fin cierran un trato y lo celebran con un ‘adelanto’ de orgía gay.



A primera hora del martes, Julián está nadando en la Piscina Comunitaria. Viste su trusa olímpica roja, gafas de bordes transparentes y la consabida gorra impermeable. Tres chicos más nadan junto a él pero entrenando por separado. Al terminar un largo, se encuentra con Flavio justo debajo de uno de los podios.

“No sé cómo puedes nadar en esta agua tan fría”, le comenta tratando de no tiritar.

Julián sonríe: “Vengo de un clima más frío, ¿recuerdas? Anda, nada. No quiero que te acalambres”.

Flavio se baja las gafas y se lanza a nadar. Viste un bañador celeste con una franja lateral plateada.

Willy los sigue desde fuera del agua hasta casi chocarse con enrique quien mira la escena muy discretamente tras unas gafas de sol (a pesar que está nublado) y una gorra negra. Entonces, el celular de enrique vibra. Lo saca: “Ya llegaron”.

El productor porno gay gira en 180. Al fondo llega Eliezer. Se le acerca y se saludan con un abrazo.

“Dijo que sí, pero por razones obvias no pudo bajar. ¿Podemos ir a tu casa? “

El mexicano hace una seña a Willy. El camarógrafo se acerca al borde de la piscina y le hace la misma seña a Julián: es hora de irse. El nadador le responde con el pulgar hacia arriba. Cuando Flavio termina su largo, ambos salen del agua.

Solo en ese momento es posible apreciar en toda su plenitud el cuerpo bien trabajado de ambos varones: cada músculo en su sitio, todo un poema a la perfección masculina, un monumento viviendo a la vitalidad y virilidad…

Enrique se adelanta hasta su casa en Los ejidos para cumplir su rol de anfitrión. Manda a Flavio y Julián quitarse el cloro de la piscina. Ambos suben hasta uno de los dormitorios.

Tras entrar y cerrar la puerta, ambos se quitan toda la ropa y la dejan lista para lavar.

“Y pensar que en esas fotos y cuando te pones esa trusa, parece que tuvieras un pene chico y unas pelotitas”, comenta Flavio, entre seductor y divertido; “pero, cuando te quedas calato, realmente tienes un rico pene y unas hermosas bolas”.

Julián sonríe: “Darías lo que sea porque te clave mi pene en tu ano, ¿cierto?”

“Daría lo que sea por pasarme todo el tiempo del mundo contigo haciendo el amor, mi campeón”.

Julián sonríe de nuevo, se acerca a Flavio y lo palmea en una de sus redondas y firmes nalgas:

“A partir de mañana, creo que cacharemos hasta por gusto”.

Julián se mete a la ducha, Flavio lo sigue.

“¿Y podríamos hacer un ensayo ahora?”

Julián abre la ducha y se mete bajo la lluvia; el agua comienza a mojar su blanco cuerpo:

“Tengo que guardar leche para las grabaciones”.

“Yo puedo enseñarte cómo cachar sin llegar a eyacular”, sonríe Flavio mientras comienza a sobar la espalda húmeda del nadador.

“Hablas huevadas”.

Entonces, Flavio arrima todo su cuerpo y su pene erecto se encaja entre las nalgas de Julián:

“¿Aguarda, oe!”, reacciona el nadador.

“Confía en mí, campeón”, susurra Flavio mientras comienza a dar suaves pellizcos a las tetillas de Julián, y a mover lentamente su pinga al palo al medio del culo del nadador, quien, inexplicablemente, comienza a sentirse más relajado que de costumbre.

Abajo en la sala, José Luis y Eliezer están sentados en el sofá; en un modular va enrique, en el otro va Willy.

“Hermosa casa”, comenta José Luis; “parece que el porno es un buen negocio”.

“Creo que todo negocio es bueno si sabes cómo administrarlo”, sonríe enrique.

José Luis devuelve la sonrisa y se concentra en las agradables facciones del anfitrión:

“Vamos a cerrarles la piscina por dos días”, comienza a informarle; “al público le diremos que se trata de un mantenimiento preventivo. Yo cumplo con mi parte. Lo que no termino de entender es cómo ustedes podrían beneficiarme políticamente”.

“Simple”, explica enrique. “Sin ofender, pero los políticos se han devaluado mucho estos tiempos porque hablan de más y hacen menos o nada; en el mundo actual, las palabras sobran y son las acciones las que cuentan”.

“¿entonces?”

Enrique se pone de pie. Comienza a quitarse la ropa:

“El mercado gay y bi de Piura es el santo grial de cualquier marketero de este planeta porque no está tan disperso como en otros países, incluso México o Estados Unidos, que son lo que mejor conozco… Piura, Sullana, Paita, Talara, Chulucanas, Sechura… Son los lugares desde donde recibo más clientela… Y no solo te hablo de las ciudades sino de todo lo que hay alrededor”

“¿Me hablas de  la disco de ambiente?”, interrumpe José Luis mientras su mirada se posa ahora en los fuertes pectorales de Enrique, ya al desnudo.

“el antro de ambiente, el servicio de escorts, los shows privados, mercancía para adultos…”

“Y son los grandes mercados electorales de Piura”, se da cuenta Eliezer.

Enrique se afloja la hebilla de su cinturón y se desabotona el pantalón:

“Conozco cuáles son las obras emblemáticas de su gestión: si usted me autoriza a usarlas como locaciones para mis videos porno gay, la gente asociará inconscientemente el lugar con su gestor; incluso hasta lo podrían visitar… una especie de turismo gay”.

“Mensajes subliminales”, agrega Eliezer como descubriendo la pólvora.

“No,no pretenderás filmar escenas de sexo gay en las obras que yo gestioné”, atinge José Luis mientras ve el pequeño slip que no disimula el paquete de Enrique, quien ya deslizó su pantalón hasta las rodillas.

“Solo si usted me lo autoriza”.

Enrique hace una seña a Willy. Éste sube a la planta superior.

“Los desnudos están prohibidos en público por ley”, observa Eliezer. “Mucho más tener relaciones sexuales en la calle”.

“Me refiero a que si la obra tiene el espacio adecuado para montar una escena de sexo, como la piscina, y usted me lo autoriza, sí”, aclara Enrique, quien ahora solo se queda vistiendo su ajustado slip allí en medio de su propia sala. “Pero si no, solo la usaría como exteriores, y los interiores los haríamos en otra parte”.

El pene de José Luis está duro y pugnando por salir de su pantalón. Ya no sabe cómo sentarse en ese sofá para que su miembro se acomode y no le moleste.

En ese momento, Flavio y Julián bajan del segundo piso, calzando sandalias, sus cuerpos solo cubiertos por breves toallas.

“¿Tenemos un trato?”, sonríe Enrique, muy seductor.

José Luis no sabe dónde posar su mirada. Los tres monumentos de hombres tienen las manos listas en sus prendas y quedarse desnudos va a depender de su respuesta.

“Te prometo que todo está bajo control”, le dice Eliezer en voz baja mientras le toca el muslo.

Segundos de silencio.

Willy también baja solo en toalla y sandalias. No es un cuerpo de gimnasio, pero tampoco es un físico despreciable.

“Tenemos un trato”, afirma José Luis.

Enrique sonríe; se baja el slip. Flavio y Julián se quitan las toallas y se acercan al productor. Willy, aún bajando las escaleras, hace lo mismo.

“Gracias”, dice a José Luis. Entonces gira hacia Flavio y lo besa en la boca mientras con una de sus manos le acaricia el culo. Termina, gira al otro lado y hace lo mismo con Julián.

Lo que viene a continuación es un show caliente de caricias y besos que incluye apreciar cuatro penes erectos haciendo una continua guerra de espadas.

José Luis está excitadísimo. Eliezer le sigue acariciando el muslo.

 “Vengan, participemos”, invita willy.

En un par de minutos, seis varones desnudos, cuerpos bien trabajados, cada uno en su volumen, se rozan, acarician, besan. Manos recorriendo espaldas, manos recorriendo culos, manos masajeando penes, manos, manos, manos.

El show dura unos veinte minutos hasta que Enrique abraza a José Luis y lo besa en la boca mientras le coge fuerte las nalgas:

“Esto es solo un adelanto… te prometo que el viernes en la noche, te agrego tres chicos más”.

“¿Me vas a dejar con las ganas?”

“No, te la voy a mamar hasta que me des todos tus mecos en la boca… pero ellos sí necesitan guardarlos para que la escena salga bien padre”.

José Luis no reclama. Enrique se arrodilla y comienza a chuparle el pene. Ni siquiera en sus épocas de futbolista cuando veía a diez hombres calatos en las duchas, José Luis se sentía tan arrecho como ahora. Encima, Enrique la sabe mamar como los dioses. Por más que se resiste, termina eyaculando en la boca del productor.

“Tus mecos son deliciosos”, le susurra Enrique.

Y para finalizar, te dejamos con un #video porno gay.


sábado, 17 de septiembre de 2022

ASS (46): Juan y Paco cachan en la parcela

Tras una noche de algunas copas, una noche de rico sexo termina de mala manera.



Casi a las once de la noche del domingo, Paco sale de un barcito de poca monta en una calle céntrica de San Sebastián. Se llama El Cimarrón y es punto fijo de levante gay. Pero esa noche no fue muy propicia que digamos. Con tres copas de vino encima, lo único que ha conseguido el docente es aplacar un poco su sensación de frío. Al llegar a la esquina para tomar el mototaxi, cruzando la acera viene andando un chico que no había visto antes en la ciudad. Se le nota delgado pero no escurrido, algo atlético. Paco no lo pierde de vista; de hecho, cruza y se le coloca muy al alcance. Nota que el muchacho parece estar buscando algo.

“Hola”, al fin le lanza cuando lo tiene muy cerca.

“Hola”, le responde el chico pero pasa de largo. O casi. “Perdona, busco la calle Los Cardos, ¿sabes dónde está?”

“Te puedo llevar”, le responde Paco con cierto gesto coqueto.

El muchacho sonríe, agradece y accede.

Al llegar a la calle indicada, el paseo a dúo parece finalizar.

“Ya, aquí me oriento al paradero de mototaxis”.

“Pero esas mototaxis van al campo”.

“es que cuido una parcela acá cerca de la ciudad”.

Paco se desilusiona un poco:

“Ah, tienes que regresar a ver a tu familia…”

“No, yo la cuido solo. El dueño es de aquí, pero vine a cenar donde unos familiares y me hice tarde”

“¿Quién es el dueño?”

“Un señor llamado  Julio… ha sido futbolista”

El cerebro de Paco parece despertar. Finge buscarse algo en el bolsillo y poner cara de preocupación.

“¿Qué te pasa, pata?”, pregunta el joven.

“Mierda… no saqqué las llaves de mi casa, ya a esta hora mi vieja no me abre la puerta ni cagando”.

“¿Qué harás?”

“Pasar la noche en la calle, pues… ¿cómo me dijiste que te llamas?”

“Juan… mucho gusto”.

“Yo soy Paco… Tendré que buscarme una cómoda banca en un parque y pasar la noche ahí”.

“Pero… hace mucho frío, es peligroso”. El muchacho parece reflexionar algo. “Tengo una idea, Paco”.

Veinte minutos después, una mototaxi los deja en la puerta de madera que accede a la parcela de Julio, y cinco minutos después, en el cuarto que ocupa Juan.

“Hace más calorcito aquí”, comenta Paco sonriendo.

“Sí, de hecho yo duermo calato… como nadie entra aquí”.

“Ah, que coincidencia”, finge Paco. “Yo también duermo calato en mi casa”.

“Durmamos calatos, entonces”, invita Juan. “Total, somos hombres, ¿no?”

No pasan ni dos minutos, y ambos varones ya están desnudos dentro de la cama, tapados con esa gruesa colcha de alpaca.

“¿Se siente rico dormir calato, no?”, prosigue Paco.

“Sí”, confirma Juan. “Y más cuando se te para la verga”.

“¿Tienes la verga al palo?”, pregunta Paco fingiendo inocencia.

“Duraza”, sonríe Juan en la oscuridad.

“No te creo”, finge refutar el docente.

“Tócala… si quieres”, dice el otro chico, pero la invitación viene con cogidita de mano bajo la colcha a lo que Paco no se hace de rogar: efectivamente, el pene del muchacho está duro y grueso.  Paco lo toma y comienza a explorarlo.

“¿Cuánto mide?”

“No sé. ¿Por qué?”

“Es grandecito”.

“¿Tú crees?”

“Sí”, responde paco.

“¿Quieres… chupármelo?”

Paco entiende que hace rato le han sacado línea y que no vale seguirse con rremilgos. Sonríe en la oscuridad. Se interna bajo la colcha, recorre con su mano libre el marcado cuerpo de Juan y llega a su falo. Lo huele un poco. Parece limpio. Abre la boca y le lame la cabecita en círculos.

“Rico, carajo”, suspira Juan.

Poco a poco, Paco se va metiendo un ttrozo más del pene erecto dentro de su boca hasta tragárselo todo. Como su culo está a la altura de la cara de Juan, éste último se moja el índice derecho con su saliva y le va acariciando las lampiñas y firmes nalgas hasta dar con su ano. Comienza a meterle el dedo poco a poco. Paco comienza a gemir mientras sigue tragándose ese sable de 17 centímetros.

“La chupas rico, pata, y tu culo está sabroso”.

Tras varios minutos de la maniobra, paco deja de mamar la verga, y destapando a ambos, gira y se sienta sobre el pene de Juan:

“Ahora vas a gozar rico, papito”.

Paco coge el falo y lo calibra dentro de su ano. Comienza a metérselo con facilidad debido a la saliva que le ha dejado y a que el dedo de su amante lo ha dilatado lo suficiente… aunque ese ano tiene cierta lubricación extra.

Paco cabalga el pene de Juan por largo rato mientras se apoya en los marcados pectorales del otro chico, quien no deja de acariciarle las nalgas.

“Te cacho en cuatro”, propone Juan.

Paco acepta, adopta la posición y ahora deja que el mancebo lo bombee con cierta firmeza. Paco gime de placer. Definitivamente, ese chico sabe cómo penetrar el ano de otro hombre. La ingle del activo chasquea al chocar con las nalgas del pasivo.

“las voy a dar”, anuncia Juan.

“Dame tu leche, papito”… dame toda tu leche”.

“Ahhh”, gruñe Juan, y eyacula dentro del recto de Paco.

Juan sigue gruñendo de placer por algún tiempo más hasta que saca su miembro, y se baja de la cama.

Luego que ambos se limpian, regresan al lecho. Vuelven a cubrirse bajo la colcha.

“Sabes que tu cara me es conocida de algún lado”, le lanza Juan.

“¿Sí? ¿de dónde?”

“Eso es lo que trato de recordar, pero ya te he visto antes”.

“San Sebastián no es grande; quizás de ahí”.

“Quizás”, reflexiona Juan.

Ambos se quedan profundamente dormidos.

A las cinco de la mañana, Paco despierta y tras esperar a Rodo, el mototaxista, regresa a casa. Antes de salir, se despide de Juan con un profundo beso en la boca.

“¿Volveremos a vernos?”, le consulta.

“Ya tienes mi número”, le sonríe Juan. “Coordinamos”.

Paco sonríe.

Durante el trayecto de regreso, Rodo no se aguanta el comentario:

“Ya se te hizo costumbre venir a esta parcela, no?”

“Te la perdiste”, le dice el docente muy suelto de huesos.

De pronto, algo inesperado. Una camioneta sale de una parcela justo antes del puente que conecta con las primeras casas de la ciudad. Rodo trata de evadirlo.

La mototaxi maniobra mal y cae al canal que está al lado de la carretera, quedando llantas arriba.

Rodo y Paco quedan inconscientes.

Y para terminar, tedejamos con una porno gay.


martes, 30 de agosto de 2022

El precio de Leandro 3.1: Un casting porno gay


Ese martes, Rico recoge a Leandro al finalizar el entrenamiento en el Estadio Municipal, y en lugar de llevarlo para su casa en el norte de la ciudad, lo lleva hacia el centro sur, muy cerca de la casa de novios y la Torre Echenique, la que se divisa algunas cuadras en dirección al mar. Se estacionan en una quinta, y tras pasar el portón de metal sin tanto enlucido, llegan a una de las viviendas de dos pisos pintada en blanco casi impecable. Adentro, el color es el mismo, solo que apenas si hay un sofá cubierto por un trapo como toda mueblería, una cortina blanca traslúcida que da una hermosa iluminación difusa, sin muchas sombras, una especie de gran dintel que separa lo que debería ser el comedor, y una puerta al fondo que lleva a la cocina y otra a a la derecha que lleva a las escaleras del segundo piso, a las que se puede acceder también por la mampara enorme en lo que debería ser la sala. Rico quita el trapo del sofá e invita a que Leandro tome asiento.

“¿Cómo conseguiste esto?”, pregunta el futbolista, quien no ha cerrado la boca desde que ingresó.

“Contactos”, responde lacónicamente el nuevo amigo, con una enorme sonrisa que agranda más su boca de labios carnosos.

Leandro toma su mochila y saca algo: un sobre manila que alcanza a Rico, quien, al abrirlo, sonríe entrañablemente.

“¡La ampliaste!”, exclama al ver que se trata de su foto en la computadora pero esta vez en un papel brillante de veinte por treinta. “Ni siquiera tengo el original de esta foto”.

“Claro que al diseñador le costó trabajo recuperarle la nitidez, pero quedó bien”, explica Leandro también entre sonrisas.

“Qué va, chico. Quedó estupenda”.

“Entonces, cuéntame de tu proyecto aquí, porque me dijiste que solo me lo contarías cuando llegásemos”.

Rico coloca el sobre en una caja de cartón que está pegada a una de las paredes y se sienta junto a Leandro.

“Quiero montar aquí un pequeño estudio para hacer fotos y videos”, le confiesa al fin eltaxista.

“Suena bien”, vuelve a sonreír Leandro. “¿Y ya tienes clientes?”

“Más o menos… ¿Cuánto ganas al mes por modelar y patear pelota, Leandro?”

“Veamos…. Setecientos un mes malo… Hasta mil doscientos un mes bueno. ¿Tú?”

“en el taxi me saco como cien diarios”.

“¡Oe, no está mal!”

“Pero lo reparto en tercios, Leandro: un tercio pa’ mi familia en mi país, un tercio pa’ ahorro, un tercio pa’ mis gastos”.

“Igual, Rico, eso es mil líquidos solo para ti; yo tengo que repartirlos en todo”.

“Lo sé, Leandro. Pero da la casualidad que hay un trabajo donde puedes sacarte dos mil quinientos en dos días, y eso para empezar”.

“¿A quién hay que matar?”, bromea Leandro.

Rico sonríe:

“A nadie; mas bien, posar desnudo y erecto”.

Leandro se queda en silencio por unos segundos.

“Perdona”, le aclara Rico, creyendo haber estropeado el momento.

“NO… para nada”, reacciona al fin su invitado. “¿Dos mil quinientos por posar calato y al palo?”

“Y pajeándose hasta acabar”, añade Rico. “Cuatro sesiones de hora y media a dos horas, hasta tres, durante dos días”.

Leandro no tiene que hacer mucha matemática para entender que en cuarenta y ocho horas puede sacar el equivalente  a tres meses de trabajo si las cosas van mal, o dos si todo va bien; y aún queda un sobrante.

“¿Pero y esas fotos dónde se van a ver, Rico?”

“El contrato dice en los Estados Unidos; pero ya sabes cómo es Internet: se filtrarán como les ocurrió a esos culturistas de acá”.

Leandro recuerda vagamente que ocho años atrás, un programa de espectáculos por televisión, chismes de farándula mas bien, sacó un informe donde revelaba que varios musculosos habían posado como Rico propone, y las imágenes terminaron filtrándose. Aunque no lo confiesa, él sabe que incluso, a pesar de una guerra por los derechos de autor, los videos de cuarenta minutos en promedio están subidos por usuarios privados. Piensa en cuál sería la reacción de su madre (la vieja se infartaría sí o sí, reflexiona), qué pasaría en su equipo, qué pasaría con sus aspiraciones:

“¿Y qué hay que hacer para chambear en eso?”

“Hacer una pequeña sesión de prueba”, replica Rico.

En cuestión de minutos, se organiza una en esa sala. El taxista saca una cámara fotográfica semiprofesional (ante la sorpresa de Leandro) de la caja de cartón y se dispone del espacio entre la sala vacía y el comedor también vacío. Leandro deja la mochila en el sofá y toma su marca. Lo mismo Rico, quien durante los próximos minutos comenzará a dar órdenes a su modelo, como los grandes fotógrafos profesionales:

“Manos a la cintura… así, sonrisa… pie izquierdo algo más adelante, no tanto, ¡ahí!”

Y conforme la sesión avanza, Leandro va perdiendo cada una de sus prendas hasta quedar como Dios lo trajo al mundo.

“eso, aprieta el culo… bien”, ordena Rico. “Gira… Acaríciate… Mano al huevo… eso… Masajéatelo”.

Leandro comienza a masturbarse, pero parece no conseguir el resultado que Rico espera:

“¿Demora en ponerse duro?”, consulta el fotógrafo ad-hoc.

“Lo que pasa es que no hay mucha estimulación”, sonríe Leandro pendejamente.

“Te pongo una porno”.

“No, eso no hace mucho efecto… Si hubiese alguien que…. La chupe”.

Rico ahora ssonríe pendejamente:

“¿Y cómo debe ser ese ‘alguien’?”

“Alguien que la sepa chupar”, guiña un ojo el modelo desnudo.

Un par de minutos después, Rico está arrodillado ante el cuerpo del adonis al natural practicándole sexo oral.

“¿Por qué no te quitas la ropa?”, suspira Leandro.

Rico accede, y si su trasero es motivo de alabanza pública, el de su nuevo amigo no se queda atrás: ahora sí, su erección es plena. Rico toma más fotos hasta que Leandro siente el cosquilleo que anuncia el orgasmo:

“Las voy a dar”.

“Aguarda”, pide Rico, quien apaga la cámara, la pone en el cajón de cartón, se acerca al otro muchacho, lo abraza frontalmente apretando su excitación contra la otra, y comienza a besarlo en la boca. Aunque no se tienen más imágenes, la sesión finaliza con ambos haciendo el amor tiernamente sobre el sofá.

  

jueves, 18 de agosto de 2022

Ser Rafael 2.1: Calato en el espejo


Llegué a mi casa como a las seis DE LA MAÑANA. A la seis, mas bien.

Luego de dejar la habitación del Dreams, bajé con Juan, me aseghuré que tomara su mototaxi (me insistió que yo tomara la mía primero), y, teniendo en cuenta la hora, y que mi casa estaba relativamente cerca, me fui caminando.

Al llegar al parque de mi conjunto residencial, hice una parada y fingí hacer una rutina de abdominales y algo de calistenia.

Como estaba con ropa deportiva aún, y me había topado con varios vecinos que salen a correr temprano, era la mejor manera de camuflar lo que había pasado la noche anterior.

Cuando vi el alba y verifiqué la hora en mi reloj, me acerqué a casa e ingresé por la puertecita de servicio.

Al aparecer en la cocina, Carmen estaba preparando el desayuno.

Esta amabilísima mujer de unos 50 años se vino a trabajar a mi casa unos meses después de que mi padre falleciera hace unos ocho años, y mi madre tuviera que encargarse de que mi hermana Elena y yo termináramos la secundaria y comenzáramos la universidad.

Mi hermana se tituló como abogada y consiguió un buen trabajo en un estudio jurídico de la capital, gracias a que toda su carrera tuvo una beca por su promedio extraordinario.

Yo me titulé hace un año, y en cuestión de un par de meses me enganché en el Banco Popular, donde un puesto de ingeniero de sistemas estaba vacante, y de milagro, porque éso del crecimiento macroeconómico será para quienes tienen muy buen capital, pero para quienes tenemos que ganarnos la vida consiguiendo trabajo como sea, la cosa no es tan boyante como sale en las revistas de economía.

Fui un estudiante promedio, no aspiré a becas, pero tampoco fui un descuidado. Valoraba el esfuerzo de mi madre, aunque me incomodaba que tratara de meter sus narices en mis cosas, lo que solía ocurrir un día sí y el otro también.

“¡Joven Rafael!”

“Ca-Carmencita… Buenos días”.

“¿en qué momento salió a hacer deporte? Su mamá estaba preocupada porque tardó mucho anoche”.

“¿Ya se despertó?”

“No. Todavía, pero me llamó muy preocupada”.

Pasé raudo a la sala, luego al pasillo, luego a mi dormitorio.

Me quité la ropa y lo primero que hice fue abrir la puerta de mi armario para verme desnudo en el espejo de cuerpo entero. ¿Tenía signos de chupones o arañones?

Revisé y revisé.

Aparentemente no.

Me duché, y froté concienzudamente mi miembro. Sabía de más que eso no evitaría nada, o quizás sí. En el fondo, fue un acto reflejo para limpiarme del asco que sentí por habérsela metido a un desconocido, y a pelo.

Solo me quedaba confiar en su palabra: debía estar sano; si no, la cagada.

A la hora de desayunar, mi madre ya estaba sentada en el comedor.

“Rafael, ¿dónde has pasado toda la noche?”

“Chambeando, vieja. Sabes que tengo horario de entrada pero no de salida”.

“Ni que fueras policía”.

“soy policía de la red informática del Popular, donde sí es seguro ahorrar”.

Le puse una sonrisa pícara.

No intentaba caerle bien, sino cortar esa conversación por lo sano, pues detestaba sus interrogatorios.

“Hubieras llamado, ¿no?”

“Apagué el celular porque necesitaba concentración. El sistema… se cayó. Es complicado explicarlo”.

“No quiero que me lo expliques; solo que llames y digas que tardarás para no preocuparme”.

Probé un par de huevos duros, algo de fruta, avena, y me levanté de la mesa.

“Gracias, vieja. Me voy a chambear”.

“Si te quedas por ahí, al menos llama”.

Tragué saliva, di las gracias y me retiré de la mesa.

Al salir de mi casa, hallé a la dulce Carmen barriendo nuestra vereda. Se me acercó con disimulo.

“la señorita Laura lo llamó anoche. Dice que quiere hablar con usted”.

Me quedé tieso un segundo. Hice una mueca.

“OK. Gracias, Camuchita”.

“¡Que no me diga Camuchita!”

Hizo el ademán de quererme golpear con el palo de la escoba. Ambos nos reímos. 

miércoles, 3 de agosto de 2022

Lo que pesqué trotando calato en la playa

Mi meta era llegar hasta una chalana y regresar al toque a la jato que estaba alquilando, pero alguien me hizo cambiar de planes.


Mi nombre es Gonzalo y me encanta salir a correr un rato por el parque de mi barrio. Lo hago para relajarme y tener mi cuerpo en forma, especialmente mis piernas y mi culo. Trabajo como abogado y mi chamba es demasiado absorbente, llena de estrés.

Aprovechando el feriado largo, decidí desconectarme en una playa. Alquilé una jato a unos patas y me quedé allí.

Dormir calato y arrullado por las olas del mar norteño es lo máximo, ddespertarse con ellas es lo mismo. Me da la sensación de libertad y relax. Se los recomiendo.

Apenas despuntó el día, me levanté. Tenía mi pija bien al palo, pero aún así me asomé a la puerta para ver las olas romper. Considerando la temporada, suponía que nadie más caminaba o trotaba por esa arena. Así fue. El mar reventaba hermoso,la playa estaba desierta. Serían como las 6 y cuarto o por ahí cuando decidí algo inusual para cualquiera pero no para mí: trotar calato.

Qué sensación para más mostra sentir la arena bajo mis pies ejercitando mis piernas y mis nalgas mientras mi pinga, ya baja, saltaba de aquí para allá. Mi meta era llegar hasta unas lanchas o chalanas que estaban, a mi juicio, unos 200 o 300 metros más adelante, tocarlas, regresar, hacer una rutina de jercicios, bañarme y pasar el día rascándome las bolas.

Corrí así, calato, sin problemas hasta llegar a una de las chalanas. Cuando mi mano iba a tocar la punta de una de ellas, de la nada apareció un chibolo. Sus 25 años le calculé, cuerpo recio a pesar de que estaba bien abrigado con su gorrito, chompa, jean y botas de plástico. Ambos nos sorprendimos al vernos así. Mi vergüenza inicial cedió ante mi desinhibición.

“Buenos días”, le dije. “¿qué tal la pesca?”

“Más o menos, míster”, me respondió. “No tanta como quisiera pero ya la mandé al terminal pesquero”.

“Lástima”, le dije sonriendo. “Yo que quería comerme un pescadito para el desayuno”.

“Pero si quiere, puede meterse al mar”, me bromeó. “Tiene buena carnada si quiere pescar alguna otra cosa”, me señaló mi paquete con sus ojos.

Yo me miré mi verga. Comenzaba a ponerse dura.

“Ésta no es carnada”, le dije. “es mi anzuelo. ¿Qué pescado crees que me lo pueda picar?”.

“Suba, yo le enseño”, me invittó el chibolo.

Trepé la chalana (menos mal que no había gente en la playa si no iban a verme el agujero del culo mientras subía), y entré junto a él.

“¿Qué pescado crees que pueda picar mi anzuelo?”, le reiteré.

El pescador, sin más roche ni tiempo que perder, se arrodilló, se puso frente a mi ‘anzuelo’, lo acarició y lo terminó de poner duro.

“A lo mejor un hermoso pescadito norteño”, dijo. Y se zampó mi falo dentro de su boca. Me la comenzó a chupar mientras sus gruesas manos me acariciaban mi redondo culo.

“Mierda”, dije. “Sí que piqué una buena cachemita”.

El chibolo estuvo tragándose todo mi miembro por buen rato mientras se quedaba calato también. Y no me equivoqué respecto a su físico: cuerpo bien en forma no tanto por el gimnasio o el ejercicio físico, sino por la vida dura de la pesca en los fríos mares peruanos. Entonces, me la dejó de chupar y sacó un condón de su ropa, me lo ofreció.

“¿Sabes ensartar pescados?”

“No sé”, le dije. “Pero puedes enseñarme”.

El chibolo giró y me ofreció su lampiño y gordo culo. Ricas y duritas nalgas tenía. Me arrodillé. Me puse el forro y lentamente lo fui ensartando. ¡Vaya! Ese pescadito sí que fue fácil de enganchar.

Me lo caché rico por buen rato hasta que sentí que las iba a dar.

“Se me viene la leche de tigre”, le dije bien arrecho.

El patita se separó de mi ‘anzuelo’, se volteó, me sacó el condón, me pajeó fuerte y dejó que mi semen se disparara en su cara. Jadeé de placer, carajo.

El sol ya comenzaba a salir en esa playa solitaria.

“¿Quieres desayunar? Estoy solo en la jato que alquilé”.

“¿Te podré pescar yo?”, me dijo limpiándose mi esperma aún en su cara. “Tienes un rico culo”.

“Ya veremos”, le dije. “Si sabes sopearme bien, ya veremos”.

Como contagiado de mi desnudez, se puso de pie y bajamos así de la chalana.

El huevón tenía un buen ‘anzuelo’ entre sus piernas y me supo besar bien el ano, pero no me la supo clavar. Entonces lo volví a cachar.

En vez de desayunar, nos quedamos bien jato.

Hoy mientras escribía esto lo wasapeé. Le pregunté si le jodía que cuente esta historia.

“Si no dices quién soy ni dónde estoy, claro”.

Así que, así me pasó a mí. Y de algo estoy bien seguro: la próxima vez ya no tendré que ver en qué playa me quedo ni dónde puedo correr calato, ni tampoco a quién buscar. Ese hermoso ‘pescadito’ que supo atrapar mi garfio me esperan el próximo feriado largo.

Cuéntanos tu relato y mándanos tus fotos discretamente a hunks.piura@gmail.com (solo para adultos).

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