El actor y modelo brasileño Rafael Cardozo (10 de diciembre de 1983) llegó a Perú en 2003. No vino de placer. Huyó de amenazas de muerte luego que se arriesgara a defender a su familia de unos ladrones que lo habían tomado de rehén mientras se metían a su casa. En un movimiento arriesgado, logró reducir al hampón y dispararle con su propia arma de fuego.
Rafael dejó en Brasil una naciente carrera como modelo de fitness, que incluso lo llevó a posar desnudo y con el pene totalmente erecto para la otrora gloriosa G Magazine. Había ganado concursos deportivos y de belleza masculina.
Cuando llegó a Perú, fue incorporado al grupo de ballet axé Porto Seguro que se hizo muy popular en la televisión peruana y llegó a dar shows en diferentes lugares del país. Pero en el caso de Rafael, su apariencia y su musculatura llamaron la atención de todo el mundo, y pronto se convirtió en una personalidad de los medios.
Uno de sus trabajos más conocidos fue el de pertenecer a un reality show consistente en superar diferentes pruebas de esfuerzo físico y agilidad mental. Su carisma se basa en la naturalidad con que habla de su vida incluyendo la oportunidad en que hizo los desnudos porno. Tampoco se acompleja de calificar la belleza de otros hombres sin que eso determine su orientación sexual. Simplemente, califica lo que ve y lo hace de manera muy honesta. Muy amigo de sus amigos, quienes lo conocen en lo personal e íntimo, siempre lo destacan por su lealtad.
Finalmente, si algo le tenemos que reconocer a Rafael es que podría no gustarte el tamaño de su pinga, pero a diferencia de los culturistas peruanos que prefieren evadir el tema, cuando al brasileño le hablan de sus desnudos porno, no los niega ni se acompleja en contar detalles. Como un agradecimiento a dos décadas de elegir a Perú como su nuevo hogar, y haber triunfado en él, aquí te hemos ilustrado con sus célebres fotos calato y al palo.
Soy Lucas,
vivo en Piura, y tengo 38 años. Mi
obsesión son los chibolos de 22 años, delgados pero formaditos. ¿Por qué?
Hace un tiempo yo
chambeaba en Chiclayo. Un miércoles me encontré en un grupo de contactos gay
a un chibolo de 20 años. Le mandé solicitud, me aceptó, chateamos buen rato, me
cayó simpático, quedamos para vernos el sábado. Esa noche y las siguientes
hasta el viernes, aluciné follando sin control con él en mi cama, inundando su
ano con mi semen.
No había momento
en que me quedara calato en la cama, pusiera dura mi verga de 15 centímetros
y la frotara contra la almohada hasta que se me saliera la leche imaginando que
perforaba su sabroso culito. Ni las duchas frías que tomaba me bajaban la
calentura. ¡a la mierda! Cuánto esperma me hizo
botar ese conchesumare.
Llegó el sábado.
Como le dije que tenía sitio, organicé mi cuarto para que la cita fuese lo más
placentera posible. Me fui bien animado a chambear.
A eso del
mediodía, el huevón me pasó un mensaje: “No creo que la haga, causa… tengo un
culo de trabajos de la universidad por entregar” ¡Carajo!, me dije. ¡Y qué iba
hacerme esa noche? Porque si él tenía un culo de trabajos, yo no había dejado
de alucinar cómo sería probar su culo mientras le hacía el amor. Ni modo. Me
resigné. Algo haría. Quizás… pajearme como
loco.
Salí de la chamba
a eso de las seis y media de la tarde cuando otro mensaje me entró. Era el
mismo chibolo. Yo estaba desganado, así que no le di bola. Pero el chico
insistió. “Al diablo mis trabajos… ¿dónde nos vemos?” Puta madre. De solo
pensarlo, se me fue el cansancio y hasta mi verga
se puso dura bajo mi ropa. Y ya sentía el bóxer húmedo porque cuando se me
para, lubrico como mierda.
Quedamos de
vernos en el Paseo de las Musas. A pesar que yo había deseado ese momento,
estaba medio nervioso. Me compré un roncito y me puse a tomar un poco como para
darme valor. La huevada es que el chibolo no aparecía por ningún lado. Decidí
acabarme la chata e irme a joder a otra parte.
Ya estaba tomando
el último vaso cuando él apareció.
“Disculpa,
brother”, me dijo todo humilde. “traté de zafarme, pero una vaina y otra…”
¿De qué vainas
habla este huevón? Mejor estaba mi vaina, otra vez al
palo, lubricando,
especialmente con esa ropa entallada que le marcaba su físico, y ese pitillo
que le destacaba su culito
bien redondito y sus piernas gruesitas y firmes.
“Practico
fútbol”, me contó cuando se sentó a conversar.
Compré otro ron y
comenzamos a hablar. Le invité pero no quiso. Nos caímos en gracia. Cuando se
acabó la segunda chata, llegó la duda:
“¿Dónde la
seguimos?”, le dije, con la esperanza de que ya quisiera que cachemos.
“Vamos a la
disco”, me propuso. No era precisamente lo que tenía en mente, primero porque
ya le tenía hambre a ese culito y segundo porque no soy bueno bailando. Obvio,
no le dije eso.
“OK… vamos”, le
dije.
La pasamos bien
en la disco. Como ya la había comenzado con ron, la seguí con ron. Quizás eso
me dio valor para bailar. No sé ni cómo lo hice, o si hice el ridículo, pero el
caso fue que también el chibolo aceptó tomar unos vasitos. Aprovechando la
penumbra, me le acerqué y mi mano traviesa le acarició una nalga: estaba
durita. Imagínense cuando nos tocó perrear, ahora era mi pinga la que se había
puesto no durita al rozar su trasero… ¿estaba duraza!
“¿La seguimos en
otro lado?”, le consulté.
“¿Dónde?”
En veinte minutos
ya estábamos en mi cuarto. Apenas cerramos la puerta, nos besamos en
la boca como locos. Qué rico sentir su lengua. Me imagino que le excitó mi
aliento a ron. Comenzamos a quitarnos la
ropa.
Ya calatos, nos
abrazamos fuerte y dejamos que nuestras pingas duras se frotaran y rozaran. La
suya también lubricaba un montón. Mientras nos besábamos, subimos a la cama.
Acaricié su culo
de futbolista. Obviamente que así sin ropa era más redondito y firme que con
ella. Aparte que esas nalgas lampiñas hacían que las caricias fuesen como pasar
seda sobre porcelana.
Mis labios
dejaron los suyos y comencé a besar suavemente su cuello con aroma de rico
perfume varonil. ¿Bien!, dije yo. Él comenzó a gemir y jadear con tono de
macho. ¿Bien, carajo!, dije yo. Los patas que se comportan como mujeres en la
intimidad no me ponen nada.
Bajé a chuparle
las tetillas. El chibolo se alocó más y acariciaba mi cabello. En realidad, me
despeinaba. Seguí bajando. No tuve problema en chuparle su pene. No era largo o
grueso, pero estaba ahí, levantado y duro como un gancho del que debía colgar
toda mi boca caliente.
“Así, pata… la
mamas bien rico”.
Succioné bien su pichula
para ordeñarle un poco de precum y luego lo guardé en mi boca para buscar la
suya e intercambiarlo junto a nuestras salivas mientras nos besábamos otra vez.
Volví a bajar a seguirle chupando
su rico pene.
Solito se fue
acostando sobre mi cama. Abrió sus piernas para que le lama los testículos.
¿Requetebién!, dije yo. Solito levantó las piernas. Obviamente, ambos sabíamos
qué queríamos.
Separé sus
nalgas, saqué mi lengua, y, sin perder tiempo, fui a conquistar su anito
cerradito. En mi excitación,
quería penetrarlo solo con mi lengua. Él me agarró fuerte del cabello y quería
que no deje de hacerle el beso negro. Miré un toque: ya estaba dilatándose.
Decidí sopearlo
más.
Me incorporé.
Aprovechando mi saliva y mi líquido preseminal, le fui metiendo mi
pene. El chibolo era tan estrecho que incluso para meterle la cabecita fue
un poquito trabajoso. Así que me estiré, saqué el condón que había separado
para esa noche especial, me lo puse, y luego saqué el lubricante y lo
embadurné bien. Puse algo del gel en el ano de ese hermoso chico.
Empecé a
empujarle mi pinga. Logró entrar todita poco a poco, pero, como era tan
estrecho, me apretaba como mierda, y sentía que en cualquier momento ese ano
iba a succionar mi falo
arrancándolo de mi cuerpo. Comencé a mecerme. ¿Puta madre, por Dios! ¡qué
hermosa sensación bombear ese
agujero!
¡así,papito”,
susurraba el chibolo. “Cáchame rico así”.
Ese pedido con
voz de macho me calentó más, por lo tanto le di con todo y me moví como loco.
El chibolo se quejaba medio rugiendo, como macho. Eso para mí era combustible.
Le di más fuerte aún. Ambos estábamos fuera de nuestros seres entregándonos al sexo más
rico que nunca antes nadie haya sentido.
Como me lo agarré
piernas al hombro, mi pubis y mis bolas azotaban sus nalgas como
un castigo placentero, que nunca desearía que acabe.
En un momento que
tomé aliento para volverlo a cachar fuerte, él puso sus manos en mi pecho y me
hizo entender que quería que me acostara. Lo hice. Ese hermoso nene se sentó
sobre mi verga, se abrió bien sus nalgas y se dejó clavar por mi herramienta
sexual. Comenzó a cabalgar como loco. Ahora era su hermoso culo de futbolista
el que azotaba mi piel. Siguió gimiendo y jadeando. Por ratos se inclinaba y me
besaba en la boca sin dejar de mover ese fabuloso trasero.
Estuvimos buen
rato así hasta que…
“Ya las voy a
dar”, le dije.
Él me sonrió.
“Quiero quitarme
el condón y llenarte el culo con mi leche”, le dije.
Volvió a sonreír
y me señaló su boca lo más pendejamente que puedas imaginar.
Cuando sentí que
ya no iba a aguantar más, le dí unas nalgaditas y él se desconectó de mi pene,
se arrodilló sobre mi cama y yo me puse de pie sobre ella. Me hice una
paja que era capaz de arrancarme mi pinga y le di toda mi leche en su boca.
Él no solo la saboreó; se la ttragó como quien traga el licor más rico del
mundo.
Me incliné a
besarlo en la boca nuevamente.
“La pasé de la
puta madre”, le dije.
“Yo igual”, me
respondió.
Para entonces, el
efecto del ron se nos había pasado. Nos quedamos conversando un rato y cuando
nos dimos cuenta, ya casi estaba amaneciendo.
Si su cuerpazo ya
me había sorprendido, me sorprendió mucho más la pose que hicimos para
disfrutar de nuestros anos.
Hola. De nuevo
soy Gonzalo. Con esto de las protestas, la empresa para la que trabajo ya no
nos está enviando al sur ni a la selva del Perú, así que ha decidido reforzar
la chamba en el norte.
Mis jefes me
comisionaron para ver unas vainas y yo acepté gustoso. Con un poco de suerte,
podría darme un salto a esa playa solitaria, si seguía solitaria, para estar un
rato cachando a ese pescador que conocí la vez anterior.
Lo primero que
hice fue mensajearlo. Al responder me dijo que esos días estaba en alta mar, en
plena faena, y que era complicado que nos reunamos. Ni modo, dije. No tiene
sentido ir a la playa. Encima, llegando a Piura, mis jefes me
escribieron que esté atento porque deseaban cerrar negocios con un cliente, así
que no podía moverme de la ciudad. Y tal cliente no tardó en aparecer. Me llamó
al celular y me pidió que me reúna con él.
Como para mí el
calor acá está fuerte, me puse una camisa delgada y un pantalón delgado muy
fresco. Me presenté a la oficina del cliente: un pata casi de mi edad, guapo,
en una oficina muy ventilada y vestido en polo. Me recibió.
Cuando se levantó
para saludarme, me percaté que vestía una bermuda. Mi ojo clínico al toque se
dio cuenta que el pata tiraba su gym.
Hablamos del
negocio, llegamos a buen trato; me ofreció celebrarlo:
“Te invito a
comer a mi casa”, me dijo.
Como supondrán,
yo no podía negarme porque acabábamos de cerrar parte de un trato. Así que me
subí a su camioneta. Allí dentro pude confirmar que sus brazos y piernas eran
puro gym. Lo mismo su torso. No pregunté. Cuando entrenas también, desarrollas
un ojo clínico. Procuré ser discreto y comenzamos a hablar de otras huevadas.
Conforme avanzamos,
me di cuenta que salíamos de la ciudad. En cuestión de media hora, o más,
llegamos como a un fundo lleno de algarrobos. Y, escondida entre ellos, una
linda casa con su jardín. Bajamos.
La sombra de los
árboles atenuaron el calor un poco a la vez que refrescaban el aire. De más
está decir que me sentía complacido respirando aire puro. El pata regresó:
“Mira, van a
demorarse una media hora en traer el almuerzo… ¿estás apurado?”
“No”, le
respondí. “Para nada”.
“Mostro”, me
dijo. Se fue por ahí hablando por su celular.
Si hubiese estado
solo, hacía rato que me hubiese calateado y recorrido ese fundo a mis anchas,
pero… era solo un invitado.
El pata regresó:
“Adelante, por
favor. ¿Quieres tomarte algo helado mientras nos traen la comida?”
“Claro, por qué
no”.
Dentro de su
sala hacía un poco de calor, hasta que viendo a la mampara del fondo creí notar
algo parecido a una piscina o una fuente. Asumo que el pata se dio cuenta.
“¿Quieres darte
un chapuzón?”, me dijo.
Yo me avergoncé
un poco.
“No traje ropa de
baño”, me justifiqué.
“Yo menos”, dijo
el pata. “¿Si quieres, báñate calato”.
“Pero, ¿y tu
familia?”
“Mi esposa está
trabajando en Piura, mis hijos están en vacaciones útiles, esto solo lo
ocupamos los fines de semana… salvo que te paltee estar calato; entonces, lo
entendería”.
“No… no me paltea
estar calato en una piscina”.
No quise ser
majadero. Levanté mi culo de ese sofá y seguí al pata. Por cierto, tiene un hermoso culo, o al menos eso traslucía la bermuda que
se puso.
Abrió la mampara.
No era una piscina propiamente dicha, pero esa agua cristalina que brillaba al
sol no podía desaprovecharse. Me quité mi camisa, mis zapatos frescos, mi
pantalón y mi bóxer. Me metí al agua: estaba tibia.
La fuente no era
profunda. Me senté y solo me cubría hasta el pecho. Qué rico sentir el agua
cubriendo mi cuerpo desnudo. Cerré los ojos. Disfruté el momento.
“Tu trago”, me
dijo el pata sacándome de mi meditación.
Estaba calato
también. No me había equivocado: su cuerpo era puro músculo magro, bien esculpido en el gym con ese tono
trigueño oscuro que resaltaba sus formas. Su pene parecía normal. Su vello púbico parecía recortado. Era más lampiño que
otra cosa.
Se metió a la
fuente junto a mí. Chocamos los vasos.
“Por el inicio de
una fructífera relación… de negocios”.
“Porque todo
salga bien… en los negocios, quiero decir”, respondí sonriendo.
Me preguntó qué
me parecía la jato; le dije que bravaza.
“Vas al gym,
¿no?”, me lanzó.
“Sí”, le respondí
extrañado. “Tú… también, ¿no?”
“Sí… algo”.
“Tienes un
cculazo... ¡perdón! Un cuerpa…”
El pata se
carcajeó. Yo me arroché más.
“No eres el
primer pata que me lo dice”, me tranquilizó palmeándome el hombro. “Lástima que
no pueda devolverte el cumplido”.
“¿Por qué?”,
pregunté aún arrochado.
“No he visto tu
culo aún”.
“¿Quieres verlo?”
“Si deseas”.
Yo sonreí y, sin
tanto roche, me puse de pie dándole la espalda.
“Redondito,
blanquito y lampiño… ¿puedo tocarlo?”, me dijo el pata.
“Sí, creo”.
Sentí sus suaves
manos primero tanteando, luego sobando,
finalmente acariciando. Mi pinga se estaba poniendo dura. Entonces sentí que con dos de sus dedos me separaba mis
nalgas justo a la altura de mi agujero.
“Estás pito”, me
dijo.
“¿Tú también
estás pito?”, le devolví.
“A ver… mira”.
Giré. Él se había
puesto de pie y se había apoyado en el filo de la fuente. Separó sus piernas,
como en las cárceles gringas, y me miró sonriendo. Yo, ya sin roche y con mi pinga bien dura, me agaché a verlo. Le separé sus nalgas.
“Creo que también
estás pito”, le observé.
“Bien pito”, me
confirmó. “pero creo que tú te mueres por clavarme esa pinga en mi culo, ¿o
no?”
“¿Por qué dices
eso?”, me palteé.
“Porque la tienes
bien al palo, y seguro con la leche a punto de derramarse”.
Yo me quedé
helado.
“Ven, hagamos
algo”, me invitó.
Fuimos hasta uno
de los dormitorios, y así calatos nos echamos frente a frente. Nos revolcamos abrazados
en la cama mientras nos besábamos en la boca. Nuestras pingas duras se
presionaban una contra la otra. No saben lo rico que se sentía todo eso.
Entonces dejó de besarme:
“Déjame hacerte un beso negro, y tú me lo haces a mí también”.
“si solo es beso
negro, chévere; pero, ¿quién comienza?”
“Hagámoslo al
mismo tiempo”.
Yo me quedé
idiota. ¿Cómo iba a hacerse eso? Sin embargo, ese piurano tenía un método: haciendo
el clásico 69,
comprimiendo un poco los abdominales, era posible que nuestras lenguas pudieran
alcanzar los anos y las nalgas del compañero mientras nuestras pingas se
frotaban contra nuestros pechos y nuestras bolas bailaban en nuestros cuellos.
Las caricias de su lengua en mi ano eran por demás
placenteras; imagino que las mías en el suyo lo eran igual.
Ni en mis más arrechos
sueños húmedos hubiera pensado en ese modo de darnos placer al mismo tiempo,
mucho más cuando comenzamos a pajear nuestros penes a puro movimiento de
cadera. Sudábamos, pero, qué mierda, esto era mil veces mejor que meterla en su
ano.
Y así, entre
lamida, caricia y frotación, no pude más y le solté todo mi semen en su pecho.
Me prendí a su ano y sus nalgas como si fuese mi más querido muñeco de peluche.
Yo solo jadeaba.
Minutos después,
pude sentir su eyaculación caliente en mi pecho. Él siguió haciéndome el beso negro.
Entonces sonó su
celular. Se levantó y lo contestó. Pude ver toda su espalda, culo y piernas
bien formados. ¡Qué cuerpazo me había comido esa mañana! Cortó.
“Bañémonos en la
ducha: el almuerzo está por llegar”, me avisó.
“Oye… ¿te gustó?”
El pata me
sonrió:
“¡Me encantó! Y
ahora que vamos a estar haciendo negocios, lo vamos a repetir. ¿No crees?”
Yo sonreí.
Definitivamente esa era una buena idea.
Tras su jornada
de prácticas, Pedro descansa totalmente desnudo en el dormitorio de la casa que
ocupa Eliezer en Castilla. Tocan su puerta. Despierta y lo primero que nota es
que su pene está duro como piedra.
No siente roche
de taparse la erección así que se levanta y abre la puerta; total, allí solo
viven Eliezer y él…
¿qué tal susto!
“Bu-bu-bue…”,
dice un chico fornido cubierto por un un uniforme de sereno.
Pedro se queda
congelado allí, con la puerta abierta, y el pene duro.
“Su-su-su… don
Eliezer me mandó para ver si necesita ir a alguna parte”.
Pedro lleva una
de sus manos hacia su miembro erecto para cubrirlo, sin mucho éxito.
“No”, responde tragando saliva y aliviándose del susto. “Me quedaré aquí”.
“Ah, entonces…
puedo retirarme, si gusta”.
“¿Qué hora es?”,
se pregunta Pedro, ya con su pene semi-erecto. Voltea hacia la mesa de noche.
El sereno le mira
las nalgas lampiñas y redondas, firmes y bien formadas. Ahora su pene es el que
comienza a ponerse duro.
“Va a ser las
cinco”, reacciona Pedro, ensimismado.
“entonces, me
regreso a la base, si usted no tiene problemas”.
Pedro se pasa la
mano por la cara. Su pene ya no está erecto ahora, pero una gota de líquido
preseminal rueda por su muslo derecho, producto de la lubricación interna de su
miembro.
“¿qué harás en la
base?”
“Aburrirme
esperando órdenes”, responde el sereno, con una ligera sonrisa.
“Ah, perdona que
esté calato y…”
“No, joven, no se
preocupe… es normal… somos hombres”.
“Pero estaba con
la… con el… ufff”.
“Seguro estaba
durmiendo rico, digo, profundo, y a lo mejor estaba soñando algo… ya sabe”.
Pedro sonríe:
“Mejor entra y
cierra la puerta; no quiero que llegue mi tío y crea que tú y yo hemos…”
“¿Tenido
relaciones?”
Pedro vuelve a
sonreír:
“No es mi
intención ofenderte”.
El sereno entra
al cuarto y cierra la puerta tras de sí.
“No se preocupe,
joven”, tranquiliza. ”yo sé que si entrara y sospechara eso, usted lo negaría
totalmente”.
“¿Por qué estás
tan seguro de eso…? ¿Me dijiste tu nombre?”
“Huamán. Todos me
dicen Huamán en el serenazgo”.
Pedro se sonríe
otra vez:
“¿Por qué estás
tan seguro de que yo negaría que tú y yo tuvimos relaciones sexuales, Huamán?”
“Porque se nota
que usted es legal, joven…”
“Pedro… Mi nombre
es Pedro”.
“Usted es legal,
joven Pedro… y… si hubiese sido verdad, yo no me avergonzaría… Por lo menos me
culparían de haber tenido relaciones con un joven tan legal y… guapo, como
usted, y no con alguno de esos choros y gente de mal vivir que capturamos”.
“Debería tomarlo
como un piropo, ¿no?”
“Usted vea, joven
Pedro”.
Entonces el
sereno le mira la entrepierna. Pedro se da cuenta y baja su mirada también: su
pene está erecto otra vez. A continuación, mira de nuevo a Huamán.
“Mejor voy a
ducharme”, avisa Pedro con una media sonrisa.
“yo lo espero,
joven. Con su permiso, me retiro”.
“Hazme
conversación al menos… mientras me ducho… si mi tío llega, le diré la verdad”.
“¿También le dirá
que lo vi con la pinga al palo?”, Huamán baja un poco el tono de su voz.
“A la mierda con
eso… Tú estás en ventaja: estás vestido”.
“¿Quiere verme
calato, joven?”, se arriesga Huamán.
Pedro lo piensa
unos segundos.
“No sería mala
idea”, responde.
El sereno sonríe
y, sin esperar confirmación, se saca el polo entallado, revelando un pecho
fuerte y masivo, quizás no con un abdomen definido pero sí plano, sin
llantitas. Se desabrocha la correa de tela y se inclina a sacarse las botas.
Entonces, se desabrocha el pantalón, se baja la cremallera. Al bajarse el
pantalón, un coqueto micro-bóxer cachetero color blanco contrasta con la piel cobriza del muchacho. Y esas piernas, son simplemente dos troncos de árbol
añejo, fuertes, anchos, velludos.
Aunque lo que
llama la atención de Pedro es lo que aparenta ser un pequeño tronco que se
marca en la tela blanca de la ropa interior.
Huamán se saca
las medias, por fin.
“¿¡Sigo, joven
Pedro?”
“Somos hombres…
¿no?”, sonríe el aludido.
Huamán se baja el
micro-bóxer: efectivamente su pene está erecto… y no es tan pequeño como
parecía. Mas bien es gordito y parece lubricar mucho a juzgar por el brillo del glande. Quizás necesita un poco de recorte en el vello púbico. Quizás no.
“ya estamos
calatos los dos”, anuncia el sereno con una sonrisa cachonda.
“y con el pene
erecto”, agrega Pedro.
“Somos hombres”,
reitera Huamán.
El joven
anfitrión vuelve a sonreír:
“Solo falta que
tengamos relaciones sexuales”.
Huamán sonríe
también:
“No me jodería”.
Ambos jóvenes se
miran fijamente a los ojos. Entonces, Pedro ya no puede más con la excitación.
Se acerca a Huamán, pega su cuerpo y lo acaricia:
“Tienes la piel
suave”, le susurra.
“Tú también”.
Pedro, entonces,
aproxima su cara a la de Huamán. Lo besa en la boca. Mientras las lenguas de
ambos combaten golosamente, sus manos
recorren las espaldas y los culos mientras sus penes erectos se refriegan uno
contra el otro.
Huamán, entonces,
toma la iniciativa y empuja a Pedro a la cama logrando acostarlo boca arriba.
Luego, descansa toda su humanidad encima de ese terso cuerpo. Pedro abre sus piernas y está dispuesto a
sentir cómo la masculinidad del sereno se puede hundir en su culo, cuando…
“¡ya vine!”, se
oye desde el pasadizo.
Pedro y Huamán se
dejan de besar y se miran sudorosos y estupefactos.
Enrique y José
Luis por fin cierran un trato y lo celebran con un ‘adelanto’ de orgía gay.
A primera hora
del martes, Julián está nadando en la Piscina Comunitaria. Viste su trusa
olímpica roja, gafas de bordes transparentes y la consabida gorra impermeable.
Tres chicos más nadan junto a él pero entrenando por separado. Al terminar un
largo, se encuentra con Flavio justo debajo de uno de los podios.
“No sé cómo
puedes nadar en esta agua tan fría”, le comenta tratando de no tiritar.
Julián sonríe:
“Vengo de un clima más frío, ¿recuerdas? Anda, nada. No quiero que te
acalambres”.
Flavio se baja
las gafas y se lanza a nadar. Viste un bañador celeste con una franja lateral
plateada.
Willy los sigue
desde fuera del agua hasta casi chocarse con enrique quien mira la escena muy discretamente tras unas gafas de sol (a pesar que está nublado) y una gorra negra.
Entonces, el celular de enrique vibra. Lo saca: “Ya llegaron”.
El productor
porno gay gira en 180. Al fondo llega Eliezer. Se le acerca y se saludan con un
abrazo.
“Dijo que sí,
pero por razones obvias no pudo bajar. ¿Podemos ir a tu casa? “
El mexicano hace
una seña a Willy. El camarógrafo se acerca al borde de la piscina y le hace la
misma seña a Julián: es hora de irse. El nadador le responde con el pulgar
hacia arriba. Cuando Flavio termina su largo, ambos salen del agua.
Solo en ese
momento es posible apreciar en toda su plenitud el cuerpo bien trabajado de
ambos varones: cada músculo en su sitio, todo un poema a la perfección
masculina, un monumento viviendo a la vitalidad y virilidad…
Enrique se
adelanta hasta su casa en Los ejidos para cumplir su rol de anfitrión. Manda a
Flavio y Julián quitarse el cloro de la piscina. Ambos suben hasta uno de los
dormitorios.
Tras entrar y
cerrar la puerta, ambos se quitan toda la ropa y la dejan lista para lavar.
“Y pensar que en
esas fotos y cuando te pones esa trusa, parece que tuvieras un pene chico y
unas pelotitas”, comenta Flavio, entre seductor y divertido; “pero, cuando te
quedas calato, realmente tienes un rico pene y unas hermosas bolas”.
Julián sonríe:
“Darías lo que sea porque te clave mi pene en tu ano, ¿cierto?”
“Daría lo que sea
por pasarme todo el tiempo del mundo contigo haciendo el amor, mi campeón”.
Julián sonríe de
nuevo, se acerca a Flavio y lo palmea en una de sus redondas y firmes nalgas:
“A partir de
mañana, creo que cacharemos hasta por gusto”.
Julián se mete a
la ducha, Flavio lo sigue.
“¿Y podríamos
hacer un ensayo ahora?”
Julián abre la
ducha y se mete bajo la lluvia; el agua comienza a mojar su blanco cuerpo:
“Tengo que
guardar leche para las grabaciones”.
“Yo puedo
enseñarte cómo cachar sin llegar a eyacular”, sonríe Flavio mientras comienza a sobar la espalda húmeda del nadador.
“Hablas
huevadas”.
Entonces, Flavio
arrima todo su cuerpo y su pene erecto se encaja entre las nalgas de Julián:
“¿Aguarda, oe!”,
reacciona el nadador.
“Confía en mí,
campeón”, susurra Flavio mientras comienza a dar suaves pellizcos a las
tetillas de Julián, y a mover lentamente su pinga al palo al medio del culo del
nadador, quien, inexplicablemente, comienza a sentirse más relajado que de
costumbre.
Abajo en la sala,
José Luis y Eliezer están sentados en el sofá; en un modular va enrique, en el
otro va Willy.
“Hermosa casa”,
comenta José Luis; “parece que el porno es un buen negocio”.
“Creo que todo
negocio es bueno si sabes cómo administrarlo”, sonríe enrique.
José Luis devuelve la sonrisa y se concentra en las agradables facciones del anfitrión:
“Vamos a
cerrarles la piscina por dos días”, comienza a informarle; “al público le
diremos que se trata de un mantenimiento preventivo. Yo cumplo con mi parte. Lo
que no termino de entender es cómo ustedes podrían beneficiarme políticamente”.
“Simple”, explica
enrique. “Sin ofender, pero los políticos se han devaluado mucho estos tiempos
porque hablan de más y hacen menos o nada; en el mundo actual, las palabras
sobran y son las acciones las que cuentan”.
“¿entonces?”
Enrique se pone
de pie. Comienza a quitarse la ropa:
“El mercado gay y
bi de Piura es el santo grial de cualquier marketero de este planeta porque no
está tan disperso como en otros países, incluso México o Estados Unidos, que
son lo que mejor conozco… Piura, Sullana, Paita, Talara, Chulucanas, Sechura…
Son los lugares desde donde recibo más clientela… Y no solo te hablo de las
ciudades sino de todo lo que hay alrededor”
“¿Me hablas de la disco de ambiente?”, interrumpe José Luis
mientras su mirada se posa ahora en los fuertes pectorales de Enrique, ya al
desnudo.
“el antro de
ambiente, el servicio de escorts, los shows privados, mercancía para adultos…”
“Y son los
grandes mercados electorales de Piura”, se da cuenta Eliezer.
Enrique se afloja
la hebilla de su cinturón y se desabotona el pantalón:
“Conozco cuáles
son las obras emblemáticas de su gestión: si usted me autoriza a usarlas como
locaciones para mis videos porno gay, la gente asociará inconscientemente el
lugar con su gestor; incluso hasta lo podrían visitar… una especie de turismo
gay”.
“Mensajes
subliminales”, agrega Eliezer como descubriendo la pólvora.
“No,no
pretenderás filmar escenas de sexo gay en las obras que yo gestioné”, atinge
José Luis mientras ve el pequeño slip que no disimula el paquete de Enrique,
quien ya deslizó su pantalón hasta las rodillas.
“Solo si usted me
lo autoriza”.
Enrique hace una
seña a Willy. Éste sube a la planta superior.
“Los desnudos
están prohibidos en público por ley”, observa Eliezer. “Mucho más tener
relaciones sexuales en la calle”.
“Me refiero a que
si la obra tiene el espacio adecuado para montar una escena de sexo, como la
piscina, y usted me lo autoriza, sí”, aclara Enrique, quien ahora solo se queda
vistiendo su ajustado slip allí en medio de su propia sala. “Pero si no, solo
la usaría como exteriores, y los interiores los haríamos en otra parte”.
El pene de José
Luis está duro y pugnando por salir de su pantalón. Ya no sabe cómo sentarse en
ese sofá para que su miembro se acomode y no le moleste.
En ese momento,
Flavio y Julián bajan del segundo piso, calzando sandalias, sus cuerpos solo cubiertos
por breves toallas.
“¿Tenemos un
trato?”, sonríe Enrique, muy seductor.
José Luis no sabe
dónde posar su mirada. Los tres monumentos de hombres tienen las manos listas
en sus prendas y quedarse desnudos va a depender de su respuesta.
“Te prometo que
todo está bajo control”, le dice Eliezer en voz baja mientras le toca el muslo.
Segundos de
silencio.
Willy también
baja solo en toalla y sandalias. No es un cuerpo de gimnasio, pero tampoco es
un físico despreciable.
“Tenemos un
trato”, afirma José Luis.
Enrique sonríe;
se baja el slip. Flavio y Julián se quitan las toallas y se acercan al
productor. Willy, aún bajando las escaleras, hace lo mismo.
“Gracias”, dice a
José Luis. Entonces gira hacia Flavio y lo besa en la boca mientras con una de
sus manos le acaricia el culo. Termina, gira al otro lado y hace lo mismo con
Julián.
Lo que viene a
continuación es un show caliente de caricias y besos que incluye apreciar cuatro
penes erectos haciendo una continua guerra de espadas.
José Luis está
excitadísimo. Eliezer le sigue acariciando el muslo.
“Vengan, participemos”, invita willy.
En un par de
minutos, seis varones desnudos, cuerpos bien trabajados, cada uno en su
volumen, se rozan, acarician, besan. Manos recorriendo espaldas, manos
recorriendo culos, manos masajeando penes, manos, manos, manos.
El show dura unos
veinte minutos hasta que Enrique abraza a José Luis y lo besa en la boca
mientras le coge fuerte las nalgas:
“Esto es solo un
adelanto… te prometo que el viernes en la noche, te agrego tres chicos más”.
“¿Me vas a dejar
con las ganas?”
“No, te la voy a
mamar hasta que me des todos tus mecos en la boca… pero ellos sí necesitan
guardarlos para que la escena salga bien padre”.
José Luis no
reclama. Enrique se arrodilla y comienza a chuparle el pene. Ni siquiera en sus
épocas de futbolista cuando veía a diez hombres calatos en las duchas, José
Luis se sentía tan arrecho como ahora. Encima, Enrique la sabe mamar como los
dioses. Por más que se resiste, termina eyaculando en la boca del productor.
Tras una noche de
algunas copas, una noche de rico sexo termina de mala manera.
Casi a las once
de la noche del domingo, Paco sale de un barcito de poca monta en una calle
céntrica de San Sebastián. Se llama El Cimarrón y es punto fijo de levante gay.
Pero esa noche no fue muy propicia que digamos. Con tres copas de vino encima,
lo único que ha conseguido el docente es aplacar un poco su sensación de frío.
Al llegar a la esquina para tomar el mototaxi, cruzando la acera viene andando
un chico que no había visto antes en la ciudad. Se le nota delgado pero no
escurrido, algo atlético. Paco no lo pierde de vista; de hecho, cruza y se le
coloca muy al alcance. Nota que el muchacho parece estar buscando algo.
“Hola”, al fin le
lanza cuando lo tiene muy cerca.
“Hola”, le
responde el chico pero pasa de largo. O casi. “Perdona, busco la calle Los
Cardos, ¿sabes dónde está?”
“Te puedo
llevar”, le responde Paco con cierto gesto coqueto.
El muchacho sonríe,
agradece y accede.
Al llegar a la
calle indicada, el paseo a dúo parece finalizar.
“Ya, aquí me
oriento al paradero de mototaxis”.
“Pero esas
mototaxis van al campo”.
“es que cuido una
parcela acá cerca de la ciudad”.
Paco se
desilusiona un poco:
“Ah, tienes que
regresar a ver a tu familia…”
“No, yo la cuido
solo. El dueño es de aquí, pero vine a cenar donde unos familiares y me hice
tarde”
“¿Quién es el
dueño?”
“Un señor llamado
Julio… ha sido futbolista”
El cerebro de
Paco parece despertar. Finge buscarse algo en el bolsillo y poner cara de
preocupación.
“¿Qué te pasa,
pata?”, pregunta el joven.
“Mierda… no
saqqué las llaves de mi casa, ya a esta hora mi vieja no me abre la puerta ni
cagando”.
“¿Qué harás?”
“Pasar la noche
en la calle, pues… ¿cómo me dijiste que te llamas?”
“Juan… mucho
gusto”.
“Yo soy Paco…
Tendré que buscarme una cómoda banca en un parque y pasar la noche ahí”.
“Pero… hace mucho
frío, es peligroso”. El muchacho parece reflexionar algo. “Tengo una idea,
Paco”.
Veinte minutos
después, una mototaxi los deja en la puerta de madera que accede a la parcela
de Julio, y cinco minutos después, en el cuarto que ocupa Juan.
“Hace más
calorcito aquí”, comenta Paco sonriendo.
“Sí, de hecho yo
duermo calato… como nadie entra aquí”.
“Ah, que
coincidencia”, finge Paco. “Yo también duermo calato en mi casa”.
“Sí”, confirma
Juan. “Y más cuando se te para la verga”.
“¿Tienes la verga
al palo?”, pregunta Paco fingiendo inocencia.
“Duraza”, sonríe
Juan en la oscuridad.
“No te creo”,
finge refutar el docente.
“Tócala… si
quieres”, dice el otro chico, pero la invitación viene con cogidita de mano
bajo la colcha a lo que Paco no se hace de rogar: efectivamente, el pene del
muchacho está duro y grueso. Paco lo
toma y comienza a explorarlo.
“¿Cuánto mide?”
“No sé. ¿Por
qué?”
“Es grandecito”.
“¿Tú crees?”
“Sí”, responde
paco.
“¿Quieres…
chupármelo?”
Paco entiende que
hace rato le han sacado línea y que no vale seguirse con rremilgos. Sonríe en
la oscuridad. Se interna bajo la colcha, recorre con su mano libre el marcado
cuerpo de Juan y llega a su falo. Lo huele un poco. Parece limpio. Abre la boca
y le lame la cabecita en círculos.
“Rico, carajo”,
suspira Juan.
Poco a poco, Paco
se va metiendo un ttrozo más del pene erecto dentro de su boca hasta tragárselo
todo. Como su culo está a la altura de la cara de Juan, éste último se moja el
índice derecho con su saliva y le va acariciando las lampiñas y firmes nalgas
hasta dar con su ano. Comienza a meterle el dedo poco a poco. Paco comienza a
gemir mientras sigue tragándose ese sable de 17 centímetros.
“La chupas rico,
pata, y tu culo está sabroso”.
Tras varios
minutos de la maniobra, paco deja de mamar la verga, y destapando a ambos, gira
y se sienta sobre el pene de Juan:
“Ahora vas a
gozar rico, papito”.
Paco coge el falo
y lo calibra dentro de su ano. Comienza a metérselo con facilidad debido a la
saliva que le ha dejado y a que el dedo de su amante lo ha dilatado lo
suficiente… aunque ese ano tiene cierta lubricación extra.
Paco cabalga el
pene de Juan por largo rato mientras se apoya en los marcados pectorales del
otro chico, quien no deja de acariciarle las nalgas.
“Te cacho en
cuatro”, propone Juan.
Paco acepta,
adopta la posición y ahora deja que el mancebo lo bombee con cierta firmeza.
Paco gime de placer. Definitivamente, ese chico sabe cómo penetrar el ano de
otro hombre. La ingle del activo chasquea al chocar con las nalgas del pasivo.
“las voy a dar”,
anuncia Juan.
“Dame tu leche, papito”…
dame toda tu leche”.
“Ahhh”, gruñe Juan, y
eyacula dentro del recto de Paco.
Juan sigue gruñendo de
placer por algún tiempo más hasta que saca su miembro, y se baja de la cama.
Luego que ambos se
limpian, regresan al lecho. Vuelven a cubrirse bajo la colcha.
“Sabes que tu cara me
es conocida de algún lado”, le lanza Juan.
“¿Sí? ¿de dónde?”
“Eso es lo que trato
de recordar, pero ya te he visto antes”.
“San Sebastián no es
grande; quizás de ahí”.
“Quizás”, reflexiona
Juan.
Ambos se quedan profundamente
dormidos.
A las cinco de la
mañana, Paco despierta y tras esperar a Rodo, el mototaxista, regresa a casa. Antes
de salir, se despide de Juan con un profundo beso en la boca.
“¿Volveremos a vernos?”,
le consulta.
“Ya tienes mi número”,
le sonríe Juan. “Coordinamos”.
Paco sonríe.
Durante el trayecto de
regreso, Rodo no se aguanta el comentario:
“Ya se te hizo
costumbre venir a esta parcela, no?”
“Te la perdiste”, le
dice el docente muy suelto de huesos.
De pronto, algo
inesperado. Una camioneta sale de una parcela justo antes del puente que
conecta con las primeras casas de la ciudad. Rodo trata de evadirlo.
La mototaxi maniobra
mal y cae al canal que está al lado de la carretera, quedando llantas arriba.
Ese martes, Rico
recoge a Leandro al finalizar el entrenamiento en el Estadio Municipal, y en
lugar de llevarlo para su casa en el norte de la ciudad, lo lleva hacia el
centro sur, muy cerca de la casa de novios y la Torre Echenique, la que se
divisa algunas cuadras en dirección al mar. Se estacionan en una quinta, y tras
pasar el portón de metal sin tanto enlucido, llegan a una de las viviendas de
dos pisos pintada en blanco casi impecable. Adentro, el color es el mismo, solo
que apenas si hay un sofá cubierto por un trapo como toda mueblería, una
cortina blanca traslúcida que da una hermosa iluminación difusa, sin muchas
sombras, una especie de gran dintel que separa lo que debería ser el comedor, y
una puerta al fondo que lleva a la cocina y otra a a la derecha que lleva a las
escaleras del segundo piso, a las que se puede acceder también por la mampara
enorme en lo que debería ser la sala. Rico quita el trapo del sofá e invita a
que Leandro tome asiento.
“¿Cómo
conseguiste esto?”, pregunta el futbolista, quien no ha cerrado la boca desde
que ingresó.
“Contactos”,
responde lacónicamente el nuevo amigo, con una enorme sonrisa que agranda más
su boca de labios carnosos.
Leandro
toma su mochila y saca algo: un sobre manila que alcanza a Rico, quien, al
abrirlo, sonríe entrañablemente.
“¡La
ampliaste!”, exclama al ver que se trata de su foto en la computadora pero esta
vez en un papel brillante de veinte por treinta. “Ni siquiera tengo el original
de esta foto”.
“Claro
que al diseñador le costó trabajo recuperarle la nitidez, pero quedó bien”,
explica Leandro también entre sonrisas.
“Qué
va, chico. Quedó estupenda”.
“Entonces,
cuéntame de tu proyecto aquí, porque me dijiste que solo me lo contarías cuando
llegásemos”.
Rico
coloca el sobre en una caja de cartón que está pegada a una de las paredes y se
sienta junto a Leandro.
“Quiero
montar aquí un pequeño estudio para hacer fotos y videos”, le confiesa al fin
eltaxista.
“Suena
bien”, vuelve a sonreír Leandro. “¿Y ya tienes clientes?”
“Más
o menos… ¿Cuánto ganas al mes por modelar y patear pelota, Leandro?”
“Veamos….
Setecientos un mes malo… Hasta mil doscientos un mes bueno. ¿Tú?”
“en
el taxi me saco como cien diarios”.
“¡Oe,
no está mal!”
“Pero
lo reparto en tercios, Leandro: un tercio pa’ mi familia en mi país, un tercio
pa’ ahorro, un tercio pa’ mis gastos”.
“Igual,
Rico, eso es mil líquidos solo para ti; yo tengo que repartirlos en todo”.
“Lo
sé, Leandro. Pero da la casualidad que hay un trabajo donde puedes sacarte dos
mil quinientos en dos días, y eso para empezar”.
“¿A
quién hay que matar?”, bromea Leandro.
Rico
sonríe:
“A
nadie; mas bien, posar desnudo y erecto”.
Leandro
se queda en silencio por unos segundos.
“Perdona”,
le aclara Rico, creyendo haber estropeado el momento.
“NO…
para nada”, reacciona al fin su invitado. “¿Dos mil quinientos por posar calato
y al palo?”
“Y
pajeándose hasta acabar”, añade Rico. “Cuatro sesiones de hora y media a dos
horas, hasta tres, durante dos días”.
Leandro
no tiene que hacer mucha matemática para entender que en cuarenta y ocho horas
puede sacar el equivalente a tres meses
de trabajo si las cosas van mal, o dos si todo va bien; y aún queda un
sobrante.
“¿Pero
y esas fotos dónde se van a ver, Rico?”
“El
contrato dice en los Estados Unidos; pero ya sabes cómo es Internet: se
filtrarán como les ocurrió a esos culturistas de acá”.
Leandro
recuerda vagamente que ocho años atrás, un programa de espectáculos por
televisión, chismes de farándula mas bien, sacó un informe donde revelaba que
varios musculosos habían posado como Rico propone, y las imágenes terminaron
filtrándose. Aunque no lo confiesa, él sabe que incluso, a pesar de una guerra
por los derechos de autor, los videos de cuarenta minutos en promedio están
subidos por usuarios privados. Piensa en cuál sería la reacción de su madre (la
vieja se infartaría sí o sí, reflexiona), qué pasaría en su equipo, qué pasaría
con sus aspiraciones:
“¿Y
qué hay que hacer para chambear en eso?”
“Hacer
una pequeña sesión de prueba”, replica Rico.
En
cuestión de minutos, se organiza una en esa sala. El taxista saca una cámara
fotográfica semiprofesional (ante la sorpresa de Leandro) de la caja de cartón
y se dispone del espacio entre la sala vacía y el comedor también vacío.
Leandro deja la mochila en el sofá y toma su marca. Lo mismo Rico, quien
durante los próximos minutos comenzará a dar órdenes a su modelo, como los grandes
fotógrafos profesionales:
“Manos
a la cintura… así, sonrisa… pie izquierdo algo más adelante, no tanto, ¡ahí!”
Y
conforme la sesión avanza, Leandro va perdiendo cada una de sus prendas hasta
quedar como Dios lo trajo al mundo.
“eso,
aprieta el culo… bien”, ordena Rico. “Gira… Acaríciate… Mano al huevo… eso…
Masajéatelo”.
Leandro
comienza a masturbarse, pero parece no conseguir el resultado que Rico espera:
“¿Demora
en ponerse duro?”, consulta el fotógrafo ad-hoc.
“Lo
que pasa es que no hay mucha estimulación”, sonríe Leandro pendejamente.
“Te
pongo una porno”.
“No,
eso no hace mucho efecto… Si hubiese alguien que…. La chupe”.
Rico
ahora ssonríe pendejamente:
“¿Y
cómo debe ser ese ‘alguien’?”
“Alguien
que la sepa chupar”, guiña un ojo el modelo desnudo.
Un
par de minutos después, Rico está arrodillado ante el cuerpo del adonis al
natural practicándole sexo oral.
“¿Por
qué no te quitas la ropa?”, suspira Leandro.
Rico
accede, y si su trasero es motivo de alabanza pública, el de su nuevo amigo no
se queda atrás: ahora sí, su erección es plena. Rico toma más fotos hasta que
Leandro siente el cosquilleo que anuncia el orgasmo:
“Las
voy a dar”.
“Aguarda”,
pide Rico, quien apaga la cámara, la pone en el cajón de cartón, se acerca al
otro muchacho, lo abraza frontalmente apretando su excitación contra la otra, y
comienza a besarlo en la boca. Aunque no se tienen más imágenes, la sesión
finaliza con ambos haciendo el amor tiernamente sobre el sofá.
Llegué a mi casa como
a las seis DE LA MAÑANA. A la seis, mas bien.
Luego de dejar la habitación
del Dreams, bajé con Juan, me aseghuré que tomara su mototaxi (me insistió que
yo tomara la mía primero), y, teniendo en cuenta la hora, y que mi casa estaba
relativamente cerca, me fui caminando.
Al llegar al parque de
mi conjunto residencial, hice una parada y fingí hacer una rutina de
abdominales y algo de calistenia.
Como estaba con ropa
deportiva aún, y me había topado con varios vecinos que salen a correr
temprano, era la mejor manera de camuflar lo que había pasado la noche
anterior.
Cuando vi el alba y
verifiqué la hora en mi reloj, me acerqué a casa e ingresé por la puertecita de
servicio.
Al aparecer en la
cocina, Carmen estaba preparando el desayuno.
Esta amabilísima mujer
de unos 50 años se vino a trabajar a mi casa unos meses después de que mi padre
falleciera hace unos ocho años, y mi madre tuviera que encargarse de que mi
hermana Elena y yo termináramos la secundaria y comenzáramos la universidad.
Mi hermana se tituló
como abogada y consiguió un buen trabajo en un estudio jurídico de la capital,
gracias a que toda su carrera tuvo una beca por su promedio extraordinario.
Yo me titulé hace un
año, y en cuestión de un par de meses me enganché en el Banco Popular, donde un
puesto de ingeniero de sistemas estaba vacante, y de milagro, porque éso del
crecimiento macroeconómico será para quienes tienen muy buen capital, pero para
quienes tenemos que ganarnos la vida consiguiendo trabajo como sea, la cosa no
es tan boyante como sale en las revistas de economía.
Fui un estudiante
promedio, no aspiré a becas, pero tampoco fui un descuidado. Valoraba el
esfuerzo de mi madre, aunque me incomodaba que tratara de meter sus narices en
mis cosas, lo que solía ocurrir un día sí y el otro también.
“¡Joven Rafael!”
“Ca-Carmencita… Buenos
días”.
“¿en qué momento salió
a hacer deporte? Su mamá estaba preocupada porque tardó mucho anoche”.
“¿Ya se despertó?”
“No. Todavía, pero me
llamó muy preocupada”.
Pasé raudo a la sala,
luego al pasillo, luego a mi dormitorio.
Me quité la ropa y lo
primero que hice fue abrir la puerta de mi armario para verme desnudo en el
espejo de cuerpo entero. ¿Tenía signos de chupones o arañones?
Revisé y revisé.
Aparentemente no.
Me duché, y froté
concienzudamente mi miembro. Sabía de más que eso no evitaría nada, o quizás sí.
En el fondo, fue un acto reflejo para limpiarme del asco que sentí por
habérsela metido a un desconocido, y a pelo.
Solo me quedaba
confiar en su palabra: debía estar sano; si no, la cagada.
A la hora de
desayunar, mi madre ya estaba sentada en el comedor.
“Rafael, ¿dónde has
pasado toda la noche?”
“Chambeando, vieja.
Sabes que tengo horario de entrada pero no de salida”.
“Ni que fueras
policía”.
“soy policía de la red
informática del Popular, donde sí es seguro ahorrar”.
Le puse una sonrisa
pícara.
No intentaba caerle
bien, sino cortar esa conversación por lo sano, pues detestaba sus
interrogatorios.
“Hubieras llamado,
¿no?”
“Apagué el celular
porque necesitaba concentración. El sistema… se cayó. Es complicado
explicarlo”.
“No quiero que me lo
expliques; solo que llames y digas que tardarás para no preocuparme”.
Probé un par de huevos
duros, algo de fruta, avena, y me levanté de la mesa.
“Gracias, vieja. Me
voy a chambear”.
“Si te quedas por ahí,
al menos llama”.
Tragué saliva, di las
gracias y me retiré de la mesa.
Al salir de mi casa,
hallé a la dulce Carmen barriendo nuestra vereda. Se me acercó con disimulo.
“la señorita Laura lo
llamó anoche. Dice que quiere hablar con usted”.
Me quedé tieso un
segundo. Hice una mueca.
“OK. Gracias, Camuchita”.
“¡Que no me diga
Camuchita!”
Hizo el ademán de quererme golpear con el palo
de la escoba. Ambos nos reímos.
Mi meta era
llegar hasta una chalana y regresar al toque a la jato que estaba alquilando,
pero alguien me hizo cambiar de planes.
Mi nombre es Gonzalo
y me encanta salir a correr un rato por el parque de mi barrio. Lo hago para
relajarme y tener mi cuerpo en forma, especialmente mis piernas y mi culo.
Trabajo como abogado y mi chamba es demasiado absorbente, llena de
estrés.
Aprovechando el
feriado largo, decidí desconectarme en una playa. Alquilé una jato a
unos patas y me quedé allí.
Dormir calato y arrullado por las olas del mar norteño
es lo máximo, ddespertarse con ellas es lo mismo. Me da la sensación de
libertad y relax. Se los recomiendo.
Apenas despuntó
el día, me levanté. Tenía mi pija bien al palo, pero aún así me asomé a
la puerta para ver las olas romper. Considerando la temporada, suponía que nadie
más caminaba o trotaba por esa arena. Así fue. El mar reventaba hermoso,la
playa estaba desierta. Serían como las 6 y cuarto o por ahí cuando decidí algo
inusual para cualquiera pero no para mí: trotar calato.
Qué sensación
para más mostra sentir la arena bajo mis pies ejercitando mis piernas y mis
nalgas mientras mi pinga, ya baja, saltaba de aquí para allá. Mi meta
era llegar hasta unas lanchas o chalanas que estaban, a mi juicio, unos 200 o
300 metros más adelante, tocarlas, regresar, hacer una rutina de jercicios,
bañarme y pasar el día rascándome las bolas.
Corrí así,
calato, sin problemas hasta llegar a una de las chalanas. Cuando mi mano iba a
tocar la punta de una de ellas, de la nada apareció un chibolo. Sus 25 años le
calculé, cuerpo recio a pesar de que estaba bien abrigado con su
gorrito, chompa, jean y botas de plástico. Ambos nos sorprendimos al vernos así.
Mi vergüenza inicial cedió ante mi desinhibición.
“Buenos días”, le
dije. “¿qué tal la pesca?”
“Más o menos, míster”,
me respondió. “No tanta como quisiera pero ya la mandé al terminal pesquero”.
“Lástima”, le
dije sonriendo. “Yo que quería comerme un pescadito para el desayuno”.
“Pero si quiere,
puede meterse al mar”, me bromeó. “Tiene buena carnada si quiere pescar alguna
otra cosa”, me señaló mi paquete con sus ojos.
Yo me miré mi
verga. Comenzaba a ponerse dura.
“Ésta no es carnada”,
le dije. “es mi anzuelo. ¿Qué pescado crees que me lo pueda picar?”.
“Suba, yo le
enseño”, me invittó el chibolo.
Trepé la chalana
(menos mal que no había gente en la playa si no iban a verme el agujero del
culo mientras subía), y entré junto a él.
“¿Qué pescado crees que pueda picar mi anzuelo?”, le reiteré.
El pescador,
sin más roche ni tiempo que perder, se arrodilló, se puso frente a mi
‘anzuelo’, lo acarició y lo terminó de poner duro.
“A lo mejor un
hermoso pescadito norteño”, dijo. Y se zampó mi falo dentro de su boca.
Me la comenzó a chupar mientras sus gruesas manos me acariciaban mi redondo
culo.
“Mierda”, dije.
“Sí que piqué una buena cachemita”.
El chibolo estuvo
tragándose todo mi miembro por buen rato mientras se quedaba calato
también. Y no me equivoqué respecto a su físico: cuerpo bien en forma no tanto
por el gimnasio o el ejercicio físico, sino por la vida dura de la pesca en los
fríos mares peruanos. Entonces, me la dejó de chupar y sacó un condón de
su ropa, me lo ofreció.
“¿Sabes ensartar
pescados?”
“No sé”, le dije.
“Pero puedes enseñarme”.
El chibolo giró y
me ofreció su lampiño y gordo culo. Ricas y duritas nalgas tenía. Me arrodillé.
Me puse el forro y lentamente lo fui ensartando. ¡Vaya! Ese pescadito sí que
fue fácil de enganchar.
Me lo caché
rico por buen rato hasta que sentí que las iba a dar.
“Se me viene la
leche de tigre”, le dije bien arrecho.
El patita se
separó de mi ‘anzuelo’, se volteó, me sacó el condón, me pajeó fuerte y dejó
que mi semen se disparara en su cara. Jadeé de placer, carajo.
El sol ya
comenzaba a salir en esa playa solitaria.
“¿Quieres
desayunar? Estoy solo en la jato que alquilé”.
“¿Te podré pescar
yo?”, me dijo limpiándose mi esperma aún en su cara. “Tienes un rico
culo”.
“Ya veremos”, le
dije. “Si sabes sopearme bien, ya veremos”.
Como contagiado
de mi desnudez, se puso de pie y bajamos así de la chalana.
El huevón tenía
un buen ‘anzuelo’ entre sus piernas y me supo besar bien el ano, pero no
me la supo clavar. Entonces lo volví a cachar.
En vez de
desayunar, nos quedamos bien jato.
Hoy mientras
escribía esto lo wasapeé. Le pregunté si le jodía que cuente esta historia.
“Si no dices
quién soy ni dónde estoy, claro”.
Así que, así me
pasó a mí. Y de algo estoy bien seguro: la próxima vez ya no tendré que ver en
qué playa me quedo ni dónde puedo correr calato, ni tampoco a quién buscar. Ese
hermoso ‘pescadito’ que supo atrapar mi garfio me esperan el próximo feriado
largo.
Cuéntanos tu
relato y mándanos tus fotos discretamente a hunks.piura@gmail.com (solo para
adultos).