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lunes, 27 de febrero de 2023

Lucas: Un ron por ese chibolo

Soy Lucas, vivo en Piura,  y tengo 38 años. Mi obsesión son los chibolos de 22 años, delgados pero formaditos. ¿Por qué?

 


Hace un tiempo yo chambeaba en Chiclayo. Un miércoles me encontré en un grupo de contactos gay a un chibolo de 20 años. Le mandé solicitud, me aceptó, chateamos buen rato, me cayó simpático, quedamos para vernos el sábado. Esa noche y las siguientes hasta el viernes, aluciné follando sin control con él en mi cama, inundando su ano con mi semen.

 

No había momento en que me quedara calato en la cama, pusiera dura mi verga de 15 centímetros y la frotara contra la almohada hasta que se me saliera la leche imaginando que perforaba su sabroso culito. Ni las duchas frías que tomaba me bajaban la calentura. ¡a la mierda! Cuánto esperma me hizo botar ese conchesumare.

 

Llegó el sábado. Como le dije que tenía sitio, organicé mi cuarto para que la cita fuese lo más placentera posible. Me fui bien animado a chambear.

 

A eso del mediodía, el huevón me pasó un mensaje: “No creo que la haga, causa… tengo un culo de trabajos de la universidad por entregar” ¡Carajo!, me dije. ¡Y qué iba hacerme esa noche? Porque si él tenía un culo de trabajos, yo no había dejado de alucinar cómo sería probar su culo mientras le hacía el amor. Ni modo. Me resigné. Algo haría. Quizás… pajearme como loco.

 

Salí de la chamba a eso de las seis y media de la tarde cuando otro mensaje me entró. Era el mismo chibolo. Yo estaba desganado, así que no le di bola. Pero el chico insistió. “Al diablo mis trabajos… ¿dónde nos vemos?” Puta madre. De solo pensarlo, se me fue el cansancio y hasta mi verga se puso dura bajo mi ropa. Y ya sentía el bóxer húmedo porque cuando se me para, lubrico como mierda.

 

Quedamos de vernos en el Paseo de las Musas. A pesar que yo había deseado ese momento, estaba medio nervioso. Me compré un roncito y me puse a tomar un poco como para darme valor. La huevada es que el chibolo no aparecía por ningún lado. Decidí acabarme la chata e irme a joder a otra parte.

 

Ya estaba tomando el último vaso cuando él apareció.

“Disculpa, brother”, me dijo todo humilde. “traté de zafarme, pero una vaina y otra…”

¿De qué vainas habla este huevón? Mejor estaba mi vaina, otra vez al palo, lubricando, especialmente con esa ropa entallada que le marcaba su físico, y ese pitillo que le destacaba su culito bien redondito y sus piernas gruesitas y firmes.

“Practico fútbol”, me contó cuando se sentó a conversar.

Compré otro ron y comenzamos a hablar. Le invité pero no quiso. Nos caímos en gracia. Cuando se acabó la segunda chata, llegó la duda:

“¿Dónde la seguimos?”, le dije, con la esperanza de que ya quisiera que cachemos.

“Vamos a la disco”, me propuso. No era precisamente lo que tenía en mente, primero porque ya le tenía hambre a ese culito y segundo porque no soy bueno bailando. Obvio, no le dije eso.

“OK… vamos”, le dije.

 

La pasamos bien en la disco. Como ya la había comenzado con ron, la seguí con ron. Quizás eso me dio valor para bailar. No sé ni cómo lo hice, o si hice el ridículo, pero el caso fue que también el chibolo aceptó tomar unos vasitos. Aprovechando la penumbra, me le acerqué y mi mano traviesa le acarició una nalga: estaba durita. Imagínense cuando nos tocó perrear, ahora era mi pinga la que se había puesto no durita al rozar su trasero… ¿estaba duraza!

“¿La seguimos en otro lado?”, le consulté.

“¿Dónde?”

 

En veinte minutos ya estábamos en mi cuarto. Apenas cerramos la puerta, nos besamos en la boca como locos. Qué rico sentir su lengua. Me imagino que le excitó mi aliento a ron. Comenzamos a quitarnos la ropa.

 

Ya calatos, nos abrazamos fuerte y dejamos que nuestras pingas duras se frotaran y rozaran. La suya también lubricaba un montón. Mientras nos besábamos, subimos a la cama.

 

Acaricié su culo de futbolista. Obviamente que así sin ropa era más redondito y firme que con ella. Aparte que esas nalgas lampiñas hacían que las caricias fuesen como pasar seda sobre porcelana.

 

Mis labios dejaron los suyos y comencé a besar suavemente su cuello con aroma de rico perfume varonil. ¿Bien!, dije yo. Él comenzó a gemir y jadear con tono de macho. ¿Bien, carajo!, dije yo. Los patas que se comportan como mujeres en la intimidad no me ponen nada.

 

Bajé a chuparle las tetillas. El chibolo se alocó más y acariciaba mi cabello. En realidad, me despeinaba. Seguí bajando. No tuve problema en chuparle su pene. No era largo o grueso, pero estaba ahí, levantado y duro como un gancho del que debía colgar toda mi boca caliente.

“Así, pata… la mamas bien rico”.

Succioné bien su pichula para ordeñarle un poco de precum y luego lo guardé en mi boca para buscar la suya e intercambiarlo junto a nuestras salivas mientras nos besábamos otra vez. Volví a bajar a seguirle chupando su rico pene.

 

Solito se fue acostando sobre mi cama. Abrió sus piernas para que le lama los testículos. ¿Requetebién!, dije yo. Solito levantó las piernas. Obviamente, ambos sabíamos qué queríamos.

 

Separé sus nalgas, saqué mi lengua, y, sin perder tiempo, fui a conquistar su anito cerradito. En mi excitación, quería penetrarlo solo con mi lengua. Él me agarró fuerte del cabello y quería que no deje de hacerle el beso negro. Miré un toque: ya estaba dilatándose. Decidí sopearlo más.

 

Me incorporé. Aprovechando mi saliva y mi líquido preseminal, le fui metiendo mi pene. El chibolo era tan estrecho que incluso para meterle la cabecita fue un poquito trabajoso. Así que me estiré, saqué el condón que había separado para esa noche especial, me lo puse, y luego saqué el lubricante y lo embadurné bien. Puse algo del gel en el ano de ese hermoso chico.

 

Empecé a empujarle mi pinga. Logró entrar todita poco a poco, pero, como era tan estrecho, me apretaba como mierda, y sentía que en cualquier momento ese ano iba a succionar mi falo arrancándolo de mi cuerpo. Comencé a mecerme. ¿Puta madre, por Dios! ¡qué hermosa sensación bombear ese agujero!

¡así,papito”, susurraba el chibolo. “Cáchame rico así”.

Ese pedido con voz de macho me calentó más, por lo tanto le di con todo y me moví como loco. El chibolo se quejaba medio rugiendo, como macho. Eso para mí era combustible. Le di más fuerte aún. Ambos estábamos fuera de nuestros seres entregándonos al sexo más rico que nunca antes nadie haya sentido.

 

Como me lo agarré piernas al hombro, mi pubis y mis bolas azotaban sus nalgas como un castigo placentero, que nunca desearía que acabe.

 

En un momento que tomé aliento para volverlo a cachar fuerte, él puso sus manos en mi pecho y me hizo entender que quería que me acostara. Lo hice. Ese hermoso nene se sentó sobre mi verga, se abrió bien sus nalgas y se dejó clavar por mi herramienta sexual. Comenzó a cabalgar como loco. Ahora era su hermoso culo de futbolista el que azotaba mi piel. Siguió gimiendo y jadeando. Por ratos se inclinaba y me besaba en la boca sin dejar de mover ese fabuloso trasero.

 

Estuvimos buen rato así hasta que…

“Ya las voy a dar”, le dije.

Él me sonrió.

“Quiero quitarme el condón y llenarte el culo con mi leche”, le dije.

Volvió a sonreír y me señaló su boca lo más pendejamente que puedas imaginar.

 

Cuando sentí que ya no iba a aguantar más, le dí unas nalgaditas y él se desconectó de mi pene, se arrodilló sobre mi cama y yo me puse de pie sobre ella. Me hice una paja que era capaz de arrancarme mi pinga y le di toda mi leche en su boca. Él no solo la saboreó; se la ttragó como quien traga el licor más rico del mundo.

 

Me incliné a besarlo en la boca nuevamente.

“La pasé de la puta madre”, le dije.

“Yo igual”, me respondió.

Para entonces, el efecto del ron se nos había pasado. Nos quedamos conversando un rato y cuando nos dimos cuenta, ya casi estaba amaneciendo.

 

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viernes, 20 de enero de 2023

ASS (62): Así me la mamó, pero tú lo haces más rico

Damián pide a Juan reconstruir lo que pasó la noche que cachó con Paco.


“Nos cruzamos esa noche en la calle, me decía que venía de tomar unas chelas con unos amigos… creo que en el semental, o algo así”, relata Juan.

“¿Será el Cimarrón?”, interrumpe Damián.

“Sí, creo que sí”, replica Juan. “el hecho que venía algo picado, me hizo el habla, y, bueno… si se me estaba ofreciendo así, yo creí que podríamos venir aquí a pasarla bien. Total, ¿quién iba a enterarse?”

el peón y el policía están sentados en una mesa simple en la salita de la casa que Julio tiene en su parcela, cerca de San Sebastián. El dueño de la propiedad también está presente ese miércoles, ya pasadas las nueve de la noche.

“¿Te sirve esa información?”, pregunta Julio.

“va a cobrar relevancia en la medida en que paco despierte o podamos encontrar al mototaxista para corroborar datos”, explica Damián.

“¿encontrar al mototaxista?”, se extraña Julio.

“Pidió su alta desde ayer por la tarde y desde entonces su paradero es un misterio”, responde Damián.

“Lo que les digo es la pura verdad”, reclama Juan.

Damián estudia las agradables facciones del chico y le palmea el hombro:

“Mira, muchacho, aquí entre nos, yo sí creo que estás diciendo la verdad, pero si ese otro huevón va a hacer lo que pienso que va a hacer, lo mejor es que tengamos datos exactos para que Julio sepa cómo lo puede joder”.

“Perdone, don Julio”, baja la voz Juan.

“No es tu culpa”, responde el aludido, de manera tranquila.

“Lo que no entiendo es por qué quiere joderte de esa manera”, observa Damián a Julio.

El ex futbolista suspira y se estira sobre su silla.

“Cuando Sandro se hizo adolescente, se hizo hincha del equipo y lo veíamos apoyando en todos los partidos. Su viejo era socio del club y aportaba fuerte. Eso hizo que Sandro tuviera más acceso, incluso a los vestuarios. Tendría 15 o 16 años, y de pronto noté que rondaba mucho a los jugadores. Una vez lo descubrí cachando con uno de ellos en las duchas. Era José Luis. Sandro alucinó que el Pelu era su pareja y no lo abandonaba ni a sol ni a sombra. Tuve que hablar con su viejo para que nos lo quitara de encima porque ya estaba afectando nuestro rendimiento. Desde allí me cogió fastidio”.

“¿Y nunca lo pudo superar?”, inquiere Damián.

“No lo sé. Cuando Sandro cumplió 18 años, pidió adelanto de herencia a su viejo. Sandro fue siempre hábil para los negocios e hizo crecer su plata. Fue cuando se hizo socio. La huevada era que jugador que fichábamos, jugador que debía meterle pinga. Era fijo. Y cuando se le prendía a uno, no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Hizo que uno de los chicos se separe de su mujer, y ya te imaginarás cómo fue eso. Me tocó ponerlo en su sitio. Empezó a decir que Pelu y yo éramos pareja, que hacíamos orgías con los otros futbolistas. Entonces le saqué su mierda”.

“¿Le pegaste?”

“Ya me había sacado de mis casillas y me había indispuesto con mi mujer… Me denunció… Menos mal que todo el equipo, incluyendo el cuerpo técnico, sacó la cara por mí y testificó diciendo que él era un acosador. Renunció como socio del club. La huevada es que eso te explica por qué me tiene cólera”.

“Ahora me quedan las cosas más claras”, comenta Damián. “Solo un detalle: ¿podrían mostrarme qué pasó  esa noche que viniste con Paco?”

“Mostrarle, ¿cómo?”, se extraña Juan.

“Hacer exactamente lo que hicieron esa noche ”.

Minutos después, Julio se desnuda por completo y entra al cuarto. Juan y Damián ya están acostados, calatos, uno al lado del otro.

“Comenzó a conversarme y a acariciar”, cuenta Juan.

“¿Cómo te acarició?”, averigua Damián.

“Me pasó la mano desde la tetilla hasta mi huevo”.

“¿Así?”

Damián pasa la palma de su mano desde el pectoral, suavemente, hasta detenerse sobre el pene semierecto de Juan.

“Así, así, exacto; entonces Paco comenzó a pajearme”.

Julio no pierde detalle de cómo Damián comienza a masturbar a su peón hasta que el pene se le pone bien duro. Su miembro también se pone bien rígido.

“entonces comenzó a chupármela”, indica Juan.

“¡Así?”

Damián se dobla como puede para iniciar el sexo oral.

“Tienes que parar el culo”, indica Juan.

Damián asume la posición señalada, lo que el peón aprovecha para acariciar las nalgas y masajear el ano del policía.

“La chupas mejor que ese huevón”, comenta el joven.

“¿Y solo cacharon Paco y tú?”, pregunta Julio mientras se masajea su pene duro.

“Sí, solo él y yo”.

Damián deja de mamar la pinga:

“¿qué pasó luego? ¿Le metiste tu pene?”

“Sí”, responde Juan muy excitado. “Se sentó encima de mi pinga”.

Damián toma un condón, le pone su propio líquido pre-seminal como lubricante, pues también se le ha parado el pene, unta ese mismo fluido al miembro de Juan, se coloca, pone la punta del glande en la entrada de su culo y comienza a tragárselo por atrás poco a poco.

“Aa la mierda”, reacciona el policía. “el tuyo sí duele”.

“Métetelo despacio”, aconseja Julio. Para qué te apuras si igual vas a gozar rico cachando?”

Damián sigue el consejo mientras respira hondo y lento y trata de expandir los músculos de su ano.

Ya con todo el pene dentro de su recto, el policía comienza a rebotar despacio.

“¡él cachó así?”, pregunta excitado a Juan.

“Sí”, dice el chico, bien arrecho, “pero tú te dejas cachar más rico”.

“¡así de rico, papito? ¿Así te gusta meter verga a un buen culito?”

“Claro que sí… y tu culito… está más sabrosito”.

Ambos gimen y jadean mientras Julio hace un esfuerzo para evitar que la leche se le salga mientras se sigue masturbando.

La sensación le parece tan deliciosa a Juan que no puede contener su orgasmo:

“Las voy a dar, carajo”, anuncia, y eyacula dentro del condón.

Damián deja de cabalgarlo poco a poco, pero su pene está bien al palo.

“¿Y él se pajeó sobre ti?”

“No”, suspira Juan, más relajado. “en realidad, le hice perrito, pero no se vació”.

Julio reacciona:

“¿Perrito, dijiste? O sea que siguieron cachando”.

Damián se saca el pene de su ano:

“¿Y cómo cacharon en perrito?”

“mirando a esa pared”, señala Juan hacia los pies de la cama.

“Eso lo puedo hacer yo”, anuncia Julio encaramándose, buscando un preservativo y poniéndoselo mientras Damián adopta la posición. Poco después, el pene del ex futbolista taladra el ojete del policía fiscal. Julio cacha como loco.

“¿Así se lo clavó?”, pregunta excitado a Juan.

“No, pero qué rico es verte dándole pinga a ese pata”.

Damián goza al sentir cómo esa pija le taladra el culo. Gime.

“agárrame piernas al hombro”, pide.

Julio se olvida de la reconstrucción de los hechos y le da gusto al policía. Adoptan la nueva posición. El ex futbolista vuelve a introducir su pene al ano del robusto efectivo del orden, en tanto éste comienza a pajearse:

“¿La damos juntos? Ya casi me vengo”.

“Yo igual”, avisa Julio.

“Vamos”.

Los dos reanudan la acción, solo que esta vez Julio bombea con más fuerza:

“Concha su madre, carajo, las voya dar, mierda… ¡las voy a dar,reconchasumadre!”

Julio eyacula dentro del ano de Damián, mientras éste apura su masturbación hasta que las ráfagas de su semen se disparan sobre su abdomen y pecho:

“Rico, carajo”, murmura Damián.

Tras lavarse y secarse, el futbolista y el policía salen de la casa en la parcela y están a punto de montar la moto que los regrese a San Sebastián. Es las once y media de la noche:

“Eres un pendejo”, sonríe Julio. “Todo lo que hiciste para que cachemos contigo”.

Damián no responde nada; solo sonríe. Ambos montan la moto. Cuando ya ven más cerca las luces de la ciudad… un camión sale de la nada.

“¿¿carajo!!”, advierte Damián tratando de controlar la motocicleta…

Para terminar, te dejamos con una porno gay | Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com

  


miércoles, 26 de octubre de 2022

Ser Rafael 10.2: ese culito masculino


Tras despertar nos colocamos nuestros trajes de baño: ella vestía un conservador bikini rosado con ribetes blancos; yo, mi bermuda guinda con unos grandes estampados a manera de hojas celeste apagado.

Nos pusimos a caminar a lo largo de la playa poblada de casas de madera y defensas de rocas grandes. Los días de semana casi no hay gente, entonces puedes andar a tus anchas.

Concursamos a ver quién contaba más pelícanos en el horizonte. Tratamos de mantener en pie un castillo de arena que desafiaba toda norma arquitectónica (perdón, somos ingenieros de sistemas). Perseguimos cangrejos. Recolectamos conchas olvidadas en la arena. Imaginamos una casa de playa en una colina cercana (a prueba de tsunamis… otra vez, somos ingenieros de sistemas). Probamos caricias atrevidas entre la arena, el cielo y el sol, con la complicidad de unas gaviotas hambrientas.

Aprovechando una palmera, nos sentamos a ver el mar.

“Rafo, qué lindo cumpleaños estoy pasando”.

“Te dije que era poco”.

“Gracias, amor. Te luciste, especialmente anoche, porque eso de vestirte de superhéroe sabiendo lo machista que eres… ¿y todo por mí?”

“Volvería a hacerlo, pero esta vez el traje lo elijo yo”.

Ambos nos reímos.

La puerta de una casa se abrió.

Dos chicas y dos chicos salieron a disfrutar la playa; es decir, suponía eso. Ambos muchachos tenían un físico inflado con anabólicos en el gimnasio. más que evidente. Uno de ellos vestía un bañador alicrado negro, a manera de un boxer diminuto; el otro tenía una tanga azul acero que apenas le podía contener un pequeño paquete, pero que

difícilmente ocultaba sus redondas nalgas, como si fueran burbujas. En realidad ambos tipos las tenían como burbujas.

“¡Rafo! ¡Ya deja de verlas”.

“¿Qué? Mejores están las mías, más naturales”.

“Oye, ¿de qué hablas? Te dije que dejaras de ver a las chicas”.

“Ay, mi amor. En realidad veía a esos huevones. Tienen que ser bien rosquetes para ponerse eso”.

Laura me quedó mirando, extrañada.

“Ay, qué machista que eres. ¿Y cuando pasemos nuestra luna de miel en Acapulco, Ibiza o Río de Janeiro?”

“No, Laura. Ni loco me pongo esas tangas”. ¿Andar con las nalgas al aire? Prefiero estar calato”.

“¿Y que las gringas o las cariocas locas se ganen contigo y quieran raptarte? ¡Nunca!”

Me reí estruendosamente. La besé otra vez.

De reojo, veía el casi esférico trasero firme del chico de la tanga azul acero que comenzaba a alejarse.

Luego, me negué a meterme al agua por temor a que alguna raya me picara: el centro de salud estaba muy lejos y no había movilidad que nos llevara.

A cambio, propuse disfrutar un fresco y picante cebiche con unas cervezas bien heladas. El sol estaba en su cenit.

Tras almorzar, regresamos al búngalo, compartimos la ducha, y pasamos directo a la cama a repetir la lujuriosa jornada de la mañana, por dos veces consecutivas.

Ya no tenía más condones dicho sea de paso.

Retozamos desnudos, hasta que, como de costumbre, Laura usó mi pectoral como su almohada.

“Rafo, cuando nos casemos, ¿podremos pasar la luna de miel en una playa? Pero una playa para los dos solitos”.

“Claro. Tenemos mucho tiempo para elegir la playa, hacer reservas y ahorrar”.

“¿Siempre quieres casarte cuando cumplamos 30?”

“Por qué el apuro, Laura?”

Ella no respondió.

“¿Aún no estás seguro, Rafo?”

“No es eso. Pero aún tenemos que realizarnos, conseguir logros profesionales”.

“Podemos conseguirlos estando casados”.

“Con hijos será más difícil”.

“Podemos esperar”.

Preferí no contestar.

“Rafo, entiendo que nos estemos cuidando para no tener hijos, y perdóname por pedirte hacerlo sin condón, pero podemos estar casados y realizarnos. Cuando sintamos que es el momento, dejamos de protegernos y tenemos hijos”.

“De acuerdo”.

Ese comentario me trajo a la memoria aquella noche, hacía cuatro meses, cuando Eduardo y yo lo hicimos sin preservativo.

Obviamente, ni loco se lo contaría a Laura. El caso es que el fantasma de la incertidumbre volvió a rondarme.

Eduardo dijo la madrugada en que lo rescaté que había perdido. ¿Y si se refería a otra cosa?

“¿Rafo? ¿ESTÁS BIEN?”

“¿Ah?”, respondí sobresaltado.

“¿Te molestó lo que te dije?”

“No, amor. Quiero ir al baño”.

Me levanté de la cama. Me encerré por un momento. Me vi la cara al espejo… ¡Algo tenía que hacer al respecto! Pero… ¿qué? 

domingo, 3 de julio de 2022

ASS (35): La libido insaciable del candidato

El sexo con patas es una buena forma de dar y recibir favores políticos también.


 

Sobre una cama, un chico trigueño fornido y lampiño, no más de 20 años, mete pinga al culo de otro hombre de contextura normal aunque con piernas y culo musculosos, no más de 45 años, quien lo recibe en un cómodo misionero. Ambos gimen mientras la penetración es intensa sin llegar a lo brutal. El más joven levanta el rostro, frunce placenteramente el ceño y jadea profundo. Da unas cuantas embestidas más a ese culo y se detiene poco a poco.

“Ya la di”.

“Follas riquísimo”.

El joven se incorpora, saca su pene, se quita el condón y se baja de la cama.

“¿Dónde boto el forro?”

“En el water”, le dice el que aún sigue acostado. “Si quieres, dúchate”.

El chico sonríe y se va a la pieza ccontigua. El que sigue acostado y desnudo piensa que meter su pinga en ese culito redondo y aferrarse a esas piernas gruesas debe ser tan excitante como a ver estado bajo sus brazos también gruesos. Mejor se levanta y también se dirige a la ducha. Adentro el chico ya se está jabonando.

“Ahorita acabo, don José Luis”.

“Normal, podemos bañarnos juntos. ¿ya tiraste el condón donde te dije?”

“Sí, don José Luis. Disculpe más bien si le hice doler”.

“No,descuida. Recuerda que tienes que presentar tu expediente en un fólder pasado mañana directo a Salaverry y él se encarga de todo”.

El chico asiente. Minutos después, cuando ambos ya están vestidos, José Luis le entrega una tarjeta de presentación con su nombre. Se le acerca tocándole el bulto.

“Las paredes tienen oídos, así que no se lo comentes ni a tu almohada. Cuando te toque renovar contrato, volvemos a follar, ¿entendido?”

“Entendido, don José Luis. Tiene un culo riquísimo”.

El hombre más adulto sonríe y despide al muchacho. Apenas abandona el dormitorio, entra un hombre más bajo y guapo, cabello peinado a lo Elvis, delgado aunque evidentemente atlético, quizás 35 años aunque en realidad tiene cinco más. Se despide del chico que sale con la cabeza baja y cierra la puerta con seguro.

“?Tenemos nuevo sereno, Josélu?”

“Sí, querido Salaverry. Nada que hacer que estos chibolos heterocuriosos follan riquísimo”.

“Hablando de follar, llegó tu… bueno, tu gestor de campaña”.

José Luis sonríe sarcásticamente. Salaverry vuelve a abrir la puerta, llama a alguien y entra Eliezer.

“¡Pelu! Vine a la hora que me dijiste pero tu… edecán me dijo que estabas probando pinga”.

“José Luis, Eli. José Luis. ¿Cómo te fue por San Sebastián?”

“El alcalde, ni mierda; pero te conseguía Sandro y al capi”.

“No me digas que hiciste un trío con esos dos rechuchas”.

“Sí, pero mejor estuvo el trío con el capi y ese chibolo de administración de empresas, el hijo rebelde de ese empresario amigo tuyo, el de la fábrica de…”

“¿le metiste pene a Julio o a Flavio?”, se sorprende José Luis.

“Se la metimos al tal Flavio… Prometió votos si lo dejamos hacer porno gay”.

Salaverry se intriga:  “¿Porno gay en Piura? ¿Quién es el osado?”

“¿Recuerdas a ese chico que posó desnudo para esa expo en Bellas Artes?”

“Ah ya, el gogo atlético”, recuerda Salaverry. “¿Y cómo nos dará votos haciendo porno gay?”

“Pide inmunidad, que nadie lo joda, y a cambio mueve a sus seguidores para votar por Pelu”.

“Mientras no me pida follármelo en cámara, sí nos conviene”, reflexiona José Luis.

“Pero casi linchan a ese profesor por mostrar el pene flácido de ese chico”, objeta Salaverry.

José Luis se le acerca y le da un beso en la boca:

“Tampoco podemos despreciar la oferta, Aníbal: los LGTBIQ y demás están ganando espacio. Pelearse con ellos sería una estupidez política”.

“Pero el obispo, Josélu…”

“¿Acaso no son los gays quienes más follan con gente de su mismo sexo, querido Salaverry?”

“Y hay gays evangélicos, y budistas, y agnósticos, y ateos”, agrega Eliezer.

José Luis vuelve a besar en la boca a Salaverry. Hace una seña a Eliezer quien se acerca y también besa al edecán. Luego, los tres al mismo tiempo. Para ser todo formalito, Salaverry tiene unos labios y una lengua que se ajustan perfecto a la de sus otros dos compañeros. Mientras tanto, los tres se van sacando la ropa.

Ya desnudos y subidos en la cama, José Luis mama la gran verga de Eliezer mientras masturba la de Salaverry, recta, gorda, emanando mucho líquido preseminal, 18 centímetros destacando en medio de un cuerpo muy velludo. Al igual que Eliezer, el edecán no se corta o rasura el vello púbico, pero en relación a su armonioso cuerpo, tampoco se ve mal.

Puesto en posición de pollito tomando agua, Eliezer separa las grandes nalgas de José Luis y comienza a hacerle un beso negro mientras Salaverry entrega su pene erecto para que su jefe se lo mame todo. Luego,los dos subordinados se turnan para meter y bombear sus grandes penes dentro del ano de su jefe. El que no lo penetra por atrás, lo hace por la boca.

En ese trance, cuando a Salaverry le toca meter su pene al culo de José Luis, termina expulsando todo su semen allí dentro. Resopla, gime profundo, se aferra a las grandes nalgas de su jefe mientras deja que su orgasmo fluya. Eliezer lo mira sonriendo.

Ya relajados, los tres descansan desnudos en la cama.

“¿Dónde dices que harán ese show porno gay?”, pregunta José Luis fingiendo desinterés.

“Zona Industrial. ¿Quieres ir?”

“Aunque quiera, hoy me toca ser esposo modelo. ¿Y… Julio no pidió nada?”

“Darle chamba a su hijo. Parece que hay un roche con el cura de San Sebastián y el capi prefiere que trabaje para ti”.

“¿Qué roche tiene el cura de san Sebastián?”, curiosea Salaverry.

“Que es más cachero que todos nosotros juntos, o eso me insinuó”.

“Aguanta”, reacciona José Luis. “¿No es el hijo del capi que…?”

“Sí, Pelu. Creo que es el que te cachaste hace años”.

“Puta madre”.

“¿Por qué? ¿qué pasa?”, se extraña Salaverry.

“Q        ue cuando eso pasó, ese chibolo tenía… 14 años”. 

    

miércoles, 15 de junio de 2022

Nicola Porcella yLa Mackyna bien calatitos, como tú los querías ver

OnlyFans es una red social que de un tiempo a esta parte ha tenido un crecimiento interesante, especialmente en mercado peruano. Y para muchos gays, casi es una bendición porque pueden ver a muchos chicos mostrándolo todo casi sin censura. Aunque tenemos que aclarar que el acceso cuesta, y según cuánto pagues, cuanto más podrás ver.

 


OnlyFans se ha convertido para muchos chicos en una fuente para conseguir plata. Claro que ésta puede aumentar dependiendo de la frecuencia con que publiquen, y las cosas que publiquen. Y, sin duda, los contenidos más apreciados son los calateos completos o las sesiones de sexo explícito.

De los usuarios peruanos más populares, nos quedamos con dos ejemplos.


 

Nicola Porcella es una primera muestra. el actor, ex modelo y ex futbolista (sí, fue delantero del Melgar, del Municipal y del Sport Boys) ha sido uno de los que abrió su cuenta, aunque la cerró recientemente luego que consiguiera un contrato con Televisa, la empresa de medios de comunicación más poderosa de México.

Las fotos más célebres de Nicola en OnlyFans, y que ha rescatado en su cuenta de Twitter, son aquellas en las que aparece en un jacuzzi, o enseñando su culito.

El capitán histórico de los guerreros ha sabido ocultar su paquete estratégicamente, incluso en aquella foto de la ducha donde su mano es la principal barrera entre su pinga y sus huevos y la vista de todos sus seguidores. ¿O qué tal en la que deseamos ser la espuma que tapa las joyas que Dios le dio? Ya, pues, Nicola, aunque sea para verla de lejitos, ¿no? Recuerda que amar (a tus fans) es compartir (tus desnudos frontales).

Porcella ha borrado algunas fotos calato, pero ha dado suficiente tiempo para que muchas personas las bajaran y compartieran… y para que nuestro equipo de investigadores las encontrara para que tú las disfrutes.














Las fotos fueron previamente publicadas por Nicola Porcella. Opina aquí qué te parecen.

 


Mack La Macyna es la segunda muestra. este entrenador, stripper, comerciante, emprendedor al fin y al cabo, ha sido un poco más explícito en OnlyFans, y cuando hablamos de explícito, nos referimos a que no ha tenido ninguna palta en mostrar su pinga y sus huevos.

La Mackyna también  ha enseñado su hermoso culo… mucho más formado que el de Nicola, por cierto. ¿Qué dices, Mack, se te puede hacer un rico beso negro… o quién sabe? ¿Será cierto que eres ‘todo terreno’ en todo el sentido de la expresión? No sería malo.

La Mackyna se recursea dando clases particulares a algunas estrellitas peruanas, aunque también tiene alumnos no tan famosos. ¿No te provoca contratarlo para unas clases de musculación totalmente al desnudo?  Por lo menos, el que haya posado así en pelotas para que todos lo admiremos y deseemos, se agradece enormemente… como las erecciones  que ya nos generó.














Estas fotos fueron previamente publicadas por Mack La Mackyna. ¿qué opinas de ellas?

 

Ya veremos qué otras sorpresas nos tiene preparadas OnlyFans. A propósito, ¿tú tienes cuenta allí? Si es así, déjala en los comentarios a continuación, deja que nuestros seguidores las visiten y que las califiquen. Será muy sabroso hacer un ranking de los mejores OnlyFans en la comunidad Hunks of Piura.

Para trabajar tus producciones posando calato, escríbenos en estricto privado a hunks.piura@gmail.com  o a nuestro Twitter https://twitter.com/hunkspiura por DM.

También tenemos otras entradas sobre culturistas calatos, actores calatos y modelos calatos. 

sábado, 21 de mayo de 2022

Proyecto Lujuria 8.4: El verdadero rostro de Alejandro


“Nunca me dijiste que Cruzado entrena en el mismo gimnasio, huevón”.

Una hora después, Alejandro, vestido demasiado casual para ir al trabajo, está parado frente a Escalante, vestido solo con una bata de baño,  quien acaba de abrirle la puerta de su departamento en Miraflores.

“Buenos días, guapo, ¿no? Tampoco lo sabía”

Alejandro sonríe dudando:

“¿Tampoco sabías que el marido de Zaira Banquells y Osmar duermen en cuartos separados? Hoy conocí de casualidad al cabro que se cacha Alexis Rodríguez”

“Ah, ese urgido de verga”.

“¡Todos se encuentran en el mismo sitio, huevón!”

“No entiendo a qué viene el reclamo, Alejo. Te recuerdo que…”

“Te recuerdo que tú urdiste este plan de mierda, que no sé qué finalidad tiene y en qué chongo me vas a meter, huevón”.

“Me bajas el tono. Te recuerdo que te juegas un contrato de mil dólares con una revista brasileña para fotografiar a esos tres perdedores, en especial el zombie de Evandro Cruzado”.

Alejandro mira fijamente a Escalante y le vuelve a sonreír a manera de desafío:

ése es el meollo del asunto, Arnie. ¡ése es el puto meollo del asunto! ¿No has superado que ese huevón haya dejado de cacharte? ¿Acaso no hay otras pingas en Lima o en Perú?”

“Hablas huevadas, Alejo. La marihuana ya te quemó la mitra, de no ser porque yo te rescaté de ese raro mundo rasta y recomendarte en un medio relativamente serio”.

Alejandro sonríe otra vez solo para no caer en las provocaciones: “ése es tu estilo”. De pronto, mira hacia el pasadizo: “¡¡oe, César, ya puedes salir!! ¡¡Ya sé que estás ahí grabando!!”

“César no vino esta mañana”. Escalante se desata la bata de baño y casi la deja caer a sus pies, quedando desnudo completamente. “Estoy solito”. Deshaciéndose de una manga, se acerca y le toca el bulto al fotógrafo. “¿Ya lograste metérsela a Rivero o quieres un culito de verdad?”

“Si no fueses como eres, te juro que la pinga se me pararía y te cacharía sin parar, como cuando fui tu macho”.

“Podrías volver a serlo, Alejo, y dejar ese nido de ratas donde vives ahora”.

“Me das asco, Arnold. Me das asco”.

“César podrá hacer esa sesión para los cariocas… Tú… estás fuer…”

“Métete tu sesión porno por el culo, Arnold! Conmigo ya no cuentas, hijo de puta”.

Alejandro abre la puerta:

“Abres la boca”, advierte Escalante, “y automáticamente acompañarás a Evandro Cruzado en el noveno círculo de Dante”.

El fotógrafo intenta no reírse:

“¿Me estás amenazando, so reconcha tu madre?”

“Solo te recuerdo quién tiene poder”.

“Pues, métete tu poder, tus intrigas, tus machos, tus huevadas al puto y maloliente ojete que tienes, ¿me entendiste?”

Alejandro sale y se va azotando el madero. Escalante se queda allí en su puerta, desnudo, con la bata de baño a sus pies, contrariado.

“Nadie me desafía así, Alejandro Albújar”, se dice. “Y tú lo sabes muy bien”.

  

sábado, 2 de octubre de 2021

La hermandad de la luna 6.6

En La Luna, Carlos recibe una llamada inesperada:

“¿Cómo que vas a demorarte unas horas?”

“A menos que puedas meterte al estudio y buscar algo, y, si lo encuentras, me avisas”, indica Tito en el teléfono.

“¿Algo como qué?”

“No sé. Algo. A lo mejor, Manolo guardaba algo allí”.

“Ya te dije que no tengo la llave; y aunque la tuviera, hay una cámara de seguridad: si el alerta le llega a Elga o al huevón de Christian, somos historia”.

“Te entiendo… bueno, ¿me puedes justificar un par de horas?”

Carlos refunfuña:

“Ya, ya, ya. Está bien. Nada más, apúntala”.

“Sabes que soy buen pagador”, evidentemente sonríe Tito.

El capataz cuelga la llamada y el timbre de la caseta de vigilancia suena. Mira mediante el sistema de circuito cerrado en la computadora, y la visión nocturna le revela un varón alto y fornido. ¿Tito habrá enviado a Adán mientras tanto? ¡Qué raro que venga tan desabrigado! Carlos, más por protocolo, abre el armario, saca una escopeta y camina hacia el portón. Al descubrir la rejilla, se queda sorprendido:

“Buenas noches, Carlos”, le dice un sujeto al que casi no puede ver, pero cuyos timbre y acento ya le son familiares.

“¿Owen? ¿Viniste con alguno de los chicos?”

“No, yo venir solo”.

Carlos abre la puertecita del portón y hace pasar al esbelto varón.

“¿Ser el arma necesario?”

“Mmm. Uno no sabe hasta que la utiliza”, indica Carlos sonriendo.

“Tu deber confiar en tu energía”.

Ambos llegan a la caseta de vigilancia. Al verlo vestido con una camiseta y pantalón delgados, Carlos ofrece café pero Owen le acepta un poco de agua.

“Pensé que venías con Tito, como me dijo que iba a demorarse unas horas para su turno”.

“Si querer, yo poder ser tu compañía hasta el venir”.

“Por mí, no hay problema; solo espero que no venga el abogado”.

“Ustedes estar estresados”.

“Debes saber por qué: el asesinato de nuestro patrón”.

¿Quién ser tu sospechoso?”

“La verdad, amigo Owen, cualquiera puede serlo… hasta yo”.

“Pero tú no has matado a él”.

“No ahora, amigo Owen, pero hace mucho tiempo, cuando era mocoso…”, Carlos se ensombrece de pronto.

“¿Has tú pedido por perdón porque has matado a alguien?”

Carlos mira a los ojos de Owen, y de pronto, las imágenes de él a los quince años, cuando caminaba cual guiñapo por los linderos de Santa Cruz, intoxicado en pasta básica de cocaína, regresan como si el presente hubiese movido un temporizador hacia atrás. A pesar del frío de aquel invierno, Carlos siente su cuerpo muy tenso y tibio.

“¿Flaco?”, una voz aflautada suena en medio de los algarrobos. “¿Flaquito?”

“¿Perlita?”, alcanza a articular con alguna dificultad.

Una silueta de delgada figura y frondoso cabello se abre paso entre la foresta seca.

“Aquí estoy, Perlita”, casi le susurra el muchacho.

La figura se acerca.

“¿Las tienes llenas?”

“Si tú vienes llena, ya sabes que le sacaré lustre a tu culito”, seduce el adolescente.

La figura de frondosa melena extrae un bultito de uno de sus bolsillos y se lo da en la mano.

“Te estoy pagando más que la semana pasada”, le informa a la vez que le acaricia el paquete bajo una raída pantaloneta de deportes.

“¿¿Y eso?”

“Ya veremos, flaquito”.

El muchacho se baja la pantaloneta descubriendo su pelvis sin ropa interior y parte de sus nalgas.

“Chúpala, Perlita”.

La figura de frondosa melena se arrodilla en el suelo de greda, toma el pene del muchacho en su boca y comienza a succionarlo. Él, por su parte, trata de adivinar en la oscuridad cuánto suman esos billetes, pero son tres, no los dos que suele llevarle. Se los coloca (como puede) dentro de uno de los bolsillos de la pantaloneta.

“Así, Perlita, trágatela todita”.

Tras cierto tiempo la otra persona se pone de pie, da la espalda y se baja el pantalón apretado. El muchacho acaricia las lampiñas nalgas infladas quién sabe con qué polímero y roza su pene adolescente que sigue ensalivado.

“¿Estás limpia, no Perlita?”

“Limpiecita, mi amor. Métemela”.

La penetración no es cosa difícil, aunque en medio del efecto de la droga, el chico la ejecuta con cierta violencia.

“¡¡Auuu!!”

“Calla, mierda, nos chapan y nos matan a pedradas”.

Perlita  toca los testículos de su amante quien la azota inmisericorde, y mete sus dedos con uñas postizas por debajo del perineo hasta que roza el ano del muchacho.

“Guarda, huevón, no me toques el culo”.

“Te estoy pagando más, flaquito”.

“Puta madre, pero no metas esos dedos”, advierte sin dejar de moverse.

Perlita toma una de las manos del muchacho, que le coge la cadera, y se la lleva hacia su entrepierna: tiene una gran erección.

“Te estoy pagando más flaquito”, dice entre jadeos. “Pajéame”.

El muchacho, no tan a regañadientes, toma un largo y grueso pene y comienza a masturbarlo sin dejar de pistonear el suyo dentro del recto de su evidente cliente.

“Basta”, dice Perlita.

“¿Qué pasó? ¿Las vas a dar?”

Perlita se para y corta la cópula, y casi fuerza al drogadicto a que gire.

“¿Qué pasa, mierda?”, se extraña el chico.

Con una fuerza física inusitada, Perlita obliga a que su gigoló ponga su cuerpo en ángulo recto. Coloca ese largo y grueso pene entre las velludas nalgas del chico.

“No, mierda, no me la metas, mierda”.

“Te estoy pagando más, flaquito”.

El chico pone las manos al suelo y éstas aterrizan en filudas piedras.

“No, mierda, no, no, no me la metas”, se desespera el muchacho.

Pero, Perlita, inmisericorde, introduce su falo de un solo golpe.

“¡¡Conchatumadre!!”, grita de dolor, coge las piedras sobre las que apoyó sus manos y con una flexibilidad sacada de alguna parte, quizás el efecto de la droga, gira y le incrusta en la sien derecha, y la otra en la opuesta.

“¡¡¡Ayyyyy!!!!”

Perlita cae al suelo, y el flaquito le percute la cara, inmisericorde, sin darse cuenta en la oscuridad qué desgarra o a quién ataca. Patea el cuerpo, lo lapida, salta sobre él despanzurrándolo, se asegura la raída pantaloneta y sale corriendo del pequeño algarrobal mientras unos perros se acercan ladrando.

Cuando Carlos vuelve en sí, tiene el rostro bañado en lágrimas, los ojos cerrados.

“Perdóname, Perlita”, llora amargamente. “No te quise matar, Perlita”.

El capataz se refugia entre los dos gruesos pectorales de Owen, quien lo abraza.

“Él ya te perdonó, flaquito; él ya te perdonó”.

Mira un video  

sábado, 26 de junio de 2021

La hermandad de la luna 4.5

En la caseta de vigilancia, Carlos acaricia por enésima vez la brillante tarjeta de presentación. Una década después, La Estirpe en La Luna sigue conservando su encanto.


 

En Collique Sur, tres hombres entran a una sala a oscuras.

“Recuerden que mientras más silenciosos, mejor”, advierte Christian en voz baja.

Mientras él camina con cuidado hasta el otro extremo, el hombre más delgado se junta al más bajo y musculado, e intenta besarlo.

“No me gusta”, le susurra.

“El auspicio viene con servicio completo”, le advierte el otro.

El fisicoculturista se conforma y deja que los labios de su ‘benefactor’ saboreen los suyos sin gracia, mientras que siente una mano acariciarle el paquete. Christian regresa y se les acerca de nuevo:

“Sigan la luz”, habla bajito.

Tras avanzar con cuidado, llegan a un dormitorio iluminado. Christian cierra la puerta, y puede ver a García quitándose la ropa. César parece no estar muy a gusto.

“¿Todo bien?”, le consulta el abogado.

“Sí”, responde César secamente, y comienza a quitarse la ropa.

El trasero de García no es voluminoso como el de sus otros dos compañeros sexuales. Podría decirse que, aunque pequeño, firme, lampiño y pecoso, era un culito cumplidor, fácil de estimular a lengüetazos como Christian lo conocía de sobra. Lo nuevo era saber cómo excitar a un nervioso César, quien básicamente se limita a meter sus gruesos catorce centímetros en la boca del instigador de ese trío. Trata de durar tanto como puede, pero no lo consigue. En solo cinco minutos se la llena con su semen. Christian, por su parte, busca un preservativo, se lo calza y mete sus diecinueve centímetros dentro del ano de su amigo. El fisicoculturista, si alguien le hubiese preguntado por su deseo, solo quiere salir de ahí, pero no lo logrará hasta media hora después.

“No has perdido el toque, Chris”, le comenta García mientras se pone la ropa de nuevo. “Como en tus viejas épocas de La Luna. ¿Qué fue de La Estirpe?”.

“Siguen trabajando en la finca… veremos hasta cuándo”.

“¿Y ya no bailan ni dan servicios?”

“Ni idea; tendrías que buscarlos en Santa Cruz para tirar con ellos”.

César se pone más nervioso aún conforme sigue vistiéndose.

“¿Vamos a tomar algo al G4G?”, propone García.

“Ni me lo menciones”, casi salta Christian. “No pienso aparecer por ahí en un largo tiempo”.

“”¿Sabes cómo se llama el venezolano o dónde puedo ubicarlo? Podemos revisar su registro migratorio”.

“Déjalo ahí, García.  Quizás en dos semanas, el G4G sea otro de mis lejanos recuerdos, como La Luna… como las dos La Luna, como La Estirpe… como miles de huevadas que hice acá”.

García y César miran a Christian con un gran signo de interrogación en sus cabezas. Cuando los dos bajan en el ascensor, César prende su celular y responde algunos mensajes que le han llegado desde las ocho de la noche cuando comenzó a entrenar en el Extreme.

“´¿No te vacilan los tríos, cierto?”, pregunta García.

“ehh… yo… yo ni siquiera tiro con… con patas”.

“¿Y lo del sauna?”

“ehhh… no sé… no… sé”.

“Te jalo a tu casa, ¿te parece? Solo tenemos que caminar al gimnasio para ver mi carro”.

“Ehh… Puedo tomar un taxi acá”.

“Quiero conocer tu casa, quiero saber todo de ti, César”.

El fisicoculturista se alarma. Apenas se abre la puerta del ascensor en el primer piso, por alguna razón, le entra el pánico y usa sus dos poderosas piernas para salir corriendo a toda la velocidad que le es posible.

“¡¡Oye, César!!”, grita García, pero se contiene al ver al portero del edificio.

“¿Todo bien, señor?”

García pasa de largo y prefiere usar su derecho a guardar silencio.

 


En La Luna, Carlos trata de mantener la vista atenta a las imágenes que le llegan de las cámaras de seguridad mientras Frank está a mitad de segunda ronda, la que evidentemente comenzó un poco más tarde tras el show privado que había dado una hora antes. Por ratos relee los mensajes que le acaban de llegar. En las imágenes de la laptop, su sobrino aparece avanzando en un universo pintado en tonos de verde debido a la función de visión nocturna de las cámaras en alta definición.

“Sector paltos, en orden”, avisa por la radio.

“Sector paltos en orden, enterado”, le confirma Carlos.

“Ti…”, habla Carlos y la comunicación se corta.

“Frank… ¿Frank, cambio?”

En la pantalla el joven aparece congelado al igual que todo el entorno. La única respuesta que se recibe es estática.

“Frank… ¿Frank? ¡Cambio!”

El capataz se asusta, abre un armario y saca una segunda escopeta, toma otro radio portátil y sale a la zona donde están las plantas de palta.

“¿Frank? Responde. ¿Cambio?”

Más estática. De pronto se oye un disparo.

“¡¡Frank, sobrino!!”

Carlos prende la linterna y corre hasta donde ha escuchado el balazo. Una luz amarilla se mueve errática entre las plantas.

“¡Alto ahí, carajo!”

Carlos reconoce la voz nerviosa de su sobrino:

“¡Soy yo, tu tío!”

El capataz da alcance al joven y lo encuentra nervioso y agitado.

“¿Qué fue eso, tío?”, tiembla.

“¿La viste, ¿no? ¿La viste, Frank?”

El muchacho no sabe qué responder.


 

En Santa Cruz, algo lejos del episodio tenso, Tito descubre que puede meter en la misma ducha a dos hombres más de su contextura y, aunque están algo apretados, pueden disfrutar la experiencia sensual de librarse del sudor, llenarse de un aroma más agradable, quedar limpios mientras intercambian besos y caricias, mientras sienten todos sus cuerpos firmes rozarse con suma facilidad, mientras sienten sus penes erectos moverse como resortes sin temor de un delante, un detrás, un activo o un pasivo. No hay etiquetas cuando el verdadero placer surge entre dos, tres o más personas que aceptan libremente las reglas del juego. Y a pesar de la excitación, no están tensos, no se sienten agotados, no sienten nada más que el momento. Así es cómo Adán logra introducir su pene erecto dentro del ano de Owen, y en lugar de hacer el típico movimiento hacia el frente y hacia atrás, construye un sutil baile meneando sus caderas con variaciones que apenas marcan unos milímetros.

“¿Tú gustar?”, pregunta Owen a Tito.

“Es enorme. ¿Cuánto te mide?”

“Voltear… el tamaño no importar””.

Tito gira como puede, respira hondo y lento como le enseñó el instructor, relaja todo su cuerpo –que de por sí ya lo tiene relajado—y levanta un poco las nalgas concentrando su energía en un punto justo al medio de su entrepierna.

“Ya”, avisa.

Las manos de Owen acarician las caderas de Tito hasta moverse hacia su pene, el que masajea suave y lentamente.

“Danza, Tito”.

El gladiador comienza a mover su cadera casi imperceptiblemente, y siente que algo invade su ano.

“Resppirar lento… no desenfocar”.

Tito percibe la intrusión pero no siente dolor. Gime al igual que los otros dos varones, mientras mantiene el ritmo ralentizado y profundo del aire oxigenando cada célula de su cuerpo.

“Ve a tu lugar mágico”, susurra Owen.

Tito cierra los ojos y se transporta hasta su temprana adolescencia en Shacshapampa, un valle verde de grandes árboles, cultivos fértiles, altas cordilleras que le sirven como protección, el lugar donde se jugaba subiendo y bajando las laderas, retozando en la quebrada, recolectando dulces frutos, oyendo e imitando el trinar armonioso de las aves, gozando el cielo azul con las nubes cual copos de algodón, bebiendo leche recién ordeñada, comiendo rico jamón con maíz y queso, siendo feliz, intensamente, inmensamente feliz.

Gira, escucha el susurro en su mente.

Tito ya no siente la opresión en su ano; da media vuelta y, sin abrir sus ojos, mete su pene a Owen, quien hace lo mismo con Adán, cuyo lugar ideal es esa playa donde pasó sus vacaciones apenas cuando había cumplido dieciocho años, en La Santitta, corriendo por la arena, animándose a nadar en el tranquilo mar, pescando algo en los roquedales que podían ingresar sin ser arrastrados, pasando tiempo con un joven tan atlético como él con quien solía patear pelota.

“Este sitio es místico”, le dijo alguna vez.

“¿Por qué?” le respondió el Adán postadolescente.

“¿Ves ese montículo cerca al mar?”

“¿El que parece de barro?”

“Ajá. No es natural”.

Haciendo elipsis mental, se coloca con su amigo en la base del montículo. Es grande, quizás como una casa de dos pisos.

“¿Lo subimos?”

“Claro”, le dice su amigo, “pero antes tenemos que hacer el rito de los guerreros”.

“¿Cuáles guerreros?”

“Los antiguos guerreros de la Luna”.

Su amigo ya está totalmente desnudo para ese momento.

“¿Por qué te calateas, huevón?”

“Porque el rito se hace calato”.

Adán se da cuenta que también está completamente desnudo. Su amigo, entonces, se le aproxima, lo abraza, le da un beso en la boca y pega su pene tan fuerte como puede al otro pene.

“Éstas son mariconadas”, protesta Adán sin mucha convicción.

“La tienes bien parada, huevón”, le sonríe su amigo, quien de inmediato se arrodilla para chupársela. Mira alrededor: están solos. Una vez que termina la mamada, su amigo se voltea y se pone en cuatro patas.

“Cáchame”, le pide.

Adán obedece. Y gime, jadea, disfruta, experimenta por primera vez la calidez del agujero de otro varón.

“Sigue así. Poséeme”. Siempre vas a encontrarme junto al mar… recuerda que siempre vas a encontrarme junto al mar”.

Alguien le pide a Adán que gire, y él obedece.

Quedan atrás sus recuerdos de la playa, y su presente está dentro de esa reducida ducha junto a su primo y a Owen.

“Hacer triángulo”, pide el instructor.

Los tres se abrazan, se besan indistintamente, siguen moviendo sus caderas haciendo chocar sus penes erectos.

“Venir ahora… venir”.

Los tres dejan de contener la energía que tienen en la entrepierna y comienzan a liberarla sin importar si cae en la ingle, los muslos, el suelo húmedo, la oscuridad de esa noche de viernes, cuando el cuarto creciente trata de iluminar el cielo parcialmente nublado.