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viernes, 20 de enero de 2023

ASS (62): Así me la mamó, pero tú lo haces más rico

Damián pide a Juan reconstruir lo que pasó la noche que cachó con Paco.


“Nos cruzamos esa noche en la calle, me decía que venía de tomar unas chelas con unos amigos… creo que en el semental, o algo así”, relata Juan.

“¿Será el Cimarrón?”, interrumpe Damián.

“Sí, creo que sí”, replica Juan. “el hecho que venía algo picado, me hizo el habla, y, bueno… si se me estaba ofreciendo así, yo creí que podríamos venir aquí a pasarla bien. Total, ¿quién iba a enterarse?”

el peón y el policía están sentados en una mesa simple en la salita de la casa que Julio tiene en su parcela, cerca de San Sebastián. El dueño de la propiedad también está presente ese miércoles, ya pasadas las nueve de la noche.

“¿Te sirve esa información?”, pregunta Julio.

“va a cobrar relevancia en la medida en que paco despierte o podamos encontrar al mototaxista para corroborar datos”, explica Damián.

“¿encontrar al mototaxista?”, se extraña Julio.

“Pidió su alta desde ayer por la tarde y desde entonces su paradero es un misterio”, responde Damián.

“Lo que les digo es la pura verdad”, reclama Juan.

Damián estudia las agradables facciones del chico y le palmea el hombro:

“Mira, muchacho, aquí entre nos, yo sí creo que estás diciendo la verdad, pero si ese otro huevón va a hacer lo que pienso que va a hacer, lo mejor es que tengamos datos exactos para que Julio sepa cómo lo puede joder”.

“Perdone, don Julio”, baja la voz Juan.

“No es tu culpa”, responde el aludido, de manera tranquila.

“Lo que no entiendo es por qué quiere joderte de esa manera”, observa Damián a Julio.

El ex futbolista suspira y se estira sobre su silla.

“Cuando Sandro se hizo adolescente, se hizo hincha del equipo y lo veíamos apoyando en todos los partidos. Su viejo era socio del club y aportaba fuerte. Eso hizo que Sandro tuviera más acceso, incluso a los vestuarios. Tendría 15 o 16 años, y de pronto noté que rondaba mucho a los jugadores. Una vez lo descubrí cachando con uno de ellos en las duchas. Era José Luis. Sandro alucinó que el Pelu era su pareja y no lo abandonaba ni a sol ni a sombra. Tuve que hablar con su viejo para que nos lo quitara de encima porque ya estaba afectando nuestro rendimiento. Desde allí me cogió fastidio”.

“¿Y nunca lo pudo superar?”, inquiere Damián.

“No lo sé. Cuando Sandro cumplió 18 años, pidió adelanto de herencia a su viejo. Sandro fue siempre hábil para los negocios e hizo crecer su plata. Fue cuando se hizo socio. La huevada era que jugador que fichábamos, jugador que debía meterle pinga. Era fijo. Y cuando se le prendía a uno, no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Hizo que uno de los chicos se separe de su mujer, y ya te imaginarás cómo fue eso. Me tocó ponerlo en su sitio. Empezó a decir que Pelu y yo éramos pareja, que hacíamos orgías con los otros futbolistas. Entonces le saqué su mierda”.

“¿Le pegaste?”

“Ya me había sacado de mis casillas y me había indispuesto con mi mujer… Me denunció… Menos mal que todo el equipo, incluyendo el cuerpo técnico, sacó la cara por mí y testificó diciendo que él era un acosador. Renunció como socio del club. La huevada es que eso te explica por qué me tiene cólera”.

“Ahora me quedan las cosas más claras”, comenta Damián. “Solo un detalle: ¿podrían mostrarme qué pasó  esa noche que viniste con Paco?”

“Mostrarle, ¿cómo?”, se extraña Juan.

“Hacer exactamente lo que hicieron esa noche ”.

Minutos después, Julio se desnuda por completo y entra al cuarto. Juan y Damián ya están acostados, calatos, uno al lado del otro.

“Comenzó a conversarme y a acariciar”, cuenta Juan.

“¿Cómo te acarició?”, averigua Damián.

“Me pasó la mano desde la tetilla hasta mi huevo”.

“¿Así?”

Damián pasa la palma de su mano desde el pectoral, suavemente, hasta detenerse sobre el pene semierecto de Juan.

“Así, así, exacto; entonces Paco comenzó a pajearme”.

Julio no pierde detalle de cómo Damián comienza a masturbar a su peón hasta que el pene se le pone bien duro. Su miembro también se pone bien rígido.

“entonces comenzó a chupármela”, indica Juan.

“¡Así?”

Damián se dobla como puede para iniciar el sexo oral.

“Tienes que parar el culo”, indica Juan.

Damián asume la posición señalada, lo que el peón aprovecha para acariciar las nalgas y masajear el ano del policía.

“La chupas mejor que ese huevón”, comenta el joven.

“¿Y solo cacharon Paco y tú?”, pregunta Julio mientras se masajea su pene duro.

“Sí, solo él y yo”.

Damián deja de mamar la pinga:

“¿qué pasó luego? ¿Le metiste tu pene?”

“Sí”, responde Juan muy excitado. “Se sentó encima de mi pinga”.

Damián toma un condón, le pone su propio líquido pre-seminal como lubricante, pues también se le ha parado el pene, unta ese mismo fluido al miembro de Juan, se coloca, pone la punta del glande en la entrada de su culo y comienza a tragárselo por atrás poco a poco.

“Aa la mierda”, reacciona el policía. “el tuyo sí duele”.

“Métetelo despacio”, aconseja Julio. Para qué te apuras si igual vas a gozar rico cachando?”

Damián sigue el consejo mientras respira hondo y lento y trata de expandir los músculos de su ano.

Ya con todo el pene dentro de su recto, el policía comienza a rebotar despacio.

“¡él cachó así?”, pregunta excitado a Juan.

“Sí”, dice el chico, bien arrecho, “pero tú te dejas cachar más rico”.

“¡así de rico, papito? ¿Así te gusta meter verga a un buen culito?”

“Claro que sí… y tu culito… está más sabrosito”.

Ambos gimen y jadean mientras Julio hace un esfuerzo para evitar que la leche se le salga mientras se sigue masturbando.

La sensación le parece tan deliciosa a Juan que no puede contener su orgasmo:

“Las voy a dar, carajo”, anuncia, y eyacula dentro del condón.

Damián deja de cabalgarlo poco a poco, pero su pene está bien al palo.

“¿Y él se pajeó sobre ti?”

“No”, suspira Juan, más relajado. “en realidad, le hice perrito, pero no se vació”.

Julio reacciona:

“¿Perrito, dijiste? O sea que siguieron cachando”.

Damián se saca el pene de su ano:

“¿Y cómo cacharon en perrito?”

“mirando a esa pared”, señala Juan hacia los pies de la cama.

“Eso lo puedo hacer yo”, anuncia Julio encaramándose, buscando un preservativo y poniéndoselo mientras Damián adopta la posición. Poco después, el pene del ex futbolista taladra el ojete del policía fiscal. Julio cacha como loco.

“¿Así se lo clavó?”, pregunta excitado a Juan.

“No, pero qué rico es verte dándole pinga a ese pata”.

Damián goza al sentir cómo esa pija le taladra el culo. Gime.

“agárrame piernas al hombro”, pide.

Julio se olvida de la reconstrucción de los hechos y le da gusto al policía. Adoptan la nueva posición. El ex futbolista vuelve a introducir su pene al ano del robusto efectivo del orden, en tanto éste comienza a pajearse:

“¿La damos juntos? Ya casi me vengo”.

“Yo igual”, avisa Julio.

“Vamos”.

Los dos reanudan la acción, solo que esta vez Julio bombea con más fuerza:

“Concha su madre, carajo, las voya dar, mierda… ¡las voy a dar,reconchasumadre!”

Julio eyacula dentro del ano de Damián, mientras éste apura su masturbación hasta que las ráfagas de su semen se disparan sobre su abdomen y pecho:

“Rico, carajo”, murmura Damián.

Tras lavarse y secarse, el futbolista y el policía salen de la casa en la parcela y están a punto de montar la moto que los regrese a San Sebastián. Es las once y media de la noche:

“Eres un pendejo”, sonríe Julio. “Todo lo que hiciste para que cachemos contigo”.

Damián no responde nada; solo sonríe. Ambos montan la moto. Cuando ya ven más cerca las luces de la ciudad… un camión sale de la nada.

“¿¿carajo!!”, advierte Damián tratando de controlar la motocicleta…

Para terminar, te dejamos con una porno gay | Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com

  


domingo, 16 de octubre de 2022

ASS (48): Tres gotas de prueba

Juan prefiere entregarse a un trío con Marcano y Julio, como queriendo ignorar algo.



Pasadas las diez de la mañana, Julio llega a su parcela a las afueras de San Sebastián. Encuentra a Juan, vestido solo con un short ceñido,  qquitando maleza de una acequia que lleva agua a los mangos. Por unos segundos, el ex futbolista se enfoca en el pequeño y firme culo de su peón y su cuerpo atlético en general, hasta que recuerda que el chico es gay activo.

“¿Ya te enteraste del accidente?”

Juan casi no reacciona.

“Oe”, insiste Julio sonriendo y palmeándole levemente una nalga. “¿Te enteraste o no?”

Juan reacciona como si recién despertara:

“¿Cuál accidente?”

“Acá cerca. Una mototaxi. Dicen que el chofer y el pasajero se sacaron la mierda”.

“Ah, ¿sí? Algo oí”.

Julio percibe algo, pero no atina a entender de qué se trata. Tampoco quiere preguntar. Entonces suena su celular. Contesta:

“Dime, chamo”.

“¿Siempre quiere que le haga la conexión que me pidió?”

“Si es ahorita, sí; justo estoy en la parcela”.

“Estoy en camino, entonces”.

Media hora después, Marcano llega. Julio va a buscarlo a la puerta de la propiedad y lo lleva hasta un lado de la casa. Ya sin roche, el ex futbolista mete la mano al culo del venezolano, quien solo sonríe.

“Rico y durito”, celebra Julio.

“Oiga, ¿y ya supo del accidente acá cerca?”

“Fueron dos, ¿no? ¿Tú sabes algo?”

“Pues… a uno lo conozco. Entrena con nosotros en el AS: Paco”.

Julio reacciona:

“Ah, mierda, ¡la Paco? ¿Hablas del profe?”

Marcano sonríe:

“Lo conoce?”

“Cuando edú cuidaba la parcela, un día se lo trajo para cachárselo; parece que hicieron un trío, pero no recuerdo con qué otro pata”.

Marcano traga saliva y usa su voltímetro para revisar una línea eléctrica. Julio vuelve a meterle la mano al culo:

“¿Tú ya has cachado con paco?”

Marcano piensa en milisegundos lo que va a decir. Regresa a su memoria aquella orgía en el bañodel AS. Aunque Pedro, el hijo de Julio, no estuvo presente aquella ocasión, sabe que la sola mención del gimnasio podría traer muchas preguntas incómodas.

“A decir verdad, una vez en mi cuarto”, miente el musculoso.

“¿No te dejó sangrando el colchón?”

Marcano se extraña y mira a Julio como resorte. Juan justo aparece en ese momento.

“Ya terminé”, avisa.

“Ayúdanos un toque acá”, pide Julio.

Juan deja la pala en su sitio y acude donde están realizando la instalación. Media hora después, ya está lista. . Los tres varones sudan.

“Pruébemelo”, bromea Marcano.

“Adentro en la ducha te lo pruebo rico”, responde sonriendo Julio.

Los tres varones sonríen. Julio acciona un interruptor y se encienden un par de focos en lo que sería el patio trasero de la casa de campo.

“Todo conforme, como siempre”, dice el dueño de la propiedad. “¿Pasamos?”

Ya desnudos, los tres se meten en la estrecha y rudimentaria ducha, que ahora ya puede utilizarse aprovechando el agua que se acumula en la lagunita existente al centro de la parcela. El líquido cae caliente debido al sol inclemente del norte peruano. Acarician sus cuerpos mientras se jabonan. Julio ahora sí puede meter su mano en medio de esas dos abultadas nalgas y explorar hasta que su dedo encuentra el ano de Marcano, quien no deja de besar la boca de Juan mientras acaricia su pene con una mano y con la otra masturba el suyo.

Julio arrima sus 18 centímetros a la raja del culo de Marcano:

“Quiero metértela, chamito”.

Sin secarse, los tres van al dormitorio. Sobre la colcha tendida encima de la cama, Marcano se pone en cuatro patas y se abre de nalgas. Julio le hace un apasionado beso negro. Juan está del otro lado dejando que el venezolano le chupe el pene.

Julio ssaca un condón, se lo coloca, escupe en el agujero y comienza a meterla poco a poco hasta que la conecta toda dentro de las entrañas del musculoso ahora en su faceta de electricista. Comienza a bombear.

Juan por su parte disfruta viendo cómo su pene erecto entra y sale de la cálida boca de Marcano.

Los dos activos casi eyaculan simultáneamente. Marcano paladea el semen de Juan: un poco ácido, pero rico dentro de su rango de sabores masculinos. Proteína al fin y al cabo. Él prefiere no eyacular; sabe que su leche debe guardarla para el examen médico que pasará más tarde.

Como nunca, Julio despide a Marcano con un apasionado beso en la boca.

“Si estuviera soltero…”

“Fresco”, susurra Marcano sonriendo. “Gracias por todo y por elsexo… Y si hay problemas con la conexión, me llamas, vale”.

Julio acompaña al venezolano a la salida mientras Juan se queda en el cuarto poniéndose ropa limpia. Va a la cocina a ver qué hay para preparar el almuerzo. Después de esa faena, alimentarse es importante.

Está en esa tarea cuando Julio lo llama con un tono distinto, como de alarma.

Al entrar al dormitorio, halla al dueño de la parcela con un gesto muy serio, casi enojado, y la cama con la colcha removida.

“¿Estuvo aquí, no, mierda?”, inquiere Julio. “Estuvo aquí, ¿no, carajo?”

Juan se asusta. Sobre la sábana, tres gotas rojas secas destacan en el blanco de la tela.

Y para terminar, te dejamos con una porno gay.



domingo, 2 de octubre de 2022

Ser Rafael 6.1: A Dios le pido



Dos semanas después de que Laura fuera promovida en su trabajo, estaba concentrado en verificar algunas operaciones que se habían trabado esos días, cuando mi celular sonó.

“Rafito, cholito, te habla Sonia, compañera de trabajo de Laura”.

“Hola, Sonia. ¿Le pasó algo a Laura?”

Para que me llamen de su oficina era porque algo muy urgente debía estar ocurriendo. Me preocupé.

“No. Ella está bien. Se trata de lo que sucederá dentro de dos semanas”.

Me tomaron desguarnecido.

“¿Dos semanas?”

¡Claro. Es su cumpleaños”.

Oh, oh. ¿Ya viste la luz roja? ¿Ya oíste la circulina?

“estamos organizándonos en la oficina para darle una fiesta sorpresa,y queremos que seas parte de la sorpresa”.

Mi cabeza comenzó a dispararse en varias direcciones. ¿A qué nos estábamos refiriendo exactamente con la palabra ‘sorpresa’?

“Y… ¿qué tienen en mente?”

“Justo por eso te llamo. Mira, algunos compañeros de la oficina pensamos reunirnos para lanzar ideas y planearlo todo. ¿Puedes reunirte con nosotros?”

Ahora, ¿ aqué se refería exactamente con la palabra ‘nosotros’? Rafael, o piensas rápido, o esto se te irá de las manos.

“Mira, sonia. Creo que no podrá ser. La verdad es que Laura y yo pensábamos celebrarlo por nuestra cuenta”.

Se oyeron segundos de duda.

“Entiendo, Rafo. No lo sabíamos. A ver, les voy a comentar acá y te llamo de nuevo. Chau, chau”.

Ni por casualidad me había acordado que se aproximaba el cumpleaños de Laura; por lo tanto, no había planeado absolutamente nada, así que mi respuesta fue una mentira total que debía transformar en lo opuesto tan pronto fuera posible. Lo que básicamente quería era no toparme con Eduardo. Toda fiesta termina en borrachera, toda borrachera termina en un sinceramiento de la realidad. Y, en mi caso, el sinceramiento de la realidad terminaría conmigo.

Concluí la revisión del proceso y busqué alguna agencia de viajes que me ofreciera un paquete de un par de días a donde sea, pero lejos de la ciudad y de la fiesta sorpresa que le estaban organizando a Laura.

Encontré algo sobre una fortaleza perdida en los Andes Amazónicos, a tres mil metros de altura y con nulas opciones de ubicuidad. Ideal para frustrar cualquier celebración donde, honestamente, no quería encontrar a nadie.



Al salir del trabajo, fui al centro comercial a comprar los pasajes y el tour completo. Estaba a punto de ingresar a la oficina cuando…

“¡Rafael! ¡Rafael!”

… alguien me pasó la voz, y me dio el alcance (encima).

“¿Tú? ¿Qué diablos quieres ahora?”

“Conversar contigo. Aclarar algunas cosas”.

Era Eduardo.

Cientos de sitios en esta ciudad para no encontrarme con alguien, y justo tenía que ser aquí. Yo estaba muy incómodo.

Aún así, fuimos a un pasillo poco concurrido.

“Lo que tengas que aclararme que te tome cinco minutos pues tengo una cita”.

Eduardo se lo tomó con mucha dignidad.

“Rafael, ya debes haberte enterado de la fiesta que están planeando para Laura, y me enteré que dijiste que los dos se irán de paseo justo esos días. Mira, yo no soy tan tonto para ignorar que la razón por la que respondiste eso soy yo. Sé que tienes miedo de lo que pueda pasar o decir. Entonces, no desinfles a los demás por mi culpa. Si quieres que no esté en la fiesta de tu enamorada, dilo y yo lo respetaré; pero llegar al extremo de irte para no verme, no me parece”.

No supe qué responder. Traté de tranquilizarme.

“¿Tanto te afecta que nos vayamos de viaje?”

“No es por mí; es por mis compañeros, quienes quieren a Laura como una amiga”.

Sonreí sarcásticamente.

“Mira, Eduardo, Juan o como mierda te llames, la culpa fue mía. Nunca debió pasar lo que hice. Nunca debimos hacerlo como lo hicimos”.

“Rafael, quedó claro que solo fue un momento de placer…”

“Mira, yo me entiendo. Solo puedo decirte que vivo con el temor de que haya pescado algo por metértela sin condón. ¿Te has puesto a pensar qué le pasaría a Laura si tienes algo?”

Eduardo bajó la mirada.

“Pero te dije que estoy sano”.

“No me consta”. Tampoco estoy seguro de cuánta gente te ha tirado sin condón, o con cuánta gente has tirado por último”.

Lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Eduardo.

Sí, sé que fui cruel.

“Entiendo… La verdad, perdóname… Pero tienes que creerme… No estoy enffermo”.

“Más te vale, Eduardo. Porque si llego a tener algo, antes de morirme, te busco y te mato. ¿entendiste? ¡Te mato”.

Me fui de allí y me puse a caminar sin rumbo.

Sin saber cómo, terminé en la Plaza de Armas.

Al sentarme en una de sus viejas bancas de madera, me percaté de que la Catedral estaba abierta.

Apagué mi celular. Entré.

Me ubiqué en las filas más próximas al ingreso, me arrodillé, puse mi cara sobre mis puños y solo atiné a repetir un rosario, mentalmente.

Conforme avanzaba cada padrenuestro y cada avemaría sentía dolor. Lloré y maldije las malas decisiones de mi vida. Creí haber atrapado el viento por correr tras la gacela del desierto; pero todo era vana ilusión. 

sábado, 17 de septiembre de 2022

ASS (46): Juan y Paco cachan en la parcela

Tras una noche de algunas copas, una noche de rico sexo termina de mala manera.



Casi a las once de la noche del domingo, Paco sale de un barcito de poca monta en una calle céntrica de San Sebastián. Se llama El Cimarrón y es punto fijo de levante gay. Pero esa noche no fue muy propicia que digamos. Con tres copas de vino encima, lo único que ha conseguido el docente es aplacar un poco su sensación de frío. Al llegar a la esquina para tomar el mototaxi, cruzando la acera viene andando un chico que no había visto antes en la ciudad. Se le nota delgado pero no escurrido, algo atlético. Paco no lo pierde de vista; de hecho, cruza y se le coloca muy al alcance. Nota que el muchacho parece estar buscando algo.

“Hola”, al fin le lanza cuando lo tiene muy cerca.

“Hola”, le responde el chico pero pasa de largo. O casi. “Perdona, busco la calle Los Cardos, ¿sabes dónde está?”

“Te puedo llevar”, le responde Paco con cierto gesto coqueto.

El muchacho sonríe, agradece y accede.

Al llegar a la calle indicada, el paseo a dúo parece finalizar.

“Ya, aquí me oriento al paradero de mototaxis”.

“Pero esas mototaxis van al campo”.

“es que cuido una parcela acá cerca de la ciudad”.

Paco se desilusiona un poco:

“Ah, tienes que regresar a ver a tu familia…”

“No, yo la cuido solo. El dueño es de aquí, pero vine a cenar donde unos familiares y me hice tarde”

“¿Quién es el dueño?”

“Un señor llamado  Julio… ha sido futbolista”

El cerebro de Paco parece despertar. Finge buscarse algo en el bolsillo y poner cara de preocupación.

“¿Qué te pasa, pata?”, pregunta el joven.

“Mierda… no saqqué las llaves de mi casa, ya a esta hora mi vieja no me abre la puerta ni cagando”.

“¿Qué harás?”

“Pasar la noche en la calle, pues… ¿cómo me dijiste que te llamas?”

“Juan… mucho gusto”.

“Yo soy Paco… Tendré que buscarme una cómoda banca en un parque y pasar la noche ahí”.

“Pero… hace mucho frío, es peligroso”. El muchacho parece reflexionar algo. “Tengo una idea, Paco”.

Veinte minutos después, una mototaxi los deja en la puerta de madera que accede a la parcela de Julio, y cinco minutos después, en el cuarto que ocupa Juan.

“Hace más calorcito aquí”, comenta Paco sonriendo.

“Sí, de hecho yo duermo calato… como nadie entra aquí”.

“Ah, que coincidencia”, finge Paco. “Yo también duermo calato en mi casa”.

“Durmamos calatos, entonces”, invita Juan. “Total, somos hombres, ¿no?”

No pasan ni dos minutos, y ambos varones ya están desnudos dentro de la cama, tapados con esa gruesa colcha de alpaca.

“¿Se siente rico dormir calato, no?”, prosigue Paco.

“Sí”, confirma Juan. “Y más cuando se te para la verga”.

“¿Tienes la verga al palo?”, pregunta Paco fingiendo inocencia.

“Duraza”, sonríe Juan en la oscuridad.

“No te creo”, finge refutar el docente.

“Tócala… si quieres”, dice el otro chico, pero la invitación viene con cogidita de mano bajo la colcha a lo que Paco no se hace de rogar: efectivamente, el pene del muchacho está duro y grueso.  Paco lo toma y comienza a explorarlo.

“¿Cuánto mide?”

“No sé. ¿Por qué?”

“Es grandecito”.

“¿Tú crees?”

“Sí”, responde paco.

“¿Quieres… chupármelo?”

Paco entiende que hace rato le han sacado línea y que no vale seguirse con rremilgos. Sonríe en la oscuridad. Se interna bajo la colcha, recorre con su mano libre el marcado cuerpo de Juan y llega a su falo. Lo huele un poco. Parece limpio. Abre la boca y le lame la cabecita en círculos.

“Rico, carajo”, suspira Juan.

Poco a poco, Paco se va metiendo un ttrozo más del pene erecto dentro de su boca hasta tragárselo todo. Como su culo está a la altura de la cara de Juan, éste último se moja el índice derecho con su saliva y le va acariciando las lampiñas y firmes nalgas hasta dar con su ano. Comienza a meterle el dedo poco a poco. Paco comienza a gemir mientras sigue tragándose ese sable de 17 centímetros.

“La chupas rico, pata, y tu culo está sabroso”.

Tras varios minutos de la maniobra, paco deja de mamar la verga, y destapando a ambos, gira y se sienta sobre el pene de Juan:

“Ahora vas a gozar rico, papito”.

Paco coge el falo y lo calibra dentro de su ano. Comienza a metérselo con facilidad debido a la saliva que le ha dejado y a que el dedo de su amante lo ha dilatado lo suficiente… aunque ese ano tiene cierta lubricación extra.

Paco cabalga el pene de Juan por largo rato mientras se apoya en los marcados pectorales del otro chico, quien no deja de acariciarle las nalgas.

“Te cacho en cuatro”, propone Juan.

Paco acepta, adopta la posición y ahora deja que el mancebo lo bombee con cierta firmeza. Paco gime de placer. Definitivamente, ese chico sabe cómo penetrar el ano de otro hombre. La ingle del activo chasquea al chocar con las nalgas del pasivo.

“las voy a dar”, anuncia Juan.

“Dame tu leche, papito”… dame toda tu leche”.

“Ahhh”, gruñe Juan, y eyacula dentro del recto de Paco.

Juan sigue gruñendo de placer por algún tiempo más hasta que saca su miembro, y se baja de la cama.

Luego que ambos se limpian, regresan al lecho. Vuelven a cubrirse bajo la colcha.

“Sabes que tu cara me es conocida de algún lado”, le lanza Juan.

“¿Sí? ¿de dónde?”

“Eso es lo que trato de recordar, pero ya te he visto antes”.

“San Sebastián no es grande; quizás de ahí”.

“Quizás”, reflexiona Juan.

Ambos se quedan profundamente dormidos.

A las cinco de la mañana, Paco despierta y tras esperar a Rodo, el mototaxista, regresa a casa. Antes de salir, se despide de Juan con un profundo beso en la boca.

“¿Volveremos a vernos?”, le consulta.

“Ya tienes mi número”, le sonríe Juan. “Coordinamos”.

Paco sonríe.

Durante el trayecto de regreso, Rodo no se aguanta el comentario:

“Ya se te hizo costumbre venir a esta parcela, no?”

“Te la perdiste”, le dice el docente muy suelto de huesos.

De pronto, algo inesperado. Una camioneta sale de una parcela justo antes del puente que conecta con las primeras casas de la ciudad. Rodo trata de evadirlo.

La mototaxi maniobra mal y cae al canal que está al lado de la carretera, quedando llantas arriba.

Rodo y Paco quedan inconscientes.

Y para terminar, tedejamos con una porno gay.


jueves, 15 de septiembre de 2022

Ser Rafael 5.3: Ligero error de cálculo



Esa noche soñé con las duchas del gimnasio. estaba dejando que el agua me refrescara cuando alguien entró a mi cubículo. No pude ver la cara de la otra persona; solo sentí que me besaba y me acariciaba el húmedo cuerpo. También sentí la dureza de nuestra excitación, rozándonos.

Cuando parecía llegar al clímax, pude ver el rostro de mi acompañante: Juan… Eduardo, mejor dicho.

Me desperté asustado.

Tenía una palpitante erección.

Ya había amanecido.



Casi a la hora del almuerzo, Laura me llamó.

“Pasó algo increíble, Rafo”.

“¿Te llamaron del BGU?”

“Más o menos. Mi jefe se enteró de mi postulación, y me dijo que tenía otros planes para mí”.

¡Vaya! Buenas noticias, pensé. Una promoción. Quizás otro proyecto.

“¿Y qué fue?”

“Me nombrará, me aumentará el sueldo y me ascenderá dentro de este proyecto. Seré sub-jefa administrativa”.

No sabía si ponerme alegre o triste.

“¡gracias, amor. Si no me hubieras animado a pasar esa entrevista, nada de esto me hubiera ocurrido!”

Llegó la hora de que Hércules emponzoñe sus dardos.

“Me alegro por ti, Laura; pero, si estuviera en tu lugar, pediría seleccionar a mi personal. Y ya te dije quién me da mala espina”.

“Sí, amor. Descuida”.


viernes, 9 de septiembre de 2022

Ser Rafael 4.4: Control de riesgos


Le guiñé un ojo. Volví a usar mi sonrisa pícara.

“¡Señor, vamos a…”

El resto de la tarde del sábado me la pasé haciendo el amor con Laura en el Dreams.

Me cimbraba con locura, como si quisiera escapar de algo. Ella, más que agradecida.

Lo hicimos dos veces. Al final de ambas, ella descansó sobre uno de mis pectorales, como era su costumbre.

“Parece que esa cerveza te puso muy fogoso”. ¿Seguro que estás bien?”

“Ahora sí estoy realmente bien”.

“¿Y qué te parecieron mis compañeros de trabajo?”

“Todos me cayeron bien; aunque…”

Me quedé estratégicamente en silencio.

“Aunque qué? ¿Alguien no te cayó bien?”

“No es eso”.

“Rafo, te conozco. ¿Quién te cayó mal?”

Justo donde la quería.

“ese tal Eduardo. No sé. Tiene un aura que no me cuadra”.

“¿Un… qué?”

“No me cae. No me da buena espina”.

“¿Por qué?”

“Presentimiento”.

Laura se quedó pensativa.

“Aunque, ahora que lo dices, tienes razón. Ese chico me dio la impresión de que guarda misterios. Desde que entró, me dio esa sensación”.

“Cúidate de él, Laura. No confíes así nomás”.

“Sí, lo tendré en cuenta”.

Grandioso. Mi ‘buena acción del día’ fue todo un éxito.

El siguiente paso es poner a ese Eduardo, Juan, al chico con quien pasé la noche saliendo del cine triple X, fuera de escena, y tenía que ser pronto. Si no, yo sería historia.


jueves, 8 de septiembre de 2022

Ser Rafael 4.3: encuentro inevitable


“¿Comiste algo en la calle?”

“¿Ah?”

“¡Algo! Alguna porquería que venden en la calle”.

Sin duda, Diosito me estaba lanzando soga.

“Sí… esté, me comí una papa rellena en una carretilla”.

“Ay, Rafo. Pareces bebito. Voy a traer alcohol”.

Si es que me seguían lanzando soga desde el cielo, éste era el momento preciso para salir disparado, correr sin mirar atrás, buscar una cueva y no salir de allí en muchos años. Contava con pocos segundos, a menos que… Laura regresara con un pomo de alcohol y un pedazo de algodón. ¿Cómo hacen las mujeres para allar las cosas en tiempo récord, especialmente allí donde los varones no sabemos buscar? ¿está en el genoma o qué?

Me hizo oler el algodón, me humedeció la cara.

“Rafo, si quieres nos regresamos a tu casa. A lo mejor, doña Haydeé tiene manzanilla o matico”.

No. Esa posibilidad era intocable. Implicaba aguantar un fin de semana de sermoneo materno, y al menor intento de salir, recibir un refunfuño que me haría sentir peor.

“Ya, Laura. Olvídalo. Ya me está pasando”.

Decidí enfrentar la situación como todo macho que se respeta.

Cuando Laura terminó de trabajar, salimos a una mesa dispuesta en uno de los patios. Ya sé en que se va el presupuesto público, pensé.

Eduardo ya estaba sentado en una de las esquinas de la mesa, así que me las ingenié para llevar a Laura a la esquina opuesta, a sentarnos con una de las secretarias y su esposo, un sujeto de voz escandalosa al hablar. Si Eduardo me vio, hice lo posible para no devolverle la mirada.

Con el esposo ruidoso, charlamos, bromeamos, comimos, bebimos, bebimos, bebimos. La cerveza había repletado mi vejiga, y por más ganas que tenía de ir al baño, me contenía. Mi temor era encontrarme con Eduardo; pero, lo peor hubiera sido orinarme allí mismo, y dejar en ridículo a Laura.

Ni modo. Mi vejiga es más importante que mis miedos. Me acerqué al oído de mi enamorada.

“Sin hacer roche, ¿dónde está el baño?”

“De mi oficina, dos puertas al fondo, mano derecha”.

“OK. Ya me ubico. Ah, no le digas a nadie dónde estoy, y no te preocupes. Regreso en un par de minutos”.

Medí el terreno, salí sigilosamente pidiendo permiso lo más discretamente posible, rodeé el patio de tal modo que pasara desapercibido para los comensales –especialmente Eduardo-,alcancé las oficinas, ubiqué el baño, me aseguré que nadie estuviera cerca, entré, atendí ruidosamente el llamado de la naturaleza. Me sentí aliviado.

Me mojé la cara para refrescarme y salí de allí.

El plan de regreso era exactamente el mismo. Si nadie se dio cuenta de que salí, nadie se dará cuenta cómo entré.

Iba a dar el primer paso cuando apareció uno de los guardias de seguridad haciendo ronda justo en mi trayectoria de escape.

¡Maldición!, tenía que usar la ‘ruta oficial’.

Di media vuelta e ingresé al pasillo.

Cuando iba a doblar para ganar el patio del almuerzo…

“Hola Paúl… mejor dicho, Rafael”.

“E… E… Eduardo. Creo que me confundes”.

El chico que llevé al Dreams (qué duda cabía) me miró de pies a cabeza, con escala en la entrepierna.

“No. Imposible confundirte”.

“Bueno. Es un gusto. Tengo que regresar a la mesa”.

“Entiendo. Nos vemos luego”.

Me recompuse.

“La verdad, Eduardo, Juan o como te llames, espero que no”.

Seguí mi camino.

Regresé a la mesa.

“Rafo, ¿estás bien?”

“Sí, Laura”.

“Tienes la misma cara de hace rato”.

“Y la de hace más rato, y la de ayer, y la de la semana pasada…”

“Déjate de bromas. ¿Prefieres que vayamos a casa? Esto ya está en muere”.

“Perfecto”.

Nos despedimos de todos rápidamente y salimos de allí. Para variar, yo abrazaba a Laura.

Tomamos un taxi en la puerta.

“Vamos a tu casa. Allí estarás mejor cuidado”.

“No. Vamos a otra parte”. 

jueves, 25 de agosto de 2022

Ser Rafael 3.2: Un pasado no tan heterosexual


Caté un poco del licor. La verdad es que el sauco es delicioso.

“Porque quiero dejarme de huevadas. Quiero sentar cabeza”. Además, quiero olvidarme de lo otro”.

Josué probó el vino.

“¿Has vuelto a tirar con algún pata?”

“La noche antes de estar con Laura”.

Le conté toda la experiencia con Juan, desde dónde lo encontré hasta la madrugada que pasamos juntos en el Dreams. Josué me miraba sorprendido.

“¿Cómo mierda se te ocurre metérsela a pelo a un huevón que te encuentras en el cine?”

“La arrechura, huevón. Digamos que el patita tenía lo suyo”.

“Ojalá que no tenga nada, como te dijo”.

“Ya ni me lo recuerdes”.

Josué iba por la mitad de su primera copa. Encendí algo de rock noventero.

“Oe, Rafo, ¿has estado más con patas o con jermas?”

“Más con jermas. Casi una por mes. Patas, a veces”.

En efecto, me fui a la cama con el que me hizo la entrevista para entrar al banco y que me sacó la cita disimuladamente cuando tocó mi turno. Antes que él, el instructor de aeróbicos del gimnasio donde voy. Antes, un primo de Laura que vive en los estados Unidos. Antes, un desconocido que me abordó en la playa y que tenía su pareja, y con

quienes terminé haciendo un trío. Antes, un primo mío de la capital, justo después de ingresar a la universidad. Antes, con Josué durante el viaje de promoción de mi colegio.

“¡Aguarda, tío. Ésa no cuenta”.

“¿Por qué no cuenta, Tuco?”

“Estábamos borrachísimos. Además, solo fue un beso”.

“Pero la tenías bien dura…”

“Sí… pero no pasó nada más. No cuenta”.

Bueno, la descartamos. Y la primera vez fue con el capitán del equipo de básquet de mi colegio, quien me enseñó cómo usar un condón cuando tenía escasos 15 años.

Cuando más joven, después de cada encuentro me sentía fatal, sucio: una mierda. ¿Cómo era posible que hiciera esas tonterías si, además, ya tenía una enamorada, o pequeños romances con varias chicas?

Con el tiempo fui superando esa sensación, aunque no la pude erradicar del todo.

“¿Te sientes bisexual, Rafo?”

Ambos íbamos por nuestra segunda copa de vino.

“No lo sé. Lo único que sé es que ya no quiero tirar con ningún hombre. Nunca más. Tampoco quiero serle infiel a Laura con otra mujer”.

Josué sonrió.

“Dependerá de ti”. 

jueves, 18 de agosto de 2022

Ser Rafael 2.1: Calato en el espejo


Llegué a mi casa como a las seis DE LA MAÑANA. A la seis, mas bien.

Luego de dejar la habitación del Dreams, bajé con Juan, me aseghuré que tomara su mototaxi (me insistió que yo tomara la mía primero), y, teniendo en cuenta la hora, y que mi casa estaba relativamente cerca, me fui caminando.

Al llegar al parque de mi conjunto residencial, hice una parada y fingí hacer una rutina de abdominales y algo de calistenia.

Como estaba con ropa deportiva aún, y me había topado con varios vecinos que salen a correr temprano, era la mejor manera de camuflar lo que había pasado la noche anterior.

Cuando vi el alba y verifiqué la hora en mi reloj, me acerqué a casa e ingresé por la puertecita de servicio.

Al aparecer en la cocina, Carmen estaba preparando el desayuno.

Esta amabilísima mujer de unos 50 años se vino a trabajar a mi casa unos meses después de que mi padre falleciera hace unos ocho años, y mi madre tuviera que encargarse de que mi hermana Elena y yo termináramos la secundaria y comenzáramos la universidad.

Mi hermana se tituló como abogada y consiguió un buen trabajo en un estudio jurídico de la capital, gracias a que toda su carrera tuvo una beca por su promedio extraordinario.

Yo me titulé hace un año, y en cuestión de un par de meses me enganché en el Banco Popular, donde un puesto de ingeniero de sistemas estaba vacante, y de milagro, porque éso del crecimiento macroeconómico será para quienes tienen muy buen capital, pero para quienes tenemos que ganarnos la vida consiguiendo trabajo como sea, la cosa no es tan boyante como sale en las revistas de economía.

Fui un estudiante promedio, no aspiré a becas, pero tampoco fui un descuidado. Valoraba el esfuerzo de mi madre, aunque me incomodaba que tratara de meter sus narices en mis cosas, lo que solía ocurrir un día sí y el otro también.

“¡Joven Rafael!”

“Ca-Carmencita… Buenos días”.

“¿en qué momento salió a hacer deporte? Su mamá estaba preocupada porque tardó mucho anoche”.

“¿Ya se despertó?”

“No. Todavía, pero me llamó muy preocupada”.

Pasé raudo a la sala, luego al pasillo, luego a mi dormitorio.

Me quité la ropa y lo primero que hice fue abrir la puerta de mi armario para verme desnudo en el espejo de cuerpo entero. ¿Tenía signos de chupones o arañones?

Revisé y revisé.

Aparentemente no.

Me duché, y froté concienzudamente mi miembro. Sabía de más que eso no evitaría nada, o quizás sí. En el fondo, fue un acto reflejo para limpiarme del asco que sentí por habérsela metido a un desconocido, y a pelo.

Solo me quedaba confiar en su palabra: debía estar sano; si no, la cagada.

A la hora de desayunar, mi madre ya estaba sentada en el comedor.

“Rafael, ¿dónde has pasado toda la noche?”

“Chambeando, vieja. Sabes que tengo horario de entrada pero no de salida”.

“Ni que fueras policía”.

“soy policía de la red informática del Popular, donde sí es seguro ahorrar”.

Le puse una sonrisa pícara.

No intentaba caerle bien, sino cortar esa conversación por lo sano, pues detestaba sus interrogatorios.

“Hubieras llamado, ¿no?”

“Apagué el celular porque necesitaba concentración. El sistema… se cayó. Es complicado explicarlo”.

“No quiero que me lo expliques; solo que llames y digas que tardarás para no preocuparme”.

Probé un par de huevos duros, algo de fruta, avena, y me levanté de la mesa.

“Gracias, vieja. Me voy a chambear”.

“Si te quedas por ahí, al menos llama”.

Tragué saliva, di las gracias y me retiré de la mesa.

Al salir de mi casa, hallé a la dulce Carmen barriendo nuestra vereda. Se me acercó con disimulo.

“la señorita Laura lo llamó anoche. Dice que quiere hablar con usted”.

Me quedé tieso un segundo. Hice una mueca.

“OK. Gracias, Camuchita”.

“¡Que no me diga Camuchita!”

Hizo el ademán de quererme golpear con el palo de la escoba. Ambos nos reímos. 

viernes, 12 de agosto de 2022

ASS (41): La última escena de su primera porno gay

Una orgía entre todos los actores es el gran cierre para el primer trabajo de Enrique en Perú.


 

Enrique está esperando en la única salida de pasajeros del Aeropuerto de Castilla. De pronto a lo lejos, la estampa de un chico de cabello rubio ensortijado, bello rostro y un cuerpo evidentemente en forma llama su atención. Es joven, se dice mentalmente. Está padre el bato, califica. ¿Le irá a las panochas… o las vergas… o los culos?, se pregunta. Lo sigue con la mirada. El chico va acompañado de otro varón alto y delgado con quien conversa hasta que ambos llegan a una camioneta donde los espera un varón que él conoce: Alberto. De pronto, alguien le toca el brazo y lo saca de su burbuja de fantasía homoerótica.

“Hola Enrique”.

“Ju-Ju-Juan”, reaccciona el mexicano.

“Julián”, sonríe el recién llegado, cabello negro, rostro agradable, cuerpo de nadador.

Los domingos, el trayecto a Los ejidos se hace relativamente rápido, especialmente de mañana.

“Mientras me garantices que vas a pagarme la guita apenas termine de hacer esas escenas, hasta me dejo meter pinga por el culo”, sonríe el nadador.

“¿Tanto así, güey?”

“Debo plata a un culo de gente”.

Al llegar a la casa, Julián se sorprende al ver a Alejo,Marcano y Flavio en pequeñas toallas anudadas a la cintura mientras Willy prepara unas luces LED, la cámara de video y el trípode. Flavio trata de hacer contacto visual con Julián, pero éste busca la mirada a Alejo, quien se la brinda. Le sonríe.

“Por ahora vas a ver detrás de cámaras cómo se hace esto; luego comenzará un poquito de training para cuando te toque”, avisa Enrique.

“Yo… puedo ser su trainer”, dice Flavio coquetamente.

Julián sonríe por compromiso.

Cuando Enrique baja, también solo cubierto por una toalla anudada a la cintura, todo comienza al grito de Willy: “¡Acción!”

La última escena de la primera película de ASS comienza con Alejo, encarnando a Santi, mirando su celular mientras se soba el paquete bajo la toalla. Marcano entra:

“eh, tú, pana, ¿qué haces sobándote el huevo?”

“estoy arrecho viendo esta porno”.

Marcano se sienta al lado de Santi qquien comparte el celular.

Sin roche alguno, el venezolano comienza a ssobar el paquete a su amigo peruano.

“Me la estás poniendo más dura, huevón”.

“Y te la puedo poner más dura aún”, le responde el segundo.

Ambos se besan apasionadamente en la boca. Santi se descubre la toalla: su pinga ya está al palo. Deja el celular a un lado y Marcano se reclina a chupársela. Marcano sí que se sabe tragar todo ese pedazo de carne. Santi, en agradecimiento, le acaricia el cuerpo y trata de llegar a su culo quitándole la toalla.

Están en lo mejor cuando alguien los interrumpe.

“¿Así que quieren comer solitos?”, seduce Flavio.

Santi y Marcano le sonríen: “Ven”, lo invitan.

Flavio se saca la toalla, se sienta a lado de Santi y se turna con Marcano  para mamar la pinga gorda, larga y lubricada que destaca como un pequeño poste trigueño.

“No dejen de mamarla”, indica Willy, quien deja de grabar y mueve el trípode con la cámara a otro ángulo. “Tú a mis espaldas”, pide a Julián, quien tiene su verga al palo dentro de su ropa. “Acción, Enrique”.

De pronto, enrique, encarnando a Bill, entra y mira la mamada en grupo. Santi lo mira: “Para todos hay”, le sonríe.

Bill se quita la toalla y se arrodilla entre las piernas de Santi. Mama la verga. A continuación, se forma sobre el sofá un trenecito encabezado por Flavio, seguido de Marcano, seguido de Bill y santi a la retaguardia. Todos están inclinados haciendo un beso negro al compañero adelante.

Sin perder la posición, luego todos se meten el pene al ano del compañero adelante, excepto Flavio quien solo se pajea y excepto Santi cuyo hermoso y redondo culo queda libre a la fantasía; sin embargo, él y Marcano tendrán que hacer el baile pélvico para estimular el culo y la verga de Bill y el culo de Flavio.

Corte a un contraplano: Miguel o Mike baja las escaleras, mira la orgía, y sin esperar que le digan nada, se saca la toalla. La cámara muestra su pinga en proceso de erección estimulada con su mano.

Nuevo corte y nueva escena: Bill se sienta sobre el sofá y Flavio se sienta sobre su pinga, metiéndosela por el ano. Flavio cabalga un poco. Entonces llega Alejo y, aprovechando la lubricación natural de su pene, también se lo clava por el mismo agujero. Por fin, una doble penetración en pantalla.

Al costado, Mike llega y se arrodilla apoyándose en el asiento del ssofá. Marcano va por detrás y le hace un beso negro. Por precaución, Willy ha dado otra cámara a Julián para que grabe ese otro ángulo. El nadador lo hace muy a pesar de su excitación.

Al poco rato, Marcano mete sus 21 centímetros gruesos al culo de Mike.

La orgía continúa por media hora más.

En la última toma, Flavio se acuesta sobre la alfombra  a los pies del sofá. Mike y Santi se arrodillan a su derecha, Bill y Marcano lo hacen a su izquierda. Todos se masturban.

“las voy a dar”, avisa Mike; es el primero en eyacular. Su ssemen cae sobre el pecho de Flavio.

“Me vengo”, avisa enrique; es el segundo. Su leche cae sobre el otro pectoral y parte del abdomen de Flavio.

Quedan Santi y Marcano. ¿Quién será el primero en correrse? Contra todo pronóstico, ambos lo hacen casi en simultáneo.

“Las voy a dar”, gruñe Santi.

“Voy a acabar”, reacciona Marcano.

Finalmente, Flavio se ppajea y su semen se une al de sus otros cuatro compañeros creando una capa blanquecina sobre su blanca y bien labrada piel.

Como acto final, Flavio se unta las cinco leches sobre su cuerpo como si fuera jabón. Toma un poco con su dedo, lo prueba. Sonríe pícaramente a la cámara.

“¡Corten!”, avisa Willy tras un instante.

Cerca suyo, Julián tiene toda la ropa interior húmeda. También se ha vaciado.

Y para terminar,un video porno gay. 

miércoles, 10 de agosto de 2022

Ser Rafael 1.4: Igual me lo caché a pelo


¡a la mierda! ¡Ya estábamos aquí! ¿Para nada?

Le escupí saliva y lo fui penetrando poco a poco. Me excitó más ver su cara tratando de contener el dolor.

Luego, Juan se acostó boca abajo, proyectó su trasero y dejó que se lo asaltara sin compasión. Todo el tiempo gemía, jadeaba y se quejaba virilmente. Jamás se afeminó, y puedo decir que eso me excitó más aún.

No recuerdo en qué momento acabé, pero sí estaba completamente sudado.

Prendimos la televisión.

“Eres un toro, mierda”, me dijo.

“¿Te gustó?”

“Me encantó”. Él sonreía de un modo empalagoso, como si huhbiera logrado un objetivo largamente esperado. Algo me decía que debía ponerme alerta, pero no hice caso.

Nos besamos de nuevo.

“Te mueves bien, también”, reconocí.

“Gracias… Y, ¿a qué te dedicas?”

“Chambeo en lo que salga”, le mentí.

“Yo trabajo viendo cuentas en un estudio”.

“Ah, chévere”.

“¿Vives cerca?”

“No. Lejos”, mentí otra vez.

“¿Si te haces tarde para regresar?”

“Me quedo acá”.

“¿Solo?”

“Si te vas, busco a otro pata”. Me reí pícaramente sin ánimo de ofender.

“entonces, me quedo todo el tiempo que sea necesario”.

“¿La piensas aguantar toda la noche?”, desafié.

“Comenzando ahora mismo”, me replicó, y volvió a besarme por todo el cuerpo. Y el ritual de sexo oral con posterior apareamiento se repitió otras dos veces más.

Cuando terminé por tercera vez, cerré los ojos con la intención de descansar unos diez minutos.

Cuando los abrí de nuevo, el cuerpo desnudo de Juan seguía a mi costado, profundamente dormido.

Volteé a ver mi reloj en la mesita de noche.

“¡Por la gran puta!”

Era las cuatro y media de la mañana. 

Ser Rafael 1.3: al telo con el chico del cine


La función apenas pasaba la hora cuando decidimos salir del cine y buscar un taxi, en el que todo el trayecto se hizo corto hablando de cosas que ya no recuerdo… fútbol quizás, como para no levantar la sospecha del conductor. ¡Qué estrategia para más tonta! Al conductor solo le interesaba que pagáramos la carrera. Era tácito que si nos llevaba a donde nos llevaba, en esas fachas, no era a meditar ni recitar mantras.

en cuestión de quince minutos, ambos estábamos metidos en la habitación de un hospedaje para parejas, el Dreams, al otro lado de la ciudad.

Recién pude observarlo: un poco más bajo que yo, delgado pero de tronco ejercitado (a juzgar por la camiseta entallada que vestía), buenas piernas (a juzgar por el jean entallado que vestía), cabello corto negro, ojos negros, trigueño quizás… el tono de piel era imposible determinar con ese fluorescente de baja potencia.

“Eres guapo”, me dijo con una sonrisa bonachona.

“Tú también”, devolví el cumplido.

Nos acercamos, nos abrazamos fuerte. Nos besamos… en la boca.

Poco a poco nos fuimos desnudando.

Conforme descubría su piel, entendía que no se trataba del típico pasivo que se empecina en guardar formas femeninas.

“¿Vas al gym?”, le pregunté susurrando entre dos besos franceses largos.

“Sí, a veces”.

“Parece que fueras todos los días”.

“¿Te gusta mi cuerpo, Paúl?”

“Me encanta, Juan. Me encanta”.

Volvimos a besarnos.

Ya desnudos, nos acostamos sobre la cama; mejor dicho, me acosté sobre él. No dejamos de acariciarnos con las manos y con la boca; aunque él fue más allá: usó la suya para acariciarme esa masculinidad, que a veces no se controlaba y que en dos ocasiones me hizo pasar momentos embarazosos en las duchas del gimnasio, debido a su tamaño.

“¡qué rico la chu…!” No pude terminar la frase. Su magistralidad me había dejado sin palabras.

Se acostó sobre mí. Me besó.

“No es grande, Paúl… es ¡enorme!”

Me sonreí.

“¿La quieres dentro?”

“¡Claro! ¿Tienes condones?”

“No. ¿Tú?”

“Tampoco”.

“Caballero, sexo light”, propuse.

Así que seguimos revolcándonos, presionando nuestros penes duros con fuerza, hasta que me quedé encima de él, me incorporé, le levanté y separé las piernas hasta ver aquel lugar donde pensaba hallar satisfacción. Estaba muy, muy excitado.

“¿En serio no tienes forros?”

“No, Paúl”.

Lo pensé dos segundos.

“¿estás sano?”

“¿SIDA? Nada. Estoy limpio… en todo el sentido de la palabra”.

Me tomé otro par de segundos. 

Ser Rafael 1.2: Su mano dentro de mi calzoncillo


“¿Vienes seguido?”.

“No. Una vez a las quinientas”. ¿Y tú?”

“Una vez al mes, o a los dos meses”, me dijo sin vacilar.

“O sea, medio caserito”, me sonreí en la oscuridad.

“Ni tanto”.

En la pantalla, T.T.Boyd probaba todas las poses que podía entre indistintos gemidos suyos y de la rubia, hasta que la acostó boca arriba, ubicó su falo sobre los enormes senos de la modelo, se masturbó y eyaculó fuerte y profusamente dando un rugido.

“¿Te estabas pajeando, no?”

La pregunta de Juan me sacó de cuadro, otra vez.

“¿Cómo?”

“Cuando vine del baño, me di cuenta que te estabas pajeando”.

Yo dudé qué decir. O sea, ni en mi casa había pasado por eso, y ahora tenía que rendir cuentas a un extraño, quien encima parecía tener ojos de gato.

“Como las huevas, Paúl… Todo el mundo aquí busca sexo”.

Traté de mirarlo en la oscuridad. Apenas distinguí un perfil, cabello corto, camiseta, jeans. Por el pasillo del fondo, sombras que pasaban y repasaban.

Me lo tomé con calma.

En el fondo, Juan tenía razón: todo el mundo que viene al cine triple X busca sexo. Quien no se está masturbando en las butacas, deja que lo masturben y hasta que le den sexo oral; en los baños, la gente practica el coito a vista y paciencia de quien sea. Con

suerte puedes unirte a la acción; o si no algo más conservador como mostrar tu pene erecto en el urinario a quien venga.

“Oye… Juan…. Tú… ¿también buscas sexo?”

“Sí”.

“¿Y qué… qué tipo de sexo?”

“sexo tranqui”.

“¿Tranqui?”

“Sí, tranqui. Lo normal”.

Regresé a ver la acción en la pantalla. Un pata con pinta de universitario musculoso besaba y desnudaba a una morena. Nuevamente, sentí cómo la sangre fluía a los cuerpos cavernosos de mi miembro.

La erección fue patente en menos de un minuto.

Suspiré un poco.

“¿Qué pasó”, me preguntó Juan.

“Nada. Creo que… se me paró”.

“Alucina”.

No transcurrieron ni diez segundos, cuando sentí que una mano subducía mi antebrazo. Recogí toda mi extremidad por detrás del asiento. Muy poco después, sentí unos dedos sobre mi muslo, hasta llegar a mi pubis. Los dedos se hicieron palma. La palma comenzó a masajearme la erección por encima del short. Respiré rítmicamente, como cuando alzas pesas en el gimnasio. La mano se deslizó hasta el elástico de mi short. Y lentamente se metió dentro de él. Fue cuando Juan me acarició el bulto duro sobre el calzoncillo. Otro minuto más, y por fin sentí la suave palma haciendo contacto directo con ‘mi amigo de toda la vida’, congestionado al máximo por la irrigación vascular.

“Parece grueso”, me dijo.

“Es grueso”, le respondí.

Lo miré. Pude percibir que me miró en la oscuridad.

No era ni las nueve de la noche.

    

Ser Rafael 1.1: Una noche en el cine XXX


Siempre admiré a T.T.Boyd: su cuerpo simétrico y con volumen, su rostro agradable, su actitud, y la manera cómo desplegaba sus sesiones de sexo explícito en la pantalla. Siempre que buscaba en la red, alquilaba videos porno o iba a la sala triple X de la ciudad, procuraba sus películas… bueno, videos.

en el ecran del espacio donde el noveinta y nuebe punto nueve por ciento de la concurrencia son varones, o al menos se visten como tales, el actor porno ejecutaba una de sus típicas escenas de penetración a una modelo rubia y de exagerada ninfomanía.

La imagen era muy opaca, lo suficiente para que sin vergüenza metiera la mano dentro de mi short, buscara la pretina de mi calzoncillo y me acomodara mi dura masculinidad que pugnaba por ganar espacio y longitud.

“¿está ocupado el asiento?”, dijo alguien de pie a mi derecha.

La aparición hizo que me quitara la mano de mis genitales tan rápido como pude.

“No. Está libre”, respondí.

La silueta se sentó.

Yo puse mis antebrazos en los respaldos de la butaca. Para nada perdí contacto visual con la acción en la pantalla.

“Recién comenzó?”, me dijo aquella persona . Era una voz varonil, no tan grave. Afable diría yo.

“No… La verdad no… Tendrá como diez minutos”, informé.

Aunque la presencia del chico no me incomodó, sí pensé que era inoportuna. Me había sentado en una de las esquinas posteriores de la platea, cerca de una columna, para que

nadie viera si acaso pretendía masturbarme. Y éste era uno de esos momentos cuando deseaba hacerlo.

Sí, suena raro.

Jamás me masturbaba en el baño de mi casa ni en mi cama. Siempre sentía el miedo que mi vieja o la empleada entraran y me sorprendieran. A mi vieja le habría dado un infarto, en primera por la escena, y en segunda porque la Naturaleza fue muy generosa con el tamaño de mi miembro.

Además, a propósito había ido al cine con la ropa del gimnasio, de donde venía, para evitar la incomodidad de bajarme la bragueta, desabotonarme, y buscar al ‘muchacho’ con el propósito de que tome aire.

La única vez que hice eso, casi lo magullé con la cremallera. Y, aunque iba a encontrar quién se preste solícito, o solícita (si era una loca), a ayudarme, iba a ser el señor papelón.

¿A qué hora se iría este pata del costado? ¡Quería masajeármelo!

Y pasó.

Como si el cielo me hubiera escuchado, el compañero de fila se levantó de su asiento.

Cuando me aseguré que no viniera, procedí a sacármelo y autocomplacerme. Total, aquí está oscuro y la única forma de detectar mi osadía era con un visor de infrarrojos, o cuando algún hijo de puta se le ocurriera encender un cigarro al costado. Obviamente, más que llenarse los pulmones de nicotina, la intención del tabacómano era ganarse con los rostros de la concurrencia. Quién sabe, a lo mejor algún parroquiano nuevo en la sala, o uno de ésos, como yo, que aparecían una vez a las quinientas.

me acomodé mejor en el asiento. Me relajé. Mi mano ya estaba haciendo su trabajo. Emitía pequeños jadeos, uno que otro suspiro.

Entonces, algo me sacó de cuadro.

Otra vez a mi derecha, alguien ocupaba el sitio.

Maldije para mis adentros, guardé a mi ‘compañero de toda la vida’, regresé a mi posición de concurrente ‘decente’.

“En Internet dice que ese huevón es medio latino”, me confió la voz de mi compañero de AL LADO. Era el mismo tipo de hacía unos minutos.

“Sí, ¿no?”, repliqué. Típica salida de quien te quiere decir ‘no me importa’ o ‘sigue la flecha’.

“Sí”, insistió otra vez. “Incluso dice que fue gimnasta”.

¿Gimnasta? ¡aguarda! ¿T.T.Boyd es gimnasta?

“O sea… ese huevón ¿es chato?”. Tenía que salir de dudas.

“Sí, creo que no pasa del metro setenta”, prosiguió.

¿Metro setenta? ¡La puta! Y yo que me quejaba de mi metro setenta y cinco.

“Además, dicen que la tele aumenta cinco kilos”, agregó.

¡Reputa! O sea, yo con cinco kilos, fácil que le hago la competencia en cuerpo… ¿cinco años entrenando todos los días (bueno, cinco días a la semana) por dos horas en el gimnasio!

“¿qué más sabes de T.T.Boyd?”, curioseé.

Sí, lo admito, esa conversación comenzaba a ponerse interesante.

“Pues… hizo cine gay hace poco”, me respondió.

“¿Cine gay? Me estás floreando”.

“¡nada! Entra a Internet, y descúbrelo tú mismo… por cierto, soy Juan”.

Sentí una palmadita en mi bíceps derecho.

“Yo, Ra… Ra… Ra… eh… Rato que no entro a Internet”. Alzé mi mano derecha y se la estreché.

“Mucho gusto”, me dijo. “¿Cómo te llamas?”

“Eh, Paúl. Sí, Paúl”.

“OK, Paúl”, repitió.

Era obvio que parecía un seudónimo fácil y manganzón. 

domingo, 26 de junio de 2022

ASS (34): ¿Cuántas veces Alejo dio el culo, realmente?

Ser pasivo no significa que dejes de hacer un buen beso negro.


 

Ese sábado de mañana en San Sebastián, Pedro está descalzo y subido sobre una cama sin tender colocando un letrero de bienvenida en el cuarto vacío de la casa parroquial, mientras el Padre Alberto le mira las firmes nalgas desde atrás. El sacerdote no resiste la tentación de sobarse la bragueta, cuando se escucha llegar una moto.

“¿¿Qué tal se ve, Padre?”

“Delicioso como siempre, querido Pedro”.

“Me refiero al letrero, no a mi trasero”.

“Igual yo. Tú tienes mejor gusto para el diseño de interiores y… tu culo está delicioso”.

En ese momento entra Paco cargando una gran bolsa, y detrás de él, el musculoso Alejo; ambos visten polos manga cero, shorts y zapatillas. Justo suena un celular y Pedro saca el suyo; lo contesta. Paco entrega la bolsa al Padre.

“Compré dos juegos de sábanas, por si acaso, y una colcha. Hacen juego con el color del cuarto”.

“Gracias, Paquito. Perfecto. Que Pedro termine de hablar para hacer la cama”.

Alejo hace una seña al cura y lo llama fuera del cuarto. Pedro cuelga y paco le muestra  la bolsa.

“Excelente”, dice el muchacho mientras la abre y saca las telas. “El color está lindo”.

“Gracias. Qué bueno te haya gustado”. Paco carraspea un poco: “Pedro, sobre el tema de Edú…”

“Ya olvídalo. Tú no tienes culpa alguna. Los dos querían tener sexo, son adultos, son libres. Como te dije, solo no la hagas más larga”.

“Claro. Lo único largo debe ser su pene”, ríe Paco. “Y a todo esto, ¿dónde está?”

El Padre entra nuevamente:

“¿Necesitamos algún otro encargo? Alejo usará la moto, así que aprovechemos”.

“No, ya terminé”, informa Pedro mostrando la cama tendida. “Tengo que ir urgente a la parcela”.

Alejo ingresa también: “Puedo jalarte si deseas”.

Pedro sonríe y sale despidiéndose de Paco y el Padre.

“Ha quedado lindo elcuarto para el novicio… ¿cómo se llama?”

“Ni idea, Paquito. Solo sé que desde mañana a mediodía debo portarme como un cura decente”.

“Pero usted es un cura decente, Padre. Es como… un super cura”.

“¿Como Superman?”, sonríe Alberto flexionando sus brazos bien formados.

“¿Vio? Hasta tiene el cuerpo de Superman”.

“¿Tú crees? ¿Acaso me has visto desnudo alguna vez?”

“No, Padre, pero… ¿es malo si lo veo… desnudo?”

Alberto sonríe, cierra la puerta con seguro, se pone frente a Paco y se quita toda la ropa. Paco suda ffrío viendo los músculos del sacerdote, sin saber dónde posar su vista: si en ese torso de escultura, esas piernas de futbolista, o esa pinga que cuelga sobre unos generosos huevos. ¿Podría ser sobre la sonrisa pendeja del cura quien se le aproxima, lo abraza, lo mira fijamente a los ojos y le da un beso profundo?

El Padre quita el polo y el short a Paco. Debajo viste un suspensor. El cura gira al laico y le comienza a sobar la estrecha espalda y las lampiñas y firmes-pero-sexys nalgas. Poco después, lo pone de cuatro patas sobre la cama para abrirle el culo y comenzarlo a sopear. Paco surca entre la excitación y la incredulidad. De inmediato, Alberto le quita el suspensor.

A continuación, con el cura acostado sobre la cobija, ambos practican un 69. El Padre sigue chupándole el ano y masturbando suavemente la pinga de 14 centímetros mientras Paco chupa la vergota de 18 centímetros que no deja de manar líquido preseminal. También alterna succionando cada testículo e incursiona un poco más abajo hasta que su lengua estimula el velludo hoyo anal.

Lo siguiente será cachar a Paco en posición de perrito. La pinga de Alberto entra y sale de ese glorioso culo. El pasivo goza como loco. El activo ni se diga. Como broche final, la posición favorita de ambos: un piernas al hombro mezclado con un misionero, lo que da oportunidad a que ambos se besen en la boca y se acaricien por donde la mano alcance, y la mano de Alberto travesea sin cesar el pene de su amante.

“Las voy a dar, Padre”.

“Acabemos juntos. ¿Dónde quieres mi leche?”

“Dentro de mi ano, Padre. Hágame suyo”.

Paco se comienza a agitar, jadea y se queja más profundo. Alberto aumenta la velocidad de su bombeo. El semen de Paco comienza a dispararse sin control sobre su vientre y su pecho. Alberto sigue cimbrándose más fuerte excitándose con el rostro de su feligrés que combina dolor y placer hasta que eyacula en las entrañas del muchacho. El cura saca su pinga aún dura y se acuesta encima. Los dos varones se besan de nuevo en la boca.

Fuera de la ciudad, pero no tan lejos, Pedro y alejo llegan a la parcela. Aunque su jean pareció disimularlo bien, durante todo el camino el primero ha pegado su bulto erecto contra las dos firmes y grandes nalgas del conductor. Ambos entran. Juan los ve llegar juntos y se sorprende. Pedro le paga la semana, como su padre se lo encargó por teléfono.

“Te jalo a Artesanos, Juan”, ofrece Alejo.

“Primero me  baño”.

Mientras Juan se asea, Alejo y Pedro lo esperan recostados en la cama del cuarto principal.

“Quisiera cachar aquí contigo pero tengo que guardar leche pa’ más tarde”.

“¿El Padre sabe que están haciendo esa pela porno?”

“Tranquilo, Pedrito. No cagaremos al Padre”.

Alejo toma la mano de Pedro y se la mete dentro del short haciéndolo acariciar su bulto aprisionado por un bóxer.

“Se supone que no quieres cachar conmigo, Ale”.

“Pero me la puedes chupar al toque mientras Juan se baña”.

Alejo se saca el pene semierecto y se lo comienza a magrear. Pedro lo duda pero… ¿cuántas veces se puede disfrutar ese pene de 18 centímetros? Pedro se incorpora un poco y lleva su boca hasta el falo aún blando de su amigo y comienza a succionarlo. No pasa mucho tiempo en que ya lo pone duro, lubricado y muy húmedo debido a la saliva.

En lo mejor de la mamada, Alejo mira hacia la puerta y descubre que Juan está allí desnudo y sobándose su pija de 17 centímetros, ya erecta. Alejo sonríe, le hace una seña y Juan se acerca a la cama, deja la toalla a un lado, se aproxima a Pedro y comienza a sacarle el pantalón.

Alejo y Pedro se quedan por fin desnudos. Eso facilita a Juan separar las nalgas del segundo y disfrutar mamándole el culo mientras éste  ha comenzado a lamer las bolas a Alejo. Juzgando que ese ano ya está dilatado, Juan se incorpora y comienza a introducir su falo muy despacio.

Aprovechando que Pedro continúa estimulando sus bolas, Alejo se deja llevar y levanta sus musculosas piernas con cuidado. Pedro parece entender el mensaje y comienza a bajar por el perineo hasta topar con su lengua el ano de su amigo. La sensación que el musculoso experimenta le relaja el pene pero le genera una increíble excitación desde su gran culo. Juan, al ver la escena, se arrecha demasiado y termina preñando el ano de Pedro.

Una hora después, a las 11, Alejo y Juan están a punto de llegar a Artesanos.

“Pensé que te habías vuelto solo activo”.

“Si te refieres a lo que pasó esa vez…”

“No, alejo, le diste el culo a Pedro”.

“Solo me chupó el culo… ni loco me la dejo meter otra…”

Alejo calla. Juan tampoco insiste, aunque su pene se puso duro de nuevo. La motocicleta está a punto de llegar a su destino.

        Y para finalizar,te dejamos un video porno gay. 

viernes, 3 de junio de 2022

La hermandad de la luna 10.12

Esa noche, como a las diez y cuarto, Frank está acostado sobre la cama de Flor con las piernas levantadas hacia el aire disfrutando cómo la lengua de la chica le besa las velludas nalgas y luego va en busca de su ano. No solo jadea, gime. Alza los brazos, se frota la cara; a pesar de la oscuridad, cierra los ojos y se concentra en el intenso cosquilleo que se transmite por todo su organismo hasta que su mano no resiste la necesidad de tomar su pene erecto y sobarlo despacio. Entonces, siente algo entre blando y duro que toca su esfínter y lo masajea, carente de humedad y calidez.

“No me lo metas”, pide.

“Tranquilo, querido”, Flor le acerca su lengua otra vez.

Afuera, en el salón de máquinas, Adán y Pablo terminan de cuadrar las cuentas, casi sin hacer más comentarios.

“Será difícil reemplazar al negro”, al fin se anima a expresar el cuerpo de luchador.

Pablo lo mira y sonríe; le palmea el hombro izquierdo.

“Alégrate, enfócate en el alumno, dile que sí puede, felicítalo cuando termine la serie y la haya completado, ayúdalo a terminarla sin decirle que es débil, escúchalo… ese huevón hacía que todos nos sintamos como en casa, como patas de toda la vida, como que nuestros problemas no existían”.

Adán mira fijamente a Pablo.

“¿Qué dices?”

“Owen no era un instructor, Carrillo; era una filosofía de vida… Es, quiero decir”.

Adán sonríe, mira al salón lleno de máquinas, de espejos, de las tres fotos en la pared del fondo incluyendo la suya.

“¿Siempre pedirás tu baja, Chira?”

“Aún no lo sé. Me encanta la Policía, me encanta esta nota del gym; me encanta bailar… Creo que Frank es el único que tiene las cosas claras: me dijo que postulará a la universidad el año que viene y estudiará Administración, que ya habló en La Luna y le dijeron que sí, aunque también él tiene miedo por eso de La Estirpe. Me preguntó que se siente tener una pinga metida en el culo…”

“¿Qué le dijiste?”

“Que él debería experimentarlo por su cuenta, que yo puedo decirle muchas cosas, pero es mejor cuando uno explora sus propias sensaciones, como yo lo hice”.

“¿Cuántos años tienes, huevón?”

“Veinticinco, Carrillo”.

“Hablas como si tuvieras más”.

“Digamos que mi maestro del sexo homosexual tiene cincuenta años”

Ambos se ríen. Guardan todo e ingresan a la casa. Al entrar al pasillo, los gemidos de Frank y Flor se oyen claros. Los dos hombres se miran a los ojos, sonríen, apagan las luces y se meten al otro dormitorio, se despojan de sus ropas y suben a la cama entre besos, abrazos, caricias, placer.

En la pared del lado, Frank está acostado sobre Flor quien le hunde sus tobillos en medio de su trasero mientras éste mueve su cadera rítmicamente y con paciencia, procurando que su pene erecto estimule gentilmente todo el canal vaginal mientras sus labios, lengua y saliva dicen sin palabras que ése es el mejor momento del mundo que puede pasar y las manos no censuran ningún camino, lo mismo que sobre su cuerpo no hay ningún rincón prohibido.

Del otro lado, Adán descubre que Pablo tiene diecisiete centímetros deliciosos al paladar como centro de un cuerpo marcado y que no deja de agitarse tratando de envolverse en esa playa desierta que parece rodearlo poco a poco hasta que puede sentir la brisa y hasta escuchar el rumor del mar. Es cuando puede ver a Adán engullendo su pene entre sus nalgas; en compensación, él acaricia su atlético y lampiño cuerpo, le toma el miembro con ambas manos y se lo comienza a frotar. El sol brilla pero no achicharra; mas bien entibia el momento. Pablo cierra sus ojos sin dejar de sonreír. Siente cómo se libera del peso, y en medio de la oscuridad que lo envuelve otra vez, busca ese cuerpo firme para hacer exactamente lo mismo: no consigue salir del dormitorio, pero no se desespera; solo se deja llevar por el momento… un largo momento.

“¿Hay espacio para mí?”, pregunta Frank en voz baja mientras tantea la cama.

“Siempre hay sitio”, responde Adán.

Las manos del más joven tocan la cara de Pablo y le acerca la suya; lo besa en la boca mientras se arrodilla con cuidado. Adán entiende el mensaje, entiende por qué Frank le pone la entrepierna en su cara y comienza a chupársela, luego le practica un largo beso negro, mientras la mano traviesa del recién llegado explora el pene y debajo de los testículos de Pablo.

“¿No te duele?”, pregunta.

“¿Quieres probar?”, lo desafían.

Frank lo duda en ese momento. Tiene menos de dos semanas para la siguiente luna nueva. Es más que suficiente para tomar una decisión, piensa.

Mira un video aquí.

Dos noches después, el sábado, Juan lee por segunda vez el documento de cinco páginas que Tito logró recuperar de una notaría en Collique. Los dos están junto a Alvin, en uno de los cuartos de visitas de la casa grande, totalmente desnudos pero relajados. Tito coloca una mochila llena sobre una mesa.

“esto es sin dudas un adelanto de herencia”, dice el fiscal  a Tito. “El asunto es que…, bajo las circunstancias actuales, no sé cuánto valor llegará a tener; pero por ahora es perfectamente legal aunque discutiblemente aplicable”.

“¿Quieres decir que Elga repartió las propiedades?”

“No exactamente. Transfiere La Luna a propiedad de Charlie, Édgar y tú, pero siempre que se constituyan como una sociedad de responsabilidad limitada; y, bueno, ahora que sabemos la verdad del gimnasio y del club, pide que se les incorpore como unidades de negocio de la nueva empresa”.

“Podrían llamarla La Estirpe”, interviene Alvin.

“No aconsejo crear la nueva empresa porque todo está muy confuso aún en términos legales, quiero decir”, acota Juan.

“¿Como tu situación matrimonial?”, bromea el biólogo

Juan sonríe.

“eso sí lo tengo claro: el lunes iniciaré los trámites del divorcio… al demonio si Collique dice que soy un fiscal gay… No tiene sentido estar en algo que no te genera comodidad y va a ser un mal ejemplo a la larga para mis hijos”.

Alvin se incorpora y besa en la boca a Juan.

“Bienvenido”, le sonríe.

“Pero no entiendo por qué recién meten al AMW y al GGG o como se llame en el adelanto de herencia”, interrumpe Tito.

“Pues, lo único que se me ocurre es que ella quería dejarles a ustedes el pleito con Christian Esteves, en lugar de lidiarlo. Elga conoce mejor que nadie los negocios de Manolo Rodríguez, y ante todo lo que pasó, tenía una papa caliente encima: juego de lealtades, remordimiento de última hora. Una cosa es manejar a Elga, pero otra distinta es enfrentar a la Estirpe, a la que Christian había renunciado. ¿Divide y vencerás? ¡Nunca iba a funcionar con ustedes!”

“¿Christian quería matarme, Juan?”

“es una posibilidad, Joey”.

“El ADN de la ropa empapada en sangre coincide con las muestras que estaban en tu vereda”, agrega Alvin. “El tal Valdivia”.

“El plan era perfecto: amedrentamiento, y si no funcionaba, asesinato”, continúa Juan. “Pero es como si alguien les hubiese salado todo: el extraño colapso de los matones, la carpeta lila, hasta diría que la propia movida torpe del comisario, si fue él, al armar esa campaña contra Owen… es como si el plan hubiese estado hecho para ser un fracaso… bueno, estamos hablando de Christian, ¿no?”

Una luz llega a Tito cual ráfaga.

“Owen… Fue Owen… ¿Recuerdas lo que te contó Chira?”

“Primero lo sometería a un examen toxicológico y un peritaje psicológico”… no sé… esas supuestas visiones, esos cambios de conducta… los policías son sometidos a mucho maltrato durante su formación y no descarto falsos recuerdos por un síndrome de estrés postraumático”.

“¿Un qué?”, se extraña Tito.

“Una mente desconfigurada que no diferencia entre realidad y fantasía debido a un evento muy malo que le pasó”, intenta explicar Alvin.

“Pero él sabía toda la verdad todo este tiempo”, insiste Tito. “¿Tú crees que está loco?”

“Lo que nos regresa al inicio de esta discusión: legalmente, más que soluciones, ahora es cuando comenzarán nuevos líos, especialmente ahora que Cruz Dorada ha quedado como una enorme organización criminal que traficaba terrenos, compraba autoridades, medios, voluntades y hasta vidas”.

“Todo lo que Owen nos dijo que pasa en los países donde trabajan”, añade Tito.

“Si hay un modus operandi internacional, me parece que lo más inteligente será hacer el caso… internacional”, aconseja Juan. “No será el primer ni el último caso de corrupción transnacional, desgraciadamente”.

Tito saca algo de la mochila, lo extiende y se coloca una túnica de lana; alcanza otras dos y las deja sobre la cama.

“Es hora. Vamos”.

Los tres se ponen en marcha por en medio de la finca hasta llegar a la acequia y pasar al camino secreto, pero en lugar de ir a los algarrobos que rodean la laguna, suben la lomita. En la cumbre, Carlos y César están arrodillados frente a un fuego amarillo cuidando que no se apague. Tito, Juan y Alvin se hincan en silencio. Los cinco miran las flamas danzando en la fría noche, dejando escapar chispas, disfrutan la calidez y la luz.

Og ya está listo”, advierte Tito. “¿Seguimos esperando?”

“No”, anuncia alguien a sus espaldas.

Carlos y Tito miran a donde sonó la voz y sonríen; Alvin queda boquiabierto, Juan trata de mantener la serenidad, César está tranquilo y satisfecho.

“Perdonen la demora””, dice el hombre de recio y armonioso cuerpo que, desnudo y erecto, se sienta al lado de Carlos y le quita la túnica dejándolo también desnudo mientras lo besa en la boca hasta que su pene se eleva y engrosa por completo.

“Prosigue”, le dice.

“Gracias, Manolo”, sonríe el capataz.

Entonces, las flamas amarillas del fuego se tornan rojas, y en el cielo, las nubes se despejan para que la última luna llena brille con fuerza. Sobre sus cabezas, un lucero verde se forma y comienza a revolotear en espiral. . Sobre la cima de la lomita, los cuatro hombres que restan se quitan las túnicas y comienza la ceremonia de iniciación que terminará casi con los rayos del nuevo día en una orgía que admite todas las combinaciones posibles.