miércoles, 7 de septiembre de 2022

El precio de Leandro 4.4: La sesión tan esperada


“¿Y ese chico es de confianza, hijo?”, plantea Adela.

“Hasta ahora parece que sí, má”, tranquiliza Leandro.

“Darío Echenique es un tipo tranqilo, señora; no tiene de qué preocuparse”, secunda la moción Rico, mientras Cintia mira a los dos varones con harto escepticismo. Todos comparten el almuerzo en casa de Adela.

“Dijo que verá cómo puede apoyarme con lo del modelaje; y, aparte del cheque de la disco, me dio otro por el otro… evento al que me llevó”.

“¿Dónde fue el evento?”, curiosea Cintia.

“En un casino… solo era de sostener un ánfora… huevadas”, miente Leandro.

“¡Esa boca, hijo!”, regaña Adela.

“Nos pagó, Cintia. Traje tu cheque, ¿no?”, Leandro clava la mirada a su amiga como pidiéndole no sembrar intriga.

“Hijito”, interviene Adela, “si eso va a ser decente y te permitirá ganar algo más, me parece que está bien”.

“Nos permitirá, mami. Tú sabes que lo que gane, es tuyo”.

“Lo sé, hijo; solo te voy a pedir una cosa”.

“Claro, má”.

“Ya no poses sin ropa”.

La mesa queda en silencio.

 


Ese lunes temprano, Leandro y Darío llegan a una construcción de dos pisos que mas bien semeja una caja de zapatos en su arquitectura. Nada que ver con las casas de cierto estilo a los lados. Es el compound donde funciona el estudio de Roberth Peña en un inmenso salón que está en el primer piso.

“Fue una de las pocas ferreterías que existía en este barrio”, cuenta el fotógrafo mientras examina los archivadores en los que Leandro guarda sus fotos y los recortes de avisos publicitarios. “Como las ferreterías de cadena crecieron, ésta no supo competir, quebró, y compré el inmueble a precio de regalo”.

“¿Y sigues viviendo arriba?”, pregunta Darío mientras pone polvos a la cara de Leandro.

“Cuando vengo al país, pero no te recomiendo subir porque podría darte un infarto a tu centro neurológico de la estética y el buen gusto”.

“Yo te dije que no te divorciaras”, ironiza Darío.

Roberth sonríe mientras revisa los desnudos del otro joven.

“Hicieron buen trabajo contigo, muchacho”, califica el profesional.

“Pero faltó glamour, Rob. ¿A quién se le ocurre hacer esas fotos en esas duchas horribles?”

“Obviamente época Semanal nunca pagó este proyecto”, asegura Peña.

Darío termina de maquillar a Leandro, quien por fin puede abrir los ojos:

“A mí me pagaron en efectivo ni bien terminó la sesión”.

“Confirma lo que digo”, sentencia Roberth.  “Yo conozco a los editores y todo es cheques, y ahora trabajan con transferencias bancarias, por seguridad, pero insisto que hicieron unn buen esfuerzo. Además, es admirable que te hayas tomado el trabajo de tener estos recortes. Ya había olvidado lo mal que iluminé a Darío en esa campaña de Lawrence’s”.

“Ya no me hagas recordar de ese imbécil de Madero”, reniega el aludido. “Concentrémonos en Leandro Pérez”.

“Para tu buena suerte, muchacho, me cae bien el San Lázaro”, ríe Roberth.

Leandro también ríe mientras se pone de pie y va hasta el portatrajes: sacos, pantalones, camisas, jeans, ropa de deportes, zapatos, calcetines… La noche anterior, Darío y él se habían pasado hasta tres horas probando ropa en una tienda por departamentos, y todo cargado a la tarjeta de crédito del supermodelo.

“¿Con qué comenzamos?”, el modelo novato parece estar presuroso.

“Algo formal, diría yo”, interviene Darío. “Traje y corbata”.

“El productor ha hablado, así que le haremos caso”, se encoge de hombros Roberth. Darío lo mira como llamándole la atención, a lo que el fotógrafo no se amilana. “O le hacemos caso al hacendado”, continúa sin bajarle la mirada, “o nos amarrará al cepo”. Y cuando ve que el doncel está a punto de estallar, decide lanzar un último dardo: “Esclavos a la molienda”.

Leandro ríe, se quita la bata que lleva puesta y deja que Darío le elija el primer traje.

 


Durante toda esa jornada, el futbolista se transforma en un ejecutivo junior, en un joven emprendedor de clase media alta, en un galán de discoteca, en un jinete del siglo XVIII, en un surfista experto en olas de diez metros, en sí mismo pero con accesorios de marcas que jamás podría pagar y en un juguetón muchacho quien se siente muy cómodo probándose bóxers, MICROBÓXERS, bikinis y suspensores (“que no se le vea mucho las nalgas”, ruega Darío en algún momento).

  

martes, 6 de septiembre de 2022

El precio de Leandro 4.3: Coach de escorts


Cuando todo regresa a una aparente normalidad, el reloj de una de las mesas de noche marca diez minutos para las cuatro de la madrugada.

“Estuviste increíble, Leandro”.

“Gracias. Tú igual, Darío”.

“Sabía que eso” –Darío toma el pene flácido de Leandro en una de sus manos—“no defraudaría… ¡es enorme!”

El futbolista ríe ante lo cursi de la apreciación fálica, pero ya está acostumbrado, así que solo aguanta, y decide darle otra movida conveniente a su peón:

“Jamás pensé que iba a pasarla tan bien”.

“¿En serio?”, se alegra Darío.

“Mírame aquí”, le da un beso breve en la boca. “Si no hubiese funcionado, ya estaría vestido y buscando un taxi para irme a casa”.

Lo que Leandro nunca confesaría es que el bus que lo puede acercar hasta su domicilio pasa cuatro calles más abajo recién a las cinco de la mañana, así que lo mejor es mantenerse bajo ese cómodo refugio.

“¿No estás apurado?”, se sorprende Darío.

“Bueno, tengo entrenamiento a las nueve pero creo que puedo sobrevivir… si duermo toda la tarde”.

Ambos ríen.

“Espero que no sea la primera y última vez que me haces el amor, Leandro, porque eso fue realmente intenso”.

“Espero que no te aburras de mí”, el invitado clava la mirada en el anfitrión, quien evidentemente traga saliva y sonríe por compromiso. Claro está, lo que realmente espera Leandro es que el siguiente paso sea hacer una cita con Roberth Peña.

“Creo que será imposible”, responde Darío.

Leandro, entonces, siente que ha entrado en terreno pantanoso:

“Solo te quiero pedir algo: me parece que vamos a pasarla bien como compañeros, amigos, y hasta como amantes; pero… no te enamores de mí”.

Darío se ensombrece por un momento. Todo parecía ir bien, pero trata de entender. Quizás es muy rápido. Quizás no pueda exigir mucho por ser la primera vez:

“Cuento contigo, ¿no, Leandro?”

“Dalo por hecho, pero solo te pongo esa condición”.

 


“Hiciste bien, brother”, califica Rico, quien lleva a un adormilado futbolista como pasajero. De nada han servido los dos cafés cargados y una lata de energizante, excepto para ir al baño interrumpiendo el entrenamiento previo al partido del domingo hasta dos veces esa mañana.

“¿Y en serio lo habré impresionado?”

“Mira, bro, te voy a contar un secreto sobre la gente famosa. Se construyen el mito de que lo tienen todo, y de que tienen a quien quieren a solo pedido, de que pueden cambiar de marido cada noche, si quieres; pero la verdad es que se hacen tan inalcanzables que terminan siendo muy solitarios”.

“Hablas”.

“Entonces, cuando aparece alguien que sepa activarles el resorte correcto, se le pegan como chicle”.

“¿Eso es bueno o malo para mí, Rico Ricón?”

“Va a depender de cómo lo manejes, Leandro León; pero sí te aconsejo algo: tú debes poner las reglas, tú debes tener el control. Aunque él tiene todo el billete del mundo, quien decide cómo se baila el merengue eres tú”.

“Deberías ser coach de escorts, Rico”.

Conductor y pasajero se carcajean.

  

Ser Rafael 4.2: Alerta máxima


Reconozco que fui un poquito grosero, pero de vez en cuando hay que hacerse el duro para evitar que las situaciones se salgan de control. Y sobre eso puedo escribir voluminosos tomos.

El día de la fiesta llegué hasta la oficina de Laura, dedicada a la supervisión de proyectos sociales del gobierno. La verdad es que no entendía cómo una chica con su perfil profesional aguantaba ese ambiente lleno de mediocridad, pero, en fin, mientras le pagaran y se sintiera feliz, no había mucho que discutir.

“Hola, amor”.

Se levantó de su silla y vino a mi encuentro, saludándome con besito en la boca.

“Has venido guapo”, me alabó sonriendo.

“Quiero que todas las chicas se pongan celosas de ti”.

Laura sonrió mucho más y me dio otro beso.

“Espérame aquí, Rafo. Termino este proceso, apago la estación y vamos a buscar sitio”.

Me senté a su lado, de espaldas a la puerta.

“¡señorita Laura, el jefe quiere saber…! Ah, perdón”.

Cuando volteé a ver a quien había irrumpido en la oficina, me quedé helado.

“Ah, Eduardo. Éste es mi enamorado, Rafael”.

El chico se puso pálido, además de sorprendido.

Nos dimos las manos, temblando.

“Mu… mucho gusto, señor”, saludé.

“El gusto es realmente mío”, respondió tenso.

Me senté nuevamente.

“Señorita Laura, el jefe dice que si usted sabe dónde están los reportes de los dos últimos años, pero en digital, porque no halla los archivos”.

“Dile que se los busco y se los paso ahora, Eduardo”.

Yo miraba a la pantalla de Laura. No me atreví a ver al chico a los ojos.

“Ya. Permiso, joven”.

Yo seguía absorto viendo la pantalla.

“Rafo, ¡Rafo! Eduardo se está despidiendo de ti”.

“Ah, sí. Disculpa. Nos vemos”.

Ahora quien tenía que pensar en una evidente acción evasiva era yo. El problema era que si dejaba sola a Laura, correría el mismo riesgho que acompañarla. Salvo que me la llevara, pero podía hacerla quedar mal ante su jefe y sus compañeros.

¿Qué tal un súbito dolor de estómago?

¿Y si ella se dio cuenta de que me quedé aterrorizado?

Me arriesgaba a un extenso cuestionario donde terminaría confesándole la verdad que solo conocía mi amigo Josué.

“¿Amor? ¿Rafo? ¿Te sientes bien?”

“¡yo? Sí”.

“No me mientas”.

Eso fue peor. Comencé a sudar frío.

“No. Estoy bien”.

“No. Conozco esa carita”.

Oh, oh. Aquí vamos de nuevo con la luz roja, la circulina, la sirena, y un contingente SWAT apuntándome a la cabeza desde los techos cercanos. Incluso podía ver los láser de trayectoria.

Laura se me acercó. 

lunes, 5 de septiembre de 2022

El precio de Leandro 4.2: Cachando con Darío


Al ingresar, como suponía, lo espera Darío con un rostro neutral mas bien.

“¿Qué querías hablar conmigo?”, le pregunta calmadamente.

“¿Él es Roberth Peña, cierto, Darío?”

“Ah, era eso. Ahora entiendo”.

“Sí es, ¿no?”

“Y tú quieres llegar a él, ¿cierto, Leandro?”

“Por favor”, ruega el muchacho. “Aunque sea para saludarlo”.

“Ambos sabemos muy bien, Leandro, que no te bastará el saludo… Yo podría presentártelo porque somos mejores amigos”.

“Por favor”, se humilla el futbolista.

“Podría, Leandro, pero… no me dejaste darte la mano porque me dijiste que… no era lo correcto”.

Leandro tiene exactamente cinco, cuatro, tres, dos, un segundo para mover su peón:

“En ese momento no era correcto”.

Jaque a… Leandro.

“¿Y ahora sí?”, enrostra Darío.

“Ahora sí”, sonríe el chico… y tenemos un jaque mate… a Darío.

“A las dos de la mañana me esperas aquí mismo; no estás, no te esperaré”, indica el supermodelo.

 


Al salir de ese cuarto, Leandro va casi corriendo donde Cintia.

“¿Y a qué hora llegarás?”

“No lo sé; solo anda a casa. ¿Puedes?”

 


A las tres menos veinte de esa madrugada, Darío llega a la Torre Echenique en su auto, acompañado. Sube los diez pisos en el ascensor, abre la puerta de su penthouse.

“Ponte cómodo”, invita.

Entra a su dormitorio, arregla unas cosas y sale:

“Ven”.

 


El acompañante entra al dormitorio donde lo que más llama la atención es la tan enorme cama para tan poco ocupante. La habitación está oscura y solo hay un par de luces encendidas en la cabecera del lecho. Pero no es momento de apreciaciones estilísticas sobre decoración de interiores. Toma a Darío por la cintura y comienza a besarlo en la boca. Las ropas irán cayendo al suelo una a una por completo. Entonces, el dueño de casa, ya desnudo, se deja caer sobre la cama y su invitado se acuesta encima para continuar con el ósculo que se extiende por el cuello, el medio del pecho, el abdomen como tabla de lavar, los genitales, y ante una fácil elevación de piernas, hasta allí donde esa rara mezcla de dolor y placer –ahora placer—ttendrá lugar poco tiempo después. embestidas de todas las intensidades, gemidos en todas las notas graves posibles, besos con humedades de todos los calibres, chasquidos lúbricos en todas las potencias, , jadeos en todos los segundos que, Darío espera, sean interminables. Pero nada dura para siempre, y el esbelto modelo trata de sentir cómo es preñado allí dentro. Sin mayores consecuencias, espera.

  

domingo, 4 de septiembre de 2022

El precio de Leandro 4.1: Rompiendo las reglas


El viernes por la noche, en la discoteca, lo que le molestaba a Leandro no era ni el ruido, ni la gente fumando, ni la semioscuridad que no dejaba lucir su traje gris metálico pegado al cuerpo (y que, a pesar de ello,  había provocado ciertas miradas no tan disimuladas a su entrepierna y su culo), o que uno de los chicos ahí le haya quedado mirando el trasero a Cintia (sin que ella lo note) con cierta lascivia; le molestaba que lo hubiesen dejado en zona VIP, y no en Platinum, donde estaban los ‘boxes’, y a donde solo se podía entrar si te lo autoriza un vigilante alto y con pinta de luchador de catchascán, un micrófono de grulla decorándole la mejilla izquierda.

 


El trabajo de esa noche será impulsar una bebida energizante y repartir toda la mercancía publicitaria que han dispuesto. Otro chico y otra chica cubren la sala, organizan concursos en las mesas, dan a probar el producto, se toman fotos. Leandro idea una manera para escabullirse a la zona prohibida cuando en la puerta aparece Darío, quien pregunta algo al vigilante y éste le niega con la cabeza tras hablar mediante el micrófono. La bulla y la distancia le impiden saber qué se están diciendo. Darío vuelve a entrar a la zona de boxes. Es cuando Leandro intenta algo arriesgado, y camina hasta el vigilante (ante la aterrada mirada de Cintia):

“Tengo que coordinar algo con Darío Echenique”, le grita al oído. “¿Puedo entrar un momento a verlo?”

“¿Darío qué?”, el guarda frunce su ceño.

“Darío Echenique, el modelo con el que acabas de hablar”.

“Tú estás en VIP, ¿no?”

Leandro sabe que negarlo es estúpido:

“Solo le daré un dato que necesita saber”.

“Lo siento; VIP en VIP, Platinum en Platinum”.

Cuando intenta insistir, una de las modelos le topa el brazo y se le acerca a la oreja:

“¿Quieres dejar de fomentarme desorden, Leandro?”

“Necesito hablar con Darío”, pide el muchacho.

“No puedes”, lo desautorizan. “Regresa a tu puesto”.

 


Leandro vuelve cerca a Cintia, quien se le aproxima y lo codea fuerte en el costado:

“¿Qué pretendes?”

“¿Yo? Nada”.

Cintia desiste en regañarlo porque la modelo les llama al orden con un gesto.

 


Leandro regresa a jugar con la concurrencia cuando se percata que Darío sale disparado de la zona de boxes hacia la puerta de acceso de ese salón. Está con un ojo allí y el otro en sus concurrentes. A los pocos minutos, Darío y otro guardia de seguridad escoltan a una persona no tan alta, cabello corto,  cuidada barba, camisa y jean mas bien normales. Lo reconoce porque lo ha visto en varias revistas de moda y sociedad: ¡Roberth Peña!

 

Casi instintivamente, camina hacia él, dejando a la gente con la que ha estado jugando, y cuando va a alcanzarlo, ¡pum!, se choca contra el primer guardia de seguridad:

“¿A dónde crees que vas?”

Leandro no tiene una respuesta y solo sigue a Darío con la mirada, desesperado, impotente, como si alguien muy querido se hubiese ido a un largo viaje, o para siempre. Otra vez le topan el brazo. Es Cintia:

“Por favor, no la cagues”, lo ruega al oído.

Leandro lee la frustración en el rostro de su amiga y regresa a su puesto.

 


Un cuarto de hora después, Darío reaparece junto al guardia de seguridad. Leandro lo mira pero no intenta nada, aunque nota con extrañeza que la otra modelo de su sala se les haya acercado. Darío reingresa a la zona de boxes y la modelo camina derechito hacia él. Fijo que lo despedirán en ese mismo momento:

“Anda discretamente al cuarto de servicio”, le indica la chica.

Ya fue, piensa el muchacho. Sabe que cuando entre, le pedirán que entregue el uniforme, tomará su ropa y tendrá que irse del lugar. ¿Y Cintia? A esperarla afuera soplándose y resoplándose el frío húmedo de la medianoche. ¿Le pagarán una fracción, no?

  

Ser Rafael 4.1: Señales de alerta


A las nueve y media, mi mamá me llamó: “A las tres regreso. Anda a recogerme”.

Volví a dormir.

Casi a mediodía, me despertó Josué. Seguía en calzoncillos.

“¿Qué pasó anoche, Rafo?” ¿Hice alguna huevada que te molestó?”

Sonreí.

“Nada, pata. No hiciste nada. No hicimos nada… ¿Vamos a comer cebiche?”

Josué se quedó toda esa semana más en la ciudad.

Lo encontraba en el gimnasio y luego íbamos a cenar en la calle. Tras ello, regresó a trabajar donde se lo llevaran de su chamba.



El plan para que mi relación con Laura remonte funcionó.

Gracias a que pudo controlar sus celos, no hubo motivos para pelear.

Nos veíamos frecuentemente pero no a cada rato.

Cada quien tenía su espacio, sus actividades y su grupo de amigos. Los fines de semana, salíamos a alguna discoteca o a alguna reunión en casa de alguno de nuestros conocidos o familiares. Incluso, se tomó el trabajo de disculparse otra vez con mi jefa y hasta invitarla a comer.

El sexo que practicábamos seguía siendo intenso y desbocado. Dos veces por semana teníamos nuestro encuentro en el Dreams.

Aunque durante sus días infértiles me insistía que lo haga sin condón, yo no accedí, inventando un nuevo pretexto en cada ocasión: apenas lo retomamos, no me parece, debo protegerte porque te amo, no quiero hijos antes de tiempo.

En dos ocasiones fue a comer a mi casa, lo que a mi madre, para variar, agradó sobremanera. Y cada que podía, me lo recordaba: “No te despegues de Laura: será una buena esposa”.

Claro que una que otra chica que conocí antes me llamaba y me buscaba boca, pero yo bien angelito, o le daba largas: “Ya, flaca, yo te llamo”. Nunca lo hacía.

Fueron dos meses donde la vida parecía reencarrilarse, y, aunque no me sintiera tan enamorado, debo admitir que me gustaba esa situación de ser mimado, complacido, atendido, escuchado y acompañado.

Un día, Laura y yo nos encontramos para almorzar y comenzamos a burlarnos muy disimuladamente de los uniformes de las meseras de un restaurante que acababan de abrir en un centro comercial.

“Rafo, ¿qué tienes planeado para el fin de semana?”

“Nada. ¿Por qué?”

“La oficina estará de aniversario y darán un almuerzo. Todo el mundo llevará a sus parejas y no quiero estar sola. De paso que conoces a mis compañeros de trabajo”.

“Ya. Chévere. Pero, ¿hay que enternarse o esas cosas?”

“No. Normal. Pero tampoco vayas como vas al gimnasio”.

Yo me sonreí.

“¿Y con cuánta gente trabajas?”

“A ver: el gerente, la secretaria, la otra chica de sistemas, los ingenieros de campo que son cuatro y yo… ¡Ah! Y acaban de contratar a un nuevo asistente administrativo. Un chico callado, pero se le nota buena gente”.

“¿Ah sí?”

“Sí, me lo presentaron, pero somos de hola y nos vemos porque él está en un lado y yo por otro muy distinto”.

“En mi oficina seguimos los tres de siempre más mi jefa”.

Y no quise seguir hablando más, ni contarle que la conocían como la ‘sargento’ o mi ‘novio’ por el incidente que había tenido con mi superiora meses atrás.

“Rafo, ahora que veníamos, vi un lindo vestido de novia allá en la tienda de atrás”.

Oh, oh, dije yo. Luz roja girando en una circulina y una sirena sonando. ¡Alerta a todo el mundo! ¡esto no es un simulacro!

“debe costar un ojo de la cara”, le respondí.

“Por eso existe la compra a crédito, Rafo”.

Bien. Llegó el momento de la acción disuasiva. Que el oponente sepa que yo ya sé cuáles son sus planes. La miré profundamente a los ojos, bien serio.

“¿Y qué estás tratando de decirme, Laura? ¿Que ya te quieres casar?”

Ella frenó en seco.

“Esteee… no, ehhh, no… yo… yo solo te contaba”.

¡Listo! ¡Misión cumplida! ¡El oponente se repliega! ¡Hemos salvado la capa de ozono! Porque eso de casarme, si me caso, no lo quiero ver hasta que cumpla treinta, y para ello me faltaban seis años aún.

viernes, 2 de septiembre de 2022

ASS (44): El nadador y el político… con el pene erecto

Enrique coordina todo para lanzar un nuevo talento porno gay: Julián.



En uno de los dormitorios de la extensa casa de Enrique en Los ejidos, Julián está arrodillado en el filo de la cama totalmente desnudo mientras Flavio le mama su pene. El experto actor y modelo porno gay también está desnudo. Julián mira cómo su miembro es succionado por la boca experta de su compañero sexual. Al recorrer con su mirada la espalda de Flavio y llegar a sus musculosas y redondas nalgas, mira cómo entre ellas la cara de Enrique se solaza metiendo su lengua al ano del chico.

Julián cree que ver un beso negro a otro pata es una cosa excitante, pero está inseguro sobre si él haría eso. Sí le había chupado y lamido la chucha a sus enamoradas, ¿pero a otro chico? Mejor prefiere no pensar.

A un lado de ellos, Willy mira la escena atentamente. Está sentado sobre una silla y solo viste su bóxer. Su pene está evidentemente erecto y se lo soba con la mano. Entonces mira a Julián:

“Tienes que hacerte a la idea de que va a verte mucha gente, pero a la vez tienes que meterte en la cabeza que todo debe parecer muy íntimo y natural”.

“Jodida la cosa”, sonríe el nadador, cuyo hermoso cuerpo desnudo y depilado de pies a cabeza luce como una escultura griega bajo la luz suave del cuarto.

El celular de enrique suena. Suelta las nalgas de Flavio, camina hasta un ccostado de Willy, coge el aparato, mira la pantalla:

“Me llegó la visita… Sigue tú, güey”, indica a Willy.

Enrique se pone el jean y una chompa encima de su cuerpo desnudo, se calza las zapatillas rápidamente y sale del cuarto. Willy se saca el bóxer y continúa el beso negro que su compañero inició en el culo de Flavio. Julián sigue ‘practicando’ cómo manejar su excitación mientras le chupan el pene.

“¿te animas a cacharlo de una vez?”, Willy lo desafía.

Julián duda.

En el primer piso de la casa, Enrique recibe a Eliezer. Ambos se sorprenden de la estampa de culturista que lucen. Se sientan en los muebles de la sala.

“entiendo que debes tener muchas cosas que hacer así que iré al grano”, se desahueva Enrique. “Quisiera que me faciliten la piscina comunitaria un par de días para grabar un video porno gay: te pago lo que me pidan y eso pueden ponerlo como aporte a la campaña sin necesidad de buscar un concepto de blanqueamiento”.

“¿Para cuándo la necesitas?”, se sorprende Eliezer.

“Esta semana… ustedes vean el mejor momento”.

“La huevada es cerrar una piscina de uso público…”

“Yo entiendo, Eliezer; pero comprenderás que no puedo grabar una porno gay a vista y paciencia de todo el mundo. ¿Cuento con ustedes?”

El asistente de Pelu se toma unos segundos.

“Déjalo de mi cuenta”, al fin responde sonriendo. “Y… ¿cuán fuertes serán las escenas que van a filmar?”

Enrique se deja de protocolos y comienza a acariciar la pierna de futbolista  que se maneja Eliezer, quien comienza a sentir que la pinga se le pone dura. Entonces, pone su mano encima de la del productor porno gay:

“Creo que sabemos cómo va a terminar esto y… no sé cómo decírtelo… yo… es decir… ustedes”.

“¿¿Qué pasa, Eliezer?”

“¿Ustedes están sanos? Mira que ahora ha aparecido esto de la viruela del mono, hay ese nuevo brote de Covid…, y el… el…”

“Estamos vacunados contra Covid, Eliezer. Y sobre viruela del mono, todos tenemos sexo solo entre nosotros”.

“Y el VIH?”

“Todos estamos controlados y tomamos Truvada ®… por cierto, deberían convertirlo en política de salud pública, especialmente para los gays y bi que aquí son más de lo que el censo dice”.

“Yo caché con uno de los chicos que trabaja para ti; Flavio creo que se llama. Él me dijo que es escort, ¿entonces qué me garantiza que no tenga algo más?”

Enrique sonríe comprensivo y deja de acariciar la pierna de Eliezer:

“¿Tú coges con el tal José Luis, cierto?”

“sí… así que imagínate si le da algo… los otros candidatos lo demolerían”.

Enrique sonríe de nuevo:

“Te entiendo… bueno, celebro que tu jefe no sea… promíscuo… y más bien, mándame tu cotización y la cuenta para depositar”.

Eliezer se incomoda al escuchar la insinuación sobre la conducta sexual de Pelu pero se las traga:

“Claro… Mañana a primera hora”.

Eliezer se levanta y se despide. Enrique lo acompaña siguiéndolo a propósito para ganarse con su hermoso culo. Entonces, el moreno frena en seco:

“Nunca he visto el porno que hacen… ¿dónde puedo encontrarlo?”

Enrique le sonríe: “Sígueme”.

Cuando ambos llegan al segundo piso, sobre la cama Flavio está en cuatro patas mientras Willy le acomete por el culo con su verga y Julián sigue delante de la boca del actor y modelo dejando que le siguiera mamando el pene. Eliezer se asoma con cuidado tratando de no hacer bulla. Logra concentrarse en la imagen, tanto que su gran pene comienza a ponerse duro bajo su jean. Pero no solo es la única cosa que siente: algo se arrima en sus nalgas. Reacciona. Al girar, la cara de enrique está a milímetros de la suya.

“Soy activo solamente”.

Qué pedo, güey”, le susurra enrique. “Entonces acaríciame el culo”.

Eliezer no aguanta más; se trenza en un beso con el dueño de casa mientras sus manos se posan ya sin roche sobre las firmes nalgas, y más aún, tratan de meterse bajo el jean de enrique. Eliezer se separa de pronto, ya excitado:

“No tienes ropa interior”.

“No tengo nada debajo excepto unas ganas increíbles de que me cojas”.

“¿

En solo cinco minutos, Eliezer y enrique ocupan el cuarto contiguo y comienzan a desnudarse sin ddejarse de besar en la boca, suben a la cama y se arrodillan sin dejar que sus labios pierdan el contacto.

Así desnudos, Eliezer puede pasear sus gruesas manos por esas lampiñas, redondas y duras nalgas mientras su pene erecto esgrime con el pene erecto de Enrique.

“Chúpame el culo”, dice el anfitrión.

Enrique gira y se agacha. Eliezer olvida todos sus escrúpulos sanitarios y se inclina también a probar el ano que se le abre en medio de las dos poderosas nalgas que también lame, besa y mordisquea. Enrique gime y pide más.

Tras varios minutos de beso negro, Eliezer se levanta otra vez: “Chúpamela”.

Enrique gira y se prende de la vergota gorda y larga que se le eleva dura como un tronco fresco emergiendo del negro bosque de un vello púbico sin recortar. Increíblemente, enrique logra tragarse todo el pene. Eliezer lo agradece en el alma.

Posteriormente, Enrique da un condón a Eliezer quien se lo calza. Una buena cantidad de lubricante es untada sobre el falo y en el agujero del culo. La penetración anal se hace despacio. Eliezer sabe que su miembro no puede entrar de golpe; además, lento se siente más rico. Eso incluye el bombeo.

Él y enrique gimen mientras disfrutan del momento.

En la habitación del lado, Willy preña a Flavio. Saca su pene y mira a Julián:

“¿te animas? Hay condones”.

Julián lo piensa… “De acuerdo”.

Willy le alcanza el preservativo, Julián se lo pone y se coloca detrás de Flavio.

“Al fin te la voy a sentir en mi culo”, comenta éste último”.

Julián no termina de meterle la cabeza cuando siente que no puede evitar la eyaculación. Ahí acaba todo. Mira nervioso a Willy, quien no sabe qué decir.

En la habitación del lado, Eliezer todavía dura una hora más antes de que su semen llene el látex y tras un beso recuerdde a enriqe que el trato está cerrado:

“Tranquilo que vas a tener la piscina en el menor tiempo posible”.

Y para terminar,una porno gay.