viernes, 13 de mayo de 2022

La hermandad de la luna 10.9

Christian despierta nuevamente en el hospital de Collique Sur. Viste una bata de paciente y está cubierto con una sábana blanca delgada con el logotipo del seguro social en mosaico. Pero esta vez, está solo en el cuarto. Busca el botón para avisar a la Estación de enfermería, pero no lo encuentra. Recuerda que los hospitales públicos no son precisamente la vanguardia en comodidades para quien ingresa. Intenta tranquilizarse, pero no lo consigue.

“¡¡Zapata!!”, grita.

Una técnica de enfermería entra.

“¿Ya despertó, señor Esteves?”

“¿No me ve acaso?”, se indigna el abogado. “Llame al suboficial Zapata, ¿quiere?”

“él no está de guardia, señor”, le contesta la técnica algo altiva. “Y me respeta si quiere que lo atienda”.

“Mire, señorita, usted me atiende porque es su deber, y no le interesa si me agite o no. ¡Búsqueme al policía de guardia, por favor! ¡Hágalo si quiere conservar su empleo!”

La técnica sale molesta.

Tras varios minutos ingresa un joven que casi no le sostiene la mirada.

“Quiero denunciar que me violaron”, le suelta Christian.

El policía abre los ojos y levanta la cabeza.

“¡No te quedes ahí, Renato! ¡Procesa mi atestado!”

el uniformado saca como puede una libretita y un lapicero de su bolsillo, y se dispone a escribir con la mano temblorosa.

“¿Fue el surfer?”

“¿Qué surfer ni qué ocho cuartos, Renato! Fue un sujeto llamado Owen Mgombo. M, G, O, M, B, O. Vive en Santa Cruz, es natural de Johannesburgo, República Sudafricana. Más de metro noventa, cien kilos más o menos, raza negra, trabaja como instructor del gimnasio AMW. Allí duerme, así que si van ahora mismo, lo encuentran. Yo quiero pasar a Medicina Legal tan pronto sea posible. ¿entendiste?”

El policía duda.

“Owen… ¿qué?”

 Mira un video aquí.

Una hora después, en La Luna, el timbre suena y elga despierta. Está desnuda en la cama y Owen la abraza por la espalda. Quiere incorporarse, pero el peso del brazo no la deja.

“Tranquila”, le susurra.

“Pero quiero ver”, pide ella.

”Tranquila. Duerme. Carlos estar a cargo”.

Elga intenta serenarse y se acomoda otra vez. Hace mucho tiempo que no duerme de esa forma. Cierra los ojos y cree oír a lo lejos una motocicleta conforme recupera el sueño.

Mira otro video aquí. 

Poco antes de que ese miércoles amanezca, Christian llega a la sala de espera en Medicina Legal para tener un turno, y entre la gente sentada, reconoce a El Carnes. Se le aproxima.

“¿Te pegó Nava?”, le pregunta con sarcasmo.

El fortachón sonríe con pereza.

“Sí, me pateó atrás y el médico va a revisarme”.

“eso tengo que verlo”, sonríe el abogado.

Una de las puertas se abre, y una chica se pone a ver entre la gente como buscando a alguien. Christian lo advierte.

“Ahora vengo”.

Se pone de pie y disimuladamente se le acerca.

“¿Usted es el doctor Esteves?”

“Sí, el de las muestras de gasa”.

La chica tiene dificultad para articular y el muchacho comienza a alarmarse.

“Lo que sea que tenga, dímelo por favor: olvídate del protocolo”, susurra él.

“¿Está seguro que esa es la gasa con la que lo limpiaron?”

“Claro, estaba aún en la mesita de la enfermera. ¿Por qué?”

“Doctor… parece que le hubiesen curado alguna herida”.

“¿De qué habla?”

“No hay rastros de sangre”.

“¿Cómo que no hay rastros de sangre?”, comienza a indignarse Christian. “¿Y esa mancha roja qué es? ¿No es sangre?”

“Sí, es sangre… pero sangre de grado, doctor”.

“¡Qué estupidez dice!”, levanta la voz el muchacho.

La chica se molesta y le cierra la puerta en la nariz. Christian toca fuerte, pero nadie le abre. Un policía llega a pedirle que se retire a su sitio. La gente se lo queda mirando y accede.

“Necesito tu ayuda ahora, te pagaré muy bien”, le ofrece a El Carnes, una vez que vuelve a sentarse a su lado.

“Cuando pase mi turno… hablamos”.

“No… ahora, Carnes”.

El matón se inclina en su silla y se hace el somnoliento.

“Ahora no”, le responde.

Christian se molesta, se pone de pie y sale de ese lugar. 

La hermandad de la luna 10.8

Pero una decena de kilómetros más al oeste, la sesión sexual casi ha acabado entre el tablista y Christian, quien tiene las gruesas piernas levantadas y sostenidas en sus hombros mientras le meten y sacan el pene  como si quisieran acuchillar su interior a pesar que  ofreció un cuarto cómodo y hasta un aventón para satisfacer la excitación. El tablista eyacula profusamente dando un suspiro que nace desde el fondo de la calentura. El espacio entre cuatro paredes no se convirtió en un bosque exuberante, ni siquiera en una playa desierta, menos en la vieja acequia que corre a tres cuadras del edificio; tampoco se oyó más melodía que los resortes del colchón crujiendo debido a la intensidad con que el coito se produjo. El tablista saca su pene, se extrae el condón como quien le quita  la funda a una cimatarra (su miembro es curvo) y lo tira al suelo para tumbarse al costado de Christian, quien baja poco a poco las piernas.

“Rico anito tenías, huevón”, le dice el corredor de olas.

“Gracias”, responde el abogado por puro compromiso.

“Cuando te vi esa noche en el G4G todo calatito, dije: ¡carajo, me lo tengo que cachar!”

“Ni me lo recuerdes que no pienso aparecer por ahí nunca más”.

“¿qué trago probaste? ¿Sabías que se rumora que el tal Saúl le mete huevadas?”

“¿Qué tipo de huevadas?”

“Dicen, pero no me consta, que baja Sampedro de la sierra y la mezcla con los tragos, y, bueno, esa huevada te hace alucinar, porque tiene algo parecido al LSD”.

Christian, entonces, cree que su actuación más reciente podría estar justificada.

“¿Y tú no te has metido huevadas?”, le sonríe al tablista.

“Solo marimba, pero de ahí no paso y de vez en cuando. ¿Tú no has probado?”

“Coca alguna vez, pero le agarré miedito”.

“¿Cuando hacías porno?”

“¿Me has visto?”

“¿Por qué crees que te caché como te acabo de cachar? Y espero que no sea la última vez”.

“Espero que no”, miente Christian.

“Préstame tu baño pa’ ducharme al toque”.

“Sí, pasa; luego te voy a dejar a tu jato”.

El tablista se levanta de la cama y el abogado se queda allí pensando. Coge su celular y revisa novedades desde Santa Cruz. Ya no hay transmisión en vivo, pero sí fotos y el enlace de video. Puede ver a sus aún compañeros y al que considera uno de sus mejores amigos, o al menos uno de los más confiables, trabajando en una aparente alianza. Deja el celular sobre la mesa de noche y se levanta.

“Puta madre”, reniega al ver que el condón ha derramado su contenido sobre la alfombra celeste. Entonces siente otra vez algo fluído y tibio bajándole por los abductores.

“No otra vez”, se dice con temor.

Se pasa la mano y la retrae para mirarse: está manchada de rojo. Se angustia. Nuevamente, pierde el conocimiento. La alfombra amortigua la caída en cierto modo.

“¡Oe, pata, ¿pata?, ¿todo bien?”, le grita el tablista desde la ducha.

Mira un video aquí.

Poco antes de la medianoche, Juan, Alvin, Tito y Flor regresan a casa. Entran y hallan a Adán arreglando el reguero que habían dejado los policías.

“Me olvidé decirte que no acomodes nada”, se disculpa el fiscal.

“Ni modo; ya lo hice”, se resigna el cuerpo de luchador.

“¿qué hacemos si regresan?”, repasa Tito.

“Dejarlos entrar; pero, como ya saben que están asesorados, van a cuidar cada detalle”.

“Lástima por el doctor Leonardo; va a odiarnos”, observa Flor como si nada hubiese pasado esa noche.

“Le va a quedar tal trauma”, ríe Juan. “Lo hiciste perfecto; también eres una heroína”.

“Aprendí del mejor”, ella abraza el recio tronco de su padre.

“Luego hablaremos de tu desnudo artístico”, sonríe Tito.

“Aunque con los papeles que nos dio Edú… uffff… Cruz Dorada tiene sus días contados”, pronostica Juan.

“¿Tú crees?”, desconfía el gladiador.

El fiscal mira su reloj, saca su celular, busca algo y se lo entrega a Tito. Él mira la pantalla y mira a todos asombrado. Flor se lo quita y revisa el aparato.

“¿Cómo lo hicieron?”

“Tendrías que ser admirador de un comando de estirpe para entenderlo”, bromea el fiscal.

“Llevémonos a Owen ya”, aconseja Alvin.

“No será necesario”, advierte Adán. “Está en un lugar seguro”.

  Mira otro video aquí.

domingo, 8 de mayo de 2022

ASS (27B): Penes de oro

Miguel cree que Edú y Marcano han pasado la prueba al aire libre; pero uno de los tres puede que ya no siga.

 


La tarde siguiente, lunes, Miguel se abre paso entre el bosque que tapiza la falda del cerro San Sebastián, relativamente cerca de la ciudad.

“Aquí está bien”, indica señalando un lugar desde el que se tiene una fantasmal vista del valle algo difuminado por el polvo que levanta la brisa de la tarde. Tras él, dos varones también se abren paso.

“¿Por acá no fue donde descubrieron esas pingas de oro?”, recuerda edú.

“Sí, pero fue un poco más arriba”, confirma Miguel.

“¿Pingas de oro?”, se extraña Marcano.

“Los antiguos tallanes ttenían una obsesión por la fertilidad porque dependían de que el río crezca y llueva en verano para cosechar alimentos, así que hacían penes de oro y los ofrecían a este cerro, y parte de la ceremonia incluía cachar entre ellos”.

“¿Cachar entre hombres?”, sonríe Edú.

“¿Qué tiene?”, responde Miguel. “La homosexualidad es tan antigua como la humanidad. ¿Con quién comenzamos?”

“Conmigo”, responde Edú, quien se adelanta hasta un faique.

“Calatéate de una vez”, indica Miguel.

“¡No me tomarás primero con ropa, luego con bóxer, luego calato?”

“La sesión completa te la hará Willy. Recuerda que ahorita necesitamos tomar pruebas, no tenemos mucho tiempo de sol disponible y no quiero que la ronda nos encuentre aquí calatos”.

Edú se queda desnudo aunque sin quitarse las zapatillas y las medias. Se ubica, y Miguel, sacando una cámara pequeña de su bolsillo, comienza a encuadrarlo y retratarlo.

“Bien ahí. Gira y ponme duro tu culo”, instruye el artista.

Edú se pone de espaldas y agrega tensión a sus redondas nalgas mientras Miguel comienza a tomar las fotos.

“Gira de nuevo. Pon dura tu pinga”.

Edú acata y comienza a sobarse el pene para conseguir una erección. “¿No quieres ayudarme?”, sonríe a Marcano, quien está detrás de ambos viendo el paisaje y viendo la furtiva sesión.

“Ya va, pue’”.

Su compañero se acerca, se arrodilla sobre el suelo de tierra y comienza a practicarle sexo oral. El rostro de Miguel se ilumina.

“Desnúdate, Marcano”.

“¿“¿de una vez?”

“Hazme caso, chamo”, sonríe Miguel.

Marcano se quita toda la ropa quedándose también en medias y zapatillas.

“Chúpasela de nuevo”.

Marcano reanuda el sexo oral a edú mientras Miguel fotografía todo.

“Hazle beso negro; Edú, tú pajéate”.

Los modelos siguen las instrucciones del fotógrafo: Marcano toma las dos firmes nalgas de su amigo, las separa, saca su lengua y comienza a lamer ese ano y besarle las nalgas.

“Ahora inviertan papeles”.

Marcano deja de meter su lengua entre las nalgas de Edú, se levanta y ahora ofrece su largo pene semi-erecto a su amigo quien se lo chupa hasta ponerlo más largo, gordo y duro. Posteriormente, da media vuelta y deja que Edú le bese y lama el inmenso culo. Miguel sigue fotografiando incluso desde ángulos muy invasivos, como debajo de la entrepierna del venezolano.

“Sería chévere que se metieran la verga por el culo”, piensa en voz alta.

“Tengo condones”, avisa edú.

“¿Tienes lubricante?”, consulta Marcano.

“No. Me olvidé”.

“Yo creo que sí tengo”, recuerda Miguel. Se revisa los bolsillos y encuentra un ccojincito.

Primero es Marcano quien mete sus 21 centímetros al culo de Edú, se mece lentamente para evitar que la foto salga movida; luego es Edú quien penetra a Marcano igual de lento.

“Listo, chicos”, avisa Miguel. “Ya tengo las fotos”.

“¿Y tú no quieres cachar?”, sonríe Edú masajeándose su pene nuevamente erecto.

“Ya no hay condones”, sonríe Miguel.

“Hay uno”, recuerda Marcano.

“¿Tienes una moneda?”, consulta edú.

“Sí”, avisa Marcano. “¿Para qué la quieres?”

“Cara: tú se la metes; sello: yo se la meto. ¿Hecho?”

Tras echar suertes, Marcano se pone el condón y le mete su pene a Miguel mientras éste se la chupa a Edú. Marcano, quien ya estaba excitado por el asunto de hacer la sesión, ponerse la verga dura y mostrarla, dejársela chupar y meterla antes a su amigo, no aguanta más y deja que su orgasmo explote sin censura.

“Me vengo, pana… ¡me vengo!”

Miguel siente cómo el pene del chico palpita dentro de su ano mientras Edú saca el suyo de la boca del artista.

“Vámonos que ya va oscureciendo”.

A Miguel le extraña la actitud de Edú pues pensaba saborear su semen, pero considerando que el sol comienza a ocultarse, le parece una buena idea. Al llegar a la base del cerro, la moto de Marcano los espera junto a la casa de un conocido (quien está enteradísimo de lo que pasó en el cerro). Tras agradecer, los tres se montan en el asiento y regresan a la ciudad.

Con los baches, Miguel aprovecha para pegar su pene erecto a las enormes nalgas de Marcano, quien conduce el vehículo. Los tres regresan al gimnasio del AS.

“Ese Marcano es una máquina, huevón”, comenta Miguel a Alejo en voz baja. “Subió el cerro como si nada, se deslechó, bajó, condujo la moto y encima viene a entrenar”.

“Está perfecto para hacer porno, entonces”, sonríe el instructor de turno.

A la mañana siguiente, edú y Marcano van a Piura para pasar el control médico que exige Enrique antes de cachar en cámara. El doctor Talledo se sorprende de la anatomía perfecta del venezolano, en especial su gran pene, sus enormes bolas y sus inmensas nalgas.

“Perfecto, Tomás”, le sonríe. “No hay problemas contigo, en todo caso esperemos qué dicen las pruebas de sífilis, gonorrea, herpes y clamidia, pero al menos VIH, estás limpio”.

 “Ah, casi no me llaman Tomás”, sonríe el chico. “Más me llaman por mi apellido: Marcano”.

Talledo sonríe de vuelta mientras le acaricia la verga y el culo.

Tras salir Marcano, llega el turno de Edú, quien se calatea y se pone en posición de fiel musulmán para que el médico lo revise. Luego, espera sentado en la camilla.

“¿Nunca te has tamizado para ITS, infecciones de transmisión sexual?”

“Pero no tengo nada, doctor

Talledo respira un poco. Espera. Al fin habla:

“Eduarddo… tu prueba rápida de VIH salió… positiva”.

Edú se turba un momento:

“¡No será un error?”

“Por eso te haremos una más precisa que la prueba rápida… Mientras tanto, por precaución, sí deberías contactar a las personas con quienes has tenido sexo, en especial sin protección, para avisarles que también se chequeen”.

Edú prefiere guardar silencio mirando al vacío… o quizás a una lámina de un pene y sus testículos colgada en la pared. 

    

sábado, 7 de mayo de 2022

Proyecto Lujuria 8.2: Lima es una aldea amurallada aún


Cinco kilómetros al suroeste, Zaira visita a Escalante:

“Entonces sí fue cierto que se reunieron con ese chibolo”.

“¿Cómo te enteraste?”, parece extrañarse la mujer.

“Ay, querida. Lima sigue siendo la vieja aldea colonial encerrada entre murallas”.

Escalante ríe despacio.

“Somos promoción del Taller de Teatro”, explica la directora.

“¿Y vienes a que te ofrezca más dinero por los derechos de Voto para que no los haga la señorita Viteri?”

“No, Arnold. Los derechos para cine son tuyos como nos comprometimos. Vine a hablar de quién sustituirá a Evandro en el papel de Lucas”.

Escalante sacude la cabeza como dudando de lo que ha escuchado:

“Supuse que lo querías conservar y que ése era el cuello de botella de la negociación; incluso Osmar Rivero vino a abogar por él”.

Zaira disimula su asombro por este último dato:

“¿Cuánta plata hay en juego, Arnold?”

Escalante sigue perplejo, pero reacciona:

“Podemos preparar a un chico llamado Fernando y podríamos poner a Alexis en lugar de Evandro. Total, el peso dramático mayor está sobre Mateo”.

“No. Creo que Alexis y Osmar deberían conservar sus papeles porque ya están en su centro, ya los conocen. Mas bien, mi idea es que Keith Branson haga el rol de Lucas”.

Escalante ríe a carcajadas:

“¿el novio de Viteri? ¡Pero si es un palo de chifa!”

“¿Y para qué existen los esteroides, Arnold? ¿O cómo crees que construyen músculo estos actores?”

“¿Y cómo participaría Viteri? Tú sabes muy bien que él y yo…”

“Giaccomo no tiene interés en el proyecto. En dos semanas debe partir a no sé dónde porque va a comenzar una película; además, no quiere hacer temas eróticos y menos homoeróticos, para que no se siga hablando de él”.

“Branson no va”.

“De acuerdo, Arnold. Haremos casting, entonces. Pero no me toques ni a Alexis ni a Osmar de sus papeles”.

Escalante se acomoda mejor en su sofá y mira fijamente a Zaira:

“¿quieren decirme qué se traen entre manos tú, esos tres y la parejita casi fuera del clóset?”

La directora sonríe algo apelada:

“Nada, Arnold. Solo estoy viendo… posibilidades”.

Escalante exhala, toma aire, se inclina un poco hacia adelante:

“Mira, Zaira, no es mi intención echarte en cara nada, pero quiero recordarte que si Voto de Castidad ha logrado llenos en la última semana, que incluso desde ayer estás haciendo funciones dobles, que si estamos hablando de una película, fue porque convertimos a Osmar en el chico Lust, porque sabíamos que lo iba a aceptar, porque como migrante, el ver un cheque con cuatro cifras luego de estar en un país donde el básico apenas alcanza dos, iba a ser un gol. No desmerezco tu trabajo como escritora. Tu guion teatral tiene carne, aparte de la carne que se ve en ese decadente teatro, que, sin duda, hay plata de Cruzado en el montaje; pero si algo puedo pedirte, exigirte, es que si trabajas conmigo, no me juegues chueco. Tú sabes que la campaña de Lust tenía a Alexis en la mira pero que tus celos y sus pelos te hicieron optar por Rivero. Y ya que menciono a tu maridito, dime, ¿qué hay de cierto en que ustedes se separaron?”

Zaira abre los ojos, perpleja.

“Mi amor”, continúa Escalante, “Lima sigue siendo ese pueblo colonial encerrado entre murallas… ¿Y quieres saber qué más sé yo? Porque parece que te estás enterando de cosas esta tarde…”

  

viernes, 6 de mayo de 2022

La hermandad de la luna 10.7

En Santa Cruz, Adán invita un vaso con agua a Alvin, quien agradece.

“¿Dónde se escondió?, pregunta el biólogo.

Adán levanta las cejas fingiendo ignorancia. Se sienta al costado.

“No es quien dice ser. ¿Cierto?”, insiste el visitante.

Adán ríe levemente:

“Nadie es quien dice ser por lo general, licenciado”.

“Ya sé que no eres Édgar sino Adán, que Édgar es tu alias de batalla; pero eso no es a lo que me refiero”.

“Ya lo sabes, entonces”.

Adán pone su antebrazo izquierdo detrás de la nuca de Alvin, acerca su cara y lo besa profundo en la boca.

“No tienes que hacer preguntas cuando ya conoces las respuestas”.

“”¿Y dónde está ahora?”, curiosea el biólogo.

“Ya regresa… Él siempre regresa”.

Mira un video aquí. 

En la finca, y bajo la luna llena, elga acompaña a Frank a hacer la segunda ronda de la noche alrededor de la propiedad.

“Sí, yo sospechaba que todo era parte de un juego para evitar que venda La Luna”, dice ella.

“Perdona”, trata de humillarse Frank, aunque sin mucha convicción.

“Descuida… Si supieras cuántas veces tuve que fingir bajo el cuerpo de cada hombre que era el mejor amante que la historia hubiese conocido a pesar de que eran un desastre. Digamos que soy parte de ese juego. Sé también que Christian me utiliza, que soy parte de ese juego que ha creado”.

“O sea, todos somos fichas”, concluye el más joven. “Sector maizal todo despejado”, avisa por la radio.

“Sector maizal, negativo; tienen compañía más adelante”.

Elga se pone nerviosa y se refugia tras la espalda ancha de su empleado.

“No hay nada que temer”, Frank sonríe. “Te presentaré a un amigo”.

Giran por el camino y justo a la vuelta, la luz de la Luna apenas si ilumina la piel prieta de un hombre. La luz de una linterna deja ver su rostro sonriente.

“Tranquila”, abraza Frank a elga. “Es un amigo”.

El más joven toma la mano en la que la mujer tiene su linterna y hace que le dirija el haz luminoso de arriba abajo.

“él es Owen”, la presenta.

“Mucho gusto, señora”, dice el recién aparecido.

Diez minutos después, Frank regresa a la caseta de vigilancia a guardar la escopeta y a recargar el radio portátil.

“Vas a pasar la noche con ella?”, averigua Carlos, revisando la laptop.

“No. Hay alguien que me cree su héroe y no quiero decepcionarla más”.

Frank se sienta en una silla; Carlos le sonríe y palmea el muslo.

“¿Cómo le irá  a esta hora?”, trata de enterarse.

“Hasta donde sé, estaban en la comisaría sentando la denuncia y había un poco de gente afuera

“Sí, lo vi en el video”.

“¿Sabes qué es lo más atorrante, tío? Que el mismo cojudo que sacó esos papeles sobre Owen, ahora está transmitiendo a toda esa gente empinchada”.

“Y aquí, sobrino, una tensa paz”.

Arriba en la habitación principal, a elga no le ha costado trabajo deshacerse de su ropa. Con el dormitorio a media luz, está acostada sobre la cama admirando al increíble ejemplar que parece no morir de frío y que está arrodillado entre sus piernas, acariciándoselas suavemente, como si dos guantes de seda recorrieran sus muslos en dirección a sus caderas, y desde allí, dibujando todo su contorno de mujer. Un súbito jadeo se le escapa cuando él transita sus senos, llega a su cuello y casi sin sentirlo va apoyando todos sus músculos encima. Ella le acaricia los fuertes brazos, siente como esos grandes pectorales presionan y calientan su bien formado pecho, cómo su vientre vibra al sentir el acanalado abdomen, cómo la rigidez del sexo y la apertura del suyo se aprestan a fundirse. Puede oler un aliento que parece saber a primavera silvestre. Se besan en la boca. Luego, él le besa su delicado cuello mientras ella trata de hacer lo mismo con el de aquél, o quizás saborear el lóbulo de su oreja mientras sus manos femeninas recorren la suave espalda. No sabe a chocolate, como parece; sabe a ambrosía, a fino anís, a fresca sandía, a dulce naranja. Sabe que la está penetrando lentamente con esa enorme y gruesa verga que no ha evitado contemplar. A ella le sorprende que a pesar de un movimiento inexistente, siente como una inexplicable energía nace allí en sus entrañas y va conectando el resto de su ser, haciendo escala en su corazón, luego en su garganta, sus ojos, su mente. De pronto, está transportada, aferrada de sus enormes y duras nalgas y de sus gruesas y firmes piernas, en un indescriptible bosque tropical donde apenas hay haces de luz, donde hay abundancia de trinos, donde una fresca brisa le trae a la mente aquella canción que algún otro amante quiso censurar.

 



“Haz que este momento sea eterno”, le dice mentalmente.

“La eternidad depende de ti”, siente que le responden.

  La estancia en aquel paraje paradisíaco parece extenderse a lo largo de la madrugada. De eso se trata la magia de hacer el amor, de que la realidad en ese espacio íntimo donde los jadeos, gemidos, palabras cariñosas y caricias son notas del pentagrama, que no sean una pugna por dominar o ser dominado sino una hermosa comunión que inicia desde el primer beso y no acaba jamás. 

domingo, 1 de mayo de 2022

ASS (27A): Es como estar en una porno

Edú y Marcano comprenden por qué el sexo entre dos patas no se explica; solo se siente.

 


El cuarto de Marcano, ubicado a tres cuadras de la plaza principal de San Sebastián, suele ser frío a no ser por un par de cervezas negras y una inesperada visita que ahora yace bajo su piel, totalmente desnudo igual que él. Es Edú. Ambos se besan y acarician sobre el colchón tirado al piso que sirve como cama, en medio de maletas y cajas que sirven a manera de armarios, una laptop más allá sonando con algunas bachatas, la luz apagada. Es domingo por la noche.

La lengua de Marcano saborea el perfumado cuello de Edú mientras comienza a recorrer hasta el centro de su pecho y luego cada una de sus tetillas que comienza a mamar con dulzura. Edú gime con los ojos cerrados mientras acaricia el cabello ñuto de su amante quien ahora desciende por sus bien marcados abdominales hasta llegar a su recortado vello púbico.

Marcano toma la pinga de Edú, la masajea suavemente, y de inmediato se agacha a mamarla. Edú jadea al sentir el cosquilleo. Marcano pasea su lengua por los 18 centímetros duros y gruesos hasta caer en las lampiñas bolas y mamarlas con mucho cuidado.  Sin que se lo pidan, el invitado levanta las piernas y sin mencionar nada anima a que el anfitrión siga recorriendo con su lengua hasta llegar a su ano.

El beso negro es de lo más intenso y tierno que hay. Es una rara suavidad viril que se extiende desde el ojo del culo hasta el último poro de su piel. A tientas, Marcano busca la cajita de condones, abre uno, se lo pone sobre sus 21 centímetros ya erectos y comienza la penetración. Edú siente que el falo ingresa en sus entrañas, pero más allá del escozor o la opresión, no siente dolor, y no porque tenga su hueco ya desvirgado; es un raro estilo que tiene este hombre de poseerlo. Marcano se inclina de nuevo y mientras se mueve, reanuda sus besos con Edú.

“Hazme tuyo”, le susurra.

“Ya eres mío”, le responde.

Tras algunos minutos en esa posición, Marcano hace que Edú se aferre de su cuello con fuerza y se incorpora hasta arrodillarse junto a él cuidando de que su miembro no se salga del orto.

“Cabalga”, le indica.

Edú comienza a rebotar mientras frota su pene erecto contra el vientre de Marcano. Los besos no cesan. Los rebotes se hacen cada vez más intensos hasta que el pasivo cae en éxtasis. Ambos jadean y respiran profundo. Con mucho cuidado, Marcano extiende sus piernas y se sienta para luego acostarse boca arriba. Edú sigue quedando encima cabalgando su verga, e inclinándose para seguir besando a su amigo. En esos momentos, Marcano aprovecha para bombear bien el ano.

“Me vengo”, casi ruge el activo.

Edú siente cómo el pene dentro de su culo comienza a palpitar, mientras el activo entra en un estado de máxima relajación y placer.

“Ah, carajo. Te amo”

Minutos después, , ambos descansan bajo la gruesa cobija que cubre el colchón.

“¿en serio me amas?”, sonríe Edú.

“Me dejé llevar, vale. Sí me caes bien, excelente, definitivamente coger y charlar contigo es chévere, pero nada… me dejé llevar”.

“¡Cachas con alguien más?”

“No, aunque no te negaré que a veces hay clientes que te llaman por una reparación o una instalación y, bueno… la carne llama a la carne… tú sabes”, ríe Marcano.

“¿Sabes que cuando cachamos con Julio me sentía en una porno? ¿No te ha pasado que a veces tus fantasías son superadas por… cómo explicarlo?”

“Nada, pana. El sexo no se explica, solo se siente y ya. Explicarlo le quita la magia”.

“Tienes razón… el hecho es que me sentía en una porno”.

“¿Has visto mucho porno?”

“Hasta ahora. No me jode aceptarlo”.

“¿Has hecho porno alguna vez, pana?”

“He bailado calato en discos, he trabajado como escort, he posado calato para fotos, pero hacer porno asícon otro pata,no, no he tenido el gusto”.

“O sea, que si te ofrecen, aceptarías”.

“Sí, pero ya tengo 30. A esta edad ya no te contratan”.

“Gracias por sentirte en una porno”, sonríe Marcano. “Lo tomo como halago”.

“Tú tienes traza de actor porno,claro que el mameluco engaña, pero calato y todo, pareces uno”.

Marcano sonríe, se destapa, se levanta del colchón, jala la laptop, busca algo y se lo muestra a Edú: una porno gay. Dos patas musculosos, al menos atléticos, cachando.

“¿Eres tú?”, se sorprende edú.

“Así financié mi viaje hasta acá hace tres años”.

“¿Cuánto te pagaron?”

“250 dólares por video. Hice tres o cuatro. Con el cuarto ppude dejar dinero en casa mientras viajaba acá. Con video y medio me pude mantener al llegar mientras me buscaba trabajo hasta que entendí que acá nadie te contrata por lo que sabes hacer: tú tienes que crearte tu trabajo”.

“¿Ya trabajabas como electricista en Venezuela?”

“No. En realidad soy ingeniero mecánico-eléctrico. Es una larga historia”.

“¡Larga como tu pinga o como la mía?”

Marcano besa a Edú.

“Larga como la de ambos”.

Marcano vuelve a recorrer el cuello, el pecho, las tetillas, el abdomen y el pubis de Edú, pero esta vez se concentra en mamar bien el pene del chico mientras idea algo: se sienta en cuclillas sobre la cara de su amigo dejándole sus nalgas bien abiertas.

“Chúpame el culo, vale”.

Edú no espera tanto y separa más esos dos enormes glúteos y mete lengua. Marcano se inclina para seguir chupando el pene de su amante. Tras cierto tiempo, vuelve a buscar a tientas la caja de condones, abre uno y lo coloca casi con los labios y los dedos a Edú.

“Clávame, pana”, le pide.

Marcano se acuesta sobre el colchón boca arriba y edú se arrodilla para meterle su pinga tratando de ser cuidadoso también. Lo bueno es que ésta se desliza sin tanto problema. Comienza a cimbrarse mientras lo besa en la boca. Se mantiene en esa posición por largos minutos.

“Ponte en perrito”, ahora pide él.

Marcano se pone en cuatro patas y Edú lo penetra haciendo chocar su pubis contra esas grandes nalgas. A la mierda si el sonido se escapa del cuarto: Hasta donde saben ambos, no hay nadie más en ese piso. Edú termina apoyándose en la espalda de Marcano y ambos terminan uno encima del otro sobre el colchón.

“Las voy a dar”, anuncia edú, y tras un minuto o dos, su semen se dispara contra el preservativo mientras sigue dentro de Marcano. “Esto también fue otra porno”, le sonríe casi sudando.

“Menos mal que mi vecino no está”.

“¿A qué hora viene?”

“Ya debería estar aquí, pero creo que llega mañana por la mañana. Quizás esté en Chiclayo”.

“¿Es policía?”

“No. Fisioterapéuta. Trabaja en el hospital del seguro social. Si hubiera estado en su cuarto, hace rato que hubiésemos hecho un trío, vale”.

“¿Ya has cachado con él?”

“Con el cuento de probar nuevas técnicas de masajes, sí, dos o tres veces. Tiene buen culo y lindo carácter. Te va a caer bien”.

“Sí. Sí he cachado con fisioterapeutas. Son más arrechos igual que los enfermeros, los médicos, los policías. Parece que el uniforme les eleva la lívido”.

“O podría ser el fetiche sexual, pana”.

“Otra porno”, ríe Edú.

De pronto su celular suena. Sale del colchón y busca el aparato entre su ropa regada en el suelo.

“Quizás tu patrón preguntando dónde estás”, bromea Marcano.

”No, número desconocido”.

Edú contesta de todos modos.

“¿Sí, ¿diga?”

“¿Es el teléfono de Edú, amigo de Pedro?”

“Sí”, duda el atleta. “¡De parte?”

“Soy Flavio, amigo de Alejo y Miguel. ¿Tendrás un minuto de tu tiempo?” 

Y para terminar, te dejamos con una porno.

sábado, 30 de abril de 2022

Proyecto Lujuria 8.1: Un voto de confianza a Osmar


A las siete y media de la noche, Evandro llega a la residencial. Tras estacionar su auto, baja, toma el ascensor y sube hasta el último piso. Abre la puerta de la azotea, trepa las escaleras. Al lado del tanque de agua, en el cuarto de servicio que solía ser el dormitorio de Osmar, encuentra a su amigo soplándose y sobándose las manos.

“¿Cuáles son las malas noticias, Os?”

Evandro abre la puerta del cuarto de servicio y entra; Osmar lo sigue y la cierra bien.

“Escalante quiere tomar control sobre la obra”.

Evandro se sonríe y menea la cabeza:

“ah… era eso”.

“¿Te parece poco?”

“No, ddefinitivamente no. Me extrañaba que se estuviera demorando tanto”.

“Evan, ¿por qué no le dices…?”

Evandro se acerca a Osmar y lo calla con su mano mientras le arrima todo su cuerpo:

“Los muertos no hablan, Os… Pero antes, necesito que me expliques en qué andas con Alejandro Albújar”.

En la oscuridad, el interpelado se sorprende con la pregunta.

 


En lo que resta de la semana, Osmar –y por arrastre, Alexis y Evandro—salen en dos periódicos más aunque sin mostrar tanta carne. La sonrisa y la simpatía del actor roban el interés de las lentes, la curiosidad del público, la atención de otros productores. Giaccomo Viteri ha sido un actor adolescente que se ha especializado en dirección de cine. Al término de la función del sábado se presenta ante Zaira Banquells, quien no puede creerlo:

“¿Cuándo regresaste de Francia, Gia?”

“No estuve allá sino en Los Ángeles”.

Giaccomo es algo alto, delgado formado, hermosos ojos verdes, cabello castaño un poco largo y revuelto, acogedora voz.

Cuando los actores de la obra aún se están vistiendo, Zaira entra con él. Evandro y Alexis se quedan boquiabiertos.

“Estás en casi todos los medios”, Giaccomo da la mano a Osmar.

“Gracias”, dice el actor desconcertado, no por lo rutilante de la visita sino porque no tiene la menor idea de quién se trata.

 


“Giaccomo Viteri solía participar en novelas hasta que descubrió que el sistema era una mierda, así que en lugar de invertir su sueldo en ropa o fiestas o cualquier huevada, se largó a estudiar en el extranjero, a especializarse,” explica Evandro mientras conduce el Yaris, que va siguiendo a un taxi. “Cuando viene al Perú, casi siempre trae nuevas ideas, nuevos proyectos y proyectos taquilleros, encima… Voto fue revisado y asesorado por él”.

Osmar, quien va en el asiento de copiloto, se sorprende. Evandro lo mira y sonríe:

“Te juro que no sé nada”.

“¿Tu crees que fue la cobertura?”, curiosea Alexis.

“Espero que sí”, augura Evandro.

Los dos vehículos llegan hasta un edificio de departamentos en Barranco.

 


Dentro de la casa hay escocés para todos menos Zaira quien prefiere tomar pisco con limón, y tampoco para Evandro:

“Tengo que conducir de regreso”.

“Así que ahora eres el amigo elegido”, bromea Keith Branson, alto, delgado formado, extremadamente guapo, voz de locutor. “Cómo cambian los tiempos”.

“Ese Toyota me costó… un ojo de la cara, y lo sigo pagando”.

“¿No fue otro ojo?”, sigue bromeando Keith, quien se sienta junto a Giaccomo dándole un beso en la boca.

“Ay, qué pendejo”, sonríe evandro sarcásticamente.

Keith guiña un ojo al actor.

“entonces fue lo que salió en medios”, interviene Zaira.

Giaccomo da un sorbo a su vaso:

“Escalante hizo un buen trabajo de advocacy, pero yo no confío en sus intenciones”.

“Creo que nadie confía en sus intenciones aquí”, agrega Evandro.

“¿Tampoco tú, Zaira?”, interpela el anfitrión.

La directora de escena duda qué decir.

 


Casi todos se retiran a eso de la una de la mañana. Cuando Evandro arranca, mira al otro lado de la calle: hay un Corolla estacionado. Disimuladamente, topa el muslo a Osmar y le señala con los ojos:

“Te dije, huevón”.

Osmar simula no haber visto nada. Solo simula.

 


Tras almorzar juntos, decide pasarse toda la tarde con Alejandro, desnudos, acariciándose en la cama.

“Se te ha puesto más duro el culo”, alaba el fotógrafo mientras acaricia las nalgas y lame el ano del actor.

“Lo ejercito especialmente para ti”.

Alejandro recorre toda la espalda de su amante, llega a la nuca y la besa mientras encaja su pene grueso y largo entre los dos glúteos y trata de meterlo en el esfínter.

“Te extrañé hoy en la playa”, seduce Alejandro.

“¿Me hubieses hecho el amor en la playa?”

“Te haría el amor donde tú quieras”.

Osmar separa un poco sus nalgas, Alejandro intenta la penetración pero le cuesta trabajo.

“¿Te echo vaselina?”

“¿No sería mejor un condón y lubricante?”

Alejandro se levanta, abre el cajón de su mesa de noche, saca un forro y se lo extiende en todo su pene, luego saca un pomito, se unta su miembro con un coloide transparente y luego unta el ano del actor. Mete un poco su dedo índice y lo estimula logrando dilatarlo ligeramente. Se acuesta encima otra vez, aunque su pene pierde un poco de rigidez. Se mueve.

“Soy el peruano más privilegiado”.

Osmar trata de contraer su esfínter impidiendo la penetración.

“Bésame el culo, Alejo”.

El fotógrafo obedece y su lengua termina saboreando el lubricante. Osmar lanza pequeños jadeos y gemidos.