miércoles, 24 de agosto de 2022

El precio de Leandro 2.1: Rico, te conozco de alguna parte


Ricardo Durán se despide del portero de la Torre Echenique de manera, digamos, familiar. Se cierra la chaqueta ya que afuera hace el típico frío de una noche de domingo, cuando la calle suele estar muy vacía, con poco tráfico. Camina hasta la verja, y apenas sale ve algo raro, inusual mas bien, justo frente al auto que ha dejado estacionado: un chico en traje de calentamiento deportivo arrimado a los barrotes y aparentemente hablando por teléfono. Ricardo se acerca lentamente… ¡No puede ser!

 


“Sí, sí, lo sé”, dice Leandro al celular inteligente. “Sé que debí avisarte, pero ya estoy en camino”.

 


Cuando terminan los cinco minutos de justificación a tarifa plana, Leandro se percata que alguien lo mira fijamente a escasos dos metros de distancia, y se pone en alerta.

“¿Pasa algo?”, le cuestiona con un temor mal disimulado.

“¿Tú eres Leandro? ¿Leandro Pérez?”, le repregunta el joven con un acento que de nacional no tiene una sola inflexión.

“¿Quién eres tú?”, se asusta el futbolista.

El otro joven se pone la mano en el bolsillo trasero y saca de inmediato su celular inteligente, busca algo y se lo alarga al paralizado mancebo. Algo hay en la pantalla de cristal líquido; alguien mas bien. ¡Es él!

“Tú eres Leandro Pérez, jugador del San Lázaro, peloteas en segunda división”, le recuerda el sonriente admirador.

En la foto, de una de las tantas fanpages de deportes en alguna red social, aparece su estampa congelada celebrando el único gol de aquella tarde.

“¿Me conoces?”, al fin se tranquiliza el deportista.

“Apenas hasta hoy… Soy Ricardo, Ricardo Durán: pero todos me llaman Rico”.

El admirador ahora le alarga la mano, y Leandro puede verlo sin tanto aturdimiento: rostro agradable, tan alto como él, atlético como él, sonrisa eterna, y la sensación de que esa cara la vio antes en alguna parte. Sin soltar el celular, acepta el saludo.

“¿Te gusta el fútbol?”, al fin puede socializar.

“Me vino a gustar acá, pero sigo la segunda. Tú sabes. Los verdaderos guerreros están en segunda”, repite Rico un eslogan que oyó en un canal de cable. “¿esperas a alguien?”

“Espero un taxi”, confiesa Leandro. “Quiero irme a casa”.

“Tranquilo”, ofrece Rico guiñando un ojo. “¡Yo te consigo uno seguro y rápido!”

“Puedo hacerlo yo, gracias”.

“¡Qué va! Ahorita te lo consigo”.

Rico va al final de la vereda, saca las llaves de su bolsillo y quita el seguro al auto que había dejado estacionado. Leandro lo mira con curiosidad. Rico, al fin, abre la puerta.

“Entra”, le invita.

Leandro, aún desconcertado, se acerca, ingresa, se acomoda, busca el cinturón de seguridad. A su izquierda ya está su anfitrión.

“¿Y a dónde vamos, señor Pérez?”

“Eh, no me digas así. Solo llámame Leandro”.

“Bueno”, sonríe Rico. “¿A dónde vamos?”

Leandro deja escapar su sonrisa seductora. ¿Qué otras sorpresas le traería ese domingo? Entonces, una luz se hace en su cabeza. Saca su celular y busca algo.

“Creo que te conozco también”, menciona mientras pasea sus dedos por la pantalla.

“¿De dónde?”, averigua el apuesto taxista.

Leandro encuentra lo que busca y se lo pasa a Rico.

“No me jodas”, sonríe el otro joven. “¿De dónde la sacaste?”

Leandro ahora sonríe ampliamente.

  

sábado, 20 de agosto de 2022

ASS (42):: Qué rico culo tiene el novicio

Santos busca el baño y de pronto se le cae la toalla, quedando totalmente desnudo frente a David y, especialmente, Alberto.



“Bienvenido”, dice Alberto, abriendo una puerta.

Santos ingresa y por un momento olvida que la sensación térmica es mayor a la que sentía en Lima: la cama arreglada, la pintura nueva, el resplandor de la tarde entrando, el letrero de bienvenida bajo el crucifijo colgado en la pared.

“Gracias”, susurra emocionado.

De reojo, Alberto baja la mirada hacia el culo bien formado del novicio. Se pregunta si el Padre Provincial lo mandó como prueba o como aliado.

“Desempaca y ponte cómodo: ya vamos a almorzar”, avisa el cura.

Santos sonríe, cierra la puerta. Alberto se queda salivando y al girar se encuentra de pechito con David, quien lo agarra de su musculoso brazo y lo jala hacia la sala de la casa parroquial.

“Santos es uno de los mejores pibes que tiene el noviciado, che: solo te pido que lo mantengas alejado de esos chicos del gym porque tú y yo sabemos que no son buena influencia”.

“Mira, David, yo no moveré un dedo ni por acercarlo ni por alejarlo; asumo que el Padre Provincial ya lo mandó con una agenda, así que… se haga su voluntad y no la mía”.

“No le he dicho nada al Padre Provincial de lo que pasa realmente en ese gimnasio… tú me tenés en tus manos, yo te ttengo en las mías… pero Santos está limpio, así que llevemos la fiesta en paz, ¿entendés?”.

“La paz será con nosotros, Padre David”.

Alberto se acerca a David y le da un abrazo hipócrita. Al fondo, Santos sale con una toalla anudada a la cintura avanzando por el pasadizo.

“Perdonen, dónde está exactamente el baño”.

Alberto y David le indican con el dedo. Santos sonríe agradecido y al girar sucede lo inesperado: la toalla se desata y cae al suelo. El culo velludo y bien formado del novicio queda frente a los dos consagrados.

Alberto siente cómo su verga se pone dura dentro de su pantalón y comienza a mojarle el bóxer.

Durante la tarde, el párroco está arreglando su dormitorio cuando tocan a su puerta: es Santos. Alberto lo hace pasar.

“Padre, me contaron en Lima que usted tiene un proyecto muy interesante con jóvenes de San Sebastián… los ases”.

Alberto mira al chico vestido solo en una camiseta manga cero, unos shorts de tela sintética y sandalias. Su escultural cuerpo es escandalosamente evidente, un modelo digno de fresco rrenacentista. Perfecto.

“As. Es correcto, Santos. ¿te interesa el proyecto?”

“A decir verdad… me gustaría entrenar en ese gimnasio, pero… no sé si por ser novicio…?

Alberto sonríe: “No, para nada, Santos. Puedes entrenar cuando quieras según tus horarios. Y… por lo visto, entrenas mucho y bien”.

El chico se sonroja un poco: “Siempre me gustó la musculación, desde que era un chaval de 14 o 15 años… Ya llevo 8 años en entreno”.

“Pues, yo igual, desde que era un chavo de esa edad. Ya voy a cumplir 20 años dándole a las pesas y las barras”.

“¿tanto? Usted luce muy joven. Bueno. Sí me había dado cuenta que usted es bien cachas, ¿no? Pero yo pensé que usted era más joven”.

“Tú también luces joven”, ssonríe Alberto.

es obvio que ambos están más relajados ahora.

“¿Y cómo evalúa mi físico, Padre?”, al fin lanza Santos.

Alberto para en seco: ¿es una pregunta inocente, es una trampa del Padre Provincial o es la puerta a algo más?

“Yo te veo bien”, responde procurando seguridad.

“Así, a ojo de buen cubero?”.

Alberto sonríe de nuevo, camina hacia Santos y se para a pocos centímetros de sus ojos verdes.

“Hablemos con franqueza: ¿qué sabes de mí, qué esperas que haga yo, qué te dijeron que debías lograr?”

Santos se sorprende y traga saliva: ”No-no entiendo, padre… ¿Insinúa que yo vine a tenderle una celada o algo así?”

“No insinúo, Santos. Me encuero ahora mismo si no es verdad”.

“Pues, ha de quedarse en pelotas”, sonríe Santos, “porque yo no soy un complotador ni nada por el estilo. Es más…”

Sin que se lo pidan, el novicio se quita la Camiseta manga cero y el short. Queda totalmente desnudo. Alberto nuevamente se queda sorprendido: su verga vuelve a ponerse erecta bajo su bermuda.

“Noté que me deseabas con tu mirada cuando se me cayó la toalla, Padre”. Entonces, Santos, sin permiso alguno, agarra el paquete de Alberto. “Este empalmamiento confirma mis sospechas”.

“¿Cuáles?”

“Que te gusta follar… igual que a mí”.

Como si se tratara de una devoción, Santos se arrodilla sin soltar el paquete duro de Alberto, le baja el short (el Padre tampoco viste ropa interior) y con el pene duro y lubricando frente a sus labios, lo siguiente será sentir cómo la boca húmeda y caliente del novicio se traga el ssable.

“Así, Santitos, mámate mi verga… hasta adentro, mámala toda”.

Alberto termina de quedarse desnudo. Lo siguiente será poner en cuatro patas a Santos sobre su cama, abrir sus nalgas velludas, y tras besarlas, saborear ese hermoso ano rosado y cerradito.

“Fóllame, Padre. Méteme tu polla”.

Sin perder la pose, Alberto aprovecha la lubricación natural de su pene para ir metiendo poco a poco su masculinidad en ese glorioso hoyo. A santos le gusta. ¿es pecado la sodomía cuando dos varones consienten usarla como camino a la felicidad y el placer? A la mierda lo que piense el resto: esto sí es vida.

“Me vengo, me vengo”, anuncia Alberto.

“Córrete dentro de mi culo, Padre”.

Alberto, efectivamente, preña a Santos. Cierra los ojos. Se siente extrañadamente rendido y cae sobre la cama. Entonces unos toques en la puerta lo ponen en alerta mientras termina de jadear. Abre los ojos. ¿Dónde está Santos? Se mira a sí mismo. Sigue desnudo tendido sobre su cama y con su pene erecto y lubricando. Siguen los toques. Se levanta, busca una toalla, se cubre la erección, abre la puerta.

 Es Ssantos, quien se queda sorprendido al ver al párroco totalmente desnudo, cubriéndose el pene erecto con la toalla:

“Di-dice el Padre David que dónde dejó la casulla para la eucaristía de hoy”.

Y para terminar,te dejamos con un video porno gay.


jueves, 18 de agosto de 2022

Ser Rafael 2.3: Un mes más con ella


Invité a cenar a Josué, y hablamos de nuestros compañeros de promoción, y de fútbol. Mientras comíamos, juraría que alguien me quedó espiando, pero no le di importancia. Casi me atraganté con el lomo saltado, me despedí de mi amigo, pagué la cuenta, salí del restaurante, me fui a casa de Laura. ésta se localiza cruzando el río Piura, por el puente peatonal del cuartel.

Hice todo el trayecto a pie, lo que me dio tiempo suficiente para repasar el último motivo de mi pelea.

Dos meses atrás a ese instante, el banco cambió a nuestro jefe de sistemas, un compadre amodorrado con el que habíamos bajado notablemente nuestra productividad. En su lugar entró una especialista, de unos 30 o 35, bien cuidada, rubia, cara y cuerpo de modelo. Cara y cuerpo de modelo, porque en actitud se portaba peor que maestre de buque negrero. La condenada era recontraexigente.

Una noche, tres semanas atrás, se nos cayó el sistema y no hallábamos la falla por ninguna parte. La orden de la tía fue inamovilidad absoluta hasta dejarlo todo corriendo y sin fallas.

Mi estación de trabajo era la última en ser supervisada y la que más procesos truncos reportaba, no por mi culpa, sino porque a alguien no se le había ocurrido correr adecuadamente los aplicativos. Seguramente alguno de los nuevos cajeros.

Mi celular sonó.

“¡Rafael, por favor, apaga tu aparato! ¡Concéntrate en tu trabajo!, me ordenó mi superiora”

Ni siquiera vi quién llamaba. Aparte, sí que necesitaba concentrarme.

Lo apagué.

A las diez y media de la noche recién pudimos correr el sistema sin ninguna falla.

Mi jefa y yo nos miramos y respiramos con alivio.

“Misión cumplida”, me dijo. “Ahora sí, a casa”.

Mientras cerrábamos todo, me enteré que ella era casada, que su esposo también es especialista en sistemas y que lo que más ansiaba en ese momento era ver a su nena de dos años, aunque sea dormida. Pero, a pesar de que es madre, su deber para con el Popular le exigía dar el mil por ciento.

Qué aburrida, pensaba. El típico discurso de las charlas anuales de toda entidad financiera.

Salimos juntos.

Apenas habíamos ganado la calle cuando Laura estaba allí, molesta.

“¿Amor?”

“¿Se puede saber por qué me apagaste el celular?”

Mi jefa estaba sorprendida, y miró al vigilante como pidiendo auxilio.

“Laura, tranquilízate. Tenía que trabajar”.

“¡Ah, claro! Trabajar. Seguro te estabas revolcando con ésta”.

Mi jefa reaccionó.

“Señorita, discúlpeme”.

“¡¡Cállate, perra!!”

Entonces Laura se le abalanzó, y comenzó a jalarle el cabello. El vigilante y yo tuvimos que intervenir.

La cosa terminó en la comisaría, donde Laura fue denunciada por lesiones.

Recién cuando vio el parte y se le pidió firmar, fue consciente de su arrebato.

Comenzó a llorar y prácticamente se arrodilló a pedir perdón.

La denuncia fue retirada finalmente.

En el taxi, camino a su casa, yo estaba mudo. Laura me pedía perdón mil veces, pero no le hice caso. La dejé en su puerta.

“adiós, Laura. Suerte con tu vida”.

Esa noche, al día siguiente, y los días siguientes, me llamó tanto como pudo y le colgué la llamada tanto como quise.

No contenta con eso, me mandaba mensajes y me dejaba correos de voz. Yo no contestaba.

Hasta cerré mi cuenta en redes sociales para evitarme sus lamentaciones online. Pero, llamar a mi casa ya era otro tema. No quería que meta a mi madre en la pelea.

Salí de mi ensimismamiento a media cuadra de su puerta.

Llegué.

Toqué su timbre.

Ella salió.

“Rafo”.

Se le veía triste y humilde. No le respondí.

“Perdóname por llamar a tu casa”.

“¿Por qué lo hiciste?”

“Es que… no podemos seguir así”.

“Lo siento, Laura. No puedo lidiar con tus celos. Me cansé de eso”.

“Me confundí. Acepto que me confundí”.

“¿Podemos ir a hablar en otra parte?”


Fuimos a un parque cercano, donde el alegato de disculpas se repitió.

“Laura, una relación basada en la desconfianza no funcionará. Y tú y yo lo sabemos perfectamente”.

“”Entiendo. Pero, ¿si comenzamos de nuevo todo?”

“¿Todo?”

“Desde cero… Rafo, nos conocemos hace mucho, nos amamos. Soy… tu… tu muñequita”.

El corazón se me ablandó. Laura había utilizado la misma expresión con la que yo solía buscar la reconciliación.

Al fin la miré a sus ojos, donde ya aparecían lágrimas. Hice un esfuerzo para no desbaratarme.

Le tomé las manos.

Me acerqué poco a poco.

Al fin la abracé, y ella comenzó a llorar.

La besé en las mejillas y seguí hasta alcanzar sus labios.

La pasión no tardó en renacer, al punto que disimulé como pude una nueva reacción de mi enorme libido, asomando desde mi entrepierna.

“Vamos a otra parte”, le propuse ya en tono de romance.

Ella aceptó.


Fuimos a otro hospedaje para parejas, el Red Way, y antes de subir a la habitación compré una caja de condones.

Al entrar, volvvimos a besarnos con locura, nos desnudamos y nos acostamos en la cama.

Repasé decenas de veces mi mirada sobre su cuerpo esbelto, cuidado a base de dietas y algo de jogging matutino. Su rostro era una mezcla de sentimiento y deseo. Ella me pedía sin palabras que la cubriera con mi peso y le brindara toda la pasión que solo yo podía darle.

Cuando sentí que ella ya estaba lista para recibirme, saqué uno de los profilácticos.

“Rafo, no estoy en mis días fértiles”.

“Tranquila”, le dije, mientras me colocaba el jebe.

Nuevamente aquella sesión de gemidos, caricias, pequeños golpes, alternancia de dominio y sumisión, locura, frases sucias y cariñosas al extremo… orgasmo mutuo.

Tras acabar, Laura descansó su cabeza sobre mi pectoral izquierdo.

“Conociste a otras chicas?”

“Laura, por favor”.

“Perdona”.

Quedamos medio minuto en silencio.

“Mira. Reconozco que no soy santo. Te consta que muchas veces saqué los pies del plato; pero, créeme, esa situación llega a aburrir”.

“No entiendo, Rafo. ¿Qué quieres decir?”

La miré a los ojos.

“Que es hora de sentar cabeza, creo yo”.

“No entiendo”.

“Démonos un mes para reconstruir la relación. Si vemos que funciona, seguimos para adelante; si no, tendremos que terminar civilizadamente”.

“Bueno. Si tú lo dices”.

“Tienes que confiar nuevamente en mí, pero totalmente, sin dudas, Laura. Es lo justo”.

Se acostó sobre mí, tan desnuda como su aparente fragilidad. Me besó en la boca y sonrió tiernamente.

Acarició mi cuerpo, tan desnudo como mi sensualidad.

“Tenemos un trato, entonces”, le insistí.

“De acuerdo”, respondió ella.

Era casi medianoche, cuando nos duchamos juntos, nos vestimos, la fui a dejar a su casa y regresé a la mía.

Al llegar, mi madre estaba en la sala.

“No llamaste otra vez”.

No respondí. Fui a mi cuarto, me quité la ropa, me metí a la cama, y me quedé profundamente dormido. 

Ser Rafael 2.2: Mi amigo Josué


Mientras el colectivo me llevaba al centro de la ciudad, trataba de no dejarme abrumar por el hecho de que Laura, mi enamorada (en principio), hubiera llamado a la casa.

De hecho sí me percaté que me había llamado al celular, pues cuando lo prendí, encontré cinco notificacioness suyas y un mensaje de voz que ignoré, que ni siquiera escuché, pero que tranquilamente era suyo.

Si bien el trabajo me puso fuera del alcance de su requerimiento, no pude quitarme de la cabeza el hecho de que quisiera hablar conmigo. Se supone que la última vez que la había visto, tres semanas antes, fui claro al pedirle no querer saber más de ella.

Laura es ingeniera de sistemas como yo, pero consiguió trabajo en una oficina gubernamental, lejos de donde estaba.

Comenzamos a ser enamorados desde el sexto ciclo de la carrera, o sea, unos tres años y medio atrás.

Laura es hermosa, cabello lacio negro bien cuidado, no tan blanca, delgada, tranquila, de su casa, inteligente y con mucha actitud. Llegó a ser la delegada de salón, y varios compañeros llegaron a preguntarme cómo fue posible que la alumna más brillante del ciclo anduviera con el sinvergüenza de la facultad. Yo me reía solito.

Tampoco hice mucho esfuerzo para conquistarla; simplemente fui yo mismo.

Aunque sí reconozco que, al mes de ser enamorados, me la llevé a la cama, y la hice disfrutar como nunca en su vida. Desde entonces, uno de los momentos que ella ansiaba más era hacer el amor conmigo. Allí para nada era tranquila ni juiciosa, perdía todo el control, gemía con tal ansiedad que parecía morir. Gracias a mí, ella conoció algunos hospedajes al paso y los años nuevos en la playa, donde mientras el resto se abrazaba por otros doce meses de prosperidad mojándose en las rompientes, nosotros recibíamos las doce haciéndolo en nuestra habitación, al punto que nos perdíamos todas las fiestas, a propósito.

Como nuestras horas de almuerzo coincidían, la llamé.

“¿Rafo?”

“Me dijeron que llamaste a la casa. ¿Qué quieres?”

Fui seco al hablarle, como si se tratara de las cojudas que llaman inoportunamente a venderte celulares o planes tarifarios nuevos, o seguros que no necesitas, o a ofrecerte tarjetas de crédito preaprobadas (como las del Popular).

“Sí. Disculpa. Es que… quiero hablar contigo”.

“Creo que ya hablamos lo que teníamos que hablar”.

“Sí, Rafo. Entiendo, pero… creo que… me equivoqué”.

¿Laura reconociendo que se equivocó? ¡ésta sí que era nueva!

Siempre que nos peleábamos, jamás ella reconoció parte de la responsabilidad. Siempre era mi culpa. Aunque, siendo honestos, todas nuestras peleas eran por pendejadas mías, y todas por no tener cuidado a la hora de meterme con alguna chica que por ahí se me lanzaba. Aparte que fui un imbécil, porque se me ocurría llevar mis choques-y-fugas al mismo hospedaje donde solía llevar a Laura, al Dreams, tanto que una vez me sorprendió justo a la salida y se armó el escándalo. ¿Cómo se enteró? Nunca falta un chismoso, un atrasador o una despechada.

“Rafo, ¿sigues ahí?”

“sí. Te veo en tu jato a las nueve, ¿te parece?”

“Claro. Te espero”.


Salí a las cinco y media y fui directo al gimnasio. En las bancas de abdominales estaba Josué, mi pata de toda la vida, mi promo de toda la secundaria, mi amigo, mi mejor amigo, mi confidente, la única persona que me entendía en el mundo y que nunca me dio la espalda.

“¡Tuco!”

Josué se levantó de la banca, se acercó y me saludó con un estrecho abrazo.

“¿Qué hay, Rafo?”

“¿Y ese milagro?”

“Ah. Estoy de vacaciones por quince días”.

Josué no fue a la universidad. Estudió algo relacionado con construcción en una de esas escuelas técnicas donde debes asistir con uniforme, y tuvo la suerte de engancharse con una contratista que lo tenía paseando por todo el norte peruano. En su cuenta de redes sociales, siempre tenía fotos suyas con unos paisajes lindísimos como fondo.

Aunque nos veíamos una o dos veces al mes, eran charlas largas, donde podía desahogarme, soñar, maldecir, reír y hasta llorar. Durante la época del colegio, era el único capaz de contradecir con fundamento a los profesores. Por ese temperamento medio subversivo, le decíamos el Tuco.

Esa tarde entrenamos juntos.

“Te arreglaste con tu señora, Rafo?”

“No, pero me llamó hoy. Quiere que vaya a verla”.

“¿Irás?”

“Sí. Saliendo de aquí”.

“¿La perdonarás?”

“No sé. Esta vez sí se pasó de la raya, huevón”.

Josué comenzó a levantar la barra con pesas. Estábamos entrenando pecho.

Hizo sus doce repeticiones y dejó todo listo para que entrara yo a hacer press de banca.

“Cambia esa cara, Rafo. Seguro se arreglarán”.

“Esta vez pasó una huevada más”.

Josué frunció levemente el entrecejo. Era obvio que no entendía nada.

“¿estás con otra jerma?”

“Oe, Tuco, ¿qué haces el sábado por la noche?”

“Nada, huevón. Plan H. mirar el programa de coreografías en la tele”.

“Mariconadas”, espeté.

Josué se rió, mientras yo comenzaba mi serie. Hice trece o catorce repeticiones. No recuerdo bien.

Al levantarme de la banca, , Josué me miraba con esa sonrisa acogedora. Ah, carajo, ¡qué chévere es la amistad!

“Anda a mi jato el sábado, Tuco. Necesito conversar, huevón”.

Josué se la pensó unos segundos.

“¿A tu vieja le siguen gustando los alfajores?”

“Sabes que mi vieja es dulcera, así que cualquier cosa con azúcar, te la apreciará sin chistar”.

Reímos juntos de nuevo. 

Ser Rafael 2.1: Calato en el espejo


Llegué a mi casa como a las seis DE LA MAÑANA. A la seis, mas bien.

Luego de dejar la habitación del Dreams, bajé con Juan, me aseghuré que tomara su mototaxi (me insistió que yo tomara la mía primero), y, teniendo en cuenta la hora, y que mi casa estaba relativamente cerca, me fui caminando.

Al llegar al parque de mi conjunto residencial, hice una parada y fingí hacer una rutina de abdominales y algo de calistenia.

Como estaba con ropa deportiva aún, y me había topado con varios vecinos que salen a correr temprano, era la mejor manera de camuflar lo que había pasado la noche anterior.

Cuando vi el alba y verifiqué la hora en mi reloj, me acerqué a casa e ingresé por la puertecita de servicio.

Al aparecer en la cocina, Carmen estaba preparando el desayuno.

Esta amabilísima mujer de unos 50 años se vino a trabajar a mi casa unos meses después de que mi padre falleciera hace unos ocho años, y mi madre tuviera que encargarse de que mi hermana Elena y yo termináramos la secundaria y comenzáramos la universidad.

Mi hermana se tituló como abogada y consiguió un buen trabajo en un estudio jurídico de la capital, gracias a que toda su carrera tuvo una beca por su promedio extraordinario.

Yo me titulé hace un año, y en cuestión de un par de meses me enganché en el Banco Popular, donde un puesto de ingeniero de sistemas estaba vacante, y de milagro, porque éso del crecimiento macroeconómico será para quienes tienen muy buen capital, pero para quienes tenemos que ganarnos la vida consiguiendo trabajo como sea, la cosa no es tan boyante como sale en las revistas de economía.

Fui un estudiante promedio, no aspiré a becas, pero tampoco fui un descuidado. Valoraba el esfuerzo de mi madre, aunque me incomodaba que tratara de meter sus narices en mis cosas, lo que solía ocurrir un día sí y el otro también.

“¡Joven Rafael!”

“Ca-Carmencita… Buenos días”.

“¿en qué momento salió a hacer deporte? Su mamá estaba preocupada porque tardó mucho anoche”.

“¿Ya se despertó?”

“No. Todavía, pero me llamó muy preocupada”.

Pasé raudo a la sala, luego al pasillo, luego a mi dormitorio.

Me quité la ropa y lo primero que hice fue abrir la puerta de mi armario para verme desnudo en el espejo de cuerpo entero. ¿Tenía signos de chupones o arañones?

Revisé y revisé.

Aparentemente no.

Me duché, y froté concienzudamente mi miembro. Sabía de más que eso no evitaría nada, o quizás sí. En el fondo, fue un acto reflejo para limpiarme del asco que sentí por habérsela metido a un desconocido, y a pelo.

Solo me quedaba confiar en su palabra: debía estar sano; si no, la cagada.

A la hora de desayunar, mi madre ya estaba sentada en el comedor.

“Rafael, ¿dónde has pasado toda la noche?”

“Chambeando, vieja. Sabes que tengo horario de entrada pero no de salida”.

“Ni que fueras policía”.

“soy policía de la red informática del Popular, donde sí es seguro ahorrar”.

Le puse una sonrisa pícara.

No intentaba caerle bien, sino cortar esa conversación por lo sano, pues detestaba sus interrogatorios.

“Hubieras llamado, ¿no?”

“Apagué el celular porque necesitaba concentración. El sistema… se cayó. Es complicado explicarlo”.

“No quiero que me lo expliques; solo que llames y digas que tardarás para no preocuparme”.

Probé un par de huevos duros, algo de fruta, avena, y me levanté de la mesa.

“Gracias, vieja. Me voy a chambear”.

“Si te quedas por ahí, al menos llama”.

Tragué saliva, di las gracias y me retiré de la mesa.

Al salir de mi casa, hallé a la dulce Carmen barriendo nuestra vereda. Se me acercó con disimulo.

“la señorita Laura lo llamó anoche. Dice que quiere hablar con usted”.

Me quedé tieso un segundo. Hice una mueca.

“OK. Gracias, Camuchita”.

“¡Que no me diga Camuchita!”

Hizo el ademán de quererme golpear con el palo de la escoba. Ambos nos reímos. 

martes, 16 de agosto de 2022

el precio de Leandro 1.5: hagamos un trío


el resto de la sesión fue turnarse con el novio sobre el sofá cama para acostarse sobre la novia, quien recibía a cada hombre con los ojos cerrados y la boca abierta a compás de un gemido discreto y dulce. Posteriormente, probarían a penetrarla al mismo tiempo, pero sin ponerle la violencia que se vende en ciertas piezas pornográficas. Lo que hacían allí tampoco dejaba nada a la imaginación pero podría decirse que calificaba como erótico. O en todo caso, que le pregunte alguien a la copa vacía que seguía inerte sobre la mesa de centro.

 


Los siguientes veinte minutos serán ccompartir la ducha y tratar de llegar al orgasmo por segunda vez. Bajo el agua, el novio tiene como pretexto perfecto al jabón para dejar que sus manos se deslicen traviesamente sobre el cuerpo de Leandro, algo que la novia nunca se dio por enterada, o que quizás no quiso darse por enterada porque su foco y razón era el modelo, el futbolista, el maniquí, el joven semental que la hacía suya otra vez y de pie sobre la mayólica blanca.

 


Cuando Leandro termina de vestirse y se dispone a dejar el departamento, el temporizador de su celular recién suena. Una hora hubiese sido suficiente, piensa. Se despide intercambiando números y siendo agradecido por encima de todo. Amable ya es.

 


Mientras baja el ascensor, no evita sacar los tres billetes de cien, y rápidamente los mete a su billetera, en el bolsillo de su mochila, donde se reúnen con otros dos de cien y cuatro de cuarenta. Éste sí que ha sido un buen domingo, se repite.


  

el precio de Leandro 1.4: El modelo al desnudo


Cinco minutos después, los tres ingresan al seis cero dos. Al encender la luz, Leandro se encuentra con una sala enorme, de paredes blancas, piso de parquet, gruesas cortinas blancas de techo a suelo donde se supone que está la ventana. Por muebles, un sofá sin tanto estilo, un par de modulares, una enorme tele plana, un par de cuadros con floreros de estilo algo impresionista tirando para un expresionismo que bien hubiese representado Van Gogh de no ser por su esquizofrenia, una luminaria triple de apariencia abstracta.

“Qué lindo”, califica Leandro, boquiabierto, no tanto por cortesía sino por contraste a su propia casa.

“Toma asiento”, invita el novio, jalando al chico hasta el sofá.

“¿Quieren tomar algo?”, consulta la novia.

“Vino tinto frío”, ordena el novio. “¿Tú, Leandro?”

“ehhh, no, yo… estoy bien, gracias”.

La novia pide permiso y se va sonriendo hacia la cocina. El novio y Leandro se sientan sobre el sofá.

Una vez que la mujer desaparece, el novio recuerda que debe cerrar un trato. Lleva su mano derecha a su bolsillo trasero derecho y extrae su billetera; saca tres billetes de cien y se los entrega a un sorprendido Leandro.

“No fue lo que acordamos”, le observa el muchacho, luciendo un enorme signo de exclamación solo visible para un historietista.

“Lo sé”, asiente el novio. “Solo tómalo”.

“Pero no tengo vuelto”, aclara Leandro.

“No te estoy pidiendo vuelto… Yo sé cómo puede acabar esto así que… te pago por el servicio y por tu silencio”.

El chico trata de pensar rápido.

“Yo solo hago de activo”, dispara.

“Yo también”, sonríe el novio.

Leandro regresa los billetes.

“No puedo”.

“No seas cojudo: ni te la voy a meter ni me la vas a meter. Ya sabes cuál fue nuestro trato y así quedará”.

“Aún así es mucho”, dice el joven separando un billete de cien.

El novio le contiene la mano.

“Tómalo como mi donativo al fútbol de segunda división”.

La puerta de la cocina se abre y Leandro esconde como puede los tres billetes en su bolsillo, asegurándolo con la cremallera de plástico. La novia sale con una artística copa servida hasta poco por encima de la mitad con un tinto que estaba enfriándose en la refrigeradora desde la última Navidad, y se lo ofrece al novio, quien le agradece. De inmediato, ella se sienta al costado de él teniendo al modelo justo enfrente, quien termina de programar sesenta… no, mejor noventa minutos en el temporizador de su celular inteligente.

“Quién lo diría”, interviene ella. “El galán de época Semanal en persona y en mi sala”.

“en nuestra sala”, añade el novio.

“Así que te gustaron las fotos”, trata de tomar el control Leandro.

“Bueno, no te negaré que las de la ducha estaban fabulosas”, sonríe ella comenzando a salivar.

“¿Y puedo saber por qué?, sorbe un poco de vino el novio.

“Por ese cuerpo marcado, esas piernas gruesas, esas nalgas… sexys”, deja de disimular la mujer.

“¿Quieres verlas en vivo?”, maniobra Leandro de nuevo.

“No solo tus nalgas… Las que subieron a Internet no dejaron nada a la imaginación… ¡Y sí que Dios fue bueno contigo!”, la novia se pasa la lengua por el labio superior, mientras se le humedecen otros labios.

Leandro sonríe muy seductor, se pone de pie y, sin pedir permiso alguno, se quita la chaqueta deportiva, luego las zapatillas; con un poco más de lentitud, la camiseta. Ahí está otra vez su cuerpo marcado aunque no hinchado. Entonces se desamarra la pantaloneta y se la baja hasta el suelo lentamente también. Luego, la camiseta de algodón caerá al piso.

“¿Lista?”, consulta el modelo.

“¡Más que lista!”, afirma la novia.

Leandro gira hasta darle la espalda y mucho más lentamente se saca el bóxer hasta que éste cae poco a poco al suelo. Al fin están allí las dos redondas y lampiñas nalgas que la novia solo pudo acariciar con su dedo sobre el tóxico papel couché.

“¿qué opinas ahora?”, seduce Leandro.

“¿Puedo… acariciarlas?”, consulta ella.

“Claro”.

Mientras la novia acerca sus manos temblorosas a los glúteos del joven, el novio mira la escena sin dejar de sorber su vino, que ahora apenas ocupa la cuarta parte de la copa. Mira cómo las yemas suaves de su futura esposa dibujan circunferencias imperfectas y espirales sobre esas medias esferas firmes, también suaves al tacto. Leandro jadea levemente al sentir las manos femeninas sobre su culo, el que aprieta más y más. La novia al fin se pone de pie y se acerca a la espalda superior del chico, que es lo más alto que puede, y empieza a besarlo por la hendidura de la espina cuesta abajo hasta llegar al trasero, al que sigue agasajando con besos cada vez más sonoros. El novio al fin acaba su vino, deja la copa sobre la mesa de centro, se pone de pie, y tira el respaldo del sofá hacia atrás; se quita la chompa, la camisa, la camiseta… en fin, todo lo necesario hasta quedarse a sola piel desnuda. Mientras tanto, Leandro juzga que es hora de dar media vuelta, y al hacerlo, pone su pene semierecto a la altura de la boca de la novia. Ella acaricia todo el cuerpo, el escroto, el pubis rasurado. El novio se acerca tras ella, y comienza a quitarle toda la ropa (a como puede). Cuando la erección de Leandro es patente, la novia no tiene problemas en abrir su boca y succionar, recorrer, lamer, besar esos gruesos diecinueve centímetros, mientras el novio pega su torso y su pelvis a la espalda y nalgas de su prometida, comenzando a besarle por detrás. En compensación, ella retrocede un poco, gira, besa al novio en la boca y hace que se ponga de pie para repetir la mamada, mientras Leandro se arrodilla a cubrirle la espalda, rozándole su masculinidad allí, en la no tan pronunciada cola.