miércoles, 10 de agosto de 2022

Ser Rafael 1.3: al telo con el chico del cine


La función apenas pasaba la hora cuando decidimos salir del cine y buscar un taxi, en el que todo el trayecto se hizo corto hablando de cosas que ya no recuerdo… fútbol quizás, como para no levantar la sospecha del conductor. ¡Qué estrategia para más tonta! Al conductor solo le interesaba que pagáramos la carrera. Era tácito que si nos llevaba a donde nos llevaba, en esas fachas, no era a meditar ni recitar mantras.

en cuestión de quince minutos, ambos estábamos metidos en la habitación de un hospedaje para parejas, el Dreams, al otro lado de la ciudad.

Recién pude observarlo: un poco más bajo que yo, delgado pero de tronco ejercitado (a juzgar por la camiseta entallada que vestía), buenas piernas (a juzgar por el jean entallado que vestía), cabello corto negro, ojos negros, trigueño quizás… el tono de piel era imposible determinar con ese fluorescente de baja potencia.

“Eres guapo”, me dijo con una sonrisa bonachona.

“Tú también”, devolví el cumplido.

Nos acercamos, nos abrazamos fuerte. Nos besamos… en la boca.

Poco a poco nos fuimos desnudando.

Conforme descubría su piel, entendía que no se trataba del típico pasivo que se empecina en guardar formas femeninas.

“¿Vas al gym?”, le pregunté susurrando entre dos besos franceses largos.

“Sí, a veces”.

“Parece que fueras todos los días”.

“¿Te gusta mi cuerpo, Paúl?”

“Me encanta, Juan. Me encanta”.

Volvimos a besarnos.

Ya desnudos, nos acostamos sobre la cama; mejor dicho, me acosté sobre él. No dejamos de acariciarnos con las manos y con la boca; aunque él fue más allá: usó la suya para acariciarme esa masculinidad, que a veces no se controlaba y que en dos ocasiones me hizo pasar momentos embarazosos en las duchas del gimnasio, debido a su tamaño.

“¡qué rico la chu…!” No pude terminar la frase. Su magistralidad me había dejado sin palabras.

Se acostó sobre mí. Me besó.

“No es grande, Paúl… es ¡enorme!”

Me sonreí.

“¿La quieres dentro?”

“¡Claro! ¿Tienes condones?”

“No. ¿Tú?”

“Tampoco”.

“Caballero, sexo light”, propuse.

Así que seguimos revolcándonos, presionando nuestros penes duros con fuerza, hasta que me quedé encima de él, me incorporé, le levanté y separé las piernas hasta ver aquel lugar donde pensaba hallar satisfacción. Estaba muy, muy excitado.

“¿En serio no tienes forros?”

“No, Paúl”.

Lo pensé dos segundos.

“¿estás sano?”

“¿SIDA? Nada. Estoy limpio… en todo el sentido de la palabra”.

Me tomé otro par de segundos. 

Ser Rafael 1.2: Su mano dentro de mi calzoncillo


“¿Vienes seguido?”.

“No. Una vez a las quinientas”. ¿Y tú?”

“Una vez al mes, o a los dos meses”, me dijo sin vacilar.

“O sea, medio caserito”, me sonreí en la oscuridad.

“Ni tanto”.

En la pantalla, T.T.Boyd probaba todas las poses que podía entre indistintos gemidos suyos y de la rubia, hasta que la acostó boca arriba, ubicó su falo sobre los enormes senos de la modelo, se masturbó y eyaculó fuerte y profusamente dando un rugido.

“¿Te estabas pajeando, no?”

La pregunta de Juan me sacó de cuadro, otra vez.

“¿Cómo?”

“Cuando vine del baño, me di cuenta que te estabas pajeando”.

Yo dudé qué decir. O sea, ni en mi casa había pasado por eso, y ahora tenía que rendir cuentas a un extraño, quien encima parecía tener ojos de gato.

“Como las huevas, Paúl… Todo el mundo aquí busca sexo”.

Traté de mirarlo en la oscuridad. Apenas distinguí un perfil, cabello corto, camiseta, jeans. Por el pasillo del fondo, sombras que pasaban y repasaban.

Me lo tomé con calma.

En el fondo, Juan tenía razón: todo el mundo que viene al cine triple X busca sexo. Quien no se está masturbando en las butacas, deja que lo masturben y hasta que le den sexo oral; en los baños, la gente practica el coito a vista y paciencia de quien sea. Con

suerte puedes unirte a la acción; o si no algo más conservador como mostrar tu pene erecto en el urinario a quien venga.

“Oye… Juan…. Tú… ¿también buscas sexo?”

“Sí”.

“¿Y qué… qué tipo de sexo?”

“sexo tranqui”.

“¿Tranqui?”

“Sí, tranqui. Lo normal”.

Regresé a ver la acción en la pantalla. Un pata con pinta de universitario musculoso besaba y desnudaba a una morena. Nuevamente, sentí cómo la sangre fluía a los cuerpos cavernosos de mi miembro.

La erección fue patente en menos de un minuto.

Suspiré un poco.

“¿Qué pasó”, me preguntó Juan.

“Nada. Creo que… se me paró”.

“Alucina”.

No transcurrieron ni diez segundos, cuando sentí que una mano subducía mi antebrazo. Recogí toda mi extremidad por detrás del asiento. Muy poco después, sentí unos dedos sobre mi muslo, hasta llegar a mi pubis. Los dedos se hicieron palma. La palma comenzó a masajearme la erección por encima del short. Respiré rítmicamente, como cuando alzas pesas en el gimnasio. La mano se deslizó hasta el elástico de mi short. Y lentamente se metió dentro de él. Fue cuando Juan me acarició el bulto duro sobre el calzoncillo. Otro minuto más, y por fin sentí la suave palma haciendo contacto directo con ‘mi amigo de toda la vida’, congestionado al máximo por la irrigación vascular.

“Parece grueso”, me dijo.

“Es grueso”, le respondí.

Lo miré. Pude percibir que me miró en la oscuridad.

No era ni las nueve de la noche.

    

Ser Rafael 1.1: Una noche en el cine XXX


Siempre admiré a T.T.Boyd: su cuerpo simétrico y con volumen, su rostro agradable, su actitud, y la manera cómo desplegaba sus sesiones de sexo explícito en la pantalla. Siempre que buscaba en la red, alquilaba videos porno o iba a la sala triple X de la ciudad, procuraba sus películas… bueno, videos.

en el ecran del espacio donde el noveinta y nuebe punto nueve por ciento de la concurrencia son varones, o al menos se visten como tales, el actor porno ejecutaba una de sus típicas escenas de penetración a una modelo rubia y de exagerada ninfomanía.

La imagen era muy opaca, lo suficiente para que sin vergüenza metiera la mano dentro de mi short, buscara la pretina de mi calzoncillo y me acomodara mi dura masculinidad que pugnaba por ganar espacio y longitud.

“¿está ocupado el asiento?”, dijo alguien de pie a mi derecha.

La aparición hizo que me quitara la mano de mis genitales tan rápido como pude.

“No. Está libre”, respondí.

La silueta se sentó.

Yo puse mis antebrazos en los respaldos de la butaca. Para nada perdí contacto visual con la acción en la pantalla.

“Recién comenzó?”, me dijo aquella persona . Era una voz varonil, no tan grave. Afable diría yo.

“No… La verdad no… Tendrá como diez minutos”, informé.

Aunque la presencia del chico no me incomodó, sí pensé que era inoportuna. Me había sentado en una de las esquinas posteriores de la platea, cerca de una columna, para que

nadie viera si acaso pretendía masturbarme. Y éste era uno de esos momentos cuando deseaba hacerlo.

Sí, suena raro.

Jamás me masturbaba en el baño de mi casa ni en mi cama. Siempre sentía el miedo que mi vieja o la empleada entraran y me sorprendieran. A mi vieja le habría dado un infarto, en primera por la escena, y en segunda porque la Naturaleza fue muy generosa con el tamaño de mi miembro.

Además, a propósito había ido al cine con la ropa del gimnasio, de donde venía, para evitar la incomodidad de bajarme la bragueta, desabotonarme, y buscar al ‘muchacho’ con el propósito de que tome aire.

La única vez que hice eso, casi lo magullé con la cremallera. Y, aunque iba a encontrar quién se preste solícito, o solícita (si era una loca), a ayudarme, iba a ser el señor papelón.

¿A qué hora se iría este pata del costado? ¡Quería masajeármelo!

Y pasó.

Como si el cielo me hubiera escuchado, el compañero de fila se levantó de su asiento.

Cuando me aseguré que no viniera, procedí a sacármelo y autocomplacerme. Total, aquí está oscuro y la única forma de detectar mi osadía era con un visor de infrarrojos, o cuando algún hijo de puta se le ocurriera encender un cigarro al costado. Obviamente, más que llenarse los pulmones de nicotina, la intención del tabacómano era ganarse con los rostros de la concurrencia. Quién sabe, a lo mejor algún parroquiano nuevo en la sala, o uno de ésos, como yo, que aparecían una vez a las quinientas.

me acomodé mejor en el asiento. Me relajé. Mi mano ya estaba haciendo su trabajo. Emitía pequeños jadeos, uno que otro suspiro.

Entonces, algo me sacó de cuadro.

Otra vez a mi derecha, alguien ocupaba el sitio.

Maldije para mis adentros, guardé a mi ‘compañero de toda la vida’, regresé a mi posición de concurrente ‘decente’.

“En Internet dice que ese huevón es medio latino”, me confió la voz de mi compañero de AL LADO. Era el mismo tipo de hacía unos minutos.

“Sí, ¿no?”, repliqué. Típica salida de quien te quiere decir ‘no me importa’ o ‘sigue la flecha’.

“Sí”, insistió otra vez. “Incluso dice que fue gimnasta”.

¿Gimnasta? ¡aguarda! ¿T.T.Boyd es gimnasta?

“O sea… ese huevón ¿es chato?”. Tenía que salir de dudas.

“Sí, creo que no pasa del metro setenta”, prosiguió.

¿Metro setenta? ¡La puta! Y yo que me quejaba de mi metro setenta y cinco.

“Además, dicen que la tele aumenta cinco kilos”, agregó.

¡Reputa! O sea, yo con cinco kilos, fácil que le hago la competencia en cuerpo… ¿cinco años entrenando todos los días (bueno, cinco días a la semana) por dos horas en el gimnasio!

“¿qué más sabes de T.T.Boyd?”, curioseé.

Sí, lo admito, esa conversación comenzaba a ponerse interesante.

“Pues… hizo cine gay hace poco”, me respondió.

“¿Cine gay? Me estás floreando”.

“¡nada! Entra a Internet, y descúbrelo tú mismo… por cierto, soy Juan”.

Sentí una palmadita en mi bíceps derecho.

“Yo, Ra… Ra… Ra… eh… Rato que no entro a Internet”. Alzé mi mano derecha y se la estreché.

“Mucho gusto”, me dijo. “¿Cómo te llamas?”

“Eh, Paúl. Sí, Paúl”.

“OK, Paúl”, repitió.

Era obvio que parecía un seudónimo fácil y manganzón. 

domingo, 7 de agosto de 2022

ASS (40): El sexo homosexual al poder

Cuando el porno gay se vuelve una alternativa para financiar a un político.



Este domingo, José Luis aún está metido en su cama a las 11 de la mañana. Eliezer, quien ha llegado a visitarlo urgente, sabe que debajo de la cobija, su amigo y ex compañero de juego está calato. Siempre le gustó dormir calato. Desde que se conocían jugando fútbol y les tocaba compartir cuarto, José Luis, el Pelu, solía dormir calato… igual que Eliezer adora dormir calato. Y ambos dormían calatos cuando tenían que compartir la cama por urgencia… o por deseo.

“entonces, la idea es dejar que ese tal Enrique y ese tal Flavio le den con todo al porno gay en Piura y a cambio nos financian la campaña… ¿entendí bien?”

“Exacto. Y ese tal Padre Alberto sería el nexo entre enrique y tú, así no te ves involucrado, y lo de su proyecto en San Sebastián me parece un argumento perfecto para incluir en tu campaña a la regional”.

“Y el hijo de Julio sería nuestro otro hilo conductor…”

Exacto, Pelu”.

“Y por eso cachaste con ese tal Flavio,con el hijo de Julio y con ese Padre Alberto”.

“Y anoche con Sandro, que debería postularla en San Sebastián”.

“Y también entiendo que Julio prefiere no mezclarse con Sandro”.

“En realidad a Julio le jode que Sandro sea un gay medio evidente, no una loca pero casi todo San Sebastián sabe que cahcha con patas”.

“Por cierto, eliezer, hace días que no cacho contigo”.

El moreno sonríe, va a la puerta, le pone seguro y comienza a calatearse. Cuando queda desnudo, se mete en las cobijas junto a José Luis. Le da un beso en la boca.

“Vamos a ganar estas elecciones”.

“¿el porno gay da tanta plata que ese enrique es capaz de poner billete a favor nuestro?”

“Necesitamos que nos inyecten fondos. Estos meses serán los más jodidos”.

“Ojalá que nada se cague, porque si alguien se entera que mis donantes son empresarios del porno gay, estoy jodido”.

Eliezer da otro beso en la boca a José Luis:

“Si eso pasa, entonces me dejo clavar tu pinga”.

José Luis sonríe, se acomoda. Eliezer se le acuesta encima y sigue besándolo mientras acaricia y deja que le acaricien todo su glorioso físico. Giran otra vez. Ahora José Luis descansa sobre el cuerpo de Eliezer, y de inmediato comienza a recorrerlo con sus besos: cuello, pectorales, tetillas, abdomen, vello púbico, pinga.

José Luis se detiene para acariciarla, ponerla más dura y metérsela a la boca para chuparla como solo él sabe hacerlo: hasta la garganta.

“Así, Pelu. Rico. Trágatela toda”.

Mientras José Luis mama pinga, acaricia los testículos de Eliezer con mucha delicadeza. Y con los años, la técnica se ha refinado. ¿Quién dijo que dos cuarentones no pueden disfrutar de un rico sexo gay con todas las de la ley?

“Sácame un condón de la gaveta”, pide José Luis.

Eliezer gira apenas, busca donde le dicen y entrega un paquetito plateado a su amigo, compañero y amante. José Luis extrae el forro de la fundita, se lo pone en la boca cuidando que sus labios no obstruyan el anillo enrollado, lo pone en el glande de Eliezer y lo va desenrollando con cuidado. El moreno se siente en la gloria.

“Pásame el lubricante”, pide José Luis.

Eliezer se lo entrega y su amigo lo unta generosamente sobre el pene erecto y luego se aplica otra cantidad generosa en su ano. Se sienta encima y se lo va engullendo con su culo. El resto será comenzar a rebotar poco a poco. Si hay alguien que conoce cómo estimular y estimularse con esa gruesa manguera de 23 centímetros sin escaldarse es el ex futbolista.

Ambos gozan. Las cobijas ahora andan desperdigadas por ahí y no hacen falta. El glorioso sexo anal combate cualquier baja temperatura.

Eliezer gira y le clava su gran pinga a José Luis en un perfecto piernas al hombro. Bombea. Ambos gimen y jadean como benditos. No importa si del otro lado de la puerta hay un sereno cuidando el acceso y ganándose con todo el ruido: su verga está más dura que metal

A continuación, Eliezer se cacha el culo de José Luis en pose de perrito y acomete firme pero cuidadoso el agujero que se ha expandido a toda su capacidad, mientras su pelvis choca lujuriosamente contra ese par de buenas nalgas. Y si algo tiene José Luis es que su ojete es bien aguantador, tan aguantador que la sesión sexual se prolonga por casi una hora.

“Las voy a dar”, anuncia José Luis.

Eliezer saca su pene, hace que su compañero se ponga boca arriba y lo ve pajearse hasta que ráfagas de su semen se disparan sobre su vientre y parte del pecho.

Eliezer también se masturba tan rápido como puede y contribuye a que la cantidad de leche cremosa dibuje más color blanco sobre el cuerpo trigueño del candidato a la gobernación regional.

“Qué rico”, suspira

“Mientras vamos a ducharnos, ¿te explico qué se me ocurre como plan para la campaña, aprovechando esa alianza con el productor porno gay y el cura gay?”

“Claro”, sonríe José Luis. “Solo espero que ganemos las elecciones”.

“Los gays y bisexuales son más del 60 por ciento de la población piurana, Pelu… todo está en orientar el mensaje de campaña hacia ellos”.

“¿De cuánta gente hablamos? ¿600 mil votantes potenciales que sienten placer metiendo pinga o abriendo el culo?”

“Más o menos, Pelu”.

“Con eso ganamos la elección de lejos”. José Luis sonríe con los ojos iluminados por la ambición.

Y para terminar,te dejamos con una porno gay. 

viernes, 5 de agosto de 2022

Proyecto Lujuria 10.5: Ese día es hoy









Voto de Silencio
se estrena medio año después mediante streaming. Para la promoción, Alexis y Osmar regresan de Los Ángeles, y junto a Evandro, Keith y Giaccomo comienzan una gira por algunas discotecas de ambiente exclusivas en Lima, Arequipa, Trujillo, Cusco e Iquitos. Por las mañanas, se la pasan dando entrevistas a muy pocos medios, y aceptando sesiones de fotos alguna más osada que otra hasta que se concreta la oferta de la revista brasileña para hacer una sin censura con los cuatro actores al desnudo y al palo… y por el doble de pago que se había negociado antes del escándalo.

La producción es rápidamente etiquetada como pornográfica, aunque “de cierto buen gusto en la fotografía y la dirección” según la crítica especializada peruana; pero en Europa, las reseñas son mucho más entusiastas.

Al término de la promoción, Evandro y Osmar deciden borrarse del mapa y hacerse el amor en un dormitorio sencillo pero abrigado, donde el primero prueba después de muchos años qué se siente recibir un pene erecto en el ano, especialmente si es cabezón. Osmar se mueve con mucha delicadeza, aferrándose tanto como puede al cuerpo de ese encantador ser que levanta las piernas y el culo para entregarse, para saborear el fresco aliento de su boca al besarlo, para experimentar una indescriptible plenitud al momento de eyacular dentro de su ser.

“Te amo, Evandro”, suspira.

“Yo te amo más… Déjala adentro otro rato”.

“Como desees”, sonríe Osmar, besándolo de nuevo. “Espero que ésta también haya sido una buena decisión”.

“La tomamos por partes iguales, ¿recuerdas?”

Osmar sigue sonriendo, saca con cuidado su pene aún erecto, se retira el condón lleno de esperma, lo bota al suelo, y se incorpora tomando de la mano a Evandro.

“Te quiero mostrar algo”.

Así, desnudos, ambos caminan a la ventana. Osmar no solo abre la cortina, sino que deja penetrar al aire fresco de la mañana. Evandro sonríe y se emociona:

“Menos mal que no es Los Ángeles”.

“Menos mal que no es Lima”, le replican.

“Menos mal que no es Homestead”.

“Menos mal que no es una metrópoli”.

“Menos mal que eres tú”.

Osmar responde besando muy adentro en la boca a Evandro. Allá afuera, el sol comienza a despuntar tras la colina llena de vegetación en el valle de San Lorenzo. Parece que ese día es hoy.

 

FIN         

miércoles, 3 de agosto de 2022

Lo que pesqué trotando calato en la playa

Mi meta era llegar hasta una chalana y regresar al toque a la jato que estaba alquilando, pero alguien me hizo cambiar de planes.


Mi nombre es Gonzalo y me encanta salir a correr un rato por el parque de mi barrio. Lo hago para relajarme y tener mi cuerpo en forma, especialmente mis piernas y mi culo. Trabajo como abogado y mi chamba es demasiado absorbente, llena de estrés.

Aprovechando el feriado largo, decidí desconectarme en una playa. Alquilé una jato a unos patas y me quedé allí.

Dormir calato y arrullado por las olas del mar norteño es lo máximo, ddespertarse con ellas es lo mismo. Me da la sensación de libertad y relax. Se los recomiendo.

Apenas despuntó el día, me levanté. Tenía mi pija bien al palo, pero aún así me asomé a la puerta para ver las olas romper. Considerando la temporada, suponía que nadie más caminaba o trotaba por esa arena. Así fue. El mar reventaba hermoso,la playa estaba desierta. Serían como las 6 y cuarto o por ahí cuando decidí algo inusual para cualquiera pero no para mí: trotar calato.

Qué sensación para más mostra sentir la arena bajo mis pies ejercitando mis piernas y mis nalgas mientras mi pinga, ya baja, saltaba de aquí para allá. Mi meta era llegar hasta unas lanchas o chalanas que estaban, a mi juicio, unos 200 o 300 metros más adelante, tocarlas, regresar, hacer una rutina de jercicios, bañarme y pasar el día rascándome las bolas.

Corrí así, calato, sin problemas hasta llegar a una de las chalanas. Cuando mi mano iba a tocar la punta de una de ellas, de la nada apareció un chibolo. Sus 25 años le calculé, cuerpo recio a pesar de que estaba bien abrigado con su gorrito, chompa, jean y botas de plástico. Ambos nos sorprendimos al vernos así. Mi vergüenza inicial cedió ante mi desinhibición.

“Buenos días”, le dije. “¿qué tal la pesca?”

“Más o menos, míster”, me respondió. “No tanta como quisiera pero ya la mandé al terminal pesquero”.

“Lástima”, le dije sonriendo. “Yo que quería comerme un pescadito para el desayuno”.

“Pero si quiere, puede meterse al mar”, me bromeó. “Tiene buena carnada si quiere pescar alguna otra cosa”, me señaló mi paquete con sus ojos.

Yo me miré mi verga. Comenzaba a ponerse dura.

“Ésta no es carnada”, le dije. “es mi anzuelo. ¿Qué pescado crees que me lo pueda picar?”.

“Suba, yo le enseño”, me invittó el chibolo.

Trepé la chalana (menos mal que no había gente en la playa si no iban a verme el agujero del culo mientras subía), y entré junto a él.

“¿Qué pescado crees que pueda picar mi anzuelo?”, le reiteré.

El pescador, sin más roche ni tiempo que perder, se arrodilló, se puso frente a mi ‘anzuelo’, lo acarició y lo terminó de poner duro.

“A lo mejor un hermoso pescadito norteño”, dijo. Y se zampó mi falo dentro de su boca. Me la comenzó a chupar mientras sus gruesas manos me acariciaban mi redondo culo.

“Mierda”, dije. “Sí que piqué una buena cachemita”.

El chibolo estuvo tragándose todo mi miembro por buen rato mientras se quedaba calato también. Y no me equivoqué respecto a su físico: cuerpo bien en forma no tanto por el gimnasio o el ejercicio físico, sino por la vida dura de la pesca en los fríos mares peruanos. Entonces, me la dejó de chupar y sacó un condón de su ropa, me lo ofreció.

“¿Sabes ensartar pescados?”

“No sé”, le dije. “Pero puedes enseñarme”.

El chibolo giró y me ofreció su lampiño y gordo culo. Ricas y duritas nalgas tenía. Me arrodillé. Me puse el forro y lentamente lo fui ensartando. ¡Vaya! Ese pescadito sí que fue fácil de enganchar.

Me lo caché rico por buen rato hasta que sentí que las iba a dar.

“Se me viene la leche de tigre”, le dije bien arrecho.

El patita se separó de mi ‘anzuelo’, se volteó, me sacó el condón, me pajeó fuerte y dejó que mi semen se disparara en su cara. Jadeé de placer, carajo.

El sol ya comenzaba a salir en esa playa solitaria.

“¿Quieres desayunar? Estoy solo en la jato que alquilé”.

“¿Te podré pescar yo?”, me dijo limpiándose mi esperma aún en su cara. “Tienes un rico culo”.

“Ya veremos”, le dije. “Si sabes sopearme bien, ya veremos”.

Como contagiado de mi desnudez, se puso de pie y bajamos así de la chalana.

El huevón tenía un buen ‘anzuelo’ entre sus piernas y me supo besar bien el ano, pero no me la supo clavar. Entonces lo volví a cachar.

En vez de desayunar, nos quedamos bien jato.

Hoy mientras escribía esto lo wasapeé. Le pregunté si le jodía que cuente esta historia.

“Si no dices quién soy ni dónde estoy, claro”.

Así que, así me pasó a mí. Y de algo estoy bien seguro: la próxima vez ya no tendré que ver en qué playa me quedo ni dónde puedo correr calato, ni tampoco a quién buscar. Ese hermoso ‘pescadito’ que supo atrapar mi garfio me esperan el próximo feriado largo.

Cuéntanos tu relato y mándanos tus fotos discretamente a hunks.piura@gmail.com (solo para adultos).

Mira más sobre playa aire libre atleta y viaje. 

lunes, 1 de agosto de 2022

Muere el primer peruano por viruela del mono

Hay 5 claves que debes conocer para entender qué pasó y cómo tú puedes evitar infectarte y complicar tu salud.


Este lunes 1 de agosto se informó oficialmente que el primer paciente peruano diagnosticado con viruela del mono falleció en el hospital Dos de Mayo en Lima. Se trata de un varón con diagnóstico positivo de VIH. Hasta ahí, la noticia parece alimentar el prejuicio de que esta nueva ola solo ataca a los gays o bi; sin embargo, si revisamos más en detalle, podríamos entender que las razones son otras.

Primero, sí es cierto que el fallecido portaba el virus de inmunodeficiencia humana o VIH, una condición que bajo tratamiento médico es controlable. Precisamente se llama condición médica al conjunto de síntomas que, si son controlados a tiempo, puede que no desarrollen una enfermedad, que ya es el cuadro en el que una persona se incapacita en forma parcial o total.

Segundo, el VIH, una vez detectado y controlado con tratamiento antirretroviral, es una condición médica. Si no se controlara, puede degenerar en el síndrome de inmunodeficiencia adquirida o SIDA, que es la enfermedad cconsistente en que tus defensas bajan tanto que tu cuerpo no puede combatir un patógeno o agente infeccioso que una persona con más defensas sí podría sin usar medicamento o con pequeñas dosis.

Tercero, el paciente que falleció con viruela del mono y que ya tenía VIH había abandonado su tratamiento antirretroviral. Por lo tanto, la sustancia que impedía que el VIH se copiara dentro de su cuerpo ya no tenía efecto alguno. Mejor dicho, no hacía nada porque simplemente ya no existía dentro de su cuerpo. Entonces, al no tener la ayuda, el VIH se copió masivamente al punto que sus defensas eran incapaces de defenderlo.

Cuarto, fuentes médicas indicaron que el paciente ya había sido atacado con tuberculosis y pasado un cuadro de neumonía (pulmonía). Entonces, su organismo ya estaba altamente debilitado: cualquier enfermedad que bajo otras condiciones se controla o supera, en su caso podría matarlo si no recibía atención médica rápida.

Quinto, el paciente llegó tarde al servicio médico cuando poco o nada se podía hacer para salvarlo. Las fuentes médicas indican que si iba a la consulta al primer síntoma, sus posibilidades de salvarse eran altas. Pero al llegar contra el tiempo, la infección de la viruela del mono había infestado todo su cuerpo al punto que nada más se pudo hacer. Por eso, se habla de que murió debido a una septicemia.

Ahora que ya tenemos más claro qué pasó, debemos tener claro también qué hacer: prevenir. Y eso va a depender de ti. Lee aquí nuestro post en el que explicamos cómopuedes evitar que te dé la viruela del mono. Hagamos la diferencia.

Mira aquí más sobre salud.