jueves, 1 de marzo de 2012

TT1: Con la miel en el cuerpo

Comencé a ir al gimnasio por curiosidad. El Metro, por Metrosexual, me recibió.
- Mira, vas a ver cómo tu cuerpo y tu salud se mejoran.
El Metro era el instructor: un pata en sus 25, cabello corto, algo de barba, un cuerpo velludo cubierto por un body de lycra al estilo luchador, que le marcaba unos prominentes pectorales, algo de paquete y unas abultadas y redondeadas nalgas. Lo que estaban al descubierto eran unos brazos gruesos y formados y unas piernas enormes y espectaculares. Era claro que estaba frente a un físicoculturista.
- ¿qué dices? ¿Te animas?
- Ya, bueno, probaré este mes. ¿Y qué incluyen los servicios?
- Bueno, las máquinas, y una hora de sauna los sábados.
- ¿Tienes sauna?
- Sí. ¿quieres conocer?
El Metro me hizo una visita guiada por un espacio libre lleno de espejos que usaba para los aeróbicos, y un tabique de madera que lo separaba del área de máquinas.
El sauna era un cuarto enorme de metal, al que se entraba por una puerta que daba a un pequeño vestidor y que discretamente te mandaba a las duchas. Milagrosamente, éstas tenían agua.
Comencé esa semana y me acostumbré a verlo vestido así, mínimamente, exhibiendo su musculoso cuerpo, pero derrochando simpatía, interactuando con todo el alumnado, preocupándose porque aprendieras a hacer el movimiento, preguntando si te sentías bien.
- La pastilla se llama Apronax.
Esa era la frase con que despedía a sus alumnos de cada clase, advirtiéndoles que si les dolía, iba todo bien, que no se preocuparan, pero que regresaran.
Y la gente regresaba.
Yo aguanté la semana, porque quería obtener alguna meta en mi vida, ya que siempre solía abanonar las que me proponía. Ésta fue la excepeción, porque hasta ahora sigo con los fierros, y eso debo reconocérselo, que me inculcó la pasión por ellos... bueno y por los buenos cuerpos.
Ese sábado tocó sauna. Como yo, había otros tres patas que iban a entrar.
Había leído algo sobre el tema, y encontré que la mejor manera de tomar ese tipo de baño era totalmente desnudo, que la toallita y toda la huevada era simple truco para las cámaras.
Cuando llegó el momento, El Metro comenzó a calentar el espacio, y cuando ya había ganado temperatura nos hizo entrar.
Yo era el único calato del grupo, pero como todos éramos patas, como las huevas. No eran cuerpos formados; de hecho sólo uno tenía la forma de atleta, pero se había cubiertto sus partes con su calzoncillo.
De pronto, la puerta corrediza se abrió y entró el instructor con una botella en la mano.
- Es miel. Es buena para la piel, lo sentirán ahora.
Dicho esto, comenzó a echarla desde la cabeza, como quien unge a sus discípulos.
Cuando me la echó, entendí el poder de la miel más el calor. Vásicamente se evapora, pero al hacerlo, se lleva las toxinas y deja la piel suave, tersa, de la puta madre.
El Metro vestía una tanga como las que se usan para los concursos de culturismo. Era negra, y por atrás, con dificultad le cubría sus nalgas.
se echó la miel.
El tratamiento se repitió las siguientes tres semanas. Cada bez que pasó, él, vistiendo su tanga entraba y repetía el rito de la miel.
La última, cuando ya se acababa mi membresía, sólo estábamos dos para entrar al sauna, justo el pata atlético y yo.
Entramos y nos pusimos a conversar de todo un poco, sólo que esta vez el pata no tenía nada, y así pude ver su pene incircunciso, coronado de un tupido vello púbico y unas grandes bolas. El pata era algo simpático.
Yo también estaba calato, con mi cuerpo semivelludo, y sentado muy cerca de él.
Las gotas de sudor decoraban nuestros cuerpos, y de cuando en cuando, nos las sacudíamos, descansando sobre las bancas de madera.
De pronto la luz se apagó, y se abrió la puerta corrediza.
Me palteé un poco.
- No se preocupen, es para que se relajen mejor.
Era el Metro. Y volvió a repetir el rito de la miel, sólo que esta vez con una variante.
Como la puerta tenía un vidrio, y por allí se filtraba la luz del gran salón de máquinas, pude ver cómo se acercó al otro pata, le dejó caer el fluído, y comenzó a restregarle el cuerpo. El pata estaba con la cabeza levantada, mientras el Metro lo sobaba por el pecho y la espalda.
- ¡Aguarda, Metro!
- ¿Qué pasa?
- No toques el culo, mierda.
Nos reímos los tres.
Luego vino hacia mi, me echó la miel, y comenzó a sobarme sus gruesas y gordas manos por el pecho, la espalda, y también las nalgas. Yo no protesté, pero hice un gran esfuerzo para evitar que se me parara, porque cada vez que me pasaba la mano a lo largo de mi espina, sentía cosquilleo.
- Échame la miel.
Le hice caso, y puse la botella en alto. Comenzó a sobarse el cuerpo, y luego me dio la espalda.
- Ayúdame a esparcir la miel.
Mi mano sobó el dulce por su gran espalda, y tuve que llegar a sus nalgas.
- sigue normal.
Su culo era velludo, y no aguanté más: mi verga se paró.
Con mucho cuidado, aprovechando la penumbra, traté de que ésta no lo rozara.
Los tres nos sentamos sobre la banca, pero me fui al rincón con la esperanza que se me bajara mi erección. Nada.
Cuando vi al otro pata que había entrado conmigo, que se había acostado sobre la banca, la tenía armadaza.
El Metro estaba a mi costado, como las huevas, conversando de todo un poco.
Entonces, el otro pata se levantó.
- Voy a ducharme.
Al abrir la puerta, era evidente que su erección, de unos 16 cm, estaba a tope.
Me quedé con el Metro.
- ¿Y qué tal el mes?
- Excelente. Tengo algunos logros.
- Sí, lo noté. Si sigues, llegarás a echar mejor físico.
- ¿Como tú?
- Claro... ¿Y qué dices? ¿Tomas el segundo mes?
- Bueno.
- Hombre, hazlo, mira nadie te ofrece sauna.
Tras meditarlo unos segundos, acepté. Me palmeó la pierna.
Un par de minutos después, el otro pata entró. La tenía baja. Pensé que se debía al agua fría.
- anda, dúchate.
salí, y cuando iba a abrir la ducha, mi pie pisó algo pegajoso. Bajé mi mirada: semen.
No le di importancia y me duché.
Tras reingresar al sauna por unos 20 min, salí, me duché y me cambié para irme a casa. El otro pata y el Metro se quedaron todavía, calatos, dentro del sauna.
Esa noche, me duché de nuevo y me la corrí. Como nunca, grandes torrentes de mi leche salían disparados hasta la pared de mi ducha. Pensé que era la testosterona, ya que, cuando entrenas, ésta aumenta naturalmente.
Ese lunes regresé a iniciar el segundo mes. El Metro vestía un short algo holgado, pero que igual no podía ocultar sus nalgas.
Ese sábado, repetimos el sauna, solo que esta vez el otro pata no apareció para nada, mas bien dos nuevos alumnos.
Cuando ingresé, porque fui el primero en meterme al sauna, vi algo brillante en la esquina que no había visto la última vez. Al alzarlo, lo identifiqué: la envoltura de un condón.
En ese momento, el Metro entró, como siempre, con su botella de miel, vistiendo su tanga negra.
Cuando vio lo que tenía en la mano, puso cara de circunstancia. No le dije nada. No me dijo nada.
Doblé lo más que pude el papel aluminio y lo tiré a una esquina. La ceremonia de la miel se repetiría esa noche.

CONTINUARÁ...
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