jueves, 19 de julio de 2012

La Parcela (10): Un rostro familiar

Ya en Piura, con mucho esfuerzo, Nando y Jano bajaron el mini-gimnasio de una habitación del segundo piso, lo aseguraron con cuerdas a la olla de la camioneta y lo cubrieron con un trapo. Las barras y las pesas estaban dispuestas sobre el suelo de la cabina del vehículo.
La cincuentona madre de Jano no cesaba de advertir precaución.
-         Tranquila, vieja. Ya hice esto antes.
Nando apenas si abrió la boca para saludar y casi mascullando.
Era como las siete y media de la noche cuando acabaron de hacer todo el embalado.
-         Nando, no te vayas. Mi vieja te está invitando para cenar.
-          Estéee… mira, la verdad te agradezco… pero quisiera ver a mi viejita ahora. ¿A qué hora salen mañana?
-          Quedé con David a las seis. ¿Por dónde te recogemos?
-          Yo te vengo a ver aquí.
-          Pero, puedo pasar por tu jato.
-          ¡No! Es decir, no. No es necesario; además, tienes mucho peso.
-          Bueno, como quieras.
Nando decidió salir por la puerta de servicio hacia una hermosa calle arborizada y pavimentada. Era uno de los barrios residenciales más elegantes de Piura, lleno de arquitectura funcional donde se privilegian los jardines y las cocheras.
Apenas Nando dobló la esquina, cuando se topó con un hombre de unos cuarenta años, vestido con un polo de rasgos étnicos, un jean y unas sandalias.
-         ¡Benny! ¿qué haces por acá? No me digas que… ¿visitando clientes?
-          Nada de eso. Vine a ver a un pata.
-          Vaya. Se nota que has subido de status.
-          Bueno, tengo que irme. Cúidate.
-          Oye. La Lito está buscando alguien para un show en vivo. Ya tú sabes. Su estrella anda por Chiclayo.
-          Ah, qué bien. Ya, yo lo llamo de aquí.
Cortante, Nando dejó a su interlocutor, y caminó hasta el límite de la urbanización, donde ya pasaban mototaxis. Tomó uno.
-         ¡A santa Leticia, brother! ¡Tres luquitas, pe!

A casi 100 kilómetros, Raúl era el último en cenar. Tomó su plato, lo lavó, y se puso a caminar alrededor de la casa. Pancho, Wilfredo y Gabo estaban en sus cuartos, y Jerry, luego de la cachada de ese atardecer, se había quitado al pueblo.
Cuando decidió regresar al cuarto, Pancho estaba sobre su colchón, cubierto de la cintura para abajo, boca abajo, leyendo un libro. Raúl se desnudó, jaló su sábana, se recostó de lado, y se dispuso a dormir. Quería olvidar la impresión que le causó la amplia y musculada espalda de su compañero de cuarto.
-         Raúl, ¿estás molesto por lo que pasó hoy?
El aludido giró.
-         ¿Lo de hoy? Ah, sí. No, la verdad no. Aunque, a decir verdad, me estuve preguntando algo.
-         ¿Como qué¿
-         ¿Tú… eres gay?
-          Sí, lo soy. Moderno.
-          Igual. Y ¿no te da palta… decirlo?
-          No. Mas bien, mira, vamos a convivir juntos, así que te prometo respeto.
-          Igual. Gracias.
Ambos se sonrieron. Entonces, Raúl giró a su posición inicial, y –ahora sí- se dispuso a dormir.
Pancho se quedó contemplando la espalda esbelta de Raúl, y tratando de digerir esa extraña sensación que tenía. Cerró su libro, decidió no darle importancia, y se levantó a apagar la luz. Antes de quedarse a oscuras, volvió a ver a su compañero de trabajo.
Segundos después, se hizo la penumbra. Apenas Pancho se echó, su pene se puso al palo, otra vez.

En una barriada de Piura, en una casa de pared de ladrillo sin enlucir, la puerta sonó, y una mujer cuarentona salió a atender.
-         ¡Nandito!
-          Má, ¿cómo estás?
-          Bien, hijito, ¡entra! . ¿Y tú?
-          Bien, má.
-          ¿Y tu trabajo?
-          Vinimos a dejar unas cosas, y mañana nos vamos tempranito.
En eso salió un chico más joven, pero igual de atlético que él: su primo Paul. La madre de Nando fue corriendo a la cocina a servirle cena.
-         ¿qué tal la chamba?
-          Bien. Todo va como pensé.
-          Oye, no es por preocuparte, y quizás tu vieja no te diga nada, pero ha llegado un recibazo de la luz.
-         ¿Cuánto?
-          No sé, pero es el recibo amarillo. Creo que hay deuda del mes anterior. Ahí está.
Paul le señaló la repisa bajo el espejo que colgaba junto a la puerta. Nando desdobló el papel.
-         Paul, ¿tienes crédito en tu celu?
-          Pa’ mensajes.
-          Ya. Yo te pago a fin de mes. O… de aquí, si todo sale bien.
Nando mensajeó algo.

Al otro lado de la ciudad, en su residencia, Jano y su madre conversaban sobre la parcela.
-         ¿Y ese chico trabaja contigo?
-          Sí. Nando. Estudia Agronomía.
-          ¿Sabes que su cara me es familiar?
Jano la miró extrañado, y por un momento alucinó situaciones nada santas para una mujer fanática de grupos de iglesia y obras de caridad.
-         Tiene la cara de alguien, pero no sabría decirte. Por cierto, los dos tienen los ojos claros.
 Coincidencia, ¿no?

A eso de las diez, el claxon de una moto pitaba fuera de la casa de Nando.
-         Paul, vieja, ya vengo.
-          ¿Adónde vas Nandito?
-          Tranquila. Vengo al toque.
Cuarenta y cinco minutos después, Jano llegaba a una residencia a dos calles atrás de la suya, llevando una botella de vodka.
-         Feliz cumpleaños.
Jano y un chico delgado, algo ebrio, se daban un abrazo.
-         ¡Adelante!
Adentro, otros cuatro hombres departían animadamente, mientras de fondo se oía algo de Fangoria y Cindy Lauper. Jano casi no bebía, pero conversaba muy divertido con ttodos ellos.
Pasaron unos minutos después de las once de la noche, cuando el timbre sonó. Uno de los invitados fue a atender. Y regresó de inmediato con una noticia que puso a todos en alerta.
-         Chicos, estamos en problemas.
Tras de sí, un muchacho alto y fornido con uniforme de policía neoyorkino (gorra y anteojos oscuros incorporados) entraba blandiendo una vara de control, al estilo George Michael. Era blanco, de brazos velludos y cabello teñido de rubio.
-         Los vecinos se están quejando de la bulla. ¡Yo vengo a poner orden!
De pronto, comenzó a sonar música electrónica, y el policía fue paseándose frente a los invitados, golpeándose una de las manos con la vara, hasta que súbitamente comenzó a  ejecutar una performance al estilo Van Damme, mientras se quitaba la camisa, descubriendo su tórax velludo, pero labrado por el gym, además de un par de tatuajes en el pectoral y el hombro izquierdos. Apenas se desanudó la corbata. Luego se aflojó su cinturón, y simuló una autoflagelación.
La concurrencia comenzaba a dar grititos de aliento
De un tirón, se despojó del pantalón, y se quedó en un hilo dental azul, que le resaltaba el paquete y dejaba al descubierto sus enormes nalgas, tan velludas como sus piernas.
Vestido con gorra, anteojos, corbata, interior y botas, se acercó al cumpleañero, le cogió de ambas manos y se las llevó a los extremos de su interior.
-         ¡Jala!
El muchacho delgado lo hizo, y el policía se quedó en pelotas frente a todos.
-         ¡Que la chupe, que la chupe!
El policía lo invitó al centro de la sala, hizo que se arrodillara y comenzó a sobarle su verga por su cara, hasta lograr que se le parara.
-         ¡Chúpamela!
El chico lo miró, miró a los invitados.
-         ¡Chúpala!
Ante tales muestras de aliento, comenzó a saborear el pene de la autoridad, mientras la concurrencia no cesaba en la fanfarria. Jano sólo sonreía, mirando hacia el rostro y los tatuajes del policía, quien, tras un tiempo, puso en pie a su felador, lo hizo dar media vuelta, y comenzó a quitarle el polo, le bajó el jean, le bajó el bikini, y comenzó a sobarle su dura verga entre sus nalgas, a medida que le besaba el cuello y le mordisqueaba las orejas.
-         ¿quieres que te la meta?
-          Sí.
El policía sacó un condón de uno de los bolsillos de su pantalón, que estaba sobre el suelo, se lo puso, hizo que su compañero ocasional se apoyara sobre la mesa de centro de la sala, le escupió en el ano y comenzó a meterle su falo.
El alcohol hizo que los otros invitados gritaran enloquecidos, mientras que Jano no dejaba de sonreír, aunque más que ver la penetración en vivo, observaba el gesto del policía.
El cumpleañero se aisló de su concurrencia y disfrutó el sexo más que la torta de cumpleaños, el trago o el par de tiros de cocaína de más temprano. Los presentes podían ver el miembro que trabajaba como pistón entre las nalgas del homenajeado.
Unos diez minutos después, el policía puso un gesto de máximo placer, sacó su verga, le quitó el condón, y disparó su semen en la espalda del pata.
El respetable aplaudía ruidosamente.
Terminado el coito,  se volteó a ver al complacido chico, le dio un beso en la boca, mientras las gotas de semen resbalaban hacia la raja del culo.
-         ¡Feliz cumpleaños!
Tras ello, hizo una venia, tomó su ropa y se fue, aún con el pene crecido, aunque flácido.
Jano se levantó y fue ttras el policía, pero otro de los invitados lo retuvo para pedirle unos números de celular, que tardó en encontrar.
Cuando ganó la calle, vio a dos patas alejarse en una moto lineal.
El hombre cuarentón lo halló en la puerta.
-         Buenazo el espectáculo del Benny, ¿no?
-          Sí, buenazo. Ya me voy. Me despides de todos.
Jano se fue de inmediato a casa, hablando solo.
-         Era Nando. Juro que era Nando.

(CONTINUARÁ…)

©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia.

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