miércoles, 3 de octubre de 2012

Casa De-Formación (13): Cuidado con Jonatan

Hunks of Piura

Darwin llega un minuto tarde a la oración de la mañana… y le cuesta trabajo tener los ojos abiertos. Jonatan, quien está sentado a su costado, cuando siente que se le arrima, le mete un par de pequeños codazos, muy a hurtadillas.

Pedro, contra su voluntad, luce unas señoras ojeras. ¿Qué estaba pensando cuando  no empacó la crema para los ojos? Bueno, suya no era, pero ¿acaso su mamá no se compraba un par mensual?

 

Durante el desayuno, Darwin toma dos tazas de café cargado. El Reverendo Rafael pela los ojos. Se había dado cuenta de que estaba cabeceando, mas esto casi es el colmo. El Reverendo Alexander lo saca de órbita:

-          Reverendo, ¿necesitará el mapamundi?

-           Esteeee… sí, para la tarde.

-           Está bien. Lo tendrá.

Al finalizar la comida, el superior llama aparte a Pedro:

-          ¿Podrás verme en mi dormitorio durante el primer descanso?

-          Pedro enrojece y trastabilla:

-           S-s-sí, re-re-reveren… reverendo.

-           Ahí te espero entonces.

-          El formador no resiste la tentación de indagar en la somnolencia de Darwin.

-           ¿qué pasa?

-           ¿Qué pasa de qué?

-           Casi te nos vienes encima como palitroque.

-           Ah, nada. No pude dormir.

-           ¿algún problema?

-           ¡Noooo, para nadaaaa! A veces me da, esteee, eso que le da a los… ¡ah ya: sonambulismo!

-           ¿Será insomnio?

-           ¿Es sinónimo?

El religioso se ríe y soba la cabeza del chico.

 

Durante el primer descanso, Pedro toca la puerta del superior.

- ¡Pasa Pedro!

- D-d-dígame.

- ¿Tienes algo?

- ¡No!

- De acuerdo…mira, te llamé porque todos aquí practicamos algún deporte; pero parece que tú no.

- Ah. Eso… Es queee… acá no están los deportes que me gustan.

- ¿Y cuáles son?

- Vóley y… bailar.

- Entiendo. Desafortunadamente, acá ni fútbol podemos jugar por el espacio, y, el baile podrías hacerlo en el patio d abajo.

- Podría, si tuviera espejos, baranda y un piso especial.

- Ah.

- Yo hacía coreografías en mi colegio, y cuando teníamos que ensayarlas, alquilábamos las salas de aeróbicos en los gimnasios.

- Claro… ¿te gusta el ballet?

- ¡Por supuesto! Pero… acá no se practica.

- En realidad, la gente no sabe que sí se practica.

- ¿Cómo es eso?

- Tengo un amigo acá a la vuelta que da clases y tiene el espacio adecuado, ahora que recuerdo. Podría hablarle y…

- ¡¿En serio?!

- ¡Espera! Tengo que hablarle primero.

- Ay. Si me acepta, le prometo que me esforzaré. Siempre quise estudiar ballet.

- De acuerdo. Lo llamaré y veré qué horarios tiene disponible, ¿OK?

- Ay sí, Reverendo. Le prometo que seré el mejor.

Ambos se abrazan. Pedro no puede evitar sentir el físico del religioso, quien, por su parte,acaricia la espalda del muchacho, justificándose en la diferencia de estaturas.

-          Reverendo, qué bueno es usted.

-           Todavía debemos esperar la respuesta de mi amigo.

-           Rezaré para que sea un Sí.

-           Eso está bien… ¿Sabes? Eres muy cariñoso.

-           Sí. Es que usted hace que lo trate así.

-           Espero que así sea con el resto de los chicos.

-           Aunque creo que el Reverendo Rafael no es así.

-           ¿Así? ¿Cómo así?

-           Cariñoso pues.

-           ¡Ah…! Dale tiempo.

-           Claro.

Alexander lo suelta, le sonríe.

-          Debes regresar a clases.

 

Al momento que Pedro y el encargado de la casa inician su reunión, Jonatan llega a la lavandería de la azotea. Su misión: hallar un mapa-mundi muy vistoso, que durante la jornada vocacional a la que había asistido seis meses antes, fue usada para una dinámica de grupo. Tiene un trapo en la mano para quitarle el polvo.

Está al fondo. Verifica el rollo. Es lo que busca.

Lo saca y escucha que algo suena al caerse de lomo. Deja el rollo en la pared, se asoma y mira la contraportada de una revista.

La recoge: la Latin Males con Lorenzo Verástegui en portada. La deshoja rápidamente, se sonríe.

-          Jon, están esperando el mapa-mundi abajo.

-           Es para la tarde todavía.

-           ¿Y esa revista… es tuya? - Jorge se acerca aplicando tono policial.

-          No. ¿Qué hace esta huevada acá?

-           No sé. Dime tú.

-           Era de Memo.

-           ¿Y… por qué estás tan seguro?

-           Él me la mostró.

-           Considerado el Memito ¿no?

-           Por esto se retiró ¿cierto?

-           No sé. Yo sólo limpio la casa. – Definitivamente, la idea no era una pregunta como réplica.

-           Él me contó que se había retirado, pero nunca me dijo por qué.

Jorge siente pérdida de terreno.

-          La verdad es que nunca supe.

-           Una vez me lo encontré por el mercado. Yo venía de entregar una compra en la moto de la tienda.

-           ¿Y te dijo algo más? – Jorge cambia de tono: este dato es nuevo.

-           Sí. Que quería regresarse a Huancabamba. Era de un pueblo cercano creo.

-           Ah, fíjate… y recién me entero.

-           ¿Recién te enteras?

-           De que quería volver a su casa.

-           Fue lo único que me dijo. No hablamos mucho porque yo estaba apurado, y él también. Me dijo que lo llamara, pero perdí su número.

-           ¿No te dijo nada más entonces?

-           Nunca lo vi de nuevo. Eso fue antes de Navidad… hace menos de un mes… fue la primera y única vez que lo vi en la calle. - La revista queda estática en las manos de Jonatan:- Voy a botar esta huevada a la basura.

-           ¡No!

-           ¿No?

-           Es decir… ese es mi trabajo. Tú sabes, yo limpio la casa.

-           Bueno. Debo bajar que ya me hice tarde.

-           OK.

Jorge recibe la revista. Definitivamente, el mayor de todos los formandos es alguien de otro calibre. Y, si quiere hacerlo caer, deberá afinar mejor la puntería, pero ¿cómo?

 

Para la hora del descanso, Juan salvador Gaviota hace que Jonatan se olvide por completo del incidente de la revista.

Es su costumbre usar ese momento para avanzar su lectura, aunque no con mucho éxito porque a los diez minutos ya está dormido.

Los primeros días, con algo de recato, el efebo se quita la camiseta y en bermuda se acuesta, agarra el libro en alto y comienza a leer. Esta tarde decide quedarse en un bóxer negro con ribetes blancos.

Manuel suele entrar delante o detrás de él, pero esa tarde demora unos minutos más.

El sueño comienza a vencerlo.

Al fin, se abre la puerta.

Manuel ingresa y cierra la puerta. Se quita la camiseta y el pantalón para ponerse un short. Trae un libro de pasta blanca con un dibujo muy familiar para su compañero de cuarto.

-          ¿Y eso?

-           Ah. El Principito. Me lo dio el Reverendo Alex.

-           ¡Copión! – Jonatan sonríe.

-           ¡Picón! – Manuel devuelve la sonrisa.

-           Es un buen libro, pero debes leerlo desde el principio, principio.

-           ¿Ah, sí?

-           Ajá. Desde la página uno.

Manuel se acomoda en su cama e imita la postura de Jonatan. Las bocas de ambos enmudecen y sus ojos se clavan en sus textos.

Cuando Jonatan cree haberle ganado la partida al cansancio, siente que las letras se borran y el libro con el techo de fondo se desvanecen en negro.

-          ¿Quién es León Werth?

-           ¿León… qué?

-           León Werth. Aquí hay una dedicatoria a un tal León Werth.

-           Ah. No lo sé. Quizás fue amigo suyo.

-           “A León Werh cuando era niño”. ¡Ja!

-           Manuel… - Jonatan siente un nudo en la garganta, especialmente cuando su interlocutor regresa amirarlo.

-           ¿Qué?

-           Lee…

Manuel sonríe.

Quizás después.

Quizás de aquí.

Quiz…

 

A la hora de dormir, y tras haberse duchado, Darwin espera desnudo a que su puerta se abra. Sólo está tapado por una sábana, de tal modo que su cadera derecha y sus pantorrillas quedan al descubierto.

Unos minutos después, Pedro, con semblante de indiferencia, traspone la puerta, se quita toda la ropa.

-          ¿Puedo apagar la luz?

-           Si quieres.

-           Alright. Buenas noches.

Luces fuera. Darwin siente que la cama del costado cruje levemente.

-          Pedro…

-           ¿Sí?

-           Ven aquí.

-           ¿Adónde?

-           A mi cama, pé.

-           Ay, Darwin, tengo sueño.

-           Ya pé… no seas así.

-           Ay no. No tengo ganas.

-           La tengo dura… Ya pé, Pedrito.

-           Ay, pajéate si quieres. No tengo ganas, ¿sí?

Darwin se levanta de su cama y toma por asalto la vecina. Se acuesta sobre la espalda de su compañero, colocando su mienbro duro sobre sus nalgas.

-          Darwin, no. Me duele.

-          El velludo cuerpo del sechurano se encarama bien, e inicia el baile pélvico, a pesar de la negativa de Pedro.

 

En el dormitorio del costado, Jonatan está desnudo sobre su cama… de nuevo con su libro. Tocan la puerta. No es Manuel. Está seguro de eso.

De un salto se levanta y se pone el bóxer negro.

Al abrir la puerta, Jorge lo está esperando.

-          ¿Puedo pasar?

-           Claro.

-           Este. Jon. Quiero que me disculpes por lo de esta mañana.

-           ¿Esta mañana?

-           Es que pensé que la revista era tuya.

-           ¿Ah?

-           La porno.

-           Ah… la de Memo.

-           Sí, ésa.

-           Normal. Pero ya sé qué piensas de mi.

-           No, cholo. No es eso. Imagina si te la veía el Reverendo Rafael. ¿Te imaginas?

-           ¡Qué cojudo el que la escondió allí! ¿No crees?

-           Sí, qué cojudo.

-           Si quieres que me vaya de la Casa, dímelo nomás.

-           ¡No, no es eso! ¡Me confundí, huevón!Discúlpame, ¿sí?

Jorge agarra los dos brazos del chico sin dejar de suplicar.

Manuel entra súbitamente.

Jonatan se mantiene inmutable.

‘El que sólo limpia la casa’ no sabe qué hacer ahora, pero no suelta sus manos de los bíceps firmes  de quien debe darle perdón.

 

Darwin no puede contenerse más. Suelta su leche en la raja de las nalgas de Pedro. Siente el fluído caliente esparcirse y su ppene perder rigidez. Para su movimiento. Jadea.

-          Eres una bestia.

-           ¿Qué dices?

-           Casi me has violado.

-           No te la he metido.

Pedro solloza. Darwin sigue sobre su espalda. Lo besa en el cuello.

-          Perdóname Pedrito.

-           Te dije que no tengo ganas. – Es difícil articular en medio del llanto.

-           ¿Me perdonas?

-           No sé. Sal de mi cama.

Darwin se levanta acongojado. Se tira sobre su cama. Intenta ver sin ver por la ventana a su costado.

 

Jorge teje una nueva alianza en la habitación del lado. Escapa por milímetros con la misericordia de Jonatan. Cierra la puerta y se va rumbo a su habitación.

Darwin está acostado en el sillón del patio de la azotea, viendo sin ver al cielo.

-          La cagué, Jorge.

Un búho pasa sobre ellos aleteando.

 

(CONTINUARÁ...)

 

Escrito por N-Ass. ©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia.

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